Preguntado el 20 de noviembre del 97 por el mejor escritor que hubiera leído, Juan Manuel de Prada contestó de forma bastante irreprochable con Proust y Henry James.
Era una respuesta inteligente, además de plausible, porque así se cubría: siendo igual de meticulosos, de analíticos, el francés y el estadounidense son diametralmente opuestos en otros muchos aspectos.
Pero hoy es el día de Proust; no se le puede aguantar tanta perla sin dejar constancia aquí. Un día cualquiera se arranca con el aforismo sobre literatura más brillante que se pueda leer: «Una obra [literaria] que contiene teorías es como un objeto sobre el que se ha dejado la etiqueta del precio».
Las genialidades no se comentan, se leen.
Se contradice, el tipo, no crean, toda vez que la cita pertenece a una obra literaria. Pero se lo perdonamos. Antes, en una misma página, se permite otras dos genialidades que a otro le costarían toda la carrera: dice, en primer lugar, que los recuerdos que buscamos duelen menos que los que acuden a nosotros, porque al llegar a aquellos ya hemos gastado parte del dolor, mientras que estos llegan con la capacidad de doler intacta. En segundo, advierte que como en lo que percibimos ponemos con el tiempo más parte de nosotros porque hemos visto y escuchado más, terminamos por obtener lo mismo de un anuncio de jabón que de un tratado filosófico.
Es ahí, en esos elixires de sabiduría densos como agujeros negros, donde radica el genio de Proust, más que en el convencimiento de que la literatura sea la traducción de la impresión pasada y su circunstancia al presente gracias a una impresión semejante del ahora que activa una suerte de memoria automática, ya sea una magdalena bañada en infusión o dos adoquines desparejos. Pareciera más bien que está desgranando los principios de la poesía o el diario, por mucho que el protagonista (porque estamos hablando de A la busca del tiempo perdido) sea ―por definición― la criatura más solipsista de la literatura, totalmente distinto en su egoísmo del propio Proust, encantador y detallista.
Y es que siete tomos son muchos para asistir a los devaneos memorísticos de Marcel (el ficcional, o más bien de los dos): cualquiera que haya leído dos entradas de este blog ―un tanto casquivano, me temo― sabe que, aunque nadie es mejor que Proust cuando Proust se pone bueno, aquí se prefiere en el global a Henry James si hablamos de narrativa, de la misma manera que como narrador Tolstói es superior a Dostoyevski por mucho que este, como Proust, ayudara más a mover la frontera del arte.
La literatura constituye una suerte de malabar tan inaprensible como un teseracto, de manera que desde posiciones antagónicas se pueden obtener resultados igualmente brillantes, sin necesidad de elegir ni denostar ni transigir. Ninguna polémica es tan estéril como la polémica literaria: toda opiníon, crítica o análisis camina, como los ríos van a dar a la mar, hacia la muerte segura por mano de Wilde: los libros están bien o mal escritos. Eso es todo.
