Muy bien, hablemos de tecnología

La tecnología es fundamental en la enseñanza. Yo, por ejemplo, utilizo así la tecnología:

3 obstáculos típicos en alumnos de Secundaria y Bachillerato:

  1. Dificultades con la sintaxis.
  2. Dificultades con el álgebra elemental.
  3. Consideración de la lengua y las matemáticas como disciplinas lejanísimas, casi opuestas.

Utilizo, como digo, la siguiente tecnología: cojo, por ejemplo, un puto lápiz y en el huequito de un papel medio roto escribo algo parecido a esto:

Ejemplo

Nada muy sofisticado, como pueden ver: se trata de que entiendan que el álgebra es, como el español o cualquier idioma, un lenguaje, y que el quid de la cuestión es comprender cómo se relacionan sus elementos.

Después es más fácil que comprendan que la lógica que rige dichos lenguajes no les es extraña, sino que o bien les resulta innata en el caso de las Matemáticas (Ramanujan) o ellos ya la han aprendido pero no lo saben, como demuestra el hecho de que hablen español.

Deberían ver la cara que ponen cuando entienden que la sintaxis no les dice cómo tienen que hablar, sino que les explica cómo funciona su cerebro cuando hablan. Que la culpa de que demos sintaxis es su manía de comunicarse. Que ellos son, en último extremo, el objeto de estudio. Esa carita sí que es una paga extra.

No me malinterpreten, no hay nada innovador ni original en esta tecnología. Nadie que se dedique a este oficio se va a quedar con la boca abierta porque lo normal es que utilice herramientas similares, probablemente mejores, con la condición inexcusable de que funcionen.

Lo que intento (dado que parece que últimamente todo quisque se siente capacitado para hablar sobre educación, normalmente relacionándola con un uso torticero de la palabra tecnología) es decirle a esos intrusos que los profesores ya tenemos nuestra tecnología, nuestras técnicas, y que si sus consejitos van a consistir en decirnos que la tecla verde es para enviar, entonces ya lo sabíamos, porque no somos imbéciles y nuestros alumnos mucho menos.

Porque pudiera ser que quienes se llenan la boca de la palabra tecnología no supieran lo que significa. Pudiera ser que a lo que se refieren los gurús monologuistas con micrófono de diadema que se permiten el lujo de hablar sobre educación desde la comodidad irrebatible del vídeo promocional de una entidad bancaria es a la electrónica (diantre).

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Tecnología punta

P. S.: Sobre tecnología, de lo mejorcito que se ha escrito es de Lewis Mumford (El mito de la máquina) y de Jorge Drexler (Guitarra y Vos). El libro de Mumford tiene dos tomos, unas 1300 páginas; la canción de Drexler dura 3:52. Lo bueno es que no hay por qué elegir.

Cómo entrenar a tu dragón 2: el 30-0.

Hace unos meses (vuelve periódicamente, entiendo que es una de esas noticias comodín que se utilizan para hacer bulto) los medios bramaban ante el resultado de un partido de fútbol de categoría alevín o benjamín, no recuerdo y tanto da. 30-0. Pueden imaginar el tenor de las reacciones: que si la empatía, que los sentimientos de los perdedores, que si qué penita y pobrecitos míos.

El tratamiento del asunto era pernicioso en varios aspectos: el primero, el más evidente, es la tergiversación del meollo del deporte: la algo masoquista voluntad de conocer tus límites para intentar superarlos. El adversario de un partido, de una carrera o de un lanzamiento siempre es la misma persona: uno mismo. Ganarse a uno mismo, a lo que uno hizo ayer, es el principal objetivo de toda práctica deportiva, hasta el punto de que las demás metas son siempre subsidiarias de esta.

Siendo así, ¿fue un éxito la victoria por 30 goles de ventaja? Ignoro si esa era la diferencia real entre los dos equipos, y si el equipo ganador remoloneó en el esfuerzo: en este caso habrían fracasado. Por idéntico motivo tampoco sé si fue un fracaso la actuación del equipo perdedor: acaso fuera una gesta no haber perdido por 40.

¿Cómo? ¿Que todo eso está muy bien, pero que a nadie le gustar perder por 30 goles? Precisamente. Qué magnífica oportunidad para educar a esos cachorros: ¿No os ha gustado? Entrenad más. Corred más, defended mejor y morid en el campo. Y si dándolo todo os volvéis a encontrar con un equipo que os calce 20 chirlos, id a la ducha con una sonrisa porque os habréis hecho acreedores del único respeto que importa, el que se rinde uno mismo.

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Aquí se viene a sufrir. A disfrutar, al cine.

En segundo lugar, y quizá más sangrante, está el tema del respeto. Por lo visto enchufarle 30 goles al rival es una falta de respeto. El ladrillazo que nos han dado a todos en la cabeza debió de ser fortísimo. Una falta de respeto es, en partidos desiguales, utilizar solo la zurda, defender con uno menos o hacer comentarios conmiserativos. Lo que hace que el equipo perdedor se sienta respetado es que el rival lo dé todo: significa que me considera un par y no un paria. Estuve 8 años jugando contra mi padre al ajedrez sudando sangre hasta que por fin pude ganarlo. Imaginen mi orgullo ese día. Imaginen que al tercer o cuarto año se hubiera dejado ganar. Imaginen.

Pero hay un tercer aspecto de no menor enjundia: es que eran niños. Lloraría alguno. Pobre. Excelentes lágrimas, si procedieron del pundonor y no de la burla (si hubo burla fue por parte de los padres, me juego el bigote): esas lágrimas indican que esa derrota es el origen de un aprendizaje duradero y provechoso, de los que justifican por sí mismos la utilización del deporte como herramienta educativa poderosísima.

Si el deporte es esa bicoca que todos dicen que es sin tener muy claro por qué, si está justificada su inclusión en el Ministerio de Cultura, no es porque beneficie la circulación o retrase la osteoporosis. El deporte, a diferencia del ejercicio físico, comparte la sustancia de los poemas épicos por el único motivo válido: porque es una metáfora de la vida.

Adolescentes: cómo entrenar a tu dragón

Ahora yo debería poner cosas como «De qué manera afrontar esa etapa de cambio y descubrimiento» o alguna pamplina psicologizante similar. El discurso al uso sobre adolescentes comparte las tácticas mercadotécnicas de cualquier discurso al uso: meter el miedo en el cuerpo para después vender la solución.

Adolescencia

He aquí mi propuesta revolucionaria: tratar a los adolescentes como si fueran personas. Si la sobreprotección ya es perniciosa para los impúberes, los adolescentes solo la soportan porque, aunque no lo parezca, tienen mucha paciencia. Con la poca vergüenza y falta de cientificidad que me caracteriza voy a aseverar lo siguiente: el cambio que supone la adolescencia colapsa más a los padres que a los hijos. Si esta fuera una sociedad normal, esas pequeñas bestezuelas estarían fuera del nido en unos cinco años, así que tiene poco sentido seguir arropándolos como si fueran de cristal. Se van a constipar si no cogen un jersey, les romperán el corazón una vez al mes y cuando llueve se mojan como los demás; registrarán más experiencias y las acusarán más que una vez se les retuerza el colmillo. Son inestables, pero no son idiotas. Y están deseando que los tratemos como adultos. Ahí valen más la firmeza y el respecto que la protección. Si no hablan mucho con nosotros es que quizá lo que decimos no es demasiado interesante. Según mi experiencia, cualquiera de ellos muestra más interés por el conocimiento que los soporíferos y adocenados adultos en que están a punto de convertirse.

No entienden, pero están deseando hacerlo. Nosotros nos comportamos como si hubiéramos perdido la esperanza, y nuestra falta de entusiasmo los encocora y extraña: su última oportunidad es en realidad la nuestra.

Son extremadamente divertidos y están ante su última esperanza de no estropearse, así que tratar con ellos es emocionante por los reflejos que exige y la enorme recompensa que depara. El problema es que acaban de descubrir que no somos perfectos y nosotros que algún día los perderemos ¿Qué sacar de esa encrucijada? Es decir: todo esto está muy bien (o no), pero ¿en qué se traduce?

Persuadirlos de que su búsqueda es la nuestra, que aunque la vida es extenuante y cabrona, también es hermosa y clemente, y que aunque todo el mundo parece idiota, con paciencia y un poquito de suerte aparecerán dos o tres amigos de los buenos. Pero ya me estoy desviando otra vez. Lo que quiero decir es que deberíamos hablarles más de Epicuro (o que nos hablen ellos, si están en Bachillerato) y menos de su hora de llegada, o enchufarles El padrino o Casablanca y hasta Ciudadano Kane, y comentar el Brexit como quien no quiere la cosa, y por qué se secó el mar de Aral. Por qué Beethoven es (y cito a una ilustre musicoterapeuta) «el puto amo». Si no queremos ser sus caseros, es muy importante que no nos comportemos como tales. Y si para ello tenemos que pulirnos un poquito, mejor que mejor. Su búsqueda, repito, es la nuestra.

Repetimos mucho que los padres no son colegas, pero tenemos algo más olvidado que los padres sí son maestros, y siempre, siempre son los maestros más importantes que uno tiene.

 

Netflix y las gallinas

Como saben, antes de que termine el episodio de una serie en Netflix, esta nos sugiere prescindir de una parte de él; los créditos de cierre. La sugerencia es sutil: los créditos prácticamente desaparecen y la opción de ver el siguiente capítulo pasa a ocupar prácticamente toda la pantalla. La posibilidad de deshacerse de los créditos existe también al principio de cada episodio.

No voy a apelar al respeto a la obra de arte porque las series pertenecen más bien al campo del entretenimiento (que yo sepa Doctor en Alaska no está en Netflix).

Lo que quiero compartir aquí es una cuita que probablemente les tenga a ustedes sin cuidado: llámenme susceptible (lo harán con razón), pero la primera vez que vi el botón de «Próximo episodio» sentí como me convertía instantáneamente en un gallina o, al menos, como Netflix veía en mí una gallina.

Me explico: como también saben, en las explotaciones avícolas es habitual exponer a las gallinas a más horas de luz de las que proporciona el día para conseguir que pongan más huevos cada jornada. Optimizar la producción es uno de los objetivos de la empresa, subsidiario de su objetivo principal de maximizar beneficios. Como consumidores estamos al otro extremo de las gallinas, y la estimulación de nuestro consumo es otro de los objetivos de la empresa. Producir de manera eficiente, vender de forma masiva. Pues bien: el botoncito de marras es lo más parecido a la luz artificial de un gallinero que he visto en mi vida, pero aplicado al consumo en lugar de a la producción. Esa palmadita en la espalda del televidente («usted puede ver series a un ritmo más rápido de lo que cree, amigo») tiene sus equivalentes en otros sectores (el camarero que ofrece rellenar la copa a la primera de cambio, la ristra de chocolatinas que nos observan desde debajo de la caja de la gasolinera, el miedo que nos meten en el cuerpo las compañías de seguridad justo antes de irnos de vacaciones…) y no parece especialmente pernicioso más allá de demostrar lo que le importa a Netflix la integridad del producto que vende.

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«Voy a ver otro capítulo pero porque yo quiero»

Hasta ahí la metáfora. Si servidor se siente una gallina seguramente tenga motivos y no sea culpa de Netflix. Pero el modelo se vuelve más preocupante si se aplica a un producto que por una parte no se aleja mucho de lo anterior y por otra genera una adicción que sí es involuntaria y sí es perniciosa.

Si las pantallas de los móviles cada vez son más grandes y cada vez brillan más no es porque los fabricantes de móviles y los creadores de aplicaciones se preocupen por nuestra vista, sino porque conocen el efecto que las luces y los colores tienen sobre la dopamina; así de primitivos somos. El móvil puede ser una herramienta todo lo útil que ustedes quieran, pero que pasemos más de dos horas al día mirándolo tiene que ver más con la hipnosis que con su utilidad o la riqueza de los contenidos. Instagram, Twitter y Facebook pagan a miles de ingenieros para que no despeguemos la vista del móvil, no para que compartamos nuestras mejores fotos, seamos más ingeniosos o nuestra red de amistades se vea fortalecida. Lo que quieren es la atención ininterrumpida de zombis alucinados.

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Nada que objetar tampoco hasta ahí: cada uno tira el tiempo como quiere y me gustaría pensar que nuestra voluntad puede más que las estrategias de las empresas vendedoras de humo; al fin y al cabo somos mayorcitos. El problema es que no todos somos mayorcitos.

Porque con este panorama, ya me contarán a mí qué necesidad hay de meterle a criaturas que no levantan un palmo del suelo las pantallas por los ojos, nunca mejor dicho, y obligarlos a usar en el colegio algo de lo que probablemente se saturen en el futuro y les cree irritabilidad, cansancio y trastorno del sueño en el presente. Qué sentido tiene que Samsung organice seminarios ¡sobre educación! y que para hacer los deberes dependan de una tableta que, como se ha denunciado aquí, en el colmo de la incoherencia tiene capado el acceso a Internet.

¿Por qué lo estamos haciendo? Porque hay en el aire cierta sensación de que la educación mejora si se usan las TIC (nos gustan más las siglas que a un tonto un molinillo). ¿Quién ha creado esa sensación? Nadie. Nadie que entienda del asunto, me refiero. La han creado las fabricantes de móviles y las telecos. Sus departamentos de marketing, concretamente. La noción es falsa pero tiene efectos, lo que responde bastante bien al concepto de fantasmagoría. Y esto no ha hecho más que empezar.

El consumo de horas de móvil presenta los suficientes rasgos de adicción psicológica como para preocupar a los mayores, pero al fin y al cabo cada cual es libre de derrochar sus mejores horas viendo cómo se come los chopitos la prima del amigo de aquel conocido tan simpático de la universidad, ya saben: #nitanmal, #asísí, #quéjarturadesufrir o #necesitovuestraatenciónporquetengodéficitdecariño. Lo que no tiene perdón de Dios es que les hagamos el juego a multinacionales que de educar a infantes saben cero y de agilipollar a adultos bastante más. Los actos tienen consecuencias y cuando estas recaen sobre otros deberíamos mostrarnos especialmente responsables o seremos especialmente culpables.

Tu hijo va a una academia y no lo sabes

Siempre les digo a mis alumnos que los exámenes son lo menos importante de su educación. Que son como la aguja de punto que antes se introducía en la masa para saber si el bizcocho estaba hecho (ahora que tenemos más objetos de los que podemos usar ya no se utiliza una aguja de punto, sino un «probador de pasteles», que es una aguja de punto que se vende en el departamento de repostería).

Si la aguja sale seca, es que el pastel está hecho. Imagino que los cocineros expertos no usan nada parecido: la costumbre y el oficio sustituyen a la prueba empírica. En sí, el dichoso probador no aporta nada al bizcocho. En sí, la evaluación no aporta nada al aprendizaje. Si sabes que tu alumno ha aprendido, lo felicitas y a correr. Como en un colegio ordinario hay muchos alumnos y además nadie se fía del criterio del profesorado, se les tiene que hacer un examen para poder respaldar la nota. Pero lo importante es que el bizcocho esté para chuparse los dedos: que sepan hablar, escribir, leer, calcular… y que les guste, a ser posible.

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Pues bien, en Bachillerato, sobre todo en 2.º, los colegios se han convertido en lugares donde, lejos de enseñar sabiduría (la palabra sabiduría no se emplea en un colegio desde que mis abuelos eran novios), se dedica la totalidad del curso a preparar una prueba de acceso a la universidad que además los trata como si fueran imbéciles: exámenes con una estructura invariable que elimina cualquier opción de pensar, que se contestan con tres o cuatro fórmulas fijas y que imposibilitan la comprobación de si ha habido o no una comprensión profunda. En las que se les pide que hablen de un libro que no han leído. O que resuelvan un sistema de ecuaciones lineales sin que nadie les haya dicho nunca —en doce años— que las matemáticas son un lenguaje. Que el álgebra y la sintaxis son en esencia lo mismo. O que hablen sobre «el problema de la Política en Nietzsche» sin haber catado ni un texto del bueno de Federico, estudiando a ciegas los apuntes de intérpretes de exégetas de estudiosos de sus textos originales, que por cierto son más divertidos que cualquier resumen de su obra.

No hay aprendizaje, solo la preparación para una evaluación.

Se saca el molde (sin bizcocho) del horno. Se introduce el probador de pasteles en el molde, se saca (seco) y se enseña al público. Se repite la operación con otros moldes vacíos.

No mandes a tu hijo al colegio: mándalo a Lourdes

Me dice mi alumno más respondón que en el presente blog se critica mucho la educación patria pero se aportan pocas soluciones. Yo no estoy muy de acuerdo, pues creo que continuamente estoy aportando la única solución posible. Al final la repito. Pero antes voy a hacer un poquito más de crítica constructiva:

  1. El problema no es del sistema educativo. Es del sistema en general, o de la estructura o de la idiosincrasia: que el problema es de todos, quiero decir. Nos traen a nosotros el sistema finlandés o el de la Arcadia y tardamos un par de elecciones en desmontarlo y venderlo por piezas.
  2. Pero no voy a eso. Lo que quiero decir es que no hay sistema educativo eficiente en una sociedad ignorante. Como los políticos, la educación también es una tele.pngcristalización de la estructura. Tenemos el nivel educativo adecuado a un país donde Gran Hermano tiene una audiencia histórica por encima del 25 %. A lo mejor pretendemos que nuestros hijos lean a Calderón mientras nosotros vemos en la tele cómo el eslabón perdido profiere berridos disonantes. Esto no funciona así.
  3. Y es que tengo una noticia: nuestros hijos son bastante ignorantes porque nosotros somos bastante ignorantes. Ya podemos poner a un Ken Robinson en cada clase, que si cuando llega a casa nuestra criatura lo más ilustrado que nos ve hacer es meternos en as.com, la especie irá en picado. No hay colegio que pueda competir con la familia en lo educativo. Sí en la adquisición de unas destrezas, pero no es eso la educación. Que tu hijo te vea leyendo con asiduidad vale más que el cacao mental de mil pedagogos molones.

Y vale por hoy, que casi supero lo que nuestro cerebro se está acostumbrando a asimilar de una sola dosis.

Ah, prometía una solución. Lee. Lee hasta que encuentres aquello que te gusta leer y, cuando lo encuentres, lee hasta que se te caigan las pestañas. Lee por ti, por tus hijos o por postureo, pero lee. Lee porque lo que sepas será lo único que nadie te podrá quitar nunca. Lee para que esta sociedad que tantas mentiras te cuenta lo tenga más difícil.

Y si no lees, luego no te quejes de la educación. Y no lo digo por mi alumno. Él ya venía leído de casa; por eso es tan respondón.

Obreras y zánganos

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Las leyes educativas en España han sido un éxito. No sé si hay quien lo dude, pero por si acaso me explico.

Al sistema le gustan los ciudadanos confusos; Kafka lo sabía. El Estado prefiere ciudadanos calladitos; preguntadle a Solzhenitsyn. A las élites, en general, los libros les parecen objetos peligrosos; leed a Bradbury. A los partidos les priva el control (Orwell), y controlar a idiotas es mucho más fácil.

El Estado nos quiere muditos. De nueve a ocho, sufragando alegremente sus poltronas y acudiendo a las urnas para elegir entre lo disponible, que no es mucho. (Ellos sí) saben que la pluma es más poderosa que la espada, y que cuando la gente se pone a pensar surgen los problemas por doquier. Así que hay que arrancar el problema de raíz: desde el colegio. Se trata de diseñar planes educativos que destierren la Filosofía y el resto de humanidades, formar abejas obreras que mantengan a los zánganos sin protestar. Preguntadle a un adolescente si sabe quién es Hitchcock (no ya Bergman, ojo), o que lea un artículo cualquiera de la prensa y os lo cuente. Preguntadle en qué año tuvo lugar la Revolución Francesa. O en qué siglo. Es más: preguntádselo a su profesor si es jovencito. Lo mismo hay sorpresas.

Trasciende que nuestro nivel educativo es bajo, pero esa es la más peligrosa de las medias verdades. La realidad es que nuestros cachorros ya no saben leer. Como suena. Ni sumar. Ni hablar con cierta corrección. Ni cuál es la capital de Alemania. Serán unas magníficas obreras y los zánganos sonreirán como hienas, pensando en cuánto le deben a la LOGSE, la LOE o la LOMCE entre otras joyas. Leyes nacidas para formar «trabajadores eficientes y consumidores responsables», no «ciudadanos», ni «personas», ni «seres humanos».

La distopía ya está aquí, pero no importa porque nadie sabrá qué nombre ponerle.