Netflix y las gallinas

Como saben, antes de que termine el episodio de una serie en Netflix, esta nos sugiere prescindir de una parte de él; los créditos de cierre. La sugerencia es sutil: los créditos prácticamente desaparecen y la opción de ver el siguiente capítulo pasa a ocupar prácticamente toda la pantalla. La posibilidad de deshacerse de los créditos existe también al principio de cada episodio.

No voy a apelar al respeto a la obra de arte porque las series pertenecen más bien al campo del entretenimiento (que yo sepa Doctor en Alaska no está en Netflix).

Lo que quiero compartir aquí es una cuita que probablemente les tenga a ustedes sin cuidado: llámenme susceptible (lo harán con razón), pero la primera vez que vi el botón de «Próximo episodio» sentí como me convertía instantáneamente en un gallina o, al menos, como Netflix veía en mí una gallina.

Me explico: como también saben, en las explotaciones avícolas es habitual exponer a las gallinas a más horas de luz de las que proporciona el día para conseguir que pongan más huevos cada jornada. Optimizar la producción es uno de los objetivos de la empresa, subsidiario de su objetivo principal de maximizar beneficios. Como consumidores estamos al otro extremo de las gallinas, y la estimulación de nuestro consumo es otro de los objetivos de la empresa. Producir de manera eficiente, vender de forma masiva. Pues bien: el botoncito de marras es lo más parecido a la luz artificial de un gallinero que he visto en mi vida, pero aplicado al consumo en lugar de a la producción. Esa palmadita en la espalda del televidente («usted puede ver series a un ritmo más rápido de lo que cree, amigo») tiene sus equivalentes en otros sectores (el camarero que ofrece rellenar la copa a la primera de cambio, la ristra de chocolatinas que nos observan desde debajo de la caja de la gasolinera, el miedo que nos meten en el cuerpo las compañías de seguridad justo antes de irnos de vacaciones…) y no parece especialmente pernicioso más allá de demostrar lo que le importa a Netflix la integridad del producto que vende.

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«Voy a ver otro capítulo pero porque yo quiero»

Hasta ahí la metáfora. Si servidor se siente una gallina seguramente tenga motivos y no sea culpa de Netflix. Pero el modelo se vuelve más preocupante si se aplica a un producto que por una parte no se aleja mucho de lo anterior y por otra genera una adicción que sí es involuntaria y sí es perniciosa.

Si las pantallas de los móviles cada vez son más grandes y cada vez brillan más no es porque los fabricantes de móviles y los creadores de aplicaciones se preocupen por nuestra vista, sino porque conocen el efecto que las luces y los colores tienen sobre la dopamina; así de primitivos somos. El móvil puede ser una herramienta todo lo útil que ustedes quieran, pero que pasemos más de dos horas al día mirándolo tiene que ver más con la hipnosis que con su utilidad o la riqueza de los contenidos. Instagram, Twitter y Facebook pagan a miles de ingenieros para que no despeguemos la vista del móvil, no para que compartamos nuestras mejores fotos, seamos más ingeniosos o nuestra red de amistades se vea fortalecida. Lo que quieren es la atención ininterrumpida de zombis alucinados.

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Nada que objetar tampoco hasta ahí: cada uno tira el tiempo como quiere y me gustaría pensar que nuestra voluntad puede más que las estrategias de las empresas vendedoras de humo; al fin y al cabo somos mayorcitos. El problema es que no todos somos mayorcitos.

Porque con este panorama, ya me contarán a mí qué necesidad hay de meterle a criaturas que no levantan un palmo del suelo las pantallas por los ojos, nunca mejor dicho, y obligarlos a usar en el colegio algo de lo que probablemente se saturen en el futuro y les cree irritabilidad, cansancio y trastorno del sueño en el presente. Qué sentido tiene que Samsung organice seminarios ¡sobre educación! y que para hacer los deberes dependan de una tableta que, como se ha denunciado aquí, en el colmo de la incoherencia tiene capado el acceso a Internet.

¿Por qué lo estamos haciendo? Porque hay en el aire cierta sensación de que la educación mejora si se usan las TIC (nos gustan más las siglas que a un tonto un molinillo). ¿Quién ha creado esa sensación? Nadie. Nadie que entienda del asunto, me refiero. La han creado las fabricantes de móviles y las telecos. Sus departamentos de marketing, concretamente. La noción es falsa pero tiene efectos, lo que responde bastante bien al concepto de fantasmagoría. Y esto no ha hecho más que empezar.

El consumo de horas de móvil presenta los suficientes rasgos de adicción psicológica como para preocupar a los mayores, pero al fin y al cabo cada cual es libre de derrochar sus mejores horas viendo cómo se come los chopitos la prima del amigo de aquel conocido tan simpático de la universidad, ya saben: #nitanmal, #asísí, #quéjarturadesufrir o #necesitovuestraatenciónporquetengodéficitdecariño. Lo que no tiene perdón de Dios es que les hagamos el juego a multinacionales que de educar a infantes saben cero y de agilipollar a adultos bastante más. Los actos tienen consecuencias y cuando estas recaen sobre otros deberíamos mostrarnos especialmente responsables o seremos especialmente culpables.

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Tu hijo va a una academia y no lo sabes

Siempre les digo a mis alumnos que los exámenes son lo menos importante de su educación. Que son como la aguja de punto que antes se introducía en la masa para saber si el bizcocho estaba hecho (ahora que tenemos más objetos de los que podemos usar ya no se utiliza una aguja de punto, sino un «probador de pasteles», que es una aguja de punto que se vende en el departamento de repostería).

Si la aguja sale seca, es que el pastel está hecho. Imagino que los cocineros expertos no usan nada parecido: la costumbre y el oficio sustituyen a la prueba empírica. En sí, el dichoso probador no aporta nada al bizcocho. En sí, la evaluación no aporta nada al aprendizaje. Si sabes que tu alumno ha aprendido, lo felicitas y a correr. Como en un colegio ordinario hay muchos alumnos y además nadie se fía del criterio del profesorado, se les tiene que hacer un examen para poder respaldar la nota. Pero lo importante es que el bizcocho esté para chuparse los dedos: que sepan hablar, escribir, leer, calcular… y que les guste, a ser posible.

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Pues bien, en Bachillerato, sobre todo en 2.º, los colegios se han convertido en lugares donde, lejos de enseñar sabiduría (la palabra sabiduría no se emplea en un colegio desde que mis abuelos eran novios), se dedica la totalidad del curso a preparar una prueba de acceso a la universidad que además los trata como si fueran imbéciles: exámenes con una estructura invariable que elimina cualquier opción de pensar, que se contestan con tres o cuatro fórmulas fijas y que imposibilitan la comprobación de si ha habido o no una comprensión profunda. En las que se les pide que hablen de un libro que no han leído. O que resuelvan un sistema de ecuaciones lineales sin que nadie les haya dicho nunca —en doce años— que las matemáticas son un lenguaje. Que el álgebra y la sintaxis son en esencia lo mismo. O que hablen sobre «el problema de la Política en Nietzsche» sin haber catado ni un texto del bueno de Federico, estudiando a ciegas los apuntes de intérpretes de exégetas de estudiosos de sus textos originales, que por cierto son más divertidos que cualquier resumen de su obra.

No hay aprendizaje, solo la preparación para una evaluación.

Se saca el molde (sin bizcocho) del horno. Se introduce el probador de pasteles en el molde, se saca (seco) y se enseña al público. Se repite la operación con otros moldes vacíos.

No mandes a tu hijo al colegio: mándalo a Lourdes

Me dice mi alumno más respondón que en el presente blog se critica mucho la educación patria pero se aportan pocas soluciones. Yo no estoy muy de acuerdo, pues creo que continuamente estoy aportando la única solución posible. Al final la repito. Pero antes voy a hacer un poquito más de crítica constructiva:

  1. El problema no es del sistema educativo. Es del sistema en general, o de la estructura o de la idiosincrasia: que el problema es de todos, quiero decir. Nos traen a nosotros el sistema finlandés o el de la Arcadia y tardamos un par de elecciones en desmontarlo y venderlo por piezas.
  2. Pero no voy a eso. Lo que quiero decir es que no hay sistema educativo eficiente en una sociedad ignorante. Como los políticos, la educación también es una tele.pngcristalización de la estructura. Tenemos el nivel educativo adecuado a un país donde Gran Hermano tiene una audiencia histórica por encima del 25 %. A lo mejor pretendemos que nuestros hijos lean a Calderón mientras nosotros vemos en la tele cómo el eslabón perdido profiere berridos disonantes. Esto no funciona así.
  3. Y es que tengo una noticia: nuestros hijos son bastante ignorantes porque nosotros somos bastante ignorantes. Ya podemos poner a un Ken Robinson en cada clase, que si cuando llega a casa nuestra criatura lo más ilustrado que nos ve hacer es meternos en as.com, la especie irá en picado. No hay colegio que pueda competir con la familia en lo educativo. Sí en la adquisición de unas destrezas, pero no es eso la educación. Que tu hijo te vea leyendo con asiduidad vale más que el cacao mental de mil pedagogos molones.

Y vale por hoy, que casi supero lo que nuestro cerebro se está acostumbrando a asimilar de una sola dosis.

Ah, prometía una solución. Lee. Lee hasta que encuentres aquello que te gusta leer y, cuando lo encuentres, lee hasta que se te caigan las pestañas. Lee por ti, por tus hijos o por postureo, pero lee. Lee porque lo que sepas será lo único que nadie te podrá quitar nunca. Lee para que esta sociedad que tantas mentiras te cuenta lo tenga más difícil.

Y si no lees, luego no te quejes de la educación. Y no lo digo por mi alumno. Él ya venía leído de casa; por eso es tan respondón.

Obreras y zánganos

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Las leyes educativas en España han sido un éxito. No sé si hay quien lo dude, pero por si acaso me explico.

Al sistema le gustan los ciudadanos confusos; Kafka lo sabía. El Estado prefiere ciudadanos calladitos; preguntadle a Solzhenitsyn. A las élites, en general, los libros les parecen objetos peligrosos; leed a Bradbury. A los partidos les priva el control (Orwell), y controlar a idiotas es mucho más fácil.

El Estado nos quiere muditos. De nueve a ocho, sufragando alegremente sus poltronas y acudiendo a las urnas para elegir entre lo disponible, que no es mucho. (Ellos sí) saben que la pluma es más poderosa que la espada, y que cuando la gente se pone a pensar surgen los problemas por doquier. Así que hay que arrancar el problema de raíz: desde el colegio. Se trata de diseñar planes educativos que destierren la Filosofía y el resto de humanidades, formar abejas obreras que mantengan a los zánganos sin protestar. Preguntadle a un adolescente si sabe quién es Hitchcock (no ya Bergman, ojo), o que lea un artículo cualquiera de la prensa y os lo cuente. Preguntadle en qué año tuvo lugar la Revolución Francesa. O en qué siglo. Es más: preguntádselo a su profesor si es jovencito. Lo mismo hay sorpresas.

Trasciende que nuestro nivel educativo es bajo, pero esa es la más peligrosa de las medias verdades. La realidad es que nuestros cachorros ya no saben leer. Como suena. Ni sumar. Ni hablar con cierta corrección. Ni cuál es la capital de Alemania. Serán unas magníficas obreras y los zánganos sonreirán como hienas, pensando en cuánto le deben a la LOGSE, la LOE o la LOMCE entre otras joyas. Leyes nacidas para formar «trabajadores eficientes y consumidores responsables», no «ciudadanos», ni «personas», ni «seres humanos».

La distopía ya está aquí, pero no importa porque nadie sabrá qué nombre ponerle.