El País nos explica que Nolan es facha: la crítica cierra el puño

El periódico que hace unos años publicó los exabruptos de un DJ intentando hacer pupa a Moby Dick (como si yo me empeño en alterar la órbita de Saturno) nos regaló el pasado 7 de septiembre un artículo titulado «¿Una obra maestra o una “castaña de derechas”? Lo que el éxito de Tenet nos dice sobre el momento actual».

Por si el título no lo dice todo, añadiré que, citando a su vez a otros, el autor convierte a Nolan en deudor de ¡Margaret Thatcher! y establece una relación poco menos que esquizofrénica entre la ausencia de iconografía nazi en Dunkerque y una defensa del Brexit (¿…?). El razonamiento es tan impecable que dan ganas de utilizarlo; Ridley Scott nos oculta al alien durante buena parte de la película como homenaje a Ronald Reagan. O así.

Si no leen El País quizá no lo sepan, pero ocultar al malo es nacionalista y de derechas. Si veían El inspector Gadget probablemente sean Vds. fachos

Puede que vivir ajenos a la política sea poco inteligente, pero juzgarlo todo bajo parámetros ideológicos es de patanes.

Si soporta con estoicismo la infinita pereza que da la crítica ideologizada (ya no provoca ni asco, solo pereza), es que efectivamente el papel lo aguanta todo. Porque si la ideología es la puerta de entrada a la estupidez más zombi, cuidadito con la crítica que nos viene, y lo digo por lo siguiente:

Un amigo me llamó la atención sobre El faro, película que cogí con ganas gracias a la anterior obra de Robert Eggers, La bruja, sencilla y certera vuelta de tuerca a las raíces del folklore rodada con un pérfido sentido de la belleza. Pues bien, lo que era bueno en La bruja intenta ser mejor en El faro, y se produce el descalabro. Si en La bruja había una economía de medios y de mensajes que llegaba a su culmen con la referencia a Caperucita y el contenido pero poderoso final, en El faro los Eggers (el hermano Max es coguionista con el propio Robert) intentan meterlo todo. Todo, como si El faro fuera un aleph de referencias para críticos incautos: Ahab, Prometeo, el terror marino de William H. Hodgson, el expresionisto alemán, la retórica carcelaria erótico-festiva, Los Pájaros, Shutter Island, El terror, El viy, el Doppelgänger y por supuesto, como no podía ser menos, el ubicuo, somnífero y desatalentado H. P. Lovecraft.

Otro día les contaré cómo ataqué las obras completas de Lovecraft engañado por su fama de reformulador de la literatura de terror. Terror cósmico, lo llaman, pero quieren decir error cósmico. Valdemar tiene publicada una antología de su cogollito, que diría Proust, (Maestros del horror de Arkham House) y solo se salva Ray Bradbury, claro, que juega en otra liga. No tengo nada en contra de Lovecraft, salvo la terrible decepción de haberlo leído. No es que no dé miedo, eso da igual, tampoco lo dan El monje ni El golem ni Otra vuelta de tuerca ni El Rey de Amarillo y son obras maestras. Es cierto que hay infinidad de obras basadas en los pulpos gigantes lovecraftianos, pero lo terrible es que muchas de ellas son mejores que el original.

Pues bien, decepcionado por el batiburrillo farístico pero temiéndome lo peor precisamente por esa multirreferencia cazagafapasta, la presencia de dos actores semimalditos y una ratio de pantalla de 1,19:1 (no podía ser otra), me interné en el proceloso piélago de la crítica. Bingo. «Obra maestra» era lo menos laudatorio que pude encontrar en el unánime panegírico de los sesudos censores patrios y de ultramar. Eggers los atrae con el neón de las referencias y ellos se achicharran como polillas insensatas. ¿Pero es el oropel de las referencias y la oportunidad de ir de listos lo único que atrae al grueso de la crítica hacia Eggers? Observen la siguiente imagen:

Machismou del hombre sobre la gaviota

Ahora, si son tan amables, lean el segundo fragmento de crítica: «Una comedia negra demente de claustrofobia y machismo». Solo hay dos personajes, ambos masculinos, pero por lo visto la película va sobre el machismo. Confuso, entro en la web del crítico de marras a ver si hay más datos; los hay. «Machismo competitivo», dice el firmante.

Tres cositas:

En primer lugar, quien piense que la competitividad es cosa de hombres es que no ha conocido mujer alguna. Los hombres parecemos competitivos porque a las primeras de cambio sacamos las plumas y ponemos cara de enfadados, pero la competitividad femenil es mucho más sutil y a la vez apabullante. Los seres antes llamados mujeres (je suis J. K. Rowling) no conciben la posibilidad de perder. Las mujeres no ganan: son la victoria.

En segundo lugar, en el caso de que, dando por falso lo anterior, la competitividad fuera cosa de hombres, ¿por qué se la relaciona con el machismo?, ¿es machista todo lo masculino? Quiero pensar que eso no es feminismo sino hembrismo, pero cada vez lo veo menos claro.

En tercer lugar, observen el término inglés para machismo: machismo. En efecto, lo han vuelto a hacer. Después de su éxito gripe española (la gripe no apareció aquí, sino en Kansas, pero España era un país neutral en 1918 e informó libremente sobre la pandemia), los anglosajones se quitan de en medio españolizando el machismo. ¿Un término que denota xenofobia en un medio de centro izquierda? Sorpresón: los votantes de Trump no son los únicos xenófobos en la tierra del libre y el hogar del valiente. Pero no se preocupen, seguro que alguna de las 5 sedes del Instituto Cervantes en EE. UU. protesta airadamente contra el uso de los términos gripe española y/o machismo. Menudos somos a la hora de defender lo nuestro.

Perdonen este paréntesis triple, pero es útil para entender el éxito de Eggers en los medios: buceando en ellos he concluido que La bruja era un alegato por el empoderamiento (perdón) de la mujer y El faro una denuncia del machismo. Si bailar con un macho cabrío no empodera (perdón) es que yo ya no sé.

Decía la crítica de Tenet que abre esta entrada que el cine de Nolan le va diciendo al espectador lo listo que es a medida que la película avanza. Lo dice un artículo que a la primera de cambio, con o sin excusa, te cita a Alain Resnais (Hiroshima mon Amour) o a Apichatpong Weerasethakul (este no sé quién es pero tiene cara de simpático). No cuela: si defienden a Eggers y critican a Nolan es porque creen que uno dirige según los parámetros de la corrección política y el otro está preparando la vuelta del NSDAP, cosas ambas improbables: Nolan lo ha negado y Eggers ya ha dicho que dirige sin agenda política, aunque luego comente sus películas bajo la perspectiva que más le beneficie en taquilla (y hace muy bien).

La ideología lo inunda todo. La hueca (pero aparentemente incuestionable) ideología de tintes neomarxistas que nos está diciendo cómo hablar, cuándo arrodillarnos, dónde está el límite de lo verbalizable y a quiénes odiar lo inunda todo, pero especialmente el arte. Los ideólogos predominantes conocen el poder del arte sobre el comportamiento humano, y hace años que han puesto sus ojos (inquisidores, no inquisitivos) sobre los escritores y directores que no se declaran rendidos ante la corrección política, el pensamiento único y la doble moral. La muerte de Harold Bloom, partidario de una crítica exenta de consideraciones exógenas al propio arte, no podía haber ocurrido en peor momento. O quizá el asunto haya estado siempre entre nosotros. Vean:

«No existen libros morales o inmorales.

Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo.

[…]

El artista no tiene preferencias morales. Una preferencia moral en un artista es un imperdonable amaneramiento de estilo».

Efectivamente, se trata del prefacio a El Retrato de Dorian Gray que Oscar Wilde incluyó en sucesivas ediciones ante las críticas negativas de la primera. ¿Quiénes eran los críticos que habían reaccionado enfurecidos ante la delicada, perversa y magistral novela de Wilde? ¿Activistas de izquierda a la manera actual? No, más bien conservadores bienpensantes hipócritas y pequeñoburgueses que se rasgaban las vestiduras ante una obra «afeminada, homoerótica y nauseabunda».

Como ven, la crítica victoriana era de sentido opuesto a la Stasi actual, pero sus llamadas a la censura, su miopía y el peligro que encarnan para la creación libre son exactamente iguales.

Una buena película o un buen libro representan y explican toda la vida, y en esa capacidad inaprensible radica su naturaleza milagrosa y trascendente. Una obra adicta al régimen de turno, una obra de tesis que quiera convencernos de la pertinencia del programa ideológico dominante, además de cobarde será necesariamente parcial, incompleta y carente.

La crítica que nos aflige prefiere el segundo grupo, claro, porque la libertad de pensamiento y la verdad que informan el arte han dado siempre muchísimo miedo a los imbéciles.

El gran azul

Dos profundistas, Jacques Mayol (Jean-Marc Barr) y Enzo Molinari (Jean Reno) compiten por la plusmarca de descenso en apnea. Mientras, Mayol conoce a Johana Baker (Rosanna Arquette). ¿Deberían verla? A mí qué me cuentan. Pero mi opinión es esta.

Reno y Barr en los papeles de sus vidas

Por qué no ver El gran azul

  1. Porque es la típica película que nos gusta a los gilipollas: larga (hay que ver la versión extendida de casi tres horas, y además en versión original, porque no está doblada en su totalidad), esteticista y francesa. En realidad es ítalo-yanqui-francesa. En Francia, de hecho, es de culto; ya se sabe que a los franceses les gusta la pose más que a mí. La película es lenta, o introspectiva, que es lo que dirás si te gusta, y la banda sonora de Éric Serra le va como anillo al dedo pero no ayuda a moverla.
  2. Porque es tan certera que incomoda. Lo digo en serio, no como cuando los famosos dicen «¿Mi principal defecto? La sinceridad». No. Realmente incomoda. Sobre todo a todos los que hayan tenido alguna vez la tentación de seguir al delfín. Para esos, la película es como estar encerrado en una habitación sin puertas (hasta el final, donde Besson pone la puerta).
  3. Porque uno de los supuestos retratados no quería que la viéramos. Parece que Enzo Maiorca cambió de opinión tras el suicidio en 2001 del otro retratado, Jacques Mayol, pero hasta entonces estuvo muy enfadado con la imagen que su trasunto (Enzo Molinari) da de él. Esto es muy extraño por dos motivos: en primer lugar, la peli se basa lejanísimamente en ellos: de hecho Maiorca y Mayol no coincidieron en su infancia y para más inri italiano no se llama como él. En segundo lugar, Reno hace el papel más redondo de su carrera (sí, más que Léon) y, a pesar de que el propio Maiorca fuera legendario, no se puede uno enfadar nunca con Reno. Si este párrafo ha quedado críptico, no les ayudará que les diga que Mayol participó en el guion de la película.
Reno y Castellitto, imbatibles. El primero se pasaría toda la vida intentando ser Enzo

Por qué ver El gran azul

  1. Porque te crees que pasaste tu infancia en una isla griega. Da igual que de pequeño te bañaras con un balde y que lo más marino que hubieras catado fuera una postal de Gandía: las imágenes en blanco y negro son las de tu infancia, y a partir de ahí ya estás jodido.
  2. Por Rosanna Arquette: no solo por ella, que es puro ochenterismo, sino por Johana Baker. Primero, porque impide que la ratio de personajes estrambóticos supere lo admisible; segundo, como consecuencia directa de lo anterior, porque ancla la película a la realidad; tercero, porque cuando se le pide lo inasumible ella termina por comprender y se convierte en cómplice del estremecimiento mayúsculo. Perdonen la pedantería pero estoy intentando no destripársela.
  3. Porque es tan certera que incomoda. Ahora sí lo escribo como elogio. De algunas cosas solo puede hablar el arte y no hay mejor manera de hacerlo que à la Besson. La película es pura metafísica, pero Arquette, Reno y Castellitto (el ayudante de aquel) impiden que uno tenga la sensación de «a ver qué no entiendo de la siguiente escena» de las películas de Terrence Malick. Está bien lo de plantear preguntas, pero a veces las películas deberían explicar cosas. Por ejemplo, cómo funciona la mente de un chalado y por qué no puede funcionar de otra forma.
  4. Porque la película hace algo que es tremendamente difícil: ser filosófico-existencial-contundente y a la vez mítica. Ahí hay un responsable máximo: Reno comiendo pasta, Reno con un neopreno de la bandera italiana, Reno buceando en una piscina borracho, Reno tocando el piano, el niño que se parece a Reno comportándose como si fuera Reno… Un franco-marroquí de ascendencia española (se llama Juan Moreno y Herrera-Jiménez, no les digo más) interpretando a un italiano con ínfulas es lo mejor que le podía pasar a esta película. Hay que agradecerle a Besson que se dejara de fidelidad a los hechos y se dedicara a hacer una obra maestra.
  5. Porque no le gusta a los críticos (ni a los yanquis). Digo esto sin tener la menor base, solo la sospecha. Los críticos cinematográficos son esas personas incapaces de sentir ya cualquier emoción ante una película. Piensan en términos de ángulos de cámara y utilizan palabras como narrativa, sensibilidad y onírico sin el menor recato. En cuanto a los estadounidenses, cambiaron el final y la música de Serra para estrenarla allí. No tenían ni esperanzas.
Bonus track: Jacques Mayol y Enzo Maiorca. No, no tiene filtro. Las fotos antes molaban directamente

Vale, sí, me rindo. Véanla. Y si no les gusta, mejor: así podremos polemizar ante bebidas de cierta graduación.

Cómo entrenar a tu dragón 3. La Play

El otro día pude escuchar a una madre desesperada: «¡Todo el día enganchado a la máquina!». No creo que se refiriera al móvil (esa es una adicción con muy buena prensa) así que veo probable que «máquina» quisiera decir Play o algún derivado.

Vaya por delante: los videojuegos son en su mayoría tan endiabladamente divertidos que constituyen un peligro para el tiempo de los adolescentes. Los videojuegos tienen la capacidad de hacer que el tiempo vuele, como el ganchillo o la petanca. No, seamos justos: como el móvil o las apuestas. El componente adictivo de los videojuegos es muy alto. Siendo así, las discusiones entre progenitores y progenie tienen pinta de ser frecuentes y terminan en el mejor de los casos con una negociación y en el peor con un martillazo.

Sigamos con las malas noticias: se calcula que el 60 % de jugadores de Grand Theft Auto V, un juego que a la violencia une la zafiedad y el sexismo, son menores de edad. Ante esto tenemos dos opciones:

Opción A. Hacer como hasta ahora

Es decir, meter a todos los videojuegos en el mismo saco (cosa que por algún motivo no hacemos con las películas ni los libros, pero sí con los juegos) y detestarlos en bloque. Esta ha sido siempre una táctica bastante utilizada ante lo que no se comprende: hacer como si no existiera. Lo que no se me alcanza de esa política es por qué permitirles jugar entonces… quizá para evitar conflictos. Los videojuegos son esencialmente perniciosos pero les compramos la Play porque sus amigos la tienen y cualquiera los aguanta si no. No solo les permitimos hacer algo que consideramos nocivo sino que además nos desentendemos.

¿Las consecuencias de esto? Que niños de 12 años jueguen a GTA. Que millones de niños de 12 años jueguen a GTA. No exagero: el jueguito ha vendido más de 120 millones de copias. Hace unas semanas la tienda de Epic lo regaló y la página colapsó a causa de la demanda.

Opción B. Aprovechar la oportunidad

¿Tiene esto solución? Claro: discriminar. Los libros no tienen código PEGI (clasificación por edades) y nadie en su sano juicio le regalaría a su hijo púber American Psycho o la biografía de Charles Manson. GTA V tiene una etiqueta en rojo en su portada con un enorme 18, pero nadie parece verla.

Veamos el asunto desde una perspectiva más amplia: una de las alternativas que se le proponen al gamer impenitente es la de leer. Otro paréntesis que despeje mi postura: leer es más enriquecedor, gratificante, significativo y cool que los videojuegos de aquí a Nueva Caledonia. Pero es que leer es más enriquecedor, gratificante, significativo y cool que el 98 % de todo lo que hacemos. Los libros son mejores que las personas los políticos.

El quid de la cuestión es, entonces, que jueguen menos y lean más. ¿Cómo?

Nuestra insistencia en la lectura es tal que, yo que ellos, sospecharía. De hecho, que insistamos tanto en la lectura es insultante para la propia lectura. Hemos hecho lo mismo que con la educación: conseguir que lo vean como algo muy pesado que deben hacer para conseguir aptitudes útiles. Si juntan los mensajes que les envíamos entre profesorado, padres y Administración (tres agentes, por cierto, de los que no suelen dimanar grandes cantidades de diversión), nuestras pequeñas bestezuelas entienden algo parecido a esto: «aunque leer sea un coñazo, deberías hacerlo para conseguir una serie de beneficios algo indefinidos que llegan al cabo de años».

Le damos demasiada importancia al medio, que es quizá lo de menos. El carácter sacro de la literatura no viene dado por que esté impresa en negro sobre blanco (aunque esto suponga a su vez una liturgia) sino por la importancia que ha tenido siempre en nuestra cultura una buena historia. La pulsión de enhebrar una buena historia está en el origen de cualquier sociedad o, mejor, brinda los elementos necesarios para que un grupo se transforme en sociedad. ¿Qué queda de Occidente (si es que queda algo a estas alturas) sin el viaje del héroe (de todas esas historias en que reverbera el periplo de Odiseo, pero también de Gilgamesh), sin el Génesis, sin El cantar de Roldán, sin el ciclo artúrico, sin Bovary (aunque la buena es Bouvard y Pécuchet, recuerden), sin la ida de olla de Alonso, sin Raskólnikov, sin los dos Zaratustras, sin el anillo único y sin lo mal que envejece Anakin Skywalker?

Estas son las razones del carácter sacro de la literatura, pero también, y entender esto es la clave de todo, las razones de su atractivo animal. Todas las historias antedichas triunfaron porque a la gente le divertían, no porque las estudiaran filólogos con antiparras. Este atractivo queda descrito perfectamente en la carta de amor que los creadores de Sherlock (Steven Moffat y Mark Gatiss; es maravilloso y muy meta que Mycroft sea guionista de la serie) les escriben a Holmes y Watson al final de la serie por boca de Mary: algo así como «cuando la vida se pone cabrona, es un alivio imprescindible poder confiar en que hay dos hombres buenos intentando arreglar el mundo desde su guarida de Baker Street». Borges lo dijo de otra forma: «Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una / de las buenas constumbres que nos quedan. La muerte / y la siesta son otras. También es nuestra suerte / convalecer en un jardín o mirar la luna».

Las buenas historias son refugio, consuelo y bendición. Solo un alma gélida resiste la tentación de conocer cómo termina una buena historia.

Y resulta que los videojuegos son un puente maravilloso entre lo estrictamente lúdico y la insondable maravilla que es la literatura. Estamos dejando pasar una oportunidad.

Los referentes visuales de varias generaciones a la hora de evocar épocas pasadas no provienen de los museos sino del cine. En esa parte de mi cerebro de la que no hablo con mis amigotes, Napoleón siempre tuvo un extraño parecido con Marlon Brando (Desirée, 1954), y Cleopatra con Liz Taylor (Cleopatra, 1963). Lo mismo ocurre con batallas, costumbres y vestidos. Pues bien, la imagen que la generación Z tiene de Cleopatra es mayoritariamente esta:

Cleopatra en Assassin’s Creed: Origins. Espantoso el doblaje de Clara Lago, por cierto

Da igual si nos gusta o no. Los videojuegos llegaron para quedarse y llevan décadas proporcionando referentes visuales a millones de jóvenes. Y no solo visuales. Los videojuegos son un medio de comunicación muy locuaz y nuestros jóvenes tormentos no están sordos.

Veíamos con nuestros padres las historias que luego leíamos; es un poco burdo protestar por que la juventud no lea si antes no les hemos enseñado quién es Robin Hood, Ivanhoe ni Rick Deckard. Es la presencia de historias en una sociedad (y la familia es una sociedad) la que activa el ansia de lectura. Si antes eran las peripecias de Sam Spade (El halcón maltés, 1941, qué buena es) o Daniel Dravot (El hombre que pudo reinar, 1975, ídem), y siguen siendo, ahora se han incorporado Geralt de Rivia (The Witcher, 2007, 2011 y 2015) y Arthur Morgan (Red Dead Redemption 2, 2018).

Las buenas historias son lo que une a los buenos videojuegos con la literatura (y con el cine, ya que estamos), y quizá si nos preocupáramos por qué juegos practican nuestros vástagos y nos uniéramos a ellos, y descubriéramos con ellos sus mundos, el paso al medio escrito vendría sería más fácil y más frecuente.

Hay algo de carpetovetónico en la aversión al medio videojueguil. Si me apuran, hay algo de puritanismo y de ludismo. Solo nos falta quemar las consolas. Hay videojuegos que no pintan nada en la educación de los adolescentes: no les permitan jugarlos. Pero también hay obras maravillosas (otro día iremos al detalle) que no se deberían perder. Hagan de ellos un punto de encuentro y verán cómo terminan hablando de esta o aquella película; de este o aquel libro.

Preguntas que ahorran tiempo. Sobre la última temporada de Juego de tronos

Las primeras impresiones están sobrevaloradas. Con frecuencia un tipo que a primera vista parece gilipollas se convierte en un gilipollas, sí, pero entrañable. La tarea de descifrar la verdadera naturaleza humana es larga y está llena de baches. Por eso son tan importantes las preguntas que ahorran tiempo. Hasta este año la más eficaz solo era aplicable a los madridistas, lo que es una pega estadística: «¿Pero tú eres de Mourinho?». Ante una respuesta afirmativa, uno sabía que se encontraba frente a un ser humano incorrecto y desacomplejado que anteponía la lealtad al bienquedismo, lo que es mucho en los tiempos que corren. Mou es un detector de tibios.

Ya llegamos. Este último año se ha ido definiendo la que es a día de hoy la pregunta más útil que conozco: «¿Qué te parece última temporada de Juego de tronos?». Lo digo en sentido positivo, entiéndanme; no se trata tanto de vilipendiar a quien la vitupera como de loar a quien la encomia. La serie es muy buena y la última temporada es muy buena. No tanto como las seis primeras, pero muy buena. Les animo a confiar en quien valora la octava en contra de la opinión mayoritaria.

¿Por qué no tan buena? Como en el caso de la séptima, por las prisas y porque pierde el sustrato literario de George R. R. Martin: lo mejor de la serie siempre ha tenido que ver con los diálogos shakesperianos y los personajes densos, poliédricos y cabrones (es decir, humanos) que la serie fusilaba de los libros. La literatura es mejor que el cine.

No se trata de vilipendiar pero sí de ser sincero, y en mi opinión aquellos espectadores que no valoran la última tanda de capítulos deberían preocuparse más por ellos mismos que por firmar tonterías en change.org. Somos muy de despreciar el trabajo de profesionales habilísimos y devotos en función de análisis pueriles e ignorantes (el ejemplo pluscuamperfecto de esto es Scariolo: un tipo que dedica 24 horas al día a pensar baloncesto era hasta anteayer sistemáticamente criticado por quienes durante los partidos piden «intencionada»).

¿Por qué es tan buena la última temporada?

(Si Vd. no la ha visto está a tiempo de dejar de leer esta entrada aquí).

Vamos al turrón. No me voy a hacer fuerte en la mitiquérrima reunión de la chimenea previa a la sobrecogedora batalla de Winterfell. No me remitiré solo a Brienne de Tarth escribiendo en el Libro Blanco de la Guardia Real, escena tolkieniana mediante la cual la historia cristaliza en leyenda, ni al discurso de Tyrion defendiendo a través de la candidatura de Brandon Stark la memoria que engendra sentido de comunidad, discurso algo obvio pero certero. El último capítulo tiene que recoger y lo hace: solo tiene sentido a la luz de lo pasado y otorga a lo pasado visos de posteridad: esa insistencia en la memoria nos confirma que no estábamos locos.

Es contundente (aunque quizá haya caído en saco roto) la parafernalia totalitaria de las tropas de Daenerys al tomar King’s Landing por lo que connota: la inevitable tendencia de los libertadores a convertirse en los siguientes dictadores. La historia de Daenerys cuenta su conversión en su propio hermano. El problema no es este o aquel caudillo: el problema es el poder. Por eso Drogon practica la metalurgia con el Trono de Hierro. Les recuerdo que Khal Drogo (en cuyo honor fue nombrado el último dragón) ya había practicado la metalurgia con la cabeza de Viserys Targaryen.

Dany

Fidel Castro camino de La Habana en 1958

Pero la gran escena, la que quedará en la memoria  —puto enano— de aquellos que están atentos a las cosas que parecen pequeñas es la del protagonista de la serie, Tyrion Lannister, colocando las sillas del Consejo Privado. De forma más precisa, ya que estamos, cómo mira a Bronn al maltratar la suya. No es la mejor escena de la serie porque la aparición de su padre desollando un venado en la primera temporada es lo más apabullante que servidor ha visto en serie alguna.

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La primera aparición de Tywin Lannister en la serie. No se veía un debut así desde Ronaldo (el bueno) contra el Alavés en 2002

No es la mejor escena pero es la que llena de luz su final: un tipo al que su familia ha odiado desde su nacimiento, que conoce la mezquindad inherente al ser humano, con más razones que nadie para entregarse a la orgía de violencia y traición que lo rodea, intentando volver a empezar, poniendo otra vez su confianza en las cosas de los hombres y cuidando cada detalle para que las cosas salgan bien esta vez. No somos responables del mundo, pero sí de lo que hacen nuestras manos y de lo que dice nuestra boca. Always be Tyrion.

Pero quizá, con todo, las razones objetivas para defender su final no sean tan importantes como las ganitas que este provoca de volver a verla, de leer los libros y de esperar las secuelas, precuelas y lo que se tercie. Yo ya estoy en el lío y se lo recomiendo vivamente; es sintomático que cada frase gloriosa de los primeros capítulos esté transcrita literalmente de los libros: toda la pinta de que Canción de hielo y fuego sea lo mejor que le ha pasado a la literatura fantástica desde El Señor de los Anillos.

 

P. S.: El artista más importante de los videojuegos —Hidetaka Miyazaki— está trabajando con un tal George R. R. Martin en la que sin duda será la obra audiovisual más importante de las próximas décadas: Elden Ring. Que el absurdo estigma que pesa sobre el medio no les haga perdérselo.

Lo que soy y mis ropajes

Uno, dos, tres es quizá la película más rápida de la historia. Su protagonista, James Cagney, quedó tan extenuado que se pasó los siguientes 20 años descansando (véanla y díganme si podemos culparlo por ello). Como La vida de los otros, transcurre en la República Democrática Alemana, aunque me temo que ahí acaban los paralelismos. En la película de Wilder, rodada tan solo 16 años después de la caída de Berlín, aparecen al menos dos nazis silenciosos: ciudadanos que en 1945, en cuestión de meses, habían pasado de vivir en un país fascista a hacerlo en uno comunista (la RDA es el Jorge Vestrynge de los países), lo que los abocaría a vivir disimulando su pasado.

La pregunta es obvia: ¿Cuántos se verían obligados a hacer lo propio? y deriva en una pregunta más importante: ¿Cuántos fervientes fascistas se reconvirtieron en cuestión de milisegundos en fervientes comunistas? ¿Cuántos oficiales nazis cambiarían la calavera por el martillo, la Gestapo por la Stasi, el horror por el horror?

Para contestar esta segunda pregunta, como para tantas cosas, seguramente sea mejor conocer la naturaleza humana que recurrir a artículos académicos.

Desde la perspectiva del espectro izquierda-derecha puede aducirse que el fascismo está completamente alejado del comunismo (lo que no puede ser más falso), pero incluso aceptando esa tesis hay algo evidente: cualquier alemán oriental que en los años 30 tuviera cierta inclinación hacia el pensamiento único y la violencia habría pasado a engrosar diligentemente las filas del partido nazi; cualquier alemán oriental que en los años 50 tuviera cierta inclinación hacia el pensamiento único y la violencia habría pasado a engrosar las filas del partido comunista. Es decir: la respuesta es sí. Muchos.

Maquiavelo, uno de los autores más malinterpretados e infravalorados de la historia, aconseja en El príncipe, una vez se haya tomado una ciudad, confiar más en aquellos que más oposición presentaron, en aquellos que con más tenacidad combatieron al invasor. Una vez ganada su confianza, esos seres defenderán con el mismo ímpetu la nueva causa. La lealtad es una cualidad del ser. Servir a uno u otro señor es un accidente, un ropaje.

La ideología es la excusa que adoptamos para justificar lo que somos. Es la ropa que nos ponemos para no avergonzarnos de nuestra desnudez. Es una exención de responsabilidades y una proyección de nuestra finitud. O, dicho sin perífrasis, la ideología da  muchísimo ascopena.

Alyosha

Los ejemplos nunca vienen mal: los ropajes de un inquisidor católico y los de un calvinista ginebrino son distintos (se disfrazan de enemigos, de hecho), pero su esencia es la misma: pirómanos integristas con alergia a la verdad. Los ropajes de quien cada domingo insulta a Javier Marías y los del senador McCarthy son distintos, pero su esencia es la misma: ágrafos con más voz que graduado escolar. Los ropajes de un censor franquista y los de las «educadoras» que quieren prohibir a Pérez-Reverte pueden ser muy distintos, pero su esencia es la misma: estrechos a quienes pone mucho que alguien los escandalice.

Elegir un ropaje y calzárselo es sencillo, se puede hacer silbando; educar las fallas de lo que uno es es complejo y engorroso: no lo duden, elijan lo segundo.

La lección escondida en Star Wars

(De manera inquietante la saga de La Guerra de las Galaxias comienza a ser el asunto más tratado en este bloj, pero ignoremos ese hecho ominoso).

Tras rever durante esta Navidad los seis primeros capítulos de la saga y volver a los lugares comunes de siempre —qué malos son los tres primeros, qué bien enlazan no obstante con la trilogía original, a ver si en esta versión un disparo láser perdido alcanza a Hayden Christensen—, un hecho antes ignorado apareció ante mí con la gravedad secular de una enseñanza talmúdica. En el episodio II, cuando Lucas ya se había dado cuenta de que en el I había perpetrado uno de los personajes más apaleables de la historia del cine, Jar Jar Binks, y había reducido sus apariciones a la mínima expresión, el barbado director decidió aprovechar su mutis para dejarnos una lección imperecedera.

Objeto de destierros, animadversiones y resoplidos de hastío, el destino último del baboso disléxico termina por ser nada menos que el Senado. Con el único mérito de estar en el momento justo en el instante adecuado y de resultar tan estomagante que todo el mundo quiere librarse de él, el caracol bípedo termina por no tener más sitio donde recalar que ese cementerio de elefantes que es el Senado Galáctico (a diferencia de los senados reales, destino exclusivo de los políticos más pujantes). ¡Qué lección, amigos! ¡Qué metáfora tan nutritiva!

En efecto; la próxima vez, querida lectora, que un bobo solemne alcance sin despeinarse destinos que parecían fuera de su órbita, recuerde al patoso lenguaraz, al perfecto bocachancla, al actor secundario Jar, porque he ahí la clave. Con gusto se permite que un bobo absoluto escale socialmente con tal de perderlo de vista. Valgan como epítome los partidos políticos, donde se puede observar con singular claridad la pericia de los bobos para la cronoescalada.

senatorjarjarbinks

Y es que el bobo tiene varias ventajas con respecto al no-bobo. El bobo, desprovisto como está de criterio o principios, se deja llevar por la marea sin oponer resistencia. El bobo no protesta, no reacciona y no se compromete. Al bobo todo le viene bien. El bobo navega, pero no ataca. O ni siquiera navega: el bobo flota, y flota siempre. El bobo no sabe a dónde va, pero no le importa. El bobo no busca problemas y nunca los encuentra. Quizá los cree a su alrededor, pero ¿quién culparía al bobo?

Así que ya sabe. Si usted se pregunta por qué se posterga su ascenso, por qué no encuentra el reconocimiento merecido, quizá su problema sea un exceso un personalidad, una desproporcionada coherencia. Si anda en busca de una sinecura, no se me motive. Sea usted bobo.

Cine entretenido

Leo de Master and Commander que es una buena película de entretenimiento. En esa afirmación aparentemente inerme encuentro destilado uno de los males que nos aquejan.

Afirmar que Master and Commander es una película de entretenimiento (lo que connota que solo es una película de entretenimiento, un género menor, una serie B) supone mirar por encima del hombro a todo el cine y a toda la literatura. Paso a justificar esto último.

El crítico que asevera que Master and Commander es una película de entretenimiento está implicando que existe una clase de películas de índole superior a Master and Commander, y que son precisamente estas las que más gustan al crítico. Películas «con enjundia» o, ya que estamos bordeando el alipori, películas «profundas». Como si los demás no supiéramos ya que existen esas películas, a las que los pobres mortales llamamos «películas aburridas».

Porque aventuro aquí que lo que nuestro querido crítico considera más allá del «cine de entretenimiento» es, por ejemplo, «un retrato existencialista de la mediana edad», o mejor «un fiel reflejo de la anomia periurbana postadolescente». Lo que el espectador raso denominaría «cine para gafapastas». No discuto que exista tal cine, ni siquiera que pueda producir obras maestras (ahí está Atom Egoyan, por ejemplo), de lo que aquí se reniega es de la pose cultureta que rehúye lo divertido porque no responde a la verdadera naturaleza del arte, que es algo que según ellos podríamos englobar en el término compromiso. Cine comprometido. Libros comprometidos. Y aquí es donde empieza a oler a azufre. Arte comprometido.

Pero para otro día cómo el posemarxismo se apropió del arte. Centrémonos hoy en la narrativa: no estoy defendiendo aquí las películas insulsas —todo lo contrario— sino afirmando que la narrativa cinematográfica no es ni puede ser la narrativa de la psicología ni de la sociología ni de ninguna ciencia social, que es lo que denota el término compromiso. No puede serlo porque por definición las disciplinas más o menos científicas (para otro día por qué la sociología no es una ciencia) pueden explicar, describir, demostrar o prever, pero nunca narrar. La pseudociencia no tiene narrativa, por mucho que nos quieran engañar con el relato y la postmentira. Narrar es lo que hace Peter Weir, por poner un ejemplo al azar. Lo otro (estar comprometido) implica defender los propios argumentos. Son cosas distintas.

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I tell ya. The Devil’s at the wheel of that there phantom ship. You better hold fast.

A los críticos que enuncian sin pudor que Master and Commander es una película de entretenimiento hay que recordarles muy fuerte que el cine, como la literatura, es una cosa distinta de la filosofía. Que el cine, como la literatura, es una cosa distinta de la política. El cine es precisamente Master and Commander, de la misma manera que la literatura son los libros chipén de Patrick O’Brian.

Esto sí que es una nueva esperanza (contiene spoilers)

Durante la última semana he descubierto dos perlas respecto a las cuales no puedo aducir falta de expectativas dado que Yáñez y Castro me habían hecho críticas entusiásticas de una y de otra.

La primera es Rogue One, película que en teoría es-de-la-saga-pero-poco y en la práctica esta más a la altura de IV, V y VI que I, II, III (puaj) e incluso VII (no tan puaj). Las comparaciones con El despertar de la fuerza son inevitables y entiendo que odiosas para J. J. Abrams: Rogue One es a El despertar de la fuerza lo que el primer disco de Oasis a cualquiera del tercero en adelante: la misma diferencia entre echarle ilusión a las cosas o querer vivir de las rentas. Lo que echábamos en falta allí está aquí: la certeza de viajar, el peligro, la épica. Sobre todo, lo que hace que Star Wars no sea solo entretenimiento: el bien y el mal como trama y urdimbre inexcusables de la naturaleza humana. Los secundarios de Rogue One son una metáfora de la propia película: lo trivial se acaba convirtiendo en indispensable a base de echarle verdad.

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Nadie los llama para quedar pero ellos salvan la galaxia, y de paso la saga. Real heroes

La otra perla es La La Land (no pongan esa cara, más me extraña a mí), lo cual tiene doble mérito dado que en ella aparece el impasible, el apático, el inane Ryan Gosling. Además del rendido homenaje a la edad de oro del cine judío (perdón, quería decir estadounidense) que es toda la película, del musical me sorprendió su pulcra sutileza, pero sobre todo la valentía que supone en 2017 gastarse una pasta en una peli que se atreve a narrar a través de la música. En los malos musicales sobra la música, en los buenos sobran las palabras. De sombrerazo el diálogo entre el piano de él y el baile de ella (enorme Stone).

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Viva lo retro

Pero no son las virtudes respectivas las que han dado impulso a esta entrada: es su virtud común, su inopinada virtud común. Pongamos como premisa que el tema más manido en el cine tiene que ver con Eros (con el permiso de Tánatos); con una suerte de amor romántico meloso y egoísta que tantas expectativas despierta y tantos batacazos facilita. Ahora repasemos el comportamiento de los protagonistas y secundarios de Rogue One: una banda formada por desechos de tienta que sin la menor esperanza de que aquello llegue a buen puerto deciden convertirse primero en héroes y luego en mártires, sin presumir, sin ni siquiera pasarlo bien. Sin un maldito gracias. No solo salvan la galaxia, sino que además propician que Skywalker se lleve el mérito. Filantropía estelar. Lo de La La Land es igual de desprendido pero mucho más sencillo de explicar: es una versión tan depurada de amor que antepone la felicidad del otro a todo lo demás, incluida la posibilidad de una vida juntos. Olé ellos. Por eso acaba bien. Por eso se sonríen.

El negro de Gladiator

En Peaky Blinders, esa serie en la que solo hacen cosas peligrosísimas como beber, fumar y darse silletazos, existe una escena en la que, ante la perspectiva inminente de un parto, ocurre este diálogo a tres entre los familiares varones de la futura madre:

—Los hombres no podemos hacer nada.

—Podríamos emborracharnos.

—No se hable más.

«No se hable más». Convendrán conmigo en que, aunque la industria del doblaje en España no es lo que era, aquí han estado fetén. ¿Para qué hablar más si lo dicho no puede superarse? «No se hable más» pertenece a esa serie de expresiones insustituibles cuyo verdadero genio solo una escucha repetida nos impide ya paladear. Nosotros, que comparados con nuestros padres somos analfabetos de lo cañí, tenemos la responsabilidad de no extraviar esas joyas.

No respecto a su origen castizo pero sí respecto a su pegada, la frase me recuerda al «Pero aún no» de Juba, el númida interpretado por Djimon Hounsou en Gladiator. Creo que por tres veces colocadas estratégicamente a lo largo de la película y sobre la posibilidad de volver a ver a quienes esperan en el Elíseo (y que solo podrán ver, por tanto, tras su propia muerte), el negro asevera que «Volveremos a vernos. Pero aún no».

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Ojo, si se está entre culturetas hay que decir que desde Blade Runner Ridley Scott no ha hecho nada potable

Ese «pero aún no», escueto como es, demuestra la magnitud descomunal del significante respecto al significado, la notoria desproporción entre tres palabras modestas (un puñado de sonidos, a la postre) y el eco infinito de sus connotaciones.

Ese «pero aún no» implica la aceptación del trato, la asunción de la muerte como parte de la vida, la celebración del paquete completo y no solo de lo que a la vista resulta agradable.

Es la constatación de que el casi nada que somos es nuestro casi todo. Es la firma de un contrato; un apretón de manos con la naturaleza. Es haberse leído las reglas y decir «al lío». Lo compro. Por qué no.

Es el mismo tranquilo beneplácito que da forma a las Meditaciones. Richard Harris es Marco Aurelio y Marco Aurelio es Juba.

El cine, como cualquier otro lenguaje, guarda esas perlas. No se trata de abrir todas las ostras, pero sí de captar el brillo cuando aparece, discreto.

 

 

Cinco películas entusiásticas

Un ser humano me pidió una lista de películas y aquí van. Como ese ser humano es puro entusiasmo, sobre el entusiasmo son las películas. La lista es de cinco, para que el homenaje sea a seis películas.

5. The Paper (Detrás de la noticia, 1994)

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Como Luna nueva, con Cary Grant, Detrás de la noticia es una película que te hace desear ser periodista cuando nunca habías tenido la menor inclinación. Si dedicas tu vida a hacer algo que te tiene al borde del colapso y aniquila tu vida social y familiar a cambio de un sueldo mísero, pero necesitas esa mierda como el oxígeno, es que eres un cabrón muy afortunado.

4. Sing Street (2016)

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Que un ser que no conoces de nada te recuerde por qué merece la pena hacer cada insignificante detalle de tu vida poniendo todo el alma es lo que denominamos cine. Si las palabras take on me te hacen pensar instantáneamente en un cómic dibujado a lápiz es absolutamente imprescindible que la veas.

3. The Winslow Boy (El caso Winslow, 1999)

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No conozco ninguna película que consiga ser tan sutil siendo tan consistente ni tan elegante siendo tan trascendental y ponga en el empeño tan poco artificio. No sé si alguna película es perfecta, pero a esta le cambias una mirada, una preposición o un mohín y te la cargas. Es un castillo de naipes hecho de castillos de naipes.

2. The Untouchables (Los intocables de Eliot Ness, 1987)

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¿La cena más mítica de la historia?

Todo en esta película es mítico. Como en la anterior, se podría pensar que su relación con el entusiasmo es espuria, pero eso es solo porque nos centramos en «1. m. Exaltación y fogosidad del ánimo, excitado por algo que lo admire o cautive» y obviamos «2. m. Adhesión fervorosa que mueve a favorecer una causa o empeño». Por si fuera poco ver a Connery y De Niro at their best, además sale Chicago como para mudarse.

1. Dead Poets Society (El club de los poetas muertos, 1989)

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«Carpeeeee… carpe dieeeeem»

Esta no es una película sobre el entusiasmo. Esta película es el entusiasmo. Es posible que, teniendo en cuenta cómo estaba el mundo y la educación en los 80, a algunos de nosotros solo un disparo tan resonante como este pudiera salvarnos de convertirnos en ejecutivos agresivos. Peter Weir consiguió que Robin Williams no llevara a Keating al terreno del histrión, que no es poco, pero da igual; es una de esas películas privilegiadas que a nadie importa si son buenas o muy buenas: yo, es ver a Ethan Hawke poner un pie en la mesa y se me desmelena el lacrimal.

Ah, y sí, por favor, arrancad esa maldita hoja del libro de Literatura.