¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!

Aunque mi generación las conozca por El club de los poetas muertos, las palabras son de Walt Whitman por la muerte de Abraham Lincoln. En Sin perdón, el personaje interpretado por Richard Harris se pavonea tras el asesinato de Lincoln de que en Inglaterra cuentan con la ventaja de la monarquía: a nadie se le ocurriría disparar a un rey. Obviamente no conoció a Eduardo VIII.

Si la cosa va de capitanes, en el Madrí tenemos dos.

El carro de Karim

El carro de Karim está a rebosar los últimos años: está lleno de los que solo veían los goles de Ronaldo el-no-tan-bueno y no los pases ni los espacios de Karim. No entendían, ni lo harán nunca, que Karim marcaba menos por lo mismo por lo que ahora marca más: porque el fútbol es un deporte de equipo y lo primero es hacer lo que el equipo necesite.

Dan ganas de coger el farol de Diógenes para buscar al hombre honrado: aquel que continúe manteniendo a día de hoy que «Karim no vale», que «es mu malo» o que «no tiene carácter» (en España confundimos carácter con poner cara de intensidad). Habría ahí un hombre coherente. Ciego como un gato de escayola, pero coherente.

No nos preocupa que el carro esté a rebosar: en primer lugar, porque es muy bonito pedir perdón y reconocer los errores; en segundo, porque Karim sabe, como Kipling, que el fracaso y el triunfo son un par de impostores.

El carro de Sergio

El carro de Llull es distinto: es el carro que el domingo le endosó al otro finalista de la Supercopa; a sus 8 jugadores en pista y a los 7 del banquillo. 24 puntitos para vengar a su compañero Heurtel: no sé si se ha insistido lo suficiente en que el otro finalista dejó en tierra el año pasado a un jugador de su plantilla en plena pandemia. Esas son las cositas que hace el otro finalista. También pierde partidos de Euroliga adrede para intentar perjudicar a su obsesión blanca: el Madrí cogió el regalo y estuvo a punto de consumar la gesta más bonita de la historia de la competición. Pero Dios no se queda con nada de nadie: cuando el equipo que deja en tierra a sus jugadores volvió a jugar con Efes en la final, ya intentando ganar, volvió a perder. Quedó segundo, que es su posición favorita: 2 veces primeros y 6 segundos en Copa de Europa y 19 primeros y 21 segundos en Liga. Segundo, segundito, segundón.

Pero volvamos a Llull, el palíndromo más madridista que existirá jamás. Si hace unos meses hablábamos de los que nunca se fueron, el trono lo ocupa el mahonés, que le dio calabazas a la NBA por el club de nuestros sueños. Sergi lloraba sobre el mismo parqué que le rompió el cruzado, abrazado al mismo entrenador cabrón (¡qué grande es Laso!) que el día anterior le había dado poquito de comer. ¿Tendrá algo que ver el cabreo del sábado con el partidazo del domingo? Como se enteren los pedagogos de lo que ayuda a cumplir los objetivos que a uno lo puteen un poquito, lo mismo colapsan y nos dejan en paz.

Viva Vinicius

El mundo necesitaba a Vinicius. Un hombre sin miedo a nada que se atreve a ser libre donde los demás hace tiempo que claudicamos. Vinicius (motocabra inmortal) si ve un prado lo corre, si ve una valla la salta y si ve una grada la escala. Ver a Vinicius zambulléndose en la fanaticada, escandalizando a gazmoños y apocados, nos recordó los tiempos en que éramos libres, en que fumábamos Marlboro rojo y les echábamos súper a nuestros bólidos, usábamos las vocales que queríamos y no las que nos dictaba la censura totalitaria, y no nos habíamos vuelto todos gilipollas.

Late en Vinicius la pulsión de descubridores y de héroes, de los inventores que se plantaban unas alas de cuero y se tiraban desde la torre Eiffel porque preferían la muerte rápida y gloriosa a una vida lenta masticando tedio.

Cuentan que cuando a G. L. Mallory le preguntaban por qué escalar el Everest, con la que estaba cayendo, él contestaba «Porque está ahí». Mallory desapareció en 1924 y ni siquiera sabemos si lo logró, pero sí sabemos que murió con la serenidad de quien nunca le volvió la cara a un poquito de cellisca.

A los tristes le está costando reconocer a Vinicius, mientras que ya han canonizado a otros por hacer un buen Gamper (posiblemente ya no recuerden los tiempos en que Riqui Puig era Pelé). Esta renuencia ha de reconfortarnos, porque nace del miedo. Desde que vieron el remate ante el Levante se despiertan cada noche con la misma pesadilla: la certeza reprimida de que que la puso ahí porque la quiso poner ahí, de que ha aprendido lo único que le faltaba. Cuando el domingo levantó la cabeza y pasó a la red, el puñal se clavó un poquito más en el corazón de los cenizos. «Lo del Levante fue verdad», barruntan, y no encuentran en Sport ni en Mundo deportivo (el mundo acaba en Mollerusa) lenitivo para su zozobra.

«Mira, moreno, esta gente es muy cabrona, y en cuanto estés dos partidos sin mojar volverán a maldecirte, pero si desoyes el momento y levantas la mirada, un domingo con el sol en Concha Espina el balón llegará a tus pies y un murmullo como de tendido te hará saber que señorío es morir en el campo y que el mundo empieza y acaba en Chamartín. Te lo digo yo, que soy medio argelino».

Florentino, el marsellés indeciso y un karateka esloveno

En 2000 juré «odio eterno» a Florentino Pérez por echar del Madrí al jugador más asombroso que yo hubiera visto jamás: Fernando Redondo. Unos meses antes Redondo había impartido en París una clase magistral sobre cómo apropiarse del medio campo (es decir, del partido) en una final de Copa de Europa.

Lo insólito de Fernando Redondo no era su capacidad de destruir el juego rival con la intensidad de una piraña y la combatividad de un mariscal prusiano, sino que esas cualidades convivieran con la elegante precisión de un bailarín del Bolshói cuando el balón lo tenía él. Tener a Redondo en el campo era contar con Modrić y Makélélé en el mismo jugador. Que Redondo se lesionara después en el Milan echó tierra sobre la ignominia e incluso (para los más traidores) justificó la decisión de Florentino, provocada en realidad por que Redondo hubiera apoyado a Lorenzo Sanz en las elecciones.

Redondo, shakesperiano en el teatro de los sueños

Florentino entró, por tanto, como un elefante en una cacharrería, demostrando que no comprende la faceta más importante del fútbol (la poética). Es lo que es, un empresario, y tanto respecto a la Superliga como al himno como a retirar la cruz del escudo en ciertos países se comporta exclusivamente como tal.

Parecería entonces que aquí se postula la necesidad de presidentes románticos, que tomen sus decisiones en función del componente épico y que sean tan forofos e irracionales como los que no tenemos responsabilidades en el club.

El señor Skimpole

Uno de los personajes más logrados de Dickens aparece en Casa desolada, a su vez una de las mejores novelas (y por algún algún motivo de las menos conocidas) del genio de la perilla. El señor Skimpole tiene alma de artista y no entiende la importancia del dinero, es un hombre encantador que anima las sobremesas con opiniones originales y comportamientos estrafalarios. La única pega de tan romántico personaje es que también tiene facturas y, como el dinero le resulta ajeno, se muestra indiferente a quién pague esas facturas, con una cierta preferencia por que las paguen los demás (a todos los tontos les da por lo mismo). Esa indiferencia hacia lo económico, aparente idealismo, es típica de quien dispara con pólvora del rey, como los políticos, los adolescentes y los aficionados al fútbol que ni siquiera somos socios.

Cuando yo digo «Hay que traer a Mbappé como sea» (cosa que cada vez tengo menos clara) o «Ramos se merece lo que pida» (Dios me libre de decir tal cosa) lo digo sabiendo que ni el «como sea» ni «lo que pida» van a salir de mi bolsillo.

En ese contexto, lo último que necesita el Madrí y cualquier equipo es que el club esté dirigido por un poeta o un romántico, y lo óptimo —por tanto— es que sus designios los guíe un gestor pragmático que conduzca las negociaciones con la cicatería financiera de un tesorero franciscano.

Desde la perspectiva de un negociador modelo rottweiler, algunas ―muchas― de las percepciones y reclamaciones de unos jugadores y entrenadores concentrados en el yo y la ausencia de realismo han de parecer necesariamente chistes de dudoso gusto: renovaciones a los 35 propias de los 25, peticiones de fichajes carísimos teniendo alternativas caseras, titularidades por decreto o renovaciones al alza con contratos en vigor. El penúltimo episodio que demuestra que los jugadores viven al margen de la realidad ― y de la lógica― son los gestitos de Cristiano y Pogba en la Euro mordiendo la mano que les da de comer. Conviene recordar que CR7 no tiene problemas en aparecer en anuncios de casas de apuestas en línea.

Nunca el individualismo estuvo tan exacerbado en un deporte colectivo. Nunca los jugadores se sintieron tan importantes por sí mismos (egocentrismo que presidentes como Florentino han fomentado, ojo), lo que además de una imperdonable osadía está alejadísimo de los valores básicos del privilegio y la exigencia que significa pertenecer a un equipo.

Jugadores y entrenadores piensan desde el ombligo, mientras que los presidentes están obligados a hacerlo desde nóminas, facturas y traspasos. En su gran mayoría, los jugadores anteponen sus intereses a los del club. Claro que hay gente que merece renovaciones vitalicias, pero tanto la edad como el parné presentan una tozudez aritmética incontestable, incluso si eres uno de los dos mejores jugadores de la historia y te apellidas Di Stéfano: aprender del pasado evita muchos errores, pero yo no estoy muy seguro de que René Ramos sepa quién es Di Stéfano.

Esta diferencia de criterio entre fantasía y realidad ha generado un cierto número de pataletas en las últimas décadas. Por supuesto, Vicente del Bosque se lleva la palma de oro del rencor, confundiendo a la persona (Florentino) con la institución (Real Madrid), pero entre quienes han actuado o hablado de forma desleal con el club se encuentran leyendas como Hierro, Raúl, Casillas, Figo, Valdano (que no es una leyenda y además nos debe una liga) o Ancelotti. Lo que no esperábamos es que ese error lo cometiera Zidane.

No se me malinterprete: en el estatus que tiene Zidane para los madridistas no hay nadie más vivo: puede entrenar el equipo cuando él quiera, los años impares o incluso los días impares. Está por encima del bien y del mal y es nuestro entrenador por defecto incluso cuando no ejerce. Pero eso no le impide haberse equivocado. Él mejor que nadie sabe que el Madrí tiene enfrente a todo el mundo, sobre todo a la prensa, y que hasta los juntaletras que se dicen madridistas disfrutan atacando a cualquier jugador, entrenador o directivo que vista de blanco. Por eso estamos obligados a cerrar filas, y por eso no se debe hacer nada que perjudique la imagen del club.

¿Se acuerdan de la bofetada a Rajoy? Uno puede tener la opinión que quiera sobre él (no muy buena, me temo), pero en ese momento era el presidente del Gobierno de España, y no se puede ofender a la persona sin ofender a la institución. Florentino, dictatorial o no, personalista o no, florentinista o no, es el presidente del Real Madrid y que un exentrenador le haga reproches me parece un error.

Y esa es una de las aristas del asunto: en el momento de publicar la carta, Florentino trabajaba para el Madrí y Zidane no. Le vamos a permitir que entre y salga cuando quiera (convendría recordar que es la tercera vez que se va), pero sin cartitas. Porque además la ha publicado, aparte de en Instagram, en el periódico equivocado. Alguien debería de haberle recordado que, después de la volea de todos los tiempos, la suya, el que era director del As dijo sin el menor rubor: «Para mí fue un partido que al Madrid no le añadió una gran gloria, en el fondo […] es una victoria un poquito vergonzante para el Real Madrid, porque el Madrid consigue una victoria a la contra, escatimando esfuerzos, jugando con la calidad de sus jugadores». Con dos cojones, Relaño. Si quieres jugamos sin la calidad de nuestros jugadores. Esa es la ayuda, idolatrado Zinedine, que podemos esperar de la prensa de Madrí: fue vergonzante ganar la novena Copa de Europa.

Porque cuando tienes un problema con los tuyos o has oído a terceros afirmarlo, coges el teléfono o la puerta y lo aclaras, y si después todavía tienes ganas de desfogarte te vas a una montaña muy alta muy alta y pegas cuatro voces, pero no te vas a esos terceros y lloras en su hombro, porque lo único que los plumillas te han ofrecido siempre ha sido envidia, críticas y veneno, y me da a mí que los responsables del As se han tomado como un triunfo propio leer lo que han leído en su propia portada.

No digo esto en defensa de su Florentineza, que es probablemente el único hombre que me rompió el corazón y que además se equivoca en casi todo lo que el fútbol tiene de sublime, sino del único equipo del mundo a quien se critica por sus triunfos.

El espectáculo atlético fosforito y las gallinas de la Albión: Superliga para todos

El antedicho interés que los futbolistas tienen por cobrar enlaza —no con Zidane, que más que ser elegante da forma a la elegancia— con el penúltimo charco en que se ha metido Flóper, que se equivoca en lo referente a la Superliga y que probablemente se siga equivocando, pero no tanto como parece.

A la NBA le ha costado décadas culminar la metamorfosis que va de la mejor liga del mundo a un espectáculo pseudocircense. Los partidos son correcalles insulsos donde lo más jugoso del baloncesto (la táctica individual y colectiva) brilla por su ausencia. Pero económicamente es un tiro y, por tanto, es el modelo de Florentino. El funcionamiento de la NBA (que de hecho es una sola empresa con 30 franquicias) es incompatible e incomprensible para la mentalidad europea, según la cual que un equipo cambie de ciudad, por ejemplo, es una contradicción en los términos. El fútbol en Europa tiene mucho de reverberación histórica medieval de un continente hiperdividido en que cada terruño defendía lo suyo enfundado en un uniforme característico, lo que implica unos colores y un escudo identitarios.

¿Que no?

En 1882, los chicos de un colegio de clase media del barrio londinense de Tottenham, a punto de crear un club de fútbol, y habiendo barajado el de Northumberland Rovers, se decantaron por utilizar el apodo de Sir Henry Percy, caballero que vivió en el siglo XIV y que aparece en la primera parte de Enrique IV, a quien llamaban Hotspur (espuela caliente) porque por lo visto era de espuela fácil a la hora de cargar.

El fútbol en Europa no solo tiene reminiscencias históricas sino que su puesta en escena provoca el embeleso del lugar ameno, del prado idílico donde la tragedia real tiene prohibido el paso. El fútbol es un trasunto incruento de la guerra, un paréntesis donde la miseria no puede alcanzarnos.

Me pierdo en consideraciones indemostrables. Para poder competir con los equipos hipervitaminados y tras dos temporadas especialmente magras a causa de la pandemia, Florentino aceleró las negociaciones para crear una competición que en su opinión rendiría beneficios más pingües. Pero se equivocaba en varias cosas:

  • La Copa de Europa es de todos, o ha de parecerlo. Un equipo de la tercera división húngara ha de poder ganar la competición al cabo de cuatro años. No va a ocurrir, pero ha de ser posible. Ser hincha de un equipo grande es un mero accidente: cualquier aficionado debe tener el sueño de ganar la Copa de Europa. Es como la lotería: ¿vale la pena pagar cinco euros para que no te toque nada? No, pero la posibilidad de que te toque y la ilusión que genera esa posibilidad sí los valen.
  • Cuando Florentino dice que los niños no se interesan por el fútbol porque están todo el día viendo Twitch o Youtube, parece ignorar que lo que ha perdido interés para la juventud es el mundo real: estamos educando niños zombis que solo viven a través de una pantalla. No es falta de interés por el fútbol: es falta de interés.
  • Una competición en la que solo haya partidos grandes no agranda la competición sino que empequeñece los partidos: visitar Old Traford o San Siro tiene que ser una ocasión solemne que ocurra de cuando en vez: lo cotidiano pierde brillo, el plato favorito ha de comerse esporádicamente.
  • A diferencia de la homogénea, prefabricada y plasticosa NBA, la Copa de Europa es necesariamente orgánica, transnacional y exótica. No solo es fantástico visitar Odense o Praga sino que en la 94-95 el equipo danés nos dejó fuera de la Uefa, así que menos lobos.
  • Por último y quizá lo más importante, si el deporte deja de ser meritocrático apaga y vámonos. Si Florentino quiere construir un club cerrado donde se gane por turnos, está en su derecho, pero nunca dejará de ser un Teresa Herrera con ínfulas. Para estar arriba hay que darlo todo cada año, de ahí en inmenso valor de la Champions. Que el Nottingham Forest esté en la segunda inglesa con sus dos Copas de Europa le da paradójicamente prestigio a la competición: a nadie se le garantiza nada.

Ahora bien, que Florentino no solo haya calculado mal sino que no haya sabido venderlo no exculpa a los grandes retratados de todo esto: los nueve equipos que intentaron tirar la piedra y esconder la mano (entre los que destacan los 6 ingleses, que en un solo día demostraron lo fiable de sus convicciones y palabra) y el ineducado, amenazante y federativo Aleksander Čeferin. Čeferin es cinturón negro tercer dan de karate y, lo que da más miedo, formó parte del ejército nacional de Yugoslavia. En el tema de los tiros y las patadas, por tanto, el tipo no tiene rival. Ahora bien, querido Aleksander, déjame decirte una cosita: si el duelo se dirime a pluma y corbata, a Floren no le duras un asalto. Y ahora, si quieres, le pitas otro penalti a Inglaterra.

P. S.: Y no les quepa duda de una cosa: como a Florentino se le ponga la Superliga entre ceja y ceja, habrá Superliga. Con los equipos ingleses jugando a la pata coja y con publicidad de ACS en la camisetas.

Los que nunca se fueron

«Estás esperando para rajar ahora, ¿eh?» fueron las palabras que Luka Modrić grabó ayer en el mármol de la historia a base de oportunidad, ironía y casticismo. No es que a Lukita le haga falta grabar nada en la historia, pues todo su ser es historia del fútbol, pero sí convendría agradecerle a él y a los que son como él algo que por su propia naturaleza tiende a pasar desapercibido: estar siempre ahí.

Para afirmar que Toni Kroos, Marcelo Vieira, Dani Carvajal, Carlos Casemiro, Karim Benzema, Nacho Fernández o el propio Luka son leyendas no hay que ser una lumbrera, pero se hace urgente ―en un país remiso al agradecimiento― hacerlo por un motivo primordial: ellos no lo dicen de sí mismos. En eso y en todo pertenencen a la estirpe de Álvaro Arbeloa y Xabi Alonso.

El fútbol es un deporte de equipo, pero no todos sus jugadores lo son. Es muy fácil detectar a los que no: protestan cuando son sustituidos, celebran a regañadientes los goles de sus compañeros y convierten sus renovaciones en tragedias griegas. Un jugador de equipo, por ejemplo, jamás anunciaría su marcha en medio de la celebración de un título. Eso simplemente no se hace, y el motivo es tan imposible de explicar a un jugador egoísta como evidente para un jugador solidario. No me malinterpreten: en lo deportivo, lo que Cristiano Ronaldo aportó al Madrí es descomunal. Cristiano tiene una mentalidad competitiva que roza el trastorno y que es necesaria para alcanzar ciertas metas. Pero solo pudo hacerlo desde el equipo, y siempre dio la sensación de estar haciéndolo solo.

Un dato: desde que se fue Cristiano Ronaldo del Madrí, y sin contar los penaltis, Karim Benzema lleva más goles que él. Esto plantea un triángulo interesante. ¿Por qué es no justo contar los penaltis? Porque de forma solidaria, y dado que Ramos no ha fallado ninguno desde hace 3 años, Benzema acepta renunciar al Pichichi por el bien del equipo. ¿Imaginan a CR haciendo lo propio? Yo no tengo tanta imaginación. El debate, por otra parte, pierde interés toda vez que el colectivo arbitral ha decidido no pitar más penaltis a favor del Madrí.

Esto de los jugadores enamorados de sí mismos viene a cuento del peligro que Sergio Ramos comienza a constituir para la imagen del club: Ramos está a media horterada de que recibamos la noticia de su traspaso con alivio. Con «horterada» no me refiero a cuestiones estéticas, que también, sino a la ausencia total de pudor que Rafa Castro señalaba con acierto el otro día. Si Karim decidió recoger el testigo de Cristiano en cuanto a producción ofensiva, Ramos parece haberlo hecho en cuanto a ostentación ególatra. Ese individualismo es incompatible con el deporte de equipo, y conduce a situaciones como el partido de vuelta contra el Ajax, donde un capitán autoexpulsado veía desde el palco como nos eliminaban mientras varias cámaras lo grababan para su alipórico, excesivo y horterísima documental.

Que tampoco se me malinterprete aquí: Ramos es puro espíritu madridista, y debemos a su arreón cervical lisboeta el giro de la historia vikinga reciente. Precisamente por eso se le pide desde aquí más decoro y menos anillo; más equipo y menos documental, porque Ramos es de los nuestros y a los tuyos les hablas sin tapujos. Porque cualquiera diría que el córner de Lisboa también lo sacó él.

Pero hablábamos de los otros, de los que siempre están. Del hermano mayor de la parábola del hijo pródigo. De los amigos que si te ven en peligro se cogen un avión. Porque cuando les decimos a los postadolescentes aquello de que «al final solo te quedan dos o tres amigos» deberíamos aclararles que sí, que son menos los que se quedan, pero que conviene decirles que gracias por quedarse y que es un honor caminar a su lado, y que aunque no se den aires ni se arroguen méritos, nosotros sí se los damos. Porque estuvieron a nuestro lado, incluso, cuando no lo merecimos. Porque practican el arte olvidado de la lealtad.

Antonio Kroos, uno di noi

P. S.: Ayer un jugador del club cuya afición tira cabezas de animales al campo lesionó para lo que resta de temporada a Lucas Vázquez (sin ver ni siquiera tarjeta, claro). Como él es muy de tirar la pierna y esconder la mano, les voy a dar una pista:

¡Cucú!

¿Imaginan que hubiera sido al revés? El aparato político-militar del club mencionado habría saltado furioso a denunciar la agresión a los valores de la República de Narnia. Pero como el agraviado va de blanco, todo en orden.

P. P. S.: El panegírico de Zidane está en el horno, pero se publicará después de una derrota (si es que ocurre), cuando las ratas vuelvan a saltar del barco y la ignorancia exija que se le plante cara. Piensen, de momento, en lo que ocurrió con el último contrato de Zidane como jugador y la que está liando el hermano de René.

P. P. P. S.: Tan lacónico estuvo Modrić el sábado que me recordó a Joey aquí.

El apaciguamiento

No es necesario saber nada de historia para sobrevivir, pero en el caso de que uno tenga aspiraciones superiores a las de una vaca, una de las ventajas que encontrará en conocer la historia es que reduce las posibilidades de quedar retratado.

En 1937 el ministro de Hacienda del Reino Unido, Neville Chamberlain, sucedía a Stanley Baldwin como primer ministro de la pérfida Albión. Como es notorio (aunque las fotos de adolescentes haciendo el chorra en el monumento del Holocausto de Berlín induzcan a pensar que el asunto se va olvidando), los fascistas llevaban tiempo anticipando el horror en que sumirían al mundo un par de años después, así que al bueno de Chamberlain le tocaba bailar con los más feos.

La postura de Chamberlain ante Hitler y Mussolini puede tacharse de muchas cosas, pero no de firme. Si los italianos invadían Abisinia, «aquello nos pilla muy lejos» (casi literalmente). Si los alemanes se anexionaban Austria o presionaban sobre una parte de Checoslovaquia (aliada del Reino Unido), tal día hizo un año. En la conferencia de Múnich de 1938, Chamberlain entonó algo así como el «protesto enérgicamente» de Algunos hombres buenos, violentísima amenaza ante la cual Hitler debió quedarse más o menos como estaba. Visto que allí pintaba lo que Zapatero en la ONU, Chamberlain decidió dejar vendidos a los checos y volver a casa intentando vender como hábil estrategia política lo que había sido a la vez traición, cobardía y debilidad. «La paz para nuestro tiempo», dijo haber conseguido. Su sucesor, algo más perspicaz, lo corrigió: «A nuestra patria se le ofreció entre la humillación y la guerra. Ya aceptamos la humillación y ahora tendremos la guerra». Con razón le dieron a Churchill el Nobel de literatura.

De lo bien que funcionó el apaciguamiento de Chamberlain está llena Europa de cicatrices: las buenas palabras resultan totalmente inútiles cuando uno trata con salvajes.

Esto viene a cuento de los juegos florales que el exmadridista Raúl le dedica últimamente al club independentista que comparte ciudad con el RCD Espanyol. El hombre se afana en caerle bien a todo el mundo, porque quizá ignora que cuando se trata con nacionalistas que prefieren la segregación y el enfrentamiento —nos odian, querido Raúl, por mucho que tú y otros valdanistas hagáis la vista gorda—, cualquier signo de debilidad no será considerado como una oportunidad de acercamiento sino como una señal para que los victimistas malcriados como Gerardo P. nos insulten e intenten humillarnos. Ahí tienes a tu excompañero Luis Enrique, que dice ser más radical que Gerardo P.; o a Javi Hernández, el amigo de Iker, que debe de tener serios problemas de acidez por tanta bilis acumulada.

El permanente lloriqueo barcelonista es el permanente lloriqueo independentista. La eterna reclamación por un daño no recibido es el recurso infalible, porque quien está profundamente acomplejado necesita culpar de sus taras al otro, al enemigo. Y es que no, no tenéis razón. Nadie os roba (pujoles aparte). Nadie os oprime. Nadie os impide hablar catalán. Nadie os debe nada; dejad de quejaros. Sois los únicos responsables de vuestros problemas, así que no busquéis más chivos expiatorios que vuestra propia ceguera.

No creo que el fútbol esté basado en la comparación de esa entelequia de «los valores de un club», y no sé muy bien qué valores encarnan unos y otros, pero sí sé quienes pitan los himnos y lanzan al campo cabezas de cerdo.

Lo único que consigue el apaciguamiento es que el bicho crezca. No se tiende la mano a quien aprovechará para morderla. Iker pareció empezar a entenderlo demasiado tarde, y no sé si Raúl será más rápido. Mientras, yo sigo animando al club independentista que comparte ciudad con el Espanyol a que persevere en su salida de la Liga y de todo lo que esta significa (esa imaginaria opresión insoportable): seguro que fuera se está mucho mejor. Tenéis todo mi apoyo; yo votaré sí.