Los que nunca se fueron

«Estás esperando para rajar ahora, ¿eh?» fueron las palabras que Luka Modrić grabó ayer en el mármol de la historia a base de oportunidad, ironía y casticismo. No es que a Lukita le haga falta grabar nada en la historia, pues todo su ser es historia del fútbol, pero sí convendría agradecerle a él y a los que son como él algo que por su propia naturaleza tiende a pasar desapercibido: estar siempre ahí.

Para afirmar que Toni Kroos, Marcelo Vieira, Dani Carvajal, Carlos Casemiro, Karim Benzema, Nacho Fernández o el propio Luka son leyendas no hay que ser una lumbrera, pero se hace urgente ―en un país remiso al agradecimiento― hacerlo por un motivo primordial: ellos no lo dicen de sí mismos. En eso y en todo pertenencen a la estirpe de Álvaro Arbeloa y Xabi Alonso.

El fútbol es un deporte de equipo, pero no todos sus jugadores lo son. Es muy fácil detectar a los que no: protestan cuando son sustituidos, celebran a regañadientes los goles de sus compañeros y convierten sus renovaciones en tragedias griegas. Un jugador de equipo, por ejemplo, jamás anunciaría su marcha en medio de la celebración de un título. Eso simplemente no se hace, y el motivo es tan imposible de explicar a un jugador egoísta como evidente para un jugador solidario. No me malinterpreten: en lo deportivo, lo que Cristiano Ronaldo aportó al Madrí es descomunal. Cristiano tiene una mentalidad competitiva que roza el trastorno y que es necesaria para alcanzar ciertas metas. Pero solo pudo hacerlo desde el equipo, y siempre dio la sensación de estar haciéndolo solo.

Un dato: desde que se fue Cristiano Ronaldo del Madrí, y sin contar los penaltis, Karim Benzema lleva más goles que él. Esto plantea un triángulo interesante. ¿Por qué es no justo contar los penaltis? Porque de forma solidaria, y dado que Ramos no ha fallado ninguno desde hace 3 años, Benzema acepta renunciar al Pichichi por el bien del equipo. ¿Imaginan a CR haciendo lo propio? Yo no tengo tanta imaginación. El debate, por otra parte, pierde interés toda vez que el colectivo arbitral ha decidido no pitar más penaltis a favor del Madrí.

Esto de los jugadores enamorados de sí mismos viene a cuento del peligro que Sergio Ramos comienza a constituir para la imagen del club: Ramos está a media horterada de que recibamos la noticia de su traspaso con alivio. Con «horterada» no me refiero a cuestiones estéticas, que también, sino a la ausencia total de pudor que Rafa Castro señalaba con acierto el otro día. Si Karim decidió recoger el testigo de Cristiano en cuanto a producción ofensiva, Ramos parece haberlo hecho en cuanto a ostentación ególatra. Ese individualismo es incompatible con el deporte de equipo, y conduce a situaciones como el partido de vuelta contra el Ajax, donde un capitán autoexpulsado veía desde el palco como nos eliminaban mientras varias cámaras lo grababan para su alipórico, excesivo y horterísima documental.

Que tampoco se me malinterprete aquí: Ramos es puro espíritu madridista, y debemos a su arreón cervical lisboeta el giro de la historia vikinga reciente. Precisamente por eso se le pide desde aquí más decoro y menos anillo; más equipo y menos documental, porque Ramos es de los nuestros y a los tuyos les hablas sin tapujos. Porque cualquiera diría que el córner de Lisboa también lo sacó él.

Pero hablábamos de los otros, de los que siempre están. Del hermano mayor de la parábola del hijo pródigo. De los amigos que si te ven en peligro se cogen un avión. Porque cuando les decimos a los postadolescentes aquello de que «al final solo te quedan dos o tres amigos» deberíamos aclararles que sí, que son menos los que se quedan, pero que conviene decirles que gracias por quedarse y que es un honor caminar a su lado, y que aunque no se den aires ni se arroguen méritos, nosotros sí se los damos. Porque estuvieron a nuestro lado, incluso, cuando no lo merecimos. Porque practican el arte olvidado de la lealtad.

Antonio Kroos, uno di noi

P. S.: Ayer un jugador del club cuya afición tira cabezas de animales al campo lesionó para lo que resta de temporada a Lucas Vázquez (sin ver ni siquiera tarjeta, claro). Como él es muy de tirar la pierna y esconder la mano, les voy a dar una pista:

¡Cucú!

¿Imaginan que hubiera sido al revés? El aparato político-militar del club mencionado habría saltado furioso a denunciar la agresión a los valores de la República de Narnia. Pero como el agraviado va de blanco, todo en orden.

P. P. S.: El panegírico de Zidane está en el horno, pero se publicará después de una derrota (si es que ocurre), cuando las ratas vuelvan a saltar del barco y la ignorancia exija que se le plante cara. Piensen, de momento, en lo que ocurrió con el último contrato de Zidane como jugador y la que está liando el hermano de René.

P. P. P. S.: Tan lacónico estuvo Modrić el sábado que me recordó a Joey aquí.

El apaciguamiento

No es necesario saber nada de historia para sobrevivir, pero en el caso de que uno tenga aspiraciones superiores a las de una vaca, una de las ventajas que encontrará en conocer la historia es que reduce las posibilidades de quedar retratado.

En 1937 el ministro de Hacienda del Reino Unido, Neville Chamberlain, sucedía a Stanley Baldwin como primer ministro de la pérfida Albión. Como es notorio (aunque las fotos de adolescentes haciendo el chorra en el monumento del Holocausto de Berlín induzcan a pensar que el asunto se va olvidando), los fascistas llevaban tiempo anticipando el horror en que sumirían al mundo un par de años después, así que al bueno de Chamberlain le tocaba bailar con los más feos.

La postura de Chamberlain ante Hitler y Mussolini puede tacharse de muchas cosas, pero no de firme. Si los italianos invadían Abisinia, «aquello nos pilla muy lejos» (casi literalmente). Si los alemanes se anexionaban Austria o presionaban sobre una parte de Checoslovaquia (aliada del Reino Unido), tal día hizo un año. En la conferencia de Múnich de 1938, Chamberlain entonó algo así como el «protesto enérgicamente» de Algunos hombres buenos, violentísima amenaza ante la cual Hitler debió quedarse más o menos como estaba. Visto que allí pintaba lo que Zapatero en la ONU, Chamberlain decidió dejar vendidos a los checos y volver a casa intentando vender como hábil estrategia política lo que había sido a la vez traición, cobardía y debilidad. «La paz para nuestro tiempo», dijo haber conseguido. Su sucesor, algo más perspicaz, lo corrigió: «A nuestra patria se le ofreció entre la humillación y la guerra. Ya aceptamos la humillación y ahora tendremos la guerra». Con razón le dieron a Churchill el Nobel de literatura.

De lo bien que funcionó el apaciguamiento de Chamberlain está llena Europa de cicatrices: las buenas palabras resultan totalmente inútiles cuando uno trata con salvajes.

Esto viene a cuento de los juegos florales que el exmadridista Raúl le dedica últimamente al club independentista que comparte ciudad con el RCD Espanyol. El hombre se afana en caerle bien a todo el mundo, porque quizá ignora que cuando se trata con nacionalistas que prefieren la segregación y el enfrentamiento —nos odian, querido Raúl, por mucho que tú y otros valdanistas hagáis la vista gorda—, cualquier signo de debilidad no será considerado como una oportunidad de acercamiento sino como una señal para que los victimistas malcriados como Gerardo P. nos insulten e intenten humillarnos. Ahí tienes a tu excompañero Luis Enrique, que dice ser más radical que Gerardo P.; o a Javi Hernández, el amigo de Iker, que debe de tener serios problemas de acidez por tanta bilis acumulada.

El permanente lloriqueo barcelonista es el permanente lloriqueo independentista. La eterna reclamación por un daño no recibido es el recurso infalible, porque quien está profundamente acomplejado necesita culpar de sus taras al otro, al enemigo. Y es que no, no tenéis razón. Nadie os roba (pujoles aparte). Nadie os oprime. Nadie os impide hablar catalán. Nadie os debe nada; dejad de quejaros. Sois los únicos responsables de vuestros problemas, así que no busquéis más chivos expiatorios que vuestra propia ceguera.

No creo que el fútbol esté basado en la comparación de esa entelequia de «los valores de un club», y no sé muy bien qué valores encarnan unos y otros, pero sí sé quienes pitan los himnos y lanzan al campo cabezas de cerdo.

Lo único que consigue el apaciguamiento es que el bicho crezca. No se tiende la mano a quien aprovechará para morderla. Iker pareció empezar a entenderlo demasiado tarde, y no sé si Raúl será más rápido. Mientras, yo sigo animando al club independentista que comparte ciudad con el Espanyol a que persevere en su salida de la Liga y de todo lo que esta significa (esa imaginaria opresión insoportable): seguro que fuera se está mucho mejor. Tenéis todo mi apoyo; yo votaré sí.