Cualquiera que no esté sometido químicamente por su móvil habrá quedado alguna vez obnubilado por la colina que está más allá. Los pintores conocen el poder de la segunda colina.
No es que la primera colina esté mal, ojo. La primera colina nos trae al íbice o al pastor que guarda sus ovejas en un aprisco. En la primera colina hay humo de leña y caminos reconocibles. Por su ladera puede bajar un estudiante de Chéjov.
Pero la segunda colina… El ser humano está indefenso ante la segunda colina: en cuanto intuimos en lugar de ver, en cuanto se nos deja margen comenzamos a darle al magín, como ocurre en toda actividad plenamente humana.
En la segunda columna la bruma se duplica, los detalles se pierden y ―por mor de la perspectiva― habría, si pudiéramos verlos, más motivos que en el primer plano. La segunda colina es el territorio del Rübezahl, del espíritu de la montaña. En la segunda colina las ninfas se bañan en remansos esmeralda, un rey cansado arroja su espada al fondo de un lago encantado. Y todo eso ocurre precisamente porque no podemos verlo.
El vacío que interpela
Probablemente no se pueda escribir mejor que Henry James o Edith Wharton. Pero si son quizá demasiado perfectos es por no dejarnos aire que respirar, por delinear con precisión quirúrgica los límites precisos de la realidad. A sus relatos se va a ser deslumbrado, no a alumbrar.
Precisamente cuando Henry James no lo (d)escribe todo aparecen sus mejores relatos: La bestia en la jungla y Otra vuelta de tuerca. Ahí es donde el genio neoyorquino nos deja su tour de force. Cualquiera de sus escritos sería suficiente para elevarlo al Olimpo, pero cuando introduce algo de bruma es cuando les da munición a quienes lo consideran el mejor escritor de la historia.
Entre otras consideraciones que tienen que ver con innumerables campos de lo humano, que la persona no pueda inhibirse de la oportunicad de llenar creando sitúa en un plano superior el querido aforismo de Wilde: «La obra de arte refleja al espectador». Esto ya es mucho: afirma que la literatura solo está completa cuando se lee, lo que convierte al lector en escritor.
Pero no es solo eso. Resulta que llenar el vacío es una tentación genuinamente humana, una necesidad que ignoramos tener. El padre Isidoro, el que fue hasta junio el abad del monasterio cisterciense de Santa María de Huerta (y en su momento el abad más joven del mundo) lo ponía de esta forma: el hombre, incluso ignorando la existencia del agua, puede sentir su necesidad: puede ignorarla, pero no puede ignorar que la necesita.
La literatura, de la misma manera que una colina brumosa, nos está permitiendo entonces responder a nuestra propia naturaleza. Nos está permitiendo ser.
Porque va llegando el momento de sacudirnos esa visión literaria de mínimos, de dejar de agradecer al docente que el discente haya leído medio libro en un trimestre. Va llegando la hora de afirmar lo evidente; que la literatura ―el arte― es tan necesaria como el aire que respiramos, y que no, que no es suficiente con que los niños lean esos libros cuyo nombre no se dirá aquí y que los tratan como si fueran imbéciles. Tenemos que sacudirle a la literatura esa modestia espuria que nos lleva a balbucir, como si nos estuvieran perdonado la vida, «al menos leen».
La literatura no es un pasatiempo ni un curso de ortografía. No se lee en verano. La literatura no aporta vocabulario ni «cultura general». Los libros no atrapan, no enseñan, no resultan convenientes. Basta ya de convencer a nadie. Esto no es una muestra de crema en una feria de consmética: el que no quiera leer, que no lea.
La literatura es el rastro negriblanco que deja nuestro asombroso deambular por el mundo. El libro es más una parte de nosotros de lo que lo son el esternón o la epidermis. Hasta las vacas tienen esternón, por el amor de Dios.
No se puede ni se debe ser humano sin literatura. No nos cabe ni un psicólogo más, ni un diván más, ni un diagnóstico más. Lo que tienen nuestros hijos es trastorno por déficit de historias, por carencia de lenguaje, por ausencia de belleza. Acompañar a Rodia tras las rejas de su celda es nuestra tarea vital. También lo es concebir la bestia tras la puerta y sobrevivir al espanto.



