Yo quiero los problemas del cine español

Los profesionales del cine español hablan de su sempiterno problema, pero yo no veo problema alguno. Por miedo a sus diatribas, los administradores del dinero público tratan la industria cinematográfica como si fuera estatal. De alguna manera se ha instalado la idea de que el cine es de todos (como el dinero público) y que hay que apoyarlo y televisar sus galas y convertir en cuestión de Estado quién las presenta. Y pagarles las entradas que la gente no compra. Que no compramos. Y resulta que no, que el cine no es estatal. El arte contemporáneo, por mucho que caiga en la pedantería y la pose, no reclama algo parecido. Ni los zapateros. Ni los recolectores de frambuesas. Pero el cine sí.

Yo no entiendo muy bien las subvenciones al cine ni al sector del automóvil ni a la banca en un país en el que existen pensiones de 300 euros, pero no se hablará aquí de los 77 kilos que el cine recibió en 2016 porque ese es un terreno que fácilmente se despeña hacia la demagogia.

Lo que me gustaría pedir es una pequeñísima parte del problema del cine español cuando publique mi próximo libro. Una minigala en horario subóptimo, una minisubvención… no sé, un algo. Pero sobre todo que el Estado se plantee como propio mi asunto privado. Que lo vea como un objetivo de todos.

 

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La lección escondida en Star Wars

(De manera inquietante la saga de La Guerra de las Galaxias comienza a ser el asunto más tratado en este bloj, pero ignoremos ese hecho ominoso).

Tras rever durante esta Navidad los seis primeros capítulos de la saga y volver a los lugares comunes de siempre —qué malos son los tres primeros, qué bien enlazan no obstante con la trilogía original, a ver si en esta versión un disparo láser perdido alcanza a Hayden Christensen—, un hecho antes ignorado apareció ante mí con la gravedad secular de una enseñanza talmúdica. En el episodio II, cuando Lucas ya se había dado cuenta de que en el I había perpetrado uno de los personajes más apaleables de la historia del cine, Jar Jar Binks, y había reducido sus apariciones a la mínima expresión, el barbado director decidió aprovechar su mutis para dejarnos una lección imperecedera.

Objeto de destierros, animadversiones y resoplidos de hastío, el destino último del baboso disléxico termina por ser nada menos que el Senado. Con el único mérito de estar en el momento justo en el instante adecuado y de resultar tan estomagante que todo el mundo quiere librarse de él, el caracol bípedo termina por no tener más sitio donde recalar que ese cementerio de elefantes que es el Senado Galáctico (a diferencia de los senados reales, destino exclusivo de los políticos más pujantes). ¡Qué lección, amigos! ¡Qué metáfora tan nutritiva!

En efecto; la próxima vez, querida lectora, que un bobo solemne alcance sin despeinarse destinos que parecían fuera de su órbita, recuerde al patoso lenguaraz, al perfecto bocachancla, al actor secundario Jar, porque he ahí la clave. Con gusto se permite que un bobo absoluto escale socialmente con tal de perderlo de vista. Valgan como epítome los partidos políticos, donde se puede observar con singular claridad la pericia de los bobos para la cronoescalada.

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Y es que el bobo tiene varias ventajas con respecto al no-bobo. El bobo, desprovisto como está de criterio o principios, se deja llevar por la marea sin oponer resistencia. El bobo no protesta, no reacciona y no se compromete. Al bobo todo le viene bien. El bobo navega, pero no ataca. O ni siquiera navega: el bobo flota, y flota siempre. El bobo no sabe a dónde va, pero no le importa. El bobo no busca problemas y nunca los encuentra. Quizá los cree a su alrededor, pero ¿quién culparía al bobo?

Así que ya sabe. Si usted se pregunta por qué se posterga su ascenso, por qué no encuentra el reconocimiento merecido, quizá su problema sea un exceso un personalidad, una desproporcionada coherencia. Si anda en busca de una sinecura, no se me motive. Sea usted bobo.

Cine entretenido

Leo de Master and Commander que es una buena película de entretenimiento. En esa afirmación aparentemente inerme encuentro destilado uno de los males que nos aquejan.

Afirmar que Master and Commander es una película de entretenimiento (lo que connota que solo es una película de entretenimiento, un género menor, una serie B) supone mirar por encima del hombro a todo el cine y a toda la literatura. Paso a justificar esto último.

El crítico que asevera que Master and Commander es una película de entretenimiento está implicando que existe una clase de películas de índole superior a Master and Commander, y que son precisamente estas las que más gustan al crítico. Películas «con enjundia» o, ya que estamos bordeando el alipori, películas «profundas». Como si los demás no supiéramos ya que existen esas películas, a las que los pobres mortales llamamos «películas aburridas».

Porque aventuro aquí que lo que nuestro querido crítico considera más allá del «cine de entretenimiento» es, por ejemplo, «un retrato existencialista de la mediana edad», o mejor «un fiel reflejo de la anomia periurbana postadolescente». Lo que el espectador raso denominaría «cine para gafapastas». No discuto que exista tal cine, ni siquiera que pueda producir obras maestras (ahí está Atom Egoyan, por ejemplo), de lo que aquí se reniega es de la pose cultureta que rehúye lo divertido porque no responde a la verdadera naturaleza del arte, que es algo que según ellos podríamos englobar en el término compromiso. Cine comprometido. Libros comprometidos. Y aquí es donde empieza a oler a azufre. Arte comprometido.

Pero para otro día cómo el posemarxismo se apropió del arte. Centrémonos hoy en la narrativa: no estoy defendiendo aquí las películas insulsas —todo lo contrario— sino afirmando que la narrativa cinematográfica no es ni puede ser la narrativa de la psicología ni de la sociología ni de ninguna ciencia social, que es lo que denota el término compromiso. No puede serlo porque por definición las disciplinas más o menos científicas (para otro día por qué la sociología no es una ciencia) pueden explicar, describir, demostrar o prever, pero nunca narrar. La pseudociencia no tiene narrativa, por mucho que nos quieran engañar con el relato y la postmentira. Narrar es lo que hace Peter Weir, por poner un ejemplo al azar. Lo otro (estar comprometido) implica defender los propios argumentos. Son cosas distintas.

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I tell ya. The Devil’s at the wheel of that there phantom ship. You better hold fast.

A los críticos que enuncian sin pudor que Master and Commander es una película de entretenimiento hay que recordarles muy fuerte que el cine, como la literatura, es una cosa distinta de la filosofía. Que el cine, como la literatura, es una cosa distinta de la política. El cine es precisamente Master and Commander, de la misma manera que la literatura son los libros chipén de Patrick O’Brian.

Esto sí que es una nueva esperanza (contiene spoilers)

Durante la última semana he descubierto dos perlas respecto a las cuales no puedo aducir falta de expectativas dado que Yáñez y Castro me habían hecho críticas entusiásticas de una y de otra.

La primera es Rogue One, película que en teoría es-de-la-saga-pero-poco y en la práctica esta más a la altura de IV, V y VI que I, II, III (puaj) e incluso VII (no tan puaj). Las comparaciones con El despertar de la fuerza son inevitables y entiendo que odiosas para J. J. Abrams: Rogue One es a El despertar de la fuerza lo que el primer disco de Oasis a cualquiera del tercero en adelante: la misma diferencia entre echarle ilusión a las cosas o querer vivir de las rentas. Lo que echábamos en falta allí está aquí: la certeza de viajar, el peligro, la épica. Sobre todo, lo que hace que Star Wars no sea solo entretenimiento: el bien y el mal como trama y urdimbre inexcusables de la naturaleza humana. Los secundarios de Rogue One son una metáfora de la propia película: lo trivial se acaba convirtiendo en indispensable a base de echarle verdad.

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Nadie los llama para quedar pero ellos salvan la galaxia, y de paso la saga. Real heroes

La otra perla es La La Land (no pongan esa cara, más me extraña a mí), lo cual tiene doble mérito dado que en ella aparece el impasible, el apático, el inane Ryan Gosling. Además del rendido homenaje a la edad de oro del cine judío (perdón, quería decir estadounidense) que es toda la película, del musical me sorprendió su pulcra sutileza, pero sobre todo la valentía que supone en 2017 gastarse una pasta en una peli que se atreve a narrar a través de la música. En los malos musicales sobra la música, en los buenos sobran las palabras. De sombrerazo el diálogo entre el piano de él y el baile de ella (enorme Stone).

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Viva lo retro

Pero no son las virtudes respectivas las que han dado impulso a esta entrada: es su virtud común, su inopinada virtud común. Pongamos como premisa que el tema más manido en el cine tiene que ver con Eros (con el permiso de Tánatos); con una suerte de amor romántico meloso y egoísta que tantas expectativas despierta y tantos batacazos facilita. Ahora repasemos el comportamiento de los protagonistas y secundarios de Rogue One: una banda formada por desechos de tienta que sin la menor esperanza de que aquello llegue a buen puerto deciden convertirse primero en héroes y luego en mártires, sin presumir, sin ni siquiera pasarlo bien. Sin un maldito gracias. No solo salvan la galaxia, sino que además propician que Skywalker se lleve el mérito. Filantropía estelar. Lo de La La Land es igual de desprendido pero mucho más sencillo de explicar: es una versión tan depurada de amor que antepone la felicidad del otro a todo lo demás, incluida la posibilidad de una vida juntos. Olé ellos. Por eso acaba bien. Por eso se sonríen.

Seríamos unos farsantes

si el buenérrimo de Melville no hubiera escrito Moby Dick.

Si no existiera Moby Dick (o tantas otras, pero no tantas) todos aquellos que insistimos en la pertinencia, en el menester de la lectura, seríamos unos farsantes.

Pero no lo somos porque el ser humano —la medida de todas las cosas— se hizo libro en toda su metafísica de salitre, en toda su épica de arpón y ataúd. En la historia del inmenso cachalote blanco hablan todos los que alguna vez hablaron.

No lea un libro, lea Moby Dick (y eso es, lo siento, cuanto me es dado decir).

Ahab

Un agujero en cubierta para encajar la pierna buena

¿Por qué lo mantienen en secreto?

¿Tan vergonzante es lo que España hace a una parte de una parte de sí misma (recordemos que no todos los catalanes se sienten oprimidos) que no son capaces de verbalizarlo? Es decir, ¿alguien sabe qué hemos hecho a los independentistas para que las píen tanto?

Porque así a bote pronto tuvieron el primer ferrocarril, las primeras autopistas, en el XIX se apostó por ellos en perjuicio de Galicia, se les apoyó para tener unos Juegos Olímpicos, se les rescata de vez en cuando, no se les pitan penaltis… No sé, pero si el problema son los Decretos de Nueva Planta y decidimos revertirlos, entonces habría que empezar por devolver también a Cataluña a la jurisdicción aragonesa…

Humildemente os pido ayuda porque soy, como en tantas otras cosas, un ignorante total. ¿Qué les hace España? ¿Cuál es el origen de tanto odio, aparte de la connatural inferioridad de los demás? ¿Alguien lo sabe? Porque lo mismo deberíamos empezar por ahí…

La prepostverdad sobre el asunto este de España

Que todo el mundo pueda opinar no quiere decir que todas las opiniones sean respetables, y mucho menos que todas sean ciertas.

Lo que para un español signifique ser español tiene muy poco peso si lo comparamos con lo que en efecto significa ser español.

Ser español en 2017 no es una cuestión afectiva ni hormonal (aunque cada cual sea libre de sentirlo así, no faltaba más). Ser español es un atributo jurídico y político con consecuencias administrativas: una serie de derechos y obligaciones ignotos en otras latitudes y longitudes. En ese sentido, lo más parecido a ser español es ser francés, alemán, portugués o italiano (a no ser que pensemos, como todos los nacionalistas que en el mundo han sido, que haber nacido en un lugar concreto confiere poderes extraordinarios).

Eso que España es (un Estado de Derecho) implica entre otras cosas que un cuerpo o cuerpos legalmente conformados y con la legitimidad que otorga la democracia vigile el cumplimiento de las leyes. En caso necesario, mediante el uso de la fuerza. Son los únicos autorizados a ejercerla: es lo que llamamos el monopolio de la violencia. Puede ser un sistema mejorable (algunos incluso proponen que sea el delincuente quien golpee al policía), pero de momento es el mejor que conocemos. Todos los demás están basados en el «posyocreoqué» en lugar de en el «las mentes más despejadas de Occidente desde Pericles opinan que».

Establecido lo anterior, la bandera española es la plasmación gráfica de esa pertenencia. Es un hecho objetivo, no una apelación afectiva. Que en unos despierte un inefable orgullo y a otros les provoque acidez estomacal entra dentro del ámbito particular. Respetable pero discrecional. No solo las leyes no tratan los sentimientos sino que cuando estos comienzan a exacerbarse alguien termina por invadir Polonia.

UE

Una adelantada a su tiempo

En cuanto a banderas, las doce estrellas de la UE constituyen un logro mayor, porque representa una unión más amplia y una sorprendente capacidad para ponerse de acuerdo. Estaría encantado (y llevábamos ese camino) de que la bandera española ocupara en mi imaginario el escalón regional mientras el nacional lo llenara la de los Estados Unidos de Europa, porque la Unión Europea es el mayor esfuerzo pacifista jamás acometido y lo diametralmente opuesto al nacionalismo. La UE es un puñetazo al mentón del provincianismo, por eso el Reino Unido (donde, aparte de Londres, son bastante provincianos) ha puesto pies en polvorosa.

PD.: Este asunto no quedará aquí, pero de momento solo quiero añadir la gloriosa aportación de Juan Aboitiz: «¿Mediadores? Cuando la gente no se pone de acuerdo ya existen mediadores. Los llamamos jueces».

El negro de Gladiator

En Peaky Blinders, esa serie en la que solo hacen cosas peligrosísimas como beber, fumar y darse silletazos, existe una escena en la que, ante la perspectiva inminente de un parto, ocurre este diálogo a tres entre los familiares varones de la futura madre:

—Los hombres no podemos hacer nada.

—Podríamos emborracharnos.

—No se hable más.

«No se hable más». Convendrán conmigo en que, aunque la industria del doblaje en España no es lo que era, aquí han estado fetén. ¿Para qué hablar más si lo dicho no puede superarse? «No se hable más» pertenece a esa serie de expresiones insustituibles cuyo verdadero genio solo una escucha repetida nos impide ya paladear. Nosotros, que comparados con nuestros padres somos analfabetos de lo cañí, tenemos la responsabilidad de no extraviar esas joyas.

No respecto a su origen castizo pero sí respecto a su pegada, la frase me recuerda al «Pero aún no» de Juba, el númida interpretado por Djimon Hounsou en Gladiator. Creo que por tres veces colocadas estratégicamente a lo largo de la película y sobre la posibilidad de volver a ver a quienes esperan en el Elíseo (y que solo podrán ver, por tanto, tras su propia muerte), el negro asevera que «Volveremos a vernos. Pero aún no».

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Ojo, si se está entre culturetas hay que decir que desde Blade Runner Ridley Scott no ha hecho nada potable

Ese «pero aún no», escueto como es, demuestra la magnitud descomunal del significante respecto al significado, la notoria desproporción entre tres palabras modestas (un puñado de sonidos, a la postre) y el eco infinito de sus connotaciones.

Ese «pero aún no» implica la aceptación del trato, la asunción de la muerte como parte de la vida, la celebración del paquete completo y no solo de lo que a la vista resulta agradable.

Es la constatación de que el casi nada que somos es nuestro casi todo. Es la firma de un contrato; un apretón de manos con la naturaleza. Es haberse leído las reglas y decir «al lío». Lo compro. Por qué no.

Es el mismo tranquilo beneplácito que da forma a las Meditaciones. Richard Harris es Marco Aurelio y Marco Aurelio es Juba.

El cine, como cualquier otro lenguaje, guarda esas perlas. No se trata de abrir todas las ostras, pero sí de captar el brillo cuando aparece, discreto.

 

 

No se quieren ir

Imaginen que, decidido a presentarme a las oposiciones para el cuerpo diplomático, en lugar de presentar la correspondiente instancia en el Ministerio de Asuntos Exteriores, presentara la tapa de un yogur en la taquilla del teatro Calderón.

Imaginen que, a pesar de no ser convocado a los exámenes, montara en cólera al no verme incluido en la lista postrera de admitidos a la muy venerable Escuela Diplomática. «Me persiguen», diría. «No hay democracia».

Imaginen, respetados lectores, que tuvieran que llegar a alguna conclusión acerca de mi comportamiento: aquellos de ustedes que fueran tan amables como para no considerarme simplemente un imbécil solo tendrían una salida; pensar que en realidad no quería examinarme ni ingresar en la Escuela ni pisar una embajada en los años de mi vida.

Porque resulta, por ese carácter paradójico que a veces presenta la verdad, que en realidad Cataluña (la marca hispánica) sí se puede separar de España. No hay artículo de la Constitución tan blindado que sea imposible de cambiar. Basta con conseguir la mayoría suficiente y, en este caso tan especial, disolver las Cortes, elegir Constituyentes, votar la nueva Constitución y resetear el Estado. Con votar me refiero a votar todos, claro, que lo del sufragio universal costó demasiado como para Flequillín nos lo arrebate porque le parezca fascista. Ignoro por qué no intentan hacerlo así, que es como lo pueden hacer, en lugar de presentar tapas de yogures en el Liceu, pero dada mi natural bonhomía prefiero pensar que en realidad no se quieren ir en lugar de llegar a la conclusión de que los independentistas son imbéciles.

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Cada ocho horas (si no se muestra alergia a los libros)

Y he aquí, queridos lectores, el principio democrático que subyace a todo este desbarajuste y que nos diferencia de la Francia de Luis XIV, la Italia de Mussolini o la URSS estalinista: el de la soberanía nacional. Todo se puede cambiar (porque vivimos en una democracia aunque les rasque tanto a quienes, como el FCB, siempre han decidido estar al lado del sol que más los caliente, ya sea el franquismo senil o el independentismo adolescente), pero cambiarlo requiere la autorización de los ciudadanos españoles, a diferencia de lo que ocurría con Luis XIV, Mussolini o Stalin, que ellos solitos podían legislar o, ya puestos, purgar, represaliar o finiquitar.

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Reforzar con esto si el paciente muestra renuencia al aprendizaje

Permítanme, amados lectores, que en este punto tenga mi recuerdo habitual para Pablito. Pablito, hijo, que eres politólogo. Una cosa es que te quieras hacer fuerte en el imaginario del moderneo patrio y otra muy distinta es que te fumes el temario de primero nada más pisar moqueta. Soberanía nacional. Artículo 1, párrafo 2. Porque no en todo, pero en esto y muchas otras cosas nuestra Constitución es (si me disculpan el exabrupto falocrático y patriarcal) cojonuda.

Así que, si Flequillín y el enjambre de alianzas juegotronil en que se ha convertido aquello deciden defender la independencia o la pizza con piña, a mí plim. Pero si deciden que ya no vivo en un Estado de Derecho con imperio de la ley y soberanía nacional, ahí me encontrarán enfrente, porque paso de viajar a la España de Fernando VII o el general chiquitín pudiendo vivir en la mía.

De muestra, tres botones

Rompo mi silencio en este blog obligado por las circunstancias; no eran las diez de la mañana y ya había sometido a mis ojos a la siguiente macedonia de desatinos:

  1. Linda Wenzel, la cría de 16 años que decidió que unirse a ISIS era un planazo, dice ahora que solo quiere irse a casa. Se me ocurren un sinnúmero de frases de madre que aplicarle a la criatura («haberlo pensado antes», «decimos de los demás y lo tenemos en casa», «cógete una rebequita, que en Mosul refresca por las noches»), pero líbreme Dios de hacer mofa de la susodicha; a lo que voy es que adolescentes y postadolescentes con parecido cacao mental y parapetados tras un avatar más o menos ingenioso constituyen la base de lo que llamamos las redes sociales, el puñado de opinadores altisonantes que, magnificados por los medios, parecen ser más de los que son. Cabecitas en barbecho que lo mismo te arreglan Venezuela que insultan a Marías. Ah, o le cantan a Guillermo Bárcenas en un concierto «¡Willy, valiente, tu padre es inocente!» (sic). Los chicos del cacao.
  2. Dice el Ayuntamiento de Madrid que va a quitar un carril por sentido de la carretera de Extremadura y le va a poner pasos de cebra. Hasta ahí nada nuevo: una nueva ratonera para el coche, que por lo visto es el principal enemigo de la civilización. Lo pasmoso es la justificación proporcionada por los Carmena boys (and girls): «Se trata de que solo circule por el Paseo de Extremadura quien no tenga más remedio». Es decir, si es Vd. de esos que cogen el coche los lunes a las siete de la mañana y se somete al atasco que allí se forma porque sí, sin una razón sólida, que sepa que se le va a acabar el chollo. Que a partir de ahora la carretera se reserva a esa minoría que de verdad la necesita, a esos seis o siete coches que la utilizan para ir a trabajar y cosas así.
  3. Cito porque es insuperable: «Hacer frente a la adversidad de forma constructiva y salir fortalecido no es sencillo, pero es posible. La palabra clave es resiliencia». Nonononó. La palabra clave no es resiliencia ni posverdad ni iros. La palabra clave es gilipollas. Quiero decir: las frasecitas de autoayuda y las sesiones de coaching son un sustituto banalizado de una formación profunda, enraizada y realmente humana. Según fuentes históricas, esa actividad desusada que los antiguos llamaban leer estaba destinada a adquirir las herramientas necesarias para entender y afrontar este mundo múltiple y anonadante que nos zarandea cual portero ciclado. Otra de las técnicas milenarias (educar) estaba destinada a prender la mecha, alumbrar la tiniebla, tutelar el asombro. Cultivar (de cultus, como cultura). Lo de soltar frasecitas o recomendar técnicas (¿mindfulness? ¿En serio?) me recuerda mucho a la campaña de los Carmena boys (and girls) contra el manspreading, vulgo despatarre. Supongo que después de luchar contra el manspreading, vulgo despatarre, vendrá la guerra a comer con la boca abierta o eludir el duchorio… una lista interminable que se resume en no tener modales, pero es que a la progresía eso de tener modales le sonaba muy antiguo y prefieren ir parcheando según surgen los rotos. Así legislan ellos. Por aspersión.

Nuestro enemigo es la estulticia y no el de enfrente. Ha demostrado ser un enemigo rocoso y pertinaz, y estamos a lunes. Coged piedras.