Existe esa búsqueda, la del escritor sibilino espantosamente ingenioso, lo que probablemente implique que proceda de la Pérfida Albión. Tenemos a P. G. Wodehouse, claro, que convierte cada página en una fiesta. Tenemos a Wilde, pero centrar el recuerdo de Wilde en el sentido del humor constituye un error en el enfoque. Wilde es, en sí mismo, una literatura. Y ustedes, por otra parte, probablemente ya hayan leído todo su teatro.
Valdemar ha publicado este año todos los relatos de Saki en un solo tomo de la colección Selecta (¿la sucesora espiritual de Clásicos?). Ya habían publicado por separado todos excepto los correspondientes a las colecciones Reginald y Reginald en Rusia. Ya saben lo que opino de Valdemar en general y de la calidad de sus ediciones en particular. Las portadas de Javier Olivares para Selecta solo añaden valor a estas pequeñas joyas, sobre todo con la que está cayendo en el proceloso mundo de la ilustración.
Aunque exista el estereotipo del escritor británico humorístico del cambio de siglo, Saki presenta algunas particularidades que lo hacen único. Porque el mencionado Wodehouse es probablemente el mejor en lo suyo, pero lo suyo excluye toda desazón, toda amargura, toda perversidad.
Saki (Hector Hugh Munro) comparte con Wodehouse un sentido del humor desatado, pero es un escritor esencialmente perverso. Wodehouse transita entre el humor y la ironía; Saki lo hace entre la ironía y la perversidad, que es donde se encuentra con Roald Dahl. No se dejen engañar por el Dahl que escribe para niños: sus relatos para adultos son diabólicos, a la altura de algunos cuentos de Bram Stoker. Ambrose Bierce deriva en cambio hacia la amargura, en una carretera única al final de la cual está Foster Wallace. Es una carretera de finales, de escritores que desaparecen sin más o por su propia mano.
Bierce, por otra parte, está unido a Saki por el marchamo inconfundible de la calidad. De la misma forma que el pedigrí literario es independiente del género trabajado (si los géneros existieran), también lo es del grado de humor con que cada cual aderece sus escritos.
Se supone que Tom Sharpe es, junto a Dahl, otro de sus legítimos herederos, pero no sabría decirles. Wilt y yo nunca conectamos, aunque posiblemente estemos a tiempo. Tampoco tengo química con Ignatius J. Reilly, protagonista de La conjura de los necios. En ambos casos es, obviamente, un problema mío.
A lo que íbamos. Creo que la clave del arco de Saki es la contrafórmula de tanto escritor trascendente que nos deja la posmodernidad: mientras literatos que no nombraré aquí le dan un tono solemne a sus naderías umbilicales, Saki hace lo contrario: trata lo mollar con aparente ligereza. Como si no costara (a él no le cuesta), se desliza con elegancia sobre asuntos graves, peligrosos o dramáticos como la estupidez humana o la muerte. Saki recorre el camino inverso de aquellos actores que dejan la comedia por el drama para que se les tome en serio, ignorando quizá que hacer reír (o, mejor aún, sonreír) es mucho más difícil y tiene más mérito que hacer llorar. Te estoy mirando a ti, Tom Hanks. Ignoro por qué hasta ahora no había aprovechado este blog para darle cera a Tom Hanks.
Un profesor de Foster Wallace decía que la mejor narrativa logra sosegar al inquieto e inquietar al tranquilo. Saki logra algo quizá más difícil: que nos asomemos al abismo con una mueca de sarcasmo. La única forma de hacerlo, quizá, sin volvernos locos.
P. S.: Valdemar no me unta por decirles a ustedes las cosas tan bonitas que les digo de ellos. Estoy abierto, no obstante, a que esa situación cambie en cualquier momento mediante el pago en especie.



