El fin del principio

Las cosas se comprenden a su debido momento. Todo tiene un sentido. La herencia que dejamos en el mundo es infinita.

Tras la superficie sorda de lo real late la verdad. La vida es una rama de buena madera oculta tras una piel de terciopelo. La vida puede golpear o ser acariciada, pero no sabe mentir.

De todas las labores que pueden acometerse sobre la tierra solo una tiene verdadera dignidad: enseñar a buscar la belleza allá donde se encuentre.

La vida no termina. La vida se entrega. 

Estamos en los demás. La verdadera trascendencia son los otros. No existe la soledad. No existe el frío. No existe la muerte.

Algunas cosas no empiezan hasta que terminan. Solo existen los otros. Hace falta toda una vida para explicar el amor.

 

 

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El conjunto de células

Si no empezamos a hablar de las cosas importantes pronto no quedará nada importante de que hablar.

Hace unos meses el legendario Pérez-Reverte y el Nobel peruano-español Vargas Llosa coincidieron en mencionar la postura de la Iglesia frente al aborto para reforzar su propia posición: si la Iglesia está en contra del aborto es que el aborto es un derecho. Esto es una falacia ad hominem con toda la barba,  y no merece mayor comentario a pesar de su difusión (si lo utilizan dos académicos, imaginen cómo está el percal a ras de calle; el aborto es una excusa estupenda para refugiarse en la propia ideología y argumentar desde la trinchera).

Hace menos tiempo escuché una justificación que me pareció original: sobre el aborto existe un consenso social que no hay por qué romper. Siendo magnánimos, esto quiere decir que si mucha gente cree algo, es que es verdad (lo que implica que, efectivamente, durante la Edad Media la Tierra era plana). Siendo peor pensados, y me temo que más realistas, la tesis del consenso comporta que, si algo no da problemas, no lo toques. Un argumento que los esclavistas podrían haber esgrimido ante Lincoln, por poner solo un ejemplo.

Pero aquí hemos venido a hablar del conjunto de células, verdadero meollo del asunto. Según estos partidarios, un feto es un conjunto de células y no un verdadero ser humano. Tomando esta postura como premisa, se abren dos posibilidades: o los que ya hemos nacido somos asimismo un conjunto de células únicamente (con lo que el concepto de ser humano se iría al cuerno) o bien los que ya hemos nacido sí somos seres humanos (lo que parece más probable).

Demos por bueno que (A) el feto no es un ser humano y (B) los humanos que ya hemos nacido sí somos seres humanos. ¿Me extralimito si considero que esta doble creencia es la más común entre los proabortistas? Es difícil de decir, pero parece razonable. Según esta hipótesis, lo que no terminaría de entender es en qué momento le ¿entra?, ¿crece?, ¿nace? al feto la ¿humanidad?, ¿alma?, ¿espíritu? Parece que los legisladores creen que algo de esto debe pasar a las 14 semanas y otro poco a las 22, a juzgar por la ley de 2010.

Ignoro en qué consiste este advenimiento tan tardío, teniendo en cuenta que desde el momento de la fecundación el embrión es totipotente, es decir, el cigoto tiene toda la información genética necesaria para convertirse en un adulto y solo recibe de su madre cobijo, alimento y oxígeno, como le ocurre a un bebé ya nacido salvo por el oxígeno. A mí esta capacidad de dirigir el propio desarrollo celular hasta convertirse en una persona adulta me parece más importante que cualquier evento sucedido en las mencionadas semanas, y lo distingue claramente de un riñón, un quiste o un tumor.

Si la capacidad de convertirse por sí solo en un anciano no lo convierte a uno en humano no sé qué lo pueda hacer, pero si ocurre en la semana 14 y alguien me lo explica de forma convincente, no duden que pasaré a engrosar las filas de una mayoría metroscópica que a día de hoy no logro comprender.

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Conjunto de células de 20 semanas chupándose el dedo. Sí, eso son uñas

Cómo sí educar

Poner de manifiesto las calamidades es más fácil que construir; por eso los medios (este también) están más llenos de afeamientos que de propuestas.

Para revertir esa pendiente, hoy voy a pasar del habitual cómo no educar a un proactivo cómo sí educar, resumido de momento en dos propuestas.

  1. Propongo dejar de tratar a los niños como si fueran idiotas. Los tratamos como idiotas cuando les bajamos el nivel de exigencia hasta la ofensa personal: con la misma edad con que los púberes vintage traducían La guerra de las Galias, hoy no saben quién fue Julio César. Los tratamos como idiotas cuando teatralizamos su vida. Un niño es un niño, no un muñeco. Con cuatro años (probablemente antes) saben perfectamente que les estamos poniendo vocecitas. Ah, y no se censuren, utilicen con ellos palabras que ellos no entiendan. Así es como las aprenden. Si solo balbuceamos delante de un bebé, ¿cómo demonios aprenderá a hablar?
  2. Propongo encargar su educación a profesores que sepan leer. Soy muy pesado con este tema, pero es que no me consta que se haya solucionado. En realidad ni los propios profesores sabemos quién fue Julio César. La situación es dantesca. El curso pasado un profesor me defendía que para los niños de 11 años era «más importante conocer a Jorge Bucay que saber leer» (sic). Aunque él les tuviera que leer los textos. Esto ha hecho que nuestra política con los profesores esté basada en la desconfianza, fiscalizando su desempeño por si la lían. Los entrenadores de fútbol y los profesores comparten un problema: todos sus conciudadanos se sienten capacitados para decirles lo que tienen que hacer. Ese no es el camino. Hay que crear —invirtiendo lo que haga falta, pues tiene un retorno inmenso— un cuerpo de profesores excelentes que entiendan que educar no es solo atender a la parte emocional de los alumnos, sino que exige proporcionarles conocimientos y capacidades cognitivas. De hecho, así estarán más preparados para gestionar todos los ámbitos de su vida. Percibo que se tiende a pensar en lo emocional y los «valores» como exógeno a lo cultural. Como si hubiera que elegir entre una cosa y otra. ¿Pero de qué demonios pensamos que escriben Dostoievsky, Austen, Oz, Wilde o Du Maurier? Enseñen a una niña a leer, escribir, operar y hablar de manera excelente y verán qué sorpresa se  llevan respecto a su capacidad para gestionar sus emociones.

 

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Y así, amigos, es como nuestra civilización se fue al carajo.

Prometo darle continuidad a este asunto por lo menos hasta que el tema esté solucionado: solo merece la pena embarcarse en causas perdidas.

 

Por qué no nos gustan los libros de autoayuda

Algunos de nosotros denostamos los libros de autoayuda, pero la repulsión instintiva que nos producen impide con frecuencia que presentemos argumentos en su contra, profiriendo simplemente exabruptos descalificadores. Aunque toda persona de bien entiende de forma intuitiva que los libros de autoayuda proceden de Satán, trataré de explicar esta relación.

En mi limitada e insatisfactoria relación con el subgénero (con la edad se acaba por leer de todo) he llegado a la conclusión de que su razón de ser es simple: alguien, preferiblemente famoso o con afán por serlo, fue en el pasado un capullo e hizo algo (comenzar a comer quinoa, practicar tai chi o dejar de fumar, por ejemplo) que lo convirtió en una persona maravillosa, o en ocasiones tan solo en alguien un poco menos capullo. Deslumbrado ante la maravilla de dejar de ser imbécil, la innata filantropía del eximbécil (en adelante, el escritor de autoayuda) lo impulsa a vendernos su método para ser personas mejores. Dicha pulsión sería inocua si no tuviera ciertas implicaciones.

  1. El escritor de autoayuda es mejor que nosotros. Tras su catarsis, provocada por sonreír más, comer hamburguesas de tofu o abrazar a desconocidos, el autor de autoayuda se da cuenta de que ha llegado a un lugar de perfección espiritual donde no había nadie. Hasta leer el libro, uno podría no caer en la cuenta de que su vida es una calamidad. «¿Todavía comes carne roja? Pero hombre, yo desde que leí Cómo dejar de comer carne roja soy otra persona». Sí, concretamente una persona malnutrida. El negocio de la autoayuda presenta ciertas similitudes con las estrategias de la publicidad: yo no sabía que necesitaba un iPad hasta que en el anuncio vi que se podía tocar un piano de seis teclas en su pantalla. De seis teclas. Cien euros por tecla.
  2. Existe la felicidad permanente. Si, como el autor del libro de autoayuda, alguien lleva demasiado tiempo siendo feliz, o bien no se entera de nada o tiene un concepto de la felicidad poco exigente. En ambos casos, siéntanse libres de recordarle que se va a morir (memento mori) o algo similar. Le estarán haciendo un favor a él y a los demás.
  3. Existen recetas universales para la felicidad. Una de las mayores lacras de nuestra época (además de los teléfonos móviles) es esa necesidad que tienen los políticos, los psicopedagogos y los autores de libros de autoayuda de decirle a los demás lo que tienen que hacer, como si el ser humano fuera menor de edad de por vida y hubiera que supervisar su comportamiento. «Comes mal y no lo sabes» «Deja los malos humos en casa» «Piensa en femenino». Yo tengo uno para vosotros, adalides de lo inane: meted las narices en vuestros sucios asuntos y lavad vuestra propia ropa antes de husmear en los armarios de los demás. En lo que a mí respecta, si a alguien le hace feliz comer papel, que se harte. Bastante hija de puta puede ser la vida como para tener que cumplir los absurdos requerimientos de gente que tiene que comprarse un libro para dejar de fumar o correr todos los días.

El mundo es lo suficientemente complejo como para creer en recetas. Pensar que un comportamiento X produce un efecto Y es intrínsecamente absurdo, e intentarlo resulta profundamente estúpido. Pero eso no es lo verdaderamente pernicioso del asunto de la autoayuda/tocomocho.

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—Dobla así los gayumbos y la felicidad llamará a tu puerta.

Lo dramático es que seres de escasa formación nos digan lo que estamos haciendo mal. Que personas que no conocen nada de nuestras vidas se arroguen la capacidad de solucionarnos la papeleta. Es fácil detectarlos. Utilizan mucho «felicidad», «vibraciones», «interior», «emociones» o «dieta». Una vez leí parte del libro de un prenda que afirmaba que un cambio de dieta le había cambiado la salud, el carácter, su relación con los demás y hasta su trabajo. ¿Qué comías antes, alma de cántaro?

Si Vd. quiere dejar de fumar, no fume. Si quiere correr, corra, corra mucho, poco, regular o mal. O no corra. Esto no va de decirle a los demás lo que tienen que hacer. Esto va de que cada uno se construya su propio código de conducta, su propio principio rector, uno sano, honrado y limpio, exigente consigo mismo y respetuoso (no tolerante, ojo) con los demás, responsable y basado en el aprendizaje, pero ante todo y sobre todas las cosas libre.

Esa peligrosa palabra

Siempre que alguien menciona la palabra tolerancia se me enhiestan las orejas como a un podenco en temporada. Cuando se habla, por ejemplo, de «educar en la tolerancia», no puedo evitar pensar que lo que se planea es educar en la permisión exclusiva de un cierto paquete de valores y no de los demás. En general pasa los mismo con lo que se ha dado en llamar «educación en valores», expresión que en realidad significa «educación en mis valores». Aún recuerdo los años fatídicos en los que lo que se intentaba inculcar era la conciencia crítica, es decir, la capacidad de construir un utillaje ético propio a través del conocimiento y la responsabilidad. Qué asco de generación la nuestra, llena de librepensadores cargantes que leen libros raros y escriben con palabras demasiado largas. Por no hablar de la anterior, repleta de (re)conocidos fascistas falócratas como Javier Marías o Pérez-Reverte.

Pero mis problemas con la tolerancia van más allá, porque la palabreja es más peligrosa de lo que parece. Tolerar no significa respetar, porque el español es exacto y sutil, sino permitir (de momento) tus estúpidas ideas. Se toleran las religiones no oficiales cuando existe una religión oficial, superior y obligatoria. Se toleran las ideas apócrifas, las castas inferiores, las corrientes paganas. Solo se puede tolerar desde la superioridad moral del perdonavidas.

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Cuando los judíos aún eran tolerados en la Alemania nazi

«Ni más ni menos que nadie», dijo mi madre, lo que me obliga a no tolerar ni ser tolerado.

Siempre que alguien empuña la palabra tolerancia es porque no tiene muñeca suficiente como para blandir la otra, la buena, la que se nos va desliendo como la foto en el bolsillo de McFly o el mismísimo reino de Fantasia: la tolerancia es la versión sucedánea y envenenada de la libertad.

Viva Camacho

Que conste que soy el primero en fomentar el cachondeo whatsappero en cuanto José Antonio Camacho nos brinda una de sus perlas, ya sea el optimista «No hay que ser catastróficos hasta que se produzca la catástrofe» o el clásico instantáneo «Dos goles no es uno», epigrama este solo al alcance de un Míchel o un Jorge D’Alessandro (el del penalti al palo corto).

Vaya por delante que José Antonio Camacho tiene más fútbol en cualquiera de sus calandracas que la sarta de pedantes estadísticos que pueblan las retransmisiones de la tele patria y cuyo contacto más cercano con el pasto fue a través del precario interfaz del PC Fútbol.

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El macho Camacho, protoespartano

Pero lo que me ha parecido el summum de la desfachatez es que los periodistas de aquí (que diría Forges) se hayan permitido afear al bizarro ciezano su forma de hablar. En primer lugar, Camacho habla de fútbol porque lleva medio siglo dedicando su vida al fútbol. O porque tiene nueve Ligas. O porque sus compañeros del Madrid le remontaron al Anderlecht tres goles, entre otros motivos, por miedo a ese intrépido peleador que todo lo veía ganable.

En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, Camacho no está obligado a dar lustre a la lengua común, como no se espera que lo haga el futbolista medio.

En tercer lugar, los que sí están obligados a hacerlo —y no lo hacen— son esos periodistas que se están permitiendo el lujo de cuestionar la dicción del carismático lateral izquierdo. Los mismos juntaletras (no se está diciendo aquí que todos los periodistas sean juntaletras, si se me permite aclarar la obviedad) que inventaron el «cuanto menos», el «han habido», el «fijaros que» o «la líbido» son los que se mofan del refrescante repertorio lingüístico del murciano.

Vivo con la ilusión de que el propio José Antonio haya leído alguna de las críticas farisaicas y que, autocitándose con su carpetovetónica ronquera, haya mandado a los escribas deslenguados adonde Aspas mandó el Mundial. «A tomar por culo».

La solución habitacional

Los sufridos lectores de este bloj saben que Pablo Iglesias e Irene Montero no son santos de mi devoción, por lo que quizá encuentren hoy sorprendente que me disponga a realizar una defensa de sus personas en lo que al tema de la semana se refiere: la adquisición de una casita de lo más apañada.

La principal baza que se está jugando en su contra es la falta de coherencia, y ante semejante atropello no puedo guardar silencio. La decisión de la joven pareja comunista —que por otra parte debería ser únicamente de su incumbencia— de adquirir una vivienda con todos los extras ha sido cuestionada por ser ellos precisamente eso, una pareja comunista.

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—Toma, Vladimir Ilich, tu perrito vegano.

Pero yo creo que sorprenderse porque las élites comunistas quieran vivir bien equivale a sorprenderse porque las élites fascistas sean xenófobas. Se puede culpar al inefable dúo de muchas cosas, pero no de no comportarse como dirigentes comunistas al uso.

Lo que quiero decir es que el comunismo tal y como lo conocemos siempre ha incluido esa curiosa circunstancia; la de que sus dirigentes no sientan el menor deseo de pasar penurias. Es posible que los miembros de la nomenklatura sean malvados, pero eso no implica que sean idiotas. En esencia, los dirigentes comunistas que en el mundo han sido predican y persiguen la pobreza, pero solo la pobreza de los demás. ¿O es que los Castro pasan penurias? ¿Y los boliburgueses venezolanos? Sacrificadas como son, las élites de extrema izquierda consiguen para los ciudadanos las ventajas incomparables de la colectivización, reservando para ellas mismas los inconvenientes de la asquerosa buena vida. Mucho se habla estos días de la enorme dacha de Stalin, pero poco se comenta el precioso detalle de que durmiera en el sofá.

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Una de las dachas de Stalin. Todo es poco para los amados líderes

La pobreza es una condición necesaria para que la extrema izquierda prospere, y desde luego un efecto de sus políticas económicas, pero de ahí a exigirles a sus dirigentes moderación franciscana dista un abismo. Es sin duda el enemigo capitalista quien pone en circulación tales despropósitos, conocedor como es de que si los gobernantes comunistas fueran obligados a vivir en las mismas condiciones que sus gobernados, volverían los casinos a La Habana en dos telediarios.

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Utilizada por el líder norcoreano Kim Jong-un, la residencia Ryongsong se puede ver desde el espacio, como al propio Kim

Nos estamos volviendo todos imbéciles

Disculpen la acritud del título, pero creo que alguien tiene que avisarnos de la gravedad de la situación antes de que todo esto se vaya al cuerno.

Resulta que los medios nos dicen que expertos se reúnen para tratar de poner coto a las noticias falsas (para colmo de males, los medios españoles las llaman fake news, es decir, noticias falsas, lo que viene a ser tan estúpido como si los medios españoles llamaran houses a las casas o coach al sacamuelas de toda la vida).

Hay preocupación. Los medios están preocupados por las noticias falsas.

Los medios, esos que convierten en titular la ocurrencia resaquil de un adolescente con Twitter, están preocupados por las noticias falsas.

Los medios, los mismos que se hacen eco de los insultos que recibe Fulano o Perengana por estar demasiado gordo, o demasiado delgada (críticas que, por cierto, requieren el nivel de misantropía del doctor Mengele y el nivel intelectual de una garrapata), se hallan turbados por las noticias falsas.

Los medios, esos que comenzaron exagerando y terminaron mintiendo en los titulares digitales para conseguir un par de miles de clics más, andan cariacontecidos por las noticias falsas.

A poco que algún pez gordo le pegue a la neurona sin que esta le estalle, es posible que en alguno de los conciliábulos en que unos y otros muestran su preocupación por las noticias falsas terminen por inventar algo parecido a lo que llamábamos periódicos.

Los periódicos eran reconocibles por su cabecera, por su nombre, y esa cabecera constituía su bien más preciado, pues iba ligado irremisiblemente al nivel de credibilidad que hubiera ameritado cada cual a lo largo del tiempo. Para conseguir esa credibilidad, es decir, para ser fiables, los diarios contaban con la ayuda inestimable de sus reporteros y corresponsales, que aparte de saber escribir (utilísima destreza ahora en desuso) se sabían depositarios de ese capital intangible, además de estar pertrechados de una deontología que se tomaban muy en serio.

Así, por muy alejado que se encontrara el foco de atención, intrépidos periodistas viajeros —pienso en los corresponsales que aparecen en Miguel Strogoff— constituían los ojos y oídos de periódicos, radios, televisiones y agencias, lo que disminuía en gran medida la posibilidad de engañar a los lectores, oyentes, espectadores o a otros medios.

Esto —por lo visto— solo ocurría antes de que los medios se dieran cuenta de lo económico que resulta meterse en Twitter o Instagram para fabricar una noticia. No invento nada: que El País se haga eco de como acémilas con móvil (no voy a intentar expresar con palabras lo perjudicado que hay que estar mentalmente para hacer escarnio público del aspecto físico de otra persona) se sienten capacitados para censurar el comportamiento de los demás es un asunto dramático por muchos motivos, pero sobre todo por el que aquí se trata.

Si el auge de las redes sociales ha ido paralelo al de las noticias falsas, lo que deberían hacer los medios de comunicación es dejar de escandalizarse y comenzar a pedir perdón. Primero, porque quienes están dando pábulo a chorradas, y por tanto fomentándolas, son ellos. Segundo, porque su dejación de funciones al dejarse llevar por la noticia de plástico —insustancial pero perniciosa— ha dejado un vacío informativo que se está llenando de imbéciles.

Pinocho

«No sabíamos que publicar basura sería malo para nuestra credibilidad»

Si los medios han preferido la cuenta de resultados a hacer bien su trabajo (y no me saquen la crisis que les saco el sueldo de Cebrián), lo último que deberían hacer es poner cara de sorpresa al contemplar el desaguisado subsiguiente, o la expresión sepulcros blanqueados terminará por salir a la palestra.

Lo que soy y mis ropajes

Uno, dos, tres es quizá la película más rápida de la historia. Su protagonista, James Cagney, quedó tan extenuado que se pasó los siguientes 20 años descansando (véanla y díganme si podemos culparlo por ello). Como La vida de los otros, transcurre en la República Democrática Alemana, aunque me temo que ahí acaban los paralelismos. En la película de Wilder, rodada tan solo 16 años después de la caída de Berlín, aparecen al menos dos nazis silenciosos: ciudadanos que en 1945, en cuestión de meses, habían pasado de vivir en un país fascista a hacerlo en uno comunista (la RDA es el Jorge Vestrynge de los países), lo que los abocaría a vivir disimulando su pasado.

La pregunta es obvia: ¿Cuántos se verían obligados a hacer lo propio? y deriva en una pregunta más importante: ¿Cuántos fervientes fascistas se reconvirtieron en cuestión de milisegundos en fervientes comunistas? ¿Cuántos oficiales nazis cambiarían la calavera por el martillo, la Gestapo por la Stasi, el horror por el horror?

Para contestar esta segunda pregunta, como para tantas cosas, seguramente sea mejor conocer la naturaleza humana que recurrir a artículos académicos.

Desde la perspectiva del espectro izquierda-derecha puede aducirse que el fascismo está completamente alejado del comunismo (lo que no puede ser más falso), pero incluso aceptando esa tesis hay algo evidente: cualquier alemán oriental que en los años 30 tuviera cierta inclinación hacia el pensamiento único y la violencia habría pasado a engrosar diligentemente las filas del partido nazi; cualquier alemán oriental que en los años 50 tuviera cierta inclinación hacia el pensamiento único y la violencia habría pasado a engrosar las filas del partido comunista. Es decir: la respuesta es sí. Muchos.

Maquiavelo, uno de los autores más malinterpretados e infravalorados de la historia, aconseja en El príncipe, una vez se haya tomado una ciudad, confiar más en aquellos que más oposición presentaron, en aquellos que con más tenacidad combatieron al invasor. Una vez ganada su confianza, esos seres defenderán con el mismo ímpetu la nueva causa. La lealtad es una cualidad del ser. Servir a uno u otro señor es un accidente, un ropaje.

La ideología es la excusa que adoptamos para justificar lo que somos. Es la ropa que nos ponemos para no avergonzarnos de nuestra desnudez. Es una exención de responsabilidades y una proyección de nuestra finitud. O, dicho sin perífrasis, la ideología da ascopena.

Alyosha

Los ejemplos nunca vienen mal: los ropajes de un inquisidor católico y los de un calvinista ginebrino son distintos (se disfrazan de enemigos, de hecho), pero su esencia es la misma: pirómanos integristas con alergia a la verdad. Los ropajes de quien cada domingo insulta a Javier Marías y los del senador McCarthy son distintos, pero su esencia es la misma: ágrafos con más voz que graduado escolar. Los ropajes de un censor franquista y los de las «educadoras» que quieren prohibir a Pérez-Reverte pueden ser muy distintos, pero su esencia es la misma: estrechos a quienes pone mucho que alguien los escandalice.

Elegir un ropaje y calzárselo es sencillo, se puede hacer silbando; educar las fallas de lo que uno es es complejo y engorroso: no lo duden. Elijan lo segundo.

El monorraíl

Hace unos días tuve el horror de presenciar como un churumbel de 10 primaveras mantenía una lucha sin cuartel con su tableta para lograr terminar una sencilla operación aritmética. La operación era sencilla, pero a Dios pongo por testigo que lidiar con la pantalla táctil de un iPad no lo es tanto.

El ser humano se ha beneficiado de siglos de inusitada creatividad que vieron nacer el cincel, el cálamo, la gubia, el lápiz, el pincel, la estilográfica, el bolígrafo y hasta la imprenta de tipos móviles para terminar escribiendo con el puto dedo.

Por lo visto era cuestión de digitar, no de digitalizar. Si el colegio de sus vástagos ha tomado la controvertida decisión de dejar en manos de Silicon Valley la educación de aquellos y Vd. muestra algún interés por sus tareas vespertinas, seguramente haya protagonizado algún diálogo similar a este:

—¿Pero empieza ya, no?

—Es que tarda en aceptar la contraseña. (Esta respuesta es intercambiable por «Es que está sin batería, voy a por el cargador», «Es que no pilla el wifi» [no nos engañemos, esto es España] o «Es que no se cargan los libros»).

O a este:

—Ve un momento a la página 37.

—Yo voy, pero no va a ser un momento.

O a este:

—¿Por qué estás repitiendo eso?

—No se había guardado.

O mi favorito:

—Eso lo puedes buscar en Safari.

—Lo tenemos capado ¿…? (Sí, amigos, en más de un colegio la digitalización implica no poder usar Internet).

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Antes de que se me tache de luddita quiero aclarar una cosa: no tengo nada en contra de las tabletas como no lo tengo en contra de las secadoras, los marcapasos o el diferencial autoblocante, pero ello no obsta para que esté firmemente convencido de que de momento las tabletas no han demostrado sus ventajas sobre los libros (podría aducirse la del peso, pero un poco de ejercicio físico no ha hecho nunca mal a nadie). Más bien al contrario: los alumnos pierden capacidad de concentración ante la avalancha de estímulos. La introducción de las tabletas como medios de estudio ha producido la misma paradoja que la introducción de los móviles en el resto de actividades humanas: tenerlo todo al alcance implica no acceder a nada. Los vídeos de gatetes golean a la Wikipedia. El perro de Abraham Mateo tiene 80 000 seguidores.

Más importante es, empero, el verdadero significado de las tabletas y el supuesto giro copernicano que representan: prestar atención a lo accesorio para volver a perder de vista lo sustantivo. Congresos educativos sobre digitalización. La revolución cognitiva. Engañifas: ninguna importancia tiene la tableta ni el bolígrafo ni el cincel mientras no atajemos el problema principal: profesores que no saben contestar a la pregunta «¿Por qué estudiamos sintaxis?».

El problema es de contenidos y no de medios; de conocimiento y no de métodos. El principal drama de la educación es que una generación que cuando escucha la palabra «Aída» piensa en una serie de dudoso gusto le está intentando enmendar la plana a una generación que cuando escucha «Aida» piensa en una ópera de Verdi.