Ustedes son muy jóvenes, pero en 2023 dos imbéciles con una motosierra talaron uno de los árboles más legendarios de Inglaterra. Lo reconocerán inmediatamente si vieron Robin Hood: príncipe de los ladrones (1991). El árbol, un arce blanco de unos 150 años, estaba doblemente enmarcado por un valle glaciar y por el muro de Adriano, nada menos.
Los imbéciles también dañaron el histórico muro: nunca conviene infravalorar el poder destructivo de un borracho con una motosierra. En 2025 les cayeron 4 años y pico por cabeza (es un decir), pero uno ya está en la calle por la perversa aritmética de los países garantistas.
Niños sin raíces
Una aclaración previa: los neopedagogos (ya saben, «Todo estaba mal hasta que llegué yo») y toda la caterva de ignorantes que niegan la tradición y la cultura lo hacen porque son incapaces de comprender su calado y subsidiariamente por pereza y afán de venganza, no por un posicionamiento intelectual sofisticado, que es lo que ellos creen.
La expulsión de Cervantes, Sor Juana Inés y Quevedo de las aulas (hasta el punto de que los universitarios no los pueden comprender) ha tenido un efecto demoledor sobre la capacidad de los ciudadanos para afrontar la realidad o, en palabras de Tzvetan Todorov, «para responder mejor a nuestra vocación de seres humanos».
Ese jueguito de aplanamiento intelectual tuvo ganadores, no crean: no tanto los neopedagogos, sino sobre todo los neocapitalistas y los políticos (aquí no cabe el neo- porque los políticos ya eran inicuos cuando Pericles) que obtienen beneficios tangibles de los cerebros en barbecho de clientes y votantes respectivamente.

Fahrenheit 450
Ya sé que la imagen anterior es dura, pero ya nos avisa Proust de que solo se puede comenzar a combatir el dolor cuando se experimenta en toda su plenitud.
Estos ignaros quieren la combustión de los libros, su total desaparición, pero aspiran a una combustión sin llama porque de otra manera quedaría mal en TikTok. El neopedagogo vive muy atento a TikTok.
No van a ganar, pero conviene que nos vayamos remangando para impedirlo. No van a ganar porque los imbéciles no comprenden aquello contra lo que luchan. Las raíces que pretenden arrebatarnos son más profundas de lo que ellos creen.
Cada elemento cultural se entrelaza con todos los demás. Leer un libro es leer todos los libros. Los neopedagogos de mediados del siglo pasado (este problema no es nuevo, solo está llegando a su paroxismo) creen que la cultura es una mezcla de conocimiento elitista y acumulación erudita, pero no es ninguna de las dos cosas: la cultura, especialmente en su manifestación literaria, es un rico tejido que fluye por la historia para explicarnos qué somos y acercarnos a la felicidad. Privar de ella a las nuevas generaciones solo puede obedecer a una ignorancia suprema o a un odio enfermizo. Probablemente a los dos.
Tejido no es aquí una palabra al azar ni una metáfora de texto. Ambas proceden de texere, «tejer», esta vía cultismo y aquella vía verbo patrimonial. Son, por tanto, la misma palabra. Tejer, entrelazar. Los romanos sabían que el texto no es lineal, que las palabras flotan y se sumergen, emergen y se hunden en una estructura compleja y genial.
No en vano tejen Penélope y la dama de Shalott. No en vano teje la Doña Añada de La guerra silenciosa, ciega como Borges y Homero, «los desastres y triunfos por venir» en los ponchos de Agapito Robles. En el tejido, como en el libro o en el ser humano ocurre aquello que ocurre en todo lo que interesa y que no terminamos de entender: que el todo sea más que la suma de las partes. Cada vida es un hilo, pende de un hilo como saben las Moiras y Teseo y Damocles. Pero al entrelazarse, al abrazarse en trama y urdimbre se vuelven fuertes, aceradas, inmortales: escribir es debelar al tiempo y al olvido.
La cultura es, entonces, un tejido de tejidos cuyos márgenes (cuyos intersticios, más bien) habitamos. Ni el hombre más malvado, aunque quisiera, podría talar todos los árboles. Átropo, la Moira de las tijeras, llora al ver el tapiz de Bayeux (que, por cierto, acaba de llegar a Londres): al encargar su bordado, Odón de Conteville ha convertido en inmortal a su hermano, Guillermo el Conquistador.
El maestro
En algún momento de los años 20 y durante un viaje por Alemania, Tolkien compró una postal que reproducía Der Berggeist (el espíritu de la montaña), de Josef Madlener. Sabemos por su propia mano que la figura del anciano barbado con capa de viaje y sombrero de ala ancha que parece alimentar a un cervato blanco sería el «origen de Gandalf».
Pero el Berggeist no es la única fuente (y acabo de colar aquí una referencia finísima) de donde procede Gandalf. Tanto a través del viejo de la montaña como de las propias lecturas de Tolkien y de forma completamente orgánica, consciente o inconscientemente, en Gandalf respira desde el mago Merlín hasta el Judío Errante (que fue condenado a vagar por la tierra hasta la Parusía por burlarse de Jesús camino del Gólgota) pasando por los nórdicos Odín y Väinämöinen. Tolkien leía el Kalevala en finés, porque podía, y que a Väinämöinen lo rescate un gran águila en la gran epopeya finlandesa, unido al aspecto del sabio anciano en los murales de Gallen-Kallela, deja suficientemente claro lo que Mithrandir debe a Väino.
Gandalf, como personaje salido aislada e íntegramente de la mente de un escritor, simplemente no existe. Hace falta toda una civilización para llegar a Gandalf. Haría falta acabar con toda la civilización para matarlo. En ello están.
Pero no se preocupen: podrán echar tierra sobre todos ellos, incluyendo a Alixandre de Fleury. Podrían quemarlos a todos ellos en una pira, como los nazis, pero les daría igual, porque volveríamos a escribir sobre el viajero, sobre el mago y sobre el sabio. A las pruebas me remito: el tocón del arce sicomoro que abre esta entrada ha vuelto a brotar. Harán falta siglos para que recupere su esplendor. No pasa nada, no tenemos prisa.



