Si nos callamos (nuevo manual del prudente)

Uno de los múltiples efectos perniciosos de la corrección política es haber convertido las redes (ese amasijo de obviedades y narcisismo) en la excusa perfecta para que nos entreguemos a dos de nuestras pulsiones favoritas: opinar y/o quejarnos. Pero lo verdaderamente fascinante de Internet es que cada opinión y/o queja se convierte a su vez en la espoleta que desencadena una nueva opinión y/o queja.

Lo de opinar es muy nuestro, muy de bar. Expertos en geoestrategia andan totalmente colapsados ante la complejidad y el horror de la guerra civil siria, mientras que cualquier españolito de a pie, a poco que uno bucee en su Twitter, demuestra tener la opinión más formada y firme sobre lo que allí ocurre, quiénes son los malos y qué habría que hacer (o no hacer) en un conflicto que implica a su vez conflictos milenarios de intrincadísimas implicaciones. Con maniqueísmo alucinante, y dejando una vez más que la ideología piense por nosotros, cada cual imita la posición del gurú dominante de su facción y lo parafrasea con más o menos éxito. Lo de menos son los hechos, la ética y hasta la propia verdad (para otro día la posverdad, penúltima estupidez posmoderna): lo importante es recibir el aplauso de los miembros de la propia secta, movidos a su vez por la misma ideología fantasmagórica y huera que nos impide a todos pensar.

Lo de quejarnos tiene una función distinta. La queja aumenta/justifica la sensación de que todo lo malo que nos pasa es culpa de los demás, o del destino, o de Hacienda, y que somos unos pobrecitos que nunca conseguiremos lo que nos merecemos porque cargamos con la maldición de Jonás y todos nos odian. Lo que debería ser un foro de intercambio de opiniones se está convirtiendo en un certamen de pieles finas. Allá donde uno vaya a ejercer su libertad de expresión aparecerá un callo deseando ser pisado. Atropellar a un colectivo minoritario es lo más probable en cuanto uno planta el dedo en la tecla. No conviene olvidar, no obstante, que los que más se quejan son los que luego, a los mandos de sus enormes e innecesarios troncomóviles, mantienen vírgenes las palancas de sus intermitentes. Son aquellos que circulan por el carril del centro porque les resulta más cómodo. Aquellos que, subidos a sus hipsterísimos velocípedos, siembran el terror entre los venerables ancianos que ignoraban que las aceras se hubieran convertido en la Lieja-Bastogne-Lieja. Ya dicen en La edad de la inocencia que «son aquellos con los peores cocineros quienes siempre acusan a los demás de envenenarlos cuando cenan fuera».

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“Cómo arreglar tu vida quejándote de todo”

¿Qué hacer, entonces, ahora que incluso el Estado se ha convertido en una triste comadre rastreando oportunidades de escándalo? Pues darles escándalo. Porque, como dijo Burke, «para que el mal triunfe solo es necesario que las personas buenas no hagan nada». O no digan nada. Por definición, es la gente más prudente quien pasa más desapercibida, porque es su voluntad no ofender a nadie. Pero las cosas están tan mal (Brexit, Trump, comunismo postadolescente) que, si los prudentes siguen callados, la elocuente ignorancia terminará por dirigir el cotarro. Son aquellos que dicen disparates los que vocean más alto, y conviene contrarrestar su pancartismo megafónico con un poquito de escandaloso sentido común.

Porque a esta delirante corrección política que nos asuela no hay nada que le escandalice más que las obviedades, las verdades en deshabillé o las dosis intolerables de realidad, que resultan ser cualesquiera dosis de realidad.

Démosle la vuelta a la prudencia para defendernos del invasivo tropel de ágrafos con acceso a Twitter. Pensemos. Hablemos. Escandalicemos.

Cinco películas entusiásticas

Un ser humano me pidió una lista de películas y aquí van. Como ese ser humano es puro entusiasmo, sobre el entusiasmo son las películas. La lista es de cinco, para que el homenaje sea a seis películas.

5. The Paper (Detrás de la noticia, 1994)

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Como Luna nueva, con Cary Grant, Detrás de la noticia es una película que te hace desear ser periodista cuando nunca habías tenido la menor inclinación. Si dedicas tu vida a hacer algo que te tiene al borde del colapso y aniquila tu vida social y familiar a cambio de un sueldo mísero, pero necesitas esa mierda como el oxígeno, es que eres un cabrón muy afortunado.

4. Sing Street (2016)

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Que un ser que no conoces de nada te recuerde por qué merece la pena hacer cada insignificante detalle de tu vida poniendo todo el alma es lo que denominamos cine. Si las palabras take on me te hacen pensar instantáneamente en un cómic dibujado a lápiz es absolutamente imprescindible que la veas.

3. The Winslow Boy (El caso Winslow, 1999)

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No conozco ninguna película que consiga ser tan sutil siendo tan consistente ni tan elegante siendo tan trascendental y ponga en el empeño tan poco artificio. No sé si alguna película es perfecta, pero a esta le cambias una mirada, una preposición o un mohín y te la cargas. Es un castillo de naipes hecho de castillos de naipes.

2. The Untouchables (Los intocables de Eliot Ness, 1987)

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¿La cena más mítica de la historia?

Todo en esta película es mítico. Como en la anterior, se podría pensar que su relación con el entusiasmo es espuria, pero eso es solo porque nos centramos en «1. m. Exaltación y fogosidad del ánimo, excitado por algo que lo admire o cautive» y obviamos «2. m. Adhesión fervorosa que mueve a favorecer una causa o empeño». Por si fuera poco ver a Connery y De Niro at their best, además sale Chicago como para mudarse.

1. Dead Poets Society (El club de los poetas muertos, 1989)

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«Carpeeeee… carpe dieeeeem»

Esta no es una película sobre el entusiasmo. Esta película es el entusiasmo. Es posible que, teniendo en cuenta cómo estaba el mundo y la educación en los 80, a algunos de nosotros solo un disparo tan resonante como este pudiera salvarnos de convertirnos en ejecutivos agresivos. Peter Weir consiguió que Robin Williams no llevara a Keating al terreno del histrión, que no es poco, pero da igual; es una de esas películas privilegiadas que a nadie importa si son buenas o muy buenas: yo, es ver a Ethan Hawke poner un pie en la mesa y se me desmelena el lacrimal.

Ah, y sí, por favor, arrancad esa maldita hoja del libro de Lengua.

La motivación

Una de las principales metas de un profesor comme il faut es dar clase a alumnos motivados. Un discente motivado rinde más y mejor, lo que favorece un canal de comunicación más amplio y fluido y por tanto un aprendizaje más veloz y significativo. Un profesor que no sepa motivar a sus alumnos es como un entrenador que saque a los jugadores al campo sin ganas de comerse la hierba. Puede transmitir los mismos conocimientos pero obtendrá peores resultados

pero

un alumno no debe esperar, y menos exigir, que nadie lo motive. Si un alumno no encuentra estimulante el conocimiento, lo mejor que puede hacer es terminar Secundaria (además, ya no hace falta aprobar) y dedicarse a algo que no requiera la menor actividad cerebral, como por ejemplo la política. Si hemos construido una aldea en la que poder aprender cosas no es considerado un privilegio envidiable, la influencia de un profesor será pasajera e ineficaz, pues una aldea iletrada y orgullosa de serlo termina siempre por abandonar el conocimiento para caer en manos del chamán y sus métodos, que consisten en no hacer nada y esperar que los dioses—el Estado, en nuestro caso— provean.

Es terrible que decir obviedades haya pasado a ser escandaloso. Los estudiantes no hacen un favor a nadie por estudiar, a nadie más que a sí mismos. Estamos creando una caterva de tiranos analfabetos que cree que el mundo funciona según una cosmovisión optimista hasta el ridículo que cree que todo ocurre con solo desearlo, apoyados en la retórica sofista de unos «líderes» que prometen cal y dan arena: vendedores de humo a quienes nuestro futuro les importa la diezmillonésima parte de nuestro voto, que es su poltrona, y de unos progenitores que se comportan como adolescentes y que prefieren distraer a sus retoños con una tablet a implicarse en el proceso asombroso y deslumbrante de su aprendizaje

porque

da igual si hace falta o no toda una aldea para educar al niño, el caso es que en efecto toda la aldea termina por educar al niño. El cerebro de un crío no decide a qué horas absorbe información (de hecho, está más receptivo fuera de clase). Educamos a nuestros vástagos mientras hacemos la compra. Los educan los conductores de autobús y las policías. Los educa la Play. Los educan Jorge Javier Vázquez y Belén Esteban. Los educan los libros que leemos y las conversaciones que tenemos en casa, comiendo con la tele apagada. Los educan el «¡pero saca a Miguelín!» y el «¡ponte gafas, arbitrucho!». Los educa el «ya se acaba lo bueno» de septiembre y el «no hizo los deberes porque no me dio la gana a mí». Y los educamos los profesores, claro, profesores que no leen y que comparten la opinión generalizada de que ser culto es ser «un friki» o, lo que es peor, «un motivado»

por tanto

los argumentos que culpan a los demás son perniciosos, porque nos debilitan como aldea. Asumir la culpa como propia es productivo y nos fortalece. Es más fácil culpar a los presupuestos, a los planes o al lucero del alba, pero si tienes, pongamos, más de 13 años y vives en España, un país donde las bibliotecas son gratuitas y las casas (todavía) están llenas de libros por leer, si eres un completo analfabeto la culpa es tuya.

Las deudas de Púgil con bombín. Los once últimos

Hay 33 relatos en Púgil con bombín. Los once primeros están aquí y los once centrales aquí. Estos son los once últimos:

Muerte de P estuvo a punto de llamarse La perla del Báltico.  De alguna manera está enlazado con El duelo y con La ausencia. La pena puede ser tan hermosa…

Los recuerdos de Arati Nakawa condensa una historia detectivesca que creo que habría gustado Philip K. Dick. Acabo de caer en la cuenta de que el profesor Garnius no existiría sin Hannibal Chew. Quién tuviera un mono roba-cerebros.

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Hannibal Chew, trasunto del profesor Garnius

De cómo Sir Archibald mató al dragón (y este a su vez lo mató a él) le debe la puesta en escena a El maravilloso mundo de los hermanos Grimm, y es una contrafigura de Alonso Quijano: cambia quimera por conocimiento pero termina en las mismas.

Gótica 6 tiene un registro totalmente distinto a El señor Spider (que a su vez emparenta con La mano) pero tiene el mismo protagonista: una casa que mata. Ah, Flambeau se lo robé a Cherterton.

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Al señor Spider ya lo había espabilado el padre Kerrigan

El duelo a punto estuvo de dar título al libro, pero ahí el doctor Cremades estuvo perspicaz. Representa, en todo caso, el meollo de Púgil con bombín. No cabe hablar de él; solo leerlo.

Solo tengo diez minutos no es, como parece, un relato inacabado, pero hay quien no encuentra el espíritu de la montaña… Se trata de leer con atenta calma.

Me resulta muy especial Hacha de tala. No me gusta la literatura autorreferencial pero Hacha de tala lo es. Y el relato dentro del relato esconde alguna sorpresa, por cierto, que no me consta que haya sido descubierta. En cuanto a tuétano del libro, forma pareja El duelo.

De un hombre pobre fue publicado en este blog. Es un homenaje casi plagiario al Siddharta de Hermann Hesse.

El coleccionista trata la única grandeza posible: la de las cosas nimias. Solo cabe poner el alma en lo que el ocaso se llevará de un soplo.

La clave de La ausencia me llegó en un escalofrío. Acaso el tema haya sido tratado pero Eduardo le da otra vuelta de tuerca.

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El apaciguamiento

No es necesario saber nada de historia para sobrevivir, pero en el caso de que uno tenga aspiraciones superiores a las de una vaca, una de las ventajas que encontrará en conocer la historia es que reduce las posibilidades de quedar retratado.

En 1937 el ministro de Hacienda del Reino Unido, Neville Chamberlain, sucedía a Stanley Baldwin como primer ministro de la pérfida Albión. Como es notorio (aunque las fotos de adolescentes haciendo el chorra en el monumento del Holocausto de Berlín induzcan a pensar que el asunto se va olvidando), los fascistas llevaban tiempo anticipando el horror en que sumirían al mundo un par de años después, así que al bueno de Chamberlain le tocaba bailar con los más feos.

La postura de Chamberlain ante Hitler y Mussolini puede tacharse de muchas cosas, pero no de firme. Si los italianos invadían Abisinia, «aquello nos pilla muy lejos» (casi literalmente). Si los alemanes se anexionaban Austria o presionaban sobre una parte de Checoslovaquia (aliada del Reino Unido), tal día hizo un año. En la conferencia de Múnich de 1938, Chamberlain entonó algo así como el «protesto enérgicamente» de Algunos hombres buenos, violentísima amenaza ante la cual Hitler debió quedarse más o menos como estaba. Visto que allí pintaba lo que Zapatero en la ONU, Chamberlain decidió dejar vendidos a los checos y volver a casa intentando vender como hábil estrategia política lo que había sido a la vez traición, cobardía y debilidad. «La paz para nuestro tiempo», dijo haber conseguido. Su sucesor, algo más perspicaz, lo corrigió: «A nuestra patria se le ofreció entre la humillación y la guerra. Ya aceptamos la humillación y ahora tendremos la guerra». Con razón le dieron a Churchill el Nobel de literatura.

De lo bien que funcionó el apaciguamiento de Chamberlain está llena Europa de cicatrices: las buenas palabras resultan totalmente inútiles cuando uno trata con salvajes.

Esto viene a cuento de los juegos florales que el exmadridista Raúl le dedica últimamente al club independentista que comparte ciudad con el RCD Espanyol. El hombre se afana en caerle bien a todo el mundo, porque quizá ignora que cuando se trata con nacionalistas que prefieren la segregación y el enfrentamiento —nos odian, querido Raúl, por mucho que tú y otros valdanistas hagáis la vista gorda—, cualquier signo de debilidad no será considerado como una oportunidad de acercamiento sino como una señal para que los victimistas malcriados como Gerardo P. nos insulten e intenten humillarnos. Ahí tienes a tu excompañero Luis Enrique, que dice ser más radical que Gerardo P.; o a Javi Hernández, el amigo de Iker, que debe de tener serios problemas de acidez por tanta bilis acumulada.

El permanente lloriqueo barcelonista es el permanente lloriqueo independentista. La eterna reclamación por un daño no recibido es el recurso infalible, porque quien está profundamente acomplejado necesita culpar de sus taras al otro, al enemigo. Y es que no, no tenéis razón. Nadie os roba (pujoles aparte). Nadie os oprime. Nadie os impide hablar catalán. Nadie os debe nada; dejad de quejaros. Sois los únicos responsables de vuestros problemas, así que no busquéis más chivos expiatorios que vuestra propia ceguera.

No creo que el fútbol esté basado en la comparación de esa entelequia de «los valores de un club», y no sé muy bien qué valores encarnan unos y otros, pero sí sé quienes pitan los himnos y lanzan al campo cabezas de cerdo.

Lo único que consigue el apaciguamiento es que el bicho crezca. No se tiende la mano a quien aprovechará para morderla. Iker pareció empezar a entenderlo demasiado tarde, y no sé si Raúl será más rápido. Mientras, yo sigo animando al club independentista que comparte ciudad con el Espanyol a que persevere en su salida de la Liga y de todo lo que esta significa (esa imaginaria opresión insoportable): seguro que fuera se está mucho mejor. Tenéis todo mi apoyo; yo votaré sí.

Alsasua y los enemigos de la razón

Hace unos 500 años la humanidad comenzó a decantarse de manera inequívoca por la razón. El Renacimiento no le dio la espalda a la religiosidad imperante, pero sí comenzó ―muy lentamente― a embridarla y sacarla de la esfera política y confinarla en el sistema de creencias de cada cual. Unos dos siglos después, la Ilustración le daría el espaldarazo definitivo a la pulsión racionalista través de la obra de una serie de pensadores de extracción burguesa.

Hasta aquí lo que dice la historiografía, a la que le gusta tanto generalizar como categorizar; tanto buscar rupturas como definir periodos, épocas y edades. Creo, no obstante, que en este asunto de la vigencia de la razón vale más estar alerta que dar el trabajo por concluido: si bien razón y ciencia gozan (en teoría) de la más alta consideración, andamos muy lejos de haber finiquitado la lucha.

La lista de las piedras que la razón ha encontrado en su camino a lo largo de la historia es variada, e incluye el mito, la religión, la falsa moral o el arte (André Breton decía no sé qué de disparar a la multitud en el segundo manifiesto surrealista) y otras menos patentes pero igualmente perniciosas como el qué dirán, la superstición o la complacencia en la propia ignorancia. ¿Cuál es, entonces, el enemigo actual?

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Resulta ser uno que, como algunos de los mencionados, se disfraza de razón. Uno que llegó hace un par de siglos y triunfa ante nuestras propias narices: la ideología política. No la ideología como paquete de creencias y opiniones de cada individuo, sino como conjunto de principios rectores externos que nos dicen qué pensar, qué decir y qué opinar sin tener que remangarnos para bregar con lo incomprensible ni levantarnos jaqueca de tanto cavilar. La ideología se adopta en un momento dado (mejor cerca de la juventud, donde suele meterse el cuezo con más determinación y frecuencia) y luego solo hay dejarse llevar con el cerebro en stand-by.

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La influencia de la ideología (esa fantasmagoría alucinante que nos convierte en carcasas) puede ser tan malsana que uno termine por confundir sus dictados con la realidad. Uno puede, por ejemplo, terminar por ser tan pepero que la corrupción estructural de su partido y la mentira crónica de su líder se le pasen por alto, lo que puede aplicarse al PSOE (por cierto, ¿por qué no pedirle a Javier Fernández que se quede?) y a todo aquel partido que haya pisado moqueta un número suficiente de años. Uno puede, en el peor de los casos, terminar así. Esa mirada perdida. Ese ausencia monocorde. Ese «en la defensa de las garantías del Estado de Derecho está el no entrar en una situación de pánico moral que nos obligue a la ciudadanía a estar en una dicotomía de estás con los terroristas o estás con las víctimas, o algo parecido». Juro que dice «o algo parecido». Para Eduardo Santos Itoiz, diputado de Podemos, elegir entre terrorista y víctima (entre revólver y nuca, no olvidemos y no los olvidemos) es efecto del «pánico moral». Yo no sé lo que es el «pánico moral», pero sí sé lo que es un malnacido, y como estoy convencido de que Eduardo no lo es, ha de ser la ideología la que habla por su boca. Esa ideología de extrema izquierda que, sin que yo pueda explicarlo, siente tanta cercanía emocional con los terroristas. De ahí su pose de espantapájaros sin cerebro, aunque lo que parece no tener es corazón. Eduardito, además, tira tanto de piloto automático que traiciona el discurso oficial de los suyos: ¿no era que lo de Alsasua no había sido terrorismo? ¿No fue una pelea de bar?

Ay, es lo malo de rebosar ideología: que uno termina por no decir. Por no estar. Por no ser. Uno tira de ideología y ya no tiene que elucubrar, ni ser valiente, ni nadar como el salmón (aunque hay que puntualizar que otros diputados de Podemos así lo han hecho, negándose a firmar el manifiesto de apoyo a los mamporreros). Uno tira de ideología y opina con vehemencia sobre un delito cuyo auto no ha leído. Una tira de ideología y comienza a ver enemigos donde veía interlocutores; acaba por pensar, con Sartre, que «el infierno son los otros».

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La ideología es un narcótico para la razón. El sueño de la razón produce partidos políticos

Con lo bonito que es reconocer una estupidez la diga quien la diga. O la verdad, ya puestos, la diga Agamenón o su porquero. Necesitamos una segunda Ilustración pero no nos lo están poniendo nada fácil.

Yo votaré sí. (El cetro de los Pujol)

Nota praevia #1: Que conste que al romántico anticuado que vive dentro de mí le encantaría que todo el mundo se independizara y Europa fuera una amalgama de Syldavias tradicionalistas y vernáculas, con sus platos típicos y sus cetros de Ottokar. Práctico no sé si es, pero todo lo que camine en sentido contrario del pensamiento único y la uniformidad es bancado en este blog. Ocurre que, de momento, las cosas están como están.

Nota praevia #2: Si usted tiene el más ligero conocimiento sobre cómo se organiza una sociedad civilizada, quizá encuentre tautológica la presente entrada. Pero es que empiezo a pensar que algunos de los voceros del procés realmente se creen lo que dicen.

He aquí las perlas:

«En una democracia no hay que tener miedo a las urnas»

Ni a los perros con bozal. Esa es una de las frases que no significan nada pero suenan mucho. El problema no son las urnas, es que la Constitución nos reserva a todos la potestad de convocar los referendos. No solo a los García ni a los Mas. A todos, a través de sus representantes. La democracia no está en contra de que se vote. Está en contra de que se viole la ley. A mí, por ejemplo, la independencia de Cataluña no me parece mala idea (así saciaría mi curiosidad sobre qué pasa en Cáceres; en casi 40 años viendo telediarios nunca me han contado qué pasa en Cáceres), pero el problema es que solo las Cortes podrían convocar ese referendo y de momento no lo han hecho (así que seguirán siendo parte de España y yo seguiré recibiendo mi información regional exclusivamente sobre Cataluña).

«España no es una verdadera democracia»

España es una democracia más que respetable. No lo digo yo (que también) sino la Unidad de Inteligencia de The Economist, que suena mucho más rimbombante. De hecho, ellos utilizan la expresión «democracia plena», con 8,30/10. Solo diré que nos coloca a solo 6 centésimas del Reino Unido (son ingleses) y por delante de Japón, Estados Unidos o Francia. De hecho, es el marco jurídico español el que da cobertura a los derechos y libertades en Cataluña. Hay democracia en Cataluña porque Cataluña pertenece a España. Si formara un Estado nuevo, la tendría o no en función de su ordenamiento. E insisto, a mí no me importaría que lo formara, pero sin saltarse la Constitución de mi país, que entre otras cosas tuvo un apoyo en Cataluña del 90,46 %.

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«Derecho a decidir de los pueblos y de la gente»

Los lectores de este blog (los dos) saben de mi veneración por el jacobino de la coleta. Monte su propio pensamiento político con solo 140 caracteres. Entre la frase que da título a este epígrafe y «la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado», dista un abismo, hay más de dos mil años de filosofía política. Frente al eslogan escuálido del montañés de la perilla , el trocito de nuestro artículo 1 supone un buen pedazo de jugoso solomillo. Ahí dentro están Altusio y su contrato, el iusnaturalismo de Hugo Grocio, la utopía de Tomás Moro, Hobbes  y su descreído Leviatán, y Locke y Montesquieu y Hegel y Bentham. Pero claro, ahora que hemos decidido ser vacas, ahora que tener cualquier tipo de conocimiento nos parece pernicioso, más vale tragarse una coletilla insustancial que intentar subirse a hombros de gigantes, con el vértigo que debe de dar eso. Otra cosa no, pero qué bien nos conoce el novio de la Montero.

Europa-de-las-naciones

El paraíso de Tintín. Como puede verse, lo del derecho a decidir no procede para valencianos ni baleares. Adivine, por otra parte, quién pagó al cartógrafo (en efecto, usted)

«España nos oprime»

Mire, esto es cierto. España, a a través de la Generalidad de Cataluña (que forma parte de la Administración española) y de sucesivos gobiernos del PPSOE inoperantes, oprime a millones de catalanes que no pueden educar a sus hijos en español en centros públicos, lo que lesiona gravemente sus derechos constitucionales. Francamente, no veo más opresión que esa (o en ese sentido), aunque bien tratarse de uno de los efectos de mi ignorancia.

En realidad no es un problema de nacionalismo ni de opresión ni de encubrir el latrocinio de la dinastía Pujol. Se trata de la prevalencia del Estado de Derecho, del imperio de la ley sobre otras formas de sindiós, por la razón empírica de que es la manera de organizarnos menos proclive a que nos midamos el lomo. En lo que estaban de acuerdo los próceres antedichos es que en ausencia de ley suele cundir el guantazo.

PD: No hay que venirse abajo. Todo es aprovechable, de todo se puede aprender. ¿Que qué se puede sacar en claro de cómo los sucesivos gobiernos de España han malcriado a los independentistas? Una parábola, fábula o ejemplo, cuya moraleja es especialmente útil si se tiene trato con hijos adolescentes: hacer concesiones sin ton ni son no contribuirá a aumentar su popularidad, sino a que le tomen por el pito del sereno. Ser justos y firmes, en cambio, no solo nos acerca a nuestros objetivos sino que a la larga nos reporta agradecimiento.

Pedagogismo: cómo enseñar nada de muchas formas distintas

Me entusiasma lo que podríamos resumir (y así lo hace César Bona)  como la nueva educación. Cabe preguntarse qué le pasaba a la educación antigua, esa que, al menos, conseguía que los adolescentes supieran leer pero, en general, cualquier intento de mejorar el oficio de enseñar cosas me parece loable. Solo digo que ojo, porque estamos corriendo varios riesgos a la vez.

Riesgo n.º 1: que no sea tan nueva como parece (no decir nada)

Tiendo a pensar que el pensamiento moderno es la conversión en titular de una obviedad. En educación, por ejemplo, se ha dado por bueno en los últimos años que «solo se puede aprender lo que se ama». Para solventar su inexactitud (¿está usted seguro de amar la tabla de multiplicar? ¿es necesario amar los oxoácidos para aprender Química?) vamos a suponer que en realidad lo que quiere decir es «se aprende mejor lo que se ama». Surgiría aquí una objección sobre el uso de «amar». Tengo muchas dudas sobre mi amor por la Revolución Industrial. Diría que estimula mi curiosidad, me sorprende y me parece trascendente y explicativa. Pero amar es otra cosa. Dejémoslo entonces en «se aprende mejor aquello que a uno le gusta». Claro. Los cactus pinchan, el cielo es azul, el aceite  resbala y poesía eres tú. Llamadme optimista, pero diría que mis profesores de hace 30 años ya sabían eso.

El propio Francisco Mora, adalid de la frasecita, reconocía esta semana que «nada puede sustituir al lento y duro proceso del trabajo y la disciplina cuando se trata de aumentar las capacidades intelectuales».

Riesgo n.º 2: confundir estímulo con paternalismo

Estudiar, las más de las veces, es una tarea exigente en cuanto a dedicación, concentración y esfuerzo. No sé cuántos de los nuevos pedagogos se han visto ante la tarea (maravillosa) de enseñar a alguien a derivar. Claro que es fundamental estimular al futuro derivando con la comprensión exacta de lo que es una derivada (para lo que deberíamos dejar de saltarnos la TVM, por cierto) o descubrirle que se puede saber cuándo una epidemia dejará de crecer o cuándo conviene vender las acciones (si conociéramos sus respectivas funciones) gracias a las derivadas. Con el tiempo suficiente también se puede montar un guiñol con Newton y Leibniz dándose papirotazos, pero la realidad es que, si se quiere aprender a derivar, hay que pasar por el trago amargo de hacer cien derivadas a la luz del flexo. Que tampoco es para tanto.

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Riesgo n.º 3: confundir nuestros deseos con la realidad

A veces es un drama que el papel lo aguante todo. Es un drama para la política y es un drama para la pedagogía. Escribir sobre enseñar conlleva el riesgo de diseñar un mundo ideal que ignore algunos de los condicionamientos del mundo que de momento nos rodea. Lo que los teóricos del pedagogismo obvian (conscientemente, me temo) es el hecho de que nuestros cachorros no se sienten demasiado entusiasmados por su propia educación por el hecho difícilmente subsanable de que esta es obligatoria. Intenta obligar al gamer más recalcitrante a jugar a la Play de sol a sol porque tú lo dices: te comes el mando. El ser humano tiende instintivamente a repudiar lo que se le prescribe. Y eso no hay Ken Robinson que lo arregle. La creatividad (ya que hablamos de Robinson) tiene como ingrediente necesario la libertad o no es nada. Mientras el cole sea obligatorio (como debe ser), ya puedes meter sofás de colores en las clases, vestirte de payaso o dejar a los enanos elegir los contenidos. Me juego mi ejemplar de La balada del mar salado a que a los cuatro días el índice bostecil será el mismo.

El colegio es la privación transitoria de una libertad aparente para caminar mediante el conocimiento hacia la libertad real.

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No estoy contra la búsqueda de soluciones ni contra la posibilidad de que estas sean generalizables (aunque tengo mis reservas), pero creo que, como en tantas otras cosas, estamos buscando la aguja en el pajar equivocado. Educar es una tarea orgánica en la que los reflejos, la pasión y las capacidades del docente tienen mucha más importancia que las directrices legales o la pedagogía de salón. Siendo así, ningún sentido tiene diseñar soluciones abstractas mientras tengamos maestros, y aquí hago una generalización posiblemente injusta pero me temo que plausible, que no sean ávidos lectores ni consideren el conocimiento como algo intrínsecamente positivo.

Hoy puede ser un día espantoso (El vaciamiento)

En algún momento reciente decidimos vivir una ficción. Una mentira según la cual se puede ser feliz a piñón fijo. Levantarse feliz, escuchar feliz a Montoro y que a uno le extirpen el apéndice felizmente, sin anestesia para poder seguir sonriendo al enfermero.

No solo hemos convertido (o eso creemos) la felicidad perpetua en una posibilidad, sino que si no acreditas un optimismo permanente en las redes a base de fotos de pies, de gin-tonics hortofrutícolas o de tus propias cabriolas mientras sonríes al atardecer en playas exóticas te conviertes automáticamente en una persona tóxica, que quiere decir que cuentas tus problemas a los demás y no tienes Facebook.

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Tres horas después se cayeron a la piscina alcoholizados y murieron todos.

Lo de la toxicidad me recuerda a nuestra admirada Finlandia, paradigma de la educación y de las palabras esdrújulas. Resulta que, preguntada por las causas de las altas tasas de suicidio en el país nórdico, Netta Mäki, investigadora y profesora de Sociología en la Universidad de Helsinki, menciona el pärjäämisen eetos, que la buena de Netta explica como «sentir que tienes que ser fuerte si tienes un problema y resolverlo tú mismo sin molestar a nadie más», es decir, «si tu vida es un desastre, finge y sonríe como hacemos todos». Y si no, eso con unas cuantas sesiones de mindfulness se te pasa. El mindfulness lo peta.

Pues no. Los eslóganes publicitarios que hemos decidido tomar como principios rectores de nuestra vida son mentira. Ni la voluntad lo puede todo ni si lo deseas muy fuerte sucederá. Sucederá si tienes el talento necesario, trabajas como un animal y no te pilla un tren.

La vida real no es un anuncio de Estrella Damm con barco y frasecita sino uno de Aurgi con Rebeca y Mario Vaquerizo. Las personas reales somos gordas, feas y calvas, y acabamos por tener (si no nos pilla un tren) enfermedades mortales que nos rematan.

Cabría argumentar que, destinados como estamos a pasarlo mal, mejor vivir en la mentira, pero eso no es una buena idea por dos motivos: primero, porque, como dice Félix de Azúa, es la combinación de luz y sombra (y no solo la luz) lo que nos permite ver; segundo, porque con el rollo este sé feliz o sé discreto que nos traemos lo único que conseguimos es que la gente a la que le pasan cosas normales (cometer errores, enfermar, sufrir) se sienta culpable, aislada y diferente. Que se callen para no molestar. Nos hemos convertido en yonquis del buen rollo, pero me da que ese escaparate de alborozo solo oculta una trastienda de inseguridad y egoísmo.

Las deudas de Púgil con bombín. Los once centrales

Hay 33 relatos en Púgil con bombín. Aquí están los once siguientes:

En El sentido de su propia belleza se habla de lo lábiles que resultan las fronteras (entre el horror y la belleza, entre la guerra y la paz).

Vlad lo lleva en el título: no conozco mejor novela epistolar que Drácula (que versa, por cierto, sobre el amor).

Nadie debería escribir sin haber leído a los rusos. Ningún ruso escribió relatos como Chéjov. La deuda está lejos de ser pagada con Aleksandr.

Balas de fogueo refiere los pequeños inconvenientes de cazar borracho. Si queda alguna duda respecto al desenlace, la clave está en el título.

Falso amigo se regodea en la delicada paradoja de engañar con la verdad. Y nadie trabajó la paradoja como Chesterton.

El Estado de Ignorancia es un homenaje a Lugosi, pero también a Paul Wegener.

El buen ladrón habla de aquello de lo que nunca se habla. De malentendidos cuyos efectos perduran a través de las décadas. Me viene a la cabeza La bestia en la jungla, de Henry James.

La inspiración para Si esas llaves tocan la mesa… está en un anuncio de hace décadas. Es, en fin, la historia de una amenaza cumplida.

En La muerte a veces se defiende un argumento y su contrario. ¿Puede ser necesario explicar el arte?

Púgil con bombín y El masoquista sutil están totalmente inspirados en Historias del ring, relatos boxísticos de Arthur Conan Doyle publicados por la editorial Valdemar. Un día habrá que hablar de lo injusto que fue Sherlock Holmes con su ayudante, el doctor Conan Doyle.

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Tanto esta ilustración como el diseño de la cubierta del libro se las debemos al gran Celsius Pictor

[continuará…]