El miedo a la verdad

La mente hace extrañas relaciones pero suele ser buena idea prestar oído a su rumor. Uno de los libros de filosofía más provechosos que uno pueda leer (afirmación completamente gratuita pues habría que leerlos todos para hacerla) es el ensayo que Fernando Savater dedica al ¿filósofo? rumano Emil Cioran. Cioran es el apóstol de la nada: si esperar es de ilusos no cabe ni la desesperación. Es un suicida que no ejerce por coherencia. Un farsante, acaso —quienes lo trataron hablan de su cortesía y su sentido del humor—, pero un farsante inapelable. Se le puede afear el pesimismo, pero no la incongruencia. Si hubiera una elegancia del ocaso Cioran sería el último dandi.

No cabe, por tanto, una posición intelectual más alejada de la de Blanca López-Ibor, la autora de Vivir sin pensar. Sentimiento tóxico y bioética, un conciso tratado sobre los primeros y los últimos días de la vida que se convierte en escandaloso a base de una táctica revolucionaria: decir la verdad. Quizá sea ese el punto de encuentro con el libro de Savater: ambos presentan un parecido escalofrío alrededor de la lucidez. Del momento de la lucidez. Hace falta un largo viaje para constatar que la verdad estaba a la puerta de casa. El requisito del conocimiento es mondar la realidad de prejuicios, dogmas, convenciones e ideologías. Estar a la altura de la verdad exige aceptar el reto mayor porque la verdad está al otro lado del miedo. Vivir sin pensar

El momento de la lucidez es terrible porque nos quedamos completamente solos en medio del frío. Solos en medio de la noche. «Qué sola está cada persona», diría Proust. Mirar directamente a la verdad exige reconocer que no hay suelo, pero si se sobrevive (siempre se sobrevive) ya no hay nada que temer. Ya no hay por qué mentir; ya no se puede mentir. La verdad impone obligaciones de un solo sentido, y quien haya contemplado ya no puede callar.

Si no ocurre no era el momento, pero depende de nosotros crear el momento. Estamos en un vórtice salvaje, a punto de dejar de ser humanos. Su dolor nos tiende las manos con un alarido sordo. No hay tiempo. No podemos pagar el precio de vivir sin pensar.

Consejos vendo

… que para mí no tengo. Parece cada vez más acusada la tendencia de los políticos a meterse en ámbitos de nuestra vida que deberían ser intrínsecamente intocables y doblemente intocables para ellos: los relacionados con la ética. El Estado no debe decirme bajo ningún concepto qué pensar; debe limitarse a desarrollar en mí una conciencia crítica, y eso solo porque por estos lares existe de momento una educación pública. Leer, sumar y pensar por mí mismo. Lo demás es injerencia.

De dicha injerencia, la que más ascopena produce es la de los Ayuntamientos. Corporaciones cuyo objetivo principal es la prestación de servicios tan prosaicos como necesarios (recogida de residuos o seguridad, entre otros) tratando de explicarnos qué forma de pensar es buena y cuál es inaceptable. Pero ¿habéis visto cómo tenéis la calle? No sabéis recoger las hojas en otoño pero os voy a confiar las respuestas a los asuntos más procelosos de mi existencia. Sí, hombre.

Doblemente intocable para los políticos porque los políticos son a un comportamiento ejemplar lo que el Nou Camp a los buenos modales. Seres cuyo comportamiento cotidiano incluye puñaladas por la espalda, perjurio, inhibición de responsabilidades, hurto, agrafía, disimulo, contradicción y absentismo laboral; seres cuyo fin último parece ser el de dificultarnos la existencia y es sin ningún género de dudas el de enfrentarnos; seres con la estatura moral de una hiena sintiéndose legitimados para regir nuestra conciencia: eso no es ya improcedente sino un insulto a nuestra inteligencia (lo de que insulten mi inteligencia me recuerda mucho a que un tipo con avión privado me diga que recicle, pero eso no toca hoy).

Es evidente que este rapto de indigación dimana del comportamiento que unos y otros están teniendo en una de las cámaras del Parlamento durante estos días y que si Dios quiere (¿o esa expresión solo se puede utilizar cuando lo que ocurre nos conviene?) culminará hoy con la investidura de un magnífico candidato al premio Fernando VII.

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Representación perfecta de Sánchez, el hombre que quiso reinar

Y cuidado, porque no me refiero solo a lo que mi sesgo ideológico sugiere: de los independentistas espero que quieran independizarse y de los comunistas que quieran eliminar las garantías que proporciona una democracia liberal. Lo dice el nombre. Del PSOE (no me digan que no creen que Sánchez piensa que las dos primeras iniciales son en su honor), uno ya no sabe ni qué esperar porque lo mismo te afea la trayectoria que te besa de tornillo. También me refiero a los indignadísimos. A los que votaron en contra cuando UPyD propuso ilegalizar a los partidos proetarras (qué mala es la hemeroteca) y hoy se deshacen en insultos cuando esos partidos que gozan de tribuna porque ellos se la dieron van y la utilizan.

La primera vez

Lo que me lleva a mi objetivo: cuando uno da el primer paso en la dirección equivocada, el resto va sobre ruedas. ¿Se acuerdan de lo que cantó Mecano: «La primera vez apenas me gustó / Fue por la nariz / Por no decir que no»? Pues eso. Hoy es el momento de recordar que, para defender la doctrina Parot, Rajoy mandó a Europa al mismo prenda que había mandado Zapatero, que viene a ser como pedirle a Guardiola que entrene a España. De que el PPSOE (hoy más que nunca, no se dejen engañar) lleva años cambiando el apoyo nacionalista por pasta, por esa pasta que según Carmen Calvo «no es de nadie», vamos, lo que en mi casa se llama comprar.

Porque cuando se permite a un gachó que trocee la Constitución en sede parlamentaria (lo que significa, le pese a quien le pese, que los representantes del pueblo no creen que el poder resida en el pueblo), el daño ya está hecho. Cuando se escuchó a gente presuntamente razonable decir respecto a la negociación con los asesinos que «Bueno, si así dejan de matar» o defender que el Gobierno se sentara con ellos «porque todos lo han hecho» deberíamos habernos parado a pensar si nuestra exigencia moral depende de quién sea el candidato a investir.

Tan cierto es que la política es el arte de lo posible como que ciertos límites de dignidad no deberían ser traspasados nunca. A Rosa Díez se le podrán achacar muchos defectos, pero no el de modificar su discurso en función de las oportunidades. Siempre he pensado que la práctica desaparición de UPyD es una metáfora perfecta de nuestra integridad: el que probablemente fuera el partido político menos sujeto a los vaivenes de la conveniencia estaba destinado a durar poco en un país como este.

Menos rasgarse las vestiduras en los días grandes y más estar atentos a las pequeñas infamias, que son las que de manera inequívoca definen un carácter.

Cómo entrenar a tu dragón 2: el 30-0.

Hace unos meses (vuelve periódicamente, entiendo que es una de esas noticias comodín que se utilizan para hacer bulto) los medios bramaban ante el resultado de un partido de fútbol de categoría alevín o benjamín, no recuerdo y tanto da. 30-0. Pueden imaginar el tenor de las reacciones: que si la empatía, que los sentimientos de los perdedores, que si qué penita y pobrecitos míos.

El tratamiento del asunto era pernicioso en varios aspectos: el primero, el más evidente, es la tergiversación del meollo del deporte: la algo masoquista voluntad de conocer tus límites para intentar superarlos. El adversario de un partido, de una carrera o de un lanzamiento siempre es la misma persona: uno mismo. Ganarse a uno mismo, a lo que uno hizo ayer, es el principal objetivo de toda práctica deportiva, hasta el punto de que las demás metas son siempre subsidiarias de esta.

Siendo así, ¿fue un éxito la victoria por 30 goles de ventaja? Ignoro si esa era la diferencia real entre los dos equipos, y si el equipo ganador remoloneó en el esfuerzo: en este caso habrían fracasado. Por idéntico motivo tampoco sé si fue un fracaso la actuación del equipo perdedor: acaso fuera una gesta no haber perdido por 40.

¿Cómo? ¿Que todo eso está muy bien, pero que a nadie le gustar perder por 30 goles? Precisamente. Qué magnífica oportunidad para educar a esos cachorros: ¿No os ha gustado? Entrenad más. Corred más, defended mejor y morid en el campo. Y si dándolo todo os volvéis a encontrar con un equipo que os calce 20 chirlos, id a la ducha con una sonrisa porque os habréis hecho acreedores del único respeto que importa, el que se rinde uno mismo.

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Aquí se viene a sufrir. A disfrutar, al cine.

En segundo lugar, y quizá más sangrante, está el tema del respeto. Por lo visto enchufarle 30 goles al rival es una falta de respeto. El ladrillazo que nos han dado a todos en la cabeza debió de ser fortísimo. Una falta de respeto es, en partidos desiguales, utilizar solo la zurda, defender con uno menos o hacer comentarios conmiserativos. Lo que hace que el equipo perdedor se sienta respetado es que el rival lo dé todo: significa que me considera un par y no un paria. Estuve 8 años jugando contra mi padre al ajedrez sudando sangre hasta que por fin pude ganarlo. Imaginen mi orgullo ese día. Imaginen que al tercer o cuarto año se hubiera dejado ganar. Imaginen.

Pero hay un tercer aspecto de no menor enjundia: es que eran niños. Lloraría alguno. Pobre. Excelentes lágrimas, si procedieron del pundonor y no de la burla (si hubo burla fue por parte de los padres, me juego el bigote): esas lágrimas indican que esa derrota es el origen de un aprendizaje duradero y provechoso, de los que justifican por sí mismos la utilización del deporte como herramienta educativa poderosísima.

Si el deporte es esa bicoca que todos dicen que es sin tener muy claro por qué, si está justificada su inclusión en el Ministerio de Cultura, no es porque beneficie la circulación o retrase la osteoporosis. El deporte, a diferencia del ejercicio físico, comparte la sustancia de los poemas épicos por el único motivo válido: porque es una metáfora de la vida.

Adolescentes: cómo entrenar a tu dragón

Ahora yo debería poner cosas como «De qué manera afrontar esa etapa de cambio y descubrimiento» o alguna pamplina psicologizante similar. El discurso al uso sobre adolescentes comparte las tácticas mercadotécnicas de cualquier discurso al uso: meter el miedo en el cuerpo para después vender la solución.

Adolescencia

He aquí mi propuesta revolucionaria: tratar a los adolescentes como si fueran personas. Si la sobreprotección ya es perniciosa para los impúberes, los adolescentes solo la soportan porque, aunque no lo parezca, tienen mucha paciencia. Con la poca vergüenza y falta de cientificidad que me caracteriza voy a aseverar lo siguiente: el cambio que supone la adolescencia colapsa más a los padres que a los hijos. Si esta fuera una sociedad normal, esas pequeñas bestezuelas estarían fuera del nido en unos cinco años, así que tiene poco sentido seguir arropándolos como si fueran de cristal. Se van a constipar si no cogen un jersey, les romperán el corazón una vez al mes y cuando llueve se mojan como los demás; registrarán más experiencias y las acusarán más que una vez se les retuerza el colmillo. Son inestables, pero no son idiotas. Y están deseando que los tratemos como adultos. Ahí valen más la firmeza y el respecto que la protección. Si no hablan mucho con nosotros es que quizá lo que decimos no es demasiado interesante. Según mi experiencia, cualquiera de ellos muestra más interés por el conocimiento que los soporíferos y adocenados adultos en que están a punto de convertirse.

No entienden, pero están deseando hacerlo. Nosotros nos comportamos como si hubiéramos perdido la esperanza, y nuestra falta de entusiasmo los encocora y extraña: su última oportunidad es en realidad la nuestra.

Son extremadamente divertidos y están ante su última esperanza de no estropearse, así que tratar con ellos es emocionante por los reflejos que exige y la enorme recompensa que depara. El problema es que acaban de descubrir que no somos perfectos y nosotros que algún día los perderemos ¿Qué sacar de esa encrucijada? Es decir: todo esto está muy bien (o no), pero ¿en qué se traduce?

Persuadirlos de que su búsqueda es la nuestra, que aunque la vida es extenuante y cabrona, también es hermosa y clemente, y que aunque todo el mundo parece idiota, con paciencia y un poquito de suerte aparecerán dos o tres amigos de los buenos. Pero ya me estoy desviando otra vez. Lo que quiero decir es que deberíamos hablarles más de Epicuro (o que nos hablen ellos, si están en Bachillerato) y menos de su hora de llegada, o enchufarles El padrino o Casablanca y hasta Ciudadano Kane, y comentar el Brexit como quien no quiere la cosa, y por qué se secó el mar de Aral. Por qué Beethoven es (y cito a una ilustre musicoterapeuta) «el puto amo». Si no queremos ser sus caseros, es muy importante que no nos comportemos como tales. Y si para ello tenemos que pulirnos un poquito, mejor que mejor. Su búsqueda, repito, es la nuestra.

Repetimos mucho que los padres no son colegas, pero tenemos algo más olvidado que los padres sí son maestros, y siempre, siempre son los maestros más importantes que uno tiene.

 

El capitalismo nunca pierde

Como Parker Lewis. El capitalismo apela de manera tan descarada a nuestros impulsos más primarios, nos entiende tan bien, que acabaremos dándole las gracias por habernos transformado de ciudadanos en consumidores. Cansado de ganar batallas, se lanzó a por la última frontera: seducir a la izquierda. Ahí también campeonó.  Todos queremos más.

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No nos mires, ¡únete!

El léxico como campo de batalla

Es un lugar común que la izquierda conoce la importancia electoral del lenguaje (no sé si su trascendencia real como motor de la cultura) mejor que la derecha. No es difícil: la derecha solo conoce la importancia de no parecer la derecha. Surge la tentación de concluir, por tanto, que la izquierda gana la baza de la propaganda a través de la lengua. Pero la realidad no siempre es evidente a primera vista: mientras la izquierda celebra el gol que le mete a la derecha, el capitalismo se está dando un festín con su retaguardia indefensa.

El capitalismo lo tiene todo hecho porque ha logrado que la izquierda defienda sus premisas.

La más importante de esas premisas: más moderno es mejor. Por varios motivos, perseguir la acumulación como hace el capitalismo de mercado implica enaltecer el paso del tiempo: la acumulación prefiere el futuro, en primer lugar, porque no hay mejor oropel para envolver una venta que el mantra del último modelo. Más moderno es siempre mejor. Un móvil más moderno. Una nevera que haga la compra. Libros sin papel. Cine sin película. Discos sin disco. Tiendas sin tienda. Tiendas sin tienda que abren tienda. Aunque lo más moderno fuere peor, el capitalismo nos lo coloca soplándonos al oído que el vecino ya lo tiene. State of the art o muerte social. En segundo lugar, el capitalismo necesita el futuro porque el futuro es el lugar donde se pagan las deudas. Es sabido que el sistema se basa en la confianza de que mañana seremos más y gastaremos más. No descubro nada si describo la economía como una estafa piramidal. Dele al banco 100 euros y una chistera y verá. El capitalismo ya no solo vende lo que produce: primero logró colocar lo que aún no había producido y después (casi está uno por loar ese rizo del rizo) lo que nunca producirá.

Siendo así, ¿puede alguien explicarme por qué demonios la izquierda continental se apropió del término progresismo? Desde el momento en que acepta que el progreso es intrínsecamente positivo, está reconociendo la victoria del capital: que más moderno sea mejor es una tesis capitalista, no socialista. De hecho, los movimientos sociales nacen como una respuesta ante el mayor atracón de progreso de la historia.

A cambio del beneficio electoral que conlleva dejar a la derecha por viejuna y demodé, la izquierda compra la principal tesis del capitalismo y con ello cede por completo la arena económica.

Sobre la coherencia

Aceptando que esa apropiación del progreso sea de índole no económica, ni siquiera es coherente. A mí me parece perfectamente lícito posicionarse en contra de las centrales nucleares, los combustibles fósiles y las carreteras de muchos carriles que parten el hábitat del caracol ninja, pero 1) antes de hacerlo uno debería estar dispuesto a vivir en la Edad Media y morirse a la primera gripe, y 2) no sé qué tiene esa postura de progresista. Y no se saquen aquí conclusiones precipitadas: a mí las centrales nucleares me parecen un disparate que genera residuos radioactivos que duran milenios, pero soy tan egoísta y friolero que antes de cerrarlas esperaría prudentemente la aparición de una alternativa mejor (hola, ITER).

Combatir el capitalismo (el capitalismo no como sistema basado en el libre mercado y la propiedad privada sino como doctrina que propugna la acumulación sin límite de todo aquello que tenga valor en el mercado) enarbolando a la vez la bandera del progreso es incoherente. El pollo que dice ser muy de izquierdas, vive como un eremita medieval y propugna que todo es de todos es un iluso o un loco, pero tiene mi respeto. El  pollo que dice ser muy de izquierdas y se agencia un iPhone a través de Amazon es un jeta o un mentiroso, por dos motivos:

En primer lugar, porque el ahorro que consigue comprando cosas que no necesita en multinacionales descomunales es a costa de los trabajadores de dichas multinacionales, trabajadores que de otra manera (si nadie comprara en ellas) quizá trabajarían en la tienda de la esquina o poseyeran dicha tienda (esa, la que acaba de cerrar) en lugar de trabajar en condiciones cuando menos cuestionables. De eso ya se habló aquí.

En segundo, porque compra cosas que no necesita, lo que implica hacerle el juego a la lógica capitalista. Dejemos esto claro; Apple, Samsung, Huawei y cía. no sacan un modelo nuevo cada año porque quieran un mundo mejor como dicen sus anuncios, sino porque quedaría feo vendernos el mismo cada año. He ahí la lógica capitalista. Al capitalismo le importa un comino cómo hagamos las fotos o que tengamos una vida provechosa. El capitalismo quiere —necesita— vender más. El capitalismo no quiere que la gente sea rica o viva bien. Quiere que el capital sea rico y viva bien. El progreso tecnológico es consecuencia de la necesidad capitalista de vender mucho. Si las multinacionales supieran que la demanda de piedras iba a subir como la espuma, dejaban el campo seco. Fabrican cosas novísimas porque compramos cosas novísimas. En negativo: no existiría la tecnología alucinante que es un móvil actual sin la dinámica capitalista y el papel que en ella juega la economía de escala (tampoco existirían las resonancias magnéticas, ojo). El iPhone que viene o el Galaxy que toque son la cristalización de la lógica capitalista, no simples objetos de uso. Absolutamente nadie los necesita, pero muchos parecen quererlos gracias a la fantasmagoría tecnológica y el aura de lo moderno.

¿De verdad el progreso es siempre deseable?

El problema es más profundo que una mera incoherencia léxica. El verdadero problema es que el capitalismo se ha quedado sin oposición (y no me refiero al declive del comunismo; siempre es una buena noticia que muera un monstruo). Llamamos anticapitalistas a sectores radicales de la izquierda, cuando quizá seamos muchos los que, desde diferentes posiciones ideológicas, miremos con preocupación lo que la filosofía de la acumulación le está haciendo al mundo.

 

Preguntas que ahorran tiempo. Sobre la última temporada de Juego de tronos

Las primeras impresiones están sobrevaloradas. Con frecuencia un tipo que a primera vista parece gilipollas se convierte en un gilipollas, sí, pero entrañable. La tarea de descifrar la verdadera naturaleza humana es larga y está llena de baches. Por eso son tan importantes las preguntas que ahorran tiempo. Hasta este año la más eficaz solo era aplicable a los madridistas, lo que es una pega estadística: «¿Pero tú eres de Mourinho?». Ante una respuesta afirmativa, uno sabía que se encontraba frente a un ser humano incorrecto y desacomplejado que anteponía la lealtad al bienquedismo, lo que es mucho en los tiempos que corren. Mou es un detector de tibios.

Ya llegamos. Este último año se ha ido definiendo la que es a día de hoy la pregunta más útil que conozco: «¿Qué te parece última temporada de Juego de tronos?». Lo digo en sentido positivo, entiéndanme; no se trata tanto de vilipendiar a quien la vitupera como de loar a quien la encomia. La serie es muy buena y la última temporada es muy buena. No tanto como las seis primeras, pero muy buena. Les animo a confiar en quien valora la octava en contra de la opinión mayoritaria.

¿Por qué no tan buena? Como en el caso de la séptima, por las prisas y porque pierde el sustrato literario de George R. R. Martin: lo mejor de la serie siempre ha tenido que ver con los diálogos shakesperianos y los personajes densos, poliédricos y cabrones (es decir, humanos) que la serie fusilaba de los libros. La literatura es mejor que el cine.

No se trata de vilipendiar pero sí de ser sincero, y en mi opinión aquellos espectadores que no valoran la última tanda de capítulos deberían preocuparse más por ellos mismos que por firmar tonterías en change.org. Somos muy de despreciar el trabajo de profesionales habilísimos y devotos en función de análisis pueriles e ignorantes (el ejemplo pluscuamperfecto de esto es Scariolo: un tipo que dedica 24 horas al día a pensar baloncesto era hasta anteayer sistemáticamente criticado por quienes durante los partidos piden «intencionada»).

¿Por qué es tan buena la última temporada?

(Si Vd. no la ha visto está a tiempo de dejar de leer esta entrada aquí).

Vamos al turrón. No me voy a hacer fuerte en la mitiquérrima reunión de la chimenea previa a la sobrecogedora batalla de Winterfell. No me remitiré solo a Brienne de Tarth escribiendo en el Libro Blanco de la Guardia Real, escena tolkieniana mediante la cual la historia cristaliza en leyenda, ni al discurso de Tyrion defendiendo a través de la candidatura de Brandon Stark la memoria que engendra sentido de comunidad, discurso algo obvio pero certero. El último capítulo tiene que recoger y lo hace: solo tiene sentido a la luz de lo pasado y otorga a lo pasado visos de posteridad: esa insistencia en la memoria nos confirma que no estábamos locos.

Es contundente (aunque quizá haya caído en saco roto) la parafernalia totalitaria de las tropas de Daenerys al tomar King’s Landing por lo que connota: la inevitable tendencia de los libertadores a convertirse en los siguientes dictadores. La historia de Daenerys cuenta su conversión en su propio hermano. El problema no es este o aquel caudillo: el problema es el poder. Por eso Drogon practica la metalurgia con el Trono de Hierro. Les recuerdo que Khal Drogo (en cuyo honor fue nombrado el último dragón) ya había practicado la metalurgia con la cabeza de Viserys Targaryen.

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Fidel Castro camino de La Habana en 1958

Pero la gran escena, la que quedará en la memoria  —puto enano— de aquellos que están atentos a las cosas que parecen pequeñas es la del protagonista de la serie, Tyrion Lannister, colocando las sillas del Consejo Privado. De forma más precisa, ya que estamos, cómo mira a Bronn al maltratar la suya. No es la mejor escena de la serie porque la aparición de su padre desollando un venado en la primera temporada es lo más apabullante que servidor ha visto en serie alguna.

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La primera aparición de Tywin Lannister en la serie. No se veía un debut así desde Ronaldo (el bueno) contra el Alavés en 2002

No es la mejor escena pero es la que llena de luz su final: un tipo al que su familia ha odiado desde su nacimiento, que conoce la mezquindad inherente al ser humano, con más razones que nadie para entregarse a la orgía de violencia y traición que lo rodea, intentando volver a empezar, poniendo otra vez su confianza en las cosas de los hombres y cuidando cada detalle para que las cosas salgan bien esta vez. No somos responables del mundo, pero sí de lo que hacen nuestras manos y de lo que dice nuestra boca. Always be Tyrion.

Pero quizá, con todo, las razones objetivas para defender su final no sean tan importantes como las ganitas que este provoca de volver a verla, de leer los libros y de esperar las secuelas, precuelas y lo que se tercie. Yo ya estoy en el lío y se lo recomiendo vivamente; es sintomático que cada frase gloriosa de los primeros capítulos esté transcrita literalmente de los libros: toda la pinta de que Canción de hielo y fuego sea lo mejor que le ha pasado a la literatura fantástica desde El Señor de los Anillos.

 

P. S.: El artista más importante de los videojuegos —Hidetaka Miyazaki— está trabajando con un tal George R. R. Martin en la que sin duda será la obra audiovisual más importante de las próximas décadas: Elden Ring. Que el absurdo estigma que pesa sobre el medio no les haga perdérselo.

Y viven en palacios

Ni la perspectiva histórica ni la ideológica explican nada: solo embarullan y perpetúan las dinámicas. Explica mucho más el pragmatismo de quien observa la naturaleza humana.

En el siglo XVII los reyes dicen ser ungidos de Dios, instituciones sagradas más que personas. En su honor y gloria se les llenan las habitaciones de frescos y dorados y los oídos de música grandilocuente. Los reyes —la élite— se sacralizan a sí mismos y consecuentemente viven en palacios.

En el siglo XIX los representantes —la élite— sacralizan el liberalismo y consecuentemente viven en palacios.

En el siglo XX la nomenklatura —la élite— sacraliza la revolución y consecuentemente vive en palacios. Mientras, los nacionalistas —la élite— sacralizan la raza y consecuentemente viven en palacios.

Nuestros políticos —la élite— sacralizan la democracia y consecuentemente viven en palacios.

Faraones, papas, sahs, emires, generales, emperadores o zares. Todos por razón de su altísima dignidad.

Nada cambia, pero la apariencia de cambio ayuda a perpetuar el método. Ni el más obtuso sigue tragando si no le actualizan el nombre al juego; ya lo escribió Lampedusa.

El asesinato de la costa de Cornualles

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Gracias a la mejor y más voraz lectora que conozco —mi hermana— leí hace unas semanas The Cornish Coast Murder (1935), debut literario del empresario y director teatral Ernest Carpenter Elmore bajo el pseudónimo de John Bude. No me digan que el título no invita a desear que llegue el invierno para leer novelas de misterio al amor de la lumbre.

No soy muy de novela de misterio, aclaro. Comparto la reclamación que el personaje de Truman Capote en Un cadáver a los postres (1976, película necesaria, por cierto) hace a los escritores de novelas policíacas: escamotean información a los lectores para que el detective se luzca en los últimos capítulos con una resolución sorprendente. Agatha Christie, por ejemplo, era experta: un criado resentido que había emigrado temporalmente a Singapur y que a la vuelta se hacía pasar por la prima de Aldridge, el frutero. Una venganza provocada por hechos que solo conoce Poirot. Un affaire del revisor con la hija de la víctima. Todo así.

Pues bien, leyendo el libro en cuestión descubrí lo que todos los lectores de novela policíaca saben seguro desde la noche de los tiempos. En las novelas que giran en torno a la resolución de un crimen, la resolución del crimen carece de la menor importancia. Se me da una higa quién matara al señor Tregarthan, pero daría la mitad de mi reino por tomar unas pintas en la taberna del pueblo hasta que dejara de llover. El asesinato pone en marcha la trama pero en sí tiene menos peso que los principios de un político. No es más que una excusa, un MacGuffin. Porque se trata de lo otro. Lo mollar, en contra de las apariencias, son los acantilados y el tweed y los whiskies que se atizan el cura y el médico mientras hablan de los libros que han llegado de Londres.

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«¿Será un MacGuffin?»

Esa sutileza con que la novela policíaca lleva metiéndonos goles al menos desde Auguste Dupin nos lleva a dos conclusiones enlazadas: en primer lugar, que la novela policíaca es como la vida: en cierto momento uno se da cuenta de que ha estado mirando con atención hacia donde no era. Que los hitos que constituyen nuestra principal fuente de preocupación (las notas, encontrar pareja, comprarse un coche, ser ascendido, morirse) carecen de la menor importancia, mientras que todo aquello que consideramos banal y afrontamos como autómatas (el café, regar las plantas, el fútbol, ordenar la biblioteca, la niebla, escuchar a tu hijo por qué es un drama tener Sociales los jueves) es el verdadero meollo del asunto, lo que merece nuestras mejores energías. Una persona que afronta lo cotidiano con la delicadeza y el rigor de lo litúrgico conoce la verdadera urdimbre de la existencia.

En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, el complejo de superioridad de no sé qué literatura (la literatura aburrida, me temo) hacia la mal llamada literatura «de género» no solo es pedante sino —sobre todo— absurdo. No existe la alta literatura como no existe la alta cultura. Lo que existe son las poses más o menos elitistas y las gafas con más o menos pasta. Todos conocemos novelas con voluntad de trascendencia que terminan por naufragar en el bostezo (hola, Kundera) y libros que de puntillas, sin darse aires, permiten contemplar lo absoluto.

 

P. S.: ¿Por la cara que pone… habrá leído el doctor Jones La mano?

 

Netflix y las gallinas

Como saben, antes de que termine el episodio de una serie en Netflix, esta nos sugiere prescindir de una parte de él; los créditos de cierre. La sugerencia es sutil: los créditos prácticamente desaparecen y la opción de ver el siguiente capítulo pasa a ocupar prácticamente toda la pantalla. La posibilidad de deshacerse de los créditos existe también al principio de cada episodio.

No voy a apelar al respeto a la obra de arte porque las series pertenecen más bien al campo del entretenimiento (que yo sepa Doctor en Alaska no está en Netflix).

Lo que quiero compartir aquí es una cuita que probablemente les tenga a ustedes sin cuidado: llámenme susceptible (lo harán con razón), pero la primera vez que vi el botón de «Próximo episodio» sentí como me convertía instantáneamente en un gallina o, al menos, como Netflix veía en mí una gallina.

Me explico: como también saben, en las explotaciones avícolas es habitual exponer a las gallinas a más horas de luz de las que proporciona el día para conseguir que pongan más huevos cada jornada. Optimizar la producción es uno de los objetivos de la empresa, subsidiario de su objetivo principal de maximizar beneficios. Como consumidores estamos al otro extremo de las gallinas, y la estimulación de nuestro consumo es otro de los objetivos de la empresa. Producir de manera eficiente, vender de forma masiva. Pues bien: el botoncito de marras es lo más parecido a la luz artificial de un gallinero que he visto en mi vida, pero aplicado al consumo en lugar de a la producción. Esa palmadita en la espalda del televidente («usted puede ver series a un ritmo más rápido de lo que cree, amigo») tiene sus equivalentes en otros sectores (el camarero que ofrece rellenar la copa a la primera de cambio, la ristra de chocolatinas que nos observan desde debajo de la caja de la gasolinera, el miedo que nos meten en el cuerpo las compañías de seguridad justo antes de irnos de vacaciones…) y no parece especialmente pernicioso más allá de demostrar lo que le importa a Netflix la integridad del producto que vende.

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«Voy a ver otro capítulo pero porque yo quiero»

Hasta ahí la metáfora. Si servidor se siente una gallina seguramente tenga motivos y no sea culpa de Netflix. Pero el modelo se vuelve más preocupante si se aplica a un producto que por una parte no se aleja mucho de lo anterior y por otra genera una adicción que sí es involuntaria y sí es perniciosa.

Si las pantallas de los móviles cada vez son más grandes y cada vez brillan más no es porque los fabricantes de móviles y los creadores de aplicaciones se preocupen por nuestra vista, sino porque conocen el efecto que las luces y los colores tienen sobre la dopamina; así de primitivos somos. El móvil puede ser una herramienta todo lo útil que ustedes quieran, pero que pasemos más de dos horas al día mirándolo tiene que ver más con la hipnosis que con su utilidad o la riqueza de los contenidos. Instagram, Twitter y Facebook pagan a miles de ingenieros para que no despeguemos la vista del móvil, no para que compartamos nuestras mejores fotos, seamos más ingeniosos o nuestra red de amistades se vea fortalecida. Lo que quieren es la atención ininterrumpida de zombis alucinados.

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Nada que objetar tampoco hasta ahí: cada uno tira el tiempo como quiere y me gustaría pensar que nuestra voluntad puede más que las estrategias de las empresas vendedoras de humo; al fin y al cabo somos mayorcitos. El problema es que no todos somos mayorcitos.

Porque con este panorama, ya me contarán a mí qué necesidad hay de meterle a criaturas que no levantan un palmo del suelo las pantallas por los ojos, nunca mejor dicho, y obligarlos a usar en el colegio algo de lo que probablemente se saturen en el futuro y les cree irritabilidad, cansancio y trastorno del sueño en el presente. Qué sentido tiene que Samsung organice seminarios ¡sobre educación! y que para hacer los deberes dependan de una tableta que, como se ha denunciado aquí, en el colmo de la incoherencia tiene capado el acceso a Internet.

¿Por qué lo estamos haciendo? Porque hay en el aire cierta sensación de que la educación mejora si se usan las TIC (nos gustan más las siglas que a un tonto un molinillo). ¿Quién ha creado esa sensación? Nadie. Nadie que entienda del asunto, me refiero. La han creado las fabricantes de móviles y las telecos. Sus departamentos de marketing, concretamente. La noción es falsa pero tiene efectos, lo que responde bastante bien al concepto de fantasmagoría. Y esto no ha hecho más que empezar.

El consumo de horas de móvil presenta los suficientes rasgos de adicción psicológica como para preocupar a los mayores, pero al fin y al cabo cada cual es libre de derrochar sus mejores horas viendo cómo se come los chopitos la prima del amigo de aquel conocido tan simpático de la universidad, ya saben: #nitanmal, #asísí, #quéjarturadesufrir o #necesitovuestraatenciónporquetengodéficitdecariño. Lo que no tiene perdón de Dios es que les hagamos el juego a multinacionales que de educar a infantes saben cero y de agilipollar a adultos bastante más. Los actos tienen consecuencias y cuando estas recaen sobre otros deberíamos mostrarnos especialmente responsables o seremos especialmente culpables.

Votamos con la tarjeta de crédito

El pasado domingo se inauguró una tienda de AliExpress en Madrid. Dicen por ahí que el primero de la fila estuvo dos días. Dos días de su vida. Quería un patinete (regalaban patinetes, que, ojo, cada uno se mata como quiere) pero le regalaron un móvil: el primero se llevaba un móvil. Él, no obstante, prefería el patinete. Dos días en la cola y te regalan lo segundo mejor. Si la calavera de Valle-Inclán no tiene ahora una sonrisa de oreja a oreja no sé cuándo la tendrá. Mi pregunta es: ¿quienes fueron a intentar ahorrarse unas perras a cambio de recorrer más o menos la distancia de la Tierra a la Luna y de algunas -muchas- horas de sus preciadas vacaciones son «gente» en sentido podemita? Intentaré explicar por qué me surge esa duda.

Dado que las multinacionales mandan más que los gobiernos, las compras son más importantes que los votos. Nadie en Occidente le va a decir al Grupo Alibaba cuánto tiene que pagar a sus empleados ni cuáles serán sus condiciones laborales. (De que lo haga el Gobierno chino olvídense: los comunistas no le hacen ascos a una transacción rentable, de Pekín a Galapagar). Nadie en Occidente con una excepción: las únicas personas capaces de limitar el poder de las multinacionales pantagruélicas impositoras de condiciones que a este ritmo terminarán con la tienda de la esquina y con todas las tiendas de todas las esquinas son las mismas que el otro día recorrieron la distancia aproximada entre la Tierra y la Luna para acampar un par de días a la espera de poder adquirir el penúltimo Samsung ahorrándose unas perras. Es como clientes (como no clientes, más bien), y no como votantes, como podemos decidir el modelo de sociedad que queremos.

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Que cada uno se ahorra la pasta como puede, faltaba más. No seré yo quien le diga a nadie lo que tiene que hacer con su vida: para eso están los políticos. Pero no está de más puntualizar que si uno se autopercibe como un tipo concienciado con la lucha social y toda la retórica (porque me temo que es solo retórica) al uso y luego compra en AliBaba o Amazon, uno tiene un serio problema de coherencia. Porque a lo mejor piensan ustedes que el ahorro que se consigue comprando en ellas sale del bolsillo de sus dueños, inversores y/o directivos y no de la jornada 996 (12 horas de trabajo diarias 6 días a la semana) propugnada por Jack Ma o de que en 2018 el 74 % de los trabajadores de los almacenes de Amazon evitaran ir al baño por miedo a represalias.

Dado que las multinacionales mandan más que los gobiernos, las compras son más importantes que los votos

¿Si creo que se vive mejor trabajando en la tienda de la esquina? Sí. Y no solo eso: creo que la tienda de la esquina ayuda a generar un tejido urbano mejor en muchos sentidos. Pero esa es otra historia.

La dialéctica izquierda-derecha es una monserga. Por muy a la izquierda que se diga el Gobierno chino hay pocos trabajadores más puteados que los trabajadores chinos. Como da igual a quién votemos, podemos seguir depositando la papeleta por el procedimiento de brindis al sol: porque todos somos muy socialdemócratas hasta que nos toca soltar la guita. Cuando nos retratamos es al meter el pin, porque el voto es gratis pero la compra no. Cada vez que llega una caja de Amazon cae la careta de un sindicalista.

Verlo todo bajo el prisma político es enfermizo, pero pensar que los actos no tienen consecuencias es aún peor, porque pertenece al ámbito del pensamiento mágico. Para entender a qué me refiero, basta con que abran Twitter al azar.

Queda pendiente hablar de Alexia: por qué creo que la Guerra Fría era un entorno más amigable en el que quien te ponía un micro en casa al menos se encargaba de pagarlo y no te pasaba la factura.