El día que nació la cultura de la cancelación

El 7 de enero de 2015 dos encapuchados entraron en las oficinas de la revista satírica Charlie Hebdo y asesinaron a once personas por hacer dibujos que no les gustaban, concretamente caricaturas irreverentes de Mahoma. En la huida asesinaron a la duodécima víctima; un policía que intentaba detenerlos.

No los asesinaron, en realidad, por hacer dibujos. Los asesinaron porque son unos asesinos. El lenguaje nos permite practicar la precisión: decir que los asesinos asesinaron por unos dibujos sería pervertir el concepto de causalidad: sería como decir que ETA mataba porque quería la independencia de una comunidad autónoma o que el violador viola por el largo de la falda.

El asesino mata, en primer lugar y sobre todo, porque es un asesino. La revista ha hecho portadas bastante más salvajes contra el cristianismo, pero, según parece, ya no hay asesinos en el nombre de Dios.

Dos precisiones antes de justificar el título: en primer lugar, Charlie Hebdo ha publicado un sinnúmero de caricaturas detestables que practican la ofensa gratuita según no sé qué sentido del humor; yo nunca he sido Charlie Hebdo ni pretendo serlo. En segundo, si algo de lo que he aprendido en las últimas décadas es correcto, ningún dibujo, comentario, opinión o chiste justifican la muerte de nadie.

Ya nos hemos puesto en situación. Ahora ¿qué tienen que ver aquellos 12 asesinatos con la cultura de la cancelación? ¿Por qué, si siempre hubo dictaduras, censura y teocracias, suponen los atentados un punto de inflexión? Porque desde hace más de dos siglos nunca se había mostrado en Occidente (totalitarismos aparte) comprensión hacia asesinatos por razón política o religiosa.

Una semana después de los atentados, y preguntado por ellos, el Papa Francisco soltó esto: «Si Gasbarri, mi gran amigo, dice una mala palabra de mi madre, puede esperarse un puñetazo. ¡Es normal! No se puede provocar. No se puede insultar la fe de los demás. No puede uno burlarse de la fe. No se puede». Al decir «puñetazo», por cierto, realizó el gesto correspondiente. También condenó los asesinatos, solo faltaba, pero escuchar a un Papa normalizar la violencia solo unos días después de lo ocurrido me produjo un marasmo del que aún no me he repuesto. Lo acompañó de unas reflexiones algo indigestas sobre la libertad de expresión y la libertad de credo que quizá fueran lo peor de todo, pues implicaban que atentan contra la libertad en grados parecidos tanto hacer unos dibujos como disparar a un ser humano.

Unos días después, hablando con una pareja de veinteañeros sobre los atentados, pude presenciar como ambos se mostraban comprensivos con los asesinos. Se oyeron cosas como «se lo han buscado» o «empezaron ellos». Dos jóvenes a los que se supone que en su momento enseñamos lo que era la Ilustración. Se supone.

Por supuesto, lo anterior no demuestra que los asesinatos fueran el acto inaugural de la cultura de la cancelación. Pero sí demuestra que fueron justificados, o al menos comprendidos, por una parte de la sociedad. El clima era ya proclive a las medidas desproporcionadas ante opiniones impopulares. Si alguien traga con la muerte a cambio de dibujos, es más que probable que bendiga el despido a costa de un tuit o la marginación a causa de una opinión políticamente incorrecta. Twitter y YouTube se convirtieron rápidamente en dos de las principales herramientas de la censura de nuestro tiempo, dos garantes de la corrección política que cerraban cuentas con la misma facilidad con que la Ginebra calvinista quemaba a teólogos disidentes.

La semilla ya estaba ahí, esperando tierra fecunda, y nos da una lección que por supuesto no escucharemos: no tenemos una formación en valores y derechos lo suficientemente firme como para desechar las lecciones aprendidas durante el XVIII, y darles la espalda es un drama absoluto.

En Hombres buenos llama nuestra atención Pérez-Reverte sobre el hecho de que en España se rebaja la graduación cientificista y humanista del XVIII traduciendo a la baja Iluminación (siècle des Lumières, Enlightenment, Aufklärung) por Ilustración. Parece que el mundo por fin nos acompaña en el camino de la burricie, el atraso y la censura.

Otro día detallamos las bondades de la corrección política, para saber en qué brazos nos estamos echando.