Preguntas que ahorran tiempo. Sobre la última temporada de Juego de tronos

Las primeras impresiones están sobrevaloradas. Con frecuencia un tipo que a primera vista parece gilipollas se convierte en un gilipollas, sí, pero entrañable. La tarea de descifrar la verdadera naturaleza humana es larga y está llena de baches. Por eso son tan importantes las preguntas que ahorran tiempo. Hasta este año la más eficaz solo era aplicable a los madridistas, lo que es una pega estadística: «¿Pero tú eres de Mourinho?». Ante una respuesta afirmativa, uno sabía que se encontraba frente a un ser humano incorrecto y desacomplejado que anteponía la lealtad al bienquedismo, lo que es mucho en los tiempos que corren. Mou es un detector de tibios.

Ya llegamos. Este último año se ha ido definiendo la que es a día de hoy la pregunta más útil que conozco: «¿Qué te parece última temporada de Juego de tronos?». Lo digo en sentido positivo, entiéndanme; no se trata tanto de vilipendiar a quien la vitupera como de loar a quien la encomia. La serie es muy buena y la última temporada es muy buena. No tanto como las seis primeras, pero muy buena. Les animo a confiar en quien valora la octava en contra de la opinión mayoritaria.

¿Por qué no tan buena? Como en el caso de la séptima, por las prisas y porque pierde el sustrato literario de George R. R. Martin: lo mejor de la serie siempre ha tenido que ver con los diálogos shakesperianos y los personajes densos, poliédricos y cabrones (es decir, humanos) que la serie fusilaba de los libros. La literatura es mejor que el cine.

No se trata de vilipendiar pero sí de ser sincero, y en mi opinión aquellos espectadores que no valoran la última tanda de capítulos deberían preocuparse más por ellos mismos que por firmar tonterías en change.org. Somos muy de despreciar el trabajo de profesionales habilísimos y devotos en función de análisis pueriles e ignorantes (el ejemplo pluscuamperfecto de esto es Scariolo: un tipo que dedica 24 horas al día a pensar baloncesto era hasta anteayer sistemáticamente criticado por quienes durante los partidos piden «intencionada»).

¿Por qué es tan buena la tercera temporada?

(Si Vd. no la ha visto está a tiempo de dejar de leer esta entrada aquí).

Vamos al turrón. No me voy a hacer fuerte en la mitiquérrima reunión de la chimenea previa a la sobrecogedora batalla de Winterfell. No me remitiré solo a Brienne de Tarth escribiendo en el Libro Blanco de la Guardia Real, escena tolkieniana mediante la cual la historia cristaliza en leyenda, ni al discurso de Tyrion defendiendo a través de la candidatura de Brandon Stark la memoria que engendra sentido de comunidad, discurso algo obvio pero certero. El último capítulo tiene que recoger y lo hace: solo tiene sentido a la luz de lo pasado y otorga a lo pasado visos de posteridad: esa insistencia en la memoria nos confirma que no estábamos locos.

Es contundente (aunque quizá haya caído en saco roto) la parafernalia totalitaria de las tropas de Daenerys al tomar King’s Landing por lo que connota: la inevitable tendencia de los libertadores a convertirse en los siguientes dictadores. La historia de Daenerys cuenta su conversión en su propio hermano. El problema no es este o aquel caudillo: el problema es el poder. Por eso Drogon practica la metalurgia con el Trono de Hierro. Les recuerdo que Khal Drogo (en cuyo honor fue nombrado el último dragón) ya había practicado la metalurgia con la cabeza de Viserys Targaryen.

Dany

Fidel Castro camino de La Habana en 1958

Pero la gran escena, la que quedará en la memoria  —puto enano— de aquellos que están atentos a las cosas que parecen pequeñas es la del protagonista de la serie, Tyrion Lannister, colocando las sillas del Consejo Privado. De forma más precisa, ya que estamos, cómo mira a Bronn al maltratar la suya. No es la mejor escena de la serie porque la aparición de su padre desollando un venado en la primera temporada es lo más apabullante que servidor ha visto en serie alguna.

Tywin-and-Jaime-house-lannister-31177167-624-352.png

La primera aparición de Tywin Lannister en la serie. No se veía un debut así desde Ronaldo (el bueno) contra el Alavés en 2002

No es la mejor escena pero es la que llena de luz su final: un tipo al que su familia ha odiado desde su nacimiento, que conoce la mezquindad inherente al ser humano, con más razones que nadie para entregarse a la orgía de violencia y traición que lo rodea, intentando volver a empezar, poniendo otra vez su confianza en las cosas de los hombres y cuidando cada detalle para que las cosas salgan bien esta vez. No somos responables del mundo, pero sí de lo que hacen nuestras manos y de lo que dice nuestra boca. Always be Tyrion.

Pero quizá, con todo, las razones objetivas para defender su final no sean tan importantes como las ganitas que este provoca de volver a verla, de leer los libros y de esperar las secuelas, precuelas y lo que se tercie. Yo ya estoy en el lío y se lo recomiendo vivamente; es sintomático que cada frase gloriosa de los primeros capítulos esté transcrita literalmente de los libros: toda la pinta de que Canción de hielo y fuego sea lo mejor que le ha pasado a la literatura fantástica desde El Señor de los Anillos.

 

P. S.: El artista más importante de los videojuegos —Hidetaka Miyazaki— está trabajando con un tal George R. R. Martin en la que sin duda será la obra audiovisual más importante de las próximas décadas: Elden Ring. Que el absurdo estigma que pesa sobre el medio no les haga perdérselo.

Anuncios

El asesinato de la costa de Cornualles

Cornish.jpg

Gracias a la mejor y más voraz lectora que conozco —mi hermana— leí hace unas semanas The Cornish Coast Murder (1935), debut literario del empresario y director teatral Ernest Carpenter Elmore bajo el pseudónimo de John Bude. No me digan que el título no invita a desear que llegue el invierno para leer novelas de misterio al amor de la lumbre.

No soy muy de novela de misterio, aclaro. Comparto la reclamación que el personaje de Truman Capote en Un cadáver a los postres (1976, película necesaria, por cierto) hace a los escritores de novelas policíacas: escamotean información a los lectores para que el detective se luzca en los últimos capítulos con una resolución sorprendente. Agatha Christie, por ejemplo, era experta: un criado resentido que había emigrado temporalmente a Singapur y que a la vuelta se hacía pasar por la prima de Aldridge, el frutero. Una venganza provocada por hechos que solo conoce Poirot. Un affaire del revisor con la hija de la víctima. Todo así.

Pues bien, leyendo el libro en cuestión descubrí lo que todos los lectores de novela policíaca saben seguro desde la noche de los tiempos. En las novelas que giran en torno a la resolución de un crimen, la resolución del crimen carece de la menor importancia. Se me da una higa quién matara al señor Tregarthan, pero daría la mitad de mi reino por tomar unas pintas en la taberna del pueblo hasta que dejara de llover. El asesinato pone en marcha la trama pero en sí tiene menos peso que los principios de un político. No es más que una excusa, un MacGuffin. Porque se trata de lo otro. Lo mollar, en contra de las apariencias, son los acantilados y el tweed y los whiskies que se atizan el cura y el médico mientras hablan de los libros que han llegado de Londres.

raidersofthelostarc.jpg

«¿Será un MacGuffin?»

Esa sutileza con que la novela policíaca lleva metiéndonos goles al menos desde Auguste Dupin nos lleva a dos conclusiones enlazadas: en primer lugar, que la novela policíaca es como la vida: en cierto momento uno se da cuenta de que ha estado mirando con atención hacia donde no era. Que los hitos que constituyen nuestra principal fuente de preocupación (las notas, encontrar pareja, comprarse un coche, ser ascendido, morirse) carecen de la menor importancia, mientras que todo aquello que consideramos banal y afrontamos como autómatas (el café, regar las plantas, el fútbol, ordenar la biblioteca, la niebla, escuchar a tu hijo por qué es un drama tener Sociales los jueves) es el verdadero meollo del asunto, lo que merece nuestras mejores energías. Una persona que afronta lo cotidiano con la delicadeza y el rigor de lo litúrgico conoce la verdadera urdimbre de la existencia.

En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, el complejo de superioridad de no sé qué literatura (la literatura aburrida, me temo) hacia la mal llamada literatura «de género» no solo es pedante sino —sobre todo— absurdo. No existe la alta literatura como no existe la alta cultura. Lo que existe son las poses más o menos elitistas y las gafas con más o menos pasta. Todos conocemos novelas con voluntad de trascendencia que terminan por naufragar en el bostezo (hola, Kundera) y libros que de puntillas, sin darse aires, permiten contemplar lo absoluto.

 

P. S.: ¿Por la cara que pone… habrá leído el doctor Jones La mano?

 

Seríamos unos farsantes

si el buenérrimo de Melville no hubiera escrito Moby Dick.

Si no existiera Moby Dick (o tantas otras, pero no tantas) todos aquellos que insistimos en la pertinencia, en el menester de la lectura, seríamos unos farsantes.

Pero no lo somos porque el ser humano —la medida de todas las cosas— se hizo libro en toda su metafísica de salitre, en toda su épica de arpón y ataúd. En la historia del inmenso cachalote blanco hablan todos los que alguna vez hablaron.

No lea un libro, lea Moby Dick (y eso es, lo siento, cuanto me es dado decir).

Ahab

Un agujero en cubierta para encajar la pierna buena

Las deudas de Púgil con bombín. Los once últimos

Hay 33 relatos en Púgil con bombín. Los once primeros están aquí y los once centrales aquí. Estos son los once últimos:

Muerte de P estuvo a punto de llamarse La perla del Báltico.  De alguna manera está enlazado con El duelo y con La ausencia. La pena puede ser tan hermosa…

Los recuerdos de Arati Nakawa condensa una historia detectivesca que creo que habría gustado Philip K. Dick. Acabo de caer en la cuenta de que el profesor Garnius no existiría sin Hannibal Chew. Quién tuviera un mono roba-cerebros.

Hannibal-Chew

Hannibal Chew, trasunto del profesor Garnius

De cómo Sir Archibald mató al dragón (y este a su vez lo mató a él) le debe la puesta en escena a El maravilloso mundo de los hermanos Grimm, y es una contrafigura de Alonso Quijano: cambia quimera por conocimiento pero termina en las mismas.

Gótica 6 tiene un registro totalmente distinto a El señor Spider (que a su vez emparenta con La mano) pero tiene el mismo protagonista: una casa que mata. Ah, Flambeau se lo robé a Cherterton.

LA MANO portada ok.jpg

Al señor Spider ya lo había espabilado el padre Kerrigan

El duelo a punto estuvo de dar título al libro, pero ahí el doctor Cremades estuvo perspicaz. Representa, en todo caso, el meollo de Púgil con bombín. No cabe hablar de él; solo leerlo.

Solo tengo diez minutos no es, como parece, un relato inacabado, pero hay quien no encuentra el espíritu de la montaña… Se trata de leer con atenta calma.

Me resulta muy especial Hacha de tala. No me gusta la literatura autorreferencial pero Hacha de tala lo es. Y el relato dentro del relato esconde alguna sorpresa, por cierto, que no me consta que haya sido descubierta. En cuanto a tuétano del libro, forma pareja El duelo.

De un hombre pobre fue publicado en este blog. Es un homenaje casi plagiario al Siddharta de Hermann Hesse.

El coleccionista trata la única grandeza posible: la de las cosas nimias. Solo cabe poner el alma en lo que el ocaso se llevará de un soplo.

La clave de La ausencia me llegó en un escalofrío. Acaso el tema haya sido tratado pero Eduardo le da otra vuelta de tuerca.

02.png

Las deudas de Púgil con bombín. Los once primeros

web.jpg

Los relatos de Púgil con bombín están escritos en un territorio estrictamente literario, y como tales se me ocurre que convenga algún comentario. No quería hacerlo en un prólogo y he decidido escribirlo en el blog. Ahí va:

Springfort Hall existe e inspiró el relato, y hasta en el nombre del mayor de los Chatterly se puede rastrear a Wodehouse.

La ciudad de casas llenas podría ser Praga, pero no el parque temático que es ahora sino la cabalística que habitó Athanasius Pernath. También podría ser Lisboa, que tiene la ventaja de seguir siendo Lisboa.

El puñal de Ben Hisib fue parte de una historia más larga, pero Daniel Cremades me hizo ver su suficiencia (también me ayudó a seleccionar los relatos y propuso el título del libro, ya que estamos pagando deudas). Hay en él algo del Kinglake de Eothen.

Imposible elegir un escritor de literatura gótica… no así un libro. Otra vez El golem, de Meyrink. Como si en Gótica 5 alguien hubiera cogido el sombrero equivocado.

Los cazadores de Su mejor presa habrían hecho buenas migas con  Münchhaussen, salvo por una cosa: ellos no mienten.

En Azimut está el Stevenson de En los mares del Sur y el Schwob de Viaje a Samoa. Pero eso es lo de menos. El cuentito trata lo que pasa con el tiempo y ―sobre todo― lo que no pasa. El correo a veces tarda mucho…

No sé decir quién me sopló Soledad… algo así entre Tabucchi y Skármeta. Cómo se nos va la vida esperando lo que nunca llega.

Fantasmas trata esa pena inmensa vestida de belleza que es la nostalgia. Es en cierto modo una contrafigura de Soledad, que además hace aquí un cameo.

Lo dicho para Gótica 5 vale para Adamir; el asunto ese de la muerte nos da una oportunidad magnífica de irnos con elegancia.

Otra contraposición; frente a la muerte, El inmortal cuenta la maldición inefable de no morir nunca. El propio relato cita a Maturin, Shelley, Wilde (hay que ser de Wilde), Woolf y Borges.

[continuará…]

El Nobel de Dylan

Ante las intolerables presiones recibidas para que me pronuncie al respecto del tema del día, voy a intentar hacerlo de la forma más polémica posible, echando al fuego toda la leña a mi alcance.

dylan

Bob Dylan con cara de merecerse el Nobel

Los argumentos en contra y su refutación

Aunque expondré mi teoría al final de la entrada, me voy a molestar en rebatir los argumentos que se están utilizando contra la concesión. Sintetizados quizá en esta entrevista al sin par Luis Alberto de Cuenca, me quedo con estos (no cito a De Cuenca sino lo que se me ha hecho llegar):

  1. «Escribir para imbricar la letra con la música es muy distinto a escribir poesía». Tendrá más mérito si se hace bien, entiendo. Y si se trata de libertad compositiva, no creo que escribir una poesía que tenga prefijados de antemano número de versos, extensión, rima y distribución del acento prosódico sea más laxo que las constricciones impuestas por escribir letras.
  2. «Las letras de las canciones no son literatura». Esta disquisición daría para una tesis, pero la desmonta el propio Luis Alberto poniéndole nota a las letras publicadas sin música: «un aprobado raspado». Es decir, que no es que no sean poesía, sino que como poesías son malas. En cuanto a si las letras de Dylan son literatura, vuelvo a remitirte al final, paciente lector.
  3. «Esto desacredita al Nobel». El Nobel lleva desacreditado, como mínimo, desde que se quedó sin Borges (por no mencionar que a Sartre, por ejemplo, sí se lo concedieron).
  4. «Bob Dylan no tiene la calidad suficiente». Este sí lo respeto y podría hasta estar de acuerdo si lo comparamos, por ejemplo, con Murakami (que no lo tiene). Sería muy interesante saber qué piensa el melómano japonés, por cierto.
  5. «Literatura es lo que yo diga». (Este no lo transcribo de forma muy literal, pero sí resume bastante bien lo que piensan algunos detractores). Pues resulta que no, que la literatura en Occidente no es opinable y desciende, sobre todo, de unos recitadores musicales (Aoidoi y Citharaedi, pero también Rhapsodoi y Homeridai, más cercanos  a Homero) que declamaban ―acompañados de instrumentos― textos que llamaban sospechosamente cantos, lo cual me lleva a afirmar lo siguiente:

No es solo que lo que Bob Dylan hace sea literatura, es que se parece más a la pulsión primigenia que alumbró la literatura que muchos de los bodrios que nos intentan colar últimamente. Estoy dispuesto a aceptar que lo que Dylan escribe no es literatura siempre que concluyamos que no es literatura ninguna otra recitación musical: que no es literatura la Ilíada, por ejemplo, ni la Odisea, ni el Cantar de Roldán, ni el Cantar de mio Cid.  Si Dylan no es el trasunto de un goliardo, que venga Dios y lo vea.

Y no estoy comparando, obviamente, a Dylan con Homero (o con los recitadores musicales a quienes llamamos Homero). Solo me estoy refiriendo, porque compete a este blog, a qué cosa sea la literatura, y defiendo que tiene mucho más que ver con la capacidad de contar una historia que con la utilización virtuosa de la sinéresis en un dístico elegíaco. Llamadme loco.

 

P. S.: Adelanto que llevo solo treinta páginas de Moby-Dick en la maravillosa edición de Valdemar y me tiene completamente fascinado.

Ya era la que sería

En Emma Zunz, uno de los 17 relatos que Borges esculpió para El Aleph, después de que la protagonista reciba por carta la noticia de la muerte de su padre, el poeta bonaerense escribe: «Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de alguna manera ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos; ya era la que sería». Ya era la que sería. Cinco palabras. Sucesivos escribidores desatalentados podrían emborronar innumerables cuartillas sin soñar siquiera una construcción semejante. Infinitos monos con infinitas Remingtons podrían quizá escribir el Quijote, pero ninguno de ellos escribiría nunca «ya era la que sería». Es imposible (o nunca se ha hecho) describir con esa despampanante mezcla de belleza metafísica e insolente economía de medios el momento imperceptible en que una ―Emma, en este caso― atraviesa el umbral imaginario de una mudanza existencial.

borges

El cuentista ciego (imposible ser tan lúcido sin enceguecer) tiene tanto talento, ostenta un dominio del lenguaje tan insultante que cada párrafo, a poco que uno aguce el ojo, esconde parecidas revelaciones. Es imposible leer al filósofo argentino sin sentir lo que Bruno Ganz llama en El cielo sobre Berlín «el asombro».

Pues bien, no es (el único) propósito de esta entrada bancar a Borges. No pude evitar al releer Emma Zunz pensar que la impericia lingüística con que obsequiamos a nuestros cachorros les impedirá, llegado el caso, paladear la hermosísima sutileza con que el escritor porteño nos hace más sabios a cada palabra. El mayor mal que les estamos haciendo a nuestras crías es el de impedirles percibir, descifrar y gozar la maestría con que el erudito bibliófilo esconde elocuentes afirmaciones poéticas entre párrafos de aparente objetividad ingenieril, cómo alterna sospechosas enumeraciones bibliográficas con un sentido acerado de la épica. Ellos sí estarán ciegos; porque viendo, no verán.

 

PS: Su ausencia del palmarés desacredita la propia noción de Premio Nobel pero condice naturaleza y devenir de escritor y premio. El Nobel nunca ganó un Borges.

La literatura contemporánea es un petardo

Iba a limitarme a dar mi opinión sobre Ruido de fondo, de Don DeLillo, pero seguro que meterme en un charco es mucho más divertido.

Por supuesto, no me puedo referir a toda la literatura contemporánea. Me refiero a lo que se considera hoy alta literatura (lo que es un término jactancioso y absurdo en sí mismo). Los DeLillo, McCarthy (cuánto daño hizo Bloom con sus cuatro americanos), Camus, Kundera (mi favorito), Munro, Foster Wallace y otros adoquines similares. Voy a simplificar, que estamos en agosto. La literatura contemporánea no me gusta porque tiene mucho de esto:

1. Sociología y filosofía

No sé que les está pasando a los escritores que en cuanto pueden se despeñan hacia territorios colindantes con la novela, sobre todo hacia el ensayo. Son ensayos encubiertos, como escribí aquí. La novela no debería existir para convencernos de esta o aquella teoría social. Existe para que el lector pueda sumergirse en una buena historia. Ahí está el veneno.

2. Personajes inverosímiles

Como los personajes son meras herramientas para convencernos de sus tesis, la mitad de ellos son catedráticos (para utilizar de manera subrepticia y falaz el argumento  de autoridad) y la otra mitad artistas (que aportan el rollito dinámico y postmoderno). También hay niños que hablan como enciclopedias, como hacían los protagonistas de Dawson crece, que con 15 años tenían unas dudas existenciales que ni Sartre.

3. Situaciones inverosímiles

El argumento tipo implica que durante cientos de páginas no pase absolutamente nada más allá de la exhibición técnica del autor y repentinamente se desencadenen hechos extemporáneos que se compadecen mal con el resto de la historia.

Dado que la acción también está al servicio de la ideología, lo mismo se acaba el mundo que aparece un investigador que le ofrece a la mujer del protagonista un medicamento para vencer el miedo a la muerte a cambio de encuentros sexuales regulares, cosa que ella, que quiere mucho a su marido, acepta (¿…?). Como el espantoso final de El mundo de Sofía, que no destripo aquí aunque debería.

4. Traumas

Sustituyen trama por trauma. Muchos traumas y estereotipos. Pero en el caso estadounidense con una falta de originalidad alarmante: le quitas a la novela estadounidense la ausencia del padre, el adulterio, la soledad, las drogas, el consumismo y la conspiranoia y se queda en cuadro.

5. Tedio

boring-book.jpgExisten distintos motivos para leer. Yo, por ejemplo, leo novela contemporánea porque me ayuda a sentirme un cultureta como Dios manda. Motivos, como digo, hay muchos, pero criterios de disfrute no hay ninguno tan inequívoco como que un libro sea lo que los pérfidos ingleses llaman gripping, y que el doctor Cremades traduce como «que te agarra por las trenzas y no te suelta» (el doctor Cremades no dice «trenzas»): llegar a casa antes para poder seguir leyendo. Adicción. Mono. Veneno, otra vez. Y eso un postmoderno no lo ha visto ni en foto.

 

Lo anterior no es una defensa del folletín. Es una defensa de la calidad literaria y de la recuperación de la definición de lo literario frente a la pose, el intelectualismo y el sopor. Y no vale para todos los escritores contemporáneos: Murakami, por ejemplo, está a la altura de los más grandes, y ha llegado ahí arriba escribiendo única y exclusivamente literatura.

 

 

Respétame menos y léeme más

Antes de que los escritores empezaran a poner cara de siesos en las solapas de los libros, antes de los derechos de autor e incluso de los tipos y los cranes (d), la literatura nació porque un pájaro tenía hambre y otros pájaros se aburrían. El pájaro con hambre era tan bueno contando historias que lograba que los pájaros aburridos le pagaran por ello, lo que implica que había dos cosas que no hacía: ni iba a palacio a buscar un subvención ni se pasaba de listo. Si tú llegas a un pueblo con la sana intención de que te den rancho y piltra a cambio de tu labia y te pones en plan, no sé, Kundera, en un lugar tan pacífico como la Grecia de hace treinta siglos, lo más seguro es que durmieras gratis, pero en el Hades.

tletra

Se trataba de ser tan condenadamente embaucador, tan hábil y tan certero poniendo el lenguaje al servicio de la imaginación, que los autóctonos escucharan hasta que estuvieran dispuestos a pagar por oír el resto. Se trataba de retórica, pero también de hipnotismo. De liar al incauto en una madeja alucinógena que le hiciera sentirse Ulises (famoso por su lanza) y soñar con sirenas. Las historias eran tan buenas que hoy, cuando nadie sabe quién es Leopold Bloom o Josef K. (lo cual es un drama en sí mismo), todo el mundo sabe quién es Héctor (el de tremolante penacho) aunque sea gracias a Eric Bana.

Lo que quiero decir es que la literatura tal y como se entiende en este blog no es filosofía ni son novelas de tesis, y sobre todo no son mamotretos infumables que confunden la densidad con el sopor. La densidad no es mala. Joyce, Kafka o Proust son densos, pero leídos como ameritan (lento y desde el reclinatorio) no son soporíferos.

La literatura que aquí se banca es tan grande, tan plausible, está tan bien construida, que si fuera filosófica sería menos y no más. Cuando la literatura es de verdad no se contenta con defender una idea, un enfoque o una teoría. No es existencialista ni estructuralista, porque no es parcial ―no es parte de―. Cuando la literatura merece tal nombre es tan humilde, tan lúcida y deslumbrante que lleva toda una vida dentro de sí.

De un hombre pobre (relato circular)

En el amanecer de mi vida conviví con un mendigo. Fueron tiempos remotos que ahora recuerdo ante la luz de un hogar muy parecido. Pasábamos los días enredados en la bruma narcótica de una dulce inactividad. No logro reconocer de qué vivíamos ni qué personas frecuentaban nuestro trato. El menesteroso, que me había acogido sin preguntarme siquiera mi nombre, pasaba largos ratos sentado en un rincón, con los ojos abiertos y la mirada fija en algún punto de este o del otro mundo. A veces me miraba y sonreía, y yo le devolvía la sonrisa con dichosa gratitud.

Con el tiempo conocí otros lugares y frecuenté otras personas. Un amor (en la mañana de mi vida) me convenció de que la contemplación no me daría la felicidad más sabrosa y plena, la que reposa latente en la primavera del hombre. Recogí mis escasas pertenencias ―las mismas con las que había llegado allí― y abandoné al mendigo. No recuerdo haber percibido ni un solo reproche en su mirada, que permanecía misteriosa y afable con el pasar del tiempo.

En el mediodía de mi vida recurrí a la ciencia: un sabio reputado me hizo un sitio en su casa y me convirtió en un miembro de su familia. Según calculaba, él podría enseñarme todo lo que me sería necesario para convertirme en un hombre rico y renombrado. Sin dinero ―razonaba yo― nunca podría encontrar el amor. Movido por esta perspectiva, estudiaba sin descanso los libros de los hombres. Más de una vez me sorprendieron los primeros rayos del sol ante los viejos manuscritos del hombre sabio. Un día, cuando me creí suficientemente ilustrado en las cosas de la ciencia, abandoné al hombre docto, prometiéndole volver, y busqué el amparo de un famoso comerciante de la seda.

En la tarde de mi vida me puse al servicio del traficante de la seda y presté toda mi atención a cuidar con disimulada codicia a los clientes, arreglar con esmero las cuentas y amenazar solapadamente a los mercaderes que nos proporcionaban las mercancías. Pronto conocí todos los secretos del negocio, y yo mismo me convertí en un próspero negociante cuyo nombre no era extraño en los rincones de la provincia. Desde esta envidiable posición, sin embargo, tuve la ocasión de conocer el verdadero carácter del comerciante de la seda: tras su apariencia bonancible siempre había una mueca de codicia y trataba a sus empleados, e incluso a sus mujeres e hijos, con una cierta distancia provocada, sin duda, por una visceral desconfianza. Cuando me percaté de que también de mi compañía esperaba obtener un rédito, abandoné su casa y me dirigí hacia el hogar del hombre sabio.

104.jpg

El sabio (que conocía todos los secretos de los cielos y los mares, de las montañas más remotas y de las simas más insondables) me acogió en el anochecer de mi vida con ostentoso júbilo y celebró durante tres días mi regreso. Yo, a cambio y como había proyectado desde un principio, le ofrecí parte de mi fortuna para que fundara una universidad o una biblioteca o cualquier otra institución que contribuyese a acrecer su ciencia ―si eso era posible― y perpetuar su fama. La reacción del erudito, sin embargo, consistió en echarme de su casa con muy malas maneras, arguyendo que la fama y la fortuna nada tenían que ver con la sabiduría, y que ¡ay de aquel que las confundiera de la manera tan miserable y desagradecida como yo las había confundido! Perplejo por que el hombre sabio no pudiera ver más allá de su propia sabiduría, lo abandoné y retomé mi viejo proyecto, el de conquistar el amor.

Pasé toda la noche de mi vida buscando el amor, convencido de que solo un sentimiento tan altruista y despegado podría brindarme algún retazo de felicidad y de que mis amplios conocimientos y mi recién adquirida fortuna facilitarían sin duda mi empresa. Pero como ocurre siempre, solo logré encontrarlo cuando cejé en mi búsqueda. Supe entonces que, como había sospechado siempre, solo el amor era desinteresado y perseguía la felicidad del otro por encima de la propia. Mi rendición ante el amor fue incondicional, y tenía profundas implicaciones religiosas. Transido de ascetismo y devoción, regalé toda mi fortuna y me dediqué con delectación a honrar el trono donde había sentado a mi amada. Ella, al saberlo, en lugar de agradecerme esa inédita muestra de amor y compromiso, tuvo unas memorables palabras hacia mí a cuenta de no sé qué estirpe de cerdos infectos y, antes de que le diera tiempo a ascender en su cariñoso recorrido por mis ancestros, la abandoné decepcionado.

En la madrugada de mi vida, justo antes de que una nueva mañana purifique mi cuerpo con las aguas del Ganges, y tras haber comprendido la verdadera naturaleza del interés humano, he vuelto a vivir con el pordiosero. A veces, él me mira y sonríe, y yo le devuelvo la sonrisa con dichosa gratitud.