Seríamos unos farsantes

si el buenérrimo de Melville no hubiera escrito Moby Dick.

Si no existiera Moby Dick (o tantas otras, pero no tantas) todos aquellos que insistimos en la pertinencia, en el menester de la lectura, seríamos unos farsantes.

Pero no lo somos porque el ser humano —la medida de todas las cosas— se hizo libro en toda su metafísica de salitre, en toda su épica de arpón y ataúd. En la historia del inmenso cachalote blanco hablan todos los que alguna vez hablaron.

No lea un libro, lea Moby Dick (y eso es, lo siento, cuanto me es dado decir).

Ahab

Un agujero en cubierta para encajar la pierna buena

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Las deudas de Púgil con bombín. Los once últimos

Hay 33 relatos en Púgil con bombín. Los once primeros están aquí y los once centrales aquí. Estos son los once últimos:

Muerte de P estuvo a punto de llamarse La perla del Báltico.  De alguna manera está enlazado con El duelo y con La ausencia. La pena puede ser tan hermosa…

Los recuerdos de Arati Nakawa condensa una historia detectivesca que creo que habría gustado Philip K. Dick. Acabo de caer en la cuenta de que el profesor Garnius no existiría sin Hannibal Chew. Quién tuviera un mono roba-cerebros.

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Hannibal Chew, trasunto del profesor Garnius

De cómo Sir Archibald mató al dragón (y este a su vez lo mató a él) le debe la puesta en escena a El maravilloso mundo de los hermanos Grimm, y es una contrafigura de Alonso Quijano: cambia quimera por conocimiento pero termina en las mismas.

Gótica 6 tiene un registro totalmente distinto a El señor Spider (que a su vez emparenta con La mano) pero tiene el mismo protagonista: una casa que mata. Ah, Flambeau se lo robé a Cherterton.

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Al señor Spider ya lo había espabilado el padre Kerrigan

El duelo a punto estuvo de dar título al libro, pero ahí el doctor Cremades estuvo perspicaz. Representa, en todo caso, el meollo de Púgil con bombín. No cabe hablar de él; solo leerlo.

Solo tengo diez minutos no es, como parece, un relato inacabado, pero hay quien no encuentra el espíritu de la montaña… Se trata de leer con atenta calma.

Me resulta muy especial Hacha de tala. No me gusta la literatura autorreferencial pero Hacha de tala lo es. Y el relato dentro del relato esconde alguna sorpresa, por cierto, que no me consta que haya sido descubierta. En cuanto a tuétano del libro, forma pareja El duelo.

De un hombre pobre fue publicado en este blog. Es un homenaje casi plagiario al Siddharta de Hermann Hesse.

El coleccionista trata la única grandeza posible: la de las cosas nimias. Solo cabe poner el alma en lo que el ocaso se llevará de un soplo.

La clave de La ausencia me llegó en un escalofrío. Acaso el tema haya sido tratado pero Eduardo le da otra vuelta de tuerca.

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Las deudas de Púgil con bombín. Los once primeros

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Los relatos de Púgil con bombín están escritos en un territorio estrictamente literario, y como tales se me ocurre que convenga algún comentario. No quería hacerlo en un prólogo y he decidido escribirlo en el blog. Ahí va:

Springfort Hall existe e inspiró el relato, y hasta en el nombre del mayor de los Chatterly se puede rastrear a Wodehouse.

La ciudad de casas llenas podría ser Praga, pero no el parque temático que es ahora sino la cabalística que habitó Athanasius Pernath. También podría ser Lisboa, que tiene la ventaja de seguir siendo Lisboa.

El puñal de Ben Hisib fue parte de una historia más larga, pero Daniel Cremades me hizo ver su suficiencia (también me ayudó a seleccionar los relatos y propuso el título del libro, ya que estamos pagando deudas). Hay en él algo del Kinglake de Eothen.

Imposible elegir un escritor de literatura gótica… no así un libro. Otra vez El golem, de Meyrink. Como si en Gótica 5 alguien hubiera cogido el sombrero equivocado.

Los cazadores de Su mejor presa habrían hecho buenas migas con  Münchhaussen, salvo por una cosa: ellos no mienten.

En Azimut está el Stevenson de En los mares del Sur y el Schwob de Viaje a Samoa. Pero eso es lo de menos. El cuentito trata lo que pasa con el tiempo y ―sobre todo― lo que no pasa. El correo a veces tarda mucho…

No sé decir quién me sopló Soledad… algo así entre Tabucchi y Skármeta. Cómo se nos va la vida esperando lo que nunca llega.

Fantasmas trata esa pena inmensa vestida de belleza que es la nostalgia. Es en cierto modo una contrafigura de Soledad, que además hace aquí un cameo.

Lo dicho para Gótica 5 vale para Adamir; el asunto ese de la muerte nos da una oportunidad magnífica de irnos con elegancia.

Otra contraposición; frente a la muerte, El inmortal cuenta la maldición inefable de no morir nunca. El propio relato cita a Maturin, Shelley, Wilde (hay que ser de Wilde), Woolf y Borges.

[continuará…]

El Nobel de Dylan

Ante las intolerables presiones recibidas para que me pronuncie al respecto del tema del día, voy a intentar hacerlo de la forma más polémica posible, echando al fuego toda la leña a mi alcance.

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Bob Dylan con cara de merecerse el Nobel

Los argumentos en contra y su refutación

Aunque expondré mi teoría al final de la entrada, me voy a molestar en rebatir los argumentos que se están utilizando contra la concesión. Sintetizados quizá en esta entrevista al sin par Luis Alberto de Cuenca, me quedo con estos (no cito a De Cuenca sino lo que se me ha hecho llegar):

  1. «Escribir para imbricar la letra con la música es muy distinto a escribir poesía». Tendrá más mérito si se hace bien, entiendo. Y si se trata de libertad compositiva, no creo que escribir una poesía que tenga prefijados de antemano número de versos, extensión, rima y distribución del acento prosódico sea más laxo que las constricciones impuestas por escribir letras.
  2. «Las letras de las canciones no son literatura». Esta disquisición daría para una tesis, pero la desmonta el propio Luis Alberto poniéndole nota a las letras publicadas sin música: «un aprobado raspado». Es decir, que no es que no sean poesía, sino que como poesías son malas. En cuanto a si las letras de Dylan son literatura, vuelvo a remitirte al final, paciente lector.
  3. «Esto desacredita al Nobel». El Nobel lleva desacreditado, como mínimo, desde que se quedó sin Borges (por no mencionar que a Sartre, por ejemplo, sí se lo concedieron).
  4. «Bob Dylan no tiene la calidad suficiente». Este sí lo respeto y podría hasta estar de acuerdo si lo comparamos, por ejemplo, con Murakami (que no lo tiene). Sería muy interesante saber qué piensa el melómano japonés, por cierto.
  5. «Literatura es lo que yo diga». (Este no lo transcribo de forma muy literal, pero sí resume bastante bien lo que piensan algunos detractores). Pues resulta que no, que la literatura en Occidente no es opinable y desciende, sobre todo, de unos recitadores musicales (Aoidoi y Citharaedi, pero también Rhapsodoi y Homeridai, más cercanos  a Homero) que declamaban ―acompañados de instrumentos― textos que llamaban sospechosamente cantos, lo cual me lleva a afirmar lo siguiente:

No es solo que lo que Bob Dylan hace sea literatura, es que se parece más a la pulsión primigenia que alumbró la literatura que muchos de los bodrios que nos intentan colar últimamente. Estoy dispuesto a aceptar que lo que Dylan escribe no es literatura siempre que concluyamos que no es literatura ninguna otra recitación musical: que no es literatura la Ilíada, por ejemplo, ni la Odisea, ni el Cantar de Roldán, ni el Cantar de mio Cid.  Si Dylan no es el trasunto de un goliardo, que venga Dios y lo vea.

Y no estoy comparando, obviamente, a Dylan con Homero (o con los recitadores musicales a quienes llamamos Homero). Solo me estoy refiriendo, porque compete a este blog, a qué cosa sea la literatura, y defiendo que tiene mucho más que ver con la capacidad de contar una historia que con la utilización virtuosa de la sinéresis en un dístico elegíaco. Llamadme loco.

 

P. S.: Adelanto que llevo solo treinta páginas de Moby-Dick en la maravillosa edición de Valdemar y me tiene completamente fascinado.

Ya era la que sería

En Emma Zunz, uno de los 17 relatos que Borges esculpió para El Aleph, después de que la protagonista reciba por carta la noticia de la muerte de su padre, el poeta bonaerense escribe: «Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de alguna manera ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos; ya era la que sería». Ya era la que sería. Cinco palabras. Sucesivos escribidores desatalentados podrían emborronar innumerables cuartillas sin soñar siquiera una construcción semejante. Infinitos monos con infinitas Remingtons podrían quizá escribir el Quijote, pero ninguno de ellos escribiría nunca «ya era la que sería». Es imposible (o nunca se ha hecho) describir con esa despampanante mezcla de belleza metafísica e insolente economía de medios el momento imperceptible en que una ―Emma, en este caso― atraviesa el umbral imaginario de una mudanza existencial.

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El cuentista ciego (imposible ser tan lúcido sin enceguecer) tiene tanto talento, ostenta un dominio del lenguaje tan insultante que cada párrafo, a poco que uno aguce el ojo, esconde parecidas revelaciones. Es imposible leer al filósofo argentino sin sentir lo que Bruno Ganz llama en El cielo sobre Berlín «el asombro».

Pues bien, no es (el único) propósito de esta entrada bancar a Borges. No pude evitar al releer Emma Zunz pensar que la impericia lingüística con que obsequiamos a nuestros cachorros les impedirá, llegado el caso, paladear la hermosísima sutileza con que el escritor porteño nos hace más sabios a cada palabra. El mayor mal que les estamos haciendo a nuestras crías es el de impedirles percibir, descifrar y gozar la maestría con que el erudito bibliófilo esconde elocuentes afirmaciones poéticas entre párrafos de aparente objetividad ingenieril, cómo alterna sospechosas enumeraciones bibliográficas con un sentido acerado de la épica. Ellos sí estarán ciegos; porque viendo, no verán.

 

PS: Su ausencia del palmarés desacredita la propia noción de Premio Nobel pero condice naturaleza y devenir de escritor y premio. El Nobel nunca ganó un Borges.

La literatura contemporánea es un petardo

Iba a limitarme a dar mi opinión sobre Ruido de fondo, de Don DeLillo, pero seguro que meterme en un charco es mucho más divertido.

Por supuesto, no me puedo referir a toda la literatura contemporánea. Me refiero a lo que se considera hoy alta literatura (lo que es un término jactancioso y absurdo en sí mismo). Los DeLillo, McCarthy (cuánto daño hizo Bloom con sus cuatro americanos), Camus, Kundera (mi favorito), Munro, Foster Wallace y otros adoquines similares. Voy a simplificar, que estamos en agosto. La literatura contemporánea no me gusta porque tiene mucho de esto:

1. Sociología y filosofía

No sé que les está pasando a los escritores que en cuanto pueden se despeñan hacia territorios colindantes con la novela, sobre todo hacia el ensayo. Son ensayos encubiertos, como escribí aquí. La novela no debería existir para convencernos de esta o aquella teoría social. Existe para que el lector pueda sumergirse en una buena historia. Ahí está el veneno.

2. Personajes inverosímiles

Como los personajes son meras herramientas para convencernos de sus tesis, la mitad de ellos son catedráticos (para utilizar de manera subrepticia y falaz el argumento  de autoridad) y la otra mitad artistas (que aportan el rollito dinámico y postmoderno). También hay niños que hablan cual enciclopedias, como hacían los protagonistas de Dawson crece, que con 15 años tenían unas dudas existenciales que ni Sartre.

3. Situaciones inverosímiles

El argumento tipo implica que durante cientos de páginas no pase absolutamente nada más allá de la exhibición técnica del autor y repentinamente se desencadenen hechos extemporáneos que se compadecen mal con el resto de la historia.

Dado que la acción también está al servicio de la ideología, lo mismo se acaba el mundo que aparece un investigador que le ofrece a la mujer del protagonista un medicamento para vencer el miedo a la muerte a cambio de encuentros sexuales regulares, cosa que ella, que quiere mucho a su marido, acepta (¿…?). Como el espantoso final de El mundo de Sofía, que no destripo aquí aunque debería.

4. Traumas

Sustituyen trama por trauma. Muchos traumas y estereotipos. Pero en el caso estadounidense con una falta de originalidad alarmante: le quitas a la novela estadounidense la ausencia del padre, el adulterio, la soledad, las drogas, el consumismo y la conspiranoia y se queda en cuadro.

5. Tedio

boring-book.jpgExisten distintos motivos para leer. Yo, por ejemplo, leo novela contemporánea porque me ayuda a sentirme un cultureta como Dios manda. Motivos, como digo, hay muchos, pero criterios de disfrute no hay ninguno tan inequívoco como que un libro sea lo que los pérfidos ingleses llaman gripping, y que el doctor Cremades traduce como «que te agarra por las trenzas y no te suelta» (el doctor Cremades no dice «trenzas»): llegar a casa antes para poder seguir leyendo. Adicción. Mono. Veneno, otra vez. Y eso un postmoderno no lo ha visto ni en foto.

 

Lo anterior no es una defensa del folletín. Es una defensa de la calidad literaria y de la recuperación de la definición de lo literario frente a la pose, el intelectualismo y el sopor. Y no vale para todos los escritores contemporáneos: Murakami, por ejemplo, está a la altura de los más grandes, y ha llegado ahí arriba escribiendo única y exclusivamente literatura.

 

 

Respétame menos y léeme más

Antes de que los escritores empezaran a poner cara de siesos en las solapas de los libros, antes de los derechos de autor e incluso de los tipos y los cranes (d), la literatura nació porque un pájaro tenía hambre y otros pájaros se aburrían. El pájaro con hambre era tan bueno contando historias que lograba que los pájaros aburridos le pagaran por ello, lo que implica que había dos cosas que no hacía: ni iba a palacio a buscar un subvención ni se pasaba de listo. Si tú llegas a un pueblo con la sana intención de que te den rancho y piltra a cambio de tu labia y te pones en plan, no sé, Kundera, en un lugar tan pacífico como la Grecia de hace treinta siglos, lo más seguro es que durmieras gratis, pero en el Hades.

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Se trataba de ser tan condenadamente embaucador, tan hábil y tan certero poniendo el lenguaje al servicio de la imaginación, que los autóctonos escucharan hasta que estuvieran dispuestos a pagar por oír el resto. Se trataba de retórica, pero también de hipnotismo. De liar al incauto en una madeja alucinógena que le hiciera sentirse Ulises (famoso por su lanza) y soñar con sirenas. Las historias eran tan buenas que hoy, cuando nadie sabe quién es Leopold Bloom o Josef K. (lo cual es un drama en sí mismo), todo el mundo sabe quién es Héctor (el de tremolante penacho) aunque sea gracias a Eric Bana.

Lo que quiero decir es que la literatura tal y como se entiende en este blog no es filosofía ni son novelas de tesis, y sobre todo no son mamotretos infumables que confunden la densidad con el sopor. La densidad no es mala. Joyce, Kafka o Proust son densos, pero leídos como ameritan (lento y desde el reclinatorio) no son soporíferos.

La literatura que aquí se banca es tan grande, tan plausible, está tan bien construida, que si fuera filosófica sería menos y no más. Cuando la literatura es de verdad no se contenta con defender una idea, un enfoque o una teoría. No es existencialista ni estructuralista, porque no es parcial ―no es parte de―. Cuando la literatura merece tal nombre es tan humilde, tan lúcida y deslumbrante que lleva toda una vida dentro de sí.

De un hombre pobre (relato circular)

En el amanecer de mi vida conviví con un mendigo. Fueron tiempos remotos que ahora recuerdo ante la luz de un hogar muy parecido. Pasábamos los días enredados en la bruma narcótica de una dulce inactividad. No logro reconocer de qué vivíamos ni qué personas frecuentaban nuestro trato. El menesteroso, que me había acogido sin preguntarme siquiera mi nombre, pasaba largos ratos sentado en un rincón, con los ojos abiertos y la mirada fija en algún punto de este o del otro mundo. A veces me miraba y sonreía, y yo le devolvía la sonrisa con dichosa gratitud.

Con el tiempo conocí otros lugares y frecuenté otras personas. Un amor (en la mañana de mi vida) me convenció de que la contemplación no me daría la felicidad más sabrosa y plena, la que reposa latente en la primavera del hombre. Recogí mis escasas pertenencias ―las mismas con las que había llegado allí― y abandoné al mendigo. No recuerdo haber percibido ni un solo reproche en su mirada, que permanecía misteriosa y afable con el pasar del tiempo.

En el mediodía de mi vida recurrí a la ciencia: un sabio reputado me hizo un sitio en su casa y me convirtió en un miembro de su familia. Según calculaba, él podría enseñarme todo lo que me sería necesario para convertirme en un hombre rico y renombrado. Sin dinero ―razonaba yo― nunca podría encontrar el amor. Movido por esta perspectiva, estudiaba sin descanso los libros de los hombres. Más de una vez me sorprendieron los primeros rayos del sol ante los viejos manuscritos del hombre sabio. Un día, cuando me creí suficientemente ilustrado en las cosas de la ciencia, abandoné al hombre docto, prometiéndole volver, y busqué el amparo de un famoso comerciante de la seda.

En la tarde de mi vida me puse al servicio del traficante de la seda y presté toda mi atención a cuidar con disimulada codicia a los clientes, arreglar con esmero las cuentas y amenazar solapadamente a los mercaderes que nos proporcionaban las mercancías. Pronto conocí todos los secretos del negocio, y yo mismo me convertí en un próspero negociante cuyo nombre no era extraño en los rincones de la provincia. Desde esta envidiable posición, sin embargo, tuve la ocasión de conocer el verdadero carácter del comerciante de la seda: tras su apariencia bonancible siempre había una mueca de codicia y trataba a sus empleados, e incluso a sus mujeres e hijos, con una cierta distancia provocada, sin duda, por una visceral desconfianza. Cuando me percaté de que también de mi compañía esperaba obtener un rédito, abandoné su casa y me dirigí hacia el hogar del hombre sabio.

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El sabio (que conocía todos los secretos de los cielos y los mares, de las montañas más remotas y de las simas más insondables) me acogió en el anochecer de mi vida con ostentoso júbilo y celebró durante tres días mi regreso. Yo, a cambio y como había proyectado desde un principio, le ofrecí parte de mi fortuna para que fundara una universidad o una biblioteca o cualquier otra institución que contribuyese a acrecer su ciencia ―si eso era posible― y perpetuar su fama. La reacción del erudito, sin embargo, consistió en echarme de su casa con muy malas maneras, arguyendo que la fama y la fortuna nada tenían que ver con la sabiduría, y que ¡ay de aquel que las confundiera de la manera tan miserable y desagradecida como yo las había confundido! Perplejo por que el hombre sabio no pudiera ver más allá de su propia sabiduría, lo abandoné y retomé mi viejo proyecto, el de conquistar el amor.

Pasé toda la noche de mi vida buscando el amor, convencido de que solo un sentimiento tan altruista y despegado podría brindarme algún retazo de felicidad y de que mis amplios conocimientos y mi recién adquirida fortuna facilitarían sin duda mi empresa. Pero como ocurre siempre, solo logré encontrarlo cuando cejé en mi búsqueda. Supe entonces que, como había sospechado siempre, solo el amor era desinteresado y perseguía la felicidad del otro por encima de la propia. Mi rendición ante el amor fue incondicional, y tenía profundas implicaciones religiosas. Transido de ascetismo y devoción, regalé toda mi fortuna y me dediqué con delectación a honrar el trono donde había sentado a mi amada. Ella, al saberlo, en lugar de agradecerme esa inédita muestra de amor y compromiso, tuvo unas memorables palabras hacia mí a cuenta de no sé qué estirpe de cerdos infectos y, antes de que le diera tiempo a ascender en su cariñoso recorrido por mis ancestros, la abandoné decepcionado.

En la madrugada de mi vida, justo antes de que una nueva mañana purifique mi cuerpo con las aguas del Ganges, y tras haber comprendido la verdadera naturaleza del interés humano, he vuelto a vivir con el pordiosero. A veces, él me mira y sonríe, y yo le devuelvo la sonrisa con dichosa gratitud.

ARCO y la seriedad del escritor

No digo que todo lo que se expone en ARCO responda a la intención de reírse del público, ni que todos los escritores que ponen cara de interesantes en las solapas de sus libros sean aburridos. Lo que digo es que, si tienes la intención de reírte del público, lo mejor que puedes hacer es aparentar gravedad. Si eres incapaz de escribir una buena historia, le plantas a tu libro una foto tuya como mirando más allá, al lugar donde los mortales no llegan (los mortales críticos, se entiende).

No hay problema en que el rey vaya desnudo siempre que ponga cara de máxima dignidad. Siempre que nos haga dudar de lo que vemos. Siempre que pensemos que la culpa es nuestra, por ser un poco cortitos.

Por ejemplo. Acabo de ver a un tío en pelotas (de nombre Emilio Rojas) dentro de unos palés apilados coloreados y agujereados ad hoc para acoger el cuerpo del pollo. No sé para vosotros, pero para mí es un claro ejemplo de crítica de la explotación por parte de la industria occidental de los recursos expoliados a los indígenas americanos y la burla nominalista de la producción tardocapitalista, además de la denuncia implícita de la mercantilización de la dignidad del artista cosificado. El que no vea eso está muerto en vida. Habrá quien diga que el sujeto no llegaba a ARCO y tiró por la calle de en medio con lo primero que encontró en su taller, pero eso no son más que obtusas simplificaciones.

Obsérvese el ingenioso mecanismo:

Emilio Rojas

Pues lo mismo pasa con los libros. A falta de que otro día hagamos una recopilación fotográfica de fruncimientos de ceño de escritores (con el aditamento opcional de pipa y/o gabardina), y haciendo la salvedad de que los buenos también ponen para la foto cara de estar pensando muy fuerte en algo, está claro que lo mejor que pueden hacer los menos buenos es rodearse de cierta aura filosófica.

Un escritor aburrido, en sí, no tiene gran mérito. Pero imaginemos que, entrevistado por un becario gafapasta, dicho escritor se declara partidario de la metaficción autorreferencial con recursos intertextuales de tintes estructuralistas. Automáticamente, la historia deja de ser aburrida para ser profunda, y si no nos interesa es porque la almendra no nos da de sí, porque un escritor con esa cara de esfuerzo mental no puede haber perpetrado simplemente un bodrio, sino necesariamente una abstrusa alegoría sociopolítica.

En algún momento los escritores dejaron de ser contadores de historias (a Stevenson los aborígenes del Pacífico Sur llamaban Tusitala, el que cuenta historias) para intentar ser algo mucho más pesado, a medio camino entre la Filosofía y el circunloquio. Escritores muy serios para lectores muy aburridos.

Rebeca, de Daphne du Maurier

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Así sí. Tras la última elección desafortunada, no hay como recurrir a los clásicos (vale, quizá sea exagerado llamar clásico a Rebeca) para recuperar la fe en la literatura.

Tampoco en esta ocasión voy a hacer una crítica, aunque la obra lo merece. Solo me gustaría utilizarla para explicar por qué es un buen libro y por qué la buena literatura lo es.

Más allá de gustos personales o de la caracterización Rebecaexhaustiva de lo que de forma artera se da en llamar «alta literatura», lo que hace que un libro sea digno de ser leído (no todo es relativo: hay que mojarse) es que haya verdad en él. Que sus claves y códigos sean los de la vida. Un escritor (escritora, en este caso) es básicamente un mentiroso, y hay que exigirle que mienta bien. Dando por supuesta la existencia de una buena historia, lo que hay detrás de un gran libro es básicamente trabajo: ha de tener textura, solidez, dimensiones; responder a las mismas leyes que la realidad (o crear unas nuevas y después respetarlas, como Tolkien). Aunque un personaje solo tenga dos frases irrelevantes, el autor debe preocuparse por establecer su extracción social o a qué edad se le cayeron los dientes de leche (esto último es exagerado, pero solo un poco).

La inspiración está muy bien, pero es menos mística de lo que parece: se reduce a unas condiciones de trabajo adecuadas. Escribir diez horas, por ejemplo, suele ayudar más a escribir un buen capítulo que esperar la llegada de las musas. Ejemplo:

Mientras la segunda señora De Winter nos cuenta cómo se ve obligada a soportar los rigores de las convencionales visitas de sociedad, utiliza una frase que recoge a la vez el carácter postadolescente de la protagonista, la vacuidad de las convIMG-20160227-WA0003ersaciones al uso y la hipocresía social predominante, y todo ello con sutileza y sarcasmo:

«Continué sentada, con las manos sobre la falda, dispuesta a expresar mi conformidad con la primera que dijera algo».

Hay escritores que tardan toda una vida en lograr una frase así. Pero claro, estamos ante una autora que se molesta en que la celebérrima frase inicial de la obra («Last night I dreamt I went to Manderley again») tenga la estructura métrica de un senario yámbico. Trabajo, trabajo y trabajo. Lo de la inspiración es la excusa de algunos para atizarse un lingotazo de cuando en cuando.