Vote a un marxista y no tendrá que votar más

En España puede uno declararse comunista sin caer en el descrédito más absoluto y la marginación intelectual. Hay quien se declara comunista y más tarde, cuando se le explican las verdaderas implicaciones de sus palabras, replica con las orejas gachas: «bueno, eso no». Por algún motivo que se me escapa, hay una noción amable y cool del comunismo que nada tiene que ver con su significado real. Sea como fuere, servidor seguirá viendo a cualquiera que se declare comunista en la misma estantería evolutiva que los neonazis que desfilaron el otro día por Madrid diciendo sandeces. No sé si fue Monedero o Errejón quien, en una entrevista de hace unos años sostenía que nadie en su partido quería llevar a cabo una revolución bolchevique. Si eso es verdad, que no se llamen marxistas. Mientras lo hagan, a la mismita estantería que el fascio.

Me gustaría pensar que lo que gran parte de la izquierda quiere decir con marxista —y les recuerdo que el PSOE se declaró marxista hasta el 79— es socialdemócrata o lector de Benjamin o Lukács, pero eso de coger las palabras y que denoten lo que uno quiera hace muy difícil la coherencia. Si durante el siglo XX las diversas corrientes de inspiración marxista trataron de apropiarse de la propuesta de Marx y Engels y modificar su mensaje a su gusto, por mí estupendo, pero el marxismo es lo que es, y no lo que creen los hijos de la izquierda caviar:

El marxismo no persigue la protección de los pobres ni de ninguna otra minoría

Las clases relevantes para el marxismo son la burguesía propietaria de los medios de producción y el proletariado cuyo trabajo es robado por aquella. La solución es que el proletariado robe los medios de producción y luego reparta las recompensas al trabajo según métodos poco definidos en el mejor de los casos y abracadabrantes en el peor. Lo cierto es que cuando llega a la fase superior del comunismo la cosa ya se parece bastante a Narnia: «Finalmente, cuando todo el capital, toda la producción y todo el cambio estén concentrados en las manos de la nación, la propiedad privada dejará de existir de por sí, el dinero se hará superfluo, la producción aumentará y los hombres cambiarán tanto que se podrán suprimir también las últimas formas de relaciones de la vieja sociedad». Le falta decir a Engels que la UEFA ya no será corrupta. «Los hombres cambiarán tanto», porque sí. Que cada uno trabaje en función de sus capacidades y reciba en función de sus necesidades, dicen. Haría falta un demiurgo, como mínimo, para hacer el reparto. En otra parte Marx habla de trabajar un ratejo en lo que cada uno quiera, sin necesidad de estar especializado. Luego ya repartimos porque habrá de sobra para todos (¿…?).

Pero a lo que íbamos: los pobres de solemnidad ni siquiera entran en la ecuación: el lumpemproletariado (no sé si recuerdan el vídeo en que Pablo Iglesias se jactaba de haberse pegado con algunos de sus miembros) es para ellos una clase despreciable, peligrosa y eventualmente cercana a la burguesía opresora: no tiene conciencia de clase y por tanto no participa en el enfrentamiento esencial (la lucha de clases) al que el marxismo reduce todo. Solo se tiene en cuenta a la clase trabajadora, lo que, aparte de ser una simplificación como un castillo, significa preocuparse exclusivamente por la mayoría. Las minorías son esencialmente peligrosas para un programa tan maniqueo: la implantación del comunismo es un sistema binario hasta que una de las partes termina con la otra. En la fase intermedia la dictadura está legitimada para reprimir cualquier disensión. En la fase superior ya ni se concibe la disensión.

El marxismo constituye, con el fascismo, la mayor y más peligrosa simplificación política que haya existido: conciben el mundo como oposición entre lo mío, que es lo bueno, y todo lo demás, que debe desaparecer. ¡Qué bien han aprendido eso sus nietos, la censura totalitaria que nos aqueja! Su método es el mismo, convertir a cualquier disconforme en la encarnación del mismo mal y, sobre todo, en la misma medida: si no utiliza usted el lenguaje inclusivo es usted un violador. De hecho, si es usted un hombre es un violador. Todo disidente es el enemigo y está manchado por la culpa esencial de no ser de los nuestros. No hay escala de grises, y mucho menos cristales de colores. Hay pogromo para todos.

El marxismo, y en esto coinciden todos sus hijos, es la construcción de una mayoría violenta para la aniquilación de todo lo demás, devenido masa informe, excrecencia, tumor. ¿Cómo va a defender ninguna minoría quien quiere construir por la fuerza una sola voluntad?

El marxismo no es pacifista

Lo que el materialismo dialéctico coge de Hegel es de lo peorcito: si Hegel cree que a través de la confrontación de los Estados avanza la Historia, para Marx el motor es la lucha de clases. Los dos salivan con la violencia: «guerra como estado en el cual se toma en serio la futilidad de los bienes y las cosas de este mundo, y los pueblos salen de su letargo que los enferma y a la larga envilece», dice Hegel. «Solo existe un medio de abreviar, simplificar y concentrar los homicidas dolores afónicos de la vieja sociedad y los sangrientos dolores puerperales de la sociedad nueva, un medio solamente: el terrorismo revolucionario», contesta Marx, como en un eco de alumno aventajado. Pero esperen, que hay más. El filósofo marxista-pop más molón de las últimas décadas, Slavoj Žižek, dice sobre la Baader-Meinhoof (banda terrorista alemana con 34 asesinatos a sus espaldas): «hacía falta una intervención más violenta para despertarlos de su adormecimiento ideológico, de su consumismo hipnótico, y solo las intervenciones directas y violentas, como el poner bombas en los supermercados, serían eficaces. ¿No sucede lo mismo hoy en día […] con el terror fundamentalista? ¿No pretende despertarnos a nosotros, ciudadanos occidentales, de nuestro adormecimiento, de la inversión en nuestro universo ideológico cotidiano?».

La simpatía de la izquierda por el terrorismo, su consideración de lucha, está en la naturaleza del marxismo y no es negociable. No cabe extrañarse de que los partidos comunistas españoles vean a ETA con simpatía. La violencia es una herramienta marxista para llegar al estado ideal, el comunismo. Cualquier otra consideración es disfrazar a la mona de seda.

El marxismo no es democrático

El marxismo persigue, tras una dictadura del proletariado, la desaparición del Estado. Siendo así, no cabe ningún método de organización del Estado, que es lo que es la democracia. De las tres fases previstas por el marxismo (robárselo todo a todos matando a quien se resista; dictadura del proletariado; Narnia), les suele pasar a los regímenes comunistas que se atascan en la segunda: se convierte en la dictadura de una élite de iluminados que, amparados por la infalibilidad que confiere ser marxista, puede hacer con sus ciudadanos lo que desee, como matar de hambre a ocho millones de ucranianos en dos años o instaurar un ultracapitalismo de Estado construido sobre los hombros de un proletariado sin voz (¿cómo iban a fabricar si no móviles tan baratos?).

Cualquier marxista de pro les dirá que el Holodomor es una sucia mentira capitalista, por mucho que haya sido condenado por la Unesco, el Parlamento Europeo o la Asamblea General de las Naciones Unidas

Ningún régimen, no ya comunista, sino con tendencia, aspecto, ramalazos o aspiraciones comunistas ha organizado elecciones libres. No solo porque la propia naturaleza del comunismo necesita la dictadura como el respirar, ni porque toda la teoría tenga un tufo paternalista que tira para atrás, y considere al ser humano, en esencia, un imbécil incapaz de resolver sus problemas.

Lo que incapacita radicalmente al marxismo para ser democrático es que, mientras en el núcleo constitutivo de las democracias liberales está la igualdad de los ciudadanos, el marxismo se preocupa únicamente de los derechos de los obreros explotados por el capital. Le importan un comino (o más bien le molestan) los artistas, los mendigos, los profesionales liberales, las prostitutas, los zapateros remendones, los campesinos dueños de la tierra que trabajan, los escritores, los carteros o los intelectuales no marxistas. Dado que con todos ellos la teoría marxista colapsa, hace como si no existieran para después intentar eliminarlos.

El marxismo (y en esto se parece mucho más a las religiones que a un programa político-económico) no es una propuesta, es un dogma omnímodo que no tiene partidarios sino fieles, y que convierte a cualquier disidente, agnóstico o simplemente cualquier no-proletario en el objetivo de una purga, un gulag o una bala.

El marxismo es intrínsecamente elitista

No es solo que el hombre común (observen el uso patriarcal y falocrático que hago aquí de la palabra hombre) necesite que lo lleven de la mano, ni que Marx perteneciera a una familia burguesa de buen pasar y tuviera una extraña propensión a la buena vida (vive de tus padres hasta que puedas vivir de Engels); es que el grueso del corpus marxista, y aquí sí entran sus exégetas, apropiadores, acólitos y demás intocables, es en realidad el producto de una logorrea académica que solo se apoya en la realidad en su faceta descriptiva y crítica (donde el marxismo sí ha proporcionado herramientas útiles) y que en su faceta prescriptiva se permite el lujo de construir quimera sobre quimera a través de sus grandes aliados: las elucubraciones indemostrables, el hermetismo lingüístico y el hecho de que el papel lo aguante todo.

Solo esos académicos y los políticos que dicen haberlos leído son dignos de ostentar posiciones de poder: el resto, la masa, ha de soportar el cambio de yugo sin levantar la voz ni un poquito, asumiendo que la élite proveerá y que el reino de Jauja que constituye la fase superior del comunismo lo abastezca de más pan que la democracia liberal, por mucho que la experiencia y el sentido común demuestren lo contrario.

El marxismo no es, ni siquiera, coherente

En su faceta explicativa, el materialismo histórico pone en el centro del análisis el egoísmo y la ambición humanas, causas primeras de la lucha de clases. En su faceta prescriptiva, egoísmo y ambición desaparecen y los lobos se reparten pacíficamente las raciones. Mí no comprender.

El mejor ejemplo de la incongruencia entre pedantez críptica y violencia animal que dan forma al marxismo está en mayo del 68: un empacho de intelectualoides, culturetas y burgueses se declaraba maoísta en las calles de París. En agosto de 1966 y bajo las instrucciones directas de Mao, más de 10000 personas habían sido asesinadas por la Guardia Roja en Pekín. Los profesores fueron uno de los principales objetivos. En el caso de los niños, los métodos más utilizados eran «golpearlos contra el suelo o partirlos en dos».

¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!

Aunque mi generación las conozca por El club de los poetas muertos, las palabras son de Walt Whitman por la muerte de Abraham Lincoln. En Sin perdón, el personaje interpretado por Richard Harris se pavonea tras el asesinato de Lincoln de que en Inglaterra cuentan con la ventaja de la monarquía: a nadie se le ocurriría disparar a un rey. Obviamente no conoció a Eduardo VIII.

Si la cosa va de capitanes, en el Madrí tenemos dos.

El carro de Karim

El carro de Karim está a rebosar los últimos años: está lleno de los que solo veían los goles de Ronaldo el-no-tan-bueno y no los pases ni los espacios de Karim. No entendían, ni lo harán nunca, que Karim marcaba menos por lo mismo por lo que ahora marca más: porque el fútbol es un deporte de equipo y lo primero es hacer lo que el equipo necesite.

Dan ganas de coger el farol de Diógenes para buscar al hombre honrado: aquel que continúe manteniendo a día de hoy que «Karim no vale», que «es mu malo» o que «no tiene carácter» (en España confundimos carácter con poner cara de intensidad). Habría ahí un hombre coherente. Ciego como un gato de escayola, pero coherente.

No nos preocupa que el carro esté a rebosar: en primer lugar, porque es muy bonito pedir perdón y reconocer los errores; en segundo, porque Karim sabe, como Kipling, que el fracaso y el triunfo son un par de impostores.

El carro de Sergio

El carro de Llull es distinto: es el carro que el domingo le endosó al otro finalista de la Supercopa; a sus 8 jugadores en pista y a los 7 del banquillo. 24 puntitos para vengar a su compañero Heurtel: no sé si se ha insistido lo suficiente en que el otro finalista dejó en tierra el año pasado a un jugador de su plantilla en plena pandemia. Esas son las cositas que hace el otro finalista. También pierde partidos de Euroliga adrede para intentar perjudicar a su obsesión blanca: el Madrí cogió el regalo y estuvo a punto de consumar la gesta más bonita de la historia de la competición. Pero Dios no se queda con nada de nadie: cuando el equipo que deja en tierra a sus jugadores volvió a jugar con Efes en la final, ya intentando ganar, volvió a perder. Quedó segundo, que es su posición favorita: 2 veces primeros y 6 segundos en Copa de Europa y 19 primeros y 21 segundos en Liga. Segundo, segundito, segundón.

Pero volvamos a Llull, el palíndromo más madridista que existirá jamás. Si hace unos meses hablábamos de los que nunca se fueron, el trono lo ocupa el mahonés, que le dio calabazas a la NBA por el club de nuestros sueños. Sergi lloraba sobre el mismo parqué que le rompió el cruzado, abrazado al mismo entrenador cabrón (¡qué grande es Laso!) que el día anterior le había dado poquito de comer. ¿Tendrá algo que ver el cabreo del sábado con el partidazo del domingo? Como se enteren los pedagogos de lo que ayuda a cumplir los objetivos que a uno lo puteen un poquito, lo mismo colapsan y nos dejan en paz.

Viva Vinicius

El mundo necesitaba a Vinicius. Un hombre sin miedo a nada que se atreve a ser libre donde los demás hace tiempo que claudicamos. Vinicius (motocabra inmortal) si ve un prado lo corre, si ve una valla la salta y si ve una grada la escala. Ver a Vinicius zambulléndose en la fanaticada, escandalizando a gazmoños y apocados, nos recordó los tiempos en que éramos libres, en que fumábamos Marlboro rojo y les echábamos súper a nuestros bólidos, usábamos las vocales que queríamos y no las que nos dictaba la censura totalitaria, y no nos habíamos vuelto todos gilipollas.

Late en Vinicius la pulsión de descubridores y de héroes, de los inventores que se plantaban unas alas de cuero y se tiraban desde la torre Eiffel porque preferían la muerte rápida y gloriosa a una vida lenta masticando tedio.

Cuentan que cuando a G. L. Mallory le preguntaban por qué escalar el Everest, con la que estaba cayendo, él contestaba «Porque está ahí». Mallory desapareció en 1924 y ni siquiera sabemos si lo logró, pero sí sabemos que murió con la serenidad de quien nunca le volvió la cara a un poquito de cellisca.

A los tristes le está costando reconocer a Vinicius, mientras que ya han canonizado a otros por hacer un buen Gamper (posiblemente ya no recuerden los tiempos en que Riqui Puig era Pelé). Esta renuencia ha de reconfortarnos, porque nace del miedo. Desde que vieron el remate ante el Levante se despiertan cada noche con la misma pesadilla: la certeza reprimida de que que la puso ahí porque la quiso poner ahí, de que ha aprendido lo único que le faltaba. Cuando el domingo levantó la cabeza y pasó a la red, el puñal se clavó un poquito más en el corazón de los cenizos. «Lo del Levante fue verdad», barruntan, y no encuentran en Sport ni en Mundo deportivo (el mundo acaba en Mollerusa) lenitivo para su zozobra.

«Mira, moreno, esta gente es muy cabrona, y en cuanto estés dos partidos sin mojar volverán a maldecirte, pero si desoyes el momento y levantas la mirada, un domingo con el sol en Concha Espina el balón llegará a tus pies y un murmullo como de tendido te hará saber que señorío es morir en el campo y que el mundo empieza y acaba en Chamartín. Te lo digo yo, que soy medio argelino».

Te estamos vigilando

El pasado mes de febrero, Gina Carano, la actriz que encarnada a Cara Dune en El mandaloriano, escribió lo siguiente:

«… los judíos fueron golpeados en las calles, no por soldados nazis sino por sus vecinos… incluso por niños. Debido a que la historia se edita, la mayoría de la gente hoy en día no se da cuenta de que para llegar al punto en que los soldados nazis pudieran arrestar fácilmente a miles de judíos, el gobierno primero hizo que sus propios vecinos los odiaran simplemente por ser judíos.

¿En qué se diferencia eso de odiar a alguien por sus opiniones políticas?».

A mí el argumento me parece impecable. Pero síganme y verán que en USA hay opiniones políticas que sí está bien visto perseguir.

Lo que ocurrió después quizá ya lo sepan: se activó la cultura de la cancelación, muchos (¿…?) tuiteros enfadadísimos pidieron su despido y Lucasfilm la despidió.

Posteriormente, para ahorrar espacio, las declaraciones de Carano se resumieron en «ser republicano equivale a haber sido judío durante el Holocausto». El resumen tiene el desliz de incluir la palabra republicano, cosa que Carano, hasta donde yo sé, no había hecho. Pero ¡ay!, la actriz es efectivamente republicana, y es muy probable que se refiriera a los republicanos. El caso es que no lo dijo.

Aventúrense ahora conmigo por los procelosos mares de la hipótesis. Cojan las declaraciones literales (las de arriba) e imaginen que las hubiera dicho un actor demócrata. ¿Piensan que lo habrían despedido? Ustedes y yo sabemos que no. Entonces, ¿se la despidió por ser republicana? Probablemente. ¿Es esto una forma de persecución por ideas políticas? Sí. ¿Tenía razón Carano, incluso en su versión arteramente resumida? Lamentablemente.

¿Le importan algo a Lucasfilm la política, los derechos humanos, la libertad de expresión o la situación de los refugiados? ¿Han leído a Montesquieu, Rousseau, Madison o Chateaubriand? Nein. Su único anhelo es no defraudar a los tuiteros enfadados, porque los tuiteros enfadados son adolescentes con móvil (esto es, zombis), y los adolescentes con móvil ven Disney+. Ahí empiezan y terminan las cuitas políticas de Lucasfilm: en la viruta.

El párrafo anterior es importante: ahora sopla viento del este y la vigilancia la ejerce la izquierda, pero hace 70 años el viento soplaba del oeste y el cine hizo la limpia en sentido contrario. El caso es limpiar, ir de inmaculado y puro, y organizar las cacerías a favor de mayorías. En Estados Unidos ser bruja en Salem, ser comunista en los 50 y ser republicano en la industria del cine actual comparten el mismo drama: el de estar en minoría.

Y no solo eso: el móvil siempre es el mismo. El objetivo final es que el consumidor (ya sea el espectador o el votante) no se enfade. El capitalismo siempre gana porque su mano está allí al fondo, escondida, disfrazada de corrección política hasta que toque disfrazarse de otra cosa.

Florentino, el marsellés indeciso y un karateka esloveno

En 2000 juré «odio eterno» a Florentino Pérez por echar del Madrí al jugador más asombroso que yo hubiera visto jamás: Fernando Redondo. Unos meses antes Redondo había impartido en París una clase magistral sobre cómo apropiarse del medio campo (es decir, del partido) en una final de Copa de Europa.

Lo insólito de Fernando Redondo no era su capacidad de destruir el juego rival con la intensidad de una piraña y la combatividad de un mariscal prusiano, sino que esas cualidades convivieran con la elegante precisión de un bailarín del Bolshói cuando el balón lo tenía él. Tener a Redondo en el campo era contar con Modrić y Makélélé en el mismo jugador. Que Redondo se lesionara después en el Milan echó tierra sobre la ignominia e incluso (para los más traidores) justificó la decisión de Florentino, provocada en realidad por que Redondo hubiera apoyado a Lorenzo Sanz en las elecciones.

Redondo, shakesperiano en el teatro de los sueños

Florentino entró, por tanto, como un elefante en una cacharrería, demostrando que no comprende la faceta más importante del fútbol (la poética). Es lo que es, un empresario, y tanto respecto a la Superliga como al himno como a retirar la cruz del escudo en ciertos países se comporta exclusivamente como tal.

Parecería entonces que aquí se postula la necesidad de presidentes románticos, que tomen sus decisiones en función del componente épico y que sean tan forofos e irracionales como los que no tenemos responsabilidades en el club.

El señor Skimpole

Uno de los personajes más logrados de Dickens aparece en Casa desolada, a su vez una de las mejores novelas (y por algún algún motivo de las menos conocidas) del genio de la perilla. El señor Skimpole tiene alma de artista y no entiende la importancia del dinero, es un hombre encantador que anima las sobremesas con opiniones originales y comportamientos estrafalarios. La única pega de tan romántico personaje es que también tiene facturas y, como el dinero le resulta ajeno, se muestra indiferente a quién pague esas facturas, con una cierta preferencia por que las paguen los demás (a todos los tontos les da por lo mismo). Esa indiferencia hacia lo económico, aparente idealismo, es típica de quien dispara con pólvora del rey, como los políticos, los adolescentes y los aficionados al fútbol que ni siquiera somos socios.

Cuando yo digo «Hay que traer a Mbappé como sea» (cosa que cada vez tengo menos clara) o «Ramos se merece lo que pida» (Dios me libre de decir tal cosa) lo digo sabiendo que ni el «como sea» ni «lo que pida» van a salir de mi bolsillo.

En ese contexto, lo último que necesita el Madrí y cualquier equipo es que el club esté dirigido por un poeta o un romántico, y lo óptimo —por tanto— es que sus designios los guíe un gestor pragmático que conduzca las negociaciones con la cicatería financiera de un tesorero franciscano.

Desde la perspectiva de un negociador modelo rottweiler, algunas ―muchas― de las percepciones y reclamaciones de unos jugadores y entrenadores concentrados en el yo y la ausencia de realismo han de parecer necesariamente chistes de dudoso gusto: renovaciones a los 35 propias de los 25, peticiones de fichajes carísimos teniendo alternativas caseras, titularidades por decreto o renovaciones al alza con contratos en vigor. El penúltimo episodio que demuestra que los jugadores viven al margen de la realidad ― y de la lógica― son los gestitos de Cristiano y Pogba en la Euro mordiendo la mano que les da de comer. Conviene recordar que CR7 no tiene problemas en aparecer en anuncios de casas de apuestas en línea.

Nunca el individualismo estuvo tan exacerbado en un deporte colectivo. Nunca los jugadores se sintieron tan importantes por sí mismos (egocentrismo que presidentes como Florentino han fomentado, ojo), lo que además de una imperdonable osadía está alejadísimo de los valores básicos del privilegio y la exigencia que significa pertenecer a un equipo.

Jugadores y entrenadores piensan desde el ombligo, mientras que los presidentes están obligados a hacerlo desde nóminas, facturas y traspasos. En su gran mayoría, los jugadores anteponen sus intereses a los del club. Claro que hay gente que merece renovaciones vitalicias, pero tanto la edad como el parné presentan una tozudez aritmética incontestable, incluso si eres uno de los dos mejores jugadores de la historia y te apellidas Di Stéfano: aprender del pasado evita muchos errores, pero yo no estoy muy seguro de que René Ramos sepa quién es Di Stéfano.

Esta diferencia de criterio entre fantasía y realidad ha generado un cierto número de pataletas en las últimas décadas. Por supuesto, Vicente del Bosque se lleva la palma de oro del rencor, confundiendo a la persona (Florentino) con la institución (Real Madrid), pero entre quienes han actuado o hablado de forma desleal con el club se encuentran leyendas como Hierro, Raúl, Casillas, Figo, Valdano (que no es una leyenda y además nos debe una liga) o Ancelotti. Lo que no esperábamos es que ese error lo cometiera Zidane.

No se me malinterprete: en el estatus que tiene Zidane para los madridistas no hay nadie más vivo: puede entrenar el equipo cuando él quiera, los años impares o incluso los días impares. Está por encima del bien y del mal y es nuestro entrenador por defecto incluso cuando no ejerce. Pero eso no le impide haberse equivocado. Él mejor que nadie sabe que el Madrí tiene enfrente a todo el mundo, sobre todo a la prensa, y que hasta los juntaletras que se dicen madridistas disfrutan atacando a cualquier jugador, entrenador o directivo que vista de blanco. Por eso estamos obligados a cerrar filas, y por eso no se debe hacer nada que perjudique la imagen del club.

¿Se acuerdan de la bofetada a Rajoy? Uno puede tener la opinión que quiera sobre él (no muy buena, me temo), pero en ese momento era el presidente del Gobierno de España, y no se puede ofender a la persona sin ofender a la institución. Florentino, dictatorial o no, personalista o no, florentinista o no, es el presidente del Real Madrid y que un exentrenador le haga reproches me parece un error.

Y esa es una de las aristas del asunto: en el momento de publicar la carta, Florentino trabajaba para el Madrí y Zidane no. Le vamos a permitir que entre y salga cuando quiera (convendría recordar que es la tercera vez que se va), pero sin cartitas. Porque además la ha publicado, aparte de en Instagram, en el periódico equivocado. Alguien debería de haberle recordado que, después de la volea de todos los tiempos, la suya, el que era director del As dijo sin el menor rubor: «Para mí fue un partido que al Madrid no le añadió una gran gloria, en el fondo […] es una victoria un poquito vergonzante para el Real Madrid, porque el Madrid consigue una victoria a la contra, escatimando esfuerzos, jugando con la calidad de sus jugadores». Con dos cojones, Relaño. Si quieres jugamos sin la calidad de nuestros jugadores. Esa es la ayuda, idolatrado Zinedine, que podemos esperar de la prensa de Madrí: fue vergonzante ganar la novena Copa de Europa.

Porque cuando tienes un problema con los tuyos o has oído a terceros afirmarlo, coges el teléfono o la puerta y lo aclaras, y si después todavía tienes ganas de desfogarte te vas a una montaña muy alta muy alta y pegas cuatro voces, pero no te vas a esos terceros y lloras en su hombro, porque lo único que los plumillas te han ofrecido siempre ha sido envidia, críticas y veneno, y me da a mí que los responsables del As se han tomado como un triunfo propio leer lo que han leído en su propia portada.

No digo esto en defensa de su Florentineza, que es probablemente el único hombre que me rompió el corazón y que además se equivoca en casi todo lo que el fútbol tiene de sublime, sino del único equipo del mundo a quien se critica por sus triunfos.

El espectáculo atlético fosforito y las gallinas de la Albión: Superliga para todos

El antedicho interés que los futbolistas tienen por cobrar enlaza —no con Zidane, que más que ser elegante da forma a la elegancia— con el penúltimo charco en que se ha metido Flóper, que se equivoca en lo referente a la Superliga y que probablemente se siga equivocando, pero no tanto como parece.

A la NBA le ha costado décadas culminar la metamorfosis que va de la mejor liga del mundo a un espectáculo pseudocircense. Los partidos son correcalles insulsos donde lo más jugoso del baloncesto (la táctica individual y colectiva) brilla por su ausencia. Pero económicamente es un tiro y, por tanto, es el modelo de Florentino. El funcionamiento de la NBA (que de hecho es una sola empresa con 30 franquicias) es incompatible e incomprensible para la mentalidad europea, según la cual que un equipo cambie de ciudad, por ejemplo, es una contradicción en los términos. El fútbol en Europa tiene mucho de reverberación histórica medieval de un continente hiperdividido en que cada terruño defendía lo suyo enfundado en un uniforme característico, lo que implica unos colores y un escudo identitarios.

¿Que no?

En 1882, los chicos de un colegio de clase media del barrio londinense de Tottenham, a punto de crear un club de fútbol, y habiendo barajado el de Northumberland Rovers, se decantaron por utilizar el apodo de Sir Henry Percy, caballero que vivió en el siglo XIV y que aparece en la primera parte de Enrique IV, a quien llamaban Hotspur (espuela caliente) porque por lo visto era de espuela fácil a la hora de cargar.

El fútbol en Europa no solo tiene reminiscencias históricas sino que su puesta en escena provoca el embeleso del lugar ameno, del prado idílico donde la tragedia real tiene prohibido el paso. El fútbol es un trasunto incruento de la guerra, un paréntesis donde la miseria no puede alcanzarnos.

Me pierdo en consideraciones indemostrables. Para poder competir con los equipos hipervitaminados y tras dos temporadas especialmente magras a causa de la pandemia, Florentino aceleró las negociaciones para crear una competición que en su opinión rendiría beneficios más pingües. Pero se equivocaba en varias cosas:

  • La Copa de Europa es de todos, o ha de parecerlo. Un equipo de la tercera división húngara ha de poder ganar la competición al cabo de cuatro años. No va a ocurrir, pero ha de ser posible. Ser hincha de un equipo grande es un mero accidente: cualquier aficionado debe tener el sueño de ganar la Copa de Europa. Es como la lotería: ¿vale la pena pagar cinco euros para que no te toque nada? No, pero la posibilidad de que te toque y la ilusión que genera esa posibilidad sí los valen.
  • Cuando Florentino dice que los niños no se interesan por el fútbol porque están todo el día viendo Twitch o Youtube, parece ignorar que lo que ha perdido interés para la juventud es el mundo real: estamos educando niños zombis que solo viven a través de una pantalla. No es falta de interés por el fútbol: es falta de interés.
  • Una competición en la que solo haya partidos grandes no agranda la competición sino que empequeñece los partidos: visitar Old Traford o San Siro tiene que ser una ocasión solemne que ocurra de cuando en vez: lo cotidiano pierde brillo, el plato favorito ha de comerse esporádicamente.
  • A diferencia de la homogénea, prefabricada y plasticosa NBA, la Copa de Europa es necesariamente orgánica, transnacional y exótica. No solo es fantástico visitar Odense o Praga sino que en la 94-95 el equipo danés nos dejó fuera de la Uefa, así que menos lobos.
  • Por último y quizá lo más importante, si el deporte deja de ser meritocrático apaga y vámonos. Si Florentino quiere construir un club cerrado donde se gane por turnos, está en su derecho, pero nunca dejará de ser un Teresa Herrera con ínfulas. Para estar arriba hay que darlo todo cada año, de ahí en inmenso valor de la Champions. Que el Nottingham Forest esté en la segunda inglesa con sus dos Copas de Europa le da paradójicamente prestigio a la competición: a nadie se le garantiza nada.

Ahora bien, que Florentino no solo haya calculado mal sino que no haya sabido venderlo no exculpa a los grandes retratados de todo esto: los nueve equipos que intentaron tirar la piedra y esconder la mano (entre los que destacan los 6 ingleses, que en un solo día demostraron lo fiable de sus convicciones y palabra) y el ineducado, amenazante y federativo Aleksander Čeferin. Čeferin es cinturón negro tercer dan de karate y, lo que da más miedo, formó parte del ejército nacional de Yugoslavia. En el tema de los tiros y las patadas, por tanto, el tipo no tiene rival. Ahora bien, querido Aleksander, déjame decirte una cosita: si el duelo se dirime a pluma y corbata, a Floren no le duras un asalto. Y ahora, si quieres, le pitas otro penalti a Inglaterra.

P. S.: Y no les quepa duda de una cosa: como a Florentino se le ponga la Superliga entre ceja y ceja, habrá Superliga. Con los equipos ingleses jugando a la pata coja y con publicidad de ACS en la camisetas.

Los niños y Sánchez necesitan límites

Ayer un alumno me llamaba la atención sobre las ventajas que se pueden conseguir a veces haciéndose el idiota. Tiene razón, pero diría que el doble riesgo no vale la pena: riesgo de que los demás crean que efectivamente somos idiotas y riesgo de que nos dé un aire y la cara se nos quede. Como dice Germán Areta en El crack: «Ya sé que tengo cara de idiota, señor Medina, pero me jode la gente que se fía de las apariencias».

Viene esto a cuento de que hay momentos en que no queda otra que decir basta. Prou. S’acabao. Si bien en la vida no solo es lícito tragar sino que a veces es recomendable, también es cierto que no hay nada más sano que fijarse un punto a partir del cual el monte deja de ser orégano. «Y no es que antes colara, conviene añadir, sino que me daba muchísima pereza».

Cada cual decide dónde pone la frontera entre la conciliación y el escarnio, pero conviene atenerse a una regla inmutable: a quien rebase esa frontera, se le paran los pies.

Cada cual pone esa frontera, insisto, pero hay un punto más allá del cual ya tanto da ponerse firme, un Rubicón a partir del cual los demás nos tomarán indefectiblemente por el pito del sereno. Esa raya en la arena se dibuja exactamente en el momento en que alguien insulta nuestra inteligencia y no hacemos nada al respecto. Permitir que nos llamen imbéciles a la cara o por elevación tiene además una consecuencia nada desdeñable: perderse el respeto a uno mismo.

El ego de Napoleón y el talento de su caballo

Una de las externalidades de la democracia representativa no bipartidista (¿o es que se creen ustedes que los británicos son idiotas?) es el mercadeo en que se transforma el Parlamento. Yo te doy el dinero que según Carmen Calvo no es de nadie, tú me votas. Yo saco de la cárcel a tal o cuál delincuente, tú me apoyas. Cuatro de aquí y tres de allí, y saco adelante los presupuestos.

Dado que así están nuestras leyes, solo queda tragar. Lo que de ninguna manera estamos obligados a soportar es que se nos tome por imbéciles. Si Sánchez tiene por moralmente aceptable sacar de la cárcel a delincuentes para perpetuarse en el poder y el indulto gubernamental se lo permite (un mecanismo que no solo viola la separación de poderes sino que es el vestigio más rancio del ejercicio del poder como concesión magnánima [«¡Suelta a Brian!»], pero esa es otra guerra), allá él: los votantes nunca podremos decir en defensa propia que empezó a mentir después de ganar las elecciones. Sabíamos lo que había.

Lo que clama al cielo es que se nos ponga episcopal y nos hable del perdón y la paz y un camino nuevo y los misioneros combonianos. Vamos a ver, ciudadano Sánchez; vas a hacer lo contrario de lo que dijiste que harías (una vez más) porque te va el cargo en ello. A ti que los delincuentes duerman en casa o que vayan a la cárcel sin pasar por la salida y sin cobrar 20000 (llevo un ratito sin jugar, sí) te importa un comino, y si la poltrona, esa protagonista de tus desvelos, dependiera de que Puigdemont durmiera en Soto del Real te ibas a Waterloo y te lo traías a hombros, y entonces, con la misma soltura con la que ahora citas a Pilatos, nos soltarías una catequesis igual de farisaica y cursi sobre la importancia de cumplir la ley y la justicia y la fortaleza del Estado.

Que mal está que lo haga, pero al fin y al cabo pedir a un arribista con complejo napoleónico que anteponga un país a su propio beneficio es pedirle a la cabra que se mantenga en la parte llana; lo que no hay forma de tragar es la pose benedictina y que nos dé una charla sobre el perdón un tipo cuyo penúltimo caballo de batalla era arreglar cuentas de hace 80 años.

Manuel Díaz Gonzalez encarna en Atraco a las tres al perfecto pelota: tiralevitas con sus superiores y tiránico con sus subalternos.
El País hecho interventor

Y no me gustaría despedirme, ya que estamos, sin el recado al dependiente de la mañana, que lleva unos días repitiendo, con un servilismo que sonrojaría al don Prudencio Delgado de Atraco a las tres, las consignas que le dictan desde arriba en lugar de poner el grito en el cielo por que el PSOE haya abierto expediente de expulsión a Joaquín Leguina y Nicolás Redondo Terreros ―nada menos―, por actuar como si estuvieran en un país y/o en un partido libres.

P. S.: Atraco a las tres es perfecta. Si solo nos queda una película, que sea esa.

Sobre los hombros de gigantes

Nos cuenta Juan de Salisbury en su Metalogicon (1159): «Solía decir Bernardo de Chartres que somos como enanos a hombros de gigantes, y que así somos capaces de ver más y más lejos que estos, no por la agudeza de nuestra mirada o la estatura de nuestro cuerpo, sino por la magnitud de los gigantes».

Con gigantes Bernardo de Chartres se refería a los autores clásicos, pero la analogía hizo fortuna en los siglos siguientes por su claridad y por ser aplicable no solo a los intelectuales o académicos sino a toda la sociedad: avanzamos más rápido porque el saber es acumulativo y cada generación no necesita comenzar desde cero.

La idea es pertinente en una época tan dada al resentimiento presentista, que aprovecha la primera de cambio para organizar una pataleta en torno a la tesis de que todo se ha hecho mal hasta ahora, pero yo con mis ideas simplistas y pueriles lo voy a arreglar con un par de tuits y retirando una estatua.

A Bernardo de Chartres lo citaron desde el poeta metafísico del XVII John Donne (imprescindible Wit, de 2001, con Emma Thompson iluminada) hasta Isaac Newton, a quien se suele atribuir la cita por la trascendencia de este y la revolución que propiciaron sus Principia.

Bernardo de Chartres practicando un arte ahora perdido

Pero, como todo lo que se da por sentado, conviene revisar y delimitar la aplicabilidad de la tesis del canciller de la catedral de Chartres. Física y ciencias de base empírica (es decir, ciencias reales en contraposición con las ciencias sociales o ciencias-que-no-son-ciencias): bien, el asunto funciona. Matemáticas y disciplinas lingüísticas de base lógica: perfectamente. Vida en general y cuestiones humanas: meh. A priori sí, y ese es el problema: parece lógico pensar que leer mucho sobre cuestiones humanas pueda suplantar la sabiduría que da la experiencia. Ayuda, claro, y prepara el terreno de juego para asimilar mejor lo que ocurre, pero, en términos generales, en cuanto a la vida cada generación sí empieza desde cero. Debido quizá al grado de dureza de nuestra mollera o a la contundencia con que la vida enseña las cosas (comparable a la de un martillo neumático o la bomba H), el conocimiento sobre las cuestiones que nos atañen en cuanto seres humanos, es decir, sobre el meollo, hay que ganárselo a base de castañas.

Esto es importante en varios sentidos:

En primer lugar, implica que por mucho que nos empeñemos en pensar lo contrario, quien tiene más años siempre sabe más. En igualdad de condiciones, los ancianos son mejores, sin matices ni cortapisas. Son los mejores porque son los más sabios.

En segundo lugar, significa que el mantra de que el progreso es lineal es una patraña. Respecto a lo que de verdad importa, un anciano de la época de Pericles sabe más que cualquier joven con ínfulas nacido o por nacer. Ese aprendizaje es cíclico: termina con cada muerte y comienza con cada nacimiento. Por ello cada anciano es un doble tesoro; en razón de su sabiduría y de la cercanía de su partida. Callan mucho porque saben mucho, y porque saben mucho están menos seguros de todo, excepto de sus principios.

Que elijamos perder el tiempo frente a pantallas hipnóticas de luces y colores mientras los mejores se llevan sus mejores historias explica bastante bien lo que somos. He aquí otro argumento contra el progreso lineal: quizá deberíamos dejar de mirar por encima del hombro a culturas que al llegar la noche se congregaban en torno a sus mayores para escuchar historias antiguas. Compárenlo con nuestras veladas y verán qué sonrojo.

En tercer lugar, evidencia que conviene no subestimar las tradiciones aunque no las entendamos: si es cierto que la tradición permite que los muertos opinen, entonces quizá ellos nos ayuden a engañar a nuestra propia estupidez.

Por último, y quizá más importante, que las ciencias duras (es decir, las ciencias) sean más acumulativas que las humanidades sugiere que las cuestiones relacionadas con las ciencias son más simples que las cuestiones relacionadas con lo humano. Soportan bien el enfoque analítico porque tienen menos variables y son más fáciles de medir, lo que ayuda a establecer relaciones causales. Quizá los pesos y medidas sean útiles para estudiar el espíritu en un par de milenios, si es que para entonces tenemos máquinas y profesionales capaces de manejarse con trillones de variables (lo que es poco probable) que además están sujetas al libre albedrío (por lo que es extremadamente poco probable).

Sin entrar a desmontar el mito de que las ciencias sociales son ciencias, tarea que empieza a ser urgente pero que no cabe en esta entrada, sí conviene avisar a navegantes de que, para cualquier aspecto relacionado con el meollo, tanto la abuela como Dostoyevski saben infinitamente más que ese batallón de neuropsicólogos, sociólogos, politólogos y otros –ólogos que te preparan sin despeinarse una regresión logística pero que terminan por saber muy poquito sobre qué cosa sea la persona.

Menos es todo

Habiendo dado cuenta de una buena parte de las ciudades-Estado griegas, Filipo II de Macedonia se dirigió a los atenienses amenazante:

―Se os aconseja rendiros con presteza, pues si llega mi ejército a vuestra tierra, destruiré vuestras granjas, mataré a vuestra gente y arrasaré vuestra ciudad.

A lo que los líderes espartanos respondieron:

―Si.

Es difícil decir más, pero imposible hacerlo con menos. Este y otros ingeniosos desaires propinados por los éforos de Esparta, capital de Laconia, son los responsables de que utilicemos la palabra lacónico para referirnos a lo que es agudo a través de la economía de medios, es decir, la crème de la crème.

Plutarco nos cuenta la anécdota: como ven en la imagen, no podía parar de reír al recordarla

Más allá de traer la cita porque vale un potosí, sirve para llamar la atención sobre todo aquello que estamos perdiendo por prisa y dejadez: nada más y nada menos que la exactitud. Traducida al español, la respuesta espartana cobra una dimensión nueva por el equívoco entre la conjunción condicional y el adverbio afirmativo. Solo confiando en que la palabra esté correctamente escrita (esto es, sin tilde) se puede degustar en todo su esplendor la capacidad de síntesis espartana y lo que conlleva: el audaz desplante a un tipo que ya había sometido, sin despeinarse demasiado, a gran parte de la Grecia continental. Fuera por la solidez del reto o la chulería innata de los espartanos, el caso es que ni Filipo ni su hijo, un tal Alejandro, se molestaron en molestarlos. Todo ese mundo de connotaciones, insisto, se pierde si no se transcribe con exactitud.

Aunque la correspondencia entre el lenguaje y la realidad (defendida por el isomorfismo del primer Wittgenstein) sea problemática, lo cierto es que hasta ahora no hemos encontrado ningún medio no lingüístico para, por ejemplo, hacer filosofía o presentar los descubrimientos científicos. Excesos estructuralistas aparte, el lenguaje es en efecto un sistema estructurado y cualquier pensamiento se apoya en él.

¿Le encargarían su casa a un arquitecto que tuviera serios problemas para distinguir entre una puerta y una ventana? Entonces ¿por qué seguir leyendo a quien sitúa una coma entre sujeto y predicado? ¿Cómo va a no perderse en lo complejo quien se trabuca en lo sencillo? ¿Cómo va a construir una catedral gótica quien no conoce la piedra?

Escribir sin rectitud no es ser poco detallista. Es garantizar a los demás que se piensa sin orden ni concierto, que se desconocen las reglas de la lógica, que se dispara a voleo.

Si alguien no tiene tiempo suficiente para la pulcritud, no tengan el tiempo necesario para su lectura. Cuidarán su vista, su estómago y sus dendritas, y dispondrán de más tiempo para leer a Borges.

Cautivo y en el mercado de esclavos, a un niño espartano le preguntaron:

―Si te compro, ¿serás bueno y útil?

A lo que el niño, fiel al estilo patrio, contestó:

―Y si no me compras.

Los que nunca se fueron

«Estás esperando para rajar ahora, ¿eh?» fueron las palabras que Luka Modrić grabó ayer en el mármol de la historia a base de oportunidad, ironía y casticismo. No es que a Lukita le haga falta grabar nada en la historia, pues todo su ser es historia del fútbol, pero sí convendría agradecerle a él y a los que son como él algo que por su propia naturaleza tiende a pasar desapercibido: estar siempre ahí.

Para afirmar que Toni Kroos, Marcelo Vieira, Dani Carvajal, Carlos Casemiro, Karim Benzema, Nacho Fernández o el propio Luka son leyendas no hay que ser una lumbrera, pero se hace urgente ―en un país remiso al agradecimiento― hacerlo por un motivo primordial: ellos no lo dicen de sí mismos. En eso y en todo pertenencen a la estirpe de Álvaro Arbeloa y Xabi Alonso.

El fútbol es un deporte de equipo, pero no todos sus jugadores lo son. Es muy fácil detectar a los que no: protestan cuando son sustituidos, celebran a regañadientes los goles de sus compañeros y convierten sus renovaciones en tragedias griegas. Un jugador de equipo, por ejemplo, jamás anunciaría su marcha en medio de la celebración de un título. Eso simplemente no se hace, y el motivo es tan imposible de explicar a un jugador egoísta como evidente para un jugador solidario. No me malinterpreten: en lo deportivo, lo que Cristiano Ronaldo aportó al Madrí es descomunal. Cristiano tiene una mentalidad competitiva que roza el trastorno y que es necesaria para alcanzar ciertas metas. Pero solo pudo hacerlo desde el equipo, y siempre dio la sensación de estar haciéndolo solo.

Un dato: desde que se fue Cristiano Ronaldo del Madrí, y sin contar los penaltis, Karim Benzema lleva más goles que él. Esto plantea un triángulo interesante. ¿Por qué es no justo contar los penaltis? Porque de forma solidaria, y dado que Ramos no ha fallado ninguno desde hace 3 años, Benzema acepta renunciar al Pichichi por el bien del equipo. ¿Imaginan a CR haciendo lo propio? Yo no tengo tanta imaginación. El debate, por otra parte, pierde interés toda vez que el colectivo arbitral ha decidido no pitar más penaltis a favor del Madrí.

Esto de los jugadores enamorados de sí mismos viene a cuento del peligro que Sergio Ramos comienza a constituir para la imagen del club: Ramos está a media horterada de que recibamos la noticia de su traspaso con alivio. Con «horterada» no me refiero a cuestiones estéticas, que también, sino a la ausencia total de pudor que Rafa Castro señalaba con acierto el otro día. Si Karim decidió recoger el testigo de Cristiano en cuanto a producción ofensiva, Ramos parece haberlo hecho en cuanto a ostentación ególatra. Ese individualismo es incompatible con el deporte de equipo, y conduce a situaciones como el partido de vuelta contra el Ajax, donde un capitán autoexpulsado veía desde el palco como nos eliminaban mientras varias cámaras lo grababan para su alipórico, excesivo y horterísima documental.

Que tampoco se me malinterprete aquí: Ramos es puro espíritu madridista, y debemos a su arreón cervical lisboeta el giro de la historia vikinga reciente. Precisamente por eso se le pide desde aquí más decoro y menos anillo; más equipo y menos documental, porque Ramos es de los nuestros y a los tuyos les hablas sin tapujos. Porque cualquiera diría que el córner de Lisboa también lo sacó él.

Pero hablábamos de los otros, de los que siempre están. Del hermano mayor de la parábola del hijo pródigo. De los amigos que si te ven en peligro se cogen un avión. Porque cuando les decimos a los postadolescentes aquello de que «al final solo te quedan dos o tres amigos» deberíamos aclararles que sí, que son menos los que se quedan, pero que conviene decirles que gracias por quedarse y que es un honor caminar a su lado, y que aunque no se den aires ni se arroguen méritos, nosotros sí se los damos. Porque estuvieron a nuestro lado, incluso, cuando no lo merecimos. Porque practican el arte olvidado de la lealtad.

Antonio Kroos, uno di noi

P. S.: Ayer un jugador del club cuya afición tira cabezas de animales al campo lesionó para lo que resta de temporada a Lucas Vázquez (sin ver ni siquiera tarjeta, claro). Como él es muy de tirar la pierna y esconder la mano, les voy a dar una pista:

¡Cucú!

¿Imaginan que hubiera sido al revés? El aparato político-militar del club mencionado habría saltado furioso a denunciar la agresión a los valores de la República de Narnia. Pero como el agraviado va de blanco, todo en orden.

P. P. S.: El panegírico de Zidane está en el horno, pero se publicará después de una derrota (si es que ocurre), cuando las ratas vuelvan a saltar del barco y la ignorancia exija que se le plante cara. Piensen, de momento, en lo que ocurrió con el último contrato de Zidane como jugador y la que está liando el hermano de René.

P. P. P. S.: Tan lacónico estuvo Modrić el sábado que me recordó a Joey aquí.

De políticos y administradores de fincas

Me disponía a escribir una entrada correctísima titulada Por qué ser liberal. Estaba yo dispuesto a exponer con medias tintas por qué los políticos no deberían dictar nuestro pensamiento ni nuestro comportamiento. Andaba yo a punto de aseverar que cada cual diseña sus opiniones en función de sus lecturas y sus conversaciones y no de lo que diga un burócrata con ínfulas.

Entonces he tenido un fogonazo de sentido común. ¡¿Pero qué diantre?! ¿Cómo hemos llegado a estar tan adocenados y sumisos como para pedir por favor que no nos sojuzgue esta manga de facinerosos? ¿Pero quiénes se creen que son? ¿Cómo podemos estar deslizándonos tan velozmente por la pendiente resbaladiza de la dictadura de los incapaces?

No es que debamos reclamar que estos trapisondistas no se metan en nuestros asuntos. No es que debamos pedir que no nos dicten la naturaleza de nuestros actos. Es que son ellos quienes deben pensar como a nosotros se nos antoje. Desde un punto de vista político no son más que nuestros representantes, es decir, sus actos deberían ser debidos, en último extremo, de forma muy similar a los del rey. No es que su opinión personal no deba regir nuestros destinos, es que en lo que concierne a su desempeño en el cargo se la pueden guardar muy profundamente porque solo cuenta lo que nosotros decidamos. El imperativo es el nuestro, y su postura existe únicamente porque su condición de político no inhibe su cualidad de ciudadanos. Pero esa postura personal pesa lo mismo que la mía. Cualquier otra cosa es abuso de autoridad, concusión, tráfico de influencias o directamente ademán dictatorial. Pero quién demonios se creen que son.

Ocurre además que son nuestros servidores y empleados. ¿Han tenido alguna vez contacto con un administrador de fincas? No me digan que no son protagonistas de la misma perversión relacional que exhiben los políticos con cargo público. ¿De cuándo a esta parte un empleado habla con esa acritud a un empleador? Pero —de nuevo— ¿quiénes se creen que son? ¿De dónde sale la prepotencia del empleado Sánchez o del exempleado Iglesias? ¿Qué han hecho para ir con el hocico tan arriba aparte de mentir mejor que otros?

Cualquier momento es bueno para decir basta, pero cuanto antes mejor porque nos la estamos jugando. Hasta aquí el dictarnos qué opiniones son aceptables, qué vocales utilizar o cómo mirarnos. Se está quedando un contexto perfecto para que hagamos la revolución, pero una de verdad. Hace falta una cada vez que las vanguardias se convierten en la nueva Academia. Y convendría recordarle a esta horda de dictadorzuelos que las revoluciones no ocurren específicamente contra las monarquías, las teocracias, las autocracias fascistas o las tiranías comunistas. Ocurren contra el poder y contra los que desde el poder comienzan a sacar los pies del tiesto.

El arte de reparar agravios

Hace unos años el arquitecto Santiago de Molina llamaba nuestra atención sobre el kintsugi, el arte de reparar objetos de cerámica pegándolos con resina y cubriendo esta con un acabado tan precioso que el valor del objeto roto aumente en lugar de disminuir. Santiago, que además de profesor es maestro, demuestra que el conocimiento técnico nunca se escindió en realidad de lo humano ni lo humanístico, motivo más que suficiente para que visiten su blog.

Escultura de un kimono reparada por la artista estadounidense Karen LaMonte

El kintsugi está relacionado con la aceptación del paso del tiempo, el cambio y la imperfección, conceptos que las cicatrices resumen perfectamente. A los occidentales con prisa nos gusta porque es exótico y el resultado es estético. Y ya.

Siempre se nos ha dicho que durante una discusión es necesario ser extremadamente cuidadoso con las palabras que se arrojan como dardos, pues si se dirigen hacia zonas sensibles o el veneno es demasiado potente, lo más probable es que causemos daños irreparables. La amistad (ya no hay metáforas como las de antes) es como la porcelana: si se rompe ya no es posible recomponerla por mucho que uno se afane en disimular.

Esa sutura luminosa que propone el kintsugi quizá nos diga algo sobre los cambios sustanciales. Esa iluminación (que en el kintsugi queda encarnada por el valor de los metales preciosos) es necesaria para la crisis del cambio de estado. Está, por ejemplo, en la monumentalidad de los cementerios en cualquier religión o cultura. No es buen negocio subestimar la liturgia, que ha de ser costosa aunque sea en tiempo o devoción. También está en la capacidad de perdonar y el trabajo de la penitencia. El valor de la penitencia no es tanto pagar el pato sino iluminar; la comunión entre ofensor y ofendido. El verdadero sentido del esfuerzo es la comprensión profunda de lo que se persigue. Perdón es una palabra peliaguda porque rebasa nuestras capacidades: el perdón es un don y por tanto implica gratuidad, pero la soldadura de nuestros rompimientos sí exige recorrer un camino trabajoso. Si hay oro en nosotros son el tiempo y la voluntad.

Cuando Roland Joffé y Robert de Niro decidieron hacernos añicos el alma (quizá para repararla después con oro) en ese milagro cinematográfico que es La misión, lo hicieron a conciencia y durante la mayor parte de la película. Pero hay una escena que interesa aquí: habiendo pecado más allá de la comprensión humana y en busca de redención, Rodrigo Mendoza (De Niro) acarrea durante días un atadijo con su armadura por laderas tan escarpadas que habrían espantado al mismo Sísifo. Una vez arriba, en la reducción jesuita, uno de los guaraníes de la tribu que Mendoza había esquilmado para proveerse de esclavos se acerca armado con un cuchillo y, en lugar de rebanarle el pescuezo como era de esperar, le libera de sus ataduras en lo que es la materialización más potente de la superioridad moral, la compasión y el perdón que pueda contemplarse en una pantalla.

Robert De Niro como Rodrigo Mendoza. Qué jóvenes éramos todos…

Aunque demuestre arrepentimiento, al guaraní la tarea a la que se obliga Mendoza no le va a devolver a sus hermanos ni le exhorta a ser piadoso. No es esa su razón de ser: la tarea espantable que se impone el ex traficante de esclavos supone para Mendoza el umbral de una revelación, una catarsis, un renacimiento. Porque lo que Mendoza termina por comprender es que la dificultad no radica en conseguir que lo perdonen: lo que requiere un valor casi sobrehumano es perdonarse a sí mismo, y ese es el tremendo regalo que le hace el indígena a fuer de generoso.

Todo lo que encierra La misión nos aleja del meollo. ¿Qué tienen en común las cicatrices iluminadas del kintsugi y las calamidades autoinfligidas de Mendoza? Que no conviene pasar por encima de las cosas como si no hubieran ocurrido. No sale bien. La consciencia es mejor que el disimulo. Los problemas no se solucionan con sonrisas o palmaditas, y si no tienen solución de nada sirve silbar. No te pongas pelo. No te operes. No sonrías al enemigo. Joey hizo bien al meter a Chandler en una caja, solo faltaba. La vida es una serie de tropiezos dorados. Ama lo que ocurra, no lo ignores: amar es lo contrario de ignorar.