El asesinato de la costa de Cornualles

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Gracias a la mejor y más voraz lectora que conozco —mi hermana— leí hace unas semanas The Cornish Coast Murder (1935), debut literario del empresario y director teatral Ernest Carpenter Elmore bajo el pseudónimo de John Bude. No me digan que el título no invita a desear que llegue el invierno para leer novelas de misterio al amor de la lumbre.

No soy muy de novela de misterio, aclaro. Comparto la reclamación que el personaje de Truman Capote en Un cadáver a los postres (1976, película necesaria, por cierto) hace a los escritores de novelas policíacas: escamotean información a los lectores para que el detective se luzca en los últimos capítulos con una resolución sorprendente. Agatha Christie, por ejemplo, era experta: un criado resentido que había emigrado temporalmente a Singapur y que a la vuelta se hacía pasar por la prima de Aldridge, el frutero. Una venganza provocada por hechos que solo conoce Poirot. Un affaire del revisor con la hija de la víctima. Todo así.

Pues bien, leyendo el libro en cuestión descubrí lo que todos los lectores de novela policíaca saben seguro desde la noche de los tiempos. En las novelas que giran en torno a la resolución de un crimen, la resolución del crimen carece de la menor importancia. Se me da una higa quién matara al señor Tregarthan, pero daría la mitad de mi reino por tomar unas pintas en la taberna del pueblo hasta que dejara de llover. El asesinato pone en marcha la trama pero en sí tiene menos peso que los principios de un político. No es más que una excusa, un MacGuffin. Porque se trata de lo otro. Lo mollar, en contra de las apariencias, son los acantilados y el tweed y los whiskies que se atizan el cura y el médico mientras hablan de los libros que han llegado de Londres.

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«¿Será un MacGuffin?»

Esa sutileza con que la novela policíaca lleva metiéndonos goles al menos desde Auguste Dupin nos lleva a dos conclusiones enlazadas: en primer lugar, que la novela policíaca es como la vida: en cierto momento uno se da cuenta de que ha estado mirando con atención hacia donde no era. Que los hitos que constituyen nuestra principal fuente de preocupación (las notas, encontrar pareja, comprarse un coche, ser ascendido, morirse) carecen de la menor importancia, mientras que todo aquello que consideramos banal y afrontamos como autómatas (el café, regar las plantas, el fútbol, ordenar la biblioteca, la niebla, escuchar a tu hijo por qué es un drama tener Sociales los jueves) es el verdadero meollo del asunto, lo que merece nuestras mejores energías. Una persona que afronta lo cotidiano con la delicadeza y el rigor de lo litúrgico conoce la verdadera urdimbre de la existencia.

En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, el complejo de superioridad de no sé qué literatura (la literatura aburrida, me temo) hacia la mal llamada literatura «de género» no solo es pedante sino —sobre todo— absurdo. No existe la alta literatura como no existe la alta cultura. Lo que existe son las poses más o menos elitistas y las gafas con más o menos pasta. Todos conocemos novelas con voluntad de trascendencia que terminan por naufragar en el bostezo (hola, Kundera) y libros que de puntillas, sin darse aires, permiten contemplar lo absoluto.

 

P. S.: ¿Por la cara que pone… habrá leído el doctor Jones La mano?

 

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Netflix y las gallinas

Como saben, antes de que termine el episodio de una serie en Netflix, esta nos sugiere prescindir de una parte de él; los créditos de cierre. La sugerencia es sutil: los créditos prácticamente desaparecen y la opción de ver el siguiente capítulo pasa a ocupar prácticamente toda la pantalla. La posibilidad de deshacerse de los créditos existe también al principio de cada episodio.

No voy a apelar al respeto a la obra de arte porque las series pertenecen más bien al campo del entretenimiento (que yo sepa Doctor en Alaska no está en Netflix).

Lo que quiero compartir aquí es una cuita que probablemente les tenga a ustedes sin cuidado: llámenme susceptible (lo harán con razón), pero la primera vez que vi el botón de «Próximo episodio» sentí como me convertía instantáneamente en un gallina o, al menos, como Netflix veía en mí una gallina.

Me explico: como también saben, en las explotaciones avícolas es habitual exponer a las gallinas a más horas de luz de las que proporciona el día para conseguir que pongan más huevos cada jornada. Optimizar la producción es uno de los objetivos de la empresa, subsidiario de su objetivo principal de maximizar beneficios. Como consumidores estamos al otro extremo de las gallinas, y la estimulación de nuestro consumo es otro de los objetivos de la empresa. Producir de manera eficiente, vender de forma masiva. Pues bien: el botoncito de marras es lo más parecido a la luz artificial de un gallinero que he visto en mi vida, pero aplicado al consumo en lugar de a la producción. Esa palmadita en la espalda del televidente («usted puede ver series a un ritmo más rápido de lo que cree, amigo») tiene sus equivalentes en otros sectores (el camarero que ofrece rellenar la copa a la primera de cambio, la ristra de chocolatinas que nos observan desde debajo de la caja de la gasolinera, el miedo que nos meten en el cuerpo las compañías de seguridad justo antes de irnos de vacaciones…) y no parece especialmente pernicioso más allá de demostrar lo que le importa a Netflix la integridad del producto que vende.

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«Voy a ver otro capítulo pero porque yo quiero»

Hasta ahí la metáfora. Si servidor se siente una gallina seguramente tenga motivos y no sea culpa de Netflix. Pero el modelo se vuelve más preocupante si se aplica a un producto que por una parte no se aleja mucho de lo anterior y por otra genera una adicción que sí es involuntaria y sí es perniciosa.

Si las pantallas de los móviles cada vez son más grandes y cada vez brillan más no es porque los fabricantes de móviles y los creadores de aplicaciones se preocupen por nuestra vista, sino porque conocen el efecto que las luces y los colores tienen sobre la dopamina; así de primitivos somos. El móvil puede ser una herramienta todo lo útil que ustedes quieran, pero que pasemos más de dos horas al día mirándolo tiene que ver más con la hipnosis que con su utilidad o la riqueza de los contenidos. Instagram, Twitter y Facebook pagan a miles de ingenieros para que no despeguemos la vista del móvil, no para que compartamos nuestras mejores fotos, seamos más ingeniosos o nuestra red de amistades se vea fortalecida. Lo que quieren es la atención ininterrumpida de zombis alucinados.

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Nada que objetar tampoco hasta ahí: cada uno tira el tiempo como quiere y me gustaría pensar que nuestra voluntad puede más que las estrategias de las empresas vendedoras de humo; al fin y al cabo somos mayorcitos. El problema es que no todos somos mayorcitos.

Porque con este panorama, ya me contarán a mí qué necesidad hay de meterle a criaturas que no levantan un palmo del suelo las pantallas por los ojos, nunca mejor dicho, y obligarlos a usar en el colegio algo de lo que probablemente se saturen en el futuro y les cree irritabilidad, cansancio y trastorno del sueño en el presente. Qué sentido tiene que Samsung organice seminarios ¡sobre educación! y que para hacer los deberes dependan de una tableta que, como se ha denunciado aquí, en el colmo de la incoherencia tiene capado el acceso a Internet.

¿Por qué lo estamos haciendo? Porque hay en el aire cierta sensación de que la educación mejora si se usan las TIC (nos gustan más las siglas que a un tonto un molinillo). ¿Quién ha creado esa sensación? Nadie. Nadie que entienda del asunto, me refiero. La han creado las fabricantes de móviles y las telecos. Sus departamentos de marketing, concretamente. La noción es falsa pero tiene efectos, lo que responde bastante bien al concepto de fantasmagoría. Y esto no ha hecho más que empezar.

El consumo de horas de móvil presenta los suficientes rasgos de adicción psicológica como para preocupar a los mayores, pero al fin y al cabo cada cual es libre de derrochar sus mejores horas viendo cómo se come los chopitos la prima del amigo de aquel conocido tan simpático de la universidad, ya saben: #nitanmal, #asísí, #quéjarturadesufrir o #necesitovuestraatenciónporquetengodéficitdecariño. Lo que no tiene perdón de Dios es que les hagamos el juego a multinacionales que de educar a infantes saben cero y de agilipollar a adultos bastante más. Los actos tienen consecuencias y cuando estas recaen sobre otros deberíamos mostrarnos especialmente responsables o seremos especialmente culpables.

Votamos con la tarjeta de crédito

El pasado domingo se inauguró una tienda de AliExpress en Madrid. Dicen por ahí que el primero de la fila estuvo dos días. Dos días de su vida. Quería un patinete (regalaban patinetes, que, ojo, cada uno se mata como quiere) pero le regalaron un móvil: el primero se llevaba un móvil. Él, no obstante, prefería el patinete. Dos días en la cola y te regalan lo segundo mejor. Si la calavera de Valle-Inclán no tiene ahora una sonrisa de oreja a oreja no sé cuándo la tendrá. Mi pregunta es: ¿quienes fueron a intentar ahorrarse unas perras a cambio de recorrer más o menos la distancia de la Tierra a la Luna y de algunas -muchas- horas de sus preciadas vacaciones son «gente» en sentido podemita? Intentaré explicar por qué me surge esa duda.

Dado que las multinacionales mandan más que los gobiernos, las compras son más importantes que los votos. Nadie en Occidente le va a decir al Grupo Alibaba cuánto tiene que pagar a sus empleados ni cuáles serán sus condiciones laborales. (De que lo haga el Gobierno chino olvídense: los comunistas no le hacen ascos a una transacción rentable, de Pekín a Galapagar). Nadie en Occidente con una excepción: las únicas personas capaces de limitar el poder de las multinacionales pantagruélicas impositoras de condiciones que a este ritmo terminarán con la tienda de la esquina y con todas las tiendas de todas las esquinas son las mismas que el otro día recorrieron la distancia aproximada entre la Tierra y la Luna para acampar un par de días a la espera de poder adquirir el penúltimo Samsung ahorrándose unas perras. Es como clientes (como no clientes, más bien), y no como votantes, como podemos decidir el modelo de sociedad que queremos.

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Que cada uno se ahorra la pasta como puede, faltaba más. No seré yo quien le diga a nadie lo que tiene que hacer con su vida: para eso están los políticos. Pero no está de más puntualizar que si uno se autopercibe como un tipo concienciado con la lucha social y toda la retórica (porque me temo que es solo retórica) al uso y luego compra en AliBaba o Amazon, uno tiene un serio problema de coherencia. Porque a lo mejor piensan ustedes que el ahorro que se consigue comprando en ellas sale del bolsillo de sus dueños, inversores y/o directivos y no de la jornada 996 (12 horas de trabajo diarias 6 días a la semana) propugnada por Jack Ma o de que en 2018 el 74 % de los trabajadores de los almacenes de Amazon evitaran ir al baño por miedo a represalias.

Dado que las multinacionales mandan más que los gobiernos, las compras son más importantes que los votos

¿Si creo que se vive mejor trabajando en la tienda de la esquina? Sí. Y no solo eso: creo que la tienda de la esquina ayuda a generar un tejido urbano mejor en muchos sentidos. Pero esa es otra historia.

La dialéctica izquierda-derecha es una monserga. Por muy a la izquierda que se diga el Gobierno chino hay pocos trabajadores más puteados que los trabajadores chinos. Como da igual a quién votemos, podemos seguir depositando la papeleta por el procedimiento de brindis al sol: porque todos somos muy socialdemócratas hasta que nos toca soltar la guita. Cuando nos retratamos es al meter el pin, porque el voto es gratis pero la compra no. Cada vez que llega una caja de Amazon cae la careta de un sindicalista.

Verlo todo bajo el prisma político es enfermizo, pero pensar que los actos no tienen consecuencias es aún peor, porque pertenece al ámbito del pensamiento mágico. Para entender a qué me refiero, basta con que abran Twitter al azar.

Queda pendiente hablar de Alexia: por qué creo que la Guerra Fría era un entorno más amigable en el que quien te ponía un micro en casa al menos se encargaba de pagarlo y no te pasaba la factura.

Aprender jugando

Otra vez. Esta mañana. En El País, creo. «Para que los niños aprendan a comer jugando» o algo así. Está en todas partes: lo han leído, escuchado o soñado esta semana o incluso hoy. Aprender jugando, ludificación, gamificación. Esta última palabra, por cierto, ha sido formada de manera tan estrambótica que deberían rodar cabezas.

A priori todo bien, dirán. Qué tiene de malo que los niños encuentren en el juego la motivación que no encuentran en el aprendizaje. Todo. Lo tiene todo de malo. Lo que se transmite sin palabras, lo que se connota, es más potente y significativo que lo que se explicita. ¿Y qué connota que aprender jugando sea mejor que aprender? Que aprender es un coñazo. Estamos mandando el mensaje a los niños (para otro día el efecto contraproducente que está teniendo lo de «niños y niñas»: han conseguido que al utilizar el neutro inclusivo ahora se piense solo en el masculino) de que el aprendizaje es como la píldora de Mary Poppins: hace falta un poco de azúcar para que aquello pase. El aprendizaje es como las coles de bruselas o como el pinchazo de la vacuna: o bien se enmascara o se mercadea para compensar.

Pero yo he visto cosas que no creerían. He visto a una adolescente con la Filosofía atragantadísima pelear y pelear contra la lógica proposicional en 1.º de Bachillerato  hasta sacar sobresaliente en 2.º. He visto a otro adolescente entender y disfrutar y sacar partido de Éxodo con 14 años. Éxodo: tres horas y media de Otto Preminger sobre la creación del Estado de Israel.

Hace unos años se instauró la costumbre entre los entrenadores de baloncesto de mini (6-11 años) de llevar chuches a los entrenos como incentivo. Estupendo, pensaba, pero teniendo en cuenta que jugar al baloncesto es lo más increíble que le puede pasar a un ser humano, ¿qué mensaje estamos lanzando si tenemos que recompensar su práctica? No sé, pero a mí me olería a estafa.

La labor de los profesores no es hacer más llevadero el trago, sino ayudar a descubrir que ese trago no es de jarabe sino de néctar: que el camino del conocimiento es la más alta y satisfactoria labor a la que una persona pueda aspirar. No hay que enriquecerla ni adornarla ni disfrazarla: se trata más bien de permitirle que nos muestre su luz. Bastaría, en todo caso, con no entorpecer la tendencia natural de los discentes.

Gamification

Palabras clave y colorines: la aniquilación del conocimiento

El fin del principio

Las cosas se comprenden a su debido momento. Todo tiene un sentido. La herencia que dejamos en el mundo es infinita.

Tras la superficie sorda de lo real late la verdad. La vida es una rama de buena madera oculta tras una piel de terciopelo. La vida puede golpear o ser acariciada, pero no sabe mentir.

De todas las labores que pueden acometerse sobre la tierra solo una tiene verdadera dignidad: enseñar a buscar la belleza allá donde se encuentre.

La vida no termina. La vida se entrega. 

Estamos en los demás. La verdadera trascendencia son los otros. No existe la soledad. No existe el frío. No existe la muerte.

Algunas cosas no empiezan hasta que terminan. Solo existen los otros. Hace falta toda una vida para explicar el amor.

 

 

El conjunto de células

Si no empezamos a hablar de las cosas importantes pronto no quedará nada importante de que hablar.

Hace unos meses el legendario Pérez-Reverte y el Nobel peruano-español Vargas Llosa coincidieron en mencionar la postura de la Iglesia frente al aborto para reforzar su propia posición: si la Iglesia está en contra del aborto es que el aborto es un derecho. Esto es una falacia ad hominem con toda la barba,  y no merece mayor comentario a pesar de su difusión (si lo utilizan dos académicos, imaginen cómo está el percal a ras de calle; el aborto es una excusa estupenda para refugiarse en la propia ideología y argumentar desde la trinchera).

Hace menos tiempo escuché una justificación que me pareció original: sobre el aborto existe un consenso social que no hay por qué romper. Siendo magnánimos, esto quiere decir que si mucha gente cree algo, es que es verdad (lo que implica que, efectivamente, durante la Edad Media la Tierra era plana). Siendo peor pensados, y me temo que más realistas, la tesis del consenso comporta que, si algo no da problemas, no lo toques. Un argumento que los esclavistas podrían haber esgrimido ante Lincoln, por poner solo un ejemplo.

Pero aquí hemos venido a hablar del conjunto de células, verdadero meollo del asunto. Según estos partidarios, un feto es un conjunto de células y no un verdadero ser humano. Tomando esta postura como premisa, se abren dos posibilidades: o los que ya hemos nacido somos asimismo un conjunto de células únicamente (con lo que el concepto de ser humano se iría al cuerno) o bien los que ya hemos nacido sí somos seres humanos (lo que parece más probable).

Demos por bueno que (A) el feto no es un ser humano y (B) los humanos que ya hemos nacido sí somos seres humanos. ¿Me extralimito si considero que esta doble creencia es la más común entre los proabortistas? Es difícil de decir, pero parece razonable. Según esta hipótesis, lo que no terminaría de entender es en qué momento le ¿entra?, ¿crece?, ¿nace? al feto la ¿humanidad?, ¿alma?, ¿espíritu? Parece que los legisladores creen que algo de esto debe pasar a las 14 semanas y otro poco a las 22, a juzgar por la ley de 2010.

Ignoro en qué consiste este advenimiento tan tardío, teniendo en cuenta que desde el momento de la fecundación el embrión es totipotente, es decir, el cigoto tiene toda la información genética necesaria para convertirse en un adulto y solo recibe de su madre cobijo, alimento y oxígeno, como le ocurre a un bebé ya nacido salvo por el oxígeno. A mí esta capacidad de dirigir el propio desarrollo celular hasta convertirse en una persona adulta me parece más importante que cualquier evento sucedido en las mencionadas semanas, y lo distingue claramente de un riñón, un quiste o un tumor.

Si la capacidad de convertirse por sí solo en un anciano no lo convierte a uno en humano no sé qué lo pueda hacer, pero si ocurre en la semana 14 y alguien me lo explica de forma convincente, no duden que pasaré a engrosar las filas de una mayoría metroscópica que a día de hoy no logro comprender.

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Conjunto de células de 20 semanas chupándose el dedo. Sí, eso son uñas

Cómo sí educar

Poner de manifiesto las calamidades es más fácil que construir; por eso los medios (este también) están más llenos de afeamientos que de propuestas.

Para revertir esa pendiente, hoy voy a pasar del habitual cómo no educar a un proactivo cómo sí educar, resumido de momento en dos propuestas.

  1. Propongo dejar de tratar a los niños como si fueran idiotas. Los tratamos como idiotas cuando les bajamos el nivel de exigencia hasta la ofensa personal: con la misma edad con que los púberes vintage traducían La guerra de las Galias, hoy no saben quién fue Julio César. Los tratamos como idiotas cuando teatralizamos su vida. Un niño es un niño, no un muñeco. Con cuatro años (probablemente antes) saben perfectamente que les estamos poniendo vocecitas. Ah, y no se censuren, utilicen con ellos palabras que ellos no entiendan. Así es como las aprenden. Si solo balbuceamos delante de un bebé, ¿cómo demonios aprenderá a hablar?
  2. Propongo encargar su educación a profesores que sepan leer. Soy muy pesado con este tema, pero es que no me consta que se haya solucionado. En realidad ni los propios profesores sabemos quién fue Julio César. La situación es dantesca. El curso pasado un profesor me defendía que para los niños de 11 años era «más importante conocer a Jorge Bucay que saber leer» (sic). Aunque él les tuviera que leer los textos. Esto ha hecho que nuestra política con los profesores esté basada en la desconfianza, fiscalizando su desempeño por si la lían. Los entrenadores de fútbol y los profesores comparten un problema: todos sus conciudadanos se sienten capacitados para decirles lo que tienen que hacer. Ese no es el camino. Hay que crear —invirtiendo lo que haga falta, pues tiene un retorno inmenso— un cuerpo de profesores excelentes que entiendan que educar no es solo atender a la parte emocional de los alumnos, sino que exige proporcionarles conocimientos y capacidades cognitivas. De hecho, así estarán más preparados para gestionar todos los ámbitos de su vida. Percibo que se tiende a pensar en lo emocional y los «valores» como exógeno a lo cultural. Como si hubiera que elegir entre una cosa y otra. ¿Pero de qué demonios pensamos que escriben Dostoievsky, Austen, Oz, Wilde o Du Maurier? Enseñen a una niña a leer, escribir, operar y hablar de manera excelente y verán qué sorpresa se  llevan respecto a su capacidad para gestionar sus emociones.

 

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Y así, amigos, es como nuestra civilización se fue al carajo.

Prometo darle continuidad a este asunto por lo menos hasta que el tema esté solucionado: solo merece la pena embarcarse en causas perdidas.

 

Por qué no nos gustan los libros de autoayuda

Algunos de nosotros denostamos los libros de autoayuda, pero la repulsión instintiva que nos producen impide con frecuencia que presentemos argumentos en su contra, profiriendo simplemente exabruptos descalificadores. Aunque toda persona de bien entiende de forma intuitiva que los libros de autoayuda proceden de Satán, trataré de explicar esta relación.

En mi limitada e insatisfactoria relación con el subgénero (con la edad se acaba por leer de todo) he llegado a la conclusión de que su razón de ser es simple: alguien, preferiblemente famoso o con afán por serlo, fue en el pasado un capullo e hizo algo (comenzar a comer quinoa, practicar tai chi o dejar de fumar, por ejemplo) que lo convirtió en una persona maravillosa, o en ocasiones tan solo en alguien un poco menos capullo. Deslumbrado ante la maravilla de dejar de ser imbécil, la innata filantropía del eximbécil (en adelante, el escritor de autoayuda) lo impulsa a vendernos su método para ser personas mejores. Dicha pulsión sería inocua si no tuviera ciertas implicaciones:

  1. El escritor de autoayuda es mejor que nosotros. Tras su catarsis, provocada por sonreír más, comer hamburguesas de tofu o abrazar a desconocidos, el autor de autoayuda se da cuenta de que ha llegado a un lugar de perfección espiritual donde no había nadie. Hasta leer el libro, uno podría no caer en la cuenta de que su vida es una calamidad. «¿Todavía comes carne roja? Pero hombre, yo desde que leí Cómo dejar de comer carne roja soy otra persona». Sí, concretamente una persona malnutrida. El negocio de la autoayuda presenta ciertas similitudes con las estrategias de la publicidad: yo no sabía que necesitaba un iPad hasta que en el anuncio vi que se podía tocar un piano de seis teclas en su pantalla. De seis teclas. Cien euros por tecla.
  2. Existe la felicidad permanente. Si, como el autor del libro de autoayuda, alguien lleva demasiado tiempo siendo feliz, o bien no se entera de nada o tiene un concepto de la felicidad poco exigente. En ambos casos, siéntanse libres de recordarle que se va a morir (memento mori) o algo similar. Le estarán haciendo un favor a él y a sus circundantes.
  3. Existen recetas universales para la felicidad. Una de las mayores lacras de nuestra época (además de los teléfonos móviles) es esa necesidad que tienen los políticos, los psicopedagogos y los autores de libros de autoayuda de decirle a los demás lo que tienen que hacer, como si el ser humano fuera menor de edad de por vida y hubiera que supervisar su comportamiento. «Comes mal y no lo sabes» «Deja los malos humos en casa» «Piensa en femenino». Yo tengo uno para vosotros, adalides de lo inane: meted las narices en vuestros sucios asuntos y lavad vuestra propia ropa antes de husmear en los armarios de los demás. En lo que a mí respecta, si a alguien le hace feliz comer papel, que se harte. Bastante hija de puta puede ser la vida como para tener que cumplir los absurdos requerimientos de gente que tiene que comprarse un libro para dejar de fumar o correr todos los días.

El mundo es lo suficientemente complejo como para creer en recetas. Pensar que un comportamiento X produce un efecto Y es intrínsecamente absurdo, e intentarlo resulta profundamente estúpido. Pero eso no es lo verdaderamente pernicioso del asunto de la autoayuda/tocomocho.

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—Dobla así los gayumbos y la felicidad llamará a tu puerta.

Lo dramático es que seres de escasa formación nos digan lo que estamos haciendo mal. Que personas que no conocen nada de nuestras vidas se arroguen la capacidad de solucionarnos la papeleta. Es fácil detectarlos. Utilizan mucho «felicidad», «vibraciones», «interior», «emociones» o «dieta». Una vez leí parte del libro de un prenda que afirmaba que un cambio de dieta le había cambiado la salud, el carácter, su relación con los demás y hasta su trabajo. ¿Qué comías antes, alma de cántaro?

Si Vd. quiere dejar de fumar, no fume. Si quiere correr, corra, corra mucho, poco, regular o mal. O no corra. Esto no va de decirle a los demás lo que tienen que hacer. Esto va de que cada uno se construya su propio código de conducta, su propio principio rector, uno sano, honrado y limpio, exigente consigo mismo y respetuoso (no tolerante, ojo) con los demás, responsable y basado en el aprendizaje, pero ante todo y sobre todas las cosas libre.

Esa peligrosa palabra

Siempre que alguien menciona la palabra tolerancia se me enhiestan las orejas como a un podenco en temporada. Cuando se habla, por ejemplo, de «educar en la tolerancia», no puedo evitar pensar que lo que se planea es educar en la permisión exclusiva de un cierto paquete de valores y no de los demás. En general pasa los mismo con lo que se ha dado en llamar «educación en valores», expresión que en realidad significa «educación en mis valores». Aún recuerdo los años fatídicos en los que lo que se intentaba inculcar era la conciencia crítica, es decir, la capacidad de construir un utillaje ético propio a través del conocimiento y la responsabilidad. Qué asco de generación la nuestra, llena de librepensadores cargantes que leen libros raros y escriben con palabras demasiado largas. Por no hablar de la anterior, repleta de (re)conocidos fascistas falócratas como Javier Marías o Pérez-Reverte.

Pero mis problemas con la tolerancia van más allá, porque la palabreja es más peligrosa de lo que parece. Tolerar no significa respetar, porque el español es exacto y sutil, sino permitir (de momento) tus estúpidas ideas. Se toleran las religiones no oficiales cuando existe una religión oficial, superior y obligatoria. Se toleran las ideas apócrifas, las castas inferiores, las corrientes paganas. Solo se puede tolerar desde la superioridad moral del perdonavidas.

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Cuando los judíos aún eran tolerados en la Alemania nazi

«Ni más ni menos que nadie», dijo mi madre, lo que me obliga a no tolerar ni ser tolerado.

Siempre que alguien empuña la palabra tolerancia es porque no tiene muñeca suficiente como para blandir la otra, la buena, la que se nos va desliendo como la foto en el bolsillo de McFly o el mismísimo reino de Fantasia: la tolerancia es la versión sucedánea y envenenada de la libertad.

Viva Camacho

Que conste que soy el primero en fomentar el cachondeo whatsappero en cuanto José Antonio Camacho nos brinda una de sus perlas, ya sea el optimista «No hay que ser catastróficos hasta que se produzca la catástrofe» o el clásico instantáneo «Dos goles no es uno», epigrama este solo al alcance de un Míchel o un Jorge D’Alessandro (el del penalti al palo corto).

Vaya por delante que José Antonio Camacho tiene más fútbol en cualquiera de sus calandracas que la sarta de pedantes estadísticos que pueblan las retransmisiones de la tele patria y cuyo contacto más cercano con el pasto fue a través del precario interfaz del PC Fútbol.

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El macho Camacho, protoespartano

Pero lo que me ha parecido el summum de la desfachatez es que los periodistas de aquí (que diría Forges) se hayan permitido afear al bizarro ciezano su forma de hablar. En primer lugar, Camacho habla de fútbol porque lleva medio siglo dedicando su vida al fútbol. O porque tiene nueve Ligas. O porque sus compañeros del Madrid le remontaron al Anderlecht tres goles, entre otros motivos, por miedo a ese intrépido peleador que todo lo veía ganable.

En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, Camacho no está obligado a dar lustre a la lengua común, como no se espera que lo haga el futbolista medio.

En tercer lugar, los que sí están obligados a hacerlo —y no lo hacen— son esos periodistas que se están permitiendo el lujo de cuestionar la dicción del carismático lateral izquierdo. Los mismos juntaletras (no se está diciendo aquí que todos los periodistas sean juntaletras, si se me permite aclarar la obviedad) que inventaron el «cuanto menos», el «han habido», el «fijaros que» o «la líbido» son los que se mofan del refrescante repertorio lingüístico del murciano.

Vivo con la ilusión de que el propio José Antonio haya leído alguna de las críticas farisaicas y que, autocitándose con su carpetovetónica ronquera, haya mandado a los escribas deslenguados adonde Aspas mandó el Mundial. «A tomar por culo».