La izquierda y su elitista política educativa

Entre los artículos de El País con que Instagram me bombardea últimamente (he debido de ser muy malo) había esta mañana uno sobre Educación. Si lo he entendido bien, consistía en la epifanía experimentada por uno de sus intelectuales al darse cuenta de que las políticas educativas implementadas por los suyos eran profundamente lesivas para los grupos sociales más vulnerables. Si hubiera estado atento se habría dado cuenta mucho antes.

Se quejaba el tipo de que la izquierda había considerado «conservadores» el conocimiento y la lectura y claro, ahora los hijos de los pobres (que al fin y al cabo son los que en mayor medida dependen de la educación pública) estaban colgados de una pantalla y los hijos de los ricos (para El País «los ricos» solo son los ricos que no piensan como ellos, los ricos de izquierdas no cuentan), los hijos de los ricos, insisto, seguían teniendo las herramientas intelectuales para afrontar la realidad.

Y a mí lo que me extraña es que se entere ahora, dado que los malosos conservadores llevamos mucho tiempo diciéndolo, que la laxitud educativa de la izquierda perjudicaba sobre todo a quien decía defender, los pobres, porque los estudiantes de colegios caros (a los que van los hijos de los políticos de izquierdas, por cierto) iban a seguir recitando a Shakespeare y comprendiendo, mal que bien, a Góngora.

Pero lo que me llama la atención del avispado plumilla progresista, más allá de una serie de incongruencias que no mencionaré aquí, es que el tono de su artículo es de protesta contra lo que él llama «millonarios», grupo que como ya se ha dicho no incluye a Broncano ni a Wyoming ni a Almodóvar ni a Ana Belén ni por supuesto a Cebrián ni a Roures. Es decir, que la culpa de lo que hace la izquierda cuando llega al poder la tiene «la derecha», por jugar al despiste, se entiende, o por hacer colegios caros para que los hijos de los políticos socialistas puedan seguir formándose con un mínimo de exigencia.

Y es que de esa esquizofrenia sociológica con que Lo País divide al país deja por el camino un reflexión preocupante: después de que Rajoy nos expulsara del PP, los conservadores liberales que bajo la perspectiva de un Broncano somos pobres de solemnidad no pertenecemos a un grupo ni a otro, pero soportamos lo peor de ambas facciones, porque ni podemos acceder a los colegios de los hijos de los marxistas ni la derecha nos acoge en su seno. Pobres y apaleados. Menos mal, entonces, que nuestros padres leían. Ese es nuestro único capital.

P. S.: Como los juntaletras de El País sigan pensando así de fuerte van a terminar por darse cuenta de que las dos preguntitas con que Broncano recibe ―o recibía, la verdad es que ignoro sus costumbres― a sus invitados no solo son de un gusto pésimo, sino que muestran a las claras cuáles son los valores de la progresía patria, es decir, cuáles son las dos motivaciones básicas de la izquierda española. Iglesias y Errejón dan fe. O Ábalos, por buscar un dos en uno.

P. P. S.: Que nadie vea resquemor en la expulsión ideológica de Rajoy. No estar representado en el espectro de partidos español es un privilegio: vista la acrisolada honradez de sus próceres, quien forme parte de sus comités de palmeros solo puede hacerlo por estulticia o sobrecito.

El niño de la sopa

Existe una historia cortita que como chiste es terrible, pero que como modelo explicativo de la tragedia pedagógica no tiene rival.

Niño de cuatro años que no ha hablado todavía. La familia ha hecho todo lo posible por encontrar el problema, sin éxito. De repente, comiendo, el niño suelta:

―La sopa esta fría.

Pensando haber asistido un milagro, sus padres le preguntan por qué, si no era mudo, no había hablado antes. El niño, lacónico, contesta:

―Hasta ahora todo ha estado bien.

Ahí está todo. Los niños son ―¡oh, sorpresa!― como nosotros. No malgastan energía porque su cerebro, evolutivamente, sigue cazando en la sabana. Nuestro cerebro ―evolutivamente, insisto― ignora que tenemos frigorífico. Malgastar energía es, en términos de supervivencia de la especie, un pecado mortal. El cuerpo humano tiene un compromiso con el ahorro energético que ni el bueno de Scrooge. Dicen Rashmita Basu y Jonathan N. Flak que el hipotálamo juega un papel esencial en la regulación de la homeostasis, es decir, de la gestión del balance de energía. Las calorías que entran por las que salen. En entornos hipercalóricos como tiende a ser el nuestro esa voluntad de ahorro energético es, de hecho, responsable en cierta medida de la obesidad. Esto también lo dicen Basu y Flak.

El hipotálamo, insisto, ignora que en general tenemos un frigorífico bien surtido, y se empeña en mantenernos en modo reposo todo el tiempo que sea posible. Incluso el olvido de datos que el cerebro considera superfluos se produce para ahorrar energía.

El niño de la sopa y todos los demás niños, entonces, no son exactamente vagos: están esperando un buen motivo para mover el culo, la laringe o la neurona.

Esa es parte de nuestra incongruencia como especies: la tecnología está pensada para electores racionales, pero la base neurofisiológica es la que ya tenía un cazador del paleolítico medio hace 200 000 años. Los gerifaltes de Silicon Valley, por cierto, conocen y explotan esta incongruencia.

Entonces el pedagogo moderno y popular que saluda a cada niño de manera distinta para que se motive está pensando en términos irreales. Lo intelectualmente honrado sería, desde un punto de vista que considere al ser humano como lo que es, un todo (y esto funciona a cualquier edad), dejarlo sin comer si no realiza las tareas que tiene asignadas. Eso lo capta el hipotálamo a la primera.

Pero claro, en un mundo donde el color del boli con que corrige el profesor traumatiza a los alumnos, no quiero ni saber qué tipo de tortura medieval constituye dejar al niño sin cenar. Negociemos, entonces.

Porque lo que ilustra el niño de la sopa es que estamos en el otro extremo, un extremo que convierte a insólitas potencialidades con patas en vagos recalcitrantes que no entienden por qué hay que levantarse de la cama si el desayuno viene igual. Si a una máquina diseñada para ahorrar le quitamos un motivo potente para gastar tendremos, por ejemplo, a un futbolista del Real Madrid. Pero, dado que ustedes no pueden lavarse las manos manos con sus hijos como hizo Florentino en 2006 (el tipo prefiere cometer el mismo error ―malcriar a los jugadores― que nos tuvo penando 5 años antes que cambiar de criterio, he ahí otro ejemplo de cómo es la naturaleza humana), más vale que se apliquen a la tarea de explicarles cómo funciona el mundo en realidad, que por otra parte es lo que entenderán cuando logremos que intercambien esfuerzo por beneficios. Una gota de sudor, una albóndiga. Y todo así.

Reconstruyendo la educación (2): la noción de continuidad

Si en la entrada anterior de esta serie se glosaba la analogía como concepto que cambia el enfoque en Educación, (concepto umbral decimos en la UFV según la terminología de Jan Meyer y Ray Land), hoy le toca a la idea de continuidad.

La progresiva institucionalización de la Educación desde el siglo XVIII ha tenido un efecto secundario tan pernicioso como discreto: el distanciamiento radical entre el mundo y el contenido de los estudios.

En pos de la loable voluntad de erradicar el analfabetismo, el Estado recurrió a la obligatoriedad de la enseñanza. Estamos a favor de esa obligatoriedad, pero después vino la creciente intervención de la autoridad competente (incompetente, las más de las veces) en lo que los niños debían aprender y cómo debían aprenderlo. La formalización del aula y sus ventajas e inconvenientes como modelo insoslayable llevaron a la consideración de la asignatura como telos y no como medio o instrumento. Es decir: a que los niños pasaran de estudiar el árbol, la circulación o el imperio carolingio a estudiar el libro que hablaba sobre el árbol, la circulación o el imperio carolingio. «Es lo mismo», pensará el adulto, y es lo mismo cuando el que estudia es un adulto o un adolescente muy formado. Pero para el niño dista un abismo. El niño, incapaz de abstraer si hacemos caso a Piaget, no ve relación ninguna entre el objeto de las clases y la realidad que lo circunda (o que lo circundaba, toda vez que su realidad ahora es la pantalla de algún dispositivo y el cerebro hecho añicos de su youtuber favorito).

Tanto Rudolf Steiner (Waldorf) como María Montessori o Loris Malaguzzi (Reggio Emilia) sabían esto, y trataron de solucionarlo a través de métodos a medio o largo plazo cuya principal limitación es la de ser métodos a medio o largo plazo. Lo malo de una comunidad es que termina por decirnos cómo debemos comportarnos.

Porque para contrarrestar esa ruptura entre el objeto real y lo estudiado en clase tan solo es necesario que el maestro persiga su continuidad: que sepa que cuando el escolar estudia gramática se estudia a sí mismo, cuando estudia ciencias estudia el mundo y cuando estudia religión estudia el Amor. Solo hace falta entonces un maestro atento y un método: el suyo. Pero como muchos son los maestros y muchos cambios los que experimenta cada uno de ellos en el desempeño de su oficio, los métodos terminan por ser muchos, lo que es maravilloso para el niño. Por eso escuelas tan programadas como las mencionadas son, a mi juicio, limitadas y limitantes.

Se enseña por exposición, por contagio, por ejemplo y por maravilla. Se enseña conociendo y compartiendo la belleza, conociendo y compartiendo el mundo. Lo más importante en Educación es, claro, el amor. Y no hay amor sin confianza. Por eso el maestro no se proyecta sobre sus alumnos, que es lo que terminan por hacer los métodos estipulados y los profesores ideólogos que educan en sus valores. El maestro sabe que sabe más y sabe que sabrá menos que su alumno. No es solo que el estudiante se construya a sí mismo, sino muy especialmente que tiene derecho a hacerlo. No otra cosa es la libertad.

Elogio de Scrooge

En mi infancia fantaseaba con que alguna vez me hicieran el cuestionario Proust, o alguna de las versiones que circulaban por los semanarios. Una de las preguntas de estas revisiones era, si no recuerdo mal «Héroe novelesco que más admiro». Poco a poco, mi respuesta favorita se fue desplazando hacia el señor Scrooge. Por provocar, al principio, supongo. Porque Scrooge y todos los Scrooges del mundo están mal vistos, como si le debieran dinero a alguien.

Con el tiempo fui conociendo, no obstante, el verdadero motivo de mi inclinación: Ebenezer Scrooge me caía ―y me cae― endiabladamente bien. Por algún motivo que no alcanzo a comprender se supone que debemos celebrar la epifanía de Ebenezer tras la visita de los tres fantasmas. Pero esa epifanía es, a la vez, la pérdida de un carácter notable.

Hay que tener un corazón muy duro para no amar a un cascarrabias y, en cambio, solo un lector atolondrado podría prestar su apoyo a un protagonista bonachón. El interés literario de una persona afable viene a ser el mismo que el de un matrimonio feliz: en algún lugar entre ver crecer la hierba y tragarse Los Anillos de Poder.

Pero no es lo literario lo que justifica la elección de Scrooge como compañero de fatigas definitivo: sus ventajas son reales, sus virtudes tangibles, y pueden ser presentadas metódicamente, sin concesiones románticas.

En primer lugar, Scrooge no tiene el menor deseo de engañar a nadie. Esta cualidad no tiene solo un plano superficial (decir siempre la verdad) lo que ya es realmente virtuoso, sino que presenta una ventaja más profunda: el socio de Marley y los que son como él (lo que incluye al propio Marley) no permiten que en nuestra mente aparezca la esperanza ilusoria en una vida mejor: Ebenezer da hoy la de arena y dará siempre la de arena. Esa confianza ciega permite una gestión más adecuada del tiempo y los esfuerzos de quienes rodean al malencarado: la vida a su alrededor transita sobre suelo firme. No hay lugar más confortable en las relaciones humanas que saber a qué atenerse. Quien trata con un Scrooge nunca queda decepcionado, nunca cae, nunca resbala. Scrooge es una cara conocida en medio de un baile de máscaras.

En segundo lugar, el vinagre no puede agriarse. No existe en él riesgo de declive ni de mejora. Mil años de amistad con Ebenezer ―de enemistad, mejor dicho― provocan paz de espíritu y relajo; diez minutos con el filántropo o el risueño proporcionan una incógnita perpetua cuando no complejo de culpa. Tras la aparente alegría de un simpático asoman el trauma o la charla meteorológica. A cambio, el gesto sobrio del hombre enfadado invita a la reflexión, como el aguacero o fumar en pipa.

Por si todo lo anterior no fuera suficiente ―que lo es― el Scrooge canónico desprecia la vida social, lo que es síntoma inequívoco de una educación esmerada. La vida social, esa tortura que convierte los últimos momentos de la vida de William Wallace en un paseo por el Prater, no existe para el bueno de Ebenezer, lo que explica su razonable inquina contra la desnaturalización navideña y su connatural hipocresía. La renuencia del financiero a alternar con sus congéneres nos habla de su estatura intelectual.

Lo mínimo que podríamos hacer para desagraviar la memoria del señor Scrooge es convertirlo en patrón del único movimiento que merece la pena hoy en día: uno que propugne el cierre de todas y cada una de las redes sociales, donde campan a sus anchas horteras, narcisistas y hasta blogueros. Mister Scrooge es el santo patrón del mayor favor que nos debemos a nosotros mismos: recogernos, real y figuradamente, soltar los perros y cerrarnos a cal y canto. Como decía Pascal, la mayor parte de las desgracias humanas proviene de nuestra incapacidad para quedarnos tranquilitos en casa.

Segunda edición y librofórum

Desde hace un par de semanas ya tienen ustedes disponible la segunda edición de La danza del oso. Didaskalos ha corregido erratas y mejorado (si cabe) la portada. Solo puedo agradecer cada lectura, cada comentario y cada petición de que la segunda parte aparezca prontito. Ah, y también me gustaría agradecer su presencia a todos los asistentes en la presentación de la librería Modesta.

La reproducción de la pintura de Altdorfer ha ganado definición y se han respetado los colores originales

Como también tengo que pedir excusas a quienes se quedaron fuera de Modesta, aprovecho para invitarlos a todos a una nueva presentación el miércoles 22 de abril a las 18:30 en el DOT de la Universidad Francisco de Vitoria (módulo 5 del Edificio Central, ahora llamado edificio Chesterton). Para asistir no es necesario tener vínculo alguno con la UFV. Trataremos de adentrarnos en la medida de lo posible en el territorio del librofórum, sin desvelar nada del contenido de La danza, claro está.

La iniciativa se enmarca en la XI Semana del Libro de la UFV. El libro, por cierto, ya se puede comprar en la tienda de la propia Universidad. Recuerden que parte del dinero destinado a su compra ayuda a sufragar la investigación del cáncer infantil en la Unidad de Oncopediatría de Hospital Universitario HM Montepríncipe.

La excepción humana

Necesitamos más inteligencia artificial.

En 1970 el experto en robótica Masahiro Mori acuñó el término valle inquietante para referirse a la respuesta que crean en nosotros aquellos androides que, precisamente por haber alcanzado un grado de semejanza notable con los humanos, producen una respuesta de prevención, miedo o repugnancia.

Se trata, por tanto, de uno de esos casos en los que lo mejor es enemigo de lo bueno. Si la autómata de Roentgen, a la que nadie habría confundido con un ser humano, creaba fascinación en el XVIII y nos inspira maravilla ahora, autómatas que engañan mejor a la vista solo nos inspiran pavor. Incomodidad. Recelo.

La premisa detrás del valle inquietante es que cuando se está más cerca de la manera humana es cuando mejor se percibe la distancia real, que es cualitativa y no cuantitativa. No hay una sola idea nueva generada por IA. No tiene, por tanto, ningún sentido leer sus textos.

Entonces, necesitamos más textos generados por IA para darnos cuenta de que ahí no hay más que lo que los sajones llaman AI slop (basura digital). Ese material regurgitado que ya es mayoría en la web.

Si nos damos cuenta de eso, si volvemos a leer, entonces quizá podamos dar por perdida a esa generación que ya nunca saldrá de su adicción (no me miren así, yo no soy el que compra móviles a adolescentes) y centrarnos en recuperar el valor de nuestro tiempo y la especificidad de nuestro conocimiento. La excepción humana.

P. S.: Otro día comentaremos quién paga con su esfuerzo la fantástica energía necesaria para alimentar los centros de datos. Otra razón por la que Matrix (1999) resulta tan brillante.

Hijos de Bartleby

Vaya por delante que la capacidad de las redes neuronales para realizar tareas repetitivas, picar datos de manera salvaje o detectar patrones es, como cualquier avance tecnológico, una herramienta bienvenida que, entre otras cosas, ayuda a salvar vidas. Es muy fácil querer seguir viviendo en la Edad Media hasta que a uno le sale un bultito. Pero de lo que se habla aquí es de la generación artificial de textos.

A veces lo que define al genio es ver antes que nadie: explicar problemas que aún no se han producido.

En Bartleby, el escribiente (1853), Herman Melville apenas crea algo más que un oficinista que, antes las peticiones de sus superiores contesta invariable y lacónicamente «Preferiría no hacerlo». Suficiente para que el relato sea magistral.

Ocurre que los algoritmos correlacionales generativos (llamados por la mercadotecnia «inteligencia artificial generativa») aparecen como fantasmagoría alucinante que nos desplaza, es decir, nos dan la posibilidad de delegar, de encargar, de no hacer.

Con mucho, las telecos y las tecnológicas prefieren que dediquemos ese tiempo a mirar nuestras pantallas, es decir, a consumir.

Lo que producimos como individuos originales no solo disminuye en cantidad sino sobre todo en variedad, calidad y empeño. No importa.

Lo que la estrategia mercadotécnica de la IA ignora (finge ignorar) es que siempre tuvimos a nuestro alcance la posibilidad de no hacer: desde fusilar la página de la extinta enciclopedia hasta pedirle a nuestra prima que nos hiciera el trabajo. Pagar por un proyecto fin de carrera. Contratar a un sicario, llegado el caso.

Pero la diferencia fundamental entre esa acción delegada, esa inacción, y la que nos proponen Nvidia, OpenAI o Microsoft es que las anteriores opciones estaban mal vistas, mientras que delegar en la IA se considera sofisticado.

Seamos claros: comparadas con la originalidad exigible a un buen texto humano, es decir, a un buen texto, las parrafadas generadas por los algoritmos correlacionales son, en el mejor de los casos, la media aritmética de lo publicado al efecto en Internet. La definición exacta de mediocridad. La regurgitación verbal de retales electrónicos. Algo que no solo se ha escrito antes, sino que ocupa posiciones neutras, grises, inanes. Matizadas, por si fuera poco, por un postprocesado que tiene dos misiones igualmente perniciosas: dorarnos la píldora («¡Claro, tírese por el balcón, qué gran idea! ¿Necesita más ayuda con este asunto?») y eliminar toda noción políticamente incorrecta, es decir, toda idea.

Ya hay más texto en Internet generado por la IA (ovillos inextricables de redundancia, mediocridad y tautología) que por seres humanos. La red es un inventario de textos basados en textos basados en textos basados en.

Si no voy a decir o escribir algo que nunca se haya dicho o escrito, sería buena idea considerar el silencio. El camino contrario conduce, paradójicamente, a un mundo donde solo exista el silencio.

Presentación de La danza del oso

Este viernes 6 de febrero de 2026 a las siete de la tarde estaremos el padre Felipe Carmena y servidor en Modesta Librería charlando con quien quiera acompañarnos del asombroso hechizo que es la literatura y, si queda tiempo, puede que de La danza del oso. Están todos invitados.

Modesta Librería está en Modesto Lafuente 31, en Chamberí (es castiza además de modesta). Si la conocen ya saben que siempre es buena idea asomarse por allí; si no la conocen, ya tienen dos motivos para ir este viernes: la librería y el padre Felipe.

Recuerden: viernes 6 de febrero. Modesto Lafuente 31, Madrid. 19:00 h.

La danza del oso

Los acontecimientos relatados en el primer volumen de La danza del oso recibieron la atención de cronistas e historiadores durante siglos, lo que unido a la entidad de los personajes que los protagonizaron explica el consenso en torno a los hechos los históricos, es decir, en torno al qué, pero lo que ignorábamos hasta la aparición de La danza era el cómo y el por qué, y a menudo incluso el quién.

En román paladino: nadie había tratado la fuga de Harcourt con la precisión y profundidad con que lo hace el autor de La danza del oso. Nos lo imaginamos consultando los archivos milenarios de Kowalina, la biblioteca privada de los Van der Geld hasta el último aliento del último candil. Es la misma luz que ahora arroja sobre hechos que habían flotado siempre en aguas intermedias, entre la realidad y la leyenda.

Sabíamos, por ejemplo, que el heredero del emperador Alexander, su alteza imperial el príncipe Klaus, desapareció de la corte de Kowalina siendo un adolescente, pero ¿cuál es la relación entre su ausencia y la aparición en el colegio de Harcourt de un tal Albert de Croÿ? ¿Por qué se apremió al condestable para que Albert superara el colegio y accediera a la academia militar y la universidad en solo unos meses? ¿Lo privarían los accidentes posteriores de vivir su destino? ¿Asaltarían los mercenarios enotrios Harcourt? ¿Existió realmente Girolamo di Renzo? ¿Para quién trabajaba? Esos son los hechos que se pierden en la noche de la historia, las aventuras que ignoran hasta los cuentacuentos más ancianos del continente.

El autor del manuscrito lo sabe, pues omite deliberadamente lo que ya aparece en otras historias y hasta nos remite a ellas, como ocurre con el Cantar del valle de Karnoed y la travesía de los escuderos de Harcourt que conocíamos por los trovadores burgundios.

No se hablará aquí de lo narrado en el libro. Corresponde al lector decidir si se atreve a aventurarse por la memoria de aquel tiempo, si acepta el reto de asomarse al Colmillo del Dragón o cazar al Viejo Hans; si cruza el canal de Breizh con Sendulla y Parsley o si se inmiscuye en los asuntos de Estado de la emperatriz Zelinda. No estropearemos aquí el gozo de esa lectura, de esa aventura; corresponde al lector afrontarla junto a un fuego acogedor y una pipa bien cebada.

P. S.: Nuestros detectives han encontrado un alijo con ejemplares del libro aquí.

No hace falta echarlos a todos

(Antes de salir al campo en un partido cualquiera, vestuario del Real Madrid).

Flóper entra con las manos a la espalda, viste levita negra y chistera. Su rictus no muestra ira: es más bien el ademán burocrático con el que un portero de finca barre un descansillo. Detrás entra Butragueño vestido de monaguillo.

¡Menos redes sociales y más Lucky Luke!

El tito Floren se sitúa delante, digamos, de la taquilla de Federico. La camiseta del 8 está dobladita pulcramente, sus botas reposan con simetría milimétrica. «Ya me extrañaba tener tanto sitio», piensa Vini en la taquilla contigua. Butragueño descuelga un pequeño incensario y lo hace oscilar lentamente. Un humo fragante comienza a inundar la atmósfera y el Buitre parpadea, molesto. Florentino se quita la chistera y la sujeta con ambas manos.

―Hoy nos hemos reunido para recordar la figura de Fede Valverde, que, estando demasiado cansado para calentar desde la suplencia y sin el carácter necesario para tirar a puerta, no supo comportarse como exige la capitanía de este club en ninguno de los sentidos posibles. Atragantado por la herencia de Antonio e ignorante del concepto de jerarquía, su cuerpo reposa en su casa de Montevideo donde, dado que no dispone de la carta de libertad, está escribiendo para junio un trabajo a doble espacio titulado Señorío es morir en el campo.

Tras un minuto de silencio, Butragueño recoge la cadenita del turíbulo y se dirige a la salida detrás de su jefe. Antes de franquearla, Florentino se detiene bajo el dintel y masculla, de espaldas a la plantilla:

―Así, uno a uno. Josdeputa.