Alonso y Arbeloa

Teníamos esta entrada pendiente. Hay que tratar bien a todas esas personas a las que les gustaría que escribiera más sobre fútbol y menos sobre literatura, pero que como son muy educadas se callan.

Lo curioso de ambos (Alonso y Arbeloa) es que, siendo mourinhistas y habiendo sido sus jugadores, no comprendan la premisa básica del mourinhismo y de cualquier entrenador que se precie, que podría formularse de forma rabiosamente innovadora como «donde hay patrón no manda marinero».

Porque la lección que nos dejan ambos es que, dado que vas a morir igual tarde o temprano, muere al menos con tus principios. Que aquel comentario de Alonso de «No sabía que había venido a una guardería» no solo era pertinente sino la línea a seguir, y que si a alguien en la directiva no le gustaba ese estilo ya podía buscarse otro entrenador. Porque resulta que (¡oh, sorpresa!) el respeto hay que ganárselo, y que ciertas servidumbres, como echar una bronca morrocotuda a una panda de niñatos, van en el cargo y además están muy bien pagadas. Que Vini, Valverde, Güler y probablemente Mbappé y Bellingham deberían haberse pasado una temporadita en el banquillo, que quita mucha tontería, para que aprendieran lo antes posible que «más vale que llores tú que que llore yo» y «si no has hecho nada, para cuando lo hagas».

Y es que si tú te encuentras con una caterva de postadolescentes consentidos la culpa es de ellos, pero si no haces nada para remediarlo la culpa comienza a ser tuya.

«Lo habrían echado», cabría responder, pero 1) igual lo iban a echar y 2) a las directivas también hay que educarlas, a veces, y el respeto lo mismo se gana hacia abajo que hacia arriba, y con los números de Alonso durante todo el curso probablemente no habríamos estado lamiendo cristal por segunda temporada consecutiva.

Pero lo que clama al cielo (y aquí el ejemplo de Mbappé apoyando a Alonso solo cuando lo habían echado nos viene de perlas) es que sustituyéramos a un entrenador que permitía un volumen de gestitos alarmante con otro que directamente se puso gorra de plato para abrirles la puerta de sus bólidos a la llegada de los señoritos a Valdebebas.

Que de todo se aprende y probablemente Alonso tenga otra oportunidad, pero lo pertinente aquí es llegar lo antes posible a dos conclusiones valiosísimas: primero que la gente (así, en general) te suele coger el brazo hasta donde te dejes; segundo, que lo último que puede hacer uno en esta vida es traicionarse a sí mismo.

P. S.: Tema aparte es que habría que ir dejando que Flóper se vaya a jugar al dominó con el alcalde y el cura, pero para poder permitírnoslo sería bueno tener un candidato que no venga acompañado de los santos patronos del piperío al completo incluido el marqués du Bois, que cuando jugábamos con los compradores de árbitros no sabía con quién iba.

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