Quizá Vd. sea anticapitalista y no lo sepa

Hace más de un año, Netflix dejó de publicitarse en los medios del grupo Vocento porque su periódico ABC había aceptado publicidad de la organización HazteOir.org, es decir, Netflix vetó a ABC porque ABC no había censurado a HazteOir.org por criterios ideológicos. Todo en orden, solo faltaría; Netflix es libre de colocar su publicidad donde quiera y de estar lo ideologizada que desee: es una empresa privada y por tanto no está sujeta a criterios de neutralidad (sobre todo si tiende a la izquierda, me temo).

Lo revelador es lo que vino después por parte de la izquierda tuitera, es decir, de la que no tiene la edad suficiente para votar: aplausos con las orejas a Netflix porque ya se sabe que ABC es derechoso y la cantinela habitual.

Dos datos: Vocento facturó en 2019 casi 400 millones de euros. Durante el mismo periodo, Netflix facturó algo más de 18 000 millones de euros. Ted Sarandos, consejero delegado de la distribuidora de contenidos audiovisuales, tuvo un sueldo durante ese año de 18 millones de dólares y 13,5 más en opciones. Yo no puedo menos que celebrar que el señor Sarandos llegue holgado a fin de mes, y puedo afirmar simultáneamente que Netflix es el epítome del modo de producción capitalista.

Si sintetizamos lo anterior, se puede concluir que el epítome del capitalismo toma una decisión teñida de supuesta ideología de izquierda (y que además le sale gratis) y obtiene el aplauso de la izquierda. A mí, como maniobra de marketing el movimiento me parece brillante, pero lo que interesa aquí es que la izquierda haya renunciado a dar la batalla económica sin darse cuenta. Ser anticapitalista ya no es una cuestión de izquierda o derecha ahora que la izquierda se ha hecho capitalista o, al menos, traga con las maneras capitalistas siempre que sus agentes aparenten aceptar las premisas de un pensamiento único que ahora ya no es económico sino de género, racial y medioambiental.

En España el término anticapitalista se utiliza para denominar a un grupúsculo radical dentro de un partido radical (hasta que se escindió en febrero del 20 por estar en desacuerdo con el gobierno de coalición), es decir, gente peligrosísima que no se lava y come niños. Esto es una nueva victoria del capitalismo: sus anti- son percibidos como el extremo del extremo, cuando en realidad ser moderadamente anticapitalista (en lo que significa de verdad) podría ser algo tremendamente sano. El quid está en el paréntesis, en lo que significa de verdad. Ser anticapitalista no tiene nada que ver con el comunismo, como numerosos ejemplos conservadores atestiguan; ningún sentido tiene salir del cazo para caer en el fuego.

Como ya se ha escrito en este blog, capitalismo no significa propiedad privada ni economía de mercado. Ningún problema presenta la primera y la segunda es muy funcional sometida a cierto control. Capitalismo tampoco significa liberalismo, por mucho que se lo intente asimilar a neoliberalismo.

El capitalismo es (o al menos así se va a entender a efectos de esta entrada) una ideología que sitúa la acumulación de riqueza como objetivo último de la actividad humana. Y esto ya no suena tan bonito.

Cuando el capitalismo se quita la careta descubrimos que ni siquiera necesita a la democracia liberal. Te la han colado, Benjamín

Alguien escribió que prefería ser leído por una persona siete veces que por siete personas una sola vez; he ahí un pensamiento anticapitalista, pero profundamente coherente con la pulsión de escribir. Ya lo dijo Bukowski: «si lo haces por el dinero, no lo hagas».

Anticapitalista es comprar más caro a países que respetan los derechos de los trabajadores. Es anticapitalista perseguir la virtud en la ejecución de cualquier tarea en lugar de la eficiencia. El mandato capitalista corre por nuestras venas con tanta violencia que tomamos por loco a quien lo cuestiona. Y, en realidad, cuestionar la filosofía de la acumulación es nuestra única esperanza: solo de esa forma podremos explicarles a los mocosos que todavía no están atados a la pantalla que el número de seguidores y de me gusta carece de importancia, y que la única razón para hacer algo es hacerlo bien.

En un programa televisivo de cocina y viajes visitaron Osaka, donde comer por la calle no está mal visto como en el resto de Japón, y por tanto el presentador pudo comer a pie de acera un pedacito de Wagyu no muy económico. El tipo (inglés) terminaba el programa atónito por que los cocineros de esa meca gastronómica vivieran ajenos a la acumulación de likes que nos ha reblandecido el cerebro a los demás (lo de reblandecer el cerebro es mío, no del inglés) y ajenos asimismo a la posibilidad de enriquecerse gracias a su ciencia y la calidad del producto. Entre indignado y reconfortado, el tipo decía que aquella gente dedicaba sus mejores energías y desvelos únicamente a ser los mejores en lo suyo. Se extrañaba, el gachó.

En un mundo en el que estrellas rutilantes con más pasta que un torero se van a miles de kilómetros de sus hijos para ganar un milloncejo más, cualquier actividad que no redunde en forrarse el riñón es extrañada o denostada, pero la carrera de Gilito es la del espía sordo, pues nunca se vio que acumular viruta brinde paz sino ojeras, y cuando por fin adquirimos un yate comprobamos indefectiblemente que al yate dubaití que atraca enfrente le sale de una compuerta bondiana un yate mayor que el nuestro.

El capitalismo no tiene mucho que ver con un momento en la historia ni una doctrina política. El capitalismo es anterior a ellas y posiblemente dure más. Tiene más que ver con la naturaleza humana que con Leviatán, y por eso siempre acaba triunfando, incluso ante Leviatán. Desde China a Galapagar se demuestra que el Estado no lo puede combatir: como tantas cosas importantes, se combate desde el conocimiento y la responsabilidad individual. No es solo una razón más para ser liberal sino que es uno de los mayores enemigos de la libertad: aunque se había disfrazado de su adalid, descubrió hace tiempo lo bien que le sientan las dictaduras.

Netflix y las gallinas

Como saben, antes de que termine el episodio de una serie en Netflix, esta nos sugiere prescindir de una parte de él; los créditos de cierre. La sugerencia es sutil: los créditos prácticamente desaparecen y la opción de ver el siguiente capítulo pasa a ocupar prácticamente toda la pantalla. La posibilidad de deshacerse de los créditos existe también al principio de cada episodio.

No voy a apelar al respeto a la obra de arte porque las series pertenecen más bien al campo del entretenimiento (que yo sepa Doctor en Alaska no está en Netflix).

Lo que quiero compartir aquí es una cuita que probablemente les tenga a ustedes sin cuidado: llámenme susceptible (lo harán con razón), pero la primera vez que vi el botón de «Próximo episodio» sentí como me convertía instantáneamente en un gallina o, al menos, como Netflix veía en mí una gallina.

Me explico: como también saben, en las explotaciones avícolas es habitual exponer a las gallinas a más horas de luz de las que proporciona el día para conseguir que pongan más huevos cada jornada. Optimizar la producción es uno de los objetivos de la empresa, subsidiario de su objetivo principal de maximizar beneficios. Como consumidores estamos al otro extremo de las gallinas, y la estimulación de nuestro consumo es otro de los objetivos de la empresa. Producir de manera eficiente, vender de forma masiva. Pues bien: el botoncito de marras es lo más parecido a la luz artificial de un gallinero que he visto en mi vida, pero aplicado al consumo en lugar de a la producción. Esa palmadita en la espalda del televidente («usted puede ver series a un ritmo más rápido de lo que cree, amigo») tiene sus equivalentes en otros sectores (el camarero que ofrece rellenar la copa a la primera de cambio, la ristra de chocolatinas que nos observan desde debajo de la caja de la gasolinera, el miedo que nos meten en el cuerpo las compañías de seguridad justo antes de irnos de vacaciones…) y no parece especialmente pernicioso más allá de demostrar lo que le importa a Netflix la integridad del producto que vende.

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«Voy a ver otro capítulo pero porque yo quiero»

Hasta ahí la metáfora. Si servidor se siente una gallina seguramente tenga motivos y no sea culpa de Netflix. Pero el modelo se vuelve más preocupante si se aplica a un producto que por una parte no se aleja mucho de lo anterior y por otra genera una adicción que sí es involuntaria y sí es perniciosa.

Si las pantallas de los móviles cada vez son más grandes y cada vez brillan más no es porque los fabricantes de móviles y los creadores de aplicaciones se preocupen por nuestra vista, sino porque conocen el efecto que las luces y los colores tienen sobre la dopamina; así de primitivos somos. El móvil puede ser una herramienta todo lo útil que ustedes quieran, pero que pasemos más de dos horas al día mirándolo tiene que ver más con la hipnosis que con su utilidad o la riqueza de los contenidos. Instagram, Twitter y Facebook pagan a miles de ingenieros para que no despeguemos la vista del móvil, no para que compartamos nuestras mejores fotos, seamos más ingeniosos o nuestra red de amistades se vea fortalecida. Lo que quieren es la atención ininterrumpida de zombis alucinados.

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Nada que objetar tampoco hasta ahí: cada uno tira el tiempo como quiere y me gustaría pensar que nuestra voluntad puede más que las estrategias de las empresas vendedoras de humo; al fin y al cabo somos mayorcitos. El problema es que no todos somos mayorcitos.

Porque con este panorama, ya me contarán a mí qué necesidad hay de meterle a criaturas que no levantan un palmo del suelo las pantallas por los ojos, nunca mejor dicho, y obligarlos a usar en el colegio algo de lo que probablemente se saturen en el futuro y les cree irritabilidad, cansancio y trastorno del sueño en el presente. Qué sentido tiene que Samsung organice seminarios ¡sobre educación! y que para hacer los deberes dependan de una tableta que, como se ha denunciado aquí, en el colmo de la incoherencia tiene capado el acceso a Internet.

¿Por qué lo estamos haciendo? Porque hay en el aire cierta sensación de que la educación mejora si se usan las TIC (nos gustan más las siglas que a un tonto un molinillo). ¿Quién ha creado esa sensación? Nadie. Nadie que entienda del asunto, me refiero. La han creado las fabricantes de móviles y las telecos. Sus departamentos de marketing, concretamente. La noción es falsa pero tiene efectos, lo que responde bastante bien al concepto de fantasmagoría. Y esto no ha hecho más que empezar.

El consumo de horas de móvil presenta los suficientes rasgos de adicción psicológica como para preocupar a los mayores, pero al fin y al cabo cada cual es libre de derrochar sus mejores horas viendo cómo se come los chopitos la prima del amigo de aquel conocido tan simpático de la universidad, ya saben: #nitanmal, #asísí, #quéjarturadesufrir o #necesitovuestraatenciónporquetengodéficitdecariño. Lo que no tiene perdón de Dios es que les hagamos el juego a multinacionales que de educar a infantes saben cero y de agilipollar a adultos bastante más. Los actos tienen consecuencias y cuando estas recaen sobre otros deberíamos mostrarnos especialmente responsables o seremos especialmente culpables.

Todavía no es Navidad

Así que antes de que nos dé a todos el ataque programado de inusitada bondad, aún nos podemos permitir ser un poquito pérfidos.

Yo sé que no todos tenemos la suerte de que un genio nos regale una portada (gracias, Rodrigo), y que las grandes no tienen tiempo para mimar cada libro como si fuera el último, pero hombre…

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Aquí vendría un alegato en favor de la labor artesanal y la vuelta al taller y la ausencia de aura en la economía de escala, un par de citas de Morris y Ruskin y tres frases epatantes, pero no hay tiempo porque tenemos lío.

No entendemos nada

La semana pasada una presentadora de televisión, cuyo nombre y foto omito por un tema de coherencia, después de recibir tratamiento por un cáncer (a ver si entre todos acabamos con lo de «larga enfermedad»), volvía al trabajo sin peluca, para darle normalidad al asunto. ¿Qué hicieron los medios? Poner su foto en todas partes y subrayar eso que les gusta tanto, el lado humano del asunto, la superación, el ejemplo para todos…

Que digo yo, si lo que pretendía era darle normalidad, ¿no habría sido la única opción ver el informativo con normalidad, seguir comiendo con normalidad y pasar a otra cosa con normalidad? Pues no. Focos. Candelero. Anormalidad. Bien por los muchachos de la prensa.

Montoro el liberticida

Desde que Rajoy mandara a liberales y conservadores a otro partido (consejo que yo al menos seguí a rajatabla), nadie puede sorprenderse de que Montoro y sus muchachos se tomen nuestra libertad a título de inventario. El sueño de las élites de saber dónde estamos y qué compramos en cada momento está más cerca con la limitación a 1000 euros del pago en efectivo.

Cabe preguntarse si han puesto el límite justo ahí para poder seguir pitufeando comme il faut; en cambio, lo que tiene fácil respuesta es quién defenderá nuestra libertad ahora que el PP ha pasado a engrosar las filas socialdemócratas. Ah, y desde que decidimos convertirnos en vacas (esto lo demostraré otro día), ni siquiera nosotros parecemos tener muy claro querer defenderla.

La culpa de que Escobar fuera un asesino no es de Netflix

Asociaciones contra la droga han puesto el grito en el cielo por el cartel publicitario con el que Netflix se ha descolgado en Sol. Helo aquí (elijo esta foto por puro surrealismo):

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Alguna incluso ha escrito algo así como que la foto del traficante recibirá a los turistas en Sol. No es el traficante, es Wagner Moura. Lo digo porque este hecho tan obvio marca una diferencia abismal. Es una serie, no la realidad, así que lo que intentan los correctísimos se llama censura. ¿Eliminaríamos un cartel de Quo Vadis? porque sale Nerón? En Fallas, por ejemplo, con una cerilla en la mano.

Un dictador menos

Siempre que escucho a alguien despotricar contra un dictador se me enciende una llamita de esperanza. Pienso «vaya, esta tipa es una gran defensora de la libertad, que es la principal damnificada de cualquier dictadura». Pero lo que oigo normalmente después apaga la llamita: «Porque Pinochet al menos mejoró la economía» o «En Cuba al menos nadie muere de hambre» según el sesgo del sujeto parlante. No, no, no. Una dictadura es basura. Punto. Porque nos quiere quitar ―como Montoro― la libertad, nuestro bien más preciado. Lo digo porque igual de criticable es Cuba que Arabia Saudí, por mucho contrato que saquemos. O China, que fuimos todos aplaudiendo con las orejas a los JJOO de 2008 por aquello del «mercado emergente». A ver si es que somos tan flojos morales (gracias, Laureano) que lo que nos da repelús son los pobres y no los dictadores.