Quizá Vd. sea anticapitalista y no lo sepa

Hace más de un año, Netflix dejó de publicitarse en los medios del grupo Vocento porque su periódico ABC había aceptado publicidad de la organización HazteOir.org, es decir, Netflix vetó a ABC porque ABC no había censurado a HazteOir.org por criterios ideológicos. Todo en orden, solo faltaría; Netflix es libre de colocar su publicidad donde quiera y de estar lo ideologizada que desee: es una empresa privada y por tanto no está sujeta a criterios de neutralidad (sobre todo si tiende a la izquierda, me temo).

Lo revelador es lo que vino después por parte de la izquierda tuitera, es decir, de la que no tiene la edad suficiente para votar: aplausos con las orejas a Netflix porque ya se sabe que ABC es derechoso y la cantinela habitual.

Dos datos: Vocento facturó en 2019 casi 400 millones de euros. Durante el mismo periodo, Netflix facturó algo más de 18 000 millones de euros. Ted Sarandos, consejero delegado de la distribuidora de contenidos audiovisuales, tuvo un sueldo durante ese año de 18 millones de dólares y 13,5 más en opciones. Yo no puedo menos que celebrar que el señor Sarandos llegue holgado a fin de mes, y puedo afirmar simultáneamente que Netflix es el epítome del modo de producción capitalista.

Si sintetizamos lo anterior, se puede concluir que el epítome del capitalismo toma una decisión teñida de supuesta ideología de izquierda (y que además le sale gratis) y obtiene el aplauso de la izquierda. A mí, como maniobra de marketing el movimiento me parece brillante, pero lo que interesa aquí es que la izquierda haya renunciado a dar la batalla económica sin darse cuenta. Ser anticapitalista ya no es una cuestión de izquierda o derecha ahora que la izquierda se ha hecho capitalista o, al menos, traga con las maneras capitalistas siempre que sus agentes aparenten aceptar las premisas de un pensamiento único que ahora ya no es económico sino de género, racial y medioambiental.

En España el término anticapitalista se utiliza para denominar a un grupúsculo radical dentro de un partido radical (hasta que se escindió en febrero del 20 por estar en desacuerdo con el gobierno de coalición), es decir, gente peligrosísima que no se lava y come niños. Esto es una nueva victoria del capitalismo: sus anti- son percibidos como el extremo del extremo, cuando en realidad ser moderadamente anticapitalista (en lo que significa de verdad) podría ser algo tremendamente sano. El quid está en el paréntesis, en lo que significa de verdad. Ser anticapitalista no tiene nada que ver con el comunismo, como numerosos ejemplos conservadores atestiguan; ningún sentido tiene salir del cazo para caer en el fuego.

Como ya se ha escrito en este blog, capitalismo no significa propiedad privada ni economía de mercado. Ningún problema presenta la primera y la segunda es muy funcional sometida a cierto control. Capitalismo tampoco significa liberalismo, por mucho que se lo intente asimilar a neoliberalismo.

El capitalismo es (o al menos así se va a entender a efectos de esta entrada) una ideología que sitúa la acumulación de riqueza como objetivo último de la actividad humana. Y esto ya no suena tan bonito.

Cuando el capitalismo se quita la careta descubrimos que ni siquiera necesita a la democracia liberal. Te la han colado, Benjamín

Alguien escribió que prefería ser leído por una persona siete veces que por siete personas una sola vez; he ahí un pensamiento anticapitalista, pero profundamente coherente con la pulsión de escribir. Ya lo dijo Bukowski: «si lo haces por el dinero, no lo hagas».

Anticapitalista es comprar más caro a países que respetan los derechos de los trabajadores. Es anticapitalista perseguir la virtud en la ejecución de cualquier tarea en lugar de la eficiencia. El mandato capitalista corre por nuestras venas con tanta violencia que tomamos por loco a quien lo cuestiona. Y, en realidad, cuestionar la filosofía de la acumulación es nuestra única esperanza: solo de esa forma podremos explicarles a los mocosos que todavía no están atados a la pantalla que el número de seguidores y de me gusta carece de importancia, y que la única razón para hacer algo es hacerlo bien.

En un programa televisivo de cocina y viajes visitaron Osaka, donde comer por la calle no está mal visto como en el resto de Japón, y por tanto el presentador pudo comer a pie de acera un pedacito de Wagyu no muy económico. El tipo (inglés) terminaba el programa atónito por que los cocineros de esa meca gastronómica vivieran ajenos a la acumulación de likes que nos ha reblandecido el cerebro a los demás (lo de reblandecer el cerebro es mío, no del inglés) y ajenos asimismo a la posibilidad de enriquecerse gracias a su ciencia y la calidad del producto. Entre indignado y reconfortado, el tipo decía que aquella gente dedicaba sus mejores energías y desvelos únicamente a ser los mejores en lo suyo. Se extrañaba, el gachó.

En un mundo en el que estrellas rutilantes con más pasta que un torero se van a miles de kilómetros de sus hijos para ganar un milloncejo más, cualquier actividad que no redunde en forrarse el riñón es extrañada o denostada, pero la carrera de Gilito es la del espía sordo, pues nunca se vio que acumular viruta brinde paz sino ojeras, y cuando por fin adquirimos un yate comprobamos indefectiblemente que al yate dubaití que atraca enfrente le sale de una compuerta bondiana un yate mayor que el nuestro.

El capitalismo no tiene mucho que ver con un momento en la historia ni una doctrina política. El capitalismo es anterior a ellas y posiblemente dure más. Tiene más que ver con la naturaleza humana que con Leviatán, y por eso siempre acaba triunfando, incluso ante Leviatán. Desde China a Galapagar se demuestra que el Estado no lo puede combatir: como tantas cosas importantes, se combate desde el conocimiento y la responsabilidad individual. No es solo una razón más para ser liberal sino que es uno de los mayores enemigos de la libertad: aunque se había disfrazado de su adalid, descubrió hace tiempo lo bien que le sientan las dictaduras.

El fin del principio

Las cosas se comprenden a su debido momento. Todo tiene un sentido. La herencia que dejamos en el mundo es infinita.

Tras la superficie sorda de lo real late la verdad. La vida es una rama de buena madera oculta tras una piel de terciopelo. La vida puede golpear o ser acariciada, pero no sabe mentir.

De todas las labores que pueden acometerse sobre la tierra solo una tiene verdadera dignidad: enseñar a buscar la belleza allá donde se encuentre.

La vida no termina. La vida se entrega. 

Estamos en los demás. La verdadera trascendencia son los otros. No existe la soledad. No existe el frío. No existe la muerte.

Algunas cosas no empiezan hasta que terminan. Solo existen los otros. Hace falta toda una vida para explicar el amor.

 

 

Viva Camacho

Que conste que soy el primero en fomentar el cachondeo whatsappero en cuanto José Antonio Camacho nos brinda una de sus perlas, ya sea el optimista «No hay que ser catastróficos hasta que se produzca la catástrofe» o el clásico instantáneo «Dos goles no es uno», epigrama este solo al alcance de un Míchel o un Jorge D’Alessandro (el del penalti al palo corto).

Vaya por delante que José Antonio Camacho tiene más fútbol en cualquiera de sus calandracas que la sarta de pedantes estadísticos que pueblan las retransmisiones de la tele patria y cuyo contacto más cercano con el pasto fue a través del precario interfaz del PC Fútbol.

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El macho Camacho, protoespartano

Pero lo que me ha parecido el summum de la desfachatez es que los periodistas de aquí (que diría Forges) se hayan permitido afear al bizarro ciezano su forma de hablar. En primer lugar, Camacho habla de fútbol porque lleva medio siglo dedicando su vida al fútbol. O porque tiene nueve Ligas. O porque sus compañeros del Madrid le remontaron al Anderlecht tres goles, entre otros motivos, por miedo a ese intrépido peleador que todo lo veía ganable.

En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, Camacho no está obligado a dar lustre a la lengua común, como no se espera que lo haga el futbolista medio.

En tercer lugar, los que sí están obligados a hacerlo —y no lo hacen— son esos periodistas que se están permitiendo el lujo de cuestionar la dicción del carismático lateral izquierdo. Los mismos juntaletras (no se está diciendo aquí que todos los periodistas sean juntaletras, si se me permite aclarar la obviedad) que inventaron el «cuanto menos», el «han habido», el «fijaros que» o «la líbido» son los que se mofan del refrescante repertorio lingüístico del murciano.

Vivo con la ilusión de que el propio José Antonio haya leído alguna de las críticas farisaicas y que, autocitándose con su carpetovetónica ronquera, haya mandado a los escribas deslenguados adonde Aspas mandó el Mundial. «A tomar por culo».

Yo quiero los problemas del cine español

Los profesionales del cine español hablan de su sempiterno problema, pero yo no veo problema alguno. Por miedo a sus diatribas, los administradores del dinero público tratan la industria cinematográfica como si fuera estatal. De alguna manera se ha instalado la idea de que el cine es de todos (como el dinero público) y que hay que apoyarlo y televisar sus galas y convertir en cuestión de Estado quién las presenta. Y pagarles las entradas que la gente no compra. Que no compramos. Y resulta que no, que el cine no es estatal. El arte contemporáneo, por mucho que caiga en la pedantería y la pose, no reclama algo parecido. Ni los zapateros. Ni los recolectores de frambuesas. Pero el cine sí.

Yo no entiendo muy bien las subvenciones al cine ni al sector del automóvil ni a la banca en un país en el que existen pensiones de 300 euros, pero no se hablará aquí de los 77 kilos que el cine recibió en 2016 porque ese es un terreno que fácilmente se despeña hacia la demagogia.

Lo que me gustaría pedir es una pequeñísima parte del problema del cine español cuando publique mi próximo libro. Una minigala en horario subóptimo, una minisubvención… no sé, un algo. Pero sobre todo que el Estado se plantee como propio mi asunto privado. Que lo vea como un objetivo de todos.

 

El apaciguamiento

No es necesario saber nada de historia para sobrevivir, pero en el caso de que uno tenga aspiraciones superiores a las de una vaca, una de las ventajas que encontrará en conocer la historia es que reduce las posibilidades de quedar retratado.

En 1937 el ministro de Hacienda del Reino Unido, Neville Chamberlain, sucedía a Stanley Baldwin como primer ministro de la pérfida Albión. Como es notorio (aunque las fotos de adolescentes haciendo el chorra en el monumento del Holocausto de Berlín induzcan a pensar que el asunto se va olvidando), los fascistas llevaban tiempo anticipando el horror en que sumirían al mundo un par de años después, así que al bueno de Chamberlain le tocaba bailar con los más feos.

La postura de Chamberlain ante Hitler y Mussolini puede tacharse de muchas cosas, pero no de firme. Si los italianos invadían Abisinia, «aquello nos pilla muy lejos» (casi literalmente). Si los alemanes se anexionaban Austria o presionaban sobre una parte de Checoslovaquia (aliada del Reino Unido), tal día hizo un año. En la conferencia de Múnich de 1938, Chamberlain entonó algo así como el «protesto enérgicamente» de Algunos hombres buenos, violentísima amenaza ante la cual Hitler debió quedarse más o menos como estaba. Visto que allí pintaba lo que Zapatero en la ONU, Chamberlain decidió dejar vendidos a los checos y volver a casa intentando vender como hábil estrategia política lo que había sido a la vez traición, cobardía y debilidad. «La paz para nuestro tiempo», dijo haber conseguido. Su sucesor, algo más perspicaz, lo corrigió: «A nuestra patria se le ofreció entre la humillación y la guerra. Ya aceptamos la humillación y ahora tendremos la guerra». Con razón le dieron a Churchill el Nobel de literatura.

De lo bien que funcionó el apaciguamiento de Chamberlain está llena Europa de cicatrices: las buenas palabras resultan totalmente inútiles cuando uno trata con salvajes.

Esto viene a cuento de los juegos florales que el exmadridista Raúl le dedica últimamente al club independentista que comparte ciudad con el RCD Espanyol. El hombre se afana en caerle bien a todo el mundo, porque quizá ignora que cuando se trata con nacionalistas que prefieren la segregación y el enfrentamiento —nos odian, querido Raúl, por mucho que tú y otros valdanistas hagáis la vista gorda—, cualquier signo de debilidad no será considerado como una oportunidad de acercamiento sino como una señal para que los victimistas malcriados como Gerardo P. nos insulten e intenten humillarnos. Ahí tienes a tu excompañero Luis Enrique, que dice ser más radical que Gerardo P.; o a Javi Hernández, el amigo de Iker, que debe de tener serios problemas de acidez por tanta bilis acumulada.

El permanente lloriqueo barcelonista es el permanente lloriqueo independentista. La eterna reclamación por un daño no recibido es el recurso infalible, porque quien está profundamente acomplejado necesita culpar de sus taras al otro, al enemigo. Y es que no, no tenéis razón. Nadie os roba (pujoles aparte). Nadie os oprime. Nadie os impide hablar catalán. Nadie os debe nada; dejad de quejaros. Sois los únicos responsables de vuestros problemas, así que no busquéis más chivos expiatorios que vuestra propia ceguera.

No creo que el fútbol esté basado en la comparación de esa entelequia de «los valores de un club», y no sé muy bien qué valores encarnan unos y otros, pero sí sé quienes pitan los himnos y lanzan al campo cabezas de cerdo.

Lo único que consigue el apaciguamiento es que el bicho crezca. No se tiende la mano a quien aprovechará para morderla. Iker pareció empezar a entenderlo demasiado tarde, y no sé si Raúl será más rápido. Mientras, yo sigo animando al club independentista que comparte ciudad con el Espanyol a que persevere en su salida de la Liga y de todo lo que esta significa (esa imaginaria opresión insoportable): seguro que fuera se está mucho mejor. Tenéis todo mi apoyo; yo votaré sí.

Yo votaré sí. (El cetro de los Pujol)

Nota praevia #1: Que conste que al romántico anticuado que vive dentro de mí le encantaría que todo el mundo se independizara y Europa fuera una amalgama de Syldavias tradicionalistas y vernáculas, con sus platos típicos y sus cetros de Ottokar. Práctico no sé si es, pero todo lo que camine en sentido contrario del pensamiento único y la uniformidad es bancado en este blog. Ocurre que, de momento, las cosas están como están.

Nota praevia #2: Si usted tiene el más ligero conocimiento sobre cómo se organiza una sociedad civilizada, quizá encuentre tautológica la presente entrada. Pero es que empiezo a pensar que algunos de los voceros del procés realmente se creen lo que dicen.

He aquí las perlas:

«En una democracia no hay que tener miedo a las urnas»

Ni a los perros con bozal. Esa es una de las frases que no significan nada pero suenan mucho. El problema no son las urnas, es que la Constitución nos reserva a todos la potestad de convocar los referendos. No solo a los García ni a los Mas. A todos, a través de sus representantes. La democracia no está en contra de que se vote. Está en contra de que se viole la ley. A mí, por ejemplo, la independencia de Cataluña no me parece mala idea (así saciaría mi curiosidad sobre qué pasa en Cáceres; en casi 40 años viendo telediarios nunca me han contado qué pasa en Cáceres), pero el problema es que solo las Cortes podrían convocar ese referendo y de momento no lo han hecho (así que seguirán siendo parte de España y yo seguiré recibiendo mi información regional exclusivamente sobre Cataluña).

«España no es una verdadera democracia»

España es una democracia más que respetable. No lo digo yo (que también) sino la Unidad de Inteligencia de The Economist, que suena mucho más rimbombante. De hecho, ellos utilizan la expresión «democracia plena», con 8,30/10. Solo diré que nos coloca a solo 6 centésimas del Reino Unido (son ingleses) y por delante de Japón, Estados Unidos o Francia. De hecho, es el marco jurídico español el que da cobertura a los derechos y libertades en Cataluña. Hay democracia en Cataluña porque Cataluña pertenece a España. Si formara un Estado nuevo, la tendría o no en función de su ordenamiento. E insisto, a mí no me importaría que lo formara, pero sin saltarse la Constitución de mi país, que entre otras cosas tuvo un apoyo en Cataluña del 90,46 %.

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«Derecho a decidir de los pueblos y de la gente»

Los lectores de este blog (los dos) saben de mi veneración por el jacobino de la coleta. Monte su propio pensamiento político con solo 140 caracteres. Entre la frase que da título a este epígrafe y «la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado», dista un abismo, hay más de dos mil años de filosofía política. Frente al eslogan escuálido del montañés de la perilla , el trocito de nuestro artículo 1 supone un buen pedazo de jugoso solomillo. Ahí dentro están Altusio y su contrato, el iusnaturalismo de Hugo Grocio, la utopía de Tomás Moro, Hobbes  y su descreído Leviatán, y Locke y Montesquieu y Hegel y Bentham. Pero claro, ahora que hemos decidido ser vacas, ahora que tener cualquier tipo de conocimiento nos parece pernicioso, más vale tragarse una coletilla insustancial que intentar subirse a hombros de gigantes, con el vértigo que debe de dar eso. Otra cosa no, pero qué bien nos conoce el novio de la Montero.

Europa-de-las-naciones

El paraíso de Tintín. Como puede verse, lo del derecho a decidir no procede para valencianos ni baleares. Adivine, por otra parte, quién pagó al cartógrafo (en efecto, usted)

«España nos oprime»

Mire, esto es cierto. España, a través de la Generalidad de Cataluña (que forma parte de la Administración española) y de sucesivos gobiernos del PPSOE inoperantes, oprime a millones de catalanes que no pueden educar a sus hijos en español en centros públicos, lo que lesiona gravemente sus derechos constitucionales. Francamente, no veo más opresión que esa (o en ese sentido), aunque bien pudiera tratarse de uno de los efectos de mi ignorancia.

En realidad no es un problema de nacionalismo ni de opresión ni de encubrir el latrocinio de la dinastía Pujol. Se trata de la prevalencia del Estado de Derecho, del imperio de la ley sobre otras formas de sindiós, por la razón empírica de que es la manera de organizarnos menos proclive a que nos midamos el lomo. En lo que estaban de acuerdo los próceres antedichos es que en ausencia de ley suele cundir el guantazo.

PD: No hay que venirse abajo. Todo es aprovechable, de todo se puede aprender. ¿Que qué se puede sacar en claro de cómo los sucesivos gobiernos de España han malcriado a los independentistas? Una parábola, fábula o ejemplo, cuya moraleja es especialmente útil si se tiene trato con hijos adolescentes: hacer concesiones sin ton ni son no contribuirá a aumentar su popularidad, sino a que le tomen por el pito del sereno. Ser justos y firmes, en cambio, no solo nos acerca a nuestros objetivos sino que a la larga nos reporta agradecimiento.

Las deudas de Púgil con bombín. Los once centrales

Hay 33 relatos en Púgil con bombín. Aquí están los once siguientes:

En El sentido de su propia belleza se habla de lo lábiles que resultan las fronteras (entre el horror y la belleza, entre la guerra y la paz).

Vlad lo lleva en el título: no conozco mejor novela epistolar que Drácula (que versa, por cierto, sobre el amor).

Nadie debería escribir sin haber leído a los rusos. Ningún ruso escribió relatos como Chéjov. La deuda está lejos de ser pagada con Aleksandr.

Balas de fogueo refiere los pequeños inconvenientes de cazar borracho. Si queda alguna duda respecto al desenlace, la clave está en el título.

Falso amigo se regodea en la delicada paradoja de engañar con la verdad. Y nadie trabajó la paradoja como Chesterton.

El Estado de Ignorancia es un homenaje a Lugosi, pero también a Paul Wegener.

El buen ladrón habla de aquello de lo que nunca se habla. De malentendidos cuyos efectos perduran a través de las décadas. Me viene a la cabeza La bestia en la jungla, de Henry James.

La inspiración para Si esas llaves tocan la mesa… está en un anuncio de hace décadas. Es, en fin, la historia de una amenaza cumplida.

En La muerte a veces se defiende un argumento y su contrario. ¿Puede ser necesario explicar el arte?

Púgil con bombín y El masoquista sutil están totalmente inspirados en Historias del ring, relatos boxísticos de Arthur Conan Doyle publicados por la editorial Valdemar. Un día habrá que hablar de lo injusto que fue Sherlock Holmes con su ayudante, el doctor Conan Doyle.

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Tanto esta ilustración como el diseño de la cubierta del libro se las debemos al gran Celsius Pictor

[continuará…]

La memoria del mundo

Dice el padre Miguel que los adultos somos niños estropeados. Cuando niños disponemos de la sabiduría pero nos faltan los conocimientos. Tenemos muy claro qué es lo importante y a ello nos dedicamos con fruición: dar patadas a las piedras, saltar sobre los charcos y autoinfligirnos un número indefinido de cardenales y luxaciones con métodos de lo más divertido. Sin ton ni son.

Después pasamos por una etapa fatal: adquirimos conocimientos y perdemos la sabiduría. Hacemos cosas absurdas como hacer ricos a otros, meternos en atascos y ver vídeos de gatetes. De tanta ignominia solo nos salva la vejez, cuando la experiencia nos ha enseñado que teníamos razón al principio, de niños, que no había ningún motivo para ponerse tan serios, que la vida es mejor tomársela con calma y degustando cada momento. Haciendo nada, si es necesario. Cuando entendemos que la infancia ocurre al principio porque constituye el mapa de la vida, nuestro hilo de Ariadna.

Los ancianos son la serenidad, la memoria y la sabiduría. Nuestra última esperanza, porque solo si rendimos culto a la vejez y no a una juventud insulsa y banal recuperaremos la memoria y seremos mejores: más justos y más sabios.

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No conozco mejor ejemplo de la sagrada senectud que el personaje que interpreta Curt Bois en esa joya absoluta que es El cielo sobre Berlín: ese eterno narrador depositario de nuestra memoria que nos anuncia con sus monólogos callados (que solo un ángel podría escuchar) nada más que la verdadera naturaleza de nuestro deambular por el mundo: nada más que la conciencia secreta de quiénes somos.

 

PS: Como Wim Wenders no da puntada sin hilo, su nombre en la película es el de Homero. Ni el gran Rafael Castro se daría cuenta, pero el actor que lo encarna es el carterista de esa obra menor llamada Casablanca.

De rocas y percebes

Te acabará pasando. Aunque vivas en una burbuja o un castillo o la guarida del dragón, un día la vida te pegará un par de bofetones y se llevará por delante los parapetos que construiste con tanto tesón. O se lo hará a alguien cerca de ti, lo que es peor. Llegará un día (un día que vendrá como los demás, embozado en rutina para que te confíes) y te destartalará el alma hasta que no sepas de dónde te vienen los golpes ni por qué. Y ya solo te quedará el camino —que todos recorreremos— de aprender que no hay un porqué, y que quizá solo es el primero de los golpes que vendrán. Y que entonces, cuando el viento arrecia y la vida se desnuda de esperanza y te la tira a la cuneta, es el momento de mirar dentro de ti y saber de qué estás hecho.

Porque a partir de ese filo de navaja donde los tibios se quedan ensartados ya no hay más medias tintas y solo sobreviven dos tipos de personas, las rocas y los percebes. Quienes resisten el embate de las olas porque el mar ya les forjó el carácter de vigor y coraje y quienes, mientras boquean en la resaca con los ojos ahítos de incertidumbre, tienen la suerte de tener cerca una roca.

Así que ve decidiendo qué prefieres ser antes de que la vida te calce un guantazo que te salte las costuras.  Y más te vale elegir roca, que somos muchos los percebes.

 

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ARCO y la seriedad del escritor

No digo que todo lo que se expone en ARCO responda a la intención de reírse del público, ni que todos los escritores que ponen cara de interesantes en las solapas de sus libros sean aburridos. Lo que digo es que, si tienes la intención de reírte del público, lo mejor que puedes hacer es aparentar gravedad. Si eres incapaz de escribir una buena historia, le plantas a tu libro una foto tuya como mirando más allá, al lugar donde los mortales no llegan (los mortales críticos, se entiende).

No hay problema en que el rey vaya desnudo siempre que ponga cara de máxima dignidad. Siempre que nos haga dudar de lo que vemos. Siempre que pensemos que la culpa es nuestra, por ser un poco cortitos.

Por ejemplo. Acabo de ver a un tío en pelotas (de nombre Emilio Rojas) dentro de unos palés apilados coloreados y agujereados ad hoc para acoger el cuerpo del pollo. No sé para vosotros, pero para mí es un claro ejemplo de crítica de la explotación por parte de la industria occidental de los recursos expoliados a los indígenas americanos y la burla nominalista de la producción tardocapitalista, además de la denuncia implícita de la mercantilización de la dignidad del artista cosificado. El que no vea eso está muerto en vida. Habrá quien diga que el sujeto no llegaba a ARCO y tiró por la calle de en medio con lo primero que encontró en su taller, pero eso no son más que obtusas simplificaciones.

Obsérvese el ingenioso mecanismo:

Emilio Rojas

Pues lo mismo pasa con los libros. A falta de que otro día hagamos una recopilación fotográfica de fruncimientos de ceño de escritores (con el aditamento opcional de pipa y/o gabardina), y haciendo la salvedad de que los buenos también ponen para la foto cara de estar pensando muy fuerte en algo, está claro que lo mejor que pueden hacer los menos buenos es rodearse de cierta aura filosófica.

Un escritor aburrido, en sí, no tiene gran mérito. Pero imaginemos que, entrevistado por un becario gafapasta, dicho escritor se declara partidario de la metaficción autorreferencial con recursos intertextuales de tintes estructuralistas. Automáticamente, la historia deja de ser aburrida para ser profunda, y si no nos interesa es porque la almendra no nos da de sí, porque un escritor con esa cara de esfuerzo mental no puede haber perpetrado simplemente un bodrio, sino necesariamente una abstrusa alegoría sociopolítica.

En algún momento los escritores dejaron de ser contadores de historias (a Stevenson los aborígenes del Pacífico Sur llamaban Tusitala, el que cuenta historias) para intentar ser algo mucho más pesado, a medio camino entre la Filosofía y el circunloquio. Escritores muy serios para lectores muy aburridos.