Cómo entrenar a tu dragón 2: el 30-0.

Hace unos meses (vuelve periódicamente, entiendo que es una de esas noticias comodín que se utilizan para hacer bulto) los medios bramaban ante el resultado de un partido de fútbol de categoría alevín o benjamín, no recuerdo y tanto da. 30-0. Pueden imaginar el tenor de las reacciones: que si la empatía, que los sentimientos de los perdedores, que si qué penita y pobrecitos míos.

El tratamiento del asunto era pernicioso en varios aspectos: el primero, el más evidente, es la tergiversación del meollo del deporte: la algo masoquista voluntad de conocer tus límites para intentar superarlos. El adversario de un partido, de una carrera o de un lanzamiento siempre es la misma persona: uno mismo. Ganarse a uno mismo, a lo que uno hizo ayer, es el principal objetivo de toda práctica deportiva, hasta el punto de que las demás metas son siempre subsidiarias de esta.

Siendo así, ¿fue un éxito la victoria por 30 goles de ventaja? Ignoro si esa era la diferencia real entre los dos equipos, y si el equipo ganador remoloneó en el esfuerzo: en este caso habrían fracasado. Por idéntico motivo tampoco sé si fue un fracaso la actuación del equipo perdedor: acaso fuera una gesta no haber perdido por 40.

¿Cómo? ¿Que todo eso está muy bien, pero que a nadie le gustar perder por 30 goles? Precisamente. Qué magnífica oportunidad para educar a esos cachorros: ¿No os ha gustado? Entrenad más. Corred más, defended mejor y morid en el campo. Y si dándolo todo os volvéis a encontrar con un equipo que os calce 20 chirlos, id a la ducha con una sonrisa porque os habréis hecho acreedores del único respeto que importa, el que se rinde uno mismo.

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Aquí se viene a sufrir. A disfrutar, al cine.

En segundo lugar, y quizá más sangrante, está el tema del respeto. Por lo visto enchufarle 30 goles al rival es una falta de respeto. El ladrillazo que nos han dado a todos en la cabeza debió de ser fortísimo. Una falta de respeto es, en partidos desiguales, utilizar solo la zurda, defender con uno menos o hacer comentarios conmiserativos. Lo que hace que el equipo perdedor se sienta respetado es que el rival lo dé todo: significa que me considera un par y no un paria. Estuve 8 años jugando contra mi padre al ajedrez sudando sangre hasta que por fin pude ganarlo. Imaginen mi orgullo ese día. Imaginen que al tercer o cuarto año se hubiera dejado ganar. Imaginen.

Pero hay un tercer aspecto de no menor enjundia: es que eran niños. Lloraría alguno. Pobre. Excelentes lágrimas, si procedieron del pundonor y no de la burla (si hubo burla fue por parte de los padres, me juego el bigote): esas lágrimas indican que esa derrota es el origen de un aprendizaje duradero y provechoso, de los que justifican por sí mismos la utilización del deporte como herramienta educativa poderosísima.

Si el deporte es esa bicoca que todos dicen que es sin tener muy claro por qué, si está justificada su inclusión en el Ministerio de Cultura, no es porque beneficie la circulación o retrase la osteoporosis. El deporte, a diferencia del ejercicio físico, comparte la sustancia de los poemas épicos por el único motivo válido: porque es una metáfora de la vida.

Adolescentes: cómo entrenar a tu dragón

Ahora yo debería poner cosas como «De qué manera afrontar esa etapa de cambio y descubrimiento» o alguna pamplina psicologizante similar. El discurso al uso sobre adolescentes comparte las tácticas mercadotécnicas de cualquier discurso al uso: meter el miedo en el cuerpo para después vender la solución.

Adolescencia

He aquí mi propuesta revolucionaria: tratar a los adolescentes como si fueran personas. Si la sobreprotección ya es perniciosa para los impúberes, los adolescentes solo la soportan porque, aunque no lo parezca, tienen mucha paciencia. Con la poca vergüenza y falta de cientificidad que me caracteriza voy a aseverar lo siguiente: el cambio que supone la adolescencia colapsa más a los padres que a los hijos. Si esta fuera una sociedad normal, esas pequeñas bestezuelas estarían fuera del nido en unos cinco años, así que tiene poco sentido seguir arropándolos como si fueran de cristal. Se van a constipar si no cogen un jersey, les romperán el corazón una vez al mes y cuando llueve se mojan como los demás; registrarán más experiencias y las acusarán más que una vez se les retuerza el colmillo. Son inestables, pero no son idiotas. Y están deseando que los tratemos como adultos. Ahí valen más la firmeza y el respecto que la protección. Si no hablan mucho con nosotros es que quizá lo que decimos no es demasiado interesante. Según mi experiencia, cualquiera de ellos muestra más interés por el conocimiento que los soporíferos y adocenados adultos en que están a punto de convertirse.

No entienden, pero están deseando hacerlo. Nosotros nos comportamos como si hubiéramos perdido la esperanza, y nuestra falta de entusiasmo los encocora y extraña: su última oportunidad es en realidad la nuestra.

Son extremadamente divertidos y están ante su última esperanza de no estropearse, así que tratar con ellos es emocionante por los reflejos que exige y la enorme recompensa que depara. El problema es que acaban de descubrir que no somos perfectos y nosotros que algún día los perderemos ¿Qué sacar de esa encrucijada? Es decir: todo esto está muy bien (o no), pero ¿en qué se traduce?

Persuadirlos de que su búsqueda es la nuestra, que aunque la vida es extenuante y cabrona, también es hermosa y clemente, y que aunque todo el mundo parece idiota, con paciencia y un poquito de suerte aparecerán dos o tres amigos de los buenos. Pero ya me estoy desviando otra vez. Lo que quiero decir es que deberíamos hablarles más de Epicuro (o que nos hablen ellos, si están en Bachillerato) y menos de su hora de llegada, o enchufarles El padrino o Casablanca y hasta Ciudadano Kane, y comentar el Brexit como quien no quiere la cosa, y por qué se secó el mar de Aral. Por qué Beethoven es (y cito a una ilustre musicoterapeuta) «el puto amo». Si no queremos ser sus caseros, es muy importante que no nos comportemos como tales. Y si para ello tenemos que pulirnos un poquito, mejor que mejor. Su búsqueda, repito, es la nuestra.

Repetimos mucho que los padres no son colegas, pero tenemos algo más olvidado que los padres sí son maestros, y siempre, siempre son los maestros más importantes que uno tiene.

 

Netflix y las gallinas

Como saben, antes de que termine el episodio de una serie en Netflix, esta nos sugiere prescindir de una parte de él; los créditos de cierre. La sugerencia es sutil: los créditos prácticamente desaparecen y la opción de ver el siguiente capítulo pasa a ocupar prácticamente toda la pantalla. La posibilidad de deshacerse de los créditos existe también al principio de cada episodio.

No voy a apelar al respeto a la obra de arte porque las series pertenecen más bien al campo del entretenimiento (que yo sepa Doctor en Alaska no está en Netflix).

Lo que quiero compartir aquí es una cuita que probablemente les tenga a ustedes sin cuidado: llámenme susceptible (lo harán con razón), pero la primera vez que vi el botón de «Próximo episodio» sentí como me convertía instantáneamente en un gallina o, al menos, como Netflix veía en mí una gallina.

Me explico: como también saben, en las explotaciones avícolas es habitual exponer a las gallinas a más horas de luz de las que proporciona el día para conseguir que pongan más huevos cada jornada. Optimizar la producción es uno de los objetivos de la empresa, subsidiario de su objetivo principal de maximizar beneficios. Como consumidores estamos al otro extremo de las gallinas, y la estimulación de nuestro consumo es otro de los objetivos de la empresa. Producir de manera eficiente, vender de forma masiva. Pues bien: el botoncito de marras es lo más parecido a la luz artificial de un gallinero que he visto en mi vida, pero aplicado al consumo en lugar de a la producción. Esa palmadita en la espalda del televidente («usted puede ver series a un ritmo más rápido de lo que cree, amigo») tiene sus equivalentes en otros sectores (el camarero que ofrece rellenar la copa a la primera de cambio, la ristra de chocolatinas que nos observan desde debajo de la caja de la gasolinera, el miedo que nos meten en el cuerpo las compañías de seguridad justo antes de irnos de vacaciones…) y no parece especialmente pernicioso más allá de demostrar lo que le importa a Netflix la integridad del producto que vende.

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«Voy a ver otro capítulo pero porque yo quiero»

Hasta ahí la metáfora. Si servidor se siente una gallina seguramente tenga motivos y no sea culpa de Netflix. Pero el modelo se vuelve más preocupante si se aplica a un producto que por una parte no se aleja mucho de lo anterior y por otra genera una adicción que sí es involuntaria y sí es perniciosa.

Si las pantallas de los móviles cada vez son más grandes y cada vez brillan más no es porque los fabricantes de móviles y los creadores de aplicaciones se preocupen por nuestra vista, sino porque conocen el efecto que las luces y los colores tienen sobre la dopamina; así de primitivos somos. El móvil puede ser una herramienta todo lo útil que ustedes quieran, pero que pasemos más de dos horas al día mirándolo tiene que ver más con la hipnosis que con su utilidad o la riqueza de los contenidos. Instagram, Twitter y Facebook pagan a miles de ingenieros para que no despeguemos la vista del móvil, no para que compartamos nuestras mejores fotos, seamos más ingeniosos o nuestra red de amistades se vea fortalecida. Lo que quieren es la atención ininterrumpida de zombis alucinados.

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Nada que objetar tampoco hasta ahí: cada uno tira el tiempo como quiere y me gustaría pensar que nuestra voluntad puede más que las estrategias de las empresas vendedoras de humo; al fin y al cabo somos mayorcitos. El problema es que no todos somos mayorcitos.

Porque con este panorama, ya me contarán a mí qué necesidad hay de meterle a criaturas que no levantan un palmo del suelo las pantallas por los ojos, nunca mejor dicho, y obligarlos a usar en el colegio algo de lo que probablemente se saturen en el futuro y les cree irritabilidad, cansancio y trastorno del sueño en el presente. Qué sentido tiene que Samsung organice seminarios ¡sobre educación! y que para hacer los deberes dependan de una tableta que, como se ha denunciado aquí, en el colmo de la incoherencia tiene capado el acceso a Internet.

¿Por qué lo estamos haciendo? Porque hay en el aire cierta sensación de que la educación mejora si se usan las TIC (nos gustan más las siglas que a un tonto un molinillo). ¿Quién ha creado esa sensación? Nadie. Nadie que entienda del asunto, me refiero. La han creado las fabricantes de móviles y las telecos. Sus departamentos de marketing, concretamente. La noción es falsa pero tiene efectos, lo que responde bastante bien al concepto de fantasmagoría. Y esto no ha hecho más que empezar.

El consumo de horas de móvil presenta los suficientes rasgos de adicción psicológica como para preocupar a los mayores, pero al fin y al cabo cada cual es libre de derrochar sus mejores horas viendo cómo se come los chopitos la prima del amigo de aquel conocido tan simpático de la universidad, ya saben: #nitanmal, #asísí, #quéjarturadesufrir o #necesitovuestraatenciónporquetengodéficitdecariño. Lo que no tiene perdón de Dios es que les hagamos el juego a multinacionales que de educar a infantes saben cero y de agilipollar a adultos bastante más. Los actos tienen consecuencias y cuando estas recaen sobre otros deberíamos mostrarnos especialmente responsables o seremos especialmente culpables.

Aprender jugando

Otra vez. Esta mañana. En El País, creo. «Para que los niños aprendan a comer jugando» o algo así. Está en todas partes: lo han leído, escuchado o soñado esta semana o incluso hoy. Aprender jugando, ludificación, gamificación. Esta última palabra, por cierto, ha sido formada de manera tan estrambótica que deberían rodar cabezas.

A priori todo bien, dirán. Qué tiene de malo que los niños encuentren en el juego la motivación que no encuentran en el aprendizaje. Todo. Lo tiene todo de malo. Lo que se transmite sin palabras, lo que se connota, es más potente y significativo que lo que se explicita. ¿Y qué connota que aprender jugando sea mejor que aprender? Que aprender es un coñazo. Estamos mandando el mensaje a los niños (para otro día el efecto contraproducente que está teniendo lo de «niños y niñas»: han conseguido que al utilizar el neutro inclusivo ahora se piense solo en el masculino) de que el aprendizaje es como la píldora de Mary Poppins: hace falta un poco de azúcar para que aquello pase. El aprendizaje es como las coles de bruselas o como el pinchazo de la vacuna: o bien se enmascara o se mercadea para compensar.

Pero yo he visto cosas que no creerían. He visto a una adolescente con la Filosofía atragantadísima pelear y pelear contra la lógica proposicional en 1.º de Bachillerato  hasta sacar sobresaliente en 2.º. He visto a otro adolescente entender y disfrutar y sacar partido de Éxodo con 14 años. Éxodo: tres horas y media de Otto Preminger sobre la creación del Estado de Israel.

Hace unos años se instauró la costumbre entre los entrenadores de baloncesto de mini (6-11 años) de llevar chuches a los entrenos como incentivo. Estupendo, pensaba, pero teniendo en cuenta que jugar al baloncesto es lo más increíble que le puede pasar a un ser humano, ¿qué mensaje estamos lanzando si tenemos que recompensar su práctica? No sé, pero a mí me olería a estafa.

La labor de los profesores no es hacer más llevadero el trago, sino ayudar a descubrir que ese trago no es de jarabe sino de néctar: que el camino del conocimiento es la más alta y satisfactoria labor a la que una persona pueda aspirar. No hay que enriquecerla ni adornarla ni disfrazarla: se trata más bien de permitirle que nos muestre su luz. Bastaría, en todo caso, con no entorpecer la tendencia natural de los discentes.

Gamification

Palabras clave y colorines: la aniquilación del conocimiento

Cómo sí educar

Poner de manifiesto las calamidades es más fácil que construir; por eso los medios (este también) están más llenos de afeamientos que de propuestas.

Para revertir esa pendiente, hoy voy a pasar del habitual cómo no educar a un proactivo cómo sí educar, resumido de momento en dos propuestas.

  1. Propongo dejar de tratar a los niños como si fueran idiotas. Los tratamos como idiotas cuando les bajamos el nivel de exigencia hasta la ofensa personal: con la misma edad con que los púberes vintage traducían La guerra de las Galias, hoy no saben quién fue Julio César. Los tratamos como idiotas cuando teatralizamos su vida. Un niño es un niño, no un muñeco. Con cuatro años (probablemente antes) saben perfectamente que les estamos poniendo vocecitas. Ah, y no se censuren, utilicen con ellos palabras que ellos no entiendan. Así es como las aprenden. Si solo balbuceamos delante de un bebé, ¿cómo demonios aprenderá a hablar?
  2. Propongo encargar su educación a profesores que sepan leer. Soy muy pesado con este tema, pero es que no me consta que se haya solucionado. En realidad ni los propios profesores sabemos quién fue Julio César. La situación es dantesca. El curso pasado un profesor me defendía que para los niños de 11 años era «más importante conocer a Jorge Bucay que saber leer» (sic). Aunque él les tuviera que leer los textos. Esto ha hecho que nuestra política con los profesores esté basada en la desconfianza, fiscalizando su desempeño por si la lían. Los entrenadores de fútbol y los profesores comparten un problema: todos sus conciudadanos se sienten capacitados para decirles lo que tienen que hacer. Ese no es el camino. Hay que crear —invirtiendo lo que haga falta, pues tiene un retorno inmenso— un cuerpo de profesores excelentes que entiendan que educar no es solo atender a la parte emocional de los alumnos, sino que exige proporcionarles conocimientos y capacidades cognitivas. De hecho, así estarán más preparados para gestionar todos los ámbitos de su vida. Percibo que se tiende a pensar en lo emocional y los «valores» como exógeno a lo cultural. Como si hubiera que elegir entre una cosa y otra. ¿Pero de qué demonios pensamos que escriben Dostoievsky, Austen, Oz, Wilde o Du Maurier? Enseñen a una niña a leer, escribir, operar y hablar de manera excelente y verán qué sorpresa se  llevan respecto a su capacidad para gestionar sus emociones.

 

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Y así, amigos, es como nuestra civilización se fue al carajo.

Prometo darle continuidad a este asunto por lo menos hasta que el tema esté solucionado: solo merece la pena embarcarse en causas perdidas.

 

El monorraíl

Hace unos días tuve el horror de presenciar como un churumbel de 10 primaveras mantenía una lucha sin cuartel con su tableta para lograr terminar una sencilla operación aritmética. La operación era sencilla, pero a Dios pongo por testigo que lidiar con la pantalla táctil de un iPad no lo es tanto.

El ser humano se ha beneficiado de siglos de inusitada creatividad que vieron nacer el cincel, el cálamo, la gubia, el lápiz, el pincel, la estilográfica, el bolígrafo y hasta la imprenta de tipos móviles para terminar escribiendo con el puto dedo.

Por lo visto era cuestión de digitar, no de digitalizar. Si el colegio de sus vástagos ha tomado la controvertida decisión de dejar en manos de Silicon Valley la educación de aquellos y Vd. muestra algún interés por sus tareas vespertinas, seguramente haya protagonizado algún diálogo similar a este:

—¿Pero empieza ya, no?

—Es que tarda en aceptar la contraseña. (Esta respuesta es intercambiable por «Es que está sin batería, voy a por el cargador», «Es que no pilla el wifi» [no nos engañemos, esto es España] o «Es que no se cargan los libros»).

O a este:

—Ve un momento a la página 37.

—Yo voy, pero no va a ser un momento.

O a este:

—¿Por qué estás repitiendo eso?

—No se había guardado.

O mi favorito:

—Eso lo puedes buscar en Safari.

—Lo tenemos capado ¿…? (Sí, amigos, en más de un colegio la digitalización implica no poder usar Internet).

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Antes de que se me tache de luddita quiero aclarar una cosa: no tengo nada en contra de las tabletas como no lo tengo en contra de las secadoras, los marcapasos o el diferencial autoblocante, pero ello no obsta para que esté firmemente convencido de que de momento las tabletas no han demostrado sus ventajas sobre los libros (podría aducirse la del peso, pero un poco de ejercicio físico no ha hecho nunca mal a nadie). Más bien al contrario: los alumnos pierden capacidad de concentración ante la avalancha de estímulos. La introducción de las tabletas como medios de estudio ha producido la misma paradoja que la introducción de los móviles en el resto de actividades humanas: tenerlo todo al alcance implica no acceder a nada. Los vídeos de gatetes golean a la Wikipedia. El perro de Abraham Mateo tiene 80 000 seguidores.

Más importante es, empero, el verdadero significado de las tabletas y el supuesto giro copernicano que representan: prestar atención a lo accesorio para volver a perder de vista lo sustantivo. Congresos educativos sobre digitalización. La revolución cognitiva. Engañifas: ninguna importancia tiene la tableta ni el bolígrafo ni el cincel mientras no atajemos el problema principal: profesores que no saben contestar a la pregunta «¿Por qué estudiamos sintaxis?».

El problema es de contenidos y no de medios; de conocimiento y no de métodos. El principal drama de la educación es que una generación que cuando escucha la palabra «Aída» piensa en una serie de dudoso gusto le está intentando enmendar la plana a una generación que cuando escucha «Aida» piensa en una ópera de Verdi.

De muestra, tres botones

Rompo mi silencio en este blog obligado por las circunstancias; no eran las diez de la mañana y ya había sometido a mis ojos a la siguiente macedonia de desatinos:

  1. Linda Wenzel, la cría de 16 años que decidió que unirse a ISIS era un planazo, dice ahora que solo quiere irse a casa. Se me ocurren un sinnúmero de frases de madre que aplicarle a la criatura («haberlo pensado antes», «decimos de los demás y lo tenemos en casa», «cógete una rebequita, que en Mosul refresca por las noches»), pero líbreme Dios de hacer mofa de la susodicha; a lo que voy es que adolescentes y postadolescentes con parecido cacao mental y parapetados tras un avatar más o menos ingenioso constituyen la base de lo que llamamos las redes sociales, el puñado de opinadores altisonantes que, magnificados por los medios, parecen ser más de los que son. Cabecitas en barbecho que lo mismo te arreglan Venezuela que insultan a Marías. Ah, o le cantan a Guillermo Bárcenas en un concierto «¡Willy, valiente, tu padre es inocente!» (sic). Los chicos del cacao.
  2. Dice el Ayuntamiento de Madrid que va a quitar un carril por sentido de la carretera de Extremadura y le va a poner pasos de cebra. Hasta ahí nada nuevo: una nueva ratonera para el coche, que por lo visto es el principal enemigo de la civilización. Lo pasmoso es la justificación proporcionada por los Carmena boys (and girls): «Se trata de que solo circule por el Paseo de Extremadura quien no tenga más remedio». Es decir, si es Vd. de esos que cogen el coche los lunes a las siete de la mañana y se somete al atasco que allí se forma porque sí, sin una razón sólida, que sepa que se le va a acabar el chollo. Que a partir de ahora la carretera se reserva a esa minoría que de verdad la necesita, a esos seis o siete coches que la utilizan para ir a trabajar y cosas así.
  3. Cito porque es insuperable: «Hacer frente a la adversidad de forma constructiva y salir fortalecido no es sencillo, pero es posible. La palabra clave es resiliencia». Nonononó. La palabra clave no es resiliencia ni posverdad ni iros. La palabra clave es gilipollas. Quiero decir: las frasecitas de autoayuda y las sesiones de coaching son un sustituto banalizado de una formación profunda, enraizada y realmente humana. Según fuentes históricas, esa actividad desusada que los antiguos llamaban leer estaba destinada a adquirir las herramientas necesarias para entender y afrontar este mundo múltiple y anonadante que nos zarandea cual portero ciclado. Otra de las técnicas milenarias (educar) estaba destinada a prender la mecha, alumbrar la tiniebla, tutelar el asombro. Cultivar (de cultus, como cultura). Lo de soltar frasecitas o recomendar técnicas (¿mindfulness? ¿En serio?) me recuerda mucho a la campaña de los Carmena boys (and girls) contra el manspreading, vulgo despatarre. Supongo que después de luchar contra el manspreading, vulgo despatarre, vendrá la guerra a comer con la boca abierta o eludir el duchorio… una lista interminable que se resume en no tener modales, pero es que a la progresía eso de tener modales le sonaba muy antiguo y prefieren ir parcheando según surgen los rotos. Así legislan ellos. Por aspersión.

Nuestro enemigo es la estulticia y no el de enfrente. Ha demostrado ser un enemigo rocoso y pertinaz, y estamos a lunes. Coged piedras.

 

La motivación

Una de las principales metas de un profesor comme il faut es dar clase a alumnos motivados. Un discente motivado rinde más y mejor, lo que favorece un canal de comunicación más amplio y fluido y por tanto un aprendizaje más veloz y significativo. Un profesor que no sepa motivar a sus alumnos es como un entrenador que saque a los jugadores al campo sin ganas de comerse la hierba. Puede transmitir los mismos conocimientos pero obtendrá peores resultados

pero

un alumno no debe esperar, y menos exigir, que nadie lo motive. Si un alumno no encuentra estimulante el conocimiento, lo mejor que puede hacer es terminar Secundaria (además, ya no hace falta aprobar) y dedicarse a algo que no requiera la menor actividad cerebral, como por ejemplo la política. Si hemos construido una aldea en la que poder aprender cosas no es considerado un privilegio envidiable, la influencia de un profesor será pasajera e ineficaz, pues una aldea iletrada y orgullosa de serlo termina siempre por abandonar el conocimiento para caer en manos del chamán y sus métodos, que consisten en no hacer nada y esperar que los dioses—el Estado, en nuestro caso— provean.

Es terrible que decir obviedades haya pasado a ser escandaloso. Los estudiantes no hacen un favor a nadie por estudiar, a nadie más que a sí mismos. Estamos creando una caterva de tiranos analfabetos que estima que el mundo funciona según una cosmovisión optimista hasta el ridículo que cree que todo ocurre con solo desearlo, apoyados en la retórica sofista de unos «líderes» que prometen cal y dan arena: vendedores de humo a quienes nuestro futuro les importa la diezmillonésima parte de nuestro voto, que es su poltrona, y de unos progenitores que se comportan como adolescentes y que prefieren distraer a sus retoños con una tablet a implicarse en el proceso asombroso y deslumbrante de su aprendizaje

porque

da igual si hace falta o no toda una aldea para educar al niño, el caso es que en efecto toda la aldea termina por educar al niño. El cerebro de un crío no decide a qué horas absorbe información (de hecho, está más receptivo fuera de clase). Educamos a nuestros vástagos mientras hacemos la compra. Los educan los conductores de autobús y las policías. Los educa la Play. Los educan Jorge Javier Vázquez y Belén Esteban. Los educan los libros que leemos y las conversaciones que tenemos en casa, comiendo con la tele apagada. Los educan el «¡pero saca a Miguelín!» y el «¡ponte gafas, arbitrucho!». Los educa el «ya se acaba lo bueno» de septiembre y el «no hizo los deberes porque no me dio la gana a mí». Y los educamos los profesores, claro, profesores que no leen y que comparten la opinión generalizada de que ser culto es ser «un friki» o, lo que es peor, «un motivado»

por tanto

los argumentos que culpan a los demás son perniciosos, porque nos debilitan como aldea. Asumir la culpa como propia es productivo y nos fortalece. Es más fácil culpar a los presupuestos, a los planes o al lucero del alba, pero si tienes, pongamos, más de 13 años y vives en España, un país donde las bibliotecas son gratuitas y las casas (todavía) están llenas de libros por leer, si eres un completo analfabeto la culpa es tuya.

Pedagogismo: cómo enseñar nada de muchas formas distintas

Me entusiasma lo que podríamos resumir (y así lo hace César Bona) como la nueva educación. Cabe preguntarse qué le pasaba a la educación antigua, esa que, al menos, conseguía que los adolescentes supieran leer pero, en general, cualquier intento de mejorar el oficio de enseñar cosas me parece loable. Solo digo que ojo, porque estamos corriendo varios riesgos a la vez.

Riesgo n.º 1: que no sea tan nueva como parece (no decir nada)

Tiendo a pensar que el pensamiento moderno es la conversión en titular de una obviedad. En educación, por ejemplo, se ha dado por bueno en los últimos años que «solo se puede aprender lo que se ama». Para solventar su inexactitud (¿está usted seguro de amar la tabla de multiplicar? ¿es necesario amar los oxoácidos para aprender Química?) vamos a suponer que en realidad lo que quiere decir es «se aprende mejor lo que se ama». Surgiría aquí una objección sobre el uso de «amar». Tengo muchas dudas sobre mi amor por la Revolución Industrial. Diría que estimula mi curiosidad, me sorprende y me parece trascendente y explicativa. Pero amar es otra cosa. Dejémoslo entonces en «se aprende mejor aquello que a uno le gusta». Claro. Los cactus pinchan, el cielo es azul, el aceite  resbala y poesía eres tú. Llamadme optimista, pero diría que mis profesores de hace 30 años ya sabían eso.

El propio Francisco Mora, adalid de la frasecita, reconocía esta semana que «nada puede sustituir al lento y duro proceso del trabajo y la disciplina cuando se trata de aumentar las capacidades intelectuales».

Riesgo n.º 2: confundir estímulo con paternalismo

Estudiar, las más de las veces, es una tarea exigente en cuanto a dedicación, concentración y esfuerzo. No sé cuántos de los nuevos pedagogos se han visto ante la tarea (maravillosa) de enseñar a alguien a derivar. Claro que es fundamental estimular al futuro derivando con la comprensión exacta de lo que es una derivada (para lo que deberíamos dejar de saltarnos la TVM, por cierto) o descubrirle que se puede saber cuándo una epidemia dejará de crecer o cuándo conviene vender las acciones (si conociéramos sus respectivas funciones) gracias a las derivadas. Con el tiempo suficiente también se puede montar un guiñol con Newton y Leibniz dándose papirotazos, pero la realidad es que, si se quiere aprender a derivar, hay que pasar por el trago amargo de hacer cien derivadas a la luz del flexo. Que tampoco es para tanto.

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Riesgo n.º 3: confundir nuestros deseos con la realidad

A veces es un drama que el papel lo aguante todo. Es un drama para la política y es un drama para la pedagogía. Escribir sobre enseñar conlleva el riesgo de diseñar un mundo ideal que ignore algunos de los condicionamientos del mundo que de momento nos rodea. Lo que los teóricos del pedagogismo obvian (conscientemente, me temo) es el hecho de que nuestros cachorros no se sienten demasiado entusiasmados por su propia educación por el hecho difícilmente subsanable de que esta es obligatoria. Intenta obligar al gamer más recalcitrante a jugar a la Play de sol a sol porque tú lo dices: te comes el mando. El ser humano tiende instintivamente a repudiar lo que se le prescribe. Y eso no hay Ken Robinson que lo arregle. La creatividad (ya que hablamos de Robinson) tiene como ingrediente necesario la libertad o no es nada. Mientras el cole sea obligatorio (como debe ser), ya puedes meter sofás de colores en las clases, vestirte de payaso o dejar a los enanos elegir los contenidos. Me juego mi ejemplar de La balada del mar salado a que a los cuatro días el índice bostecil será el mismo.

El colegio es la privación transitoria de una libertad aparente para caminar mediante el conocimiento hacia la libertad real.

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No estoy contra la búsqueda de soluciones ni contra la posibilidad de que estas sean generalizables (aunque tengo mis reservas), pero creo que, como en tantas otras cosas, estamos buscando la aguja en el pajar equivocado. Educar es una tarea orgánica en la que los reflejos, la pasión y las capacidades del docente tienen mucha más importancia que las directrices legales o la pedagogía de salón. Siendo así, ningún sentido tiene diseñar soluciones abstractas mientras tengamos maestros, y aquí hago una generalización posiblemente injusta pero me temo que plausible, que no sean ávidos lectores ni consideren el conocimiento como algo intrínsecamente positivo.

Que viene Trump

Ahora va a resultar que hasta el martes vivíamos en un mundo ilustrado. Que leíamos todos el New York Times. Que cada cual buscaba un hueco en su agenda para releer a Madison y retomar el Tractatus de Wittgenstein. Vengayá. Trump es un desastre porque el mundo en que vivimos es un desastre, y de lo que se trata es de bregar cada día para que lo sea un poquito menos. No podemos tragar con las audiencias de Telecirco y luego rasgarnos las vestiduras cuando la sangre llega al río.

Todo esto me recuerda a la visión que prevalece sobre los nazis: a los pobres alemanes de entreguerras les lavó el cerebro Hitler y cuatro amigos. No, hombre, no. El racismo en general y el antisemitismo en particular estaban arraigadísimos no solo en Alemania, sino en todo Occidente. Observen, amigos:

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A la derecha: «Detened la dominación judía de los americanos cristianos»

¿Berlín? No. Madison Square Garden, Nueva York, 1939. 22 000 almas. Y no se pierdan la siguiente vista parcial:

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Cosas veredes, amigo George

No es mi tesis que el racismo siempre estuvo latente en EEUU y que ahora sale a la luz. No voy a eso. De hecho:

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1938, Luna Park de Buenos Aires, 20 000 pibes

Y no hay que irse tan lejos: el lunes pasado uno de los líderes políticos que nos asuelan tuiteó «Hoy es el 99 aniversario de la revolución rusa de 1917; una revolución contra ‘El Capital’. Paz, Pan y Tierra». Acompañado de una imagen de Lenin, conocido demócrata. Para el muy analfabeto (o muy malvado), el régimen comunista es sinónimo de paz, pan y tierra. La tierra donde descansan en paz los millones de ucranianos a los que Stalin mató de hambre robándoles su propio pan, supongo.

¿Adónde voy, entonces? A que el ser humano es bastante salvaje. A que la maldad está en nosotros y de cuando en cuando alguien sabe sacarle partido. A que la última guerra en Europa no terminó en los Balcanes en 1999, como he estado a punto de escribir, sino que sigue abierta en Ucrania. A que si algunos insistimos tanto en la educación, en la importancia de la filosofía como fuente de conocimiento y de la Filosofía como asignatura, no es porque quede bonito, sino porque es estrictamente necesario. Porque la cabra tira al monte y el zoon politikon a la trinchera. Claro que lo de Trump es un desastre, pero el desastre no ha empezado con Trump. El desastre no empezó nunca, bien pensado, porque nunca terminó, porque no hay solución de continuidad en el espectro de horrores que el hombre ha protagonizado desde que el mundo está ligeramente achatado por los polos. Me parece pelín hipócrita tanta cara de sorpresa por el resultado del martes. Como si viviéramos en el Elíseo.

Cuando las barbas de tu vecino…

Antes de que esta Edad Media que se cierne sobre nosotros se vuelva demasiado oscura necesitamos otra Ilustración. Necesitamos renovar el paquete de certezas que nos hizo un poquito más humanos, necesitamos plantar cara al nefasto pensamiento débil que ha terminado por proscribir el conocimiento y legitimar la estupidez disfrazándola de tolerancia. La historia nos recuerda cada cierto tiempo que no todas las ideas son respetables; pero para cuando eso ocurre ya es demasiado tarde porque ya han ganado los malos.

Esta vez no nos salvarán abstrusas disquisiciones filosóficas sino actitudes concretas.  No es tolerable que se prohíba estudiar —para la mitad de los alumnos ni siquiera es optativa— Historia de la Filosofía, una asignatura cuyo sentido último es enseñar a pensar. No es tolerable la pueril e infame huelga de deberes que se planteó hace una semana. No es tolerable que los profesores cometamos faltas de ortografía. No es tolerable que nuestros adolescentes no entiendan textos de cierta complejidad ni sepan encadenar tres frases.

Los políticos no van a hacer nada por nosotros. Si no recuperamos el sentido del conocimiento humano alguien terminará por aprovecharse de ello.