De muestra, tres botones

Rompo mi silencio en este blog obligado por las circunstancias; no eran las diez de la mañana y ya había sometido a mis ojos a la siguiente macedonia de desatinos:

  1. Linda Wenzel, la cría de 16 años que decidió que unirse a ISIS era un planazo, dice ahora que solo quiere irse a casa. Se me ocurren un sinnúmero de frases de madre que aplicarle a la criatura («haberlo pensado antes», «decimos de los demás y lo tenemos en casa», «cógete una rebequita, que en Mosul refresca por las noches»), pero líbreme Dios de hacer mofa de la susodicha; a lo que voy es que adolescentes y postadolescentes con parecido cacao mental y parapetados tras un avatar más o menos ingenioso constituyen la base de lo que llamamos las redes sociales, el puñado de opinadores altisonantes que, magnificados por los medios, parecen ser más de los que son. Cabecitas en barbecho que lo mismo te arreglan Venezuela que insultan a Marías. Ah, o le cantan a Guillermo Bárcenas en un concierto «¡Willy, valiente, tu padre es inocente!» (sic). Los chicos del cacao.
  2. Dice el Ayuntamiento de Madrid que va a quitar un carril por sentido de la carretera de Extremadura y le va a poner pasos de cebra. Hasta ahí nada nuevo: una nueva ratonera para el coche, que por lo visto es el principal enemigo de la civilización. Lo pasmoso es la justificación proporcionada por los Carmena boys (and girls): «Se trata de que solo circule por el Paseo de Extremadura quien no tenga más remedio». Es decir, si es Vd. de esos que cogen el coche los lunes a las siete de la mañana y se somete al atasco que allí se forma porque sí, sin una razón sólida, que sepa que se le va a acabar el chollo. Que a partir de ahora la carretera se reserva a esa minoría que de verdad la necesita, a esos seis o siete coches que la utilizan para ir a trabajar y cosas así.
  3. Cito porque es insuperable: «Hacer frente a la adversidad de forma constructiva y salir fortalecido no es sencillo, pero es posible. La palabra clave es resiliencia». Nonononó. La palabra clave no es resiliencia ni posverdad ni iros. La palabra clave es gilipollas. Quiero decir: las frasecitas de autoayuda y las sesiones de coaching son un sustituto banalizado de una formación profunda, enraizada y realmente humana. Según fuentes históricas, esa actividad desusada que los antiguos llamaban leer estaba destinada a adquirir las herramientas necesarias para entender y afrontar este mundo múltiple y anonadante que nos zarandea cual portero ciclado. Otra de las técnicas milenarias (educar) estaba destinada a prender la mecha, alumbrar la tiniebla, tutelar el asombro. Cultivar (de cultus, como cultura). Lo de soltar frasecitas o recomendar técnicas (¿mindfulness? ¿En serio?) me recuerda mucho a la campaña de los Carmena boys (and girls) contra el manspreading, vulgo despatarre. Supongo que después de luchar contra el manspreading, vulgo despatarre, vendrá la guerra a comer con la boca abierta o eludir el duchorio… una lista interminable que se resume en no tener modales, pero es que a la progresía eso de tener modales le sonaba muy antiguo y prefieren ir parcheando según surgen los rotos. Así legislan ellos. Por aspersión.

Nuestro enemigo es la estulticia y no el de enfrente. Ha demostrado ser un enemigo rocoso y pertinaz, y estamos a lunes. Coged piedras.

 

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La motivación

Una de las principales metas de un profesor comme il faut es dar clase a alumnos motivados. Un discente motivado rinde más y mejor, lo que favorece un canal de comunicación más amplio y fluido y por tanto un aprendizaje más veloz y significativo. Un profesor que no sepa motivar a sus alumnos es como un entrenador que saque a los jugadores al campo sin ganas de comerse la hierba. Puede transmitir los mismos conocimientos pero obtendrá peores resultados

pero

un alumno no debe esperar, y menos exigir, que nadie lo motive. Si un alumno no encuentra estimulante el conocimiento, lo mejor que puede hacer es terminar Secundaria (además, ya no hace falta aprobar) y dedicarse a algo que no requiera la menor actividad cerebral, como por ejemplo la política. Si hemos construido una aldea en la que poder aprender cosas no es considerado un privilegio envidiable, la influencia de un profesor será pasajera e ineficaz, pues una aldea iletrada y orgullosa de serlo termina siempre por abandonar el conocimiento para caer en manos del chamán y sus métodos, que consisten en no hacer nada y esperar que los dioses—el Estado, en nuestro caso— provean.

Es terrible que decir obviedades haya pasado a ser escandaloso. Los estudiantes no hacen un favor a nadie por estudiar, a nadie más que a sí mismos. Estamos creando una caterva de tiranos analfabetos que cree que el mundo funciona según una cosmovisión optimista hasta el ridículo que cree que todo ocurre con solo desearlo, apoyados en la retórica sofista de unos «líderes» que prometen cal y dan arena: vendedores de humo a quienes nuestro futuro les importa la diezmillonésima parte de nuestro voto, que es su poltrona, y de unos progenitores que se comportan como adolescentes y que prefieren distraer a sus retoños con una tablet a implicarse en el proceso asombroso y deslumbrante de su aprendizaje

porque

da igual si hace falta o no toda una aldea para educar al niño, el caso es que en efecto toda la aldea termina por educar al niño. El cerebro de un crío no decide a qué horas absorbe información (de hecho, está más receptivo fuera de clase). Educamos a nuestros vástagos mientras hacemos la compra. Los educan los conductores de autobús y las policías. Los educa la Play. Los educan Jorge Javier Vázquez y Belén Esteban. Los educan los libros que leemos y las conversaciones que tenemos en casa, comiendo con la tele apagada. Los educan el «¡pero saca a Miguelín!» y el «¡ponte gafas, arbitrucho!». Los educa el «ya se acaba lo bueno» de septiembre y el «no hizo los deberes porque no me dio la gana a mí». Y los educamos los profesores, claro, profesores que no leen y que comparten la opinión generalizada de que ser culto es ser «un friki» o, lo que es peor, «un motivado»

por tanto

los argumentos que culpan a los demás son perniciosos, porque nos debilitan como aldea. Asumir la culpa como propia es productivo y nos fortalece. Es más fácil culpar a los presupuestos, a los planes o al lucero del alba, pero si tienes, pongamos, más de 13 años y vives en España, un país donde las bibliotecas son gratuitas y las casas (todavía) están llenas de libros por leer, si eres un completo analfabeto la culpa es tuya.

Pedagogismo: cómo enseñar nada de muchas formas distintas

Me entusiasma lo que podríamos resumir (y así lo hace César Bona)  como la nueva educación. Cabe preguntarse qué le pasaba a la educación antigua, esa que, al menos, conseguía que los adolescentes supieran leer pero, en general, cualquier intento de mejorar el oficio de enseñar cosas me parece loable. Solo digo que ojo, porque estamos corriendo varios riesgos a la vez.

Riesgo n.º 1: que no sea tan nueva como parece (no decir nada)

Tiendo a pensar que el pensamiento moderno es la conversión en titular de una obviedad. En educación, por ejemplo, se ha dado por bueno en los últimos años que «solo se puede aprender lo que se ama». Para solventar su inexactitud (¿está usted seguro de amar la tabla de multiplicar? ¿es necesario amar los oxoácidos para aprender Química?) vamos a suponer que en realidad lo que quiere decir es «se aprende mejor lo que se ama». Surgiría aquí una objección sobre el uso de «amar». Tengo muchas dudas sobre mi amor por la Revolución Industrial. Diría que estimula mi curiosidad, me sorprende y me parece trascendente y explicativa. Pero amar es otra cosa. Dejémoslo entonces en «se aprende mejor aquello que a uno le gusta». Claro. Los cactus pinchan, el cielo es azul, el aceite  resbala y poesía eres tú. Llamadme optimista, pero diría que mis profesores de hace 30 años ya sabían eso.

El propio Francisco Mora, adalid de la frasecita, reconocía esta semana que «nada puede sustituir al lento y duro proceso del trabajo y la disciplina cuando se trata de aumentar las capacidades intelectuales».

Riesgo n.º 2: confundir estímulo con paternalismo

Estudiar, las más de las veces, es una tarea exigente en cuanto a dedicación, concentración y esfuerzo. No sé cuántos de los nuevos pedagogos se han visto ante la tarea (maravillosa) de enseñar a alguien a derivar. Claro que es fundamental estimular al futuro derivando con la comprensión exacta de lo que es una derivada (para lo que deberíamos dejar de saltarnos la TVM, por cierto) o descubrirle que se puede saber cuándo una epidemia dejará de crecer o cuándo conviene vender las acciones (si conociéramos sus respectivas funciones) gracias a las derivadas. Con el tiempo suficiente también se puede montar un guiñol con Newton y Leibniz dándose papirotazos, pero la realidad es que, si se quiere aprender a derivar, hay que pasar por el trago amargo de hacer cien derivadas a la luz del flexo. Que tampoco es para tanto.

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Riesgo n.º 3: confundir nuestros deseos con la realidad

A veces es un drama que el papel lo aguante todo. Es un drama para la política y es un drama para la pedagogía. Escribir sobre enseñar conlleva el riesgo de diseñar un mundo ideal que ignore algunos de los condicionamientos del mundo que de momento nos rodea. Lo que los teóricos del pedagogismo obvian (conscientemente, me temo) es el hecho de que nuestros cachorros no se sienten demasiado entusiasmados por su propia educación por el hecho difícilmente subsanable de que esta es obligatoria. Intenta obligar al gamer más recalcitrante a jugar a la Play de sol a sol porque tú lo dices: te comes el mando. El ser humano tiende instintivamente a repudiar lo que se le prescribe. Y eso no hay Ken Robinson que lo arregle. La creatividad (ya que hablamos de Robinson) tiene como ingrediente necesario la libertad o no es nada. Mientras el cole sea obligatorio (como debe ser), ya puedes meter sofás de colores en las clases, vestirte de payaso o dejar a los enanos elegir los contenidos. Me juego mi ejemplar de La balada del mar salado a que a los cuatro días el índice bostecil será el mismo.

El colegio es la privación transitoria de una libertad aparente para caminar mediante el conocimiento hacia la libertad real.

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No estoy contra la búsqueda de soluciones ni contra la posibilidad de que estas sean generalizables (aunque tengo mis reservas), pero creo que, como en tantas otras cosas, estamos buscando la aguja en el pajar equivocado. Educar es una tarea orgánica en la que los reflejos, la pasión y las capacidades del docente tienen mucha más importancia que las directrices legales o la pedagogía de salón. Siendo así, ningún sentido tiene diseñar soluciones abstractas mientras tengamos maestros, y aquí hago una generalización posiblemente injusta pero me temo que plausible, que no sean ávidos lectores ni consideren el conocimiento como algo intrínsecamente positivo.

Que viene Trump

Ahora va a resultar que hasta el martes vivíamos en un mundo ilustrado. Que leíamos todos el New York Times. Que cada cual buscaba un hueco en su agenda para releer a Madison y retomar el Tractatus de Wittgenstein. Vengayá. Trump es un desastre porque el mundo en que vivimos es un desastre, y de lo que se trata es de bregar cada día para que lo sea un poquito menos. No podemos tragar con las audiencias de Telecirco y luego rasgarnos las vestiduras cuando la sangre llega al río.

Todo esto me recuerda a la visión que prevalece sobre los nazis: a los pobres alemanes de entreguerras les lavó el cerebro Hitler y cuatro amigos. No, hombre, no. El racismo en general y el antisemitismo en particular estaban arraigadísimos no solo en Alemania, sino en todo Occidente. Observen, amigos:

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A la derecha: «Detened la dominación judía de los americanos cristianos»

¿Berlín? No. Madison Square Garden, Nueva York, 1939. 22 000 almas. Y no se pierdan la siguiente vista parcial:

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Cosas veredes, amigo George

No es mi tesis que el racismo siempre estuvo latente en EEUU y que ahora sale a la luz. No voy a eso. De hecho:

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1938, Luna Park de Buenos Aires, 20 000 pibes

Y no hay que irse tan lejos: el lunes pasado uno de los líderes políticos que nos asuelan tuiteó «Hoy es el 99 aniversario de la revolución rusa de 1917; una revolución contra ‘El Capital’. Paz, Pan y Tierra». Acompañado de una imagen de Lenin, conocido demócrata. Para el muy analfabeto (o muy malvado), el régimen comunista es sinónimo de paz, pan y tierra. La tierra donde descansan en paz los millones de ucranianos a los que Stalin mató de hambre robándoles su propio pan, supongo.

¿Adónde voy, entonces? A que el ser humano es bastante salvaje. A que la maldad está en nosotros y de cuando en cuando alguien sabe sacarle partido. A que la última guerra en Europa no terminó en los Balcanes en 1999, como he estado a punto de escribir, sino que sigue abierta en Ucrania. A que si algunos insistimos tanto en la educación, en la importancia de la filosofía como fuente de conocimiento y de la Filosofía como asignatura, no es porque quede bonito, sino porque es estrictamente necesario. Porque la cabra tira al monte y el zoon politikon a la trinchera. Claro que lo de Trump es un desastre, pero el desastre no ha empezado con Trump. El desastre no empezó nunca, bien pensado, porque nunca terminó, porque no hay solución de continuidad en el espectro de horrores que el hombre ha protagonizado desde que el mundo está ligeramente achatado por los polos. Me parece pelín hipócrita tanta cara de sorpresa por el resultado del martes. Como si viviéramos en el Elíseo.

Cuando las barbas de tu vecino…

Antes de que esta Edad Media que se cierne sobre nosotros se vuelva demasiado oscura necesitamos otra Ilustración. Necesitamos renovar el paquete de certezas que nos hizo un poquito más humanos, necesitamos plantar cara al nefasto pensamiento débil que ha terminado por proscribir el conocimiento y legitimar la estupidez disfrazándola de tolerancia. La historia nos recuerda cada cierto tiempo que no todas las ideas son respetables; pero para cuando eso ocurre ya es demasiado tarde porque ya han ganado los malos.

Esta vez no nos salvarán abstrusas disquisiciones filosóficas sino actitudes concretas.  No es tolerable que se prohíba estudiar —para la mitad de los alumnos ni siquiera es optativa— Historia de la Filosofía, una asignatura cuyo sentido último es enseñar a pensar. No es tolerable la pueril e infame huelga de deberes que se planteó hace una semana. No es tolerable que los profesores cometamos faltas de ortografía. No es tolerable que nuestros adolescentes no entiendan textos de cierta complejidad ni sepan encadenar tres frases.

Los políticos no van a hacer nada por nosotros. Si no recuperamos el sentido del conocimiento humano alguien terminará por aprovecharse de ello.

 

Ya era la que sería

En Emma Zunz, uno de los 17 relatos que Borges esculpió para El Aleph, después de que la protagonista reciba por carta la noticia de la muerte de su padre, el poeta bonaerense escribe: «Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de alguna manera ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos; ya era la que sería». Ya era la que sería. Cinco palabras. Sucesivos escribidores desatalentados podrían emborronar innumerables cuartillas sin soñar siquiera una construcción semejante. Infinitos monos con infinitas Remingtons podrían quizá escribir el Quijote, pero ninguno de ellos escribiría nunca «ya era la que sería». Es imposible (o nunca se ha hecho) describir con esa despampanante mezcla de belleza metafísica e insolente economía de medios el momento imperceptible en que una ―Emma, en este caso― atraviesa el umbral imaginario de una mudanza existencial.

borges

El cuentista ciego (imposible ser tan lúcido sin enceguecer) tiene tanto talento, ostenta un dominio del lenguaje tan insultante que cada párrafo, a poco que uno aguce el ojo, esconde parecidas revelaciones. Es imposible leer al filósofo argentino sin sentir lo que Bruno Ganz llama en El cielo sobre Berlín «el asombro».

Pues bien, no es (el único) propósito de esta entrada bancar a Borges. No pude evitar al releer Emma Zunz pensar que la impericia lingüística con que obsequiamos a nuestros cachorros les impedirá, llegado el caso, paladear la hermosísima sutileza con que el escritor porteño nos hace más sabios a cada palabra. El mayor mal que les estamos haciendo a nuestras crías es el de impedirles percibir, descifrar y gozar la maestría con que el erudito bibliófilo esconde elocuentes afirmaciones poéticas entre párrafos de aparente objetividad ingenieril, cómo alterna sospechosas enumeraciones bibliográficas con un sentido acerado de la épica. Ellos sí estarán ciegos; porque viendo, no verán.

 

PS: Su ausencia del palmarés desacredita la propia noción de Premio Nobel pero condice naturaleza y devenir de escritor y premio. El Nobel nunca ganó un Borges.

Ningún político hablará de esto

A pesar de los vendedores de humo de toda estirpe y condición tenemos que hacer un esfuerzo por recuperar el sentido de las palabras, que es el sentido de las cosas.

La educación. La importante, la que se da en casa, es cuestión de los padres (o de los jefes de la tribu, en el caso de Anna Gabriel). El tema de esta entrada es la otra, la secundaria, la que se da en los coles.

Han pasado muchas cosas interesantes en los últimos seis mil años. Me refiero a cosas como el nacimiento de la escritura, o la Capilla Sixtina, o el cálculo infinitesimal. The Last of Us y la relatividad. Sherlock. El expresionismo alemán. Bach. Cioran. Jesucristo. Siglos de conocimiento, de ansia por saber y por que los demás sepan. Siglos de intentar mejorar las cosas y de controversias sobre cómo lograrlo.

El caso es que cuando llegamos al mundo todas esas cosas interesantes ya estaban ahí. Lo que la educación ha de conseguir es ponerlas al alcance de los que acaban de llegar. No darlas a conocer todas (sería imposible) pero sí las más importantes, y la posibilidad de acercarse a todas las demás con la solvencia intelectual suficiente para comprenderlas.

Forges

Todo lo demás es blablablá: educar es, en ese contexto, poner al día. Es un gigantesco «mientras tú no estabas». Es dar las herramientas. Prender la mecha. Hacerlos capaces de decidir, no decidir por ellos. ¿Cómo hacerlo? Dejándolo en manos de profesionales competentes (lo que implica, en el caso de un profesor, ser culto) y proveyéndolos de medios suficientes. No le decimos a un zapatero cómo arreglar los zapatos.

Estamos haciendo lo contrario. Con nuestra apatía o complejos, nuestra incapacidad e indecisión los estamos dejando en manos de los vendedores de humo. Si creen que exagero, pregúntenle a un adolescente algo difícil, no sé, la tabla de multiplicar.

Tu hijo va a una academia y no lo sabes

Siempre les digo a mis alumnos que los exámenes son lo menos importante de su educación. Que son como la aguja de punto que antes se introducía en la masa para saber si el bizcocho estaba hecho (ahora que tenemos más objetos de los que podemos usar ya no se utiliza una aguja de punto, sino un «probador de pasteles», que es una aguja de punto que se vende en el departamento de repostería).

Si la aguja sale seca, es que el pastel está hecho. Imagino que los cocineros expertos no usan nada parecido: la costumbre y el oficio sustituyen a la prueba empírica. En sí, el dichoso probador no aporta nada al bizcocho. En sí, la evaluación no aporta nada al aprendizaje. Si sabes que tu alumno ha aprendido, lo felicitas y a correr. Como en un colegio ordinario hay muchos alumnos y además nadie se fía del criterio del profesorado, se les tiene que hacer un examen para poder respaldar la nota. Pero lo importante es que el bizcocho esté para chuparse los dedos: que sepan hablar, escribir, leer, calcular… y que les guste, a ser posible.

caketester

Pues bien, en Bachillerato, sobre todo en 2.º, los colegios se han convertido en lugares donde, lejos de enseñar sabiduría (la palabra sabiduría no se emplea en un colegio desde que mis abuelos eran novios), se dedica la totalidad del curso a preparar una prueba de acceso a la universidad que además los trata como si fueran imbéciles: exámenes con una estructura invariable que elimina cualquier opción de pensar, que se contestan con tres o cuatro fórmulas fijas y que imposibilitan la comprobación de si ha habido o no una comprensión profunda. En las que se les pide que hablen de un libro que no han leído. O que resuelvan un sistema de ecuaciones lineales sin que nadie les haya dicho nunca —en doce años— que las matemáticas son un lenguaje. Que el álgebra y la sintaxis son en esencia lo mismo. O que hablen sobre «el problema de la Política en Nietzsche» sin haber catado ni un texto del bueno de Federico, estudiando a ciegas los apuntes de intérpretes de exégetas de estudiosos de sus textos originales, que por cierto son más divertidos que cualquier resumen de su obra.

No hay aprendizaje, solo la preparación para una evaluación.

Se saca el molde (sin bizcocho) del horno. Se introduce el probador de pasteles en el molde, se saca (seco) y se enseña al público. Se repite la operación con otros moldes vacíos.

No mandes a tu hijo al colegio: mándalo a Lourdes

Me dice mi alumno más respondón que en el presente blog se critica mucho la educación patria pero se aportan pocas soluciones. Yo no estoy muy de acuerdo, pues creo que continuamente estoy aportando la única solución posible. Al final la repito. Pero antes voy a hacer un poquito más de crítica constructiva:

  1. El problema no es del sistema educativo. Es del sistema en general, o de la estructura o de la idiosincrasia: que el problema es de todos, quiero decir. Nos traen a nosotros el sistema finlandés o el de la Arcadia y tardamos un par de elecciones en desmontarlo y venderlo por piezas.
  2. Pero no voy a eso. Lo que quiero decir es que no hay sistema educativo eficiente en una sociedad ignorante. Como los políticos, la educación también es una tele.pngcristalización de la estructura. Tenemos el nivel educativo adecuado a un país donde Gran Hermano tiene una audiencia histórica por encima del 25 %. A lo mejor pretendemos que nuestros hijos lean a Calderón mientras nosotros vemos en la tele cómo el eslabón perdido profiere berridos disonantes. Esto no funciona así.
  3. Y es que tengo una noticia: nuestros hijos son bastante ignorantes porque nosotros somos bastante ignorantes. Ya podemos poner a un Ken Robinson en cada clase, que si cuando llega a casa nuestra criatura lo más ilustrado que nos ve hacer es meternos en as.com, la especie irá en picado. No hay colegio que pueda competir con la familia en lo educativo. Sí en la adquisición de unas destrezas, pero no es eso la educación. Que tu hijo te vea leyendo con asiduidad vale más que el cacao mental de mil pedagogos molones.

Y vale por hoy, que casi supero lo que nuestro cerebro se está acostumbrando a asimilar de una sola dosis.

Ah, prometía una solución. Lee. Lee hasta que encuentres aquello que te gusta leer y, cuando lo encuentres, lee hasta que se te caigan las pestañas. Lee por ti, por tus hijos o por postureo, pero lee. Lee porque lo que sepas será lo único que nadie te podrá quitar nunca. Lee para que esta sociedad que tantas mentiras te cuenta lo tenga más difícil.

Y si no lees, luego no te quejes de la educación. Y no lo digo por mi alumno. Él ya venía leído de casa; por eso es tan respondón.

La importancia de las cosas nimias

Entra dentro de lo posible que haya personas con total desprecio por la ortografía que sean exquisitas en su trato y radicales observantes de las normas de urbanidad. Es totalmente posible. Probable, incluso.

Lo que es seguro es que la persona que cuida los textos que escribe incluye involuntariamente en ellos un paquete de metadatos sobre sí mismo. Que dicen lo siguiente:

  1. «Me preocupo por ti. No sé quién eres, (lector), y quizá nunca te conozca, pero me he tomado la molestia de releer este texto para eliminar sus escollos».
  2. «Soy cuidadoso en esto y probablemente lo sea en otros ámbitos de la vida».
  3. «Conozco cómo funciona el lenguaje. Sé que la ortografía no es un adorno virtuosista, sino que si lo escribo de otra manera estoy diciendo otra cosa».
  4. «Leo. Es probable, por tanto, que sea un interlocutor interesante. Soy consciente de que mucha gente no lee y no le ocurre nada grave, pero también sé que es mejor leer».

Y todo esto gratis. Una estupenda campaña de publicidad sobre uno mismo, totalmente gratis. Claro, que con el nivelón que nos gastamos esto de la ortografía es una batalla perdida, pero ya se sabe que las batallas perdidas son precisamente las que merecen la pena.

No

Ah, y todo lo anterior puede aplicarse a esas personas que se esmeran en cosas aparentemente fútiles pero que encierran en sí mismas nada menos que el secreto de la felicidad. Lo saben los amantes del té y su ceremonia. Los calígrafos. Los que aún saludan al llegar y al irse. Los que ceden a una dama el lado interior de la acera (si queda alguno). Los que antes morirían que escribir con boli sobre las páginas de un libro. Los entomólogos. Aquel camarero que hace unos años pude ver de madrugada en un VIPS midiendo escrupulosamente la posición de los cubiertos que estaba colocando sobre los mantelitos de papel. Sin que nadie nunca se lo agradeciera. Por el mero placer de hacerlo. Consciente de que la mayor dignidad reservada al ser humano es saber encontrar el sentido de la vida en la trascendental banalidad del aquí y el ahora.

PS: Sobre el «nimias» del título, es un azar maravilloso que junto a «Insignificante, sin importancia» nimio signifique también «Prolijo, minucioso, escrupuloso».

Obreras y zánganos

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Las leyes educativas en España han sido un éxito. No sé si hay quien lo dude, pero por si acaso me explico.

Al sistema le gustan los ciudadanos confusos; Kafka lo sabía. El Estado prefiere ciudadanos calladitos; preguntadle a Solzhenitsyn. A las élites, en general, los libros les parecen objetos peligrosos; leed a Bradbury. A los partidos les priva el control (Orwell), y controlar a idiotas es mucho más fácil.

El Estado nos quiere muditos. De nueve a ocho, sufragando alegremente sus poltronas y acudiendo a las urnas para elegir entre lo disponible, que no es mucho. (Ellos sí) saben que la pluma es más poderosa que la espada, y que cuando la gente se pone a pensar surgen los problemas por doquier. Así que hay que arrancar el problema de raíz: desde el colegio. Se trata de diseñar planes educativos que destierren la Filosofía y el resto de humanidades, formar abejas obreras que mantengan a los zánganos sin protestar. Preguntadle a un adolescente si sabe quién es Hitchcock (no ya Bergman, ojo), o que lea un artículo cualquiera de la prensa y os lo cuente. Preguntadle en qué año tuvo lugar la Revolución Francesa. O en qué siglo. Es más: preguntádselo a su profesor si es jovencito. Lo mismo hay sorpresas.

Trasciende que nuestro nivel educativo es bajo, pero esa es la más peligrosa de las medias verdades. La realidad es que nuestros cachorros ya no saben leer. Como suena. Ni sumar. Ni hablar con cierta corrección. Ni cuál es la capital de Alemania. Serán unas magníficas obreras y los zánganos sonreirán como hienas, pensando en cuánto le deben a la LOGSE, la LOE o la LOMCE entre otras joyas. Leyes nacidas para formar «trabajadores eficientes y consumidores responsables», no «ciudadanos», ni «personas», ni «seres humanos».

La distopía ya está aquí, pero no importa porque nadie sabrá qué nombre ponerle.