¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!

Aunque mi generación las conozca por El club de los poetas muertos, las palabras son de Walt Whitman por la muerte de Abraham Lincoln. En Sin perdón, el personaje interpretado por Richard Harris se pavonea tras el asesinato de Lincoln de que en Inglaterra cuentan con la ventaja de la monarquía: a nadie se le ocurriría disparar a un rey. Obviamente no conoció a Eduardo VIII.

Si la cosa va de capitanes, en el Madrí tenemos dos.

El carro de Karim

El carro de Karim está a rebosar los últimos años: está lleno de los que solo veían los goles de Ronaldo el-no-tan-bueno y no los pases ni los espacios de Karim. No entendían, ni lo harán nunca, que Karim marcaba menos por lo mismo por lo que ahora marca más: porque el fútbol es un deporte de equipo y lo primero es hacer lo que el equipo necesite.

Dan ganas de coger el farol de Diógenes para buscar al hombre honrado: aquel que continúe manteniendo a día de hoy que «Karim no vale», que «es mu malo» o que «no tiene carácter» (en España confundimos carácter con poner cara de intensidad). Habría ahí un hombre coherente. Ciego como un gato de escayola, pero coherente.

No nos preocupa que el carro esté a rebosar: en primer lugar, porque es muy bonito pedir perdón y reconocer los errores; en segundo, porque Karim sabe, como Kipling, que el fracaso y el triunfo son un par de impostores.

El carro de Sergio

El carro de Llull es distinto: es el carro que el domingo le endosó al otro finalista de la Supercopa; a sus 8 jugadores en pista y a los 7 del banquillo. 24 puntitos para vengar a su compañero Heurtel: no sé si se ha insistido lo suficiente en que el otro finalista dejó en tierra el año pasado a un jugador de su plantilla en plena pandemia. Esas son las cositas que hace el otro finalista. También pierde partidos de Euroliga adrede para intentar perjudicar a su obsesión blanca: el Madrí cogió el regalo y estuvo a punto de consumar la gesta más bonita de la historia de la competición. Pero Dios no se queda con nada de nadie: cuando el equipo que deja en tierra a sus jugadores volvió a jugar con Efes en la final, ya intentando ganar, volvió a perder. Quedó segundo, que es su posición favorita: 2 veces primeros y 6 segundos en Copa de Europa y 19 primeros y 21 segundos en Liga. Segundo, segundito, segundón.

Pero volvamos a Llull, el palíndromo más madridista que existirá jamás. Si hace unos meses hablábamos de los que nunca se fueron, el trono lo ocupa el mahonés, que le dio calabazas a la NBA por el club de nuestros sueños. Sergi lloraba sobre el mismo parqué que le rompió el cruzado, abrazado al mismo entrenador cabrón (¡qué grande es Laso!) que el día anterior le había dado poquito de comer. ¿Tendrá algo que ver el cabreo del sábado con el partidazo del domingo? Como se enteren los pedagogos de lo que ayuda a cumplir los objetivos que a uno lo puteen un poquito, lo mismo colapsan y nos dejan en paz.

Viva Vinicius

El mundo necesitaba a Vinicius. Un hombre sin miedo a nada que se atreve a ser libre donde los demás hace tiempo que claudicamos. Vinicius (motocabra inmortal) si ve un prado lo corre, si ve una valla la salta y si ve una grada la escala. Ver a Vinicius zambulléndose en la fanaticada, escandalizando a gazmoños y apocados, nos recordó los tiempos en que éramos libres, en que fumábamos Marlboro rojo y les echábamos súper a nuestros bólidos, usábamos las vocales que queríamos y no las que nos dictaba la censura totalitaria, y no nos habíamos vuelto todos gilipollas.

Late en Vinicius la pulsión de descubridores y de héroes, de los inventores que se plantaban unas alas de cuero y se tiraban desde la torre Eiffel porque preferían la muerte rápida y gloriosa a una vida lenta masticando tedio.

Cuentan que cuando a G. L. Mallory le preguntaban por qué escalar el Everest, con la que estaba cayendo, él contestaba «Porque está ahí». Mallory desapareció en 1924 y ni siquiera sabemos si lo logró, pero sí sabemos que murió con la serenidad de quien nunca le volvió la cara a un poquito de cellisca.

A los tristes le está costando reconocer a Vinicius, mientras que ya han canonizado a otros por hacer un buen Gamper (posiblemente ya no recuerden los tiempos en que Riqui Puig era Pelé). Esta renuencia ha de reconfortarnos, porque nace del miedo. Desde que vieron el remate ante el Levante se despiertan cada noche con la misma pesadilla: la certeza reprimida de que que la puso ahí porque la quiso poner ahí, de que ha aprendido lo único que le faltaba. Cuando el domingo levantó la cabeza y pasó a la red, el puñal se clavó un poquito más en el corazón de los cenizos. «Lo del Levante fue verdad», barruntan, y no encuentran en Sport ni en Mundo deportivo (el mundo acaba en Mollerusa) lenitivo para su zozobra.

«Mira, moreno, esta gente es muy cabrona, y en cuanto estés dos partidos sin mojar volverán a maldecirte, pero si desoyes el momento y levantas la mirada, un domingo con el sol en Concha Espina el balón llegará a tus pies y un murmullo como de tendido te hará saber que señorío es morir en el campo y que el mundo empieza y acaba en Chamartín. Te lo digo yo, que soy medio argelino».

Los que nunca se fueron

«Estás esperando para rajar ahora, ¿eh?» fueron las palabras que Luka Modrić grabó ayer en el mármol de la historia a base de oportunidad, ironía y casticismo. No es que a Lukita le haga falta grabar nada en la historia, pues todo su ser es historia del fútbol, pero sí convendría agradecerle a él y a los que son como él algo que por su propia naturaleza tiende a pasar desapercibido: estar siempre ahí.

Para afirmar que Toni Kroos, Marcelo Vieira, Dani Carvajal, Carlos Casemiro, Karim Benzema, Nacho Fernández o el propio Luka son leyendas no hay que ser una lumbrera, pero se hace urgente ―en un país remiso al agradecimiento― hacerlo por un motivo primordial: ellos no lo dicen de sí mismos. En eso y en todo pertenencen a la estirpe de Álvaro Arbeloa y Xabi Alonso.

El fútbol es un deporte de equipo, pero no todos sus jugadores lo son. Es muy fácil detectar a los que no: protestan cuando son sustituidos, celebran a regañadientes los goles de sus compañeros y convierten sus renovaciones en tragedias griegas. Un jugador de equipo, por ejemplo, jamás anunciaría su marcha en medio de la celebración de un título. Eso simplemente no se hace, y el motivo es tan imposible de explicar a un jugador egoísta como evidente para un jugador solidario. No me malinterpreten: en lo deportivo, lo que Cristiano Ronaldo aportó al Madrí es descomunal. Cristiano tiene una mentalidad competitiva que roza el trastorno y que es necesaria para alcanzar ciertas metas. Pero solo pudo hacerlo desde el equipo, y siempre dio la sensación de estar haciéndolo solo.

Un dato: desde que se fue Cristiano Ronaldo del Madrí, y sin contar los penaltis, Karim Benzema lleva más goles que él. Esto plantea un triángulo interesante. ¿Por qué es no justo contar los penaltis? Porque de forma solidaria, y dado que Ramos no ha fallado ninguno desde hace 3 años, Benzema acepta renunciar al Pichichi por el bien del equipo. ¿Imaginan a CR haciendo lo propio? Yo no tengo tanta imaginación. El debate, por otra parte, pierde interés toda vez que el colectivo arbitral ha decidido no pitar más penaltis a favor del Madrí.

Esto de los jugadores enamorados de sí mismos viene a cuento del peligro que Sergio Ramos comienza a constituir para la imagen del club: Ramos está a media horterada de que recibamos la noticia de su traspaso con alivio. Con «horterada» no me refiero a cuestiones estéticas, que también, sino a la ausencia total de pudor que Rafa Castro señalaba con acierto el otro día. Si Karim decidió recoger el testigo de Cristiano en cuanto a producción ofensiva, Ramos parece haberlo hecho en cuanto a ostentación ególatra. Ese individualismo es incompatible con el deporte de equipo, y conduce a situaciones como el partido de vuelta contra el Ajax, donde un capitán autoexpulsado veía desde el palco como nos eliminaban mientras varias cámaras lo grababan para su alipórico, excesivo y horterísima documental.

Que tampoco se me malinterprete aquí: Ramos es puro espíritu madridista, y debemos a su arreón cervical lisboeta el giro de la historia vikinga reciente. Precisamente por eso se le pide desde aquí más decoro y menos anillo; más equipo y menos documental, porque Ramos es de los nuestros y a los tuyos les hablas sin tapujos. Porque cualquiera diría que el córner de Lisboa también lo sacó él.

Pero hablábamos de los otros, de los que siempre están. Del hermano mayor de la parábola del hijo pródigo. De los amigos que si te ven en peligro se cogen un avión. Porque cuando les decimos a los postadolescentes aquello de que «al final solo te quedan dos o tres amigos» deberíamos aclararles que sí, que son menos los que se quedan, pero que conviene decirles que gracias por quedarse y que es un honor caminar a su lado, y que aunque no se den aires ni se arroguen méritos, nosotros sí se los damos. Porque estuvieron a nuestro lado, incluso, cuando no lo merecimos. Porque practican el arte olvidado de la lealtad.

Antonio Kroos, uno di noi

P. S.: Ayer un jugador del club cuya afición tira cabezas de animales al campo lesionó para lo que resta de temporada a Lucas Vázquez (sin ver ni siquiera tarjeta, claro). Como él es muy de tirar la pierna y esconder la mano, les voy a dar una pista:

¡Cucú!

¿Imaginan que hubiera sido al revés? El aparato político-militar del club mencionado habría saltado furioso a denunciar la agresión a los valores de la República de Narnia. Pero como el agraviado va de blanco, todo en orden.

P. P. S.: El panegírico de Zidane está en el horno, pero se publicará después de una derrota (si es que ocurre), cuando las ratas vuelvan a saltar del barco y la ignorancia exija que se le plante cara. Piensen, de momento, en lo que ocurrió con el último contrato de Zidane como jugador y la que está liando el hermano de René.

P. P. P. S.: Tan lacónico estuvo Modrić el sábado que me recordó a Joey aquí.