Literatura umbilical. El hastío infinito de la literatura postmoderna

No cabe negar ninguna forma de hacer literatura, porque la literatura es un arte y el arte o es libre o no es nada. Pero la literatura postmoderna, o al menos algunos de sus adalides, pretende llevarse por delante una noción que conviene defender con la vida, si es preciso: la literatura es el arte de contar historias.

Los que probablemente fueron los mejores libros del siglo XX terminaron por convertirse en el mayor problema de su literatura. Tanto A la busca del tiempo perdido como el Ulises han sido objeto de lecturas indigestas más allá de toda medida. Que en ambas obras maestras juegue un papel principal la introspección, la autoconciencia y la memoria no comportaba necesariamente que los escritores de los siguientes cien años tuvieran que mortificarnos contándonos lo que veían en su propio ombligo.

Ni la autorreferencia ni el monólogo interior son en Proust y Joyce más que técnicas a través de las cuales se despliega todo un mundo. Todo el mundo, lo que es privilegio de los genios. Un genio no se puede imitar, porque implica una mirada que se tiene o no se tiene, pero su técnica sí es imitable.

El escritor-posterior-a-Joyce no quiere parecer un escritor-anterior-a-Joyce.

Los críticos no pudieron convertirse en escritores, pero lograron que los escritores se convirtieran en críticos. Los escritores comenzaron a preocuparse más por la literatura como teoría que por la literatura como arte y oficio. La literatura postmoderna está llena de metaficción e intertextualidad: esto no es un defecto en sí mismo pero a la fuerza lastra la producción de historias.

Esa deriva llevó a convertir a los más grandes en una cosa distinta de lo que eran. «El Quijote, primera novela moderna» ¿Han leído lo increíblemente moderna que es La novela de Genji, de la escritora japonesa del siglo XI Murasaki Shikibu? El Quijote no es la madre de todas las novelas por ser la primera novela moderna o por ser polifónica. Es una obra maestra porque, en una mezcla de azar y maestría, Cervantes contó la historia que quería contar aunque pensara que no le daría fama (como de hecho pensaba). La palma de la desvirtuación se la lleva(n) Homero. Tan citado(s) por la academia que casi hemos olvidado que lo único que pretendía(n) era contar una aventura tan divertida que la gente pagara por escucharla.

¿Qué sentido tiene juzgar las novelas en función de parámetros técnicos, filológicos o filosóficos? ¿Es que arrancamos la escala de Pritchard del libro de Literatura para sustituirla por otra escala? Hubo una época idílica en que los escritores no querían ser Kant ni Schopenhauer; ese era otro departamento. Los escritores querían contar bien buenas historias.

Cuando un artista comienza a preocuparse más por la corriente a la que adscribirse que por la historia que contar está clavando otro clavo en el ataúd de la literatura. El siglo XX es un increíble ejercicio de pedantería y ombliguismo. Hemos pasado de contar lo insólito a regodearnos en la anécdota más mediocre y disfrazarla de hallazgo existencial.

Hastiado ante una realidad cada vez más compleja que de hecho sería óptima para desplegar sus alas de narrador, el escritor postmoderno decide que es más fácil transcribir el torrente sin filtrar de sus diarios aderezado con sueños y recuerdos fraccionarios. La realidad ya no es un puzle cuyas piezas encajen porque es mucho más interesante la trastienda mental del escritor, que no se molesta en construir historias porque su genio va mucho más allá. A través de sus libros, nosotros podemos aprender a ver gracias a que él vio primero, más alto y más lejos. En Solenoide, la supuesta obra maestra de Mircea Cărtărescu, el protagonista (trasunto del autor), dice plantearse cosas que ni los conductores ni las prostitutas se plantean. La novela postmoderna es increíblemente pedante, pero está exenta de culpa porque cuenta con la coartada infinita de ser dos cosas a la vez, y me explico:

A medio camino entre la filosofía y la narrativa, si se acusa a las tesis enunciadas en la novela postmoderna de carecer de vida, de textura o torbellino, nos abroncará: «¡Yo soy un filósofo, maldito lerdo!» Si le afeamos que sus razonamientos adolecen de falta de rigor filosófico, el escritor postmoderno alzará la ceja y nos espetará: «¡Ay de vosotros, pobres mortales, pues yo soy un artista!». Ser literatura y filosofía a la vez la exime de ser ninguna de las dos cosas. Y repite la jugada con ficción y realidad: los razonamientos brillantes se los apropia el autor, los comportamientos ruines son solo del protagonista. Pretende, convirtiendo a la novela en diario y ficción simultáneamente, huir de las servidumbres de cada género. Pero a mí me parece que funciona al revés: anula la suspensión de la incredulidad al intentar ser real y despoja a la realidad de todo rastro de verdad al resultar ficcional.

En un ejercicio increíble de egotismo y convencimiento de la propia unicidad, el escritor postmoderno no narra: revela. El escritor postmoderno se ha quedado en esa etapa de la vida en la que todo lo que se escribe tiene un valor inmenso porque pertenece al pozo de oro líquido de la propia conciencia. Contar historias es demasiado fácil (en realidad es demasiado laborioso, pero eso se lo callan). Al escritor postmoderno no le hace falta la historia porque nos hace el inmenso regalo de su propia experiencia. Es un poco el mecanismo que funciona para las artes visuales: «esto es muy extraño así que debe de ser profundísimo y revelador». Por si hubiera dudas, el escritor postmoderno es un tipo extremadamente pesimista, único conocedor de la miseria y la nada: los atributos de la persona interesante. Los atributos, en todo caso, de la persona que se hace la interesante. De Emil Cioran, que no adoptó la pose del escritor, ni siquiera la del filósofo, pueden decirse muchas cosas, pero no que no concibiera la vida como un ejercicio superfluo. Y en lugar de convertir su pesimismo en marca de estilo, se presentaba como un tipo encantador que sabía que la ironía siempre vence a la nada. El escritor postmoderno nunca sonríe porque necesita aparentar ser trascendente.

Si se mira uno el ombligo durante el tiempo suficiente, termina por parecerle apasionante

No se está diciendo aquí que no se deba escribir à la postmoderna (Murakami), lo que se está diciendo aquí es 1) que se abusa de ella y 2) que hacerla pasar por el canon literario de nuestro Zeitgeist es un chiste de mal gusto. El postmodernismo contestó al elitismo modernista negando la existencia de la alta cultura, pero me temo que la literatura postmoderna se ha convertido en el último refugio de los pedantes. He ahí la primera contradicción: empezó criticando la alta cultura para terminar siendo cultura inasible de tan alta. La segunda contradicción tiene que ver con su supuesto relativismo: a fuer de resultar autorreferente, la literatura postmoderna termina por volverse sobre sí misma y concentrarse en las cuitas del propio autor, entregando una visión personalísima del mundo donde no caben la polifonía ni la propia noción de los otros.

Una persona que conozco le dijo a otra persona que conozco: «Vuelve a casa, dibuja un ombligo gigantesco en el espejo del baño, y solo cuando te canses de mirarlo estarás preparado para venir a ayudarnos». De forma maravillosa y profundamente sintomática, en la segunda o tercera página de solenoide el protagonista comienza a hablarnos de las cuitas ¡de su propio ombligo! Maravilloso, insisto. El escritor postmoderno nunca se cansa de mirarse el ombligo y además, para más inri, termina por enseñárnoslo a los demás. La literatura postmoderna es a la literatura lo que la cámara de selfie a la fotografía.

Que no se me malinterprete aquí: Cărtărescu escribe como los ángeles, y aun mejor, pero termina por estomagarnos cuando lo tiene todo para avasallarnos, para nutrirnos; para practicar el arte antiguo del embeleso.

Lo mejor es enemigo de lo bueno

Por supuesto que cabe la posibilidad de que yo sea un simple y no entienda nada. Les voy a dar un argumento que respalda esa tesis: hasta hace unos pocos años no entendía cómo demonios podía ser lo mejor enemigo de lo bueno, y, sin embargo, no solo lo es sino que no comprenderlo es uno de los males de nuestro tiempo.

Que la novela sea una historia y no teoría filosófica no es desdoro para aquella, es claridad semántica. Pero al siglo XX, por lo visto, no le valía con eso. Engullidos por el afán de protagonismo generalizado de los artistas contemporáneos (solo en el cine siguen gozando de más fama las obras que los autores), los escritores se llenaron de gravedad y comenzaron a poner cara de tiesos, olvidando que lo grave puede ser más profundo, pero también más pesado. Ya no vale con hacer bien el trabajo de uno, con respetar el oficio. Hay que motivar, filosofar, estremecer y convertirse en líder. Ser mejor que el mejor. Hablar como un anuncio de Coca-Cola de los 80. Abran LinkedIn y sabrán de lo que estoy hablando: un aforismo grandilocuente más y la red cerrará por ataque de diabetes. Es lo que decía Ferenc Copà aquí: hemos perdido la adecuación a la tarea para convertirla en mero espejo (espejismo) de nuestras ansias de grandeza. Damos muchísima vergüenza ajena, vaya. Y nuestro ego, o más bien nuestro complejo, no parece que vaya a desinflarse en un futuro próximo.

Las palabras son mágicas

Pensar en marxismo y capitalismo como contrarios es un lugar común difícil de soslayar y mucho más difícil de contrarrestar (la Guerra Fría y su cine hicieron mucho por consolidarlo), pero solo cuestionando lo que se da por supuesto se puede tomar verdadera perspectiva.

Una de las mejores razones para considerarlos primos hermanos es la sustancia que palpita en el seno de ambos: materialismo contante y sonante. No sé si sonante, pero de que sea contante se encarga una de las salmodias de la modernidad cientificista: no solo todo es reducible a números sino que hacerlo permite explicar, prever y corregir. Por eso hace décadas que disciplinas que nunca serán científicas ni falta que les hace (la educación, la politología o la psicología, entre otras) pugnan por serlo: si no te refugias en la demostración estadística corres el riesgo de decir algo original que atente contra el pensamiento único. Citas y estadísticas están corroyendo el pensamiento y la academia.

Pero hablábamos del materialismo que todo lo contamina. Esa preocupación permanente por los números encuentra su adalid contable en el dinero, noción mucho más esquiva de lo que parece, pero que aspira a resumir por su polivalencia y su contabilidad (posibilidad de ser contado) el conjunto de las actividades humanas. Capitalismo y marxismo coinciden en verte como lo que tienes, con un número sobre la cabeza como los jefes finales de los videojuegos o las cifras de tiempo marcadas en la muñeca de los personajes de In Time.

Una sociedad así termina por hacer famoso a cualquier petimetre que haya acumulado guita. Quien ostente una cifra jugosa se convierte automáticamente en personaje envidiable. Cuéntenle a un adolescente que llegar a ser un youtuber vacuo y millonario no es la meta de toda vida humana y verán qué cara de sorna les propina.

Una de las fantasmagorías que la preeminencia de lo numérico instala en nuestras conciencias es la ubicuidad del juego de suma cero. Una sociedad que lo cuenta todo es necesariamente una sociedad egoísta porque cree que la ganancia propia es pérdida ajena y viceversa. Por eso miramos con suspicacia al orgulloso propietario del Aston Martin de al lado: «Qué se creerá», pensamos, como si fuera culpa suya que nosotros no tengamos uno.

Y, sin embargo, más allá de ciertas necesidades materiales básicas, nada que en la vida sea mollar responde a la lógica aritmética ni es un juego de suma cero. Nada sustantivo está sujeto a escasez ni es fungible.

Las palabras tienen la capacidad de hacer que exista lo que no existía, de traer la paz o la guerra, la desgracia o la felicidad. Pueden hacer que un corazón rebose.

Väinämöinen es un personaje central de la mitología finlandesa. Su voz es grave y profunda: su canto poderoso da forma y ordena la naturaleza. Ni el sol se le resiste:

El justo y viejo Väinämöinen
 abrió la boca para hablar,
dijo las siguientes palabras:
[...]
«A partir del presente día
álzate todas las mañanas;
danos a todos la salud, 
trae la caza a nuestro alcance,
la presa cerca de la mano, 
atrae al pez a nuestro anzuelo».
Väinämöinen luchando contra Louhi según el pintor finlandés Akseli Gallen-Kallela.
¿Les recuerda a alguien?

En La Música de los Ainur nos cuenta Tolkien el origen de Todo. Ilúvatar, el Único, crea a los Ainur, los Sagrados, y les ordena cantar una Gran Música:

Entonces las voces de los Ainur [...] empezaron a convertir el tema de Ilúvatar en una gran música; [...] y al fin la música y el eco de la música desbordaron volcándose en el Vacío, y ya no hubo vacío. 

«Y ya no hubo vacío». En el libro de todos los libros se nos cuenta:

Y dijo Dios: 
Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche.

Dios no piensa el mundo. Dios dice el mundo, y después pone nombre a las cosas creadas. Tener un nombre es condición para existir. Según el Corán:

Él enseñó a Adán el nombre de todas las cosas. Entonces se las mostró a los ángeles y les dijo: Decidme los nombres de estas cosas si sois verdaderos.

Y los ángeles no supieron los nombres, pero Adán sí, y por eso Dios hace a los ángeles arrodillarse ante Adán.

Todo lo anterior no prueba que las palabras sean mágicas, solo lo anuncia. La prueba viene ahora; coja un papel, o un teléfono, y marque el número de esa persona. De su madre, o de su padre, o de sus abuelos si es usted un tipo con suerte. De ese ser al que últimamente le brillan los ojos más de lo habitual. Dígale aquello que nunca viene a cuento decir: «Estaré contigo contra viento y marea», o «Te echo de menos», o tan solo «Aquí estoy». «No tengas miedo».

Luego me dicen si las palabras son mágicas o no, si son capaces de hacer que haya donde no había. Si siguen las leyes de lo material. Si merece la pena decirlas.

Dice Borges (un demiurgo en sí mismo) que «pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una de las buenas costumbres que nos quedan». Conan Doyle es una de las personas que más felicidad ha proporcionado al resto de los mortales. Lo hizo con una receta antigua: poniendo una palabra detrás de otra.

Dijo Lavoisier que la materia no se crea ni se destruye. Puede que la materia no, pero la materia de la que están hechos los sueños sí. Esa es nuestra trascendencia, y por eso la ciencia y la política siempre terminan por quedarse cortitas, atónitas, colapsadas.

P. S.: Abracadabra aparece por primera vez en un poema de Quintus Serenus Sammonicus; más allá su origen es desconocido. La teoría que más nos gusta es que proviene del hebreo y significa voy creando según hablo.

Te estamos vigilando

El pasado mes de febrero, Gina Carano, la actriz que encarnada a Cara Dune en El mandaloriano, escribió lo siguiente:

«… los judíos fueron golpeados en las calles, no por soldados nazis sino por sus vecinos… incluso por niños. Debido a que la historia se edita, la mayoría de la gente hoy en día no se da cuenta de que para llegar al punto en que los soldados nazis pudieran arrestar fácilmente a miles de judíos, el gobierno primero hizo que sus propios vecinos los odiaran simplemente por ser judíos.

¿En qué se diferencia eso de odiar a alguien por sus opiniones políticas?».

A mí el argumento me parece impecable. Pero síganme y verán que en USA hay opiniones políticas que sí está bien visto perseguir.

Lo que ocurrió después quizá ya lo sepan: se activó la cultura de la cancelación, muchos (¿…?) tuiteros enfadadísimos pidieron su despido y Lucasfilm la despidió.

Posteriormente, para ahorrar espacio, las declaraciones de Carano se resumieron en «ser republicano equivale a haber sido judío durante el Holocausto». El resumen tiene el desliz de incluir la palabra republicano, cosa que Carano, hasta donde yo sé, no había hecho. Pero ¡ay!, la actriz es efectivamente republicana, y es muy probable que se refiriera a los republicanos. El caso es que no lo dijo.

Aventúrense ahora conmigo por los procelosos mares de la hipótesis. Cojan las declaraciones literales (las de arriba) e imaginen que las hubiera dicho un actor demócrata. ¿Piensan que lo habrían despedido? Ustedes y yo sabemos que no. Entonces, ¿se la despidió por ser republicana? Probablemente. ¿Es esto una forma de persecución por ideas políticas? Sí. ¿Tenía razón Carano, incluso en su versión arteramente resumida? Lamentablemente.

¿Le importan algo a Lucasfilm la política, los derechos humanos, la libertad de expresión o la situación de los refugiados? ¿Han leído a Montesquieu, Rousseau, Madison o Chateaubriand? Nein. Su único anhelo es no defraudar a los tuiteros enfadados, porque los tuiteros enfadados son adolescentes con móvil (esto es, zombis), y los adolescentes con móvil ven Disney+. Ahí empiezan y terminan las cuitas políticas de Lucasfilm: en la viruta.

El párrafo anterior es importante: ahora sopla viento del este y la vigilancia la ejerce la izquierda, pero hace 70 años el viento soplaba del oeste y el cine hizo la limpia en sentido contrario. El caso es limpiar, ir de inmaculado y puro, y organizar las cacerías a favor de mayorías. En Estados Unidos ser bruja en Salem, ser comunista en los 50 y ser republicano en la industria del cine actual comparten el mismo drama: el de estar en minoría.

Y no solo eso: el móvil siempre es el mismo. El objetivo final es que el consumidor (ya sea el espectador o el votante) no se enfade. El capitalismo siempre gana porque su mano está allí al fondo, escondida, disfrazada de corrección política hasta que toque disfrazarse de otra cosa.

Sobre los hombros de gigantes

Nos cuenta Juan de Salisbury en su Metalogicon (1159): «Solía decir Bernardo de Chartres que somos como enanos a hombros de gigantes, y que así somos capaces de ver más y más lejos que estos, no por la agudeza de nuestra mirada o la estatura de nuestro cuerpo, sino por la magnitud de los gigantes».

Con gigantes Bernardo de Chartres se refería a los autores clásicos, pero la analogía hizo fortuna en los siglos siguientes por su claridad y por ser aplicable no solo a los intelectuales o académicos sino a toda la sociedad: avanzamos más rápido porque el saber es acumulativo y cada generación no necesita comenzar desde cero.

La idea es pertinente en una época tan dada al resentimiento presentista, que aprovecha la primera de cambio para organizar una pataleta en torno a la tesis de que todo se ha hecho mal hasta ahora, pero yo con mis ideas simplistas y pueriles lo voy a arreglar con un par de tuits y retirando una estatua.

A Bernardo de Chartres lo citaron desde el poeta metafísico del XVII John Donne (imprescindible Wit, de 2001, con Emma Thompson iluminada) hasta Isaac Newton, a quien se suele atribuir la cita por la trascendencia de este y la revolución que propiciaron sus Principia.

Bernardo de Chartres practicando un arte ahora perdido

Pero, como todo lo que se da por sentado, conviene revisar y delimitar la aplicabilidad de la tesis del canciller de la catedral de Chartres. Física y ciencias de base empírica (es decir, ciencias reales en contraposición con las ciencias sociales o ciencias-que-no-son-ciencias): bien, el asunto funciona. Matemáticas y disciplinas lingüísticas de base lógica: perfectamente. Vida en general y cuestiones humanas: meh. A priori sí, y ese es el problema: parece lógico pensar que leer mucho sobre cuestiones humanas pueda suplantar la sabiduría que da la experiencia. Ayuda, claro, y prepara el terreno de juego para asimilar mejor lo que ocurre, pero, en términos generales, en cuanto a la vida cada generación sí empieza desde cero. Debido quizá al grado de dureza de nuestra mollera o a la contundencia con que la vida enseña las cosas (comparable a la de un martillo neumático o la bomba H), el conocimiento sobre las cuestiones que nos atañen en cuanto seres humanos, es decir, sobre el meollo, hay que ganárselo a base de castañas.

Esto es importante en varios sentidos:

En primer lugar, implica que por mucho que nos empeñemos en pensar lo contrario, quien tiene más años siempre sabe más. En igualdad de condiciones, los ancianos son mejores, sin matices ni cortapisas. Son los mejores porque son los más sabios.

En segundo lugar, significa que el mantra de que el progreso es lineal es una patraña. Respecto a lo que de verdad importa, un anciano de la época de Pericles sabe más que cualquier joven con ínfulas nacido o por nacer. Ese aprendizaje es cíclico: termina con cada muerte y comienza con cada nacimiento. Por ello cada anciano es un doble tesoro; en razón de su sabiduría y de la cercanía de su partida. Callan mucho porque saben mucho, y porque saben mucho están menos seguros de todo, excepto de sus principios.

Que elijamos perder el tiempo frente a pantallas hipnóticas de luces y colores mientras los mejores se llevan sus mejores historias explica bastante bien lo que somos. He aquí otro argumento contra el progreso lineal: quizá deberíamos dejar de mirar por encima del hombro a culturas que al llegar la noche se congregaban en torno a sus mayores para escuchar historias antiguas. Compárenlo con nuestras veladas y verán qué sonrojo.

En tercer lugar, evidencia que conviene no subestimar las tradiciones aunque no las entendamos: si es cierto que la tradición permite que los muertos opinen, entonces quizá ellos nos ayuden a engañar a nuestra propia estupidez.

Por último, y quizá más importante, que las ciencias duras (es decir, las ciencias) sean más acumulativas que las humanidades sugiere que las cuestiones relacionadas con las ciencias son más simples que las cuestiones relacionadas con lo humano. Soportan bien el enfoque analítico porque tienen menos variables y son más fáciles de medir, lo que ayuda a establecer relaciones causales. Quizá los pesos y medidas sean útiles para estudiar el espíritu en un par de milenios, si es que para entonces tenemos máquinas y profesionales capaces de manejarse con trillones de variables (lo que es poco probable) que además están sujetas al libre albedrío (por lo que es extremadamente poco probable).

Sin entrar a desmontar el mito de que las ciencias sociales son ciencias, tarea que empieza a ser urgente pero que no cabe en esta entrada, sí conviene avisar a navegantes de que, para cualquier aspecto relacionado con el meollo, tanto la abuela como Dostoyevski saben infinitamente más que ese batallón de neuropsicólogos, sociólogos, politólogos y otros –ólogos que te preparan sin despeinarse una regresión logística pero que terminan por saber muy poquito sobre qué cosa sea la persona.

Menos es todo

Habiendo dado cuenta de una buena parte de las ciudades-Estado griegas, Filipo II de Macedonia se dirigió a los atenienses amenazante:

―Se os aconseja rendiros con presteza, pues si llega mi ejército a vuestra tierra, destruiré vuestras granjas, mataré a vuestra gente y arrasaré vuestra ciudad.

A lo que los líderes espartanos respondieron:

―Si.

Es difícil decir más, pero imposible hacerlo con menos. Este y otros ingeniosos desaires propinados por los éforos de Esparta, capital de Laconia, son los responsables de que utilicemos la palabra lacónico para referirnos a lo que es agudo a través de la economía de medios, es decir, la crème de la crème.

Plutarco nos cuenta la anécdota: como ven en la imagen, no podía parar de reír al recordarla

Más allá de traer la cita porque vale un potosí, sirve para llamar la atención sobre todo aquello que estamos perdiendo por prisa y dejadez: nada más y nada menos que la exactitud. Traducida al español, la respuesta espartana cobra una dimensión nueva por el equívoco entre la conjunción condicional y el adverbio afirmativo. Solo confiando en que la palabra esté correctamente escrita (esto es, sin tilde) se puede degustar en todo su esplendor la capacidad de síntesis espartana y lo que conlleva: el audaz desplante a un tipo que ya había sometido, sin despeinarse demasiado, a gran parte de la Grecia continental. Fuera por la solidez del reto o la chulería innata de los espartanos, el caso es que ni Filipo ni su hijo, un tal Alejandro, se molestaron en molestarlos. Todo ese mundo de connotaciones, insisto, se pierde si no se transcribe con exactitud.

Aunque la correspondencia entre el lenguaje y la realidad (defendida por el isomorfismo del primer Wittgenstein) sea problemática, lo cierto es que hasta ahora no hemos encontrado ningún medio no lingüístico para, por ejemplo, hacer filosofía o presentar los descubrimientos científicos. Excesos estructuralistas aparte, el lenguaje es en efecto un sistema estructurado y cualquier pensamiento se apoya en él.

¿Le encargarían su casa a un arquitecto que tuviera serios problemas para distinguir entre una puerta y una ventana? Entonces ¿por qué seguir leyendo a quien sitúa una coma entre sujeto y predicado? ¿Cómo va a no perderse en lo complejo quien se trabuca en lo sencillo? ¿Cómo va a construir una catedral gótica quien no conoce la piedra?

Escribir sin rectitud no es ser poco detallista. Es garantizar a los demás que se piensa sin orden ni concierto, que se desconocen las reglas de la lógica, que se dispara a voleo.

Si alguien no tiene tiempo suficiente para la pulcritud, no tengan el tiempo necesario para su lectura. Cuidarán su vista, su estómago y sus dendritas, y dispondrán de más tiempo para leer a Borges.

Cautivo y en el mercado de esclavos, a un niño espartano le preguntaron:

―Si te compro, ¿serás bueno y útil?

A lo que el niño, fiel al estilo patrio, contestó:

―Y si no me compras.

El arte de reparar agravios

Hace unos años el arquitecto Santiago de Molina llamaba nuestra atención sobre el kintsugi, el arte de reparar objetos de cerámica pegándolos con resina y cubriendo esta con un acabado tan precioso que el valor del objeto roto aumente en lugar de disminuir. Santiago, que además de profesor es maestro, demuestra que el conocimiento técnico nunca se escindió en realidad de lo humano ni lo humanístico, motivo más que suficiente para que visiten su blog.

Escultura de un kimono reparada por la artista estadounidense Karen LaMonte

El kintsugi está relacionado con la aceptación del paso del tiempo, el cambio y la imperfección, conceptos que las cicatrices resumen perfectamente. A los occidentales con prisa nos gusta porque es exótico y el resultado es estético. Y ya.

Siempre se nos ha dicho que durante una discusión es necesario ser extremadamente cuidadoso con las palabras que se arrojan como dardos, pues si se dirigen hacia zonas sensibles o el veneno es demasiado potente, lo más probable es que causemos daños irreparables. La amistad (ya no hay metáforas como las de antes) es como la porcelana: si se rompe ya no es posible recomponerla por mucho que uno se afane en disimular.

Esa sutura luminosa que propone el kintsugi quizá nos diga algo sobre los cambios sustanciales. Esa iluminación (que en el kintsugi queda encarnada por el valor de los metales preciosos) es necesaria para la crisis del cambio de estado. Está, por ejemplo, en la monumentalidad de los cementerios en cualquier religión o cultura. No es buen negocio subestimar la liturgia, que ha de ser costosa aunque sea en tiempo o devoción. También está en la capacidad de perdonar y el trabajo de la penitencia. El valor de la penitencia no es tanto pagar el pato sino iluminar; la comunión entre ofensor y ofendido. El verdadero sentido del esfuerzo es la comprensión profunda de lo que se persigue. Perdón es una palabra peliaguda porque rebasa nuestras capacidades: el perdón es un don y por tanto implica gratuidad, pero la soldadura de nuestros rompimientos sí exige recorrer un camino trabajoso. Si hay oro en nosotros son el tiempo y la voluntad.

Cuando Roland Joffé y Robert de Niro decidieron hacernos añicos el alma (quizá para repararla después con oro) en ese milagro cinematográfico que es La misión, lo hicieron a conciencia y durante la mayor parte de la película. Pero hay una escena que interesa aquí: habiendo pecado más allá de la comprensión humana y en busca de redención, Rodrigo Mendoza (De Niro) acarrea durante días un atadijo con su armadura por laderas tan escarpadas que habrían espantado al mismo Sísifo. Una vez arriba, en la reducción jesuita, uno de los guaraníes de la tribu que Mendoza había esquilmado para proveerse de esclavos se acerca armado con un cuchillo y, en lugar de rebanarle el pescuezo como era de esperar, le libera de sus ataduras en lo que es la materialización más potente de la superioridad moral, la compasión y el perdón que pueda contemplarse en una pantalla.

Robert De Niro como Rodrigo Mendoza. Qué jóvenes éramos todos…

Aunque demuestre arrepentimiento, al guaraní la tarea a la que se obliga Mendoza no le va a devolver a sus hermanos ni le exhorta a ser piadoso. No es esa su razón de ser: la tarea espantable que se impone el ex traficante de esclavos supone para Mendoza el umbral de una revelación, una catarsis, un renacimiento. Porque lo que Mendoza termina por comprender es que la dificultad no radica en conseguir que lo perdonen: lo que requiere un valor casi sobrehumano es perdonarse a sí mismo, y ese es el tremendo regalo que le hace el indígena a fuer de generoso.

Todo lo que encierra La misión nos aleja del meollo. ¿Qué tienen en común las cicatrices iluminadas del kintsugi y las calamidades autoinfligidas de Mendoza? Que no conviene pasar por encima de las cosas como si no hubieran ocurrido. No sale bien. La consciencia es mejor que el disimulo. Los problemas no se solucionan con sonrisas o palmaditas, y si no tienen solución de nada sirve silbar. No te pongas pelo. No te operes. No sonrías al enemigo. Joey hizo bien al meter a Chandler en una caja, solo faltaba. La vida es una serie de tropiezos dorados. Ama lo que ocurra, no lo ignores: amar es lo contrario de ignorar.

El País nos explica que Nolan es facha: la crítica cierra el puño

El periódico que hace unos años publicó los exabruptos de un DJ intentando hacer pupa a Moby Dick (como si yo me empeño en alterar la órbita de Saturno) nos regaló el pasado 7 de septiembre un artículo titulado «¿Una obra maestra o una «castaña de derechas»? Lo que el éxito de Tenet nos dice sobre el momento actual».

Por si el título no lo dice todo, añadiré que, citando a su vez a otros, el autor convierte a Nolan en deudor de ¡Margaret Thatcher! y establece una relación poco menos que esquizofrénica entre la ausencia de iconografía nazi en Dunkerque y una defensa del Brexit (¿…?). El razonamiento es tan impecable que dan ganas de utilizarlo; Ridley Scott nos oculta al alien durante buena parte de la película como homenaje a Ronald Reagan. O así.

Si no leen El País quizá no lo sepan, pero ocultar al malo es nacionalista y de derechas. Si veían El inspector Gadget probablemente sean Vds. fachos

Puede que vivir ajenos a la política sea poco inteligente, pero juzgarlo todo bajo parámetros ideológicos es de patanes.

Si soporta con estoicismo la infinita pereza que da la crítica ideologizada (ya no provoca ni asco, solo pereza), es que efectivamente el papel lo aguanta todo. Porque si la ideología es la puerta de entrada a la estupidez más zombi, cuidadito con la crítica que nos viene, y lo digo por lo siguiente:

Un amigo me llamó la atención sobre El faro, película que cogí con ganas gracias a la anterior obra de Robert Eggers, La bruja, sencilla y certera vuelta de tuerca a las raíces del folklore rodada con un pérfido sentido de la belleza. Pues bien, lo que era bueno en La bruja intenta ser mejor en El faro, y se produce el descalabro. Si en La bruja había una economía de medios y de mensajes que llegaba a su culmen con la referencia a Caperucita y el contenido pero poderoso final, en El faro los Eggers (el hermano Max es coguionista con el propio Robert) intentan meterlo todo. Todo, como si El faro fuera un aleph de referencias para críticos incautos: Ahab, Prometeo, el terror marino de William H. Hodgson, el expresionisto alemán, la retórica carcelaria erótico-festiva, Los Pájaros, Shutter Island, El terror, El viy, el Doppelgänger y por supuesto, como no podía ser menos, el ubicuo, somnífero y desatalentado H. P. Lovecraft.

Otro día les contaré cómo ataqué las obras completas de Lovecraft engañado por su fama de reformulador de la literatura de terror. Terror cósmico, lo llaman, pero quieren decir error cósmico. Valdemar tiene publicada una antología de su cogollito, que diría Proust, (Maestros del horror de Arkham House) y solo se salva Ray Bradbury, claro, que juega en otra liga. No tengo nada en contra de Lovecraft, salvo la terrible decepción de haberlo leído. No es que no dé miedo, eso da igual, tampoco lo dan El monje ni El golem ni Otra vuelta de tuerca ni El Rey de Amarillo y son obras maestras. Es cierto que hay infinidad de obras basadas en los pulpos gigantes lovecraftianos, pero lo terrible es que muchas de ellas son mejores que el original.

Pues bien, decepcionado por el batiburrillo farístico pero temiéndome lo peor precisamente por esa multirreferencia cazagafapasta, la presencia de dos actores semimalditos y una ratio de pantalla de 1,19:1 (no podía ser otra), me interné en el proceloso piélago de la crítica. Bingo. «Obra maestra» era lo menos laudatorio que pude encontrar en el unánime panegírico de los sesudos censores patrios y de ultramar. Eggers los atrae con el neón de las referencias y ellos se achicharran como polillas insensatas. ¿Pero es el oropel de las referencias y la oportunidad de ir de listos lo único que atrae al grueso de la crítica hacia Eggers? Observen la siguiente imagen:

Machismou del hombre sobre la gaviota

Ahora, si son tan amables, lean el segundo fragmento de crítica: «Una comedia negra demente de claustrofobia y machismo». Solo hay dos personajes, ambos masculinos, pero por lo visto la película va sobre el machismo. Confuso, entro en la web del crítico de marras a ver si hay más datos; los hay. «Machismo competitivo», dice el firmante.

Tres cositas:

En primer lugar, quien piense que la competitividad es cosa de hombres es que no ha conocido mujer alguna. Los hombres parecemos competitivos porque a las primeras de cambio sacamos las plumas y ponemos cara de enfadados, pero la competitividad femenil es mucho más sutil y a la vez apabullante. Las mujeres no conciben la posibilidad de perder. Las mujeres no ganan: son la victoria.

En segundo lugar, en el caso de que, dando por falso lo anterior, la competitividad fuera cosa de hombres, ¿por qué se la relaciona con el machismo?, ¿es machista todo lo masculino? Quiero pensar que eso no es feminismo sino hembrismo, pero cada vez lo veo menos claro.

En tercer lugar, observen el término inglés para machismo: machismo. En efecto, lo han vuelto a hacer. Después de su éxito gripe española (la gripe no apareció aquí, sino en Kansas, pero España era un país neutral en 1918 e informó libremente sobre la pandemia), los anglosajones se quitan de en medio españolizando el machismo. ¿Un término que denota xenofobia en un medio de centro izquierda? Sorpresón: los votantes de Trump no son los únicos xenófobos en la tierra del libre y el hogar del valiente. Pero no se preocupen, seguro que alguna de las 5 sedes del Instituto Cervantes en EE. UU. protesta airadamente contra el uso de los términos gripe española y/o machismo. Menudos somos a la hora de defender lo nuestro.

Perdonen este paréntesis triple, pero es útil para entender el éxito de Eggers en los medios: buceando en ellos he concluido que La bruja era un alegato por el empoderamiento (perdón) de la mujer y El faro una denuncia del machismo. Si bailar con un macho cabrío no empodera (perdón) es que yo ya no sé.

Decía la crítica de Tenet que abre esta entrada que el cine de Nolan le va diciendo al espectador lo listo que es a medida que la película avanza. Lo dice un artículo que a la primera de cambio, con o sin excusa, te cita a Alain Resnais (Hiroshima mon Amour) o a Apichatpong Weerasethakul (este no sé quién es pero tiene cara de simpático). No cuela: si defienden a Eggers y critican a Nolan es porque creen que uno dirige según los parámetros de la corrección política y el otro está preparando la vuelta del NSDAP, cosas ambas improbables: Nolan lo ha negado y Eggers ya ha dicho que dirige sin agenda política, aunque luego comente sus películas bajo la perspectiva que más le beneficie en taquilla (y hace muy bien).

La ideología lo inunda todo. La hueca (pero aparentemente incuestionable) ideología de tintes neomarxistas que nos está diciendo cómo hablar, cuándo arrodillarnos, dónde está el límite de lo verbalizable y a quiénes odiar lo inunda todo, pero especialmente el arte. Los ideólogos predominantes conocen el poder del arte sobre el comportamiento humano, y hace años que han puesto sus ojos (inquisidores, no inquisitivos) sobre los escritores y directores que no se declaran rendidos ante la corrección política, el pensamiento único y la doble moral. La muerte de Harold Bloom, partidario de una crítica exenta de consideraciones exógenas al propio arte, no podía haber ocurrido en peor momento. O quizá el asunto haya estado siempre entre nosotros. Vean:

«No existen libros morales o inmorales.

Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo.

[…]

El artista no tiene preferencias morales. Una preferencia moral en un artista es un imperdonable amaneramiento de estilo».

Efectivamente, se trata del prefacio a El Retrato de Dorian Gray que Oscar Wilde incluyó en sucesivas ediciones ante las críticas negativas de la primera. ¿Quiénes eran los críticos que habían reaccionado enfurecidos ante la delicada, perversa y magistral novela de Wilde? ¿Activistas de izquierda a la manera actual? No, más bien conservadores bienpensantes hipócritas y pequeñoburgueses que se rasgaban las vestiduras ante una obra «afeminada, homoerótica y nauseabunda».

Como ven, la crítica victoriana era de sentido opuesto a la Stasi actual, pero sus llamadas a la censura, su miopía y el peligro que encarnan para la creación libre son exactamente iguales.

Una buena película o un buen libro representan y explican toda la vida, y en esa capacidad inaprensible radica su naturaleza milagrosa y trascendente. Una obra adicta al régimen de turno, una obra de tesis que quiera convencernos de la pertinencia del programa ideológico dominante, además de cobarde será necesariamente parcial, incompleta y carente.

La crítica que nos aflige prefiere el segundo grupo, claro, porque la libertad de pensamiento y la verdad que informan el arte han dado siempre muchísimo miedo a los imbéciles.

El gran azul

Dos profundistas, Jacques Mayol (Jean-Marc Barr) y Enzo Molinari (Jean Reno) compiten por la plusmarca de descenso en apnea. Mientras, Mayol conoce a Johana Baker (Rosanna Arquette). ¿Deberían verla? A mí qué me cuentan. Pero mi opinión es esta.

Reno y Barr en los papeles de sus vidas

Por qué no ver El gran azul

  1. Porque es la típica película que nos gusta a los gilipollas: larga (hay que ver la versión extendida de casi tres horas, y además en versión original, porque no está doblada en su totalidad), esteticista y francesa. En realidad es ítalo-yanqui-francesa. En Francia, de hecho, es de culto; ya se sabe que a los franceses les gusta la pose más que a mí. La película es lenta, o introspectiva, que es lo que dirás si te gusta, y la banda sonora de Éric Serra le va como anillo al dedo pero no ayuda a moverla.
  2. Porque es tan certera que incomoda. Lo digo en serio, no como cuando los famosos dicen «¿Mi principal defecto? La sinceridad». No. Realmente incomoda. Sobre todo a todos los que hayan tenido alguna vez la tentación de seguir al delfín. Para esos, la película es como estar encerrado en una habitación sin puertas (hasta el final, donde Besson pone la puerta).
  3. Porque uno de los supuestos retratados no quería que la viéramos. Parece que Enzo Maiorca cambió de opinión tras el suicidio en 2001 del otro retratado, Jacques Mayol, pero hasta entonces estuvo muy enfadado con la imagen que su trasunto (Enzo Molinari) da de él. Esto es muy extraño por dos motivos: en primer lugar, la peli se basa lejanísimamente en ellos: de hecho Maiorca y Mayol no coincidieron en su infancia y para más inri italiano no se llama como él. En segundo lugar, Reno hace el papel más redondo de su carrera (sí, más que Léon) y, a pesar de que el propio Maiorca fuera legendario, no se puede uno enfadar nunca con Reno. Si este párrafo ha quedado críptico, no les ayudará que les diga que Mayol participó en el guion de la película.
Reno y Castellitto, imbatibles. El primero se pasaría toda la vida intentando ser Enzo

Por qué ver El gran azul

  1. Porque te crees que pasaste tu infancia en una isla griega. Da igual que de pequeño te bañaras con un balde y que lo más marino que hubieras catado fuera una postal de Gandía: las imágenes en blanco y negro son las de tu infancia, y a partir de ahí ya estás jodido.
  2. Por Rosanna Arquette: no solo por ella, que es puro ochenterismo, sino por Johana Baker. Primero, porque impide que la ratio de personajes estrambóticos supere lo admisible; segundo, como consecuencia directa de lo anterior, porque ancla la película a la realidad; tercero, porque cuando se le pide lo inasumible ella termina por comprender y se convierte en cómplice del estremecimiento mayúsculo. Perdonen la pedantería pero estoy intentando no destripársela.
  3. Porque es tan certera que incomoda. Ahora sí lo escribo como elogio. De algunas cosas solo puede hablar el arte y no hay mejor manera de hacerlo que à la Besson. La película es pura metafísica, pero Arquette, Reno y Castellitto (el ayudante de aquel) impiden que uno tenga la sensación de «a ver qué no entiendo de la siguiente escena» de las películas de Terrence Malick. Está bien lo de plantear preguntas, pero a veces las películas deberían explicar cosas. Por ejemplo, cómo funciona la mente de un chalado y por qué no puede funcionar de otra forma.
  4. Porque la película hace algo que es tremendamente difícil: ser filosófico-existencial-contundente y a la vez mítica. Ahí hay un responsable máximo: Reno comiendo pasta, Reno con un neopreno de la bandera italiana, Reno buceando en una piscina borracho, Reno tocando el piano, el niño que se parece a Reno comportándose como si fuera Reno… Un franco-marroquí de ascendencia española (se llama Juan Moreno y Herrera-Jiménez, no les digo más) interpretando a un italiano con ínfulas es lo mejor que le podía pasar a esta película. Hay que agradecerle a Besson que se dejara de fidelidad a los hechos y se dedicara a hacer una obra maestra.
  5. Porque no le gusta a los críticos (ni a los yanquis). Digo esto sin tener la menor base, solo la sospecha. Los críticos cinematográficos son esas personas incapaces de sentir ya cualquier emoción ante una película. Piensan en términos de ángulos de cámara y utilizan palabras como narrativa, sensibilidad y onírico sin el menor recato. En cuanto a los estadounidenses, cambiaron el final y la música de Serra para estrenarla allí. No tenían ni esperanzas.
Bonus track: Jacques Mayol y Enzo Maiorca. No, no tiene filtro. Las fotos antes molaban directamente

Vale, sí, me rindo. Véanla. Y si no les gusta, mejor: así podremos polemizar ante bebidas de cierta graduación.

Cómo entrenar a tu dragón 3. La Play

El otro día pude escuchar a una madre desesperada: «¡Todo el día enganchado a la máquina!». No creo que se refiriera al móvil (esa es una adicción con muy buena prensa) así que veo probable que «máquina» quisiera decir Play o algún derivado.

Vaya por delante: los videojuegos son en su mayoría tan endiabladamente divertidos que constituyen un peligro para el tiempo de los adolescentes. Los videojuegos tienen la capacidad de hacer que el tiempo vuele, como el ganchillo o la petanca. No, seamos justos: como el móvil o las apuestas. El componente adictivo de los videojuegos es muy alto. Siendo así, las discusiones entre progenitores y progenie tienen pinta de ser frecuentes y terminan en el mejor de los casos con una negociación y en el peor con un martillazo.

Sigamos con las malas noticias: se calcula que el 60 % de jugadores de Grand Theft Auto V, un juego que a la violencia une la zafiedad y el sexismo, son menores de edad. Ante esto tenemos dos opciones:

Opción A. Hacer como hasta ahora

Es decir, meter a todos los videojuegos en el mismo saco (cosa que por algún motivo no hacemos con las películas ni los libros, pero sí con los juegos) y detestarlos en bloque. Esta ha sido siempre una táctica bastante utilizada ante lo que no se comprende: hacer como si no existiera. Lo que no se me alcanza de esa política es por qué permitirles jugar entonces… quizá para evitar conflictos. Los videojuegos son esencialmente perniciosos pero les compramos la Play porque sus amigos la tienen y cualquiera los aguanta si no. No solo les permitimos hacer algo que consideramos nocivo sino que además nos desentendemos.

¿Las consecuencias de esto? Que niños de 12 años jueguen a GTA. Que millones de niños de 12 años jueguen a GTA. No exagero: el jueguito ha vendido más de 120 millones de copias. Hace unas semanas la tienda de Epic lo regaló y la página colapsó a causa de la demanda.

Opción B. Aprovechar la oportunidad

¿Tiene esto solución? Claro: discriminar. Los libros no tienen código PEGI (clasificación por edades) y nadie en su sano juicio le regalaría a su hijo púber American Psycho o la biografía de Charles Manson. GTA V tiene una etiqueta en rojo en su portada con un enorme 18, pero nadie parece verla.

Veamos el asunto desde una perspectiva más amplia: una de las alternativas que se le proponen al gamer impenitente es la de leer. Otro paréntesis que despeje mi postura: leer es más enriquecedor, gratificante, significativo y cool que los videojuegos de aquí a Nueva Caledonia. Pero es que leer es más enriquecedor, gratificante, significativo y cool que el 98 % de todo lo que hacemos. Los libros son mejores que las personas los políticos.

El quid de la cuestión es, entonces, que jueguen menos y lean más. ¿Cómo?

Nuestra insistencia en la lectura es tal que, yo que ellos, sospecharía. De hecho, que insistamos tanto en la lectura es insultante para la propia lectura. Hemos hecho lo mismo que con la educación: conseguir que lo vean como algo muy pesado que deben hacer para conseguir aptitudes útiles. Si juntan los mensajes que les envíamos entre profesorado, padres y Administración (tres agentes, por cierto, de los que no suelen dimanar grandes cantidades de diversión), nuestras pequeñas bestezuelas entienden algo parecido a esto: «aunque leer sea un coñazo, deberías hacerlo para conseguir una serie de beneficios algo indefinidos que llegan al cabo de años».

Le damos demasiada importancia al medio, que es quizá lo de menos. El carácter sacro de la literatura no viene dado por que esté impresa en negro sobre blanco (aunque esto suponga a su vez una liturgia) sino por la importancia que ha tenido siempre en nuestra cultura una buena historia. La pulsión de enhebrar una buena historia está en el origen de cualquier sociedad o, mejor, brinda los elementos necesarios para que un grupo se transforme en sociedad. ¿Qué queda de Occidente (si es que queda algo a estas alturas) sin el viaje del héroe (de todas esas historias en que reverbera el periplo de Odiseo, pero también de Gilgamesh), sin el Génesis, sin El cantar de Roldán, sin el ciclo artúrico, sin Bovary (aunque la buena es Bouvard y Pécuchet, recuerden), sin la ida de olla de Alonso, sin Raskólnikov, sin los dos Zaratustras, sin el anillo único y sin lo mal que envejece Anakin Skywalker?

Estas son las razones del carácter sacro de la literatura, pero también, y entender esto es la clave de todo, las razones de su atractivo animal. Todas las historias antedichas triunfaron porque a la gente le divertían, no porque las estudiaran filólogos con antiparras. Este atractivo queda descrito perfectamente en la carta de amor que los creadores de Sherlock (Steven Moffat y Mark Gatiss; es maravilloso y muy meta que Mycroft sea guionista de la serie) les escriben a Holmes y Watson al final de la serie por boca de Mary: algo así como «cuando la vida se pone cabrona, es un alivio imprescindible poder confiar en que hay dos hombres buenos intentando arreglar el mundo desde su guarida de Baker Street». Borges lo dijo de otra forma: «Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una / de las buenas constumbres que nos quedan. La muerte / y la siesta son otras. También es nuestra suerte / convalecer en un jardín o mirar la luna».

Las buenas historias son refugio, consuelo y bendición. Solo un alma gélida resiste la tentación de conocer cómo termina una buena historia.

Y resulta que los videojuegos son un puente maravilloso entre lo estrictamente lúdico y la insondable maravilla que es la literatura. Estamos dejando pasar una oportunidad.

Los referentes visuales de varias generaciones a la hora de evocar épocas pasadas no provienen de los museos sino del cine. En esa parte de mi cerebro de la que no hablo con mis amigotes, Napoleón siempre tuvo un extraño parecido con Marlon Brando (Desirée, 1954), y Cleopatra con Liz Taylor (Cleopatra, 1963). Lo mismo ocurre con batallas, costumbres y vestidos. Pues bien, la imagen que la generación Z tiene de Cleopatra es mayoritariamente esta:

Cleopatra en Assassin’s Creed: Origins. Espantoso el doblaje de Clara Lago, por cierto

Da igual si nos gusta o no. Los videojuegos llegaron para quedarse y llevan décadas proporcionando referentes visuales a millones de jóvenes. Y no solo visuales. Los videojuegos son un medio de comunicación muy locuaz y nuestros jóvenes tormentos no están sordos.

Veíamos con nuestros padres las historias que luego leíamos; es un poco burdo protestar por que la juventud no lea si antes no les hemos enseñado quién es Robin Hood, Ivanhoe ni Rick Deckard. Es la presencia de historias en una sociedad (y la familia es una sociedad) la que activa el ansia de lectura. Si antes eran las peripecias de Sam Spade (El halcón maltés, 1941, qué buena es) o Daniel Dravot (El hombre que pudo reinar, 1975, ídem), y siguen siendo, ahora se han incorporado Geralt de Rivia (The Witcher, 2007, 2011 y 2015) y Arthur Morgan (Red Dead Redemption 2, 2018).

Las buenas historias son lo que une a los buenos videojuegos con la literatura (y con el cine, ya que estamos), y quizá si nos preocupáramos por qué juegos practican nuestros vástagos y nos uniéramos a ellos, y descubriéramos con ellos sus mundos, el paso al medio escrito sería más fácil y más frecuente.

Hay algo de carpetovetónico en la aversión al medio videojueguil. Si me apuran, hay algo de puritanismo y de ludismo. Solo nos falta quemar las consolas. Hay videojuegos que no pintan nada en la educación de los adolescentes: no les permitan jugarlos. Pero también hay obras maravillosas (otro día iremos al detalle) que no se deberían perder. Hagan de ellos un punto de encuentro y verán cómo terminan hablando de esta o aquella película; de este o aquel libro.

Preguntas que ahorran tiempo. Sobre la última temporada de Juego de tronos

Las primeras impresiones están sobrevaloradas. Con frecuencia un tipo que a primera vista parece gilipollas se convierte en un gilipollas, sí, pero entrañable. La tarea de descifrar la verdadera naturaleza humana es larga y está llena de baches. Por eso son tan importantes las preguntas que ahorran tiempo. Hasta este año la más eficaz solo era aplicable a los madridistas, lo que es una pega estadística: «¿Pero tú eres de Mourinho?». Ante una respuesta afirmativa, uno sabía que se encontraba frente a un ser humano incorrecto y desacomplejado que anteponía la lealtad al bienquedismo, lo que es mucho en los tiempos que corren. Mou es un detector de tibios.

Ya llegamos. Este último año se ha ido definiendo la que es a día de hoy la pregunta más útil que conozco: «¿Qué te parece última temporada de Juego de tronos?». Lo digo en sentido positivo, entiéndanme; no se trata tanto de vilipendiar a quien la vitupera como de loar a quien la encomia. La serie es muy buena y la última temporada es muy buena. No tanto como las seis primeras, pero muy buena. Les animo a confiar en quien valora la octava en contra de la opinión mayoritaria.

¿Por qué no tan buena? Como en el caso de la séptima, por las prisas y porque pierde el sustrato literario de George R. R. Martin: lo mejor de la serie siempre ha tenido que ver con los diálogos shakesperianos y los personajes densos, poliédricos y cabrones (es decir, humanos) que la serie fusilaba de los libros. La literatura es mejor que el cine.

No se trata de vilipendiar pero sí de ser sincero, y en mi opinión aquellos espectadores que no valoran la última tanda de capítulos deberían preocuparse más por ellos mismos que por firmar tonterías en change.org. Somos muy de despreciar el trabajo de profesionales habilísimos y devotos en función de análisis pueriles e ignorantes (el ejemplo pluscuamperfecto de esto es Scariolo: un tipo que dedica 24 horas al día a pensar baloncesto era hasta anteayer sistemáticamente criticado por quienes durante los partidos piden «intencionada»).

¿Por qué es tan buena la última temporada?

(Si Vd. no la ha visto está a tiempo de dejar de leer esta entrada aquí).

Vamos al turrón. No me voy a hacer fuerte en la mitiquérrima reunión de la chimenea previa a la sobrecogedora batalla de Winterfell. No me remitiré solo a Brienne de Tarth escribiendo en el Libro Blanco de la Guardia Real, escena tolkieniana mediante la cual la historia cristaliza en leyenda, ni al discurso de Tyrion defendiendo a través de la candidatura de Brandon Stark la memoria que engendra sentido de comunidad, discurso algo obvio pero certero. El último capítulo tiene que recoger y lo hace: solo tiene sentido a la luz de lo pasado y otorga a lo pasado visos de posteridad: esa insistencia en la memoria nos confirma que no estábamos locos.

Es contundente (aunque quizá haya caído en saco roto) la parafernalia totalitaria de las tropas de Daenerys al tomar King’s Landing por lo que connota: la inevitable tendencia de los libertadores a convertirse en los siguientes dictadores. La historia de Daenerys cuenta su conversión en su propio hermano. El problema no es este o aquel caudillo: el problema es el poder. Por eso Drogon practica la metalurgia con el Trono de Hierro. Les recuerdo que Khal Drogo (en cuyo honor fue nombrado el último dragón) ya había practicado la metalurgia con la cabeza de Viserys Targaryen.

Dany
Fidel Castro camino de La Habana en 1958

Pero la gran escena, la que quedará en la memoria  —puto enano— de aquellos que están atentos a las cosas que parecen pequeñas es la del protagonista de la serie, Tyrion Lannister, colocando las sillas del Consejo Privado. De forma más precisa, ya que estamos, cómo mira a Bronn al maltratar la suya. No es la mejor escena de la serie porque la aparición de su padre desollando un venado en la primera temporada es lo más apabullante que servidor ha visto en serie alguna.

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La primera aparición de Tywin Lannister en la serie. No se veía un debut así desde Ronaldo (el bueno) contra el Alavés en 2002

No es la mejor escena pero es la que llena de luz su final: un tipo al que su familia ha odiado desde su nacimiento, que conoce la mezquindad inherente al ser humano, con más razones que nadie para entregarse a la orgía de violencia y traición que lo rodea, intentando volver a empezar, poniendo otra vez su confianza en las cosas de los hombres y cuidando cada detalle para que las cosas salgan bien esta vez. No somos responables del mundo, pero sí de lo que hacen nuestras manos y de lo que dice nuestra boca. Always be Tyrion.

Pero quizá, con todo, las razones objetivas para defender su final no sean tan importantes como las ganitas que este provoca de volver a verla, de leer los libros y de esperar las secuelas, precuelas y lo que se tercie. Yo ya estoy en el lío y se lo recomiendo vivamente; es sintomático que cada frase gloriosa de los primeros capítulos esté transcrita literalmente de los libros: toda la pinta de que Canción de hielo y fuego sea lo mejor que le ha pasado a la literatura fantástica desde El Señor de los Anillos.

 

P. S.: El artista más importante de los videojuegos —Hidetaka Miyazaki— está trabajando con un tal George R. R. Martin en la que sin duda será la obra audiovisual más importante de las próximas décadas: Elden Ring. Que el absurdo estigma que pesa sobre el medio no les haga perdérselo.