Preguntas que ahorran tiempo. Sobre la última temporada de Juego de tronos

Las primeras impresiones están sobrevaloradas. Con frecuencia un tipo que a primera vista parece gilipollas se convierte en un gilipollas, sí, pero entrañable. La tarea de descifrar la verdadera naturaleza humana es larga y está llena de baches. Por eso son tan importantes las preguntas que ahorran tiempo. Hasta este año la más eficaz solo era aplicable a los madridistas, lo que es una pega estadística: «¿Pero tú eres de Mourinho?». Ante una respuesta afirmativa, uno sabía que se encontraba frente a un ser humano incorrecto y desacomplejado que anteponía la lealtad al bienquedismo, lo que es mucho en los tiempos que corren. Mou es un detector de tibios.

Ya llegamos. Este último año se ha ido definiendo la que es a día de hoy la pregunta más útil que conozco: «¿Qué te parece última temporada de Juego de tronos?». Lo digo en sentido positivo, entiéndanme; no se trata tanto de vilipendiar a quien la vitupera como de loar a quien la encomia. La serie es muy buena y la última temporada es muy buena. No tanto como las seis primeras, pero muy buena. Les animo a confiar en quien valora la octava en contra de la opinión mayoritaria.

¿Por qué no tan buena? Como en el caso de la séptima, por las prisas y porque pierde el sustrato literario de George R. R. Martin: lo mejor de la serie siempre ha tenido que ver con los diálogos shakesperianos y los personajes densos, poliédricos y cabrones (es decir, humanos) que la serie fusilaba de los libros. La literatura es mejor que el cine.

No se trata de vilipendiar pero sí de ser sincero, y en mi opinión aquellos espectadores que no valoran la última tanda de capítulos deberían preocuparse más por ellos mismos que por firmar tonterías en change.org. Somos muy de despreciar el trabajo de profesionales habilísimos y devotos en función de análisis pueriles e ignorantes (el ejemplo pluscuamperfecto de esto es Scariolo: un tipo que dedica 24 horas al día a pensar baloncesto era hasta anteayer sistemáticamente criticado por quienes durante los partidos piden «intencionada»).

¿Por qué es tan buena la tercera temporada?

(Si Vd. no la ha visto está a tiempo de dejar de leer esta entrada aquí).

Vamos al turrón. No me voy a hacer fuerte en la mitiquérrima reunión de la chimenea previa a la sobrecogedora batalla de Winterfell. No me remitiré solo a Brienne de Tarth escribiendo en el Libro Blanco de la Guardia Real, escena tolkieniana mediante la cual la historia cristaliza en leyenda, ni al discurso de Tyrion defendiendo a través de la candidatura de Brandon Stark la memoria que engendra sentido de comunidad, discurso algo obvio pero certero. El último capítulo tiene que recoger y lo hace: solo tiene sentido a la luz de lo pasado y otorga a lo pasado visos de posteridad: esa insistencia en la memoria nos confirma que no estábamos locos.

Es contundente (aunque quizá haya caído en saco roto) la parafernalia totalitaria de las tropas de Daenerys al tomar King’s Landing por lo que connota: la inevitable tendencia de los libertadores a convertirse en los siguientes dictadores. La historia de Daenerys cuenta su conversión en su propio hermano. El problema no es este o aquel caudillo: el problema es el poder. Por eso Drogon practica la metalurgia con el Trono de Hierro. Les recuerdo que Khal Drogo (en cuyo honor fue nombrado el último dragón) ya había practicado la metalurgia con la cabeza de Viserys Targaryen.

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Fidel Castro camino de La Habana en 1958

Pero la gran escena, la que quedará en la memoria  —puto enano— de aquellos que están atentos a las cosas que parecen pequeñas es la del protagonista de la serie, Tyrion Lannister, colocando las sillas del Consejo Privado. De forma más precisa, ya que estamos, cómo mira a Bronn al maltratar la suya. No es la mejor escena de la serie porque la aparición de su padre desollando un venado en la primera temporada es lo más apabullante que servidor ha visto en serie alguna.

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La primera aparición de Tywin Lannister en la serie. No se veía un debut así desde Ronaldo (el bueno) contra el Alavés en 2002

No es la mejor escena pero es la que llena de luz su final: un tipo al que su familia ha odiado desde su nacimiento, que conoce la mezquindad inherente al ser humano, con más razones que nadie para entregarse a la orgía de violencia y traición que lo rodea, intentando volver a empezar, poniendo otra vez su confianza en las cosas de los hombres y cuidando cada detalle para que las cosas salgan bien esta vez. No somos responables del mundo, pero sí de lo que hacen nuestras manos y de lo que dice nuestra boca. Always be Tyrion.

Pero quizá, con todo, las razones objetivas para defender su final no sean tan importantes como las ganitas que este provoca de volver a verla, de leer los libros y de esperar las secuelas, precuelas y lo que se tercie. Yo ya estoy en el lío y se lo recomiendo vivamente; es sintomático que cada frase gloriosa de los primeros capítulos esté transcrita literalmente de los libros: toda la pinta de que Canción de hielo y fuego sea lo mejor que le ha pasado a la literatura fantástica desde El Señor de los Anillos.

 

P. S.: El artista más importante de los videojuegos —Hidetaka Miyazaki— está trabajando con un tal George R. R. Martin en la que sin duda será la obra audiovisual más importante de las próximas décadas: Elden Ring. Que el absurdo estigma que pesa sobre el medio no les haga perdérselo.

Netflix y las gallinas

Como saben, antes de que termine el episodio de una serie en Netflix, esta nos sugiere prescindir de una parte de él; los créditos de cierre. La sugerencia es sutil: los créditos prácticamente desaparecen y la opción de ver el siguiente capítulo pasa a ocupar prácticamente toda la pantalla. La posibilidad de deshacerse de los créditos existe también al principio de cada episodio.

No voy a apelar al respeto a la obra de arte porque las series pertenecen más bien al campo del entretenimiento (que yo sepa Doctor en Alaska no está en Netflix).

Lo que quiero compartir aquí es una cuita que probablemente les tenga a ustedes sin cuidado: llámenme susceptible (lo harán con razón), pero la primera vez que vi el botón de «Próximo episodio» sentí como me convertía instantáneamente en un gallina o, al menos, como Netflix veía en mí una gallina.

Me explico: como también saben, en las explotaciones avícolas es habitual exponer a las gallinas a más horas de luz de las que proporciona el día para conseguir que pongan más huevos cada jornada. Optimizar la producción es uno de los objetivos de la empresa, subsidiario de su objetivo principal de maximizar beneficios. Como consumidores estamos al otro extremo de las gallinas, y la estimulación de nuestro consumo es otro de los objetivos de la empresa. Producir de manera eficiente, vender de forma masiva. Pues bien: el botoncito de marras es lo más parecido a la luz artificial de un gallinero que he visto en mi vida, pero aplicado al consumo en lugar de a la producción. Esa palmadita en la espalda del televidente («usted puede ver series a un ritmo más rápido de lo que cree, amigo») tiene sus equivalentes en otros sectores (el camarero que ofrece rellenar la copa a la primera de cambio, la ristra de chocolatinas que nos observan desde debajo de la caja de la gasolinera, el miedo que nos meten en el cuerpo las compañías de seguridad justo antes de irnos de vacaciones…) y no parece especialmente pernicioso más allá de demostrar lo que le importa a Netflix la integridad del producto que vende.

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«Voy a ver otro capítulo pero porque yo quiero»

Hasta ahí la metáfora. Si servidor se siente una gallina seguramente tenga motivos y no sea culpa de Netflix. Pero el modelo se vuelve más preocupante si se aplica a un producto que por una parte no se aleja mucho de lo anterior y por otra genera una adicción que sí es involuntaria y sí es perniciosa.

Si las pantallas de los móviles cada vez son más grandes y cada vez brillan más no es porque los fabricantes de móviles y los creadores de aplicaciones se preocupen por nuestra vista, sino porque conocen el efecto que las luces y los colores tienen sobre la dopamina; así de primitivos somos. El móvil puede ser una herramienta todo lo útil que ustedes quieran, pero que pasemos más de dos horas al día mirándolo tiene que ver más con la hipnosis que con su utilidad o la riqueza de los contenidos. Instagram, Twitter y Facebook pagan a miles de ingenieros para que no despeguemos la vista del móvil, no para que compartamos nuestras mejores fotos, seamos más ingeniosos o nuestra red de amistades se vea fortalecida. Lo que quieren es la atención ininterrumpida de zombis alucinados.

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Nada que objetar tampoco hasta ahí: cada uno tira el tiempo como quiere y me gustaría pensar que nuestra voluntad puede más que las estrategias de las empresas vendedoras de humo; al fin y al cabo somos mayorcitos. El problema es que no todos somos mayorcitos.

Porque con este panorama, ya me contarán a mí qué necesidad hay de meterle a criaturas que no levantan un palmo del suelo las pantallas por los ojos, nunca mejor dicho, y obligarlos a usar en el colegio algo de lo que probablemente se saturen en el futuro y les cree irritabilidad, cansancio y trastorno del sueño en el presente. Qué sentido tiene que Samsung organice seminarios ¡sobre educación! y que para hacer los deberes dependan de una tableta que, como se ha denunciado aquí, en el colmo de la incoherencia tiene capado el acceso a Internet.

¿Por qué lo estamos haciendo? Porque hay en el aire cierta sensación de que la educación mejora si se usan las TIC (nos gustan más las siglas que a un tonto un molinillo). ¿Quién ha creado esa sensación? Nadie. Nadie que entienda del asunto, me refiero. La han creado las fabricantes de móviles y las telecos. Sus departamentos de marketing, concretamente. La noción es falsa pero tiene efectos, lo que responde bastante bien al concepto de fantasmagoría. Y esto no ha hecho más que empezar.

El consumo de horas de móvil presenta los suficientes rasgos de adicción psicológica como para preocupar a los mayores, pero al fin y al cabo cada cual es libre de derrochar sus mejores horas viendo cómo se come los chopitos la prima del amigo de aquel conocido tan simpático de la universidad, ya saben: #nitanmal, #asísí, #quéjarturadesufrir o #necesitovuestraatenciónporquetengodéficitdecariño. Lo que no tiene perdón de Dios es que les hagamos el juego a multinacionales que de educar a infantes saben cero y de agilipollar a adultos bastante más. Los actos tienen consecuencias y cuando estas recaen sobre otros deberíamos mostrarnos especialmente responsables o seremos especialmente culpables.

El conjunto de células

Si no empezamos a hablar de las cosas importantes pronto no quedará nada importante de que hablar.

Hace unos meses el legendario Pérez-Reverte y el Nobel peruano-español Vargas Llosa coincidieron en mencionar la postura de la Iglesia frente al aborto para reforzar su propia posición: si la Iglesia está en contra del aborto es que el aborto es un derecho. Esto es una falacia ad hominem con toda la barba,  y no merece mayor comentario a pesar de su difusión (si lo utilizan dos académicos, imaginen cómo está el percal a ras de calle; el aborto es una excusa estupenda para refugiarse en la propia ideología y argumentar desde la trinchera).

Hace menos tiempo escuché una justificación que me pareció original: sobre el aborto existe un consenso social que no hay por qué romper. Siendo magnánimos, esto quiere decir que si mucha gente cree algo, es que es verdad (lo que implica que, efectivamente, durante la Edad Media la Tierra era plana). Siendo peor pensados, y me temo que más realistas, la tesis del consenso comporta que, si algo no da problemas, no lo toques. Un argumento que los esclavistas podrían haber esgrimido ante Lincoln, por poner solo un ejemplo.

Pero aquí hemos venido a hablar del conjunto de células, verdadero meollo del asunto. Según estos partidarios, un feto es un conjunto de células y no un verdadero ser humano. Tomando esta postura como premisa, se abren dos posibilidades: o los que ya hemos nacido somos asimismo un conjunto de células únicamente (con lo que el concepto de ser humano se iría al cuerno) o bien los que ya hemos nacido sí somos seres humanos (lo que parece más probable).

Demos por bueno que (A) el feto no es un ser humano y (B) los humanos que ya hemos nacido sí somos seres humanos. ¿Me extralimito si considero que esta doble creencia es la más común entre los proabortistas? Es difícil de decir, pero parece razonable. Según esta hipótesis, lo que no terminaría de entender es en qué momento le ¿entra?, ¿crece?, ¿nace? al feto la ¿humanidad?, ¿alma?, ¿espíritu? Parece que los legisladores creen que algo de esto debe pasar a las 14 semanas y otro poco a las 22, a juzgar por la ley de 2010.

Ignoro en qué consiste este advenimiento tan tardío, teniendo en cuenta que desde el momento de la fecundación el embrión es totipotente, es decir, el cigoto tiene toda la información genética necesaria para convertirse en un adulto y solo recibe de su madre cobijo, alimento y oxígeno, como le ocurre a un bebé ya nacido salvo por el oxígeno. A mí esta capacidad de dirigir el propio desarrollo celular hasta convertirse en una persona adulta me parece más importante que cualquier evento sucedido en las mencionadas semanas, y lo distingue claramente de un riñón, un quiste o un tumor.

Si la capacidad de convertirse por sí solo en un anciano no lo convierte a uno en humano no sé qué lo pueda hacer, pero si ocurre en la semana 14 y alguien me lo explica de forma convincente, no duden que pasaré a engrosar las filas de una mayoría metroscópica que a día de hoy no logro comprender.

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Conjunto de células de 20 semanas chupándose el dedo. Sí, eso son uñas

Cómo sí educar

Poner de manifiesto las calamidades es más fácil que construir; por eso los medios (este también) están más llenos de afeamientos que de propuestas.

Para revertir esa pendiente, hoy voy a pasar del habitual cómo no educar a un proactivo cómo sí educar, resumido de momento en dos propuestas.

  1. Propongo dejar de tratar a los niños como si fueran idiotas. Los tratamos como idiotas cuando les bajamos el nivel de exigencia hasta la ofensa personal: con la misma edad con que los púberes vintage traducían La guerra de las Galias, hoy no saben quién fue Julio César. Los tratamos como idiotas cuando teatralizamos su vida. Un niño es un niño, no un muñeco. Con cuatro años (probablemente antes) saben perfectamente que les estamos poniendo vocecitas. Ah, y no se censuren, utilicen con ellos palabras que ellos no entiendan. Así es como las aprenden. Si solo balbuceamos delante de un bebé, ¿cómo demonios aprenderá a hablar?
  2. Propongo encargar su educación a profesores que sepan leer. Soy muy pesado con este tema, pero es que no me consta que se haya solucionado. En realidad ni los propios profesores sabemos quién fue Julio César. La situación es dantesca. El curso pasado un profesor me defendía que para los niños de 11 años era «más importante conocer a Jorge Bucay que saber leer» (sic). Aunque él les tuviera que leer los textos. Esto ha hecho que nuestra política con los profesores esté basada en la desconfianza, fiscalizando su desempeño por si la lían. Los entrenadores de fútbol y los profesores comparten un problema: todos sus conciudadanos se sienten capacitados para decirles lo que tienen que hacer. Ese no es el camino. Hay que crear —invirtiendo lo que haga falta, pues tiene un retorno inmenso— un cuerpo de profesores excelentes que entiendan que educar no es solo atender a la parte emocional de los alumnos, sino que exige proporcionarles conocimientos y capacidades cognitivas. De hecho, así estarán más preparados para gestionar todos los ámbitos de su vida. Percibo que se tiende a pensar en lo emocional y los «valores» como exógeno a lo cultural. Como si hubiera que elegir entre una cosa y otra. ¿Pero de qué demonios pensamos que escriben Dostoievsky, Austen, Oz, Wilde o Du Maurier? Enseñen a una niña a leer, escribir, operar y hablar de manera excelente y verán qué sorpresa se  llevan respecto a su capacidad para gestionar sus emociones.

 

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Y así, amigos, es como nuestra civilización se fue al carajo.

Prometo darle continuidad a este asunto por lo menos hasta que el tema esté solucionado: solo merece la pena embarcarse en causas perdidas.

 

Nos estamos volviendo todos imbéciles

Disculpen la acritud del título, pero creo que alguien tiene que avisarnos de la gravedad de la situación antes de que todo esto se vaya al cuerno.

Resulta que los medios nos dicen que expertos se reúnen para tratar de poner coto a las noticias falsas (para colmo de males, los medios españoles las llaman fake news, es decir, noticias falsas, lo que viene a ser tan estúpido como si los medios españoles llamaran houses a las casas o coach al sacamuelas de toda la vida).

Hay preocupación. Los medios están preocupados por las noticias falsas.

Los medios, esos que convierten en titular la ocurrencia resaquil de un adolescente con Twitter, están preocupados por las noticias falsas.

Los medios, los mismos que se hacen eco de los insultos que recibe Fulano o Perengana por estar demasiado gordo, o demasiado delgada (críticas que, por cierto, requieren el nivel de misantropía del doctor Mengele y el nivel intelectual de una garrapata), se hallan turbados por las noticias falsas.

Los medios, esos que comenzaron exagerando y terminaron mintiendo en los titulares digitales para conseguir un par de miles de clics más, andan cariacontecidos por las noticias falsas.

A poco que algún pez gordo le pegue a la neurona sin que esta le estalle, es posible que en alguno de los conciliábulos en que unos y otros muestran su preocupación por las noticias falsas terminen por inventar algo parecido a lo que llamábamos periódicos.

Los periódicos eran reconocibles por su cabecera, por su nombre, y esa cabecera constituía su bien más preciado, pues iba ligado irremisiblemente al nivel de credibilidad que hubiera ameritado cada cual a lo largo del tiempo. Para conseguir esa credibilidad, es decir, para ser fiables, los diarios contaban con la ayuda inestimable de sus reporteros y corresponsales, que aparte de saber escribir (utilísima destreza ahora en desuso) se sabían depositarios de ese capital intangible, además de estar pertrechados de una deontología que se tomaban muy en serio.

Así, por muy alejado que se encontrara el foco de atención, intrépidos periodistas viajeros —pienso en los corresponsales que aparecen en Miguel Strogoff— constituían los ojos y oídos de periódicos, radios, televisiones y agencias, lo que disminuía en gran medida la posibilidad de engañar a los lectores, oyentes, espectadores o a otros medios.

Esto —por lo visto— solo ocurría antes de que los medios se dieran cuenta de lo económico que resulta meterse en Twitter o Instagram para fabricar una noticia. No invento nada: que El País se haga eco de como acémilas con móvil (no voy a intentar expresar con palabras lo perjudicado que hay que estar mentalmente para hacer escarnio público del aspecto físico de otra persona) se sienten capacitados para censurar el comportamiento de los demás es un asunto dramático por muchos motivos, pero sobre todo por el que aquí se trata.

Si el auge de las redes sociales ha ido paralelo al de las noticias falsas, lo que deberían hacer los medios de comunicación es dejar de escandalizarse y comenzar a pedir perdón. Primero, porque quienes están dando pábulo a chorradas, y por tanto fomentándolas, son ellos. Segundo, porque su dejación de funciones al dejarse llevar por la noticia de plástico —insustancial pero perniciosa— ha dejado un vacío informativo que se está llenando de imbéciles.

Pinocho

«No sabíamos que publicar basura sería malo para nuestra credibilidad»

Si los medios han preferido la cuenta de resultados a hacer bien su trabajo (y no me saquen la crisis que les saco el sueldo de Cebrián), lo último que deberían hacer es poner cara de sorpresa al contemplar el desaguisado subsiguiente, o la expresión sepulcros blanqueados terminará por salir a la palestra.

Cine entretenido

Leo de Master and Commander que es una buena película de entretenimiento. En esa afirmación aparentemente inerme encuentro destilado uno de los males que nos aquejan.

Afirmar que Master and Commander es una película de entretenimiento (lo que connota que solo es una película de entretenimiento, un género menor, una serie B) supone mirar por encima del hombro a todo el cine y a toda la literatura. Paso a justificar esto último.

El crítico que asevera que Master and Commander es una película de entretenimiento está implicando que existe una clase de películas de índole superior a Master and Commander, y que son precisamente estas las que más gustan al crítico. Películas «con enjundia» o, ya que estamos bordeando el alipori, películas «profundas». Como si los demás no supiéramos ya que existen esas películas, a las que los pobres mortales llamamos «películas aburridas».

Porque aventuro aquí que lo que nuestro querido crítico considera más allá del «cine de entretenimiento» es, por ejemplo, «un retrato existencialista de la mediana edad», o mejor «un fiel reflejo de la anomia periurbana postadolescente». Lo que el espectador raso denominaría «cine para gafapastas». No discuto que exista tal cine, ni siquiera que pueda producir obras maestras (ahí está Atom Egoyan, por ejemplo), de lo que aquí se reniega es de la pose cultureta que rehúye lo divertido porque no responde a la verdadera naturaleza del arte, que es algo que según ellos podríamos englobar en el término compromiso. Cine comprometido. Libros comprometidos. Y aquí es donde empieza a oler a azufre. Arte comprometido.

Pero para otro día cómo el posemarxismo se apropió del arte. Centrémonos hoy en la narrativa: no estoy defendiendo aquí las películas insulsas —todo lo contrario— sino afirmando que la narrativa cinematográfica no es ni puede ser la narrativa de la psicología ni de la sociología ni de ninguna ciencia social, que es lo que denota el término compromiso. No puede serlo porque por definición las disciplinas más o menos científicas (para otro día por qué la sociología no es una ciencia) pueden explicar, describir, demostrar o prever, pero nunca narrar. La pseudociencia no tiene narrativa, por mucho que nos quieran engañar con el relato y la postmentira. Narrar es lo que hace Peter Weir, por poner un ejemplo al azar. Lo otro (estar comprometido) implica defender los propios argumentos. Son cosas distintas.

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I tell ya. The Devil’s at the wheel of that there phantom ship. You better hold fast.

A los críticos que enuncian sin pudor que Master and Commander es una película de entretenimiento hay que recordarles muy fuerte que el cine, como la literatura, es una cosa distinta de la filosofía. Que el cine, como la literatura, es una cosa distinta de la política. El cine es precisamente Master and Commander, de la misma manera que la literatura son los libros chipén de Patrick O’Brian.

El negro de Gladiator

En Peaky Blinders, esa serie en la que solo hacen cosas peligrosísimas como beber, fumar y darse silletazos, existe una escena en la que, ante la perspectiva inminente de un parto, ocurre este diálogo a tres entre los familiares varones de la futura madre:

—Los hombres no podemos hacer nada.

—Podríamos emborracharnos.

—No se hable más.

«No se hable más». Convendrán conmigo en que, aunque la industria del doblaje en España no es lo que era, aquí han estado fetén. ¿Para qué hablar más si lo dicho no puede superarse? «No se hable más» pertenece a esa serie de expresiones insustituibles cuyo verdadero genio solo una escucha repetida nos impide ya paladear. Nosotros, que comparados con nuestros padres somos analfabetos de lo cañí, tenemos la responsabilidad de no extraviar esas joyas.

No respecto a su origen castizo pero sí respecto a su pegada, la frase me recuerda al «Pero aún no» de Juba, el númida interpretado por Djimon Hounsou en Gladiator. Creo que por tres veces colocadas estratégicamente a lo largo de la película y sobre la posibilidad de volver a ver a quienes esperan en el Elíseo (y que solo podrán ver, por tanto, tras su propia muerte), el negro asevera que «Volveremos a vernos. Pero aún no».

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Ojo, si se está entre culturetas hay que decir que desde Blade Runner Ridley Scott no ha hecho nada potable

Ese «pero aún no», escueto como es, demuestra la magnitud descomunal del significante respecto al significado, la notoria desproporción entre tres palabras modestas (un puñado de sonidos, a la postre) y el eco infinito de sus connotaciones.

Ese «pero aún no» implica la aceptación del trato, la asunción de la muerte como parte de la vida, la celebración del paquete completo y no solo de lo que a la vista resulta agradable.

Es la constatación de que el casi nada que somos es nuestro casi todo. Es la firma de un contrato; un apretón de manos con la naturaleza. Es haberse leído las reglas y decir «al lío». Lo compro. Por qué no.

Es el mismo tranquilo beneplácito que da forma a las Meditaciones. Richard Harris es Marco Aurelio y Marco Aurelio es Juba.

El cine, como cualquier otro lenguaje, guarda esas perlas. No se trata de abrir todas las ostras, pero sí de captar el brillo cuando aparece, discreto.

 

 

De muestra, tres botones

Rompo mi silencio en este blog obligado por las circunstancias; no eran las diez de la mañana y ya había sometido a mis ojos a la siguiente macedonia de desatinos:

  1. Linda Wenzel, la cría de 16 años que decidió que unirse a ISIS era un planazo, dice ahora que solo quiere irse a casa. Se me ocurren un sinnúmero de frases de madre que aplicarle a la criatura («haberlo pensado antes», «decimos de los demás y lo tenemos en casa», «cógete una rebequita, que en Mosul refresca por las noches»), pero líbreme Dios de hacer mofa de la susodicha; a lo que voy es que adolescentes y postadolescentes con parecido cacao mental y parapetados tras un avatar más o menos ingenioso constituyen la base de lo que llamamos las redes sociales, el puñado de opinadores altisonantes que, magnificados por los medios, parecen ser más de los que son. Cabecitas en barbecho que lo mismo te arreglan Venezuela que insultan a Marías. Ah, o le cantan a Guillermo Bárcenas en un concierto «¡Willy, valiente, tu padre es inocente!» (sic). Los chicos del cacao.
  2. Dice el Ayuntamiento de Madrid que va a quitar un carril por sentido de la carretera de Extremadura y le va a poner pasos de cebra. Hasta ahí nada nuevo: una nueva ratonera para el coche, que por lo visto es el principal enemigo de la civilización. Lo pasmoso es la justificación proporcionada por los Carmena boys (and girls): «Se trata de que solo circule por el Paseo de Extremadura quien no tenga más remedio». Es decir, si es Vd. de esos que cogen el coche los lunes a las siete de la mañana y se somete al atasco que allí se forma porque sí, sin una razón sólida, que sepa que se le va a acabar el chollo. Que a partir de ahora la carretera se reserva a esa minoría que de verdad la necesita, a esos seis o siete coches que la utilizan para ir a trabajar y cosas así.
  3. Cito porque es insuperable: «Hacer frente a la adversidad de forma constructiva y salir fortalecido no es sencillo, pero es posible. La palabra clave es resiliencia». Nonononó. La palabra clave no es resiliencia ni posverdad ni iros. La palabra clave es gilipollas. Quiero decir: las frasecitas de autoayuda y las sesiones de coaching son un sustituto banalizado de una formación profunda, enraizada y realmente humana. Según fuentes históricas, esa actividad desusada que los antiguos llamaban leer estaba destinada a adquirir las herramientas necesarias para entender y afrontar este mundo múltiple y anonadante que nos zarandea cual portero ciclado. Otra de las técnicas milenarias (educar) estaba destinada a prender la mecha, alumbrar la tiniebla, tutelar el asombro. Cultivar (de cultus, como cultura). Lo de soltar frasecitas o recomendar técnicas (¿mindfulness? ¿En serio?) me recuerda mucho a la campaña de los Carmena boys (and girls) contra el manspreading, vulgo despatarre. Supongo que después de luchar contra el manspreading, vulgo despatarre, vendrá la guerra a comer con la boca abierta o eludir el duchorio… una lista interminable que se resume en no tener modales, pero es que a la progresía eso de tener modales le sonaba muy antiguo y prefieren ir parcheando según surgen los rotos. Así legislan ellos. Por aspersión.

Nuestro enemigo es la estulticia y no el de enfrente. Ha demostrado ser un enemigo rocoso y pertinaz, y estamos a lunes. Coged piedras.

 

No digo que los videojuegos sean cultura

Solo digo que Metal Gear Solid V empieza con The Man Who Sold The World de Bowie sobre una cita de Emil Cioran:

No es la nación la que habitamos, sino la lengua…
No te equivoques; nuestra lengua materna es nuestra verdadera patria.

Casi nada. Digo que (sin salir de MGSV) hay referencias a Pinocho, de Collodi, y a Los perros de la guerra, de Forsyth, y a Nietzsche, y a Orwell y hasta a Mazinger Z. Que el helicóptero se llama Pequod (tengo pendiente la entrada sobre Moby Dick, por cierto) y que, sobre todo, hay un tremendo homenaje a una de las páginas clave de la historia de la literatura: la escena de la cabeza de cerdo de El señor de las moscas, de William Golding.

También digo que Valiant Hearts: The Great War, una joya 2D ambientada en la Primera Guerra Mundial, tiene un argumento que ya ya y una dirección artística époustouflante. Y un final de nudo en garganta.

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Shadow of the Colossus. Y solo es Play 2, pero ojo porque habrá revisión en PS4

Solo digo Ico y Shadow of the Colossus. Journey. Bloodborne (gótico como una canción de Joy Division). The Last of Us y la música de Santaolalla, que es medio juego.

Digo que, ahora que el cine está de capa caída, hay millones de personas que entienden la lógica, el lenguaje y la narrativa del videojuego mejor que los cinematográficos. Que lo mismo estás tardando en darle una oportunidad, a no ser que seas de los de vestidura rasgable como aquel escritor español que afirmó sin empacho que «entrar en Sherlock a través de las películas de Guy Ritchie es como empezar a leer cuentos clásicos gracias a sus versiones porno»). La España carpetovetónica.

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El mejor juego de la historia con permiso del Tetris

PS: me mandaron leer El señor de las moscas con 16 años, en el colegio, e hice caso omiso, pero gracias a eso lo tenía en casa y lo leí con 25. Y flipé. Lo cual no demuestra nada acerca sobre la bondad o maldad de las lecturas obligatorias, solo que el mundo es un sumatorio de azares.

Cinco películas entusiásticas

Un ser humano me pidió una lista de películas y aquí van. Como ese ser humano es puro entusiasmo, sobre el entusiasmo son las películas. La lista es de cinco, para que el homenaje sea a seis películas.

5. The Paper (Detrás de la noticia, 1994)

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Como Luna nueva, con Cary Grant, Detrás de la noticia es una película que te hace desear ser periodista cuando nunca habías tenido la menor inclinación. Si dedicas tu vida a hacer algo que te tiene al borde del colapso y aniquila tu vida social y familiar a cambio de un sueldo mísero, pero necesitas esa mierda como el oxígeno, es que eres un cabrón muy afortunado.

4. Sing Street (2016)

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Que un ser que no conoces de nada te recuerde por qué merece la pena hacer cada insignificante detalle de tu vida poniendo todo el alma es lo que denominamos cine. Si las palabras take on me te hacen pensar instantáneamente en un cómic dibujado a lápiz es absolutamente imprescindible que la veas.

3. The Winslow Boy (El caso Winslow, 1999)

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No conozco ninguna película que consiga ser tan sutil siendo tan consistente ni tan elegante siendo tan trascendental y ponga en el empeño tan poco artificio. No sé si alguna película es perfecta, pero a esta le cambias una mirada, una preposición o un mohín y te la cargas. Es un castillo de naipes hecho de castillos de naipes.

2. The Untouchables (Los intocables de Eliot Ness, 1987)

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¿La cena más mítica de la historia?

Todo en esta película es mítico. Como en la anterior, se podría pensar que su relación con el entusiasmo es espuria, pero eso es solo porque nos centramos en «1. m. Exaltación y fogosidad del ánimo, excitado por algo que lo admire o cautive» y obviamos «2. m. Adhesión fervorosa que mueve a favorecer una causa o empeño». Por si fuera poco ver a Connery y De Niro at their best, además sale Chicago como para mudarse.

1. Dead Poets Society (El club de los poetas muertos, 1989)

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«Carpeeeee… carpe dieeeeem»

Esta no es una película sobre el entusiasmo. Esta película es el entusiasmo. Es posible que, teniendo en cuenta cómo estaba el mundo y la educación en los 80, a algunos de nosotros solo un disparo tan resonante como este pudiera salvarnos de convertirnos en ejecutivos agresivos. Peter Weir consiguió que Robin Williams no llevara a Keating al terreno del histrión, que no es poco, pero da igual; es una de esas películas privilegiadas que a nadie importa si son buenas o muy buenas: yo, es ver a Ethan Hawke poner un pie en la mesa y se me desmelena el lacrimal.

Ah, y sí, por favor, arrancad esa maldita hoja del libro de Literatura.