Vote a un marxista y no tendrá que votar más

En España puede uno declararse comunista sin caer en el descrédito más absoluto y la marginación intelectual. Hay quien se declara comunista y más tarde, cuando se le explican las verdaderas implicaciones de sus palabras, replica con las orejas gachas: «bueno, eso no». Por algún motivo que se me escapa, hay una noción amable y cool del comunismo que nada tiene que ver con su significado real. Sea como fuere, servidor seguirá viendo a cualquiera que se declare comunista en la misma estantería evolutiva que los neonazis que desfilaron el otro día por Madrid diciendo sandeces. No sé si fue Monedero o Errejón quien, en una entrevista de hace unos años sostenía que nadie en su partido quería llevar a cabo una revolución bolchevique. Si eso es verdad, que no se llamen marxistas. Mientras lo hagan, a la mismita estantería que el fascio.

Me gustaría pensar que lo que gran parte de la izquierda quiere decir con marxista —y les recuerdo que el PSOE se declaró marxista hasta el 79— es socialdemócrata o lector de Benjamin o Lukács, pero eso de coger las palabras y que denoten lo que uno quiera hace muy difícil la coherencia. Si durante el siglo XX las diversas corrientes de inspiración marxista trataron de apropiarse de la propuesta de Marx y Engels y modificar su mensaje a su gusto, por mí estupendo, pero el marxismo es lo que es, y no lo que creen los hijos de la izquierda caviar:

El marxismo no persigue la protección de los pobres ni de ninguna otra minoría

Las clases relevantes para el marxismo son la burguesía propietaria de los medios de producción y el proletariado cuyo trabajo es robado por aquella. La solución es que el proletariado robe los medios de producción y luego reparta las recompensas al trabajo según métodos poco definidos en el mejor de los casos y abracadabrantes en el peor. Lo cierto es que cuando llega a la fase superior del comunismo la cosa ya se parece bastante a Narnia: «Finalmente, cuando todo el capital, toda la producción y todo el cambio estén concentrados en las manos de la nación, la propiedad privada dejará de existir de por sí, el dinero se hará superfluo, la producción aumentará y los hombres cambiarán tanto que se podrán suprimir también las últimas formas de relaciones de la vieja sociedad». Le falta decir a Engels que la UEFA ya no será corrupta. «Los hombres cambiarán tanto», porque sí. Que cada uno trabaje en función de sus capacidades y reciba en función de sus necesidades, dicen. Haría falta un demiurgo, como mínimo, para hacer el reparto. En otra parte Marx habla de trabajar un ratejo en lo que cada uno quiera, sin necesidad de estar especializado. Luego ya repartimos porque habrá de sobra para todos (¿…?).

Pero a lo que íbamos: los pobres de solemnidad ni siquiera entran en la ecuación: el lumpemproletariado (no sé si recuerdan el vídeo en que Pablo Iglesias se jactaba de haberse pegado con algunos de sus miembros) es para ellos una clase despreciable, peligrosa y eventualmente cercana a la burguesía opresora: no tiene conciencia de clase y por tanto no participa en el enfrentamiento esencial (la lucha de clases) al que el marxismo reduce todo. Solo se tiene en cuenta a la clase trabajadora, lo que, aparte de ser una simplificación como un castillo, significa preocuparse exclusivamente por la mayoría. Las minorías son esencialmente peligrosas para un programa tan maniqueo: la implantación del comunismo es un sistema binario hasta que una de las partes termina con la otra. En la fase intermedia la dictadura está legitimada para reprimir cualquier disensión. En la fase superior ya ni se concibe la disensión.

El marxismo constituye, con el fascismo, la mayor y más peligrosa simplificación política que haya existido: conciben el mundo como oposición entre lo mío, que es lo bueno, y todo lo demás, que debe desaparecer. ¡Qué bien han aprendido eso sus nietos, la censura totalitaria que nos aqueja! Su método es el mismo, convertir a cualquier disconforme en la encarnación del mismo mal y, sobre todo, en la misma medida: si no utiliza usted el lenguaje inclusivo es usted un violador. De hecho, si es usted un hombre es un violador. Todo disidente es el enemigo y está manchado por la culpa esencial de no ser de los nuestros. No hay escala de grises, y mucho menos cristales de colores. Hay pogromo para todos.

El marxismo, y en esto coinciden todos sus hijos, es la construcción de una mayoría violenta para la aniquilación de todo lo demás, devenido masa informe, excrecencia, tumor. ¿Cómo va a defender ninguna minoría quien quiere construir por la fuerza una sola voluntad?

El marxismo no es pacifista

Lo que el materialismo dialéctico coge de Hegel es de lo peorcito: si Hegel cree que a través de la confrontación de los Estados avanza la Historia, para Marx el motor es la lucha de clases. Los dos salivan con la violencia: «guerra como estado en el cual se toma en serio la futilidad de los bienes y las cosas de este mundo, y los pueblos salen de su letargo que los enferma y a la larga envilece», dice Hegel. «Solo existe un medio de abreviar, simplificar y concentrar los homicidas dolores afónicos de la vieja sociedad y los sangrientos dolores puerperales de la sociedad nueva, un medio solamente: el terrorismo revolucionario», contesta Marx, como en un eco de alumno aventajado. Pero esperen, que hay más. El filósofo marxista-pop más molón de las últimas décadas, Slavoj Žižek, dice sobre la Baader-Meinhoof (banda terrorista alemana con 34 asesinatos a sus espaldas): «hacía falta una intervención más violenta para despertarlos de su adormecimiento ideológico, de su consumismo hipnótico, y solo las intervenciones directas y violentas, como el poner bombas en los supermercados, serían eficaces. ¿No sucede lo mismo hoy en día […] con el terror fundamentalista? ¿No pretende despertarnos a nosotros, ciudadanos occidentales, de nuestro adormecimiento, de la inversión en nuestro universo ideológico cotidiano?».

La simpatía de la izquierda por el terrorismo, su consideración de lucha, está en la naturaleza del marxismo y no es negociable. No cabe extrañarse de que los partidos comunistas españoles vean a ETA con simpatía. La violencia es una herramienta marxista para llegar al estado ideal, el comunismo. Cualquier otra consideración es disfrazar a la mona de seda.

El marxismo no es democrático

El marxismo persigue, tras una dictadura del proletariado, la desaparición del Estado. Siendo así, no cabe ningún método de organización del Estado, que es lo que es la democracia. De las tres fases previstas por el marxismo (robárselo todo a todos matando a quien se resista; dictadura del proletariado; Narnia), les suele pasar a los regímenes comunistas que se atascan en la segunda: se convierte en la dictadura de una élite de iluminados que, amparados por la infalibilidad que confiere ser marxista, puede hacer con sus ciudadanos lo que desee, como matar de hambre a ocho millones de ucranianos en dos años o instaurar un ultracapitalismo de Estado construido sobre los hombros de un proletariado sin voz (¿cómo iban a fabricar si no móviles tan baratos?).

Cualquier marxista de pro les dirá que el Holodomor es una sucia mentira capitalista, por mucho que haya sido condenado por la Unesco, el Parlamento Europeo o la Asamblea General de las Naciones Unidas

Ningún régimen, no ya comunista, sino con tendencia, aspecto, ramalazos o aspiraciones comunistas ha organizado elecciones libres. No solo porque la propia naturaleza del comunismo necesita la dictadura como el respirar, ni porque toda la teoría tenga un tufo paternalista que tira para atrás, y considere al ser humano, en esencia, un imbécil incapaz de resolver sus problemas.

Lo que incapacita radicalmente al marxismo para ser democrático es que, mientras en el núcleo constitutivo de las democracias liberales está la igualdad de los ciudadanos, el marxismo se preocupa únicamente de los derechos de los obreros explotados por el capital. Le importan un comino (o más bien le molestan) los artistas, los mendigos, los profesionales liberales, las prostitutas, los zapateros remendones, los campesinos dueños de la tierra que trabajan, los escritores, los carteros o los intelectuales no marxistas. Dado que con todos ellos la teoría marxista colapsa, hace como si no existieran para después intentar eliminarlos.

El marxismo (y en esto se parece mucho más a las religiones que a un programa político-económico) no es una propuesta, es un dogma omnímodo que no tiene partidarios sino fieles, y que convierte a cualquier disidente, agnóstico o simplemente cualquier no-proletario en el objetivo de una purga, un gulag o una bala.

El marxismo es intrínsecamente elitista

No es solo que el hombre común (observen el uso patriarcal y falocrático que hago aquí de la palabra hombre) necesite que lo lleven de la mano, ni que Marx perteneciera a una familia burguesa de buen pasar y tuviera una extraña propensión a la buena vida (vive de tus padres hasta que puedas vivir de Engels); es que el grueso del corpus marxista, y aquí sí entran sus exégetas, apropiadores, acólitos y demás intocables, es en realidad el producto de una logorrea académica que solo se apoya en la realidad en su faceta descriptiva y crítica (donde el marxismo sí ha proporcionado herramientas útiles) y que en su faceta prescriptiva se permite el lujo de construir quimera sobre quimera a través de sus grandes aliados: las elucubraciones indemostrables, el hermetismo lingüístico y el hecho de que el papel lo aguante todo.

Solo esos académicos y los políticos que dicen haberlos leído son dignos de ostentar posiciones de poder: el resto, la masa, ha de soportar el cambio de yugo sin levantar la voz ni un poquito, asumiendo que la élite proveerá y que el reino de Jauja que constituye la fase superior del comunismo lo abastezca de más pan que la democracia liberal, por mucho que la experiencia y el sentido común demuestren lo contrario.

El marxismo no es, ni siquiera, coherente

En su faceta explicativa, el materialismo histórico pone en el centro del análisis el egoísmo y la ambición humanas, causas primeras de la lucha de clases. En su faceta prescriptiva, egoísmo y ambición desaparecen y los lobos se reparten pacíficamente las raciones. Mí no comprender.

El mejor ejemplo de la incongruencia entre pedantez críptica y violencia animal que dan forma al marxismo está en mayo del 68: un empacho de intelectualoides, culturetas y burgueses se declaraba maoísta en las calles de París. En agosto de 1966 y bajo las instrucciones directas de Mao, más de 10000 personas habían sido asesinadas por la Guardia Roja en Pekín. Los profesores fueron uno de los principales objetivos. En el caso de los niños, los métodos más utilizados eran «golpearlos contra el suelo o partirlos en dos».

Quizá Vd. sea anticapitalista y no lo sepa

Hace más de un año, Netflix dejó de publicitarse en los medios del grupo Vocento porque su periódico ABC había aceptado publicidad de la organización HazteOir.org, es decir, Netflix vetó a ABC porque ABC no había censurado a HazteOir.org por criterios ideológicos. Todo en orden, solo faltaría; Netflix es libre de colocar su publicidad donde quiera y de estar lo ideologizada que desee: es una empresa privada y por tanto no está sujeta a criterios de neutralidad (sobre todo si tiende a la izquierda, me temo).

Lo revelador es lo que vino después por parte de la izquierda tuitera, es decir, de la que no tiene la edad suficiente para votar: aplausos con las orejas a Netflix porque ya se sabe que ABC es derechoso y la cantinela habitual.

Dos datos: Vocento facturó en 2019 casi 400 millones de euros. Durante el mismo periodo, Netflix facturó algo más de 18 000 millones de euros. Ted Sarandos, consejero delegado de la distribuidora de contenidos audiovisuales, tuvo un sueldo durante ese año de 18 millones de dólares y 13,5 más en opciones. Yo no puedo menos que celebrar que el señor Sarandos llegue holgado a fin de mes, y puedo afirmar simultáneamente que Netflix es el epítome del modo de producción capitalista.

Si sintetizamos lo anterior, se puede concluir que el epítome del capitalismo toma una decisión teñida de supuesta ideología de izquierda (y que además le sale gratis) y obtiene el aplauso de la izquierda. A mí, como maniobra de marketing el movimiento me parece brillante, pero lo que interesa aquí es que la izquierda haya renunciado a dar la batalla económica sin darse cuenta. Ser anticapitalista ya no es una cuestión de izquierda o derecha ahora que la izquierda se ha hecho capitalista o, al menos, traga con las maneras capitalistas siempre que sus agentes aparenten aceptar las premisas de un pensamiento único que ahora ya no es económico sino de género, racial y medioambiental.

En España el término anticapitalista se utiliza para denominar a un grupúsculo radical dentro de un partido radical (hasta que se escindió en febrero del 20 por estar en desacuerdo con el gobierno de coalición), es decir, gente peligrosísima que no se lava y come niños. Esto es una nueva victoria del capitalismo: sus anti- son percibidos como el extremo del extremo, cuando en realidad ser moderadamente anticapitalista (en lo que significa de verdad) podría ser algo tremendamente sano. El quid está en el paréntesis, en lo que significa de verdad. Ser anticapitalista no tiene nada que ver con el comunismo, como numerosos ejemplos conservadores atestiguan; ningún sentido tiene salir del cazo para caer en el fuego.

Como ya se ha escrito en este blog, capitalismo no significa propiedad privada ni economía de mercado. Ningún problema presenta la primera y la segunda es muy funcional sometida a cierto control. Capitalismo tampoco significa liberalismo, por mucho que se lo intente asimilar a neoliberalismo.

El capitalismo es (o al menos así se va a entender a efectos de esta entrada) una ideología que sitúa la acumulación de riqueza como objetivo último de la actividad humana. Y esto ya no suena tan bonito.

Cuando el capitalismo se quita la careta descubrimos que ni siquiera necesita a la democracia liberal. Te la han colado, Benjamín

Alguien escribió que prefería ser leído por una persona siete veces que por siete personas una sola vez; he ahí un pensamiento anticapitalista, pero profundamente coherente con la pulsión de escribir. Ya lo dijo Bukowski: «si lo haces por el dinero, no lo hagas».

Anticapitalista es comprar más caro a países que respetan los derechos de los trabajadores. Es anticapitalista perseguir la virtud en la ejecución de cualquier tarea en lugar de la eficiencia. El mandato capitalista corre por nuestras venas con tanta violencia que tomamos por loco a quien lo cuestiona. Y, en realidad, cuestionar la filosofía de la acumulación es nuestra única esperanza: solo de esa forma podremos explicarles a los mocosos que todavía no están atados a la pantalla que el número de seguidores y de me gusta carece de importancia, y que la única razón para hacer algo es hacerlo bien.

En un programa televisivo de cocina y viajes visitaron Osaka, donde comer por la calle no está mal visto como en el resto de Japón, y por tanto el presentador pudo comer a pie de acera un pedacito de Wagyu no muy económico. El tipo (inglés) terminaba el programa atónito por que los cocineros de esa meca gastronómica vivieran ajenos a la acumulación de likes que nos ha reblandecido el cerebro a los demás (lo de reblandecer el cerebro es mío, no del inglés) y ajenos asimismo a la posibilidad de enriquecerse gracias a su ciencia y la calidad del producto. Entre indignado y reconfortado, el tipo decía que aquella gente dedicaba sus mejores energías y desvelos únicamente a ser los mejores en lo suyo. Se extrañaba, el gachó.

En un mundo en el que estrellas rutilantes con más pasta que un torero se van a miles de kilómetros de sus hijos para ganar un milloncejo más, cualquier actividad que no redunde en forrarse el riñón es extrañada o denostada, pero la carrera de Gilito es la del espía sordo, pues nunca se vio que acumular viruta brinde paz sino ojeras, y cuando por fin adquirimos un yate comprobamos indefectiblemente que al yate dubaití que atraca enfrente le sale de una compuerta bondiana un yate mayor que el nuestro.

El capitalismo no tiene mucho que ver con un momento en la historia ni una doctrina política. El capitalismo es anterior a ellas y posiblemente dure más. Tiene más que ver con la naturaleza humana que con Leviatán, y por eso siempre acaba triunfando, incluso ante Leviatán. Desde China a Galapagar se demuestra que el Estado no lo puede combatir: como tantas cosas importantes, se combate desde el conocimiento y la responsabilidad individual. No es solo una razón más para ser liberal sino que es uno de los mayores enemigos de la libertad: aunque se había disfrazado de su adalid, descubrió hace tiempo lo bien que le sientan las dictaduras.

Y viven en palacios

Ni la perspectiva histórica ni la ideológica explican nada: solo embarullan y perpetúan las dinámicas. Explica mucho más el pragmatismo de quien observa la naturaleza humana.

En el siglo XVII los reyes dicen ser ungidos de Dios, instituciones sagradas más que personas. En su honor y gloria se les llenan las habitaciones de frescos y dorados y los oídos de música grandilocuente. Los reyes —la élite— se sacralizan a sí mismos y consecuentemente viven en palacios.

En el siglo XIX los representantes —la élite— sacralizan el liberalismo y consecuentemente viven en palacios.

En el siglo XX la nomenklatura —la élite— sacraliza la revolución y consecuentemente vive en palacios. Mientras, los nacionalistas —la élite— sacralizan la raza y consecuentemente viven en palacios.

Nuestros políticos —la élite— sacralizan la democracia y consecuentemente viven en palacios.

Faraones, papas, sahs, emires, generales, emperadores o zares. Todos por razón de su altísima dignidad.

Nada cambia, pero la apariencia de cambio ayuda a perpetuar el método. Ni el más obtuso sigue tragando si no le actualizan el nombre al juego; ya lo escribió Lampedusa.

Si nos callamos (nuevo manual del prudente)

Uno de los múltiples efectos perniciosos de la corrección política es haber convertido las redes (ese amasijo de obviedades y narcisismo) en la excusa perfecta para que nos entreguemos a dos de nuestras pulsiones favoritas: opinar y/o quejarnos. Pero lo verdaderamente fascinante de Internet es que cada opinión y/o queja se convierte a su vez en la espoleta que desencadena una nueva opinión y/o queja.

Lo de opinar es muy nuestro, muy de bar. Expertos en geoestrategia andan totalmente colapsados ante la complejidad y el horror de la guerra civil siria, mientras que cualquier españolito de a pie, a poco que uno bucee en su Twitter, demuestra tener la opinión más formada y firme sobre lo que allí ocurre, quiénes son los malos y qué habría que hacer (o no hacer) en un conflicto que implica a su vez conflictos milenarios de intrincadísimas implicaciones. Con maniqueísmo alucinante, y dejando una vez más que la ideología piense por nosotros, cada cual imita la posición del gurú dominante de su facción y lo parafrasea con más o menos éxito. Lo de menos son los hechos, la ética y hasta la propia verdad (para otro día la posverdad, penúltima estupidez posmoderna): lo importante es recibir el aplauso de los miembros de la propia secta, movidos a su vez por la misma ideología fantasmagórica y huera que nos impide a todos pensar.

Lo de quejarnos tiene una función distinta. La queja aumenta/justifica la sensación de que todo lo malo que nos pasa es culpa de los demás, o del destino, o de Hacienda, y que somos unos pobrecitos que nunca conseguiremos lo que nos merecemos porque cargamos con la maldición de Jonás y todos nos odian. Lo que debería ser un foro de intercambio de opiniones se está convirtiendo en un certamen de pieles finas. Allá donde uno vaya a ejercer su libertad de expresión aparecerá un callo deseando ser pisado. Atropellar a un colectivo minoritario es lo más probable en cuanto uno planta el dedo en la tecla. No conviene olvidar, no obstante, que los que más se quejan son los que luego, a los mandos de sus enormes e innecesarios troncomóviles, mantienen vírgenes las palancas de sus intermitentes. Son aquellos que circulan por el carril del centro porque les resulta más cómodo. Aquellos que, subidos a sus hipsterísimos velocípedos, siembran el terror entre los venerables ancianos que ignoraban que las aceras se hubieran convertido en la Lieja-Bastogne-Lieja. Ya dicen en La edad de la inocencia que «son aquellos con los peores cocineros quienes siempre acusan a los demás de envenenarlos cuando cenan fuera».

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“Cómo arreglar tu vida quejándote de todo”

¿Qué hacer, entonces, ahora que incluso el Estado se ha convertido en una triste comadre rastreando oportunidades de escándalo? Pues darles escándalo. Porque, como dijo Burke, «para que el mal triunfe solo es necesario que las personas buenas no hagan nada». O no digan nada. Por definición, es la gente más prudente quien pasa más desapercibida, porque es su voluntad no ofender a nadie. Pero las cosas están tan mal (Brexit, Trump, comunismo postadolescente) que, si los prudentes siguen callados, la elocuente ignorancia terminará por dirigir el cotarro. Son aquellos que dicen disparates los que vocean más alto, y conviene contrarrestar su pancartismo megafónico con un poquito de escandaloso sentido común.

Porque a esta delirante corrección política que nos asuela no hay nada que le escandalice más que las obviedades, las verdades en deshabillé o las dosis intolerables de realidad, que resultan ser cualesquiera dosis de realidad.

Démosle la vuelta a la prudencia para defendernos del invasivo tropel de ágrafos con acceso a Twitter. Pensemos. Hablemos. Escandalicemos.