Hay que tener cuidado con el atiquín. En España estamos tan acostumbrados a votar a la contra que en seguida cae uno en la tentación de justificar lo injustificable. Vivimos, además, una excepción política sin precedentes en los últimos 50 años, y eso nos podría llevar a tragar con lo que sea que nos saque de esta. Ya salió mal con Mariano.
Porque un mal no se cura con otro mal, se llame uno José Luis o Isabel Natividad (comunismo o libertad) y no deberíamos aspirar a tener políticos menos corruptos sino políticos honrados.
Porque por mucho que la insólita adquisición del ático nos recuerde que el poder indefectiblemente corrompe como dijo lord Acton, lo que nos debería dar escalofríos es la unión indisoluble entre política y capital. Por qué siempre tiene que haber al lado de un político un proveedor de mascarillas a gran escala, de energía a gran escala o de software a gran escala. Lo que sea, pero a gran escala.
Gerardo Iglesias
Ustedes son muy jóvenes, pero cuando el principal fundador de Izquierda Unida abandonó la coordinación general del partido y regresó a Asturias (y después de perder allí las primarias para ser candidato autonómico), rechazó su pensión de diputado y lo que él mismo denominó «puertas giratorias», y volvió al que había sido su trabajo desde los 15 años (sí, un político que falsifica su carné para poder trabajar más y no menos), es decir, la mina. Pero no la mina a gran escala, no. Gerardo Iglesias, después de haber sido candidato a la presidencia del Gobierno, volvió a la mina a picar, tac, tac. La izquierda asturiana no se lo perdonó (ya saben, «este qué se ha creído») y le hizo la vida imposible.
Es paradigmático de los tiempos tan nefandos que vivimos (para encontrarle parangón a Sánchez hay que irse a Zapatero, Franco, Fernando VII o Carlos IV) el que echemos de menos a un político comunista. Yo votaría mañana a Gerardo Iglesias con los ojos cerrados. O a Anguita, ya que estamos, que después de una trayectoria similar rechazó también la pensión de diputado y volvió a su puesto de profesor de instituto. Sus declaraciones sobre la LOGSE, por cierto, son impecables y a estas alturas proféticas. Qué desastre.
Acrisolados
Decimos con frecuencia que tenemos los políticos que nos merecemos, o que la autoexigencia ética de los españoles es similar a la de sus políticos. La cuestión es que su comportamiento debe (no «debería», no estamos hablando en hipótesis) ser infinitamente más irreprochable que la del ciudadano, y debe serlo en último extremo por dos motivos.
En primer lugar el político decide vivir su vida diciéndonos a los demás cómo debemos vivir. Late en todos ellos, hasta en los más demócratas, un pequeño dictadorzuelo. Entonces, si pretendes decirme cómo actuar, tu comportamiento ha de ser ejemplar, incomparable, modelo de santidad.
En segundo, y en un ámbito más pragmático, viven a nuestra costa. Todo político es un okupa, un agujero en la cartera, un amante manirroto. Un grifo que gotea, una sisa permanente, un butrón. Lo mínimo, entonces, que se le puede pedir a un gorrón institucional es que muestre moderación franciscana. Les pagamos el sueldo, recuerden, para que siembren el odio entre nosotros, provoquen apagones, estrellen los trenes, nos encierren en casa y casen a sus hijas en el Escorial. Lo mínimo que se les puede pedir a cambio es decencia ilimitada. Que caminen a un metro del suelo de puro virtuosos.
Y tras un tiempo prudencial a casa, a picar, como Gerardo. Que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.
