El Penas

Todos tenemos o hemos tenido un amigo penoso. Dos, si son pequeños. Un ser que imagina que todas las calamidades le pasan a él. Que lo imagina y encima nos lo cuenta, que es donde está la gracia. Quedar con él es (era; aléjense de los penosos) una apuesta interna por comprobar qué calamidad lo aqueja, qué nuevo drama asola su precaria existencia.

En el mundo no hay tío más penoso que el entrenador del Barcelona Spotify. El otro día, según terminaba el amistoso contra el City, Javi Hernández abrazaba a José Guardiola y acto seguido ya estaba extendiendo los brazos denunciando una penuria o una dificultad. Parecía que se había acercado a su hermano mayor a pedirle cinco duros para un paquete de Bang Bang a la vuelta de misa. «Es que ya no venden los cigarrillos de uno en uno», se lamentaba. Guardiola sonreía, como diciendo «en un amistoso no, hombre, relájate un ratito». Luego en la rueda de prensa Hernández le tiró la de Bernardo Silva y el otro no sabía dónde meterse. «A mí qué me cuentas». Es verdad que el Pep es el padre fundador de la hermandad de la queja perpetua, pero en comparación con su discípulo más aventajado semeja un cascabel, un marinero de permiso, Júpiter tonante.

El deporte y el nacionalismo son terrenos donde se da el penoso, como en Calanda se da el melocotón o en Bilbao el condicional. Por eso en la intersección entre el nacionalismo y el fútbol, donde habitan Hernández y Guardiola, la capacidad de queja alcanza cotas de nieve. Hay que decir que ahora José sonríe más, quizá porque las reclamaciones independentistas de Escocia le son ajenas ahora que el catalán forma parte del Imperio, pero no olvidemos que fue el primer ser humano en protestar por el acierto de un árbitro. Hernández, émulo, le aguanta el tipo protagonizando una pequeña gesta: protestar por las medidas de un campo (La Cerámica) que tiene exactamente las mismas dimensiones que el Camp Nou Spotify.

Estamos en agosto y Hernández ya se ha quejado del tiempo efectivo, de la fecha de cierre del mercado y de las expectativas: «las expectativas generadas también se han pasado un poco, le hace al jugador estar más rígido».

Hablando de rigidez, servidor solo ha visto a Hernández relajado en Colón gritando «¡Viva España!» en 2010. Hay que ver la felicidad que reporta abandonarse a la pulsión centralista. Que, por otra parte, no sé cómo puede ser antiespañol un tipo que tiene aspecto lo mismo de haber luchado en Numancia contra Escipión que de limpiarte la mesa en un bar de Jaén para que juegues al dominó.

P. S.: Que el deporte alumbra tristes lo atestiguan Lopetegui (te da una arenga Lopetegui y te vas a casa a comer Häagen-Dazs abrazado al cojín), Morata, que habla para dentro, y Asensio, que si buscara las causas de su ostracismo en su interior y no en no sé qué perversa confabulación lo mismo era aprovechable. Pero sin duda el título de quejoso hiperbólico es para Lewis Hamilton: «He sido acosado toda mi vida». Mira, como los independentistas.

¿Cuándo se convirtió el Barcelona en un meme?

En la vida es conveniente buscar el origen real de las cosas, las causas primeras, porque los problemas solo se solucionan arrancando el mal de raíz.

Aviso: la verdad es dolorosa

Mentirse a uno mismo consuela durante un tiempo, pero siempre deriva en batacazos fenomenales. No compensa, vaya. Pero si uno ya ha caído en la tentación, es conveniente que alguien, amigo o enemigo, le diga la verdad. Ahí va:

Aquello en lo que el Barcelona, incapaz de conseguir la excelencia deportiva del rival que lo obsesiona y acompleja, ha cifrado sus expectativas de superioridad, su logro incomparable, su cénit estadístico, no existe. El Barcelona, estimados lectores, jamás ha ganado un sextete.

La Liga del supuesto sextete (el sextete de corchopán) comenzó el 30 de agosto de 2008. La final del mundial de clubes del sextete de corchopán se jugó el 19 de diciembre de 2019, es decir, más de 465 días después y ya en la temporada siguiente, la 2009-10. Según mis sofisticados cálculos, y a no ser que en la república catalana (también de corchopán) los años duren 500 días, las competiciones que componen el sextete de Petete no se celebraron ni durante la misma temporada (abarcan la 2008-09 y la 2009-10) ni durante el mismo año natural (abarcan 2008 y 2009, y a solo 12 días de pisar 2010). Ni siquiera tuvieron lugar durante el margen de 365 días que componen un año terrícola. Que los títulos pertenezcan a dos temporadas distintas es especialmente relevante, pues implica que se jugaron con plantillas y equipaciones diferentes. Samuel Eto’o, por ejemplo, solo ganó los 3 títulos correspondientes a la 2008-09.

¿Por qué hemos tragado con la milonga entonces? No lo sé. Por pena, supongo. Lo que ocurre es que lo que se oculta para no dar un disgusto al niño a menudo lo convierte en un adolescente disfuncional. La verdad educa, la mentira malcría.

«Es que entonces no hay forma de ganar un sextete». Sí, sí la hay. Se trata, como en el caso del triplete (que el Barcelona sí tiene, por cierto), de ganar 6 títulos durante la misma temporada.

Supongamos, por ejemplo, que un equipo hubiera ganado esta temporada 2021-22 Liga y Champions (es difícil de imaginar, pero hagan un esfuerzo). Durante la próxima, 2022-23, jugaría las seis competiciones de marras; Supercopa de Europa, de España, mundial de Clubes, Liga, Copa del Rey y Copa de Europa. Todo en menos de 12 meses y durante la misma temporada. En caso de ganarlas, el equipo hipotético se haría con un sextete real, inapelable. Un sextete, vaya.

Que conste que en mí late la voluntad de ayudar, por si alguien por allí quiere empezar a sanear la cuentas y las cabezas y volver a poner los pies sobre la tierra. En esa línea y próximamente se abordarán los siguientes temas: «Neymar le costó al Barça 200 millones y no 57» y «Contar la Copa de Ferias como trofeo da casi ternura».