Por qué va a seguir gobernando Sánchez

Para el Estado es mucho más barato educar a un borrico (o un borroko, que viene a ser lo mismo) que a un ciudadano.

Formar a una criatura para que devenga ciudadano consume más recursos que un centro de datos. Para más inri, mientras los centros de datos mantienen a la plebe entumecida, el ciudadano termina siempre por resulta molesto al Gobierno de turno (la mafia, en estos momentos).

Para que un ciudadano, pongamos, catalán, entienda que goza de derechos y libertades gracias a que España es un Estado de Derecho hace falta que profesores ilustrados se hayan empecinado en su educación, y esto ―tanto producir profesores ilustrados como convencerlos de que se dediquen a desburrar― es terriblemente caro.

Mucho más caro, por ejemplo, que pagar a un bufón lamebotas 14 kilos al año ―forra de millones a un cómico contestatario y verás su verdadera naturaleza― o sobornar a los votantes primerizos con una limosna de 400 euros.

Formar a un imbécil, en cambio, es baratísimo. Para obtener un proetarra solo hace falta educarlo en el odio y darle a oler un tricornio. Es muy importante, viniendo lo que se nos viene, tener claro que un imbécil encapuchado sigue siendo un imbécil.

Entonces, cada voto ciudadano es mucho más caro (en tiempo y dinero) que el voto de un paniaguado, un lerdo o un chorizo.

Porque no sé qué tipo de conciencia política y democrática se gastaría un sujeto que vota a un Gobierno que contactó con narcotraficantes para quitar de en medio a la juez Beatriz Biedma. Si esto fuera Lo País y yo fuera Maruja Torres llamaríamos «hijos de puta» a tales votantes, como ella hizo con todos los votantes del PP en 2004; pero no ocurre ni una cosa ni otra, afortunadamente.

Ahora permítanme contarles una historia, dado que ustedes son muy jóvenes y podrían estar confundidos por las palabras de Felipe González sobre el Gobierno y lo que podríamos llamar «la teoría del PSOE secuestrado por el sanchismo».

En 1991 el juez extremeño Marino Barbero comenzaba la instrucción del sumario sobre el entramado de empresas (Malesa, Filesa, Time Export) con las que el PSOE de González se financiaba ilegalmente cobrando a banqueros y empresarios por informes inexistentes (¿de qué me suena a mí lo de pagar a alguien por informes inexistentes, Laporta?).

La honradez intelectual y la valentía del juez Barbero lo habían llevado a negarse en 1963 a jurar los Principios del Movimiento Nacional, lo que puso en peligro su cátedra de Derecho Penal la Universidad de Murcia y provocó que los esbirros del dictador bajito le quitaran el pasaporte.

Pues bien: el entonces mamporrero oficial del PSOE, Juan Carlos Rodríguez Ibarra (una mezcla de Patxi López, Marlaska y Óscar Puente), ahora consejero del Consejo de Estado, no dudó en comparar al juez Barbero ¡con ETA!: «[Marino Barbero] quiere intervenir en política sin presentarse a las elecciones, dictando sentencias, abriendo y cerrando sumarios, al igual que hace ETA, que quiere participar en la vida política poniendo bombas». Ay, Ibarra, si yo fuera Maruja Torres…

Lo País y el grupo PRISA colaboraron con el acoso, de manera que Barbero tuvo que pedir amparo a un CGPJ presidido por el «progresista» Pascual Sala, que se lo negó. En 1995, agotado, Barbero abandonó la judicatura.

Y viene aquí un detalle que tiene un interés casi antropológico en calidad de récord mundial de la desfachatez; observen cómo Lo País, que había estado desacreditando a Barbero desde su privilegiada tribuna como diario del régimen felipista, dio la noticia de la renuncia del juez: «Barbero abandona la judicatura y deja sin resolver el ‘caso Filesa’. El juez del Tribunal Supremo […] dio ayer la espantada». Acosado por investigar, acosado por dejar de investigar.

Presentar batalla contra dictadores y corruptos como hizo el juez Barbero es caro, carísimo, en lo profesional y lo personal, pero es el único camino posible cuando lo que está en juego es la supervivencia del propio Estado de Derecho.

Va a ser difícil, porque luchar desde la ley contra sujetos sin la menor atadura moral y una nauseabunda catadura moral pone al ciudadano en inferioridad de condiciones, pero no nos queda otra porque este individuo está dispuesto a cualquier cosa para devorarnos. Seamos fuertes, perdamos el miedo, rescatemos al Estado para que nadie tenga que venir a rescatarnos a nosotros.

P. S.: Esta entrada está dedicada al excelentísimo señor don Marino Barbero Santos y todos aquellos que predicaron con el ejemplo y se marcharon en silencio.

P. S.: Nunca les he pedido que difundan estas entradas. Hoy se lo ruego, puesto de hinojos.

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