El telescopio de Proust

El rencor se revela a veces como uno de los defectos más gozosos. Los mortales tenemos defectos reales, no como los famosos, que al ser preguntados por sus defectos responden cosas como «soy demasiado sincero» o «me entrego sin condiciones». Ser famoso conlleva una dosis imprescindible de alipori.

Verán: ciertos escritores llevan décadas culpando a Proust del tamaño de su ombligo: si Proust consiguió semejante triunfo a base de memoria involuntaria, entonces podemos y debemos infiltrar recuerdos lejanos en nuestros artefactos literarios (los modernísimos utilizan mucho la palabra artefacto). En los años setenta esta deriva solipsista llegó el paroxismo con la autoficción: decidieron que el yo era más importante que el mundo.

He ahí, entre sus ejemplos inexactos pero más ilustres, La Habana para un infante difunto, de Cabrera Infante (la coincidencia habla por sí misma), caso especialmente doloroso toda vez que el Cervantes del 97 es un escritor alucinante.

Pues bien, resulta que todo es un malentendido. Un gigantesco y pernicioso malentendido. La novela más influyente del pasado siglo ejerció su magisterio a través de una exégesis fallida. En otras palabras: los innumerables bodrios de la segunda mitad del siglo XX que practican sin pudor la autorreferencia hunden sus raíces en una lectura miope de A la busca del tiempo perdido. No lo digo yo, lo dice Proust (lo de la lectura miope, los bodrios se los ahorró gracias a su muerte [¡ah, qué liberadora a veces la muerte!] en el 22).

Palabra de Proust en la revista Annales, atención: «Por lo que a mí se refiere, mi instrumento preferido de trabajo es más bien el telescopio que el microscopio. Pero he tenido la desgracia de empezar un libro con la palabra je [yo] y al punto se ha creído que, en vez de intentar descubrir unas leyes generales «me analizaba» en el sentido individual y detestable de la palabra».

Detestable. Proust tacha el narcisismo egotista que estaba a punto de cernirse sobre la literatura occidental poniéndole a él como excusa de detestable. Pero que el árbol nos permita ver el bosque: se trataba buscar leyes generales, no de narrar anécdotas personales.

En el El tiempo recobrado (el último libro de la heptalogía) y respecto a los primeros apuntes de la propia obra escribe: «Nadie comprendió nada. […] Allí donde yo buscaba las grandes leyes, me llamaban rebuscador de detalles».

¡Qué satisfactorio leer de la pluma de Proust y con carácter prospectivo la réplica a tanta literatura umbilical! Qué disfrute, desde un sentimiento equivocado pero por las razones correctas, el de asistir al desmontaje inapelable de tanta vanidad impúdica disfrazada de alta cultura. Qué liberadora, la venganza de baja intensidad, y qué prometedora: aparece en seguida en nuestro horizonte la búsqueda de nuevos empeños. Miraré si está vacante el puesto de pirata Roberts.

P. S.: Todas las traducciones son de Mauro Armiño.

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