La excepción humana

Necesitamos más inteligencia artificial.

En 1970 el experto en robótica Masahiro Mori acuñó el término valle inquietante para referirse a la respuesta que crean en nosotros aquellos androides que, precisamente por haber alcanzado un grado de semejanza notable con los humanos, producen una respuesta de prevención, miedo o repugnancia.

Se trata, por tanto, de uno de esos casos en los que lo mejor es enemigo de lo bueno. Si la autómata de Roentgen, a la que nadie habría confundido con un ser humano, creaba fascinación en el XVIII y nos inspira maravilla ahora, autómatas que engañan mejor a la vista solo nos inspiran pavor. Incomodidad. Recelo.

La premisa detrás del valle inquietante es que cuando se está más cerca de la manera humana es cuando mejor se percibe la distancia real, que es cualitativa y no cuantitativa. No hay una sola idea nueva generada por IA. No tiene, por tanto, ningún sentido leer sus textos.

Entonces, necesitamos más textos generados por IA para darnos cuenta de que ahí no hay más que lo que los sajones llaman AI slop (basura digital). Ese material regurgitado que ya es mayoría en la web.

Si nos damos cuenta de eso, si volvemos a leer, entonces quizá podamos dar por perdida a esa generación que ya nunca saldrá de su adicción (no me miren así, yo no soy el que compra móviles a adolescentes) y centrarnos en recuperar el valor de nuestro tiempo y la especificidad de nuestro conocimiento. La excepción humana.

P. S.: Otro día comentaremos quién paga con su esfuerzo la fantástica energía necesaria para alimentar los centros de datos. Otra razón por la que Matrix (1999) resulta tan brillante.

Hijos de Bartleby

Vaya por delante que la capacidad de las redes neuronales para realizar tareas repetitivas, picar datos de manera salvaje o detectar patrones es, como cualquier avance tecnológico, una herramienta bienvenida que, entre otras cosas, ayuda a salvar vidas. Es muy fácil querer seguir viviendo en la Edad Media hasta que a uno le sale un bultito. Pero de lo que se habla aquí es de la generación artificial de textos.

A veces lo que define al genio es ver antes que nadie: explicar problemas que aún no se han producido.

En Bartleby, el escribiente (1853), Herman Melville apenas crea algo más que un oficinista que, antes las peticiones de sus superiores contesta invariable y lacónicamente «Preferiría no hacerlo». Suficiente para que el relato sea magistral.

Ocurre que los algoritmos correlacionales generativos (llamados por la mercadotecnia «inteligencia artificial generativa») aparecen como fantasmagoría alucinante que nos desplaza, es decir, nos dan la posibilidad de delegar, de encargar, de no hacer.

Con mucho, las telecos y las tecnológicas prefieren que dediquemos ese tiempo a mirar nuestras pantallas, es decir, a consumir.

Lo que producimos como individuos originales no solo disminuye en cantidad sino sobre todo en variedad, calidad y empeño. No importa.

Lo que la estrategia mercadotécnica de la IA ignora (finge ignorar) es que siempre tuvimos a nuestro alcance la posibilidad de no hacer: desde fusilar la página de la extinta enciclopedia hasta pedirle a nuestra prima que nos hiciera el trabajo. Pagar por un proyecto fin de carrera. Contratar a un sicario, llegado el caso.

Pero la diferencia fundamental entre esa acción delegada, esa inacción, y la que nos proponen Nvidia, OpenAI o Microsoft es que las anteriores opciones estaban mal vistas, mientras que delegar en la IA se considera sofisticado.

Seamos claros: comparadas con la originalidad exigible a un buen texto humano, es decir, a un buen texto, las parrafadas generadas por los algoritmos correlacionales son, en el mejor de los casos, la media aritmética de lo publicado al efecto en Internet. La definición exacta de mediocridad. La regurgitación verbal de retales electrónicos. Algo que no solo se ha escrito antes, sino que ocupa posiciones neutras, grises, inanes. Matizadas, por si fuera poco, por un postprocesado que tiene dos misiones igualmente perniciosas: dorarnos la píldora («¡Claro, tírese por el balcón, qué gran idea! ¿Necesita más ayuda con este asunto?») y eliminar toda noción políticamente incorrecta, es decir, toda idea.

Ya hay más texto en Internet generado por la IA (ovillos inextricables de redundancia, mediocridad y tautología) que por seres humanos. La red es un inventario de textos basados en textos basados en textos basados en.

Si no voy a decir o escribir algo que nunca se haya dicho o escrito, sería buena idea considerar el silencio. El camino contrario conduce, paradójicamente, a un mundo donde solo exista el silencio.