Necesitamos más inteligencia artificial.
En 1970 el experto en robótica Masahiro Mori acuñó el término valle inquietante para referirse a la respuesta que crean en nosotros aquellos androides que, precisamente por haber alcanzado un grado de semejanza notable con los humanos, producen una respuesta de prevención, miedo o repugnancia.
Se trata, por tanto, de uno de esos casos en los que lo mejor es enemigo de lo bueno. Si la autómata de Roentgen, a la que nadie habría confundido con un ser humano, creaba fascinación en el XVIII y nos inspira maravilla ahora, autómatas que engañan mejor a la vista solo nos inspiran pavor. Incomodidad. Recelo.
La premisa detrás del valle inquietante es que cuando se está más cerca de la manera humana es cuando mejor se percibe la distancia real, que es cualitativa y no cuantitativa. No hay una sola idea nueva generada por IA. No tiene, por tanto, ningún sentido leer sus textos.
Entonces, necesitamos más textos generados por IA para darnos cuenta de que ahí no hay más que lo que los sajones llaman AI slop (basura digital). Ese material regurgitado que ya es mayoría en la web.
Si nos damos cuenta de eso, si volvemos a leer, entonces quizá podamos dar por perdida a esa generación que ya nunca saldrá de su adicción (no me miren así, yo no soy el que compra móviles a adolescentes) y centrarnos en recuperar el valor de nuestro tiempo y la especificidad de nuestro conocimiento. La excepción humana.
P. S.: Otro día comentaremos quién paga con su esfuerzo la fantástica energía necesaria para alimentar los centros de datos. Otra razón por la que Matrix (1999) resulta tan brillante.
