Por qué no son superhéroes

Uno de los lugares comunes de las instituciones y los medios de comunicación al tratar la cuestión de los niños y adolescentes enfermos es el de convertirlos en superhéroes. Seguramente con buena voluntad y la intención de ayudarlos, la «lucha contra una cruel enfermedad», es decir, seguir un tratamiento contra el cáncer, se disfraza de fantasía y se le vende al niño como un acto de magia, una batalla que se ganará con superpoderes.

Pero la buena voluntad no convierte un error en un acierto. ¿Por qué es un error?

Porque el objetivo es normalizar

Desde el mismo instante en que a un niño o adolescente se le diagnostica de cáncer, un equipo de oncólogas, enfermeras, auxiliares, voluntarios, fisioterapeutas y profesores, entre otros, se ponen a trabajar hombro con hombro con un objetivo común: curar la enfermedad.

Pero ese «curar la enfermedad» no puede ser ya sacar el cáncer de su vida sin preocuparse de nada más: se trata también de eliminar sus secuelas hasta donde sea posible.

No estaríamos haciendo bien nuestro trabajo si durante el tratamiento de un tumor convertimos al niño en alguien especial. No tiene ningún sentido sustituir un problema por otro, por mucho que este sea menor que aquel.

Ese «alguien especial» presenta principalmente dos peligros: ser un protegido, es decir, alguien que se curó gracias a la providencia, o bien tener una cuenta pendiente con la vida, o sea, convertirse en un tirano porque la vida lo puso frente a una situación injusta y terrible a una edad impropia (como si la vida fuera justa en términos generales).

La cuestión, entonces, es normalizar. Hacer que el cáncer se convierta en parte de la vida del niño, que intercepte la menor cantidad posible de proyectos y en ningún caso el desarrollo de sus potencialidades. El cáncer no debe impedir que el niño o el adolescente se conviertan en la mejor versión posible de sí mismos. La experiencia no solo nos dice que es posible sino que un correcto desempeño de los profesionales de una Unidad de Oncopediatría lo convierte en habitual.

Porque el cáncer no es un supervillano

Los medios envían mensajes tan machacones que leer esto parece extraño, pero lo cierto es que el cáncer no tiene voluntad, ni es un castigo (ni una bendición, cuidado), ni mucho menos una prueba del destino. Detrás del cáncer no hay una presencia malvada, y quien ha pasado por una experiencia potencialmente traumática sabe que afrontar esa prueba sabiendo que ha sido causada por la maldad es totalmente diferente a hacerlo rodeado de otros seres humanos que nos tienden la mano, que se nos entregan simplemente por amor.

Todos compartimos el deseo y la tarea de que el cáncer deje de existir, pero eso no lo convierte en una materialización del mal. Esa visión convierte el asunto en una pelea entre dos bandos, y en esta tarea solo hay un bando. O, mejor, en esta tarea no hay bandos.

Porque cabe la posibilidad de que lo estemos haciendo por nosotros y no por ellos

Nadie quiere ser un bicho raro: estar enfermo es normal, tener superpoderes no lo es (y además es mentira). Es más que posible que en las raíces de este engaño, porque para los más pequeños puede convertirse literalmente en un engaño, esté la satisfacción de una necesidad nuestra y no suya: la de apelar a la magia para hacer de la enfermedad grave algo extraordinario «que no me puede pasar a mí». Cuanto más insistamos en esta lógica de ellos y nosotros, en ese muro entre la enfermedad real y la retocada hipocresía de las redes sociales, más capacidad de noquear tendrá el diagnóstico y más aislados se sentirán después, en un mundo de superhéroes sin poderes, de palmaditas en la espalda, de gente que cambia la voz y les habla de manera extraña.

Un niño con un tumor no se convierte en un tumor; sigue siendo un niño. Y los niños toman un bocadillo a media mañana y aprenden a multiplicar y se ríen con cierta frecuencia, porque están un poco locos, y su risa es nuestra gasolina. Pero también se les reprende cuando no trabajan, porque son niños y no «pobrecitos», y deben aprender a hacer las cosas igual o mejor que los adultos, y dentro de unos años tendrán la misión y el privilegio de cuidar a otros seres; a nosotros, por ejemplo.

Porque no hay un ellos y un nosotros: estar enfermo es una cuestión de tiempo, y ayudarnos entre todos a entenderlo eliminará una barrera que nos impide ver lo fundamental: que el ser humano es lo suficientemente extraordinario en sí mismo como para necesitar supercosas, y que su dignidad y su maravilla no dependen de nuestra arrogancia disfrazada de compasión.

Así que ya sabe, si mañana se cruza con un niño enfermo y tiene la voluntad de ayudar, haga algo extraordinario: dígale cuánto ha crecido y pregúntele qué tal las Mates.

Vivir de espaldas a la Belleza

Hace unos meses obtuvo cierto éxito un tuit de un escritor que afirmaba que nada se aprende del sufrimiento. Un pensamiento expresado en 280 caracteres tiene dos ventajas aparentes: suele tener pegada (Twitter no inventó los aforismos) y la naturaleza de las redes sociales posibilita su difusión masiva, pero de un segundo vistazo puede resultar problemático o matizable, y este efectivamente lo es.

Es cierto que el sufrimiento en sí no es buen maestro, pues con frecuencia se ve asociado a estados de ánimo que dificultan el normal desarrollo de nuestras facultades. Pero también es cierto que el sufrimiento suele caminar en paralelo con experiencias que, en su crudeza, nos explican con meridiana claridad cómo es la realidad. Que suframos significa, entre otras cosas, que se nos han terminado los escudos con que nos protegemos de la verdad cuando la verdad es dolorosa. Sufrir implica afrontar, y el afrontamiento de la verdad, cuando esta no puede cambiarse, nos zarandea como un torbellino pero ―si las raíces son fuertes― termina por hacernos más sabios y más libres.

En este punto es fácil caer en un panegírico del sufrimiento, lo que sería injusto además de cruel. El sufrimiento no es deseable, pero existe y está entre nosotros. ¿Estamos preparados para afrontarlo? La forma en que una sociedad trata a sus miembros más frágiles establece su verdadero nivel como comunidad. Es imposible no recordar aquí el inhumano trato que dimos a nuestros mayores al inicio de la pandemia de COVID-19. Lo ocurrido en las residencias en la primavera de 2020 es nuestro fracaso, pero obliga de nuevo a una reflexión más detenida. Que hayamos enclaustrado a nuestros ancianos ―que son los mejores de entre nosotros, pues son los más sabios― en residencias no es responsabilidad del coronavirus; llevamos décadas haciéndolo. El trauma provocado por sus muertes a millares no proviene solo de la indecente gestión de la crisis: lo que nos provoca el horror es haber recibido, como en un fogonazo, una brutal sacudida en la conciencia. Arrinconamos a nuestros mayores, entre otras cosas, porque constituyen nuestro mayor y más inapelable memento mori. Su muerte a millares en las residencias nos horroriza porque constata nuestra propia indignidad: los habíamos puesto allí para que murieran sin hacer ruido y en cambio lo hicieron ocupando las portadas de los diarios.  

En el tratamiento que la sociedad da a los que sufren está todo mal porque una sociedad decididamente comprometida con el placer, la ausencia de valores a largo plazo y el exhibicionismo de felicidades reales o simuladas es necesariamente incapaz de gestionar su relación con quienes nos recuerdan que la vida no es solo deleite. Cuando una sociedad se hace líquida (en palabras de Zygmunt Bauman) su destino más probable es desaparecer por el sumidero.

«Donde hay dolor hay un suelo sagrado». En la carta más hermosa que jamás se haya escrito, De Profundis, redactada en la cárcel cuando la cárcel era un lugar destinado a destruir seres humanos, Oscar Wilde muestra la mayor lucidez, delicadeza y trascendencia de toda su literatura. No es solo que a Wilde el dolor lo hiciera más sabio, es que lo cuenta una y otra vez con su pasmosa facilidad para verbalizar lo inefable. «En el dolor hay una intensa, una extraordinaria realidad». Hay en el sufrimiento una oportunidad de comprender, una inexcusable ocasión de mirar a la Verdad a los ojos: «Todo lo que se comprende está bien».

Una sociedad que da la espalda al sufrimiento está perdiendo la ocasión de aprender. La felicidad levanta a menudo sus pies sobre la mentira, pero el sufrimiento está edificado sobre la verdad. Siempre hay una suerte de catarsis en el camino de quien se atreve a saber.

Una sociedad volcada exclusivamente hacia el placer no quiere, ni sabría cómo, cuidar de quienes están en situación de fragilidad. Una sociedad que trata de convencer a sus niños enfermos de cáncer de que son superhéroes es una sociedad que demuestra su incapacidad para ser honesta. ¿Estaremos presentes cuando el niño enfermo descubra que sus poderes no son capaces de curarlo? ¿Es que no hemos entendido nada?

El orden de la vida implica que acabaremos por ser uno de los que sufren. Cuando la vida transcurre por alguno de sus extremos suele acontecer lo extraordinario: nos estamos perdiendo el único tesoro verdadero.

Se nos ha entrenado para aborrecer el dolor, pero la compañía de quien está en dificultades es un privilegio. Hay en su serenidad un entendimiento supremo, porque aborrece el engaño quien ha contemplado la Verdad. Cuando la vida nos golpea nos ofrece a cambio la posibilidad de triunfar sobre la mentira. Y esa verdad siempre termina por hacernos libres.

P. S.: La imagen corresponde al grabado del siglo XVI Un ciego guiando a otros ciegos, de Cornelius Massys.

El día que nació la cultura de la cancelación

El 7 de enero de 2015 dos encapuchados entraron en las oficinas de la revista satírica Charlie Hebdo y asesinaron a once personas por hacer dibujos que no les gustaban, concretamente caricaturas irreverentes de Mahoma. En la huida asesinaron a la duodécima víctima; un policía que intentaba detenerlos.

No los asesinaron, en realidad, por hacer dibujos. Los asesinaron porque son unos asesinos. El lenguaje nos permite practicar la precisión: decir que los asesinos asesinaron por unos dibujos sería pervertir el concepto de causalidad: sería como decir que ETA mataba porque quería la independencia de una comunidad autónoma o que el violador viola por el largo de la falda.

El asesino mata, en primer lugar y sobre todo, porque es un asesino. La revista ha hecho portadas bastante más salvajes contra el cristianismo, pero, según parece, ya no hay asesinos en el nombre de Dios.

Dos precisiones antes de justificar el título: en primer lugar, Charlie Hebdo ha publicado un sinnúmero de caricaturas detestables que practican la ofensa gratuita según no sé qué sentido del humor; yo nunca he sido Charlie Hebdo ni pretendo serlo. En segundo, si algo de lo que he aprendido en las últimas décadas es correcto, ningún dibujo, comentario, opinión o chiste justifican la muerte de nadie.

Ya nos hemos puesto en situación. Ahora ¿qué tienen que ver aquellos 12 asesinatos con la cultura de la cancelación? ¿Por qué, si siempre hubo dictaduras, censura y teocracias, suponen los atentados un punto de inflexión? Porque desde hace más de dos siglos nunca se había mostrado en Occidente (totalitarismos aparte) comprensión hacia asesinatos por razón política o religiosa.

Una semana después de los atentados, y preguntado por ellos, el Papa Francisco soltó esto: «Si Gasbarri, mi gran amigo, dice una mala palabra de mi madre, puede esperarse un puñetazo. ¡Es normal! No se puede provocar. No se puede insultar la fe de los demás. No puede uno burlarse de la fe. No se puede». Al decir «puñetazo», por cierto, realizó el gesto correspondiente. También condenó los asesinatos, solo faltaba, pero escuchar a un Papa normalizar la violencia solo unos días después de lo ocurrido me produjo un marasmo del que aún no me he repuesto. Lo acompañó de unas reflexiones algo indigestas sobre la libertad de expresión y la libertad de credo que quizá fueran lo peor de todo, pues implicaban que atentan contra la libertad en grados parecidos tanto hacer unos dibujos como disparar a un ser humano.

Unos días después, hablando con una pareja de veinteañeros sobre los atentados, pude presenciar como ambos se mostraban comprensivos con los asesinos. Se oyeron cosas como «se lo han buscado» o «empezaron ellos». Dos jóvenes a los que se supone que en su momento enseñamos lo que era la Ilustración. Se supone.

Por supuesto, lo anterior no demuestra que los asesinatos fueran el acto inaugural de la cultura de la cancelación. Pero sí demuestra que fueron justificados, o al menos comprendidos, por una parte de la sociedad. El clima era ya proclive a las medidas desproporcionadas ante opiniones impopulares. Si alguien traga con la muerte a cambio de dibujos, es más que probable que bendiga el despido a costa de un tuit o la marginación a causa de una opinión políticamente incorrecta. Twitter y YouTube se convirtieron rápidamente en dos de las principales herramientas de la censura de nuestro tiempo, dos garantes de la corrección política que cerraban cuentas con la misma facilidad con que la Ginebra calvinista quemaba a teólogos disidentes.

La semilla ya estaba ahí, esperando tierra fecunda, y nos da una lección que por supuesto no escucharemos: no tenemos una formación en valores y derechos lo suficientemente firme como para desechar las lecciones aprendidas durante el XVIII, y darles la espalda es un drama absoluto.

En Hombres buenos llama nuestra atención Pérez-Reverte sobre el hecho de que en España se rebaja la graduación cientificista y humanista del XVIII traduciendo a la baja Iluminación (siècle des Lumières, Enlightenment, Aufklärung) por Ilustración. Parece que el mundo por fin nos acompaña en el camino de la burricie, el atraso y la censura.

Otro día detallamos las bondades de la corrección política, para saber en qué brazos nos estamos echando.

El hombre que desenchufó Madrid

Decía José Luis Martínez-Almeida que a los madrileños no nos gustaba el enchufe de Colón. No precisó si había hablado con todos, pero él sabía que a los madrileños no nos gustaba el enchufe. Tampoco decía nada de que el proyecto de la Mutua iba a acabar con la gramática de arquitectura suspendida que daba forma a las Torres.

Lo que sí dijo el alcalde (los políticos tienen siempre amnesia selectiva) adolece de una incoherencia sutil pero profunda.

Creo recordar que, allá por el inicio de los 90, cuando las Torres Colón crecieron con el apéndice entre art déco y gothamesco que las coronaba, la opinión generalizada no era muy proclive a la alabanza. Dice Lo País que el propio Lamela las prefería antes de que la ordenanza exhortara a la reforma que vería nacer el enchufe, diseñado por el propio Lamela y con carácter reversible. Y menos mal que los focos para llamar a Batman no se instalaron por falta de viruta.

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Parece que a Jorge Arranz tampoco le disgustaba el remate

Pero los edificios no solo funcionan en el nivel de lo que gusta o no gusta a un amorfo colectivo y ficticio que llamamos «los madrileños», «los españoles» o «los trabajadores por cuenta ajena». Los edificios, como cualquier objeto y sobre todo como cualquier obra de arte, significan más allá de la voluntad de sus autores y de la recepción inicial. El enchufe puede ser un añadido más o menos afortunado, más o menos coherente con el proyecto original, más o menos representativo de una época, pero en mi humilde opinión de madrileño en edad provecta el enchufe era de lo más identitario que teníamos en lo que a arquitectura contemporánea se refiere, sobre todo si consideramos que se erigió en las postrimerías de la movida.

¿Qué hay de incoherente en todo esto? Pues que el mismo político que apoya la desaparición de la clavija verde se refiere a sus conciudadanos como un solo sujeto de opinión, uno al que no le gusta el enchufe, uno que le votó a él. Vamos, que mientras uniformiza los gustos de los millones de madrileños en función de su propia opinión (y de los beneficios económicos de que las torres recrezcan, me temo), se carga una de las señas que sí provee de identidad colectiva a Madrid y los madrileños. Es decir: mientras intenta construir sujeto político en torno a su propia opinión, desmonta las posibilidades de ese sujeto destruyendo uno de los elementos que lo cohesiona. Un político nunca se daría cuenta de esas sutilezas, pero aquí se ha venido a decirlas.

Desmontar un edificio siempre tiene algo de triunfo de la desmemoria, de Alzheimer colectivo

Dicen (cualquiera sabe) que, mientras pasaba en taxi por delante de las Torres, Rem Koolhaas le preguntó al conductor de quién era el proyecto. Pero ya sabemos que Koolhaas no es de fiar: también le gustaban las Torres Gemelas de Nueva York.

Todo cambio comienza llamando a las cosas por su nombre

Si tiene a un adolescente a su alcance dígale que coja el móvil (lo más probable es que ya lo tenga en la mano) y que mire cuántas horas tuvo la pantalla encendida el día anterior. Si no tienen a nadie cerca, valdrá con el suyo. Yo lo hice la semana pasada con una de mis alumnos y el resultado fue de 5 horas. Con otro el resultado fue de 8. A lo largo de la semana, de 55. 55 horitas. La trilogía de El Señor de los Anillos en sus versiones extendidas dura unas 13 horas. En 55 horas se puede aprender rudimentos de japonés, o a conducir. 55 horas es lo que deberíamos dormir a lo largo de una semana. El curso de manipulador de alimentos dura 10.

55 horas a la semana haciendo nada. Haciendo scrolling porque unos tipos en California (que llevan a sus hijos a colegios sin pantallas) lo quieren así. 55 horas preciosas para un cerebro en formación. El tiempo necesario para empezar y terminar The Crown. O para escribir y enviar una carta a cada familiar a menos de tres grados de distancia. Para leer todo Tintín y todo Asterix y llegar a tiempo al partido del Madrí. Para ver todos los cuadros del Thyssen. Para darle un buen mordisco a las cantatas de Bach. Para que sus abuelos les cuenten historias de su infancia.

Esta pésima decisión sobre el uso del tiempo volverá a ocurrir la semana que viene, y la otra. Y hasta que hagamos algo todo será así, porque el cerebro siempre prefiere los chutes de dopamina al esfuerzo necesario para leer Crimen y castigo. La recompensa a medio plazo del móvil, además de la dopamina, es el insomnio, la irritabilidad, la frustración inherente a las redes y la asimilación de mensajes extremistas. La recompensa de leer Crimen y castigo es la felicidad que proporciona la contemplación de la verdad, la sabiduría y la belleza. Pero mañana el cerebro volverá a elegir el móvil.

Y eso no es lo peor

El descomunal drama de tirar el oro verdadero por el desagüe no es ni por asomo lo peor. No es el tiempo gastado en encajar cookies lo peor. Lo peor es lo que nos pasa en el otro tiempo. Lo peor es cómo la realidad, la escasa realidad que vivimos sin el móvil en la mano, se nos convierte (se nos ha convertido) en un interludio turbio, gelatinoso, en un solar de impaciencia hasta el próximo desbloqueo del teléfono. Nada le hace sombra al pelotazo químico de las luces y los colores: en cuanto a lo que le hace a nuestro cerebro, el móvil es tan adictivo como la heroína. La vida es lo que ocurre en el compás de espera insoportable entre pico y pico. Por eso ya no nos miramos a la cara al hablar, ni escribimos cartas, ni especulamos sobre a qué se parecen las nubes: porque nos pasamos el día esperando a que nos dejen a solas con nuestro camello. Ya no nos entregamos a ninguna tarea con el 100 % de nuestras capacidades porque siempre estamos a un golpe de botón de un chute de dopamina. ¿Saben qué otros productos producen niveles anormales de dopamina en nuestro organismo? las anfetaminas y la cocaína. Sigan comprándoles móviles a sus hijos de 11 años.

Los colegios, aliados inestimables…

… para la adicción. Es un error descomunal incentivar el uso de tabletas en los colegios. No hay ningún motivo para hacerlo. «Verán, es que la tecnología…» ¿La tecnología qué? ¿Están enseñando a mi hijo a programar gracias a la tableta? ¿Domina al menos hojas de cálculo? Lo que hace es mover el dedo por una pantalla, por el amor de Dios. Apple, Samsung y Google descubrieron el filón escolar e impusieron sus condiciones a un sector demasiado cuestionado y victimista como para mantener su propio criterio, fin de la historia. Los libros de papel son mejores en todos los aspectos, pero no tienen a una multinacional detrás.

Busques lo que busques, ahí no está

Hay mil razones para ser optimista. Los móviles son una paparrucha que crea más necesidades que soluciones. Tenemos una memoria horrible, pero la historia está llena de inventos deslumbrantes que se fueron al garete en cuanto fueron observados con un mínimo de ecuanimidad. Los teléfonos son perniciosos en muchos sentidos, aunque solo haya cabido en esta entrada su insólita capacidad para crear miles de millones de drogadictos de manera no solo legal sino socialmente aceptada.

P. S.: La ilustración que abre la entrada es de Felipe Luchi para Go Outside.

Sobre los hombros de gigantes

Nos cuenta Juan de Salisbury en su Metalogicon (1159): «Solía decir Bernardo de Chartres que somos como enanos a hombros de gigantes, y que así somos capaces de ver más y más lejos que estos, no por la agudeza de nuestra mirada o la estatura de nuestro cuerpo, sino por la magnitud de los gigantes».

Con gigantes Bernardo de Chartres se refería a los autores clásicos, pero la analogía hizo fortuna en los siglos siguientes por su claridad y por ser aplicable no solo a los intelectuales o académicos sino a toda la sociedad: avanzamos más rápido porque el saber es acumulativo y cada generación no necesita comenzar desde cero.

La idea es pertinente en una época tan dada al resentimiento presentista, que aprovecha la primera de cambio para organizar una pataleta en torno a la tesis de que todo se ha hecho mal hasta ahora, pero yo con mis ideas simplistas y pueriles lo voy a arreglar con un par de tuits y retirando una estatua.

A Bernardo de Chartres lo citaron desde el poeta metafísico del XVII John Donne (imprescindible Wit, de 2001, con Emma Thompson iluminada) hasta Isaac Newton, a quien se suele atribuir la cita por la trascendencia de este y la revolución que propiciaron sus Principia.

Bernardo de Chartres practicando un arte ahora perdido

Pero, como todo lo que se da por sentado, conviene revisar y delimitar la aplicabilidad de la tesis del canciller de la catedral de Chartres. Física y ciencias de base empírica (es decir, ciencias reales en contraposición con las ciencias sociales o ciencias-que-no-son-ciencias): bien, el asunto funciona. Matemáticas y disciplinas lingüísticas de base lógica: perfectamente. Vida en general y cuestiones humanas: meh. A priori sí, y ese es el problema: parece lógico pensar que leer mucho sobre cuestiones humanas pueda suplantar la sabiduría que da la experiencia. Ayuda, claro, y prepara el terreno de juego para asimilar mejor lo que ocurre, pero, en términos generales, en cuanto a la vida cada generación sí empieza desde cero. Debido quizá al grado de dureza de nuestra mollera o a la contundencia con que la vida enseña las cosas (comparable a la de un martillo neumático o la bomba H), el conocimiento sobre las cuestiones que nos atañen en cuanto seres humanos, es decir, sobre el meollo, hay que ganárselo a base de castañas.

Esto es importante en varios sentidos:

En primer lugar, implica que por mucho que nos empeñemos en pensar lo contrario, quien tiene más años siempre sabe más. En igualdad de condiciones, los ancianos son mejores, sin matices ni cortapisas. Son los mejores porque son los más sabios.

En segundo lugar, significa que el mantra de que el progreso es lineal es una patraña. Respecto a lo que de verdad importa, un anciano de la época de Pericles sabe más que cualquier joven con ínfulas nacido o por nacer. Ese aprendizaje es cíclico: termina con cada muerte y comienza con cada nacimiento. Por ello cada anciano es un doble tesoro; en razón de su sabiduría y de la cercanía de su partida. Callan mucho porque saben mucho, y porque saben mucho están menos seguros de todo, excepto de sus principios.

Que elijamos perder el tiempo frente a pantallas hipnóticas de luces y colores mientras los mejores se llevan sus mejores historias explica bastante bien lo que somos. He aquí otro argumento contra el progreso lineal: quizá deberíamos dejar de mirar por encima del hombro a culturas que al llegar la noche se congregaban en torno a sus mayores para escuchar historias antiguas. Compárenlo con nuestras veladas y verán qué sonrojo.

En tercer lugar, evidencia que conviene no subestimar las tradiciones aunque no las entendamos: si es cierto que la tradición permite que los muertos opinen, entonces quizá ellos nos ayuden a engañar a nuestra propia estupidez.

Por último, y quizá más importante, que las ciencias duras (es decir, las ciencias) sean más acumulativas que las humanidades sugiere que las cuestiones relacionadas con las ciencias son más simples que las cuestiones relacionadas con lo humano. Soportan bien el enfoque analítico porque tienen menos variables y son más fáciles de medir, lo que ayuda a establecer relaciones causales. Quizá los pesos y medidas sean útiles para estudiar el espíritu en un par de milenios, si es que para entonces tenemos máquinas y profesionales capaces de manejarse con trillones de variables (lo que es poco probable) que además están sujetas al libre albedrío (por lo que es extremadamente poco probable).

Sin entrar a desmontar el mito de que las ciencias sociales son ciencias, tarea que empieza a ser urgente pero que no cabe en esta entrada, sí conviene avisar a navegantes de que, para cualquier aspecto relacionado con el meollo, tanto la abuela como Dostoyevski saben infinitamente más que ese batallón de neuropsicólogos, sociólogos, politólogos y otros –ólogos que te preparan sin despeinarse una regresión logística pero que terminan por saber muy poquito sobre qué cosa sea la persona.

Quizá Vd. sea anticapitalista y no lo sepa

Hace más de un año, Netflix dejó de publicitarse en los medios del grupo Vocento porque su periódico ABC había aceptado publicidad de la organización HazteOir.org, es decir, Netflix vetó a ABC porque ABC no había censurado a HazteOir.org por criterios ideológicos. Todo en orden, solo faltaría; Netflix es libre de colocar su publicidad donde quiera y de estar lo ideologizada que desee: es una empresa privada y por tanto no está sujeta a criterios de neutralidad (sobre todo si tiende a la izquierda, me temo).

Lo revelador es lo que vino después por parte de la izquierda tuitera, es decir, de la que no tiene la edad suficiente para votar: aplausos con las orejas a Netflix porque ya se sabe que ABC es derechoso y la cantinela habitual.

Dos datos: Vocento facturó en 2019 casi 400 millones de euros. Durante el mismo periodo, Netflix facturó algo más de 18 000 millones de euros. Ted Sarandos, consejero delegado de la distribuidora de contenidos audiovisuales, tuvo un sueldo durante ese año de 18 millones de dólares y 13,5 más en opciones. Yo no puedo menos que celebrar que el señor Sarandos llegue holgado a fin de mes, y puedo afirmar simultáneamente que Netflix es el epítome del modo de producción capitalista.

Si sintetizamos lo anterior, se puede concluir que el epítome del capitalismo toma una decisión teñida de supuesta ideología de izquierda (y que además le sale gratis) y obtiene el aplauso de la izquierda. A mí, como maniobra de marketing el movimiento me parece brillante, pero lo que interesa aquí es que la izquierda haya renunciado a dar la batalla económica sin darse cuenta. Ser anticapitalista ya no es una cuestión de izquierda o derecha ahora que la izquierda se ha hecho capitalista o, al menos, traga con las maneras capitalistas siempre que sus agentes aparenten aceptar las premisas de un pensamiento único que ahora ya no es económico sino de género, racial y medioambiental.

En España el término anticapitalista se utiliza para denominar a un grupúsculo radical dentro de un partido radical (hasta que se escindió en febrero del 20 por estar en desacuerdo con el gobierno de coalición), es decir, gente peligrosísima que no se lava y come niños. Esto es una nueva victoria del capitalismo: sus anti- son percibidos como el extremo del extremo, cuando en realidad ser moderadamente anticapitalista (en lo que significa de verdad) podría ser algo tremendamente sano. El quid está en el paréntesis, en lo que significa de verdad. Ser anticapitalista no tiene nada que ver con el comunismo, como numerosos ejemplos conservadores atestiguan; ningún sentido tiene salir del cazo para caer en el fuego.

Como ya se ha escrito en este blog, capitalismo no significa propiedad privada ni economía de mercado. Ningún problema presenta la primera y la segunda es muy funcional sometida a cierto control. Capitalismo tampoco significa liberalismo, por mucho que se lo intente asimilar a neoliberalismo.

El capitalismo es (o al menos así se va a entender a efectos de esta entrada) una ideología que sitúa la acumulación de riqueza como objetivo último de la actividad humana. Y esto ya no suena tan bonito.

Cuando el capitalismo se quita la careta descubrimos que ni siquiera necesita a la democracia liberal. Te la han colado, Benjamín

Alguien escribió que prefería ser leído por una persona siete veces que por siete personas una sola vez; he ahí un pensamiento anticapitalista, pero profundamente coherente con la pulsión de escribir. Ya lo dijo Bukowski: «si lo haces por el dinero, no lo hagas».

Anticapitalista es comprar más caro a países que respetan los derechos de los trabajadores. Es anticapitalista perseguir la virtud en la ejecución de cualquier tarea en lugar de la eficiencia. El mandato capitalista corre por nuestras venas con tanta violencia que tomamos por loco a quien lo cuestiona. Y, en realidad, cuestionar la filosofía de la acumulación es nuestra única esperanza: solo de esa forma podremos explicarles a los mocosos que todavía no están atados a la pantalla que el número de seguidores y de me gusta carece de importancia, y que la única razón para hacer algo es hacerlo bien.

En un programa televisivo de cocina y viajes visitaron Osaka, donde comer por la calle no está mal visto como en el resto de Japón, y por tanto el presentador pudo comer a pie de acera un pedacito de Wagyu no muy económico. El tipo (inglés) terminaba el programa atónito por que los cocineros de esa meca gastronómica vivieran ajenos a la acumulación de likes que nos ha reblandecido el cerebro a los demás (lo de reblandecer el cerebro es mío, no del inglés) y ajenos asimismo a la posibilidad de enriquecerse gracias a su ciencia y la calidad del producto. Entre indignado y reconfortado, el tipo decía que aquella gente dedicaba sus mejores energías y desvelos únicamente a ser los mejores en lo suyo. Se extrañaba, el gachó.

En un mundo en el que estrellas rutilantes con más pasta que un torero se van a miles de kilómetros de sus hijos para ganar un milloncejo más, cualquier actividad que no redunde en forrarse el riñón es extrañada o denostada, pero la carrera de Gilito es la del espía sordo, pues nunca se vio que acumular viruta brinde paz sino ojeras, y cuando por fin adquirimos un yate comprobamos indefectiblemente que al yate dubaití que atraca enfrente le sale de una compuerta bondiana un yate mayor que el nuestro.

El capitalismo no tiene mucho que ver con un momento en la historia ni una doctrina política. El capitalismo es anterior a ellas y posiblemente dure más. Tiene más que ver con la naturaleza humana que con Leviatán, y por eso siempre acaba triunfando, incluso ante Leviatán. Desde China a Galapagar se demuestra que el Estado no lo puede combatir: como tantas cosas importantes, se combate desde el conocimiento y la responsabilidad individual. No es solo una razón más para ser liberal sino que es uno de los mayores enemigos de la libertad: aunque se había disfrazado de su adalid, descubrió hace tiempo lo bien que le sientan las dictaduras.

Cómo entrenar a tu dragón 3. La Play

El otro día pude escuchar a una madre desesperada: «¡Todo el día enganchado a la máquina!». No creo que se refiriera al móvil (esa es una adicción con muy buena prensa) así que veo probable que «máquina» quisiera decir Play o algún derivado.

Vaya por delante: los videojuegos son en su mayoría tan endiabladamente divertidos que constituyen un peligro para el tiempo de los adolescentes. Los videojuegos tienen la capacidad de hacer que el tiempo vuele, como el ganchillo o la petanca. No, seamos justos: como el móvil o las apuestas. El componente adictivo de los videojuegos es muy alto. Siendo así, las discusiones entre progenitores y progenie tienen pinta de ser frecuentes y terminan en el mejor de los casos con una negociación y en el peor con un martillazo.

Sigamos con las malas noticias: se calcula que el 60 % de jugadores de Grand Theft Auto V, un juego que a la violencia une la zafiedad y el sexismo, son menores de edad. Ante esto tenemos dos opciones:

Opción A. Hacer como hasta ahora

Es decir, meter a todos los videojuegos en el mismo saco (cosa que por algún motivo no hacemos con las películas ni los libros, pero sí con los juegos) y detestarlos en bloque. Esta ha sido siempre una táctica bastante utilizada ante lo que no se comprende: hacer como si no existiera. Lo que no se me alcanza de esa política es por qué permitirles jugar entonces… quizá para evitar conflictos. Los videojuegos son esencialmente perniciosos pero les compramos la Play porque sus amigos la tienen y cualquiera los aguanta si no. No solo les permitimos hacer algo que consideramos nocivo sino que además nos desentendemos.

¿Las consecuencias de esto? Que niños de 12 años jueguen a GTA. Que millones de niños de 12 años jueguen a GTA. No exagero: el jueguito ha vendido más de 120 millones de copias. Hace unas semanas la tienda de Epic lo regaló y la página colapsó a causa de la demanda.

Opción B. Aprovechar la oportunidad

¿Tiene esto solución? Claro: discriminar. Los libros no tienen código PEGI (clasificación por edades) y nadie en su sano juicio le regalaría a su hijo púber American Psycho o la biografía de Charles Manson. GTA V tiene una etiqueta en rojo en su portada con un enorme 18, pero nadie parece verla.

Veamos el asunto desde una perspectiva más amplia: una de las alternativas que se le proponen al gamer impenitente es la de leer. Otro paréntesis que despeje mi postura: leer es más enriquecedor, gratificante, significativo y cool que los videojuegos de aquí a Nueva Caledonia. Pero es que leer es más enriquecedor, gratificante, significativo y cool que el 98 % de todo lo que hacemos. Los libros son mejores que las personas los políticos.

El quid de la cuestión es, entonces, que jueguen menos y lean más. ¿Cómo?

Nuestra insistencia en la lectura es tal que, yo que ellos, sospecharía. De hecho, que insistamos tanto en la lectura es insultante para la propia lectura. Hemos hecho lo mismo que con la educación: conseguir que lo vean como algo muy pesado que deben hacer para conseguir aptitudes útiles. Si juntan los mensajes que les envíamos entre profesorado, padres y Administración (tres agentes, por cierto, de los que no suelen dimanar grandes cantidades de diversión), nuestras pequeñas bestezuelas entienden algo parecido a esto: «aunque leer sea un coñazo, deberías hacerlo para conseguir una serie de beneficios algo indefinidos que llegan al cabo de años».

Le damos demasiada importancia al medio, que es quizá lo de menos. El carácter sacro de la literatura no viene dado por que esté impresa en negro sobre blanco (aunque esto suponga a su vez una liturgia) sino por la importancia que ha tenido siempre en nuestra cultura una buena historia. La pulsión de enhebrar una buena historia está en el origen de cualquier sociedad o, mejor, brinda los elementos necesarios para que un grupo se transforme en sociedad. ¿Qué queda de Occidente (si es que queda algo a estas alturas) sin el viaje del héroe (de todas esas historias en que reverbera el periplo de Odiseo, pero también de Gilgamesh), sin el Génesis, sin El cantar de Roldán, sin el ciclo artúrico, sin Bovary (aunque la buena es Bouvard y Pécuchet, recuerden), sin la ida de olla de Alonso, sin Raskólnikov, sin los dos Zaratustras, sin el anillo único y sin lo mal que envejece Anakin Skywalker?

Estas son las razones del carácter sacro de la literatura, pero también, y entender esto es la clave de todo, las razones de su atractivo animal. Todas las historias antedichas triunfaron porque a la gente le divertían, no porque las estudiaran filólogos con antiparras. Este atractivo queda descrito perfectamente en la carta de amor que los creadores de Sherlock (Steven Moffat y Mark Gatiss; es maravilloso y muy meta que Mycroft sea guionista de la serie) les escriben a Holmes y Watson al final de la serie por boca de Mary: algo así como «cuando la vida se pone cabrona, es un alivio imprescindible poder confiar en que hay dos hombres buenos intentando arreglar el mundo desde su guarida de Baker Street». Borges lo dijo de otra forma: «Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una / de las buenas constumbres que nos quedan. La muerte / y la siesta son otras. También es nuestra suerte / convalecer en un jardín o mirar la luna».

Las buenas historias son refugio, consuelo y bendición. Solo un alma gélida resiste la tentación de conocer cómo termina una buena historia.

Y resulta que los videojuegos son un puente maravilloso entre lo estrictamente lúdico y la insondable maravilla que es la literatura. Estamos dejando pasar una oportunidad.

Los referentes visuales de varias generaciones a la hora de evocar épocas pasadas no provienen de los museos sino del cine. En esa parte de mi cerebro de la que no hablo con mis amigotes, Napoleón siempre tuvo un extraño parecido con Marlon Brando (Desirée, 1954), y Cleopatra con Liz Taylor (Cleopatra, 1963). Lo mismo ocurre con batallas, costumbres y vestidos. Pues bien, la imagen que la generación Z tiene de Cleopatra es mayoritariamente esta:

Cleopatra en Assassin’s Creed: Origins. Espantoso el doblaje de Clara Lago, por cierto

Da igual si nos gusta o no. Los videojuegos llegaron para quedarse y llevan décadas proporcionando referentes visuales a millones de jóvenes. Y no solo visuales. Los videojuegos son un medio de comunicación muy locuaz y nuestros jóvenes tormentos no están sordos.

Veíamos con nuestros padres las historias que luego leíamos; es un poco burdo protestar por que la juventud no lea si antes no les hemos enseñado quién es Robin Hood, Ivanhoe ni Rick Deckard. Es la presencia de historias en una sociedad (y la familia es una sociedad) la que activa el ansia de lectura. Si antes eran las peripecias de Sam Spade (El halcón maltés, 1941, qué buena es) o Daniel Dravot (El hombre que pudo reinar, 1975, ídem), y siguen siendo, ahora se han incorporado Geralt de Rivia (The Witcher, 2007, 2011 y 2015) y Arthur Morgan (Red Dead Redemption 2, 2018).

Las buenas historias son lo que une a los buenos videojuegos con la literatura (y con el cine, ya que estamos), y quizá si nos preocupáramos por qué juegos practican nuestros vástagos y nos uniéramos a ellos, y descubriéramos con ellos sus mundos, el paso al medio escrito sería más fácil y más frecuente.

Hay algo de carpetovetónico en la aversión al medio videojueguil. Si me apuran, hay algo de puritanismo y de ludismo. Solo nos falta quemar las consolas. Hay videojuegos que no pintan nada en la educación de los adolescentes: no les permitan jugarlos. Pero también hay obras maravillosas (otro día iremos al detalle) que no se deberían perder. Hagan de ellos un punto de encuentro y verán cómo terminan hablando de esta o aquella película; de este o aquel libro.

Muy bien, hablemos de tecnología

La tecnología es fundamental en la enseñanza. Yo, por ejemplo, utilizo así la tecnología:

3 obstáculos típicos en alumnos de Secundaria y Bachillerato:

  1. Dificultades con la sintaxis.
  2. Dificultades con el álgebra elemental.
  3. Consideración de la lengua y las matemáticas como disciplinas lejanísimas, casi opuestas.

Utilizo, como digo, la siguiente tecnología: cojo, por ejemplo, un puto lápiz y en el huequito de un papel medio roto escribo algo parecido a esto:

Ejemplo

Nada muy sofisticado, como pueden ver: se trata de que entiendan que el álgebra es, como el español o cualquier idioma, un lenguaje, y que el quid de la cuestión es comprender cómo se relacionan sus elementos.

Después es más fácil que comprendan que la lógica que rige dichos lenguajes no les es extraña, sino que o bien les resulta innata en el caso de las Matemáticas (Ramanujan) o ellos ya la han aprendido pero no lo saben, como demuestra el hecho de que hablen español.

Deberían ver la cara que ponen cuando entienden que la sintaxis no les dice cómo tienen que hablar, sino que les explica cómo funciona su cerebro cuando hablan. Que la culpa de que demos sintaxis es su manía de comunicarse. Que ellos son, en último extremo, el objeto de estudio. Esa carita sí que es una paga extra.

No me malinterpreten, no hay nada innovador ni original en esta tecnología. Nadie que se dedique a este oficio se va a quedar con la boca abierta porque lo normal es que utilice herramientas similares, probablemente mejores, con la condición inexcusable de que funcionen.

Lo que intento (dado que parece que últimamente todo quisque se siente capacitado para hablar sobre educación, normalmente relacionándola con un uso torticero de la palabra tecnología) es decirle a esos intrusos que los profesores ya tenemos nuestra tecnología, nuestras técnicas, y que si sus consejitos van a consistir en decirnos que la tecla verde es para enviar, entonces ya lo sabíamos, porque no somos imbéciles y nuestros alumnos mucho menos.

Porque pudiera ser que quienes se llenan la boca de la palabra tecnología no supieran lo que significa. Pudiera ser que a lo que se refieren los gurús monologuistas con micrófono de diadema que se permiten el lujo de hablar sobre educación desde la comodidad irrebatible del vídeo promocional de una entidad bancaria es a la electrónica (diantre).

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Tecnología punta

P. S.: Sobre tecnología, de lo mejorcito que se ha escrito es de Lewis Mumford (El mito de la máquina) y de Jorge Drexler (Guitarra y Vos). El libro de Mumford tiene dos tomos, unas 1300 páginas; la canción de Drexler dura 3:52. Lo bueno es que no hay por qué elegir.

Líderes

Cualquier persona en su sano juicio huiría de la posibilidad de ejercer el liderazgo, siquiera por un solo instante. El verdadero liderazgo consiste en decirles a los demás lo que no quieren escuchar y animarles a que hagan lo que no quieren hacer.

¿Significa esto que quien dedica su vida a perseguir, conseguir y mantener el poder está mal de la cabeza? Sí, pero necesitamos a ese tipo de locos.

Demasiado tiempo imaginando que la muerte y el sufrimiento habitan solo universos lejanos (lo que siempre ha sido y será falso) nos ha animado a elegir a aquellos que más y mejor nos han regalado los oídos, aquellos que han descrito oasis de bienestar, aquellos que han negado la posibilidad del dolor.

Haber confundido liderazgo con fotogenia es un error que se paga caro cuando la carretera pica hacia arriba; por eso ahora contemplamos en nuestros líderes escenas de colapso que dan vergüenza ajena pero sobre todo que no nos podemos permitir.

En los momentos de verdadera dificultad, cuando ya no cabe la mentira reconfortante, no quiero ver miedo en los ojos de mi líder. Tampoco quiero que me mire y me asegure que todo va a ir bien. Nadie sabe si algo va a ir bien.

Lo que exige el verdadero liderazgo es solidez en las piernas y serenidad en la mirada. No quiero ni necesito sentirme mejor tras escuchar a mi líder. Lo que necesito —lo que necesitamos— es que quien maneja el timón me haga sentir de manera incuestionable que si él se tira, yo me tiro detrás. Que el verdadero enemigo es el miedo, no la enfermedad ni el sufrimiento ni la muerte. Que a veces hay que levantarse y apretar el paso, porque a pesar de lo que parece pensar una sociedad absurdamente individualista, somos más que la suma de nuestros caprichos. Les debemos a quienes pasaron y a los que vendrán dar la cara, aunque nos la partan, y afrontar lo que venga con una dignidad que algunos parecen no haber conocido nunca.

Keep calm

P. S.: ¿A qué están jugando los medios de comunicación? No es que esperara otra cosa, pues están demasiado entrenados en buscar el clic fácil y la tentación de ofrecer fatalismo a cambio de visitas debe de ser demasiado fuerte, pero no sé si bombardearnos con lo mismo en cada noticia tiene algún efecto positivo. Es verdad (porque los españoles somos duros de mollera) que en algún momento de la semana pasada necesitamos algo de sano acojonamiento para quedarnos en casa de una maldita vez, pero creo que ese momento ya pasó y que ahora necesitamos esperanza y paso firme. Ya lloraremos después largo y tendido.