Cómo entrenar a tu dragón 3. La Play

El otro día pude escuchar a una madre desesperada: «¡Todo el día enganchado a la máquina!». No creo que se refiriera al móvil (esa es una adicción con muy buena prensa) así que veo probable que «máquina» quisiera decir Play o algún derivado.

Vaya por delante: los videojuegos son en su mayoría tan endiabladamente divertidos que constituyen un peligro para el tiempo de los adolescentes. Los videojuegos tienen la capacidad de hacer que el tiempo vuele, como el ganchillo o la petanca. No, seamos justos: como el móvil o las apuestas. El componente adictivo de los videojuegos es muy alto. Siendo así, las discusiones entre progenitores y progenie tienen pinta de ser frecuentes y terminan en el mejor de los casos con una negociación y en el peor con un martillazo.

Sigamos con las malas noticias: se calcula que el 60 % de jugadores de Grand Theft Auto V, un juego que a la violencia une la zafiedad y el sexismo, son menores de edad. Ante esto tenemos dos opciones:

Opción A. Hacer como hasta ahora

Es decir, meter a todos los videojuegos en el mismo saco (cosa que por algún motivo no hacemos con las películas ni los libros, pero sí con los juegos) y detestarlos en bloque. Esta ha sido siempre una táctica bastante utilizada ante lo que no se comprende: hacer como si no existiera. Lo que no se me alcanza de esa política es por qué permitirles jugar entonces… quizá para evitar conflictos. Los videojuegos son esencialmente perniciosos pero les compramos la Play porque sus amigos la tienen y cualquiera los aguanta si no. No solo les permitimos hacer algo que consideramos nocivo sino que además nos desentendemos.

¿Las consecuencias de esto? Que niños de 12 años jueguen a GTA. Que millones de niños de 12 años jueguen a GTA. No exagero: el jueguito ha vendido más de 120 millones de copias. Hace unas semanas la tienda de Epic lo regaló y la página colapsó a causa de la demanda.

Opción B. Aprovechar la oportunidad

¿Tiene esto solución? Claro: discriminar. Los libros no tienen código PEGI (clasificación por edades) y nadie en su sano juicio le regalaría a su hijo púber American Psycho o la biografía de Charles Manson. GTA V tiene una etiqueta en rojo en su portada con un enorme 18, pero nadie parece verla.

Veamos el asunto desde una perspectiva más amplia: una de las alternativas que se le proponen al gamer impenitente es la de leer. Otro paréntesis que despeje mi postura: leer es más enriquecedor, gratificante, significativo y cool que los videojuegos de aquí a Nueva Caledonia. Pero es que leer es más enriquecedor, gratificante, significativo y cool que el 98 % de todo lo que hacemos. Los libros son mejores que las personas los políticos.

El quid de la cuestión es, entonces, que jueguen menos y lean más. ¿Cómo?

Nuestra insistencia en la lectura es tal que, yo que ellos, sospecharía. De hecho, que insistamos tanto en la lectura es insultante para la propia lectura. Hemos hecho lo mismo que con la educación: conseguir que lo vean como algo muy pesado que deben hacer para conseguir aptitudes útiles. Si juntan los mensajes que les envíamos entre profesorado, padres y Administración (tres agentes, por cierto, de los que no suelen dimanar grandes cantidades de diversión), nuestras pequeñas bestezuelas entienden algo parecido a esto: «aunque leer sea un coñazo, deberías hacerlo para conseguir una serie de beneficios algo indefinidos que llegan al cabo de años».

Le damos demasiada importancia al medio, que es quizá lo de menos. El carácter sacro de la literatura no viene dado por que esté impresa en negro sobre blanco (aunque esto suponga a su vez una liturgia) sino por la importancia que ha tenido siempre en nuestra cultura una buena historia. La pulsión de enhebrar una buena historia está en el origen de cualquier sociedad o, mejor, brinda los elementos necesarios para que un grupo se transforme en sociedad. ¿Qué queda de Occidente (si es que queda algo a estas alturas) sin el viaje del héroe (de todas esas historias en que reverbera el periplo de Odiseo, pero también de Gilgamesh), sin el Génesis, sin El cantar de Roldán, sin el ciclo artúrico, sin Bovary (aunque la buena es Bouvard y Pécuchet, recuerden), sin la ida de olla de Alonso, sin Raskólnikov, sin los dos Zaratustras, sin el anillo único y sin lo mal que envejece Anakin Skywalker?

Estas son las razones del carácter sacro de la literatura, pero también, y entender esto es la clave de todo, las razones de su atractivo animal. Todas las historias antedichas triunfaron porque a la gente le divertían, no porque las estudiaran filólogos con antiparras. Este atractivo queda descrito perfectamente en la carta de amor que los creadores de Sherlock (Steven Moffat y Mark Gatiss; es maravilloso y muy meta que Mycroft sea guionista de la serie) les escriben a Holmes y Watson al final de la serie por boca de Mary: algo así como «cuando la vida se pone cabrona, es un alivio imprescindible poder confiar en que hay dos hombres buenos intentando arreglar el mundo desde su guarida de Baker Street». Borges lo dijo de otra forma: «Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una / de las buenas constumbres que nos quedan. La muerte / y la siesta son otras. También es nuestra suerte / convalecer en un jardín o mirar la luna».

Las buenas historias son refugio, consuelo y bendición. Solo un alma gélida resiste la tentación de conocer cómo termina una buena historia.

Y resulta que los videojuegos son un puente maravilloso entre lo estrictamente lúdico y la insondable maravilla que es la literatura. Estamos dejando pasar una oportunidad.

Los referentes visuales de varias generaciones a la hora de evocar épocas pasadas no provienen de los museos sino del cine. En esa parte de mi cerebro de la que no hablo con mis amigotes, Napoleón siempre tuvo un extraño parecido con Marlon Brando (Desirée, 1954), y Cleopatra con Liz Taylor (Cleopatra, 1963). Lo mismo ocurre con batallas, costumbres y vestidos. Pues bien, la imagen que la generación Z tiene de Cleopatra es mayoritariamente esta:

Cleopatra en Assassin’s Creed: Origins. Espantoso el doblaje de Clara Lago, por cierto

Da igual si nos gusta o no. Los videojuegos llegaron para quedarse y llevan décadas proporcionando referentes visuales a millones de jóvenes. Y no solo visuales. Los videojuegos son un medio de comunicación muy locuaz y nuestros jóvenes tormentos no están sordos.

Veíamos con nuestros padres las historias que luego leíamos; es un poco burdo protestar por que la juventud no lea si antes no les hemos enseñado quién es Robin Hood, Ivanhoe ni Rick Deckard. Es la presencia de historias en una sociedad (y la familia es una sociedad) la que activa el ansia de lectura. Si antes eran las peripecias de Sam Spade (El halcón maltés, 1941, qué buena es) o Daniel Dravot (El hombre que pudo reinar, 1975, ídem), y siguen siendo, ahora se han incorporado Geralt de Rivia (The Witcher, 2007, 2011 y 2015) y Arthur Morgan (Red Dead Redemption 2, 2018).

Las buenas historias son lo que une a los buenos videojuegos con la literatura (y con el cine, ya que estamos), y quizá si nos preocupáramos por qué juegos practican nuestros vástagos y nos uniéramos a ellos, y descubriéramos con ellos sus mundos, el paso al medio escrito vendría sería más fácil y más frecuente.

Hay algo de carpetovetónico en la aversión al medio videojueguil. Si me apuran, hay algo de puritanismo y de ludismo. Solo nos falta quemar las consolas. Hay videojuegos que no pintan nada en la educación de los adolescentes: no les permitan jugarlos. Pero también hay obras maravillosas (otro día iremos al detalle) que no se deberían perder. Hagan de ellos un punto de encuentro y verán cómo terminan hablando de esta o aquella película; de este o aquel libro.

Muy bien, hablemos de tecnología

La tecnología es fundamental en la enseñanza. Yo, por ejemplo, utilizo así la tecnología:

3 obstáculos típicos en alumnos de Secundaria y Bachillerato:

  1. Dificultades con la sintaxis.
  2. Dificultades con el álgebra elemental.
  3. Consideración de la lengua y las matemáticas como disciplinas lejanísimas, casi opuestas.

Utilizo, como digo, la siguiente tecnología: cojo, por ejemplo, un puto lápiz y en el huequito de un papel medio roto escribo algo parecido a esto:

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Nada muy sofisticado, como pueden ver: se trata de que entiendan que el álgebra es, como el español o cualquier idioma, un lenguaje, y que el quid de la cuestión es comprender cómo se relacionan sus elementos.

Después es más fácil que comprendan que la lógica que rige dichos lenguajes no les es extraña, sino que o bien les resulta innata en el caso de las Matemáticas (Ramanujan) o ellos ya la han aprendido pero no lo saben, como demuestra el hecho de que hablen español.

Deberían ver la cara que ponen cuando entienden que la sintaxis no les dice cómo tienen que hablar, sino que les explica cómo funciona su cerebro cuando hablan. Que la culpa de que demos sintaxis es su manía de comunicarse. Que ellos son, en último extremo, el objeto de estudio. Esa carita sí que es una paga extra.

No me malinterpreten, no hay nada innovador ni original en esta tecnología. Nadie que se dedique a este oficio se va a quedar con la boca abierta porque lo normal es que utilice herramientas similares, probablemente mejores, con la condición inexcusable de que funcionen.

Lo que intento (dado que parece que últimamente todo quisque se siente capacitado para hablar sobre educación, normalmente relacionándola con un uso torticero de la palabra tecnología) es decirle a esos intrusos que los profesores ya tenemos nuestra tecnología, nuestras técnicas, y que si sus consejitos van a consistir en decirnos que la tecla verde es para enviar, entonces ya lo sabíamos, porque no somos imbéciles y nuestros alumnos mucho menos.

Porque pudiera ser que quienes se llenan la boca de la palabra tecnología no supieran lo que significa. Pudiera ser que a lo que se refieren los gurús monologuistas con micrófono de diadema que se permiten el lujo de hablar sobre educación desde la comodidad irrebatible del vídeo promocional de una entidad bancaria es a la electrónica (diantre).

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Tecnología punta

P. S.: Sobre tecnología, de lo mejorcito que se ha escrito es de Lewis Mumford (El mito de la máquina) y de Jorge Drexler (Guitarra y Vos). El libro de Mumford tiene dos tomos, unas 1300 páginas; la canción de Drexler dura 3:52. Lo bueno es que no hay por qué elegir.

Líderes

Cualquier persona en su sano juicio huiría de la posibilidad de ejercer el liderazgo, siquiera por un solo instante. El verdadero liderazgo consiste en decirles a los demás lo que no quieren escuchar y animarles a que hagan lo que no quieren hacer.

¿Significa esto que quien dedica su vida a perseguir, conseguir y mantener el poder está mal de la cabeza? Sí, pero necesitamos a ese tipo de locos.

Demasiado tiempo imaginando que la muerte y el sufrimiento habitan solo universos lejanos (lo que siempre ha sido y será falso) nos ha animado a elegir a aquellos que más y mejor nos han regalado los oídos, aquellos que han descrito oasis de bienestar, aquellos que han negado la posibilidad del dolor.

Haber confundido liderazgo con fotogenia es un error que se paga caro cuando la carretera pica hacia arriba; por eso ahora contemplamos en nuestros líderes escenas de colapso que dan vergüenza ajena pero sobre todo que no nos podemos permitir.

En los momentos de verdadera dificultad, cuando ya no cabe la mentira reconfortante, no quiero ver miedo en los ojos de mi líder. Tampoco quiero que me mire y me asegure que todo va a ir bien. Nadie sabe si algo va a ir bien.

Lo que exige el verdadero liderazgo es solidez en las piernas y serenidad en la mirada. No quiero ni necesito sentirme mejor tras escuchar a mi líder. Lo que necesito —lo que necesitamos— es que quien maneja el timón me haga sentir de manera incuestionable que si él se tira, yo me tiro detrás. Que el verdadero enemigo es el miedo, no la enfermedad ni el sufrimiento ni la muerte. Que a veces hay que levantarse y apretar el paso, porque a pesar de lo que parece pensar una sociedad absurdamente individualista, somos más que la suma de nuestros caprichos. Les debemos a quienes pasaron y a los que vendrán dar la cara, aunque nos la partan, y afrontar lo que venga con una dignidad que algunos parecen no haber conocido nunca.

Keep calm

P. S.: ¿A qué están jugando los medios de comunicación? No es que esperara otra cosa, pues están demasiado entrenados en buscar el clic fácil y la tentación de ofrecer fatalismo a cambio de visitas debe de ser demasiado fuerte, pero no sé si bombardearnos con lo mismo en cada noticia tiene algún efecto positivo. Es verdad (porque los españoles somos duros de mollera) que en algún momento de la semana pasada necesitamos algo de sano acojonamiento para quedarnos en casa de una maldita vez, pero creo que ese momento ya pasó y que ahora necesitamos esperanza y paso firme. Ya lloraremos después largo y tendido.

El miedo a la verdad

La mente hace extrañas relaciones pero suele ser buena idea prestar oído a su rumor. Uno de los libros de filosofía más provechosos que uno pueda leer (afirmación completamente gratuita pues habría que leerlos todos para hacerla) es el ensayo que Fernando Savater dedica al ¿filósofo? rumano Emil Cioran. Cioran es el apóstol de la nada: si esperar es de ilusos no cabe ni la desesperación. Es un suicida que no ejerce por coherencia. Un farsante, acaso —quienes lo trataron hablan de su cortesía y su sentido del humor—, pero un farsante inapelable. Se le puede afear el pesimismo, pero no la incongruencia. Si hubiera una elegancia del ocaso Cioran sería el último dandi.

No cabe, por tanto, una posición intelectual más alejada de la de Blanca López-Ibor, la autora de Vivir sin pensar. Sentimiento tóxico y bioética, un conciso tratado sobre los primeros y los últimos días de la vida que se convierte en escandaloso a base de una táctica revolucionaria: decir la verdad. Quizá sea ese el punto de encuentro con el libro de Savater: ambos presentan un parecido escalofrío alrededor de la lucidez. Del momento de la lucidez. Hace falta un largo viaje para constatar que la verdad estaba a la puerta de casa. El requisito del conocimiento es mondar la realidad de prejuicios, dogmas, convenciones e ideologías. Estar a la altura de la verdad exige aceptar el reto mayor porque la verdad está al otro lado del miedo. Vivir sin pensar

El momento de la lucidez es terrible porque nos quedamos completamente solos en medio del frío. Solos en medio de la noche. «Qué sola está cada persona», diría Proust. Mirar directamente a la verdad exige reconocer que no hay suelo, pero si se sobrevive (siempre se sobrevive) ya no hay nada que temer. Ya no hay por qué mentir; ya no se puede mentir. La verdad impone obligaciones de un solo sentido, y quien haya contemplado ya no puede callar.

Si no ocurre no era el momento, pero depende de nosotros crear el momento. Estamos en un vórtice salvaje, a punto de dejar de ser humanos. Su dolor nos tiende las manos con un alarido sordo. No hay tiempo. No podemos pagar el precio de vivir sin pensar.

Cómo entrenar a tu dragón 2: el 30-0.

Hace unos meses (vuelve periódicamente, entiendo que es una de esas noticias comodín que se utilizan para hacer bulto) los medios bramaban ante el resultado de un partido de fútbol de categoría alevín o benjamín, no recuerdo y tanto da. 30-0. Pueden imaginar el tenor de las reacciones: que si la empatía, que los sentimientos de los perdedores, que si qué penita y pobrecitos míos.

El tratamiento del asunto era pernicioso en varios aspectos: el primero, el más evidente, es la tergiversación del meollo del deporte: la algo masoquista voluntad de conocer tus límites para intentar superarlos. El adversario de un partido, de una carrera o de un lanzamiento siempre es la misma persona: uno mismo. Ganarse a uno mismo, a lo que uno hizo ayer, es el principal objetivo de toda práctica deportiva, hasta el punto de que las demás metas son siempre subsidiarias de esta.

Siendo así, ¿fue un éxito la victoria por 30 goles de ventaja? Ignoro si esa era la diferencia real entre los dos equipos, y si el equipo ganador remoloneó en el esfuerzo: en este caso habrían fracasado. Por idéntico motivo tampoco sé si fue un fracaso la actuación del equipo perdedor: acaso fuera una gesta no haber perdido por 40.

¿Cómo? ¿Que todo eso está muy bien, pero que a nadie le gustar perder por 30 goles? Precisamente. Qué magnífica oportunidad para educar a esos cachorros: ¿No os ha gustado? Entrenad más. Corred más, defended mejor y morid en el campo. Y si dándolo todo os volvéis a encontrar con un equipo que os calce 20 chirlos, id a la ducha con una sonrisa porque os habréis hecho acreedores del único respeto que importa, el que se rinde uno mismo.

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Aquí se viene a sufrir. A disfrutar, al cine.

En segundo lugar, y quizá más sangrante, está el tema del respeto. Por lo visto enchufarle 30 goles al rival es una falta de respeto. El ladrillazo que nos han dado a todos en la cabeza debió de ser fortísimo. Una falta de respeto es, en partidos desiguales, utilizar solo la zurda, defender con uno menos o hacer comentarios conmiserativos. Lo que hace que el equipo perdedor se sienta respetado es que el rival lo dé todo: significa que me considera un par y no un paria. Estuve 8 años jugando contra mi padre al ajedrez sudando sangre hasta que por fin pude ganarlo. Imaginen mi orgullo ese día. Imaginen que al tercer o cuarto año se hubiera dejado ganar. Imaginen.

Pero hay un tercer aspecto de no menor enjundia: es que eran niños. Lloraría alguno. Pobre. Excelentes lágrimas, si procedieron del pundonor y no de la burla (si hubo burla fue por parte de los padres, me juego el bigote): esas lágrimas indican que esa derrota es el origen de un aprendizaje duradero y provechoso, de los que justifican por sí mismos la utilización del deporte como herramienta educativa poderosísima.

Si el deporte es esa bicoca que todos dicen que es sin tener muy claro por qué, si está justificada su inclusión en el Ministerio de Cultura, no es porque beneficie la circulación o retrase la osteoporosis. El deporte, a diferencia del ejercicio físico, comparte la sustancia de los poemas épicos por el único motivo válido: porque es una metáfora de la vida.

Adolescentes: cómo entrenar a tu dragón

Ahora yo debería poner cosas como «De qué manera afrontar esa etapa de cambio y descubrimiento» o alguna pamplina psicologizante similar. El discurso al uso sobre adolescentes comparte las tácticas mercadotécnicas de cualquier discurso al uso: meter el miedo en el cuerpo para después vender la solución.

Adolescencia

He aquí mi propuesta revolucionaria: tratar a los adolescentes como si fueran personas. Si la sobreprotección ya es perniciosa para los impúberes, los adolescentes solo la soportan porque, aunque no lo parezca, tienen mucha paciencia. Con la poca vergüenza y falta de cientificidad que me caracteriza voy a aseverar lo siguiente: el cambio que supone la adolescencia colapsa más a los padres que a los hijos. Si esta fuera una sociedad normal, esas pequeñas bestezuelas estarían fuera del nido en unos cinco años, así que tiene poco sentido seguir arropándolos como si fueran de cristal. Se van a constipar si no cogen un jersey, les romperán el corazón una vez al mes y cuando llueve se mojan como los demás; registrarán más experiencias y las acusarán más que una vez se les retuerza el colmillo. Son inestables, pero no son idiotas. Y están deseando que los tratemos como adultos. Ahí valen más la firmeza y el respecto que la protección. Si no hablan mucho con nosotros es que quizá lo que decimos no es demasiado interesante. Según mi experiencia, cualquiera de ellos muestra más interés por el conocimiento que los soporíferos y adocenados adultos en que están a punto de convertirse.

No entienden, pero están deseando hacerlo. Nosotros nos comportamos como si hubiéramos perdido la esperanza, y nuestra falta de entusiasmo los encocora y extraña: su última oportunidad es en realidad la nuestra.

Son extremadamente divertidos y están ante su última esperanza de no estropearse, así que tratar con ellos es emocionante por los reflejos que exige y la enorme recompensa que depara. El problema es que acaban de descubrir que no somos perfectos y nosotros que algún día los perderemos ¿Qué sacar de esa encrucijada? Es decir: todo esto está muy bien (o no), pero ¿en qué se traduce?

Persuadirlos de que su búsqueda es la nuestra, que aunque la vida es extenuante y cabrona, también es hermosa y clemente, y que aunque todo el mundo parece idiota, con paciencia y un poquito de suerte aparecerán dos o tres amigos de los buenos. Pero ya me estoy desviando otra vez. Lo que quiero decir es que deberíamos hablarles más de Epicuro (o que nos hablen ellos, si están en Bachillerato) y menos de su hora de llegada, o enchufarles El padrino o Casablanca y hasta Ciudadano Kane, y comentar el Brexit como quien no quiere la cosa, y por qué se secó el mar de Aral. Por qué Beethoven es (y cito a una ilustre musicoterapeuta) «el puto amo». Si no queremos ser sus caseros, es muy importante que no nos comportemos como tales. Y si para ello tenemos que pulirnos un poquito, mejor que mejor. Su búsqueda, repito, es la nuestra.

Repetimos mucho que los padres no son colegas, pero tenemos algo más olvidado que los padres sí son maestros, y siempre, siempre son los maestros más importantes que uno tiene.

 

El capitalismo nunca pierde

Como Parker Lewis. El capitalismo apela de manera tan descarada a nuestros impulsos más primarios, nos entiende tan bien, que acabaremos dándole las gracias por habernos transformado de ciudadanos en consumidores. Cansado de ganar batallas, se lanzó a por la última frontera: seducir a la izquierda. Ahí también campeonó.  Todos queremos más.

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No nos mires, ¡únete!

El léxico como campo de batalla

Es un lugar común que la izquierda conoce la importancia electoral del lenguaje (no sé si su trascendencia real como motor de la cultura) mejor que la derecha. No es difícil: la derecha solo conoce la importancia de no parecer la derecha. Surge la tentación de concluir, por tanto, que la izquierda gana la baza de la propaganda a través de la lengua. Pero la realidad no siempre es evidente a primera vista: mientras la izquierda celebra el gol que le mete a la derecha, el capitalismo se está dando un festín con su retaguardia indefensa.

El capitalismo lo tiene todo hecho porque ha logrado que la izquierda defienda sus premisas.

La más importante de esas premisas: más moderno es mejor. Por varios motivos, perseguir la acumulación como hace el capitalismo de mercado implica enaltecer el paso del tiempo: la acumulación prefiere el futuro, en primer lugar, porque no hay mejor oropel para envolver una venta que el mantra del último modelo. Más moderno es siempre mejor. Un móvil más moderno. Una nevera que haga la compra. Libros sin papel. Cine sin película. Discos sin disco. Tiendas sin tienda. Tiendas sin tienda que abren tienda. Aunque lo más moderno fuere peor, el capitalismo nos lo coloca soplándonos al oído que el vecino ya lo tiene. State of the art o muerte social. En segundo lugar, el capitalismo necesita el futuro porque el futuro es el lugar donde se pagan las deudas. Es sabido que el sistema se basa en la confianza de que mañana seremos más y gastaremos más. No descubro nada si describo la economía como una estafa piramidal. Dele al banco 100 euros y una chistera y verá. El capitalismo ya no solo vende lo que produce: primero logró colocar lo que aún no había producido y después (casi está uno por loar ese rizo del rizo) lo que nunca producirá.

Siendo así, ¿puede alguien explicarme por qué demonios la izquierda continental se apropió del término progresismo? Desde el momento en que acepta que el progreso es intrínsecamente positivo, está reconociendo la victoria del capital: que más moderno sea mejor es una tesis capitalista, no socialista. De hecho, los movimientos sociales nacen como una respuesta ante el mayor atracón de progreso de la historia.

A cambio del beneficio electoral que conlleva dejar a la derecha por viejuna y demodé, la izquierda compra la principal tesis del capitalismo y con ello cede por completo la arena económica.

Sobre la coherencia

Aceptando que esa apropiación del progreso sea de índole no económica, ni siquiera es coherente. A mí me parece perfectamente lícito posicionarse en contra de las centrales nucleares, los combustibles fósiles y las carreteras de muchos carriles que parten el hábitat del caracol ninja, pero 1) antes de hacerlo uno debería estar dispuesto a vivir en la Edad Media y morirse a la primera gripe, y 2) no sé qué tiene esa postura de progresista. Y no se saquen aquí conclusiones precipitadas: a mí las centrales nucleares me parecen un disparate que genera residuos radioactivos que duran milenios, pero soy tan egoísta y friolero que antes de cerrarlas esperaría prudentemente la aparición de una alternativa mejor (hola, ITER).

Combatir el capitalismo (el capitalismo no como sistema basado en el libre mercado y la propiedad privada sino como doctrina que propugna la acumulación sin límite de todo aquello que tenga valor en el mercado) enarbolando a la vez la bandera del progreso es incoherente. El pollo que dice ser muy de izquierdas, vive como un eremita medieval y propugna que todo es de todos es un iluso o un loco, pero tiene mi respeto. El  pollo que dice ser muy de izquierdas y se agencia un iPhone a través de Amazon es un jeta o un mentiroso, por dos motivos:

En primer lugar, porque el ahorro que consigue comprando cosas que no necesita en multinacionales descomunales es a costa de los trabajadores de dichas multinacionales, trabajadores que de otra manera (si nadie comprara en ellas) quizá trabajarían en la tienda de la esquina o poseyeran dicha tienda (esa, la que acaba de cerrar) en lugar de trabajar en condiciones cuando menos cuestionables. De eso ya se habló aquí.

En segundo, porque compra cosas que no necesita, lo que implica hacerle el juego a la lógica capitalista. Dejemos esto claro; Apple, Samsung, Huawei y cía. no sacan un modelo nuevo cada año porque quieran un mundo mejor como dicen sus anuncios, sino porque quedaría feo vendernos el mismo cada año. He ahí la lógica capitalista. Al capitalismo le importa un comino cómo hagamos las fotos o que tengamos una vida provechosa. El capitalismo quiere —necesita— vender más. El capitalismo no quiere que la gente sea rica o viva bien. Quiere que el capital sea rico y viva bien. El progreso tecnológico es consecuencia de la necesidad capitalista de vender mucho. Si las multinacionales supieran que la demanda de piedras iba a subir como la espuma, dejaban el campo seco. Fabrican cosas novísimas porque compramos cosas novísimas. En negativo: no existiría la tecnología alucinante que es un móvil actual sin la dinámica capitalista y el papel que en ella juega la economía de escala (tampoco existirían las resonancias magnéticas, ojo). El iPhone que viene o el Galaxy que toque son la cristalización de la lógica capitalista, no simples objetos de uso. Absolutamente nadie los necesita, pero muchos parecen quererlos gracias a la fantasmagoría tecnológica y el aura de lo moderno.

¿De verdad el progreso es siempre deseable?

El problema es más profundo que una mera incoherencia léxica. El verdadero problema es que el capitalismo se ha quedado sin oposición (y no me refiero al declive del comunismo; siempre es una buena noticia que muera un monstruo). Llamamos anticapitalistas a sectores radicales de la izquierda, cuando quizá seamos muchos los que, desde diferentes posiciones ideológicas, miremos con preocupación lo que la filosofía de la acumulación le está haciendo al mundo.

 

Netflix y las gallinas

Como saben, antes de que termine el episodio de una serie en Netflix, esta nos sugiere prescindir de una parte de él; los créditos de cierre. La sugerencia es sutil: los créditos prácticamente desaparecen y la opción de ver el siguiente capítulo pasa a ocupar prácticamente toda la pantalla. La posibilidad de deshacerse de los créditos existe también al principio de cada episodio.

No voy a apelar al respeto a la obra de arte porque las series pertenecen más bien al campo del entretenimiento (que yo sepa Doctor en Alaska no está en Netflix).

Lo que quiero compartir aquí es una cuita que probablemente les tenga a ustedes sin cuidado: llámenme susceptible (lo harán con razón), pero la primera vez que vi el botón de «Próximo episodio» sentí como me convertía instantáneamente en un gallina o, al menos, como Netflix veía en mí una gallina.

Me explico: como también saben, en las explotaciones avícolas es habitual exponer a las gallinas a más horas de luz de las que proporciona el día para conseguir que pongan más huevos cada jornada. Optimizar la producción es uno de los objetivos de la empresa, subsidiario de su objetivo principal de maximizar beneficios. Como consumidores estamos al otro extremo de las gallinas, y la estimulación de nuestro consumo es otro de los objetivos de la empresa. Producir de manera eficiente, vender de forma masiva. Pues bien: el botoncito de marras es lo más parecido a la luz artificial de un gallinero que he visto en mi vida, pero aplicado al consumo en lugar de a la producción. Esa palmadita en la espalda del televidente («usted puede ver series a un ritmo más rápido de lo que cree, amigo») tiene sus equivalentes en otros sectores (el camarero que ofrece rellenar la copa a la primera de cambio, la ristra de chocolatinas que nos observan desde debajo de la caja de la gasolinera, el miedo que nos meten en el cuerpo las compañías de seguridad justo antes de irnos de vacaciones…) y no parece especialmente pernicioso más allá de demostrar lo que le importa a Netflix la integridad del producto que vende.

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«Voy a ver otro capítulo pero porque yo quiero»

Hasta ahí la metáfora. Si servidor se siente una gallina seguramente tenga motivos y no sea culpa de Netflix. Pero el modelo se vuelve más preocupante si se aplica a un producto que por una parte no se aleja mucho de lo anterior y por otra genera una adicción que sí es involuntaria y sí es perniciosa.

Si las pantallas de los móviles cada vez son más grandes y cada vez brillan más no es porque los fabricantes de móviles y los creadores de aplicaciones se preocupen por nuestra vista, sino porque conocen el efecto que las luces y los colores tienen sobre la dopamina; así de primitivos somos. El móvil puede ser una herramienta todo lo útil que ustedes quieran, pero que pasemos más de dos horas al día mirándolo tiene que ver más con la hipnosis que con su utilidad o la riqueza de los contenidos. Instagram, Twitter y Facebook pagan a miles de ingenieros para que no despeguemos la vista del móvil, no para que compartamos nuestras mejores fotos, seamos más ingeniosos o nuestra red de amistades se vea fortalecida. Lo que quieren es la atención ininterrumpida de zombis alucinados.

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Nada que objetar tampoco hasta ahí: cada uno tira el tiempo como quiere y me gustaría pensar que nuestra voluntad puede más que las estrategias de las empresas vendedoras de humo; al fin y al cabo somos mayorcitos. El problema es que no todos somos mayorcitos.

Porque con este panorama, ya me contarán a mí qué necesidad hay de meterle a criaturas que no levantan un palmo del suelo las pantallas por los ojos, nunca mejor dicho, y obligarlos a usar en el colegio algo de lo que probablemente se saturen en el futuro y les cree irritabilidad, cansancio y trastorno del sueño en el presente. Qué sentido tiene que Samsung organice seminarios ¡sobre educación! y que para hacer los deberes dependan de una tableta que, como se ha denunciado aquí, en el colmo de la incoherencia tiene capado el acceso a Internet.

¿Por qué lo estamos haciendo? Porque hay en el aire cierta sensación de que la educación mejora si se usan las TIC (nos gustan más las siglas que a un tonto un molinillo). ¿Quién ha creado esa sensación? Nadie. Nadie que entienda del asunto, me refiero. La han creado las fabricantes de móviles y las telecos. Sus departamentos de marketing, concretamente. La noción es falsa pero tiene efectos, lo que responde bastante bien al concepto de fantasmagoría. Y esto no ha hecho más que empezar.

El consumo de horas de móvil presenta los suficientes rasgos de adicción psicológica como para preocupar a los mayores, pero al fin y al cabo cada cual es libre de derrochar sus mejores horas viendo cómo se come los chopitos la prima del amigo de aquel conocido tan simpático de la universidad, ya saben: #nitanmal, #asísí, #quéjarturadesufrir o #necesitovuestraatenciónporquetengodéficitdecariño. Lo que no tiene perdón de Dios es que les hagamos el juego a multinacionales que de educar a infantes saben cero y de agilipollar a adultos bastante más. Los actos tienen consecuencias y cuando estas recaen sobre otros deberíamos mostrarnos especialmente responsables o seremos especialmente culpables.

Votamos con la tarjeta de crédito

El pasado domingo se inauguró una tienda de AliExpress en Madrid. Dicen por ahí que el primero de la fila estuvo dos días. Dos días de su vida. Quería un patinete (regalaban patinetes, que, ojo, cada uno se mata como quiere) pero le regalaron un móvil: el primero se llevaba un móvil. Él, no obstante, prefería el patinete. Dos días en la cola y te regalan lo segundo mejor. Si la calavera de Valle-Inclán no tiene ahora una sonrisa de oreja a oreja no sé cuándo la tendrá. Mi pregunta es: ¿quienes fueron a intentar ahorrarse unas perras a cambio de recorrer más o menos la distancia de la Tierra a la Luna y de algunas -muchas- horas de sus preciadas vacaciones son «gente» en sentido podemita? Intentaré explicar por qué me surge esa duda.

Dado que las multinacionales mandan más que los gobiernos, las compras son más importantes que los votos. Nadie en Occidente le va a decir al Grupo Alibaba cuánto tiene que pagar a sus empleados ni cuáles serán sus condiciones laborales. (De que lo haga el Gobierno chino olvídense: los comunistas no le hacen ascos a una transacción rentable, de Pekín a Galapagar). Nadie en Occidente con una excepción: las únicas personas capaces de limitar el poder de las multinacionales pantagruélicas impositoras de condiciones que a este ritmo terminarán con la tienda de la esquina y con todas las tiendas de todas las esquinas son las mismas que el otro día recorrieron la distancia aproximada entre la Tierra y la Luna para acampar un par de días a la espera de poder adquirir el penúltimo Samsung ahorrándose unas perras. Es como clientes (como no clientes, más bien), y no como votantes, como podemos decidir el modelo de sociedad que queremos.

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Que cada uno se ahorra la pasta como puede, faltaba más. No seré yo quien le diga a nadie lo que tiene que hacer con su vida: para eso están los políticos. Pero no está de más puntualizar que si uno se autopercibe como un tipo concienciado con la lucha social y toda la retórica (porque me temo que es solo retórica) al uso y luego compra en AliBaba o Amazon, uno tiene un serio problema de coherencia. Porque a lo mejor piensan ustedes que el ahorro que se consigue comprando en ellas sale del bolsillo de sus dueños, inversores y/o directivos y no de la jornada 996 (12 horas de trabajo diarias 6 días a la semana) propugnada por Jack Ma o de que en 2018 el 74 % de los trabajadores de los almacenes de Amazon evitaran ir al baño por miedo a represalias.

Dado que las multinacionales mandan más que los gobiernos, las compras son más importantes que los votos

¿Si creo que se vive mejor trabajando en la tienda de la esquina? Sí. Y no solo eso: creo que la tienda de la esquina ayuda a generar un tejido urbano mejor en muchos sentidos. Pero esa es otra historia.

La dialéctica izquierda-derecha es una monserga. Por muy a la izquierda que se diga el Gobierno chino hay pocos trabajadores más puteados que los trabajadores chinos. Como da igual a quién votemos, podemos seguir depositando la papeleta por el procedimiento de brindis al sol: porque todos somos muy socialdemócratas hasta que nos toca soltar la guita. Cuando nos retratamos es al meter el pin, porque el voto es gratis pero la compra no. Cada vez que llega una caja de Amazon cae la careta de un sindicalista.

Verlo todo bajo el prisma político es enfermizo, pero pensar que los actos no tienen consecuencias es aún peor, porque pertenece al ámbito del pensamiento mágico. Para entender a qué me refiero, basta con que abran Twitter al azar.

Queda pendiente hablar de Alexia: por qué creo que la Guerra Fría era un entorno más amigable en el que quien te ponía un micro en casa al menos se encargaba de pagarlo y no te pasaba la factura.

El conjunto de células

Si no empezamos a hablar de las cosas importantes pronto no quedará nada importante de que hablar.

Hace unos meses el legendario Pérez-Reverte y el Nobel peruano-español Vargas Llosa coincidieron en mencionar la postura de la Iglesia frente al aborto para reforzar su propia posición: si la Iglesia está en contra del aborto es que el aborto es un derecho. Esto es una falacia ad hominem con toda la barba,  y no merece mayor comentario a pesar de su difusión (si lo utilizan dos académicos, imaginen cómo está el percal a ras de calle; el aborto es una excusa estupenda para refugiarse en la propia ideología y argumentar desde la trinchera).

Hace menos tiempo escuché una justificación que me pareció original: sobre el aborto existe un consenso social que no hay por qué romper. Siendo magnánimos, esto quiere decir que si mucha gente cree algo, es que es verdad (lo que implica que, efectivamente, durante la Edad Media la Tierra era plana). Siendo peor pensados, y me temo que más realistas, la tesis del consenso comporta que, si algo no da problemas, no lo toques. Un argumento que los esclavistas podrían haber esgrimido ante Lincoln, por poner solo un ejemplo.

Pero aquí hemos venido a hablar del conjunto de células, verdadero meollo del asunto. Según estos partidarios, un feto es un conjunto de células y no un verdadero ser humano. Tomando esta postura como premisa, se abren dos posibilidades: o los que ya hemos nacido somos asimismo un conjunto de células únicamente (con lo que el concepto de ser humano se iría al cuerno) o bien los que ya hemos nacido sí somos seres humanos (lo que parece más probable).

Demos por bueno que (A) el feto no es un ser humano y (B) los humanos que ya hemos nacido sí somos seres humanos. ¿Me extralimito si considero que esta doble creencia es la más común entre los proabortistas? Es difícil de decir, pero parece razonable. Según esta hipótesis, lo que no terminaría de entender es en qué momento le ¿entra?, ¿crece?, ¿nace? al feto la ¿humanidad?, ¿alma?, ¿espíritu? Parece que los legisladores creen que algo de esto debe pasar a las 14 semanas y otro poco a las 22, a juzgar por la ley de 2010.

Ignoro en qué consiste este advenimiento tan tardío, teniendo en cuenta que desde el momento de la fecundación el embrión es totipotente, es decir, el cigoto tiene toda la información genética necesaria para convertirse en un adulto y solo recibe de su madre cobijo, alimento y oxígeno, como le ocurre a un bebé ya nacido salvo por el oxígeno. A mí esta capacidad de dirigir el propio desarrollo celular hasta convertirse en una persona adulta me parece más importante que cualquier evento sucedido en las mencionadas semanas, y lo distingue claramente de un riñón, un quiste o un tumor.

Si la capacidad de convertirse por sí solo en un anciano no lo convierte a uno en humano no sé qué lo pueda hacer, pero si ocurre en la semana 14 y alguien me lo explica de forma convincente, no duden que pasaré a engrosar las filas de una mayoría metroscópica que a día de hoy no logro comprender.

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Conjunto de células de 20 semanas chupándose el dedo. Sí, eso son uñas