¿Por qué lo mantienen en secreto?

¿Tan vergonzante es lo que España hace a una parte de una parte de sí misma (recordemos que no todos los catalanes se sienten oprimidos) que no son capaces de verbalizarlo? Es decir, ¿alguien sabe qué hemos hecho a los independentistas para que las píen tanto?

Porque así a bote pronto tuvieron el primer ferrocarril, las primeras autopistas, en el XIX se apostó por ellos en perjuicio de Galicia, se les apoyó para tener unos Juegos Olímpicos, se les rescata de vez en cuando, no se les pitan penaltis… No sé, pero si el problema son los Decretos de Nueva Planta y decidimos revertirlos, entonces habría que empezar por devolver también a Cataluña a la jurisdicción aragonesa…

Humildemente os pido ayuda porque soy, como en tantas otras cosas, un ignorante total. ¿Qué les hace España? ¿Cuál es el origen de tanto odio, aparte de la connatural inferioridad de los demás? ¿Alguien lo sabe? Porque lo mismo deberíamos empezar por ahí…

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No se quieren ir

Imaginen que, decidido a presentarme a las oposiciones para el cuerpo diplomático, en lugar de presentar la correspondiente instancia en el Ministerio de Asuntos Exteriores, presentara la tapa de un yogur en la taquilla del teatro Calderón.

Imaginen que, a pesar de no ser convocado a los exámenes, montara en cólera al no verme incluido en la lista postrera de admitidos a la muy venerable Escuela Diplomática. «Me persiguen», diría. «No hay democracia».

Imaginen, respetados lectores, que tuvieran que llegar a alguna conclusión acerca de mi comportamiento: aquellos de ustedes que fueran tan amables como para no considerarme simplemente un imbécil solo tendrían una salida; pensar que en realidad no quería examinarme ni ingresar en la Escuela ni pisar una embajada en los años de mi vida.

Porque resulta, por ese carácter paradójico que a veces presenta la verdad, que en realidad Cataluña (la marca hispánica) sí se puede separar de España. No hay artículo de la Constitución tan blindado que sea imposible de cambiar. Basta con conseguir la mayoría suficiente y, en este caso tan especial, disolver las Cortes, elegir Constituyentes, votar la nueva Constitución y resetear el Estado. Con votar me refiero a votar todos, claro, que lo del sufragio universal costó demasiado como para Flequillín nos lo arrebate porque le parezca fascista. Ignoro por qué no intentan hacerlo así, que es como lo pueden hacer, en lugar de presentar tapas de yogures en el Liceu, pero dada mi natural bonhomía prefiero pensar que en realidad no se quieren ir en lugar de llegar a la conclusión de que los independentistas son imbéciles.

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Cada ocho horas (si no se muestra alergia a los libros)

Y he aquí, queridos lectores, el principio democrático que subyace a todo este desbarajuste y que nos diferencia de la Francia de Luis XIV, la Italia de Mussolini o la URSS estalinista: el de la soberanía nacional. Todo se puede cambiar (porque vivimos en una democracia aunque les rasque tanto a quienes, como el FCB, siempre han decidido estar al lado del sol que más los caliente, ya sea el franquismo senil o el independentismo adolescente), pero cambiarlo requiere la autorización de los ciudadanos españoles, a diferencia de lo que ocurría con Luis XIV, Mussolini o Stalin, que ellos solitos podían legislar o, ya puestos, purgar, represaliar o finiquitar.

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Reforzar con esto si el paciente muestra renuencia al aprendizaje

Permítanme, amados lectores, que en este punto tenga mi recuerdo habitual para Pablito. Pablito, hijo, que eres politólogo. Una cosa es que te quieras hacer fuerte en el imaginario del moderneo patrio y otra muy distinta es que te fumes el temario de primero nada más pisar moqueta. Soberanía nacional. Artículo 1, párrafo 2. Porque no en todo, pero en esto y muchas otras cosas nuestra Constitución es (si me disculpan el exabrupto falocrático y patriarcal) cojonuda.

Así que, si Flequillín y el enjambre de alianzas juegotronil en que se ha convertido aquello deciden defender la independencia o la pizza con piña, a mí plim. Pero si deciden que ya no vivo en un Estado de Derecho con imperio de la ley y soberanía nacional, ahí me encontrarán enfrente, porque paso de viajar a la España de Fernando VII o el general chiquitín pudiendo vivir en la mía.

De muestra, tres botones

Rompo mi silencio en este blog obligado por las circunstancias; no eran las diez de la mañana y ya había sometido a mis ojos a la siguiente macedonia de desatinos:

  1. Linda Wenzel, la cría de 16 años que decidió que unirse a ISIS era un planazo, dice ahora que solo quiere irse a casa. Se me ocurren un sinnúmero de frases de madre que aplicarle a la criatura («haberlo pensado antes», «decimos de los demás y lo tenemos en casa», «cógete una rebequita, que en Mosul refresca por las noches»), pero líbreme Dios de hacer mofa de la susodicha; a lo que voy es que adolescentes y postadolescentes con parecido cacao mental y parapetados tras un avatar más o menos ingenioso constituyen la base de lo que llamamos las redes sociales, el puñado de opinadores altisonantes que, magnificados por los medios, parecen ser más de los que son. Cabecitas en barbecho que lo mismo te arreglan Venezuela que insultan a Marías. Ah, o le cantan a Guillermo Bárcenas en un concierto «¡Willy, valiente, tu padre es inocente!» (sic). Los chicos del cacao.
  2. Dice el Ayuntamiento de Madrid que va a quitar un carril por sentido de la carretera de Extremadura y le va a poner pasos de cebra. Hasta ahí nada nuevo: una nueva ratonera para el coche, que por lo visto es el principal enemigo de la civilización. Lo pasmoso es la justificación proporcionada por los Carmena boys (and girls): «Se trata de que solo circule por el Paseo de Extremadura quien no tenga más remedio». Es decir, si es Vd. de esos que cogen el coche los lunes a las siete de la mañana y se somete al atasco que allí se forma porque sí, sin una razón sólida, que sepa que se le va a acabar el chollo. Que a partir de ahora la carretera se reserva a esa minoría que de verdad la necesita, a esos seis o siete coches que la utilizan para ir a trabajar y cosas así.
  3. Cito porque es insuperable: «Hacer frente a la adversidad de forma constructiva y salir fortalecido no es sencillo, pero es posible. La palabra clave es resiliencia». Nonononó. La palabra clave no es resiliencia ni posverdad ni iros. La palabra clave es gilipollas. Quiero decir: las frasecitas de autoayuda y las sesiones de coaching son un sustituto banalizado de una formación profunda, enraizada y realmente humana. Según fuentes históricas, esa actividad desusada que los antiguos llamaban leer estaba destinada a adquirir las herramientas necesarias para entender y afrontar este mundo múltiple y anonadante que nos zarandea cual portero ciclado. Otra de las técnicas milenarias (educar) estaba destinada a prender la mecha, alumbrar la tiniebla, tutelar el asombro. Cultivar (de cultus, como cultura). Lo de soltar frasecitas o recomendar técnicas (¿mindfulness? ¿En serio?) me recuerda mucho a la campaña de los Carmena boys (and girls) contra el manspreading, vulgo despatarre. Supongo que después de luchar contra el manspreading, vulgo despatarre, vendrá la guerra a comer con la boca abierta o eludir el duchorio… una lista interminable que se resume en no tener modales, pero es que a la progresía eso de tener modales le sonaba muy antiguo y prefieren ir parcheando según surgen los rotos. Así legislan ellos. Por aspersión.

Nuestro enemigo es la estulticia y no el de enfrente. Ha demostrado ser un enemigo rocoso y pertinaz, y estamos a lunes. Coged piedras.

 

Si nos callamos (nuevo manual del prudente)

Uno de los múltiples efectos perniciosos de la corrección política es haber convertido las redes (ese amasijo de obviedades y narcisismo) en la excusa perfecta para que nos entreguemos a dos de nuestras pulsiones favoritas: opinar y/o quejarnos. Pero lo verdaderamente fascinante de Internet es que cada opinión y/o queja se convierte a su vez en la espoleta que desencadena una nueva opinión y/o queja.

Lo de opinar es muy nuestro, muy de bar. Expertos en geoestrategia andan totalmente colapsados ante la complejidad y el horror de la guerra civil siria, mientras que cualquier españolito de a pie, a poco que uno bucee en su Twitter, demuestra tener la opinión más formada y firme sobre lo que allí ocurre, quiénes son los malos y qué habría que hacer (o no hacer) en un conflicto que implica a su vez conflictos milenarios de intrincadísimas implicaciones. Con maniqueísmo alucinante, y dejando una vez más que la ideología piense por nosotros, cada cual imita la posición del gurú dominante de su facción y lo parafrasea con más o menos éxito. Lo de menos son los hechos, la ética y hasta la propia verdad (para otro día la posverdad, penúltima estupidez posmoderna): lo importante es recibir el aplauso de los miembros de la propia secta, movidos a su vez por la misma ideología fantasmagórica y huera que nos impide a todos pensar.

Lo de quejarnos tiene una función distinta. La queja aumenta/justifica la sensación de que todo lo malo que nos pasa es culpa de los demás, o del destino, o de Hacienda, y que somos unos pobrecitos que nunca conseguiremos lo que nos merecemos porque cargamos con la maldición de Jonás y todos nos odian. Lo que debería ser un foro de intercambio de opiniones se está convirtiendo en un certamen de pieles finas. Allá donde uno vaya a ejercer su libertad de expresión aparecerá un callo deseando ser pisado. Atropellar a un colectivo minoritario es lo más probable en cuanto uno planta el dedo en la tecla. No conviene olvidar, no obstante, que los que más se quejan son los que luego, a los mandos de sus enormes e innecesarios troncomóviles, mantienen vírgenes las palancas de sus intermitentes. Son aquellos que circulan por el carril del centro porque les resulta más cómodo. Aquellos que, subidos a sus hipsterísimos velocípedos, siembran el terror entre los venerables ancianos que ignoraban que las aceras se hubieran convertido en la Lieja-Bastogne-Lieja. Ya dicen en La edad de la inocencia que «son aquellos con los peores cocineros quienes siempre acusan a los demás de envenenarlos cuando cenan fuera».

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“Cómo arreglar tu vida quejándote de todo”

¿Qué hacer, entonces, ahora que incluso el Estado se ha convertido en una triste comadre rastreando oportunidades de escándalo? Pues darles escándalo. Porque, como dijo Burke, «para que el mal triunfe solo es necesario que las personas buenas no hagan nada». O no digan nada. Por definición, es la gente más prudente quien pasa más desapercibida, porque es su voluntad no ofender a nadie. Pero las cosas están tan mal (Brexit, Trump, comunismo postadolescente) que, si los prudentes siguen callados, la elocuente ignorancia terminará por dirigir el cotarro. Son aquellos que dicen disparates los que vocean más alto, y conviene contrarrestar su pancartismo megafónico con un poquito de escandaloso sentido común.

Porque a esta delirante corrección política que nos asuela no hay nada que le escandalice más que las obviedades, las verdades en deshabillé o las dosis intolerables de realidad, que resultan ser cualesquiera dosis de realidad.

Démosle la vuelta a la prudencia para defendernos del invasivo tropel de ágrafos con acceso a Twitter. Pensemos. Hablemos. Escandalicemos.

Hoy puede ser un día espantoso (El vaciamiento)

En algún momento reciente decidimos vivir una ficción. Una mentira según la cual se puede ser feliz a piñón fijo. Levantarse feliz, escuchar feliz a Montoro y que a uno le extirpen el apéndice felizmente, sin anestesia para poder seguir sonriendo al enfermero.

No solo hemos convertido (o eso creemos) la felicidad perpetua en una posibilidad, sino que si no acreditas un optimismo permanente en las redes a base de fotos de pies, de gin-tonics hortofrutícolas o de tus propias cabriolas mientras sonríes al atardecer en playas exóticas te conviertes automáticamente en una persona tóxica, que quiere decir que cuentas tus problemas a los demás y no tienes Facebook.

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Tres horas después se cayeron a la piscina alcoholizados y murieron todos.

Lo de la toxicidad me recuerda a nuestra admirada Finlandia, paradigma de la educación y de las palabras esdrújulas. Resulta que, preguntada por las causas de las altas tasas de suicidio en el país nórdico, Netta Mäki, investigadora y profesora de Sociología en la Universidad de Helsinki, menciona el pärjäämisen eetos, que la buena de Netta explica como «sentir que tienes que ser fuerte si tienes un problema y resolverlo tú mismo sin molestar a nadie más», es decir, «si tu vida es un desastre, finge y sonríe como hacemos todos». Y si no, eso con unas cuantas sesiones de mindfulness se te pasa. El mindfulness lo peta.

Pues no. Los eslóganes publicitarios que hemos decidido tomar como principios rectores de nuestra vida son mentira. Ni la voluntad lo puede todo ni si lo deseas muy fuerte sucederá. Sucederá si tienes el talento necesario, trabajas como un animal y no te pilla un tren.

La vida real no es un anuncio de Estrella Damm con barco y frasecita sino uno de Aurgi con Rebeca y Mario Vaquerizo. Las personas reales somos gordas, feas y calvas, y acabamos por tener (si no nos pilla un tren) enfermedades mortales que nos rematan.

Cabría argumentar que, destinados como estamos a pasarlo mal, mejor vivir en la mentira, pero eso no es una buena idea por dos motivos: primero, porque, como dice Félix de Azúa, es la combinación de luz y sombra (y no solo la luz) lo que nos permite ver; segundo, porque con el rollo este sé feliz o sé discreto que nos traemos lo único que conseguimos es que la gente a la que le pasan cosas normales (cometer errores, enfermar, sufrir) se sienta culpable, aislada y diferente. Que se callen para no molestar. Nos hemos convertido en yonquis del buen rollo, pero me da que ese escaparate de alborozo solo oculta una trastienda de inseguridad y egoísmo.

Todavía no es Navidad

Así que antes de que nos dé a todos el ataque programado de inusitada bondad, aún nos podemos permitir ser un poquito pérfidos.

Yo sé que no todos tenemos la suerte de que un genio nos regale una portada (gracias, Rodrigo), y que las grandes no tienen tiempo para mimar cada libro como si fuera el último, pero hombre…

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Aquí vendría un alegato en favor de la labor artesanal y la vuelta al taller y la ausencia de aura en la economía de escala, un par de citas de Morris y Ruskin y tres frases epatantes, pero no hay tiempo porque tenemos lío.

No entendemos nada

La semana pasada una presentadora de televisión, cuyo nombre y foto omito por un tema de coherencia, después de recibir tratamiento por un cáncer (a ver si entre todos acabamos con lo de «larga enfermedad»), volvía al trabajo sin peluca, para darle normalidad al asunto. ¿Qué hicieron los medios? Poner su foto en todas partes y subrayar eso que les gusta tanto, el lado humano del asunto, la superación, el ejemplo para todos…

Que digo yo, si lo que pretendía era darle normalidad, ¿no habría sido la única opción ver el informativo con normalidad, seguir comiendo con normalidad y pasar a otra cosa con normalidad? Pues no. Focos. Candelero. Anormalidad. Bien por los muchachos de la prensa.

Montoro el liberticida

Desde que Rajoy mandara a liberales y conservadores a otro partido (consejo que yo al menos seguí a rajatabla), nadie puede sorprenderse de que Montoro y sus muchachos se tomen nuestra libertad a título de inventario. El sueño de las élites de saber dónde estamos y qué compramos en cada momento está más cerca con la limitación a 1000 euros del pago en efectivo.

Cabe preguntarse si han puesto el límite justo ahí para poder seguir pitufeando comme il faut; en cambio, lo que tiene fácil respuesta es quién defenderá nuestra libertad ahora que el PP ha pasado a engrosar las filas socialdemócratas. Ah, y desde que decidimos convertirnos en vacas (esto lo demostraré otro día), ni siquiera nosotros parecemos tener muy claro querer defenderla.

La culpa de que Escobar fuera un asesino no es de Netflix

Asociaciones contra la droga han puesto el grito en el cielo por el cartel publicitario con el que Netflix se ha descolgado en Sol. Helo aquí (elijo esta foto por puro surrealismo):

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Alguna incluso ha escrito algo así como que la foto del traficante recibirá a los turistas en Sol. No es el traficante, es Wagner Moura. Lo digo porque este hecho tan obvio marca una diferencia abismal. Es una serie, no la realidad, así que lo que intentan los correctísimos se llama censura. ¿Eliminaríamos un cartel de Quo Vadis? porque sale Nerón? En Fallas, por ejemplo, con una cerilla en la mano.

Un dictador menos

Siempre que escucho a alguien despotricar contra un dictador se me enciende una llamita de esperanza. Pienso «vaya, esta tipa es una gran defensora de la libertad, que es la principal damnificada de cualquier dictadura». Pero lo que oigo normalmente después apaga la llamita: «Porque Pinochet al menos mejoró la economía» o «En Cuba al menos nadie muere de hambre» según el sesgo del sujeto parlante. No, no, no. Una dictadura es basura. Punto. Porque nos quiere quitar ―como Montoro― la libertad, nuestro bien más preciado. Lo digo porque igual de criticable es Cuba que Arabia Saudí, por mucho contrato que saquemos. O China, que fuimos todos aplaudiendo con las orejas a los JJOO de 2008 por aquello del «mercado emergente». A ver si es que somos tan flojos morales (gracias, Laureano) que lo que nos da repelús son los pobres y no los dictadores.

Que lo desees muy fuerte no hará que ocurra. (Los límites del pensamiento mágico)

Ya era suficientemente malo el pensamiento débil, formulado en 1983 por Gianni Vattimo, que siguió a Derrida en la voluntad de eliminar certezas y relativizar el conocimiento, pero es que estamos rizando el rizo. El pensamiento débil se ha convertido en el pensamiento absurdo. No es ya que cualquier opinión sea respetable (lo cual es en sí un disparate), sino que resulta habitual que un argumento sea intrínsecamente contradictorio y se dé por bueno. Algunos ejemplos:

  1. Reclamamos a la vez que se bajen los impuestos y se eleven las prestaciones sociales. Es contradictorio. Absurdo. Es como pedirle a un empresario que baje los precios y suba los salarios. El dinero no es elástico. Llamadme pesimista, pero estoy convencido de que existe la opinión generalizada de que el Estado puede pagar todos los servicios que quiera con una especie de caja mágica que nunca se agota. Que ir a la universidad pública no cuesta más que las tasas que se pagan (nos cuesta unos 8000 euros al año cada estudiante, vaya a clase o a la cafetería a pintar pancartas).
  2. Nos pirramos por lo verde y sostenible pero luego compramos relojes que hay que recargar (con lo maravilloso que es un reloj mecánico), subimos la persiana apretando un botón (es cansadísimo tirar de una cinta), usamos el ascensor para ir al gimnasio, leemos el periódico en una tableta y libros de esos que no son libros, inventamos chorradas del calibre de Hoverboard y Segway para no tener que caminar —sobre todo los niños; podrían dislocarse algo—. Entiendo que quemar combustibles fósiles para generar electricidad no contamina, porque tampoco queremos centrales nucleares. Pero enchufar cosas sí. Eso es divertidísimo.
  3. Nos desgañitamos pidiendo una educación de calidad pero pensamos que hacer deberes (leer, escribir, sumar, pensar) es un castigo.
  4. Pedimos democracia a gritos enarbolando banderas comunistas.
  5. Y mi favorita: dañar un huevo de buitre te puede llevar a la cárcel dos años pero en cambio un feto humano es un quiste. No voy a hacer más comentarios a este respecto.

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Leía esta semana un libro modernísimo sobre las nuevas generaciones que, lejos de preocuparse por aprender sobre la sociedad en que han nacido, lo juzgan todo según su propia circunstancia y las opiniones parciales que picotean aquí y allá, y se dedican a exigir derechos, soluciones y prebendas sin pensar que quizá sean ellos quienes deban proporcionarlos.

Valga esta soporífera introducción para comentar algo que me resulta curiosísimo: la crítica que se hace a la Unión Europea por tener fronteras. La Unión Europea constituye el mayor esfuerzo de la historia por eliminar las fronteras. De hecho, la UE no las tiene en su interior: son los demás países los que las conservan. Son precisamente los que ignoran que hace tres telediarios ir a Lisboa requería pasaporte los que más protestan, acostumbrados como están a disfrutar las ventajas de la Unión que tanto critican. A través de una cuadratura del círculo que roza el virtuosismo, denuestan a la organización supranacional que más ha hecho por eliminar las aduanas culpándola de que los demás países las mantengan (¡…!).

Claro que deberíamos hacer más por los refugiados que nos piden ayuda. Es vergonzoso y tenemos una responsabilidad mayor que nadie porque somos parte de la entidad política que más y mejores principios y valores encarna, sobre todo ahora que EEUU nos ha dejado en la estacada; es solo que no creo que decir tonterías produzca soluciones. De forma sorprendente ha calado la inquina que Chomsky y sus acólitos tienen a Occidente, especialmente a Europa. Plantea las cosas como si el resto del mundo hubiera tenido sistemas políticos infinitamente mejores que la democracia liberal cuando Europa fue a molestarlos con las ideas de libertad, igualdad o el imperio de la ley. Por supuesto que hemos hecho barrabasadas, pero dejamos de hacerlas antes que los demás y propusimos una tramoya filosófica que impidiera su repetición. El mundo no es perfecto, Noam, pero no pasa nada por reconocer que hay grados en la imperfección. Que nunca haga falta recordar quiénes buscan protección dónde.

 

P. S.: El modernísimo libro citado es de 1930: La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset. Otro PProscrito de las aulas.

Minorías creativas

Es mucho más fácil arreglar el mundo que ser amable.

Para ser un iluminado con la receta del bien universal solo hace falta mucho carisma y algo de retórica; la capacidad de encandilar a un público crédulo con ardientes soflamas. Resulta conveniente, además, que nuestras proclamas estén salpicadas de sofismas y demagogia. Y poner cara de intensitos. Probablemente nunca tengamos la ocasión de poner en práctica nuestras teorías, así que lo único importante es que suenen bien. Alegamos estar persiguiendo la utopía y listo.

Pero el día a día es otro cantar. Para tratar bien a cuantos nos rodean hacen falta amor, bondad y alegría por arrobas. Y ese es un territorio mucho más difícil de conquistar, porque exige lo mejor de nosotros y pone a prueba nuestra capacidad de ceder, comprender y perdonar. La historia está llena de sesudos filósofos y trascendente artistas que, mientras proclamaban el advenimiento del elíseo, tuvieron serias dificultades para no ser unos capullos. Preguntadle a Julian Lennon por su padre a ver qué os cuenta. Por lo visto resulta mucho más fácil imaginar a todo el personal viviendo en paz que tratar a tu hijo con cariño.

Pero es que no hay otra forma. Es la gente que nos rodea la que requiere nuestros esfuerzos. Es su vida la que podemos mejorar, su sonrisa la que podemos buscar. Por ahí hay alguien a un par de palabras tuyas de ser feliz, pero decirlas puede no ser tan fácil como parece. Así que, antes de embarcarte en tareas monumentales (que te deberías embarcar, ojo) ponte a prueba en las distancias cortas. Si no eres capaz de mejorar tu entorno dudaremos seriamente de tu capacidad de cambiar el mundo.

lobo

Entendiendo el 26-J

Lo estabais esperando. Aquí está mi interpretación libre (pero con la moderación y templanza que me caracterizan) del evento de ayer.

El ganador de los comicios fue Cela, que dijo aquello de «en España, el que resiste gana». Si la táctica favorita de Rajoy (el de gran cachaza) era la inacción, a partir de ahora se va a mover menos que la guardia de Qin Shi Huang.

Rajoy

Sánchez (el que sonríe al viento) es un tipo estupendo. A Sánchez lo pones en el Titanic y el tío lo mismo te suelta que «peor quedó el iceberg». Necesitamos más gente optimista. Está a 91 escaños de la mayoría absoluta, pero con Pablo Iglesias (el otro) el PSOE sacó solo un escaño en 1910 y nadie lo critica.

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Los que son comunistas pero ya no lo dicen se presentaron con los que son comunistas y lo mantienen. Errejón (el de fino cutis) previno a Iglesias (de luenga guedeja) de que no era tan buena idea como parecía, y parece ser que tenía razón, porque despistaron a comunistas, excomunistas, pseudocomunistas y tardocomunistas. Una pena, porque habría sido una ocasión estupenda para comprobar si Garzón (de gesto adusto) dispone de músculos risorios.

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Rivera (el de brazo fornido) tuvo dificultades para posicionarse ante el electorado, y sobre todo para que el electorado supiese quién era el enemigo de Rivera. En política eso es muy importante, porque tener el mismo enemigo que los votantes te une mucho a ellos. Un odio en común establece vínculos más fuertes que un mismo afecto.

Rivera.pngLa cuestión es que estamos igual que en diciembre, pero hemos gastado mucho más dinero y perdido más tiempo, que son las dos funciones básicas de la política.

Y lo más importante es que, en contra de lo que te digan los de enfrente, y tanto si has votado cachaza o guedeja, has votado bien. Has hecho muy bien en votar a quien te haya parecido, o en no votar: ser demócrata no es presumir de serlo, sino respetar las opiniones de los demás. Las incomprensibles. Las que nos encocoran. Lo demás es blablablá, y del peligroso.