¿Por qué lo mantienen en secreto?

¿Tan vergonzante es lo que España hace a una parte de una parte de sí misma (recordemos que no todos los catalanes se sienten oprimidos) que no son capaces de verbalizarlo? Es decir, ¿alguien sabe qué hemos hecho a los independentistas para que las píen tanto?

Porque así a bote pronto tuvieron el primer ferrocarril, las primeras autopistas, en el XIX se apostó por ellos en perjuicio de Galicia, se les apoyó para tener unos Juegos Olímpicos, se les rescata de vez en cuando, no se les pitan penaltis… No sé, pero si el problema son los Decretos de Nueva Planta y decidimos revertirlos, entonces habría que empezar por devolver también a Cataluña a la jurisdicción aragonesa…

Humildemente os pido ayuda porque soy, como en tantas otras cosas, un ignorante total. ¿Qué les hace España? ¿Cuál es el origen de tanto odio, aparte de la connatural inferioridad de los demás? ¿Alguien lo sabe? Porque lo mismo deberíamos empezar por ahí…

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La prepostverdad sobre el asunto este de España

Que todo el mundo pueda opinar no quiere decir que todas las opiniones sean respetables, y mucho menos que todas sean ciertas.

Lo que para un español signifique ser español tiene muy poco peso si lo comparamos con lo que en efecto significa ser español.

Ser español en 2017 no es una cuestión afectiva ni hormonal (aunque cada cual sea libre de sentirlo así, no faltaba más). Ser español es un atributo jurídico y político con consecuencias administrativas: una serie de derechos y obligaciones ignotos en otras latitudes y longitudes. En ese sentido, lo más parecido a ser español es ser francés, alemán, portugués o italiano (a no ser que pensemos, como todos los nacionalistas que en el mundo han sido, que haber nacido en un lugar concreto confiere poderes extraordinarios).

Eso que España es (un Estado de Derecho) implica entre otras cosas que un cuerpo o cuerpos legalmente conformados y con la legitimidad que otorga la democracia vigile el cumplimiento de las leyes. En caso necesario, mediante el uso de la fuerza. Son los únicos autorizados a ejercerla: es lo que llamamos el monopolio de la violencia. Puede ser un sistema mejorable (algunos incluso proponen que sea el delincuente quien golpee al policía), pero de momento es el mejor que conocemos. Todos los demás están basados en el «posyocreoqué» en lugar de en el «las mentes más despejadas de Occidente desde Pericles opinan que».

Establecido lo anterior, la bandera española es la plasmación gráfica de esa pertenencia. Es un hecho objetivo, no una apelación afectiva. Que en unos despierte un inefable orgullo y a otros les provoque acidez estomacal entra dentro del ámbito particular. Respetable pero discrecional. No solo las leyes no tratan los sentimientos sino que cuando estos comienzan a exacerbarse alguien termina por invadir Polonia.

UE

Una adelantada a su tiempo

En cuanto a banderas, las doce estrellas de la UE constituyen un logro mayor, porque representa una unión más amplia y una sorprendente capacidad para ponerse de acuerdo. Estaría encantado (y llevábamos ese camino) de que la bandera española ocupara en mi imaginario el escalón regional mientras el nacional lo llenara la de los Estados Unidos de Europa, porque la Unión Europea es el mayor esfuerzo pacifista jamás acometido y lo diametralmente opuesto al nacionalismo. La UE es un puñetazo al mentón del provincianismo, por eso el Reino Unido (donde, aparte de Londres, son bastante provincianos) ha puesto pies en polvorosa.

PD.: Este asunto no quedará aquí, pero de momento solo quiero añadir la gloriosa aportación de Juan Aboitiz: «¿Mediadores? Cuando la gente no se pone de acuerdo ya existen mediadores. Los llamamos jueces».

No se quieren ir

Imaginen que, decidido a presentarme a las oposiciones para el cuerpo diplomático, en lugar de presentar la correspondiente instancia en el Ministerio de Asuntos Exteriores, presentara la tapa de un yogur en la taquilla del teatro Calderón.

Imaginen que, a pesar de no ser convocado a los exámenes, montara en cólera al no verme incluido en la lista postrera de admitidos a la muy venerable Escuela Diplomática. «Me persiguen», diría. «No hay democracia».

Imaginen, respetados lectores, que tuvieran que llegar a alguna conclusión acerca de mi comportamiento: aquellos de ustedes que fueran tan amables como para no considerarme simplemente un imbécil solo tendrían una salida; pensar que en realidad no quería examinarme ni ingresar en la Escuela ni pisar una embajada en los años de mi vida.

Porque resulta, por ese carácter paradójico que a veces presenta la verdad, que en realidad Cataluña (la marca hispánica) sí se puede separar de España. No hay artículo de la Constitución tan blindado que sea imposible de cambiar. Basta con conseguir la mayoría suficiente y, en este caso tan especial, disolver las Cortes, elegir Constituyentes, votar la nueva Constitución y resetear el Estado. Con votar me refiero a votar todos, claro, que lo del sufragio universal costó demasiado como para Flequillín nos lo arrebate porque le parezca fascista. Ignoro por qué no intentan hacerlo así, que es como lo pueden hacer, en lugar de presentar tapas de yogures en el Liceu, pero dada mi natural bonhomía prefiero pensar que en realidad no se quieren ir en lugar de llegar a la conclusión de que los independentistas son imbéciles.

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Cada ocho horas (si no se muestra alergia a los libros)

Y he aquí, queridos lectores, el principio democrático que subyace a todo este desbarajuste y que nos diferencia de la Francia de Luis XIV, la Italia de Mussolini o la URSS estalinista: el de la soberanía nacional. Todo se puede cambiar (porque vivimos en una democracia aunque les rasque tanto a quienes, como el FCB, siempre han decidido estar al lado del sol que más los caliente, ya sea el franquismo senil o el independentismo adolescente), pero cambiarlo requiere la autorización de los ciudadanos españoles, a diferencia de lo que ocurría con Luis XIV, Mussolini o Stalin, que ellos solitos podían legislar o, ya puestos, purgar, represaliar o finiquitar.

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Reforzar con esto si el paciente muestra renuencia al aprendizaje

Permítanme, amados lectores, que en este punto tenga mi recuerdo habitual para Pablito. Pablito, hijo, que eres politólogo. Una cosa es que te quieras hacer fuerte en el imaginario del moderneo patrio y otra muy distinta es que te fumes el temario de primero nada más pisar moqueta. Soberanía nacional. Artículo 1, párrafo 2. Porque no en todo, pero en esto y muchas otras cosas nuestra Constitución es (si me disculpan el exabrupto falocrático y patriarcal) cojonuda.

Así que, si Flequillín y el enjambre de alianzas juegotronil en que se ha convertido aquello deciden defender la independencia o la pizza con piña, a mí plim. Pero si deciden que ya no vivo en un Estado de Derecho con imperio de la ley y soberanía nacional, ahí me encontrarán enfrente, porque paso de viajar a la España de Fernando VII o el general chiquitín pudiendo vivir en la mía.

De muestra, tres botones

Rompo mi silencio en este blog obligado por las circunstancias; no eran las diez de la mañana y ya había sometido a mis ojos a la siguiente macedonia de desatinos:

  1. Linda Wenzel, la cría de 16 años que decidió que unirse a ISIS era un planazo, dice ahora que solo quiere irse a casa. Se me ocurren un sinnúmero de frases de madre que aplicarle a la criatura («haberlo pensado antes», «decimos de los demás y lo tenemos en casa», «cógete una rebequita, que en Mosul refresca por las noches»), pero líbreme Dios de hacer mofa de la susodicha; a lo que voy es que adolescentes y postadolescentes con parecido cacao mental y parapetados tras un avatar más o menos ingenioso constituyen la base de lo que llamamos las redes sociales, el puñado de opinadores altisonantes que, magnificados por los medios, parecen ser más de los que son. Cabecitas en barbecho que lo mismo te arreglan Venezuela que insultan a Marías. Ah, o le cantan a Guillermo Bárcenas en un concierto «¡Willy, valiente, tu padre es inocente!» (sic). Los chicos del cacao.
  2. Dice el Ayuntamiento de Madrid que va a quitar un carril por sentido de la carretera de Extremadura y le va a poner pasos de cebra. Hasta ahí nada nuevo: una nueva ratonera para el coche, que por lo visto es el principal enemigo de la civilización. Lo pasmoso es la justificación proporcionada por los Carmena boys (and girls): «Se trata de que solo circule por el Paseo de Extremadura quien no tenga más remedio». Es decir, si es Vd. de esos que cogen el coche los lunes a las siete de la mañana y se somete al atasco que allí se forma porque sí, sin una razón sólida, que sepa que se le va a acabar el chollo. Que a partir de ahora la carretera se reserva a esa minoría que de verdad la necesita, a esos seis o siete coches que la utilizan para ir a trabajar y cosas así.
  3. Cito porque es insuperable: «Hacer frente a la adversidad de forma constructiva y salir fortalecido no es sencillo, pero es posible. La palabra clave es resiliencia». Nonononó. La palabra clave no es resiliencia ni posverdad ni iros. La palabra clave es gilipollas. Quiero decir: las frasecitas de autoayuda y las sesiones de coaching son un sustituto banalizado de una formación profunda, enraizada y realmente humana. Según fuentes históricas, esa actividad desusada que los antiguos llamaban leer estaba destinada a adquirir las herramientas necesarias para entender y afrontar este mundo múltiple y anonadante que nos zarandea cual portero ciclado. Otra de las técnicas milenarias (educar) estaba destinada a prender la mecha, alumbrar la tiniebla, tutelar el asombro. Cultivar (de cultus, como cultura). Lo de soltar frasecitas o recomendar técnicas (¿mindfulness? ¿En serio?) me recuerda mucho a la campaña de los Carmena boys (and girls) contra el manspreading, vulgo despatarre. Supongo que después de luchar contra el manspreading, vulgo despatarre, vendrá la guerra a comer con la boca abierta o eludir el duchorio… una lista interminable que se resume en no tener modales, pero es que a la progresía eso de tener modales le sonaba muy antiguo y prefieren ir parcheando según surgen los rotos. Así legislan ellos. Por aspersión.

Nuestro enemigo es la estulticia y no el de enfrente. Ha demostrado ser un enemigo rocoso y pertinaz, y estamos a lunes. Coged piedras.

 

Alsasua y los enemigos de la razón

Hace unos 500 años la humanidad comenzó a decantarse de manera inequívoca por la razón. El Renacimiento no le dio la espalda a la religiosidad imperante, pero sí comenzó ―muy lentamente― a embridarla y sacarla de la esfera política y confinarla en el sistema de creencias de cada cual. Unos dos siglos después, la Ilustración le daría el espaldarazo definitivo a la pulsión racionalista través de la obra de una serie de pensadores de extracción burguesa.

Hasta aquí lo que dice la historiografía, a la que le gusta tanto generalizar como categorizar; tanto buscar rupturas como definir periodos, épocas y edades. Creo, no obstante, que en este asunto de la vigencia de la razón vale más estar alerta que dar el trabajo por concluido: si bien razón y ciencia gozan (en teoría) de la más alta consideración, andamos muy lejos de haber finiquitado la lucha.

La lista de las piedras que la razón ha encontrado en su camino a lo largo de la historia es variada, e incluye el mito, la religión, la falsa moral o el arte (André Breton decía no sé qué de disparar a la multitud en el segundo manifiesto surrealista) y otras menos patentes pero igualmente perniciosas como el qué dirán, la superstición o la complacencia en la propia ignorancia. ¿Cuál es, entonces, el enemigo actual?

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Resulta ser uno que, como algunos de los mencionados, se disfraza de razón. Uno que llegó hace un par de siglos y triunfa ante nuestras propias narices: la ideología política. No la ideología como paquete de creencias y opiniones de cada individuo, sino como conjunto de principios rectores externos que nos dicen qué pensar, qué decir y qué opinar sin tener que remangarnos para bregar con lo incomprensible ni levantarnos jaqueca de tanto cavilar. La ideología se adopta en un momento dado (mejor cerca de la juventud, donde suele meterse el cuezo con más determinación y frecuencia) y luego solo hay dejarse llevar con el cerebro en stand-by.

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La influencia de la ideología (esa fantasmagoría alucinante que nos convierte en carcasas) puede ser tan malsana que uno termine por confundir sus dictados con la realidad. Uno puede, por ejemplo, terminar por ser tan pepero que la corrupción estructural de su partido y la mentira crónica de su líder se le pasen por alto, lo que puede aplicarse al PSOE (por cierto, ¿por qué no pedirle a Javier Fernández que se quede?) y a todo aquel partido que haya pisado moqueta un número suficiente de años. Uno puede, en el peor de los casos, terminar así. Esa mirada perdida. Ese ausencia monocorde. Ese «en la defensa de las garantías del Estado de Derecho está el no entrar en una situación de pánico moral que nos obligue a la ciudadanía a estar en una dicotomía de estás con los terroristas o estás con las víctimas, o algo parecido». Juro que dice «o algo parecido». Para Eduardo Santos Itoiz, diputado de Podemos, elegir entre terrorista y víctima (entre revólver y nuca, no olvidemos y no los olvidemos) es efecto del «pánico moral». Yo no sé lo que es el «pánico moral», pero sí sé lo que es un malnacido, y como estoy convencido de que Eduardo no lo es, ha de ser la ideología la que habla por su boca. Esa ideología de extrema izquierda que, sin que yo pueda explicarlo, siente tanta cercanía emocional con los terroristas. De ahí su pose de espantapájaros sin cerebro, aunque lo que parece no tener es corazón. Eduardito, además, tira tanto de piloto automático que traiciona el discurso oficial de los suyos: ¿no era que lo de Alsasua no había sido terrorismo? ¿No fue una pelea de bar?

Ay, es lo malo de rebosar ideología: que uno termina por no decir. Por no estar. Por no ser. Uno tira de ideología y ya no tiene que elucubrar, ni ser valiente, ni nadar como el salmón (aunque hay que puntualizar que otros diputados de Podemos así lo han hecho, negándose a firmar el manifiesto de apoyo a los mamporreros). Uno tira de ideología y opina con vehemencia sobre un delito cuyo auto no ha leído. Una tira de ideología y comienza a ver enemigos donde veía interlocutores; acaba por pensar, con Sartre, que «el infierno son los otros».

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La ideología es un narcótico para la razón. El sueño de la razón produce partidos políticos

Con lo bonito que es reconocer una estupidez la diga quien la diga. O la verdad, ya puestos, la diga Agamenón o su porquero. Necesitamos una segunda Ilustración pero no nos lo están poniendo nada fácil.

Que lo desees muy fuerte no hará que ocurra. (Los límites del pensamiento mágico)

Ya era suficientemente malo el pensamiento débil, formulado en 1983 por Gianni Vattimo, que siguió a Derrida en la voluntad de eliminar certezas y relativizar el conocimiento, pero es que estamos rizando el rizo. El pensamiento débil se ha convertido en el pensamiento absurdo. No es ya que cualquier opinión sea respetable (lo cual es en sí un disparate), sino que resulta habitual que un argumento sea intrínsecamente contradictorio y se dé por bueno. Algunos ejemplos:

  1. Reclamamos a la vez que se bajen los impuestos y se eleven las prestaciones sociales. Es contradictorio. Absurdo. Es como pedirle a un empresario que baje los precios y suba los salarios. El dinero no es elástico. Llamadme pesimista, pero estoy convencido de que existe la opinión generalizada de que el Estado puede pagar todos los servicios que quiera con una especie de caja mágica que nunca se agota. Que ir a la universidad pública no cuesta más que las tasas que se pagan (nos cuesta unos 8000 euros al año cada estudiante, vaya a clase o a la cafetería a pintar pancartas).
  2. Nos pirramos por lo verde y sostenible pero luego compramos relojes que hay que recargar (con lo maravilloso que es un reloj mecánico), subimos la persiana apretando un botón (es cansadísimo tirar de una cinta), usamos el ascensor para ir al gimnasio, leemos el periódico en una tableta y libros de esos que no son libros, inventamos chorradas del calibre de Hoverboard y Segway para no tener que caminar —sobre todo los niños; podrían dislocarse algo—. Entiendo que quemar combustibles fósiles para generar electricidad no contamina, porque tampoco queremos centrales nucleares. Pero enchufar cosas sí. Eso es divertidísimo.
  3. Nos desgañitamos pidiendo una educación de calidad pero pensamos que hacer deberes (leer, escribir, sumar, pensar) es un castigo.
  4. Pedimos democracia a gritos enarbolando banderas comunistas.
  5. Y mi favorita: dañar un huevo de buitre te puede llevar a la cárcel dos años pero en cambio un feto humano es un quiste. No voy a hacer más comentarios a este respecto.

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Leía esta semana un libro modernísimo sobre las nuevas generaciones que, lejos de preocuparse por aprender sobre la sociedad en que han nacido, lo juzgan todo según su propia circunstancia y las opiniones parciales que picotean aquí y allá, y se dedican a exigir derechos, soluciones y prebendas sin pensar que quizá sean ellos quienes deban proporcionarlos.

Valga esta soporífera introducción para comentar algo que me resulta curiosísimo: la crítica que se hace a la Unión Europea por tener fronteras. La Unión Europea constituye el mayor esfuerzo de la historia por eliminar las fronteras. De hecho, la UE no las tiene en su interior: son los demás países los que las conservan. Son precisamente los que ignoran que hace tres telediarios ir a Lisboa requería pasaporte los que más protestan, acostumbrados como están a disfrutar las ventajas de la Unión que tanto critican. A través de una cuadratura del círculo que roza el virtuosismo, denuestan a la organización supranacional que más ha hecho por eliminar las aduanas culpándola de que los demás países las mantengan (¡…!).

Claro que deberíamos hacer más por los refugiados que nos piden ayuda. Es vergonzoso y tenemos una responsabilidad mayor que nadie porque somos parte de la entidad política que más y mejores principios y valores encarna, sobre todo ahora que EEUU nos ha dejado en la estacada; es solo que no creo que decir tonterías produzca soluciones. De forma sorprendente ha calado la inquina que Chomsky y sus acólitos tienen a Occidente, especialmente a Europa. Plantea las cosas como si el resto del mundo hubiera tenido sistemas políticos infinitamente mejores que la democracia liberal cuando Europa fue a molestarlos con las ideas de libertad, igualdad o el imperio de la ley. Por supuesto que hemos hecho barrabasadas, pero dejamos de hacerlas antes que los demás y propusimos una tramoya filosófica que impidiera su repetición. El mundo no es perfecto, Noam, pero no pasa nada por reconocer que hay grados en la imperfección. Que nunca haga falta recordar quiénes buscan protección dónde.

 

P. S.: El modernísimo libro citado es de 1930: La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset. Otro PProscrito de las aulas.

Que viene Trump

Ahora va a resultar que hasta el martes vivíamos en un mundo ilustrado. Que leíamos todos el New York Times. Que cada cual buscaba un hueco en su agenda para releer a Madison y retomar el Tractatus de Wittgenstein. Vengayá. Trump es un desastre porque el mundo en que vivimos es un desastre, y de lo que se trata es de bregar cada día para que lo sea un poquito menos. No podemos tragar con las audiencias de Telecirco y luego rasgarnos las vestiduras cuando la sangre llega al río.

Todo esto me recuerda a la visión que prevalece sobre los nazis: a los pobres alemanes de entreguerras les lavó el cerebro Hitler y cuatro amigos. No, hombre, no. El racismo en general y el antisemitismo en particular estaban arraigadísimos no solo en Alemania, sino en todo Occidente. Observen, amigos:

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A la derecha: «Detened la dominación judía de los americanos cristianos»

¿Berlín? No. Madison Square Garden, Nueva York, 1939. 22 000 almas. Y no se pierdan la siguiente vista parcial:

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Cosas veredes, amigo George

No es mi tesis que el racismo siempre estuvo latente en EEUU y que ahora sale a la luz. No voy a eso. De hecho:

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1938, Luna Park de Buenos Aires, 20 000 pibes

Y no hay que irse tan lejos: el lunes pasado uno de los líderes políticos que nos asuelan tuiteó «Hoy es el 99 aniversario de la revolución rusa de 1917; una revolución contra ‘El Capital’. Paz, Pan y Tierra». Acompañado de una imagen de Lenin, conocido demócrata. Para el muy analfabeto (o muy malvado), el régimen comunista es sinónimo de paz, pan y tierra. La tierra donde descansan en paz los millones de ucranianos a los que Stalin mató de hambre robándoles su propio pan, supongo.

¿Adónde voy, entonces? A que el ser humano es bastante salvaje. A que la maldad está en nosotros y de cuando en cuando alguien sabe sacarle partido. A que la última guerra en Europa no terminó en los Balcanes en 1999, como he estado a punto de escribir, sino que sigue abierta en Ucrania. A que si algunos insistimos tanto en la educación, en la importancia de la filosofía como fuente de conocimiento y de la Filosofía como asignatura, no es porque quede bonito, sino porque es estrictamente necesario. Porque la cabra tira al monte y el zoon politikon a la trinchera. Claro que lo de Trump es un desastre, pero el desastre no ha empezado con Trump. El desastre no empezó nunca, bien pensado, porque nunca terminó, porque no hay solución de continuidad en el espectro de horrores que el hombre ha protagonizado desde que el mundo está ligeramente achatado por los polos. Me parece pelín hipócrita tanta cara de sorpresa por el resultado del martes. Como si viviéramos en el Elíseo.

Cuando las barbas de tu vecino…

Antes de que esta Edad Media que se cierne sobre nosotros se vuelva demasiado oscura necesitamos otra Ilustración. Necesitamos renovar el paquete de certezas que nos hizo un poquito más humanos, necesitamos plantar cara al nefasto pensamiento débil que ha terminado por proscribir el conocimiento y legitimar la estupidez disfrazándola de tolerancia. La historia nos recuerda cada cierto tiempo que no todas las ideas son respetables; pero para cuando eso ocurre ya es demasiado tarde porque ya han ganado los malos.

Esta vez no nos salvarán abstrusas disquisiciones filosóficas sino actitudes concretas.  No es tolerable que se prohíba estudiar —para la mitad de los alumnos ni siquiera es optativa— Historia de la Filosofía, una asignatura cuyo sentido último es enseñar a pensar. No es tolerable la pueril e infame huelga de deberes que se planteó hace una semana. No es tolerable que los profesores cometamos faltas de ortografía. No es tolerable que nuestros adolescentes no entiendan textos de cierta complejidad ni sepan encadenar tres frases.

Los políticos no van a hacer nada por nosotros. Si no recuperamos el sentido del conocimiento humano alguien terminará por aprovecharse de ello.

 

Por qué Trump (los límites de la corrección política)

Que conste que a mí me gustaría escribir sobre lo sorprendentemente buenos que son los relatos del Oeste de Dorothy M. Johnson (entre ellos Un hombre llamado Caballo y El hombre que mató a Liberty Valance, ahí es nada), pero me debo a mis lectores y mis lectores piden Trump.

Yo no sé mucho sobre el susodicho, salvo que hace en público los comentarios y chistes que la gran mayoría de la población hace en privado (¿verdad, Pablito?), pero hoy le he oído decir, hablando del muro, que nadie construye como él y me he acordado de Robert Moses, de quien sé un pelín más. Moses era un energúmeno cortado por el mismo patrón que Trump («Nadie está contra este plan, nadie salvo un puñado de madres») que llegó a reunir doce cargos públicos y que entre 1924 y 1968 construyó en Nueva York más puentes, túneles, piscinas, autopistas, playas y parques de los que se han construido allí en los últimos 50 años. En 1936, por ejemplo, inauguró 11 piscinas gigantescas que podían acoger en total a 66000 bañistas.

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Un remanso de paz en medio de  la gran ciudad.

Su visión implicaba que la construcción de infraestructuras generaba empleo, activaba la economía y mejoraba la vida de los trabajadores. En lugar de hablar, construía («Los que pueden, construyen; los que no, critican»). Se le tachó de populista (igual que a Trump) mientras él renegaba de toda ideología (igual que Trump). Fue políticamente incorrecto, clasista, racista y machista. Y cambió la fisonomía de Nueva York. Era, sobre todo, un conseguidor. Utilizaba la política de hechos consumados a menudo (empezaba la obra con o sin fondos, porque para cuando alguien protestara ya sería más costoso pararla que terminarla). Sacaba presupuesto de donde no lo había y aceptaba sobornos si era menester. Si había que eliminar manzanas de viviendas enteras, se eliminaban. El fin justificaba cualquier medio. No era, como se ve, un alma cándida, pero el hecho es que sus puentes y túneles son cruzados cada día por millones de personas.

«Cuando actúas en una ciudad sobreconstruida, tienes que abrirte camino con un hacha de carne».

Robert Moses (angelito)

En 1974 una biografía sobre él (The Power Broker, de Robert Caro) lo ponía fino, pero una más reciente, de 2007 (Robert Moses and the Modern City, de Hilary Ballon y Kenneth T. Jackson) le reconoce su enorme influencia sobre lo que hoy conocemos como Nueva York.

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—Y aquel gueto va fuera.

Trump repite cada vez que puede que él no es un político, como no lo era Moses. Ser un político es, hoy en día y sobre todo, no hacer nada. No estoy pensando (solo) en el tancredismo de Rajoy, sino en los altos estándares de bienquedismo que la corrección política impone. No opinar, no comprometerse, no actuar. No construir, que diría Moses. Por si alguien se enfada. Quedar bien con todo el mundo conduce a la inoperancia. Siguiendo con el símil constructivo, se tardó casi 15 años en ponerse de acuerdo sobre la reconstrucción de la zona cero. Moses habría tardado 15 días.

«Si eliges un alcalde estrella tendrás una administración de comedia musical».

Robert Moses

Moses fue el principal responsable de que la periodista, escritora y activista Jane Jacobs se convirtiera en adalid de un modelo distinto de ciudad, de escala más pequeña, de barrios tradicionales, transporte público… más sostenible, que diríamos hoy. Los valores que la clase media urbana ilustrada prefiere porque puede permitirse preferirlos. Los demás, los que por un motivo u otro no tienen elección (y son legión desde 2008), los que han vuelto a centrar sus preocupaciones en la base de la pirámide de Maslow o simplemente siguen respondiendo a lo que EEUU ha sido siempre (el paroxismo capitalista), parecen preferir la acción antes que la pose, la excavadora antes que la bici, el desarrollo económico antes que la conciencia.

La política que nos ha tocado sufrir consiste en intentar hacer tortillas sin romper los huevos, y parece que la gente empieza a hartarse de que cuando el político-trilero termina el truco, el plato aparezca vacío. A Trump lo han hecho presidente los de enfrente, si se me permite la rima. La culpa de Trump es de los demás.

«Abandoné hace mucho la idea de que la educación superior es necesaria para el éxito y la felicidad. No todo lo que crece en los invernaderos del conocimiento es comestible».

Robert Moses

P. S.: Maravilloso ayer Errejón mirando a su alrededor y no viendo ningún partido populista…

El PSOE pródigo

El error que el PSOE parece haber comprendido es que el «cordón sanitario» que tendió durante mucho tiempo en torno al PP tenía un efecto no deseado sobre su propio partido.

Al echarse al monte, al intentar deslegitimar al PP, al utilizar la estrategia del abuelo del Zapatero (al que probablemente ningún votante del PP recuerde haber matado), lo que hicieron los muy lumbreras fue dejar a los populares no ya el centro político, sino todo lo que estuviera intramuros del sistema.

De lo que no se habían dado cuenta en Ferraz es de que la estrategia (el primero en utilizar la expresión cordón sanitario en un contexto político fue Clemenceau para referirse al aislamiento del comunismo tras Versalles) no solo trataba como un apestado al PP, sino también a sus más de once millones de potenciales votantes, algunos de los cuales han votado socialista en el pasado. De repente el PSOE se quedó en tierra de nadie: por un lado había establecido la intolerancia ante la corrupción como cleavage electoral, sin querer aceptar que en ese acantilado compartía cornisa con las gaviotas corruptas; por el otro intentaba codearse con la izquierda radical y los independentistas, sin asumir que a desharrapados no pueden competir con los falsos perroflautas podemitas (en realidad son niños mal de familia bien) y que la base social que solía votarlos enarbola mayoritariamente la rojigualda, por mucho que Zapatiesta intentara desteñirle un trocito.

zp

—De esta hundimos al PP, tú sígueme el rollo. Jijijí.

Ante el entusiasmo con que ZP primero y Sánchez después habían navegado hacia el abismo, los propios comunistas tuvieron que pararles los pies. «En las barricadas no hay sitio para todos», debieron pensar: primero fue Iglesias y la cal viva y ayer todo el bloque radical gañendo cual lechones. Lo de ayer (un PSOE boqueando en busca de oxígeno, tirando de orgullo tras el rebuzno rufianesco, las bancadas populares y ciudadanas brindándoles su apoyo) fue profundamente simbólico: el regreso del socialismo a los márgenes constitucionales que por derecho propio —y los derechos conllevan obligaciones— constituyen sus propios márgenes.

Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado.

Lucas 15: 23-24

P. S.: Sobre el podemismo bipolar que es capaz de sitiarse a sí mismo y llamar «putas» a las mujeres que no piensan como ellos, mejor otro día, que hoy no me he tomado el antiácido.