Te estamos vigilando

El pasado mes de febrero, Gina Carano, la actriz que encarnada a Cara Dune en El mandaloriano, escribió lo siguiente:

«… los judíos fueron golpeados en las calles, no por soldados nazis sino por sus vecinos… incluso por niños. Debido a que la historia se edita, la mayoría de la gente hoy en día no se da cuenta de que para llegar al punto en que los soldados nazis pudieran arrestar fácilmente a miles de judíos, el gobierno primero hizo que sus propios vecinos los odiaran simplemente por ser judíos.

¿En qué se diferencia eso de odiar a alguien por sus opiniones políticas?».

A mí el argumento me parece impecable. Pero síganme y verán que en USA hay opiniones políticas que sí está bien visto perseguir.

Lo que ocurrió después quizá ya lo sepan: se activó la cultura de la cancelación, muchos (¿…?) tuiteros enfadadísimos pidieron su despido y Lucasfilm la despidió.

Posteriormente, para ahorrar espacio, las declaraciones de Carano se resumieron en «ser republicano equivale a haber sido judío durante el Holocausto». El resumen tiene el desliz de incluir la palabra republicano, cosa que Carano, hasta donde yo sé, no había hecho. Pero ¡ay!, la actriz es efectivamente republicana, y es muy probable que se refiriera a los republicanos. El caso es que no lo dijo.

Aventúrense ahora conmigo por los procelosos mares de la hipótesis. Cojan las declaraciones literales (las de arriba) e imaginen que las hubiera dicho un actor demócrata. ¿Piensan que lo habrían despedido? Ustedes y yo sabemos que no. Entonces, ¿se la despidió por ser republicana? Probablemente. ¿Es esto una forma de persecución por ideas políticas? Sí. ¿Tenía razón Carano, incluso en su versión arteramente resumida? Lamentablemente.

¿Le importan algo a Lucasfilm la política, los derechos humanos, la libertad de expresión o la situación de los refugiados? ¿Han leído a Montesquieu, Rousseau, Madison o Chateaubriand? Nein. Su único anhelo es no defraudar a los tuiteros enfadados, porque los tuiteros enfadados son adolescentes con móvil (esto es, zombis), y los adolescentes con móvil ven Disney+. Ahí empiezan y terminan las cuitas políticas de Lucasfilm: en la viruta.

El párrafo anterior es importante: ahora sopla viento del este y la vigilancia la ejerce la izquierda, pero hace 70 años el viento soplaba del oeste y el cine hizo la limpia en sentido contrario. El caso es limpiar, ir de inmaculado y puro, y organizar las cacerías a favor de mayorías. En Estados Unidos ser bruja en Salem, ser comunista en los 50 y ser republicano en la industria del cine actual comparten el mismo drama: el de estar en minoría.

Y no solo eso: el móvil siempre es el mismo. El objetivo final es que el consumidor (ya sea el espectador o el votante) no se enfade. El capitalismo siempre gana porque su mano está allí al fondo, escondida, disfrazada de corrección política hasta que toque disfrazarse de otra cosa.

Los niños y Sánchez necesitan límites

Ayer un alumno me llamaba la atención sobre las ventajas que se pueden conseguir a veces haciéndose el idiota. Tiene razón, pero diría que el doble riesgo no vale la pena: riesgo de que los demás crean que efectivamente somos idiotas y riesgo de que nos dé un aire y la cara se nos quede. Como dice Germán Areta en El crack: «Ya sé que tengo cara de idiota, señor Medina, pero me jode la gente que se fía de las apariencias».

Viene esto a cuento de que hay momentos en que no queda otra que decir basta. Prou. S’acabao. Si bien en la vida no solo es lícito tragar sino que a veces es recomendable, también es cierto que no hay nada más sano que fijarse un punto a partir del cual el monte deja de ser orégano. «Y no es que antes colara, conviene añadir, sino que me daba muchísima pereza».

Cada cual decide dónde pone la frontera entre la conciliación y el escarnio, pero conviene atenerse a una regla inmutable: a quien rebase esa frontera, se le paran los pies.

Cada cual pone esa frontera, insisto, pero hay un punto más allá del cual ya tanto da ponerse firme, un Rubicón a partir del cual los demás nos tomarán indefectiblemente por el pito del sereno. Esa raya en la arena se dibuja exactamente en el momento en que alguien insulta nuestra inteligencia y no hacemos nada al respecto. Permitir que nos llamen imbéciles a la cara o por elevación tiene además una consecuencia nada desdeñable: perderse el respeto a uno mismo.

El ego de Napoleón y el talento de su caballo

Una de las externalidades de la democracia representativa no bipartidista (¿o es que se creen ustedes que los británicos son idiotas?) es el mercadeo en que se transforma el Parlamento. Yo te doy el dinero que según Carmen Calvo no es de nadie, tú me votas. Yo saco de la cárcel a tal o cuál delincuente, tú me apoyas. Cuatro de aquí y tres de allí, y saco adelante los presupuestos.

Dado que así están nuestras leyes, solo queda tragar. Lo que de ninguna manera estamos obligados a soportar es que se nos tome por imbéciles. Si Sánchez tiene por moralmente aceptable sacar de la cárcel a delincuentes para perpetuarse en el poder y el indulto gubernamental se lo permite (un mecanismo que no solo viola la separación de poderes sino que es el vestigio más rancio del ejercicio del poder como concesión magnánima [«¡Suelta a Brian!»], pero esa es otra guerra), allá él: los votantes nunca podremos decir en defensa propia que empezó a mentir después de ganar las elecciones. Sabíamos lo que había.

Lo que clama al cielo es que se nos ponga episcopal y nos hable del perdón y la paz y un camino nuevo y los misioneros combonianos. Vamos a ver, ciudadano Sánchez; vas a hacer lo contrario de lo que dijiste que harías (una vez más) porque te va el cargo en ello. A ti que los delincuentes duerman en casa o que vayan a la cárcel sin pasar por la salida y sin cobrar 20000 (llevo un ratito sin jugar, sí) te importa un comino, y si la poltrona, esa protagonista de tus desvelos, dependiera de que Puigdemont durmiera en Soto del Real te ibas a Waterloo y te lo traías a hombros, y entonces, con la misma soltura con la que ahora citas a Pilatos, nos soltarías una catequesis igual de farisaica y cursi sobre la importancia de cumplir la ley y la justicia y la fortaleza del Estado.

Que mal está que lo haga, pero al fin y al cabo pedir a un arribista con complejo napoleónico que anteponga un país a su propio beneficio es pedirle a la cabra que se mantenga en la parte llana; lo que no hay forma de tragar es la pose benedictina y que nos dé una charla sobre el perdón un tipo cuyo penúltimo caballo de batalla era arreglar cuentas de hace 80 años.

Manuel Díaz Gonzalez encarna en Atraco a las tres al perfecto pelota: tiralevitas con sus superiores y tiránico con sus subalternos.
El País hecho interventor

Y no me gustaría despedirme, ya que estamos, sin el recado al dependiente de la mañana, que lleva unos días repitiendo, con un servilismo que sonrojaría al don Prudencio Delgado de Atraco a las tres, las consignas que le dictan desde arriba en lugar de poner el grito en el cielo por que el PSOE haya abierto expediente de expulsión a Joaquín Leguina y Nicolás Redondo Terreros ―nada menos―, por actuar como si estuvieran en un país y/o en un partido libres.

P. S.: Atraco a las tres es perfecta. Si solo nos queda una película, que sea esa.

De políticos y administradores de fincas

Me disponía a escribir una entrada correctísima titulada Por qué ser liberal. Estaba yo dispuesto a exponer con medias tintas por qué los políticos no deberían dictar nuestro pensamiento ni nuestro comportamiento. Andaba yo a punto de aseverar que cada cual diseña sus opiniones en función de sus lecturas y sus conversaciones y no de lo que diga un burócrata con ínfulas.

Entonces he tenido un fogonazo de sentido común. ¡¿Pero qué diantre?! ¿Cómo hemos llegado a estar tan adocenados y sumisos como para pedir por favor que no nos sojuzgue esta manga de facinerosos? ¿Pero quiénes se creen que son? ¿Cómo podemos estar deslizándonos tan velozmente por la pendiente resbaladiza de la dictadura de los incapaces?

No es que debamos reclamar que estos trapisondistas no se metan en nuestros asuntos. No es que debamos pedir que no nos dicten la naturaleza de nuestros actos. Es que son ellos quienes deben pensar como a nosotros se nos antoje. Desde un punto de vista político no son más que nuestros representantes, es decir, sus actos deberían ser debidos, en último extremo, de forma muy similar a los del rey. No es que su opinión personal no deba regir nuestros destinos, es que en lo que concierne a su desempeño en el cargo se la pueden guardar muy profundamente porque solo cuenta lo que nosotros decidamos. El imperativo es el nuestro, y su postura existe únicamente porque su condición de político no inhibe su cualidad de ciudadanos. Pero esa postura personal pesa lo mismo que la mía. Cualquier otra cosa es abuso de autoridad, concusión, tráfico de influencias o directamente ademán dictatorial. Pero quién demonios se creen que son.

Ocurre además que son nuestros servidores y empleados. ¿Han tenido alguna vez contacto con un administrador de fincas? No me digan que no son protagonistas de la misma perversión relacional que exhiben los políticos con cargo público. ¿De cuándo a esta parte un empleado habla con esa acritud a un empleador? Pero —de nuevo— ¿quiénes se creen que son? ¿De dónde sale la prepotencia del empleado Sánchez o del exempleado Iglesias? ¿Qué han hecho para ir con el hocico tan arriba aparte de mentir mejor que otros?

Cualquier momento es bueno para decir basta, pero cuanto antes mejor porque nos la estamos jugando. Hasta aquí el dictarnos qué opiniones son aceptables, qué vocales utilizar o cómo mirarnos. Se está quedando un contexto perfecto para que hagamos la revolución, pero una de verdad. Hace falta una cada vez que las vanguardias se convierten en la nueva Academia. Y convendría recordarle a esta horda de dictadorzuelos que las revoluciones no ocurren específicamente contra las monarquías, las teocracias, las autocracias fascistas o las tiranías comunistas. Ocurren contra el poder y contra los que desde el poder comienzan a sacar los pies del tiesto.

Quizá Vd. sea anticapitalista y no lo sepa

Hace más de un año, Netflix dejó de publicitarse en los medios del grupo Vocento porque su periódico ABC había aceptado publicidad de la organización HazteOir.org, es decir, Netflix vetó a ABC porque ABC no había censurado a HazteOir.org por criterios ideológicos. Todo en orden, solo faltaría; Netflix es libre de colocar su publicidad donde quiera y de estar lo ideologizada que desee: es una empresa privada y por tanto no está sujeta a criterios de neutralidad (sobre todo si tiende a la izquierda, me temo).

Lo revelador es lo que vino después por parte de la izquierda tuitera, es decir, de la que no tiene la edad suficiente para votar: aplausos con las orejas a Netflix porque ya se sabe que ABC es derechoso y la cantinela habitual.

Dos datos: Vocento facturó en 2019 casi 400 millones de euros. Durante el mismo periodo, Netflix facturó algo más de 18 000 millones de euros. Ted Sarandos, consejero delegado de la distribuidora de contenidos audiovisuales, tuvo un sueldo durante ese año de 18 millones de dólares y 13,5 más en opciones. Yo no puedo menos que celebrar que el señor Sarandos llegue holgado a fin de mes, y puedo afirmar simultáneamente que Netflix es el epítome del modo de producción capitalista.

Si sintetizamos lo anterior, se puede concluir que el epítome del capitalismo toma una decisión teñida de supuesta ideología de izquierda (y que además le sale gratis) y obtiene el aplauso de la izquierda. A mí, como maniobra de marketing el movimiento me parece brillante, pero lo que interesa aquí es que la izquierda haya renunciado a dar la batalla económica sin darse cuenta. Ser anticapitalista ya no es una cuestión de izquierda o derecha ahora que la izquierda se ha hecho capitalista o, al menos, traga con las maneras capitalistas siempre que sus agentes aparenten aceptar las premisas de un pensamiento único que ahora ya no es económico sino de género, racial y medioambiental.

En España el término anticapitalista se utiliza para denominar a un grupúsculo radical dentro de un partido radical (hasta que se escindió en febrero del 20 por estar en desacuerdo con el gobierno de coalición), es decir, gente peligrosísima que no se lava y come niños. Esto es una nueva victoria del capitalismo: sus anti- son percibidos como el extremo del extremo, cuando en realidad ser moderadamente anticapitalista (en lo que significa de verdad) podría ser algo tremendamente sano. El quid está en el paréntesis, en lo que significa de verdad. Ser anticapitalista no tiene nada que ver con el comunismo, como numerosos ejemplos conservadores atestiguan; ningún sentido tiene salir del cazo para caer en el fuego.

Como ya se ha escrito en este blog, capitalismo no significa propiedad privada ni economía de mercado. Ningún problema presenta la primera y la segunda es muy funcional sometida a cierto control. Capitalismo tampoco significa liberalismo, por mucho que se lo intente asimilar a neoliberalismo.

El capitalismo es (o al menos así se va a entender a efectos de esta entrada) una ideología que sitúa la acumulación de riqueza como objetivo último de la actividad humana. Y esto ya no suena tan bonito.

Cuando el capitalismo se quita la careta descubrimos que ni siquiera necesita a la democracia liberal. Te la han colado, Benjamín

Alguien escribió que prefería ser leído por una persona siete veces que por siete personas una sola vez; he ahí un pensamiento anticapitalista, pero profundamente coherente con la pulsión de escribir. Ya lo dijo Bukowski: «si lo haces por el dinero, no lo hagas».

Anticapitalista es comprar más caro a países que respetan los derechos de los trabajadores. Es anticapitalista perseguir la virtud en la ejecución de cualquier tarea en lugar de la eficiencia. El mandato capitalista corre por nuestras venas con tanta violencia que tomamos por loco a quien lo cuestiona. Y, en realidad, cuestionar la filosofía de la acumulación es nuestra única esperanza: solo de esa forma podremos explicarles a los mocosos que todavía no están atados a la pantalla que el número de seguidores y de me gusta carece de importancia, y que la única razón para hacer algo es hacerlo bien.

En un programa televisivo de cocina y viajes visitaron Osaka, donde comer por la calle no está mal visto como en el resto de Japón, y por tanto el presentador pudo comer a pie de acera un pedacito de Wagyu no muy económico. El tipo (inglés) terminaba el programa atónito por que los cocineros de esa meca gastronómica vivieran ajenos a la acumulación de likes que nos ha reblandecido el cerebro a los demás (lo de reblandecer el cerebro es mío, no del inglés) y ajenos asimismo a la posibilidad de enriquecerse gracias a su ciencia y la calidad del producto. Entre indignado y reconfortado, el tipo decía que aquella gente dedicaba sus mejores energías y desvelos únicamente a ser los mejores en lo suyo. Se extrañaba, el gachó.

En un mundo en el que estrellas rutilantes con más pasta que un torero se van a miles de kilómetros de sus hijos para ganar un milloncejo más, cualquier actividad que no redunde en forrarse el riñón es extrañada o denostada, pero la carrera de Gilito es la del espía sordo, pues nunca se vio que acumular viruta brinde paz sino ojeras, y cuando por fin adquirimos un yate comprobamos indefectiblemente que al yate dubaití que atraca enfrente le sale de una compuerta bondiana un yate mayor que el nuestro.

El capitalismo no tiene mucho que ver con un momento en la historia ni una doctrina política. El capitalismo es anterior a ellas y posiblemente dure más. Tiene más que ver con la naturaleza humana que con Leviatán, y por eso siempre acaba triunfando, incluso ante Leviatán. Desde China a Galapagar se demuestra que el Estado no lo puede combatir: como tantas cosas importantes, se combate desde el conocimiento y la responsabilidad individual. No es solo una razón más para ser liberal sino que es uno de los mayores enemigos de la libertad: aunque se había disfrazado de su adalid, descubrió hace tiempo lo bien que le sientan las dictaduras.

De la ideología y otros virus

Lo único que un ciudadano razonable puede esperar de la política es que no tenga suficientemente poder para arruinarle la vida. Cualquier intento de encontrar gestión eficiente, discurso responsable o vida inteligente sobre el cuero de un escaño lleva indefectiblemente al sonrojo y la frustración.

La única atención que merecen los políticos es aquella destinada a medir y controlar su querencia autoritaria. Siendo que no nos van a dar soluciones, al menos que no nos arruinen la vida.

En este blog se ha sido muy prudente a la hora de juzgar el comportamiento de la clase política durante los últimos meses: la situación era tan grave e inédita que convenía más arrimar el hombro que constatar que el rey está desnudo.

No obstante, conviene retomar la palabra cuando asoma el ademán autoritario, porque por ahí empiezan siempre las debacles colectivas.

El pasado jueves recibimos la buena noticia de que el poder judicial estaba ejerciendo su función de control al ejecutivo enmendándole la plana respecto a derechos fundamentales de los ciudadanos, nada menos. Siempre es buena noticia que los jueces fiscalicen la actividad política. Que vigilen su incompetencia, los investiguen y, llegado el caso, los enchironen. Cuando un político entra en la cárcel, el ciudadano razonable se siente más seguro.

¿Aceptó el Gobierno socialcomunista la decisión? Nada más lejos. Reunidos de urgencia, el ciudadano Sánchez y los 22 preferidos por su dedo y/o sus necesidades tiraron de la principal herramienta intelectual del político español: el «usted no sabe con quién está hablando». Si no es por las buenas será por las malas, pero aquí se hace lo que yo diga.

El abajo firmante piensa que el Gobierno socialcomunista no habría declarado el estado de alarma en una de las regiones a las que teme y cuyo apoyo necesita para seguir pisando moqueta (Cataluña y País Vasco). No solo me refiero al enfrentamiento con el Gobierno de la región madrileña por estar dirigido por la facción contraria (de incompetencia comparable, por cierto): me refiero a que la izquierda española le tiene cierta inquina a Madrid. ¿Exagero? El medio de comunicación oficial del Gobierno socialcomunista, el diario El País, titulaba hace unos meses, en plena hecatombe, «¿Ha resucitado el coronavirus la vieja fobia al madrileño?». Curiosamente no pone «al madrileño y la madrileña». Para hablar de fobias es progresista usar el masculino, al parecer. Más abajo habla de «cierta fama de ombliguista y de derechas». Para el que antaño decía ser «el diario independiente de la mañana», y que en un arranque de sinceridad dejó de decirlo, ser de derechas es razón suficiente para ser odiado. Democracia en estado puro.

Hace falta ser malnacido para hablar de fobia a más de 6 millones de personas. Lo entiendo por parte del cainismo carpetovetónico que nos lastra como nación desde hace siglos, pero del medio de comunicación oficial del Gobierno socialcomunista espera uno un poquito más de cabeza.

Conviene hacer un paréntesis aquí. La Comunidad de Madrid tiene el PIB per cápita más alto de España en los últimos años. Siendo así, lo razonable es que quienes residen en ella tributen (las Comunidades no pagan impuestos, lo hacen sus residentes) más de media que quienes residen en Comunidades menos ricas. Esto es lo solidario y pasa en cualquier país que aplique criterios fiscales redistributivos. Algo similar a lo que ocurre, por ejemplo, en la comunidad catalana. Bien. ¿Conocen algún movimiento madrileño que proclame a los cuatro vientos que España nos roba? Yo no. No será este el sitio donde se plantee la pertinencia de un movimiento independentista madrileño (al que se podría llamar, por ejemplo, A ver cómo os va sin nosotros, guapos), pero sí precisar que una cosa es ser solidario y otra cosa ser imbécil.

Pero es que dice El País que somos de derechas, y he ahí la clave: la demonización del de enfrente. La clave no solo de lo anterior, que es lo de menos, sino de lo que sigue, que es lo de más.

En los últimos meses en este rincón del mundo se ha soportado lo siguiente:

  1. Que se nos diga que las mascarillas son innecesarias.
  2. Que se nos anime a estornudar en el codo y saludar posteriormente con el mismo codo.
  3. Que se nos diga que las mascarillas son necesarias.
  4. Que se pueda caminar solo con un radio de 1 kilómetro, salvo si uno va corriendo. Corriendo, todo lo que dé. Y sin mascarilla. Corriendo o fumando, sin mascarilla. ¿Corriendo y fumando a la vez? No se especificó.
  5. Que se nos avise de que las mascarillas KN95 sean malas, pero nos las regalen en las farmacias. Entiendo que si fueran buenas las cobrarían. Nos las regalan para que las tiremos.
  6. Las fotografías de la presidenta de esta nuestra comunidad en ademán de «estas manos pueden curar».
  7. Que el gobierno socialcomunista reconozca haber mentido respecto al comité de expertos inexistente. Insisto, no se formó un comité de expertos a pesar de la magnitud del desastre. España es pionera en la utilización del inexpertise en la gestión de crisis.
  8. Que, justo después del establecimiento de la distancia social y la limitación de aforos, la bancada de la facción dominante (es decir, de quienes habían establecido esas normas) se llenara hasta la bandera para aplaudir al líder.
  9. Que la facción opositora no se pusiera en ningún momento a disposición incondicional de la facción dominante, aparcando un enconamiento permanente que no tiene su base en la sana dialéctica sino en estúpidas cuestiones ideológicas, sectarias y de cálculo electoral.
  10. Como bonus track, el martilleo de las grandes corporaciones intentando difundir mensajes tipo «saldremos más fuertes», «resiliencia y oportunidad» y otras gilipolleces à la Paulo Coelho.

En resumen: hay un pingüino borracho al volante. La culpa, por tanto, no puede ser del pingüino, sino de quien lo haya puesto ahí. ¿Quieren saber por qué ponemos y mantenemos a pingüinos borrachos al volante?

Los políticos con responsabilidades de gobierno son nuestros servidores, no nuestros jefes. Ostentar el poder debería servir para llenar de humildad a las personas más competentes de la sociedad, no para endiosar a mequetrefes ineptos y fatuos.

¿Por qué permitimos que mequetrefes ineptos y fatuos gobiernen la nave? Porque, al definirse a sí mismos como izquierda o derecha, saben que contarán con el apoyo de quien se autoperciba como de izquierdas o de derechas. Incondicionalmente. Eternamente. Acríticamente.

En España hacemos política y percibimos la política mirándonos en el espejo de las dos catástrofes políticas del siglo pasado: fascismo y comunismo, a través de una generación que lejos de ser capaz de consolidar nuestra democracia llevó al país a una guerra estúpida y salvaje (doble pleonasmo).

Me da igual si unos querían convertirnos en una dictadura comunista o si los otros se levantaron contra la república que habían jurado defender. Por mí pueden irse al cuerno. Constituyen una generación que no estuvo a la altura y que actuó, insisto, tomando como modelo los dos totalitarismos más genocidas que hayan existido. No tengo ningún respeto por ellos.

¿Por qué nos remitimos al mismo lugar de nuestro pasado? Porque fue traumático, sin duda, pero también porque su recuerdo permite a nuestros políticos sentirse a salvo de nuestro juicio: los juzgamos por su carné y no por su gestión. El odio al de enfrente les garantiza adscripciones que su desastroso comportamiento nunca les proporcionaría en una democracia sana.

Es decir: por muy mal que lo hagan, por mucho que roben o mientan o intercambien nuestro futuro por un sillón, situarse a sí mismos en el espectro izquierda-derecha, recordarnos a los españoles que nos odiamos entre nosotros les garantiza el apoyo de millones de votantes. Revisen los suelos electorales de las facciones dominantes y lo discutimos.

Me niego a tomar una de aquellas dos vías ni a que el futuro se rija por ellas. Puestos a buscar ejemplos en el pasado, prefiero a Quevedo, santa Teresa o Cisneros. O Unamuno, ejemplo como Erasmo del destino de quien no se posiciona ni responde más que ante su propia honradez intelectual: ser denostado por ambos bandos. ¿Se han dado cuenta de que en España los partidos desaparecen por el centro? UCD. UPyD. Ciudadanos. Todos al hoyo. Rajoy entraba en una especie de colapso furioso al enfrentarse a Rosa Díez, la misma Rosa Díez a quien nuestro vicepresidente comunista impidió a gritos que hablara en la Facultad de Políticas de la Universidad Complutense, en uno de los hechos más repugnantes de las últimas décadas. Muera la inteligencia. ¿Cuál fue el pecado de Rosa Díez? Desalinearse. El sistema de partidos tolera mucho mejor los extremos que la sensatez.

«¡Disidente!»
Pocos han entendido tan bien la ideología como los Monty Python

Hace mucho tiempo que dejo de escuchar en cuanto percibo que mi interlocutor muestra los síntomas de engorilamiento de la política de bandos: no concedo ninguna importancia intelectual a quien tiene el cerebro alquilado. La ideología es el parásito violento del cerebro vacante. La mente ideologizada sustenta al político catastrófico.

Mientras sigamos contestando a un «muy mal Ayuso» con un «pues anda que Sánchez», o viceversa, seguiremos preparando el camino a los Sánchez y Ayuso del futuro. No podemos seguir justificando las mentiras de unos con las de los otros, ni la incompetencia propia con la ajena. Conviene salir de la ficción ideológica y, como en toda mejora o aspiración razonable, conviene empezar por uno mismo.

Líderes

Cualquier persona en su sano juicio huiría de la posibilidad de ejercer el liderazgo, siquiera por un solo instante. El verdadero liderazgo consiste en decirles a los demás lo que no quieren escuchar y animarles a que hagan lo que no quieren hacer.

¿Significa esto que quien dedica su vida a perseguir, conseguir y mantener el poder está mal de la cabeza? Sí, pero necesitamos a ese tipo de locos.

Demasiado tiempo imaginando que la muerte y el sufrimiento habitan solo universos lejanos (lo que siempre ha sido y será falso) nos ha animado a elegir a aquellos que más y mejor nos han regalado los oídos, aquellos que han descrito oasis de bienestar, aquellos que han negado la posibilidad del dolor.

Haber confundido liderazgo con fotogenia es un error que se paga caro cuando la carretera pica hacia arriba; por eso ahora contemplamos en nuestros líderes escenas de colapso que dan vergüenza ajena pero sobre todo que no nos podemos permitir.

En los momentos de verdadera dificultad, cuando ya no cabe la mentira reconfortante, no quiero ver miedo en los ojos de mi líder. Tampoco quiero que me mire y me asegure que todo va a ir bien. Nadie sabe si algo va a ir bien.

Lo que exige el verdadero liderazgo es solidez en las piernas y serenidad en la mirada. No quiero ni necesito sentirme mejor tras escuchar a mi líder. Lo que necesito —lo que necesitamos— es que quien maneja el timón me haga sentir de manera incuestionable que si él se tira, yo me tiro detrás. Que el verdadero enemigo es el miedo, no la enfermedad ni el sufrimiento ni la muerte. Que a veces hay que levantarse y apretar el paso, porque a pesar de lo que parece pensar una sociedad absurdamente individualista, somos más que la suma de nuestros caprichos. Les debemos a quienes pasaron y a los que vendrán dar la cara, aunque nos la partan, y afrontar lo que venga con una dignidad que algunos parecen no haber conocido nunca.

Keep calm

P. S.: ¿A qué están jugando los medios de comunicación? No es que esperara otra cosa, pues están demasiado entrenados en buscar el clic fácil y la tentación de ofrecer fatalismo a cambio de visitas debe de ser demasiado fuerte, pero no sé si bombardearnos con lo mismo en cada noticia tiene algún efecto positivo. Es verdad (porque los españoles somos duros de mollera) que en algún momento de la semana pasada necesitamos algo de sano acojonamiento para quedarnos en casa de una maldita vez, pero creo que ese momento ya pasó y que ahora necesitamos esperanza y paso firme. Ya lloraremos después largo y tendido.

Consejos vendo

… que para mí no tengo. Parece cada vez más acusada la tendencia de los políticos a meterse en ámbitos de nuestra vida que deberían ser intrínsecamente intocables y doblemente intocables para ellos: los relacionados con la ética. El Estado no debe decirme bajo ningún concepto qué pensar; debe limitarse a desarrollar en mí una conciencia crítica, y eso solo porque por estos lares existe de momento una educación pública. Leer, sumar y pensar por mí mismo. Lo demás es injerencia.

De dicha injerencia, la que más ascopena produce es la de los Ayuntamientos. Corporaciones cuyo objetivo principal es la prestación de servicios tan prosaicos como necesarios (recogida de residuos o seguridad, entre otros) tratando de explicarnos qué forma de pensar es buena y cuál es inaceptable. Pero ¿habéis visto cómo tenéis la calle? No sabéis recoger las hojas en otoño pero os voy a confiar las respuestas a los asuntos más procelosos de mi existencia. Sí, hombre.

Doblemente intocable para los políticos porque los políticos son a un comportamiento ejemplar lo que el Nou Camp a los buenos modales. Seres cuyo comportamiento cotidiano incluye puñaladas por la espalda, perjurio, inhibición de responsabilidades, hurto, agrafía, disimulo, contradicción y absentismo laboral; seres cuyo fin último parece ser el de dificultarnos la existencia y es sin ningún género de dudas el de enfrentarnos; seres con la estatura moral de una hiena sintiéndose legitimados para regir nuestra conciencia: eso no es ya improcedente sino un insulto a nuestra inteligencia (lo de que insulten mi inteligencia me recuerda mucho a que un tipo con avión privado me diga que recicle, pero eso no toca hoy).

Es evidente que este rapto de indigación dimana del comportamiento que unos y otros están teniendo en una de las cámaras del Parlamento durante estos días y que si Dios quiere (¿o esa expresión solo se puede utilizar cuando lo que ocurre nos conviene?) culminará hoy con la investidura de un magnífico candidato al premio Fernando VII.

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Representación perfecta de Sánchez, el hombre que quiso reinar

Y cuidado, porque no me refiero solo a lo que mi sesgo ideológico sugiere: de los independentistas espero que quieran independizarse y de los comunistas que quieran eliminar las garantías que proporciona una democracia liberal. Lo dice el nombre. Del PSOE (no me digan que no creen que Sánchez piensa que las dos primeras iniciales son en su honor), uno ya no sabe ni qué esperar porque lo mismo te afea la trayectoria que te besa de tornillo. También me refiero a los indignadísimos. A los que votaron en contra cuando UPyD propuso ilegalizar a los partidos proetarras (qué mala es la hemeroteca) y hoy se deshacen en insultos cuando esos partidos que gozan de tribuna porque ellos se la dieron van y la utilizan.

La primera vez

Lo que me lleva a mi objetivo: cuando uno da el primer paso en la dirección equivocada, el resto va sobre ruedas. ¿Se acuerdan de lo que cantó Mecano: «La primera vez apenas me gustó / Fue por la nariz / Por no decir que no»? Pues eso. Hoy es el momento de recordar que, para defender la doctrina Parot, Rajoy mandó a Europa al mismo prenda que había mandado Zapatero, que viene a ser como pedirle a Guardiola que entrene a España. De que el PPSOE (hoy más que nunca, no se dejen engañar) lleva años cambiando el apoyo nacionalista por pasta, por esa pasta que según Carmen Calvo «no es de nadie», vamos, lo que en mi casa se llama comprar.

Porque cuando se permite a un gachó que trocee la Constitución en sede parlamentaria (lo que significa, le pese a quien le pese, que los representantes del pueblo no creen que el poder resida en el pueblo), el daño ya está hecho. Cuando se escuchó a gente presuntamente razonable decir respecto a la negociación con los asesinos que «Bueno, si así dejan de matar» o defender que el Gobierno se sentara con ellos «porque todos lo han hecho» deberíamos habernos parado a pensar si nuestra exigencia moral depende de quién sea el candidato a investir.

Tan cierto es que la política es el arte de lo posible como que ciertos límites de dignidad no deberían ser traspasados nunca. A Rosa Díez se le podrán achacar muchos defectos, pero no el de modificar su discurso en función de las oportunidades. Siempre he pensado que la práctica desaparición de UPyD es una metáfora perfecta de nuestra integridad: el que probablemente fuera el partido político menos sujeto a los vaivenes de la conveniencia estaba destinado a durar poco en un país como este.

Menos rasgarse las vestiduras en los días grandes y más estar atentos a las pequeñas infamias, que son las que de manera inequívoca definen un carácter.

El capitalismo nunca pierde

Como Parker Lewis. El capitalismo apela de manera tan descarada a nuestros impulsos más primarios, nos entiende tan bien, que acabaremos dándole las gracias por habernos transformado de ciudadanos en consumidores. Cansado de ganar batallas, se lanzó a por la última frontera: seducir a la izquierda. Ahí también campeonó.  Todos queremos más.

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No nos mires, ¡únete!

El léxico como campo de batalla

Es un lugar común que la izquierda conoce la importancia electoral del lenguaje (no sé si su trascendencia real como motor de la cultura) mejor que la derecha. No es difícil: la derecha solo conoce la importancia de no parecer la derecha. Surge la tentación de concluir, por tanto, que la izquierda gana la baza de la propaganda a través de la lengua. Pero la realidad no siempre es evidente a primera vista: mientras la izquierda celebra el gol que le mete a la derecha, el capitalismo se está dando un festín con su retaguardia indefensa.

El capitalismo lo tiene todo hecho porque ha logrado que la izquierda defienda sus premisas.

La más importante de esas premisas: más moderno es mejor. Por varios motivos, perseguir la acumulación como hace el capitalismo de mercado implica enaltecer el paso del tiempo: la acumulación prefiere el futuro, en primer lugar, porque no hay mejor oropel para envolver una venta que el mantra del último modelo. Más moderno es siempre mejor. Un móvil más moderno. Una nevera que haga la compra. Libros sin papel. Cine sin película. Discos sin disco. Tiendas sin tienda. Tiendas sin tienda que abren tienda. Aunque lo más moderno fuere peor, el capitalismo nos lo coloca soplándonos al oído que el vecino ya lo tiene. State of the art o muerte social. En segundo lugar, el capitalismo necesita el futuro porque el futuro es el lugar donde se pagan las deudas. Es sabido que el sistema se basa en la confianza de que mañana seremos más y gastaremos más. No descubro nada si describo la economía como una estafa piramidal. Dele al banco 100 euros y una chistera y verá. El capitalismo ya no solo vende lo que produce: primero logró colocar lo que aún no había producido y después (casi está uno por loar ese rizo del rizo) lo que nunca producirá.

Siendo así, ¿puede alguien explicarme por qué demonios la izquierda continental se apropió del término progresismo? Desde el momento en que acepta que el progreso es intrínsecamente positivo, está reconociendo la victoria del capital: que más moderno sea mejor es una tesis capitalista, no socialista. De hecho, los movimientos sociales nacen como una respuesta ante el mayor atracón de progreso de la historia.

A cambio del beneficio electoral que conlleva dejar a la derecha por viejuna y demodé, la izquierda compra la principal tesis del capitalismo y con ello cede por completo la arena económica.

Sobre la coherencia

Aceptando que esa apropiación del progreso sea de índole no económica, ni siquiera es coherente. A mí me parece perfectamente lícito posicionarse en contra de las centrales nucleares, los combustibles fósiles y las carreteras de muchos carriles que parten el hábitat del caracol ninja, pero 1) antes de hacerlo uno debería estar dispuesto a vivir en la Edad Media y morirse a la primera gripe, y 2) no sé qué tiene esa postura de progresista. Y no se saquen aquí conclusiones precipitadas: a mí las centrales nucleares me parecen un disparate que genera residuos radioactivos que duran milenios, pero soy tan egoísta y friolero que antes de cerrarlas esperaría prudentemente la aparición de una alternativa mejor (hola, ITER).

Combatir el capitalismo (el capitalismo no como sistema basado en el libre mercado y la propiedad privada sino como doctrina que propugna la acumulación sin límite de todo aquello que tenga valor en el mercado) enarbolando a la vez la bandera del progreso es incoherente. El pollo que dice ser muy de izquierdas, vive como un eremita medieval y propugna que todo es de todos es un iluso o un loco, pero tiene mi respeto. El  pollo que dice ser muy de izquierdas y se agencia un iPhone a través de Amazon es un jeta o un mentiroso, por dos motivos:

En primer lugar, porque el ahorro que consigue comprando cosas que no necesita en multinacionales descomunales es a costa de los trabajadores de dichas multinacionales, trabajadores que de otra manera (si nadie comprara en ellas) quizá trabajarían en la tienda de la esquina o poseyeran dicha tienda (esa, la que acaba de cerrar) en lugar de trabajar en condiciones cuando menos cuestionables. De eso ya se habló aquí.

En segundo, porque compra cosas que no necesita, lo que implica hacerle el juego a la lógica capitalista. Dejemos esto claro; Apple, Samsung, Huawei y cía. no sacan un modelo nuevo cada año porque quieran un mundo mejor como dicen sus anuncios, sino porque quedaría feo vendernos el mismo cada año. He ahí la lógica capitalista. Al capitalismo le importa un comino cómo hagamos las fotos o que tengamos una vida provechosa. El capitalismo quiere —necesita— vender más. El capitalismo no quiere que la gente sea rica o viva bien. Quiere que el capital sea rico y viva bien. El progreso tecnológico es consecuencia de la necesidad capitalista de vender mucho. Si las multinacionales supieran que la demanda de piedras iba a subir como la espuma, dejaban el campo seco. Fabrican cosas novísimas porque compramos cosas novísimas. En negativo: no existiría la tecnología alucinante que es un móvil actual sin la dinámica capitalista y el papel que en ella juega la economía de escala (tampoco existirían las resonancias magnéticas, ojo). El iPhone que viene o el Galaxy que toque son la cristalización de la lógica capitalista, no simples objetos de uso. Absolutamente nadie los necesita, pero muchos parecen quererlos gracias a la fantasmagoría tecnológica y el aura de lo moderno.

¿De verdad el progreso es siempre deseable?

El problema es más profundo que una mera incoherencia léxica. El verdadero problema es que el capitalismo se ha quedado sin oposición (y no me refiero al declive del comunismo; siempre es una buena noticia que muera un monstruo). Llamamos anticapitalistas a sectores radicales de la izquierda, cuando quizá seamos muchos los que, desde diferentes posiciones ideológicas, miremos con preocupación lo que la filosofía de la acumulación le está haciendo al mundo.

 

Y viven en palacios

Ni la perspectiva histórica ni la ideológica explican nada: solo embarullan y perpetúan las dinámicas. Explica mucho más el pragmatismo de quien observa la naturaleza humana.

En el siglo XVII los reyes dicen ser ungidos de Dios, instituciones sagradas más que personas. En su honor y gloria se les llenan las habitaciones de frescos y dorados y los oídos de música grandilocuente. Los reyes —la élite— se sacralizan a sí mismos y consecuentemente viven en palacios.

En el siglo XIX los representantes —la élite— sacralizan el liberalismo y consecuentemente viven en palacios.

En el siglo XX la nomenklatura —la élite— sacraliza la revolución y consecuentemente vive en palacios. Mientras, los nacionalistas —la élite— sacralizan la raza y consecuentemente viven en palacios.

Nuestros políticos —la élite— sacralizan la democracia y consecuentemente viven en palacios.

Faraones, papas, sahs, emires, generales, emperadores o zares. Todos por razón de su altísima dignidad.

Nada cambia, pero la apariencia de cambio ayuda a perpetuar el método. Ni el más obtuso sigue tragando si no le actualizan el nombre al juego; ya lo escribió Lampedusa.

Votamos con la tarjeta de crédito

El pasado domingo se inauguró una tienda de AliExpress en Madrid. Dicen por ahí que el primero de la fila estuvo dos días. Dos días de su vida. Quería un patinete (regalaban patinetes, que, ojo, cada uno se mata como quiere) pero le regalaron un móvil: el primero se llevaba un móvil. Él, no obstante, prefería el patinete. Dos días en la cola y te regalan lo segundo mejor. Si la calavera de Valle-Inclán no tiene ahora una sonrisa de oreja a oreja no sé cuándo la tendrá. Mi pregunta es: ¿quienes fueron a intentar ahorrarse unas perras a cambio de recorrer más o menos la distancia de la Tierra a la Luna y de algunas -muchas- horas de sus preciadas vacaciones son «gente» en sentido podemita? Intentaré explicar por qué me surge esa duda.

Dado que las multinacionales mandan más que los gobiernos, las compras son más importantes que los votos. Nadie en Occidente le va a decir al Grupo Alibaba cuánto tiene que pagar a sus empleados ni cuáles serán sus condiciones laborales. (De que lo haga el Gobierno chino olvídense: los comunistas no le hacen ascos a una transacción rentable, de Pekín a Galapagar). Nadie en Occidente con una excepción: las únicas personas capaces de limitar el poder de las multinacionales pantagruélicas impositoras de condiciones que a este ritmo terminarán con la tienda de la esquina y con todas las tiendas de todas las esquinas son las mismas que el otro día recorrieron la distancia aproximada entre la Tierra y la Luna para acampar un par de días a la espera de poder adquirir el penúltimo Samsung ahorrándose unas perras. Es como clientes (como no clientes, más bien), y no como votantes, como podemos decidir el modelo de sociedad que queremos.

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Que cada uno se ahorra la pasta como puede, faltaba más. No seré yo quien le diga a nadie lo que tiene que hacer con su vida: para eso están los políticos. Pero no está de más puntualizar que si uno se autopercibe como un tipo concienciado con la lucha social y toda la retórica (porque me temo que es solo retórica) al uso y luego compra en AliBaba o Amazon, uno tiene un serio problema de coherencia. Porque a lo mejor piensan ustedes que el ahorro que se consigue comprando en ellas sale del bolsillo de sus dueños, inversores y/o directivos y no de la jornada 996 (12 horas de trabajo diarias 6 días a la semana) propugnada por Jack Ma o de que en 2018 el 74 % de los trabajadores de los almacenes de Amazon evitaran ir al baño por miedo a represalias.

Dado que las multinacionales mandan más que los gobiernos, las compras son más importantes que los votos

¿Si creo que se vive mejor trabajando en la tienda de la esquina? Sí. Y no solo eso: creo que la tienda de la esquina ayuda a generar un tejido urbano mejor en muchos sentidos. Pero esa es otra historia.

La dialéctica izquierda-derecha es una monserga. Por muy a la izquierda que se diga el Gobierno chino hay pocos trabajadores más puteados que los trabajadores chinos. Como da igual a quién votemos, podemos seguir depositando la papeleta por el procedimiento de brindis al sol: porque todos somos muy socialdemócratas hasta que nos toca soltar la guita. Cuando nos retratamos es al meter el pin, porque el voto es gratis pero la compra no. Cada vez que llega una caja de Amazon cae la careta de un sindicalista.

Verlo todo bajo el prisma político es enfermizo, pero pensar que los actos no tienen consecuencias es aún peor, porque pertenece al ámbito del pensamiento mágico. Para entender a qué me refiero, basta con que abran Twitter al azar.

Queda pendiente hablar de Alexia: por qué creo que la Guerra Fría era un entorno más amigable en el que quien te ponía un micro en casa al menos se encargaba de pagarlo y no te pasaba la factura.