Resiliencia, empoderamiento, migrantes.
Por razones expuestas aquí a las élites les conviene atragantarnos con palabras à la mode. De entre ellas, resiliencia es de las más estomagantes, con la particularidad de que además de estomagante debería resultarnos alarmante como el ladrido del sabueso para la liebre o el cartel de una librería para un psicopedagogo.
Porque con resiliencia nos dicen mucho, las élites. No se trata tanto de saber qué significa resiliencia, sino de qué significa el triunfo de la palabrita.
Este verano se hacía recurrente la noticia-aviso de que 8 días de vacaciones son suficientes para desconectar, lo que recuerda terriblemente a esos anuncios que nos enseñan a amueblar habitaciones de 4 metros cuadrados. «Usted no necesita más» vienen a decir.
En los albores de la democracia liberal se suponía que la función de los políticos sería mejorar la vida del individuo, es decir, elevar sus expectativas vitales, no aniquilar esas expectativas para que todo le parezca bien.
Porque eso está detrás de la monserga de lo resiliente. Convencidos tanto políticos como plutócratas de que son incapaces de enriquecer nuestras vidas, han optado por un camino que según sus cerebros pequeñitos conduce al mismo escenario: empobrecer nuestros sueños.
Entonces, habiendo leído algún libro de autoayuda que mencionara por cuestiones de mercadotecnia las escuelas filosóficas griegas, llegaron a la conclusión de que el estoicismo les convenía. El estoicismo de los demás, concretamente.
Hay dos caminos para satisfacer un deseo: conseguir aquello que lo ha creado o eliminar de raíz el propio deseo. En origen, las élites intentan lo primero. Después, se dan cuenta de que lo segundo les va muchísimo mejor.
Usted puede perfectísimamente conducir un coche chino de plástico o vestir ropa de segunda mano. Usted es capaz, amigo, de esperar más de dos meses para una operación de corazón y que además se lo vendamos como un éxito. Sea resiliente, no se muera antes.
Usted no tiene necesidad, querido votante, de utilizar su coche antiguo, como de persona pobre, por nuestras sofisticadas ciudades, porque usted, como pobre, no tiene la capacidad de comprarse un coche nuevo cada año (ni podría esperar media hora cada vez que toca cargarlo, porque como usted es pobre no tiene garaje), así que siempre le queda la posibilidad de ser resiliente. Vaya en metro. O mejor, no venga, Total, le hemos vendido el centro de la ciudad a los plutócratas (nuestra media naranja) y allí no queda nada para usted. Sea pobre y séalo en silencio.
Cada uno defiende su chiringuito como puede, claro, pero sería conveniente que no lamiéramos la bota que nos pisa en cuello. Porque teniendo en cuenta que trabajamos hasta agosto para pagar sus packs de experiencias farlopa+burdel y que luego tarden más de dos meses en operarnos el corazón, lo mínimo que deberíamos pensar cuando se nos pide resiliencia y que sonriamos mientras se meten por la nariz el dinero de los ERE o queman nuestros ahorros en el depósito de su Falcon es en lo que quieren decir cuando dicen resiliente:
Resiliente
- adj. Panoli.
