Parecer sofisticado (la pose infinita)

En algún momento de los años 70, mientras los miembros del equipo de rugby de cualquier escuela universitaria «salían a correr» (y esa gente corre como salvajes) con una camiseta de la panadería de su pueblo, algún moderno con la necesidad de resultar interesante pensó en que lo que había que hacer era «footing». Hacer footing era muy parecido a salir a correr, pero mucho más sofisticado.

En los 90, cuando hacer footing había perdido el oropel de lo moderno por razón de antigüedad, los innovadores de turno decidieron decantarse por el jogging. Como sin duda imaginan, hacer jogging es muy parecido a salir a correr, pero a la vez fácilmente distinguible: los que practicaban jogging llevaban auriculares, todavía de cable, y estiraban de forma ostentosa en los semáforos para lucir las Naiki (si hacías jogging decías Naiki) fosforitas.

Diez años más tarde, cansados del jogging, sus practicantes se entregaron al running o, de forma más literal, «le pegaron al running». Como a estas alturas ya habrán adivinado, el running es terriblemente parecido a salir a correr, con la diferencia de que cuando el runner ya se ha bebido litro y medio de Aquarius para reponer electrolitos y ha subido una story con un mapa de su itinerario, los miembros del equipo de rugby de cualquier escuela universitaria española siguen corriendo con la camiseta de la panadería del pueblo y una coquillera de cuero repujado. Siguen corriendo, me refiero, desde el año 73.

Ese anhelo por parecer sofisticado que tan bien conoce Pantomima Full («Sal de tu zona de confort», «Chicos, ya está la quinoa») es inocuo cuando alguien decide salir a correr de forma glamurosa, pero resulta fatal y/o grotesco en otras actividades humanas. Abran LinkedIn y sabrán a qué me refiero, aunque aquí hemos venido a hablar de educación.

Verán. Si no están familiarizados con los congresos, seminarios o jornadas sobre educación, podrían pensar que tienen algún contenido real. Al fin y al cabo, cuando uno va a un restaurante espera comer. Uno podría pensar que en una charla sobre educación se va a hablar sobre educación, por ejemplo, sobre cómo enseñar de forma eficaz el complemento de régimen verbal, o la importancia de la modernidad para los estudiantes de Secundaria, o la posibilidad de apoyarse en el cálculo de operaciones combinadas para enseñar sintaxis. El milagro que supone la mano derecha del David de Miguel Ángel (y la izquierda, ya que estamos y parafraseando a Hugh Grant). La relación de los prerrafaelitas con la literatura medieval y su inmensa utilidad para estimular la imaginación de los adolescentes…

Contenido, en fin. Sustancia, busilis. Solomillo Wellington.

Naranjas de la China. Los congresos educativos versan sobre liderazgo educativo o pedagogía emocional. Tienen por nombre «Seamos creativos» o «Lo que construimos unos en los otros». Blablablá. Uno se llama Innovagogía, se lo prometo. La innovagogía salvará al mundo. Cada vez que contemplo casi con ternura uno de estos intentos por parecer sofisticado pienso en la escasa utilidad de la muerte de Sócrates, azote de farsantes, que conocía y denostaba esta tendencia tan humana (y tan antigua) a parecer moderno arrinconando el verdadero conocimiento.

Todo esto se quedaría en anécdota si no fuera porque está estrechamente relacionado con una realidad mucho menos jocosa: los alumnos de Bachillerato españoles no saben leer. Como suena: los alumnos de Bachillerato no saben leer. Están alfabetizados: saben transformar los signos en sonidos (con dificultad), pero no tienen literacidad: no pueden transformar un texto en conocimiento. Pregunten en la universidad y prepárense a sufrir.

Imagínense entrando en un restaurante donde se les habla de la decoración, los manteles y la comodidad de las sillas. Con una gusa tremenda, contemplan como el camarero les recita un panegírico sobre la langosta europea y les presenta un plato vacío (de la mejor porcelana). Ese mismo vaciamiento ocurre en los colegios, con la aquiescencia de quien no pone el grito en el cielo. Pero no teman, porque estamos empezando a ponerlo, no somos pocos y además somos mejores.

Ellos son más, eso sí, y tienen la ventaja de remar a favor de corriente; el conocimiento sin conocimiento, esta educación de cáscara vacía es lo más coherente con un mundo donde ya existe la producción sin producción (el mercado financiero), la comunicación sin comunicación (las redes sociales) y el cine sin cine (CGI). Cuánta razón tenía McLuhan.

—Que alguien me devuelva a Baker Street.

Está por venir el tiempo en que mandaremos al empoderamiento, la resiliencia y la disrupción allá donde reposan el footing y el jogging, porque el último en parecer sofisticado es el primero en hacer el ridículo.

Se trata, por tanto, de comenzar por algo sencillo, como llamar a las cosas por su nombre. Llamar, por ejemplo, ignorancia a la ignorancia, y al coach cantamañanas. Anunciar el advenimiento de una Nueva Ilustración.

P. S.: La imagen corresponde a Luz de luna, invierno, de Rockwell Kent. Recuerden que existe una edición de Moby Dick (ese libro que a Lo País le resulta innecesario) ilustrada por él.

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