Hacia el autogolpe de Estado

En primer lugar, alguien debería decirle a los de las chinchetas que la inmensa mayoría de los españoles pensamos que a Netanyahu se le ha ido la pinza hace muchísimo tiempo, pero que a diferencia de ellos no confundimos a Netanyahu con Israel. Esto es curioso, por otra parte: los de las chinchetas confunden a Netanyahu con Israel pero le piden a Netanyahu que no confunda a Hamas con Palestina. Los de las chinchetas están, como Netanyahu, cegados por el odio.

Si tuviéramos un mínimo de cultura política o de sentido de la realidad nos daría escalofríos ver a Narciso Enamorado llamar a la rebelión a un país… de cuyo Gobierno él es presidente. Más, infinitamente más, con antisemitismo de por medio.

Uno se manifiesta, supuestamente, ante quien tiene el poder o las atribuciones para cambiar las cosas. Lo demás es pose. Si la manifestación del domingo hubiera tenido un motivación real, más allá de reventar un evento deportivo en Madrid, debería haber sido ante quienes tienen posibilidad de cambiar las cosas, es decir, de ejercer una presión real sobre Israel. Y, aunque parecería una broma que lo intentaran, esos son los ministerios de Defensa y de Exteriores en primer término y el Gobierno en segundo.

Es decir, que lo que Narciso estaba alentando el mismo domingo (da miedo la sonrisa con que anunciaba su «respeto a los deportistas») era una manifestación contra sí mismo, lo que desprende un aroma fortísimo a uno de los eventos más dramáticos, cínicos y terminales que se puedan dar en un país democrático: el autogolpe de Estado.

A estas alturas, quien crea que España está a salvo de cualquier contingencia que se le pase por la cabeza a Nerón para salvaguardar no ya la honra, que no tiene, sino el poder, es un iluso o un extremista.

Es probable que viendo lo que pasó el domingo el tirano ya haya entendido las ventajas que para alguien para él tiene el autogolpe: subversión del orden cívico por fuerzas ajenas a él, potencial victimización que le llevará a emplear la fuerza, confusión en el reparto de culpas que para alguien con problemas para decir la verdad fomentará la criminalización del adversario. Estamos en manos de un pirómano y le hemos puesto en las manos una garrafa de gasolina.

Madrid

La delegación de Gobierno en Madrid ha enviado 1200 efectivos para controlar a los de las chinchetas, lo mismo que a un partido de liga ordinario.

Este verano TVE, la televisión que humilla a sus periodistas deportivos haciéndoles comentar los eventos a distancia porque el dinero para enviarlos a los estadios se lo llevan muerto Broncano, Intxaurrondo y Gonzalo Miró, utilizó la misma palabra que Lo País en pandemia, «madrileñofobia», para alentar el odio a Madrid, la provincia cuyos habitantes pagan en mayor proporción ese despilfarro alucinante que es TVE, y que lo hacen sin rechistar.

Ya se dijo que los próximos fascistas dirían luchar contra el fascismo. Narciso Enamorado ya debe de saber a estas alturas que haga lo que haga sus palmeros van a seguir lamiéndole las botas (¿pero de cuánta gente hay fotos en la sauna?) y que los de enfrente tenemos unas tragaderas bastante apreciables. Pinta mal, pero no nos queda otra que plantar cara. Suerte a todos.

P. S.: Hoy visita Madrid una de las hinchadas más delictivas de Europa Occidental. Verán como la delegación de Gobierno protege la capital desplegando a Mortadelo y Filemón armados con tirachinas.

El presidente emo

Ha nacido la emopolítica.

En 1944 George Orwell comenzó a escribir una obra ambientada en 1984 que describe una de las maneras en que el mundo puede irse al carajo. Por cuestiones de simetría este es, por tanto, el mejor año para hablar de ella.

Hay muchos motivos por los que 1984 constituye una genialidad inmortal, pero uno de los más inasibles y brillantes es la decisión tomada por el escritor según la cual en su distopía aborrecible sería el ministerio del Amor el que se encargara de la seguridad, es decir, de la denuncia, tortura y eventual desaparición de los desafectos al régimen.

Esta utilización de lo emocional ―los profesores tenemos emotividad hasta en la sopa, aunque curiosamente en menor medida en colegios donde los alumnos están gravemente enfermos― para manipular a las masas, esta justificación de la barbarie y la violación del Estado de Derecho a través de una sensiblería impuesta es algo que en 2024 se estudia en las facultades de Politología, pero que en 1944 resultaba tan insospechado que solo un genio como Orwell podía haberlo aventurado.

El Narciso enamorado que nos hemos buscado como líder y los gimoteos del que no es McNamara al leer las transidas líneas del Narciso enamorado han puesto a sus huestes apuntando hacia el poder judicial, la oposición, la prensa y todo aquel que no atienda a las razones del corazón.

El mismísimo Patxi a-ti-qué-más-te-da López, que habitualmente gasta la indolencia del matón de vía estrecha, ha acusado al PP de «burlarse del amor». Insisto; Patxi López ha acusado al partido más votado de España de «burlarse del amor». Burlarse del amor no, Juan, eso no. La vida política española es mucho más paródica que Loles León.

La cosa daría para disfrute si no nos fuera la democracia en ello. Porque tanto el Narciso enamorado como el que no es McNamara como a-ti-qué-más-te-da saben perfectamente que a estas alturas millones de españoles creen que en política es más importante el amor (así, a granel) que gozar de un Estado social y democrático de Derecho.

Viendo en peligro a Amor ―y esto se parece cada vez más a un soneto del Siglo de Oro― hordas de quinceañeros abrazados a sus carpetas forradas con fotos de Narciso enamorado han salido a la calle real y a la virtual a reclamar el fin de la independencia del poder judicial, es decir, el fin del Estado de Derecho, y eso es precisamente lo que querían el Narciso enamorado, el que no es McNamara y a-ti-qué-más-te-da.

Podemos y debemos, por tanto, desternillarnos de la sensiblería hiperbólica con que nos ha salido el comunismo patrio, porque uno nunca sabe cuántas carcajadas le quedan, pero más nos vale que sea una risa nerviosa, como de tragedia inminente, no vaya a ser que nos despistemos y el Gran Hermano proceda a nuestra reeducación antes de que nos percatemos.

P. S.: Díganme si Orwell no se ventila a Nostradamus; el lema del ministerio del Amor es «La guerra es paz. La libertad es esclavitud. La ignorancia es fuerza». Escalofriante.