Pedro Sánchez ha comparecido ante sus inversores ―nosotros― para explicarnos por qué tenemos que votarle otra vez o, con más propiedad, por qué tenemos que votarle por primera vez. Dice que el mundo nos acecha, que menos mal que está él. Le faltó prevenirnos sobre Marruecos mirándonos por encima de unos quevedos «Ojo con Ceuta», mientras los dírhams le rebosan la faltriquera.
Pedro Sánchez nos habla despacito, en voz muy queda, como un maestro paciente desgranaría los peligros del mundo ante un alumno mostrenco.
A Sánchez uno se lo imagina de madrugada subiendo al coche de posta: «Aquí estamos, vuecencia con la bolsa tan llena y yo con la mía famélica. Permitidme que os aligere».
Pedro Sánchez es un manitas devenido albañil, ese novio que te revela en confidencia que no es demasiado pronto para el amor. El agente inmobiliario que mete el pie entre el marco y la hoja, por si tuviéramos la gentileza de dedicarle un minuto.
Podría abordarnos mientras Toni Leblanc nos coloca sus estampitas, tutelando la transacción con ese tono de párroco dudoso.
Le enseñaría a Oliver Twist a vaciar bolsillos y después, ante el juez, afirmaría con la misma soltura que el reloj de oro se lo han robado a él. Es un vendedor de crecepelo, un testigo de Jehová, la perla de Rosalía.
Pedro Sánchez podría aparecer a la puerta de nuestro tercero sin terraza una mañana de primavera, sujetando la gorra con ambas manos: «Soy el nuevo jardinero ―diría―. Ya verá qué bien nos llevamos». Se acercaría al capitán del barco sujetando una barrena que gotea para avisar de que algo le pasa al casco. Instalaría un monorraíl en un pueblo fantasma. Es el sátiro que le dice a la ninfa que se bañe tranquila, que él no mira.
«Lleváis toda la vida intentando sin éxito destruiros ―nos dice, de nuevo, por encima de sus quevedos―, pero hasta ahora no me teníais a mí».
