Será algo después, posiblemente. De momento los productos de los algoritmos correlacionales (inteligencia artificial por su nombre mercadotécnico) son tan cutres que no resisten la comparación, pero durante unos años seguirán mejorando y estaremos permanentemente con la mosca detrás de la oreja. Qué ha hecho un humano, qué una máquina. No lo cuento aquí en negativo, sino en positivo: las obras anteriores a 2025 estarán libres de sospecha. Posiblemente se podrán aplicar siempre herramientas discriminantes, pero en el día a día en consumidor simplemente aplicará la regla de 2025.
Pensemos por un momento en esta vitola de autenticidad, ese certificado de artesanía.
Un suicidio para cada industria
Hasta ahora las industrias se suicidaban por partes. Moría cada una de éxito, que es otra forma de llamar al momento en que los inversores tomaban el poder. Ese último euro que se gana antes de que todo se vaya al garete. Discos y películas se convirtieron en una inversión cuyo retorno había que garantizar, por ejemplo, abaratando costes. Si había que digitalizar llevándose por delante a tiendas de discos y demás intermediarios, se digitalizaba uno. Todo por el euro más: total, cuando la industria se cae el inversor ya ha volado para exprimir otra gallina de los huevos de oro.
Estamos asistiendo, por cierto, al suicidio de la industria del videojuego. Microsoft lanzó a XBOX al barranco hace tiempo y ahora es Sony la que ha incendiado PlayStation. Es muy curioso, además, el caso de los videojuegos, porque a pesar de ser digitales por definición y no tener que molestar al usuario con tiendas ni envíos ni estuches los usuarios queríamos tener tiendas y envíos y estuches, pero Sony ha decidido que despreciar y humillar a sus clientes es una maniobra comercial sabia y que si queremos objetos que compremos libros, y en ello estamos.
Un paréntesis para el libro, por cierto, al que los primeros gurús del siglo XX pronosticaron una muerte lenta a manos de Kindle y ya ven, ni por esas. El libro es lo único más fuerte que la lógica capitalista.
Decíamos, entonces, que ciertas industrias han decidido abreviar y pegarse un tiro en fila no solo facturando contenido artificial (lo que por cierto a los artesanos nos viene de perlas), sino proyectando una alargada sombra de sospecha sobre el resto del contenido.
Suicidarse mal
Como aquella mujer que intentó suicidarse arrojándose del Empire State y una racha de viento la devolvió a una terraza. La lógica capitalista ni siquiera se muestra muy profesional devorando a sus hijos.
Los algoritmos correlacionales nunca serán tan buenos como podrían ser porque la industria solo perfecciona sus productos mientras se lo recomienda la curva de beneficios. Más allá de un punto la inversión marginal es mucho mayor que el beneficio marginal y ya si eso que lo mejore Pichi. A veces la cuestión ni siquiera es esa: a veces aparece un producto algo peor que es infinitamente más barato y vende mejor y se adopta por el euro más. Es, en definitiva, un error del consumidor pensar que la industria mejora paulatinamente sus productos. Escuchen cómo suena un ampli de los 70 y me dicen. Lo único que la industria intenta mejorar es su cuenta de resultados.
Los motivos reales de preocupación son, como casi siempre, menores que la amenaza (el casi es por este Gobierno, este Gobierno es aún peor de lo que parece). No porque la industria del ocio vaya a sobrevivirse, que no, sino porque siempre podremos mirar la fecha, como con los buenos vinos, tirar de antes del 25 y pensar «qué buen año, este. Y qué felices éramos todos».
