Pero ¿quién creó a Sherlock Holmes?

Se suele referir el intento de homicidio que sir Arthur Conan Doyle perpetró en El problema final (1893) contra su creación más redonda, Sherlock Holmes, en las cataratas de Reichenbach. Presionado por sus fieles lectores, el autor escocés de ascendencia irlandesa (como Kerrigan) tuvo que revivirlo en La casa deshabitada (1903).

Lo que no se menciona tan a menudo es que, vengativo él, sería el detective quien terminaría fagocitando al médico escritor. Por culpa de Holmes, Conan Doyle pertenece a esa categoría de escritores sobre los que existe la sospecha de que solo tenían gasolina para una obra maestra o, peor aún, que en su obra cumbre sonó la flauta porque el resto de sus creaciones no están a la altura. Es una categoría ilustre, pues la comparte con Cervantes y Herman Melville, aunque el estadounidense tiene a Bartleby además de Moby Dick.

Pero el caso de Conan Doyle es especialmente doloroso, pues lo cierto es que sir Arthur es uno de los escritores más regulares de la historia. Si bien los relatos ―más que las novelas, salvo El sabueso de los Baskerville― de Sherlock constituyen uno de los motivos más anonadantes para la lectura, también lo es que el oftalmólogo en cuya consulta nunca entraba nadie nunca fallaba como escritor. No falla en Los refugiados, ni en La compañía blanca ni en Sir Nigel, ni cuando escribe relatos sobre la Antigüedad o sobre el boxeo o sobre piratas, ni cuando hilvana historias de casa encantada. Pero si la injusticia es notoria con la mayor parte de sus creaciones se convierte en flagrante con las 17 aventuras que le escribió al «heroico, jactancioso, valiente, humano y no excesivamente perspicaz Etienne Gerard», magistrales filigranas ambientadas en las guerras napoleónicas, divertidísimas aventuras de un hombre que es claramente superado por los acontecimientos (Conan Doyle tenía un don para los personajes no muy despiertos como Watson y Gerard) mientras a su alrededor se desgranan acontecimientos esenciales para Europa.

Histórica era maravillosa. Quizá pueda encontrarse esta edición todavía en la librería Opar. Hay que ir a Opar, en todo caso. Es, como diría Borges de Holmes, «una de las buenas costumbres que nos quedan».

Las hazañas y las aventuras de Gerard (que la editorial Valdemar publicó por separado en su extinta colección Histórica [n.os 3 y 7] y juntas en El gato negro [n.º 8]) son a la novela de aventuras lo que los relatos de Sherlock a la de detectives, pero simplemente no tuvieron el mismo eco (¿y quién lo tiene?) que las andanzas de los inquilinos de Baker Street, de la misma manera que las guerras napoleónicas no tienen tanto sex appeal como el Londres victoriano.

Le pasa a Conan Doyle como a Julio Verne, que no resiste la comparación pedante con sus escritores coetáneos más conspicuos. A cambio, a los Chéjov, James, Proust o Joyce (desde luego la cumbre de la literatura del vértice XIX-XX) no nos permiten la autoindulgencia hedonista del ensueño, de la aventura, del retorno a la infancia. Si los adultos somos en algún sentido niños estropeados, entonces Conan Doyle, como Verne, nos permite arreglarnos un poco, sacudiros la miseria, recuperar el agarre. El propio Chéjov (otro escritor médico) parodia a Verne en el relato Las islas voladoras, pero la diferencia entre ambos no es tan grande como para que la parodia supere al original. Él mismo desaconsejaría su inclusión en las obras completas. Por otra parte, ese Chéjov joven parodiaba con maestría ―un genio joven es ya un genio― todo lo que se le ponía por delante. Sus relatos de aquella época vehiculan una visión cínica del alma humana.

De modo que no se puede vivir solo a base de grandes reservas. Necesitamos a veces, como el fraile Tuck, una cerveza sin pretensiones para brindar por el brigadier Gerard, por el caballero sir Nigel, por el profesor Challenger…

P. S.: A finales del año pasado moría uno de los responsables de que la serie animada de Sherlock Holmes que los privilegiados niños de los 80 pudimos ver en España fuera tan redonda. Descanse en paz Luis González Páramo, quien puso voz a Moriarty con el genio de quien considera su trabajo la tarea más importante del mundo. Esa huella es indeleble. Nuestros padres lo recordarán por ser uno de los hermanos Malasombra de Los Chiripitifláuticos.

P. P. S.: Sobre que Watson no sea muy despierto, y aunque las versiones posteriores hayan exagerado su simpleza, aquí pueden ver y escuchar a Conan Doyle refiriéndose a ella. Himself.

La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons

Poste

Esta es la portada más fea que he encontrado para ilustrar mi advertencia sobre La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons. Yo me he leído la edición de Impedimenta, pero no pongo esa portada porque Impedimenta edita muy bien y lo mismo os dan ganas de comprarla.

Advertencia, insisto, no crítica, y la escribo porque conmigo ya somos tres las personas que aprecio que hemos caído como incautos ante las referencias de la trasera a Wodehouse y Evelyn Waugh. De hecho, alguien se ha atrevido a decir que «se la considera la novela cómica más perfecta de la literatura inglesa del XX», así, en impersonal, para repartir culpas. Es decir, que no solo se cepillan a los dos citados supra, sino a Chesterton, Conan Doyle (Las aventuras del brigadier Gerard es de 1903 y no hay color) o a Saki.

A lo que íbamos. Aunque al principio hace algún elegante ejercicio de sátira y se sitúa del lado del cínico sarcasmo inglés que tanto nos gusta a los esnobs,  la trama en seguida se despeña hacia el género literario conocido como bodrio. La historia no interesa, los personajes se confunden y los lugares comunes se suceden. Solo al final se adivina algo de humor; las carcajadas de la autora riéndose de nosotros. Aquí:

«—Charles, tienes unos dientes… divinos».

Y aquí:

«—[…] Oh, Flora, soy insoportablemente feliz».

Qué poco respeto al papel en blanco, que diría Fernán Gómez.

PD: Lo de los «dientes… divinos» (la cursiva no es mía) me recuerda a una frase de Mr. Holmes, la aceptable novela de Mitch Cullin en la que la traductora se permite escribir: «Visitaron un mercado donde Holmes compró un abrecartas ideal». Holmes nunca compraría nada ideal. De hecho, al oír la palabra ideal quemaría el mercado y se inyectaría un chute de cocaína. Lo ideal es leerse el canon holmesiano y dejarse de pamplinas. Aquí dicho canon a un precio más que razonable.