ARCO y la seriedad del escritor

No digo que todo lo que se expone en ARCO responda a la intención de reírse del público, ni que todos los escritores que ponen cara de interesantes en las solapas de sus libros sean aburridos. Lo que digo es que, si tienes la intención de reírte del público, lo mejor que puedes hacer es aparentar gravedad. Si eres incapaz de escribir una buena historia, le plantas a tu libro una foto tuya como mirando más allá, al lugar donde los mortales no llegan (los mortales críticos, se entiende).

No hay problema en que el rey vaya desnudo siempre que ponga cara de máxima dignidad. Siempre que nos haga dudar de lo que vemos. Siempre que pensemos que la culpa es nuestra, por ser un poco cortitos.

Por ejemplo. Acabo de ver a un tío en pelotas (de nombre Emilio Rojas) dentro de unos palés apilados coloreados y agujereados ad hoc para acoger el cuerpo del pollo. No sé para vosotros, pero para mí es un claro ejemplo de crítica de la explotación por parte de la industria occidental de los recursos expoliados a los indígenas americanos y la burla nominalista de la producción tardocapitalista, además de la denuncia implícita de la mercantilización de la dignidad del artista cosificado. El que no vea eso está muerto en vida. Habrá quien diga que el sujeto no llegaba a ARCO y tiró por la calle de en medio con lo primero que encontró en su taller, pero eso no son más que obtusas simplificaciones.

Obsérvese el ingenioso mecanismo:

Emilio Rojas

Pues lo mismo pasa con los libros. A falta de que otro día hagamos una recopilación fotográfica de fruncimientos de ceño de escritores (con el aditamento opcional de pipa y/o gabardina), y haciendo la salvedad de que los buenos también ponen para la foto cara de estar pensando muy fuerte en algo, está claro que lo mejor que pueden hacer los menos buenos es rodearse de cierta aura filosófica.

Un escritor aburrido, en sí, no tiene gran mérito. Pero imaginemos que, entrevistado por un becario gafapasta, dicho escritor se declara partidario de la metaficción autorreferencial con recursos intertextuales de tintes estructuralistas. Automáticamente, la historia deja de ser aburrida para ser profunda, y si no nos interesa es porque la almendra no nos da de sí, porque un escritor con esa cara de esfuerzo mental no puede haber perpetrado simplemente un bodrio, sino necesariamente una abstrusa alegoría sociopolítica.

En algún momento los escritores dejaron de ser contadores de historias (a Stevenson los aborígenes del Pacífico Sur llamaban Tusitala, el que cuenta historias) para intentar ser algo mucho más pesado, a medio camino entre la Filosofía y el circunloquio. Escritores muy serios para lectores muy aburridos.

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