La voluntad

Como se demostró aquí, capitalismo y neomarxismo están unidos por su miopía materialista: solo ven lo que pueden contar. Solo piensan lo que miden.

Pero lo anterior es una característica compartida del orden teórico; mucho más interesante resultaría identificar una cuestión práctica: ¿a través de qué mecanismo se convierten capitalismo y neomarxismo en aliados o, mejor, ¿cómo demonios es posible que el neomarxismo haya llegado (quizá sin saberlo, el capitalismo es así de hábil) a convertirse en apoyo valioso de sistema que dice detestar?

A través de la aniquilación de la voluntad humana y su (otrora) poder incontestable.

Verán: los cuatro gerifaltes tecnocapitalistas que nos gobiernan solo necesitan de nosotros nuestra capacidad de consumir. Todo lo demás no solo les sobra, sino que les resulta molesto. Consumimos menos mientras paseamos, contemplamos o filosofamos. Y no solo consumimos menos: justificamos racionalmente ese menor consumo, lo que para el capitalismo es mortal. El calvo de Amazon (nunca recuerdo su nombre, me pasa como como con el actor de Blade Runner 2049 que no es Harrison Ford) no solo prefiere, sino que según la mecánica capitalista necesita que estemos todo el tiempo delante de nuestra pantalla o pantallita. Nuestra indefensión ante la síntesis anormal de dopamina pagó su boda en Venecia.

Por su parte, el marxismo y sus hijos (sean o no bastardos, como el hijo que Marx tuvo con el ama de llaves… ¿el primer Cuento de la criada?) tienen como premisa de su disfunción intelectual la consideración del ser humano como monigote unifactorial sin capacidad de decisión, individuo explicado tan solo por lo que tiene él y ―sobre todo― por lo que tienen los demás.

Para el marxismo la superestructura no deja escapatoria al ser humano porque este es idiota y está dispuesto a hacer lo que le digan que haga. En el neomarxismo los dinosaurios hablan y los niños gruñen. El ser humano reduce su naturaleza apoteósica a la condición de animal, o menos: el huevo de cuco vale más que el embrión del hombre. Piensan (y aquí es donde su teoría es más plausible porque el lenguaje es nuestra estructura más valiosa) que al decirnos cómo hablar nos dicen qué ser. Niñes, fiscalas, atletos.

Los alumnos ya consideran su TDA o su dislexia como la parte que más los explica como estudiantes: «yo no puedo fijar mi atención porque soy TDA», «yo no puedo escribir bien porque soy disléxica». Los alumnos ya no saben que tienen voluntad. El alumno postmoderno es TDA como su abuelo del medievo era siervo o caballero: de forma connatural y perpetua.

Los padres, alertados de cómo el dispensador de dopamina hace fosfatina el cerebro de sus hijos, responden: «es que todos sus amigos tienen móvil». Pero ese argumento estaba liquidado hace décadas: «¿Y si los demás tiran a sus hijos por un barranco tú también lo tirarías?». Los padres ya no saben que tienen voluntad.

Los ejemplos son innumerables, pero no es este el sitio para hablar de los dos últimos entrenadores del Madrí, que actuaron según pensaban que otros pensaban que ellos pensarían.

Entonces, una vez persuadidos de que nuestra voluntad no puede nada (si es que existe), somos la marioneta apetecida por el calvo de Amazon y el otro, el amigo de Epstein. ¿Cómo voy a escribir yo mi trabajo si desde Silicon Valley me explican lo carísima y avanzada que es la IA? ¿Cómo voy a protestar por el mantenimiento insostenible de los centros de datos si sus procesadores son los encargados de hacer el trabajo de mi cerebro? ¿Cómo voy a disentir, a afrontar, a seguir el camino del salmón?

El capitalismo es muy bueno (técnica, no éticamente) desarrollando círculos virtuosos (para él, viciosos para nosotros). No necesita la ayuda neomarxista, pero está encantado con ella. Si las élites económicas hacen suyas las teorías de la extrema izquierda es por un motivo tan indetectable como letal: desprovisto de su capacidad para tomar la iniciativa, el homo consumens se piensa por debajo de su medio. Se le ha enseñado que no puede sobreponerse a unas circunstancias dadas, cuánto menos cambiarlas.

Aquella voluntad feraz que podía mover montañas se ha convertido en un recuerdo borroso para el adulto al que, incapaz ya de la acción poderosa, solo le da para elegir el color de su nuevo iPhone.

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