30 años con Juanito

No se va quien quiere. Ni quien muere, en realidad. El pasado 2 de abril hizo 30 años del accidente de Juan Gómez, así que son casi mil partidos recordándole a voz en grito en su casa. No sé de ningún otro jugador con quien pase eso, vivo o muerto.

Estar vivos nos da una perspectiva errónea, una falsa presunción. Dentro de 100 años de mí no se acordará ni Kerrigan, mientras que a Juanito seguirán aclamándolo miles de gargantas con fidelidad chamartinesca. Los años de vida constituyen una curiosidad cuantitativa, una bagatela numérica.

Quien haya perdido seres queridos sabe que atravesando el umbral de la muerte se nos vinieron a vivir donde siempre fueron más necesarios, dentro de nosotros, y que marcharse solo significó quedarse para siempre.

O somos parte de algo más grande que una sola vida o no somos nada. «Solo morimos cuando muere la última persona que nos recuerda», dicen, pero tampoco es cierto, porque el reguero iniciado por nuestros actos viene de antes de nosotros y nos sobrevivirá mientras exista la vida. Quedamos en otros de la misma manera que somos el hogar de quienes fueron. No es la vida lo que es un río: es la tradición, la crianza, el lenguaje, la manera de estar y hoyar y juntarse hombro con hombro cuando vienen mal dadas.

Nunca te marchas si dejaste una huella en el camino. Somos quienes nos enseñaron. Seremos quienes aprenderán de nosotros.

«Mi único estimulante fue la camiseta blanca. Honradla».

Dentro de un par de eones, cuando once vikingos se batan el cobre como deben, alguno de ellos, quizá el recién llegado, escuchará en el minuto 7 el estribillo de un cantar de gesta y, mientras da la vida por ese escudo que pesa tanto (señorío es morir en el campo), mientras siente sobre sus hombros el peso de una exigencia sideral, se preguntará sin palabras ¿quién sería el tal Juanito?

García de Loza azuzando a sus secuaces. Juanito, preocupado

1 comentario

  1. Juan dice:

    Bravo. Hablas justamente del sentido de la vida. De la necesidad de trascender una vez entreguemos la vida y desaparezcamos de la vista de los que quedan. Eso se hace a través de nuestros descendientes, de la memoria de los que nos conocieron y de las consecuencias de nuestros actos a lo largo del tiempo.

    Le gusta a 1 persona

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s