Si en la entrada anterior de esta serie se glosaba la analogía como concepto que cambia el enfoque en Educación, (concepto umbral decimos en la UFV según la terminología de Jan Meyer y Ray Land), hoy le toca a la idea de continuidad.
La progresiva institucionalización de la Educación desde el siglo XVIII ha tenido un efecto secundario tan pernicioso como discreto: el distanciamiento radical entre el mundo y el contenido de los estudios.
En pos de la loable voluntad de erradicar el analfabetismo, el Estado recurrió a la obligatoriedad de la enseñanza. Estamos a favor de esa obligatoriedad, pero después vino la creciente intervención de la autoridad competente (incompetente, las más de las veces) en lo que los niños debían aprender y cómo debían aprenderlo. La formalización del aula y sus ventajas e inconvenientes como modelo insoslayable llevaron a la consideración de la asignatura como telos y no como medio o instrumento. Es decir: a que los niños pasaran de estudiar el árbol, la circulación o el imperio carolingio a estudiar el libro que hablaba sobre el árbol, la circulación o el imperio carolingio. «Es lo mismo», pensará el adulto, y es lo mismo cuando el que estudia es un adulto o un adolescente muy formado. Pero para el niño dista un abismo. El niño, incapaz de abstraer si hacemos caso a Piaget, no ve relación ninguna entre el objeto de las clases y la realidad que lo circunda (o que lo circundaba, toda vez que su realidad ahora es la pantalla de algún dispositivo y el cerebro hecho añicos de su youtuber favorito).
Tanto Rudolf Steiner (Waldorf) como María Montessori o Loris Malaguzzi (Reggio Emilia) sabían esto, y trataron de solucionarlo a través de métodos a medio o largo plazo cuya principal limitación es la de ser métodos a medio o largo plazo. Lo malo de una comunidad es que termina por decirnos cómo debemos comportarnos.
Porque para contrarrestar esa ruptura entre el objeto real y lo estudiado en clase tan solo es necesario que el maestro persiga su continuidad: que sepa que cuando el escolar estudia gramática se estudia a sí mismo, cuando estudia ciencias estudia el mundo y cuando estudia religión estudia el Amor. Solo hace falta entonces un maestro atento y un método: el suyo. Pero como muchos son los maestros y muchos cambios los que experimenta cada uno de ellos en el desempeño de su oficio, los métodos terminan por ser muchos, lo que es maravilloso para el niño. Por eso escuelas tan programadas como las mencionadas son, a mi juicio, limitadas y limitantes.
Se enseña por exposición, por contagio, por ejemplo y por maravilla. Se enseña conociendo y compartiendo la belleza, conociendo y compartiendo el mundo. Lo más importante en Educación es, claro, el amor. Y no hay amor sin confianza. Por eso el maestro no se proyecta sobre sus alumnos, que es lo que terminan por hacer los métodos estipulados y los profesores ideólogos que educan en sus valores. El maestro sabe que sabe más y sabe que sabrá menos que su alumno. No es solo que el estudiante se construya a sí mismo, sino muy especialmente que tiene derecho a hacerlo. No otra cosa es la libertad.
