Elogio de Scrooge

En mi infancia fantaseaba con que alguna vez me hicieran el cuestionario Proust, o alguna de las versiones que circulaban por los semanarios. Una de las preguntas de estas revisiones era, si no recuerdo mal «Héroe novelesco que más admiro». Poco a poco, mi respuesta favorita se fue desplazando hacia el señor Scrooge. Por provocar, al principio, supongo. Porque Scrooge y todos los Scrooges del mundo están mal vistos, como si le debieran dinero a alguien.

Con el tiempo fui conociendo, no obstante, el verdadero motivo de mi inclinación: Ebenezer Scrooge me caía ―y me cae― endiabladamente bien. Por algún motivo que no alcanzo a comprender se supone que debemos celebrar la epifanía de Ebenezer tras la visita de los tres fantasmas. Pero esa epifanía es, a la vez, la pérdida de un carácter notable.

Hay que tener un corazón muy duro para no amar a un cascarrabias y, en cambio, solo un lector atolondrado podría prestar su apoyo a un protagonista bonachón. El interés literario de una persona afable viene a ser el mismo que el de un matrimonio feliz: en algún lugar entre ver crecer la hierba y tragarse Los Anillos de Poder.

Pero no es lo literario lo que justifica la elección de Scrooge como compañero de fatigas definitivo: sus ventajas son reales, sus virtudes tangibles, y pueden ser presentadas metódicamente, sin concesiones románticas.

En primer lugar, Scrooge no tiene el menor deseo de engañar a nadie. Esta cualidad no tiene solo un plano superficial (decir siempre la verdad) lo que ya es realmente virtuoso, sino que presenta una ventaja más profunda: el socio de Marley y los que son como él (lo que incluye al propio Marley) no permiten que en nuestra mente aparezca la esperanza ilusoria en una vida mejor: Ebenezer da hoy la de arena y dará siempre la de arena. Esa confianza ciega permite una gestión más adecuada del tiempo y los esfuerzos de quienes rodean al malencarado: la vida a su alrededor transita sobre suelo firme. No hay lugar más confortable en las relaciones humanas que saber a qué atenerse. Quien trata con un Scrooge nunca queda decepcionado, nunca cae, nunca resbala. Scrooge es una cara conocida en medio de un baile de máscaras.

En segundo lugar, el vinagre no puede agriarse. No existe en él riesgo de declive ni de mejora. Mil años de amistad con Ebenezer ―de enemistad, mejor dicho― provocan paz de espíritu y relajo; diez minutos con el filántropo o el risueño proporcionan una incógnita perpetua cuando no complejo de culpa. Tras la aparente alegría de un simpático asoman el trauma o la charla meteorológica. A cambio, el gesto sobrio del hombre enfadado invita a la reflexión, como el aguacero o fumar en pipa.

Por si todo lo anterior no fuera suficiente ―que lo es― el Scrooge canónico desprecia la vida social, lo que es síntoma inequívoco de una educación esmerada. La vida social, esa tortura que convierte los últimos momentos de la vida de William Wallace en un paseo por el Prater, no existe para el bueno de Ebenezer, lo que explica su razonable inquina contra la desnaturalización navideña y su connatural hipocresía. La renuencia del financiero a alternar con sus congéneres nos habla de su estatura intelectual.

Lo mínimo que podríamos hacer para desagraviar la memoria del señor Scrooge es convertirlo en patrón del único movimiento que merece la pena hoy en día: uno que propugne el cierre de todas y cada una de las redes sociales, donde campan a sus anchas horteras, narcisistas y hasta blogueros. Mister Scrooge es el santo patrón del mayor favor que nos debemos a nosotros mismos: recogernos, real y figuradamente, soltar los perros y cerrarnos a cal y canto. Como decía Pascal, la mayor parte de las desgracias humanas proviene de nuestra incapacidad para quedarnos tranquilitos en casa.

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