La Champions. Esta Champions

Por algún motivo no estamos hablando de que la parte jugosa de esta Champions empieza con Courtois parándole un penalti a Messi en París.

Continúa con el Madrí dándose cuenta durante el partido de vuelta de que Mbappé no ha firmado todavía y por tanto corresponde propinarle un par de tarascadas en lugar de contemplar lo bien que juega. A partir de ese momento el niño va más tieso que una vela.

Un tercer hito: después de la derrota en Manchester, Benzema dice «Vamos a hacer una cosa mágica, que es ganar». Una cosa mágica.

Cuidado con la supuesta excepcionalidad

Los madridistas debemos tener muy claro que, por mucho ADN, mucha mística y mucho espíritu de Juanito que haya, que lo hay, esta Copa de Europa la hemos ganado única y exclusivamente por un motivo: meter un gol más que todos los rivales.

Después viene la forma de hacerlo, que es la más épica e inusitada que vieron los siglos. Todo el oropel legendario es un además, una pelliza de inmortalidad que solo pueden ponerse los héroes, pero el único motivo de haber ganado la Champions es la victoria sobre el campo en cada uno de los cruces más acerbos que jamás equipo alguno tuvo que afrontar.

Lo digo porque apelar al escudo como fuente de victorias está muy cerca del discurso antimadridista de que el Madrí gana sin ganar, de que es el mejor siendo el peor, el mismo que antes hablaba de las Copas en blanco y negro, luego de que éramos ricos y no pobres y ahora que jugamos con portero.

Poner el acento en cualquier cosa que no sea haber metido un gol más que el rival (verdadero busilis del tema que nos ocupa) es hacerles el caldo gordo a los caínes.

Cuando el Bernabéu baja el pulgar

Después del primer gol de la vuelta contra el City, una vez hubo llegado el minuto 90, la megafonía anunció los 6 minutos de prolongación. El Bernabéu, que conoce a los suyos, celebró la noticia como un gol. Esa confianza plena en los tuyos es prueba irrefutable de que hay un nosotros, de la importancia de que haya un nosotros. Tengo para mí que los jugadores del City comprendieron en ese preciso instante que iban a ser eliminados. Que el Bernabéu había bajado el pulgar.

Hace unos días vi en la pantalla del móvil, en pequeñito y en blanco y negro, un vídeo que recoge esos dos minutos. Tuve que apelar a la pose de tipo duro para no derramar una lágrima. Un puto vídeo de dos minutos en el que un menda anuncia que quedan 6 de partido. Y en ese momento estábamos eliminados.

Tengan mucho cuidado a la hora de inclinar a sus hijos hacia equipos que no sean el Real Madrid. Podrían estar privándolos de años y años de momentos trascendentes.

PSG, Chelsea, City, Liverpool… y big data

Al big data se le está poniendo cara de monorraíl. El fútbol es un sistema con un número bastante controlado de variables comparado con otros entornos sociales y el big data no da una. Todos lo usan, claro, porque nadie quiere parecer demodé, pero desde que Nadal le pintó la cara en Australia cuando al comienzo del tercer set la gran máquina lo dio por muerto, está tardando en demostrar su eficacia real. Ese momento a partir del cual alguien debería hacerse muy rico apostando según los designios numerológicos.

No dejen en manos de la cibernética lo que pertenece al terreno de la epopeya. El mundo es Carlo Ancelotti explicando por qué no puedes poner un gordo a presionar. Hay más fútbol en la ceja de Carletto (y más Copas de Europa) que en todas las tabletas de todos los hijos de Carletto.

Uno di noi

Hay un motivo por el que esta Copa de Europa nos ha hecho llorar, y yo se lo voy a explicar porque me han caído ustedes bien.

Mi Karim

Cuando en los 80 los jugadores del Real Madrid se llamaban Manolo y Rafa y Emilio y Miguel y llevaban pulseritas de cuero en las muñecas y vestían con pantalones pesqueros, cuando nuestros hermanos mayores iban al fondo del Bernabéu dos horas antes a escuchar a La Unión y Mecano por megafonía se hacía muy fácil comprender que esos jugadores eran de los nuestros, que habían crecido viendo a Amancio y a Juanito y que no eran jugadores del Madrí sino jugadores madridistas.

Cuando tras varias de las gestas de esta Champions algunos jugadores deambulaban por el campo como poseídos, como borrachos de felicidad; cuando a Alaba se le ocurrió enarbolar una silla porque entendió que procedía; cuando a Karim se le puso cara de amor verdadero tras el tercero al Peseyé; cuando el banquillo con Casemiro y Marcelo y Lunin y Benzema durante la prórroga del City parecía el patio de una prisión en día de motín; cuando Vinícius señalaba el nombre de Karim y no el suyo propio; cuando a ninguno de ellos en ningún momento de la temporada le hubo dado un ataque de ego (porque los egos más grandes se habían ido en busca de otros contratos y de otros inviernos), entonces comprendimos que ni los aviones privados ni los apellidos raros tienen la menor importancia, que habíamos traído a casa a un puñado de madridistas por el mundo, y que querían ganar la Copa, primero, porque querían que su Madrí ganara la Copa.

Que ellos, al fin, son nosotros, y que pelean por nosotros y mueren por nosotros, y que nunca se darán por vencidos.

Por eso sus lágrimas son las nuestras, porque ellos son nosotros y nosotros somos ellos.

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