El mal

¿Y si el mal solo puede definirse en negativo? Ni siquiera la muerte tiene verdadera importancia si no media el mal. Atribuimos maldad a situaciones donde no tiene cabida. En De profundis dice Oscar Wilde que el suelo donde ha sufrido un ser humano es tierra sagrada, pero también debería serlo el lugar donde alguien hizo el bien.

Como dice Escohotado en una canción de Calamaro, pretendemos vivir largo tiempo, pero de lo que se trata es de vivir. Un vida corta puede ser una vida plena, el hálito de vida de quien holló la tierra es un milagro de tal magnitud que siempre y bajo cualquier circunstancia mereció la pena. El momento de la muerte es la mejor oportunidad para celebrar la vida. Poner nuestro dolor por delante del privilegio que supuso compartir su camino es un acto de egoísmo.

Juan Ramón estaba obsesionado con la muerte, pero vivir pensando en la muerte es como renunciar al Quijote para no llegar al «Vale». Conocemos la muerte y su inexorabilidad, pero actuamos como si pudiera no existir o quisiéramos que no existiera. Sería como vivir sin respirar.

La mayor bendición del ser humano es su mayor condena: la capacidad de imaginar mundos donde ser felices es también la capacidad de imaginar una vida sin muerte, pero solo lo hacemos parcialmente, porque una vida sin muerte sería un infierno en la tierra. Nadie puede querer vivirlo todo (todo) infinitas veces, estar encerrado en la vida. A veces es necesario descansar.

¿Cuánto ha de durar una vida para que la demos por buena? Lo que se quiere decir aquí es que nuestro enemigo es el mal y no la muerte, y el mal está en nosotros. Cuando niños somos temerosos de los fantasmas, pero nuestro abuelo nos decía que hay que tener miedo de los vivos y no de los muertos. Trabajamos para evitar el mal, trabajamos para que la ignorancia no cristalice en el mal de los demás. El enemigo es el mal, no la enfermedad ni la decrepitud ni la muerte. El enemigo está en nosotros, ahí está la brega y el objetivo. Entonces se trata de hacer el bien, porque basta que los buenos no hagan nada para que el mal triunfe.

Por eso no se lucha contra la enfermedad, ni los enfermos son (somos, seremos) guerreros ni valientes ni héroes. Los enfermos somos simplemente vivos. Los sanos también son solo futuros recuerdos.

Pero ¿quién creó a Sherlock Holmes?

Se suele referir el intento de homicidio que sir Arthur Conan Doyle perpetró en El problema final (1893) contra su creación más redonda, Sherlock Holmes, en las cataratas de Reichenbach. Presionado por sus fieles lectores, el autor escocés de ascendencia irlandesa (como Kerrigan) tuvo que revivirlo en La casa deshabitada (1903).

Lo que no se menciona tan a menudo es que, vengativo él, sería el detective quien terminaría fagocitando al médico escritor. Por culpa de Holmes, Conan Doyle pertenece a esa categoría de escritores sobre los que existe la sospecha de que solo tenían gasolina para una obra maestra o, peor aún, que en su obra cumbre sonó la flauta porque el resto de sus creaciones no están a la altura. Es una categoría ilustre, pues la comparte con Cervantes y Herman Melville, aunque el estadounidense tiene a Bartleby además de Moby Dick.

Pero el caso de Conan Doyle es especialmente doloroso, pues lo cierto es que sir Arthur es uno de los escritores más regulares de la historia. Si bien los relatos ―más que las novelas, salvo El sabueso de los Baskerville― de Sherlock constituyen uno de los motivos más anonadantes para la lectura, también lo es que el oftalmólogo en cuya consulta nunca entraba nadie nunca fallaba como escritor. No falla en Los refugiados, ni en La compañía blanca ni en Sir Nigel, ni cuando escribe relatos sobre la Antigüedad o sobre el boxeo o sobre piratas, ni cuando hilvana historias de casa encantada. Pero si la injusticia es notoria con la mayor parte de sus creaciones se convierte en flagrante con las 17 aventuras que le escribió al «heroico, jactancioso, valiente, humano y no excesivamente perspicaz Etienne Gerard», magistrales filigranas ambientadas en las guerras napoleónicas, divertidísimas aventuras de un hombre que es claramente superado por los acontecimientos (Conan Doyle tenía un don para los personajes no muy despiertos como Watson y Gerard) mientras a su alrededor se desgranan acontecimientos esenciales para Europa.

Histórica era maravillosa. Quizá pueda encontrarse esta edición todavía en la librería Opar. Hay que ir a Opar, en todo caso. Es, como diría Borges de Holmes, «una de las buenas costumbres que nos quedan».

Las hazañas y las aventuras de Gerard (que la editorial Valdemar publicó por separado en su extinta colección Histórica [n.os 3 y 7] y juntas en El gato negro [n.º 8]) son a la novela de aventuras lo que los relatos de Sherlock a la de detectives, pero simplemente no tuvieron el mismo eco (¿y quién lo tiene?) que las andanzas de los inquilinos de Baker Street, de la misma manera que las guerras napoleónicas no tienen tanto sex appeal como el Londres victoriano.

Le pasa a Conan Doyle como a Julio Verne, que no resiste la comparación pedante con sus escritores coetáneos más conspicuos. A cambio, a los Chéjov, James, Proust o Joyce (desde luego la cumbre de la literatura del vértice XIX-XX) no nos permiten la autoindulgencia hedonista del ensueño, de la aventura, del retorno a la infancia. Si los adultos somos en algún sentido niños estropeados, entonces Conan Doyle, como Verne, nos permite arreglarnos un poco, sacudiros la miseria, recuperar el agarre. El propio Chéjov (otro escritor médico) parodia a Verne en el relato Las islas voladoras, pero la diferencia entre ambos no es tan grande como para que la parodia supere al original. Él mismo desaconsejaría su inclusión en las obras completas. Por otra parte, ese Chéjov joven parodiaba con maestría ―un genio joven es ya un genio― todo lo que se le ponía por delante. Sus relatos de aquella época vehiculan una visión cínica del alma humana.

De modo que no se puede vivir solo a base de grandes reservas. Necesitamos a veces, como el fraile Tuck, una cerveza sin pretensiones para brindar por el brigadier Gerard, por el caballero sir Nigel, por el profesor Challenger…

P. S.: A finales del año pasado moría uno de los responsables de que la serie animada de Sherlock Holmes que los privilegiados niños de los 80 pudimos ver en España fuera tan redonda. Descanse en paz Luis González Páramo, quien puso voz a Moriarty con el genio de quien considera su trabajo la tarea más importante del mundo. Esa huella es indeleble. Nuestros padres lo recordarán por ser uno de los hermanos Malasombra de Los Chiripitifláuticos.

P. P. S.: Sobre que Watson no sea muy despierto, y aunque las versiones posteriores hayan exagerado su simpleza, aquí pueden ver y escuchar a Conan Doyle refiriéndose a ella. Himself.

El abismo que nos llama

En La mano (Alhulia, 2014) en seguida se hizo evidente que el padre Kerrigan era un scene-stealer de tomo y lomo. Pastor protestante con la sutileza intelectual del padre Brown pero con un sentido de la moral mucho más relajado, su capacidad para construir una ciudad de la nada en medio del territorio indio y resolver los problemas según se presentan nos empujan a querer saber más de él.

Así, en El abismo que nos llama (Alhulia, 2024) viajamos hasta la infancia de Oliver Kerrigan en Inglaterra 40 años antes, hacia 1823. Oliver llega a Milton House, condado de Gloucester, porque su tío, sir Herbert Huttfield, baronet, lo ha traído desde Irlanda. Eso permitirá a Oliver acudir a Woodchester Abbey, un prestigioso internado regido por benedictinos del que su tío es benefactor. Allí hará dos amigos: Rufus Hagen (hijo de un prestigioso abogado de Londres) y Oakley Kelke-Simmons, un carismático heredero a quien su cinismo no le impide citar la Biblia con profusión y exactitud.

Entre la inmensa biblioteca de Milton House, los combates de boxeo y partidos de algo que está todavía a medio camino entre el rugby y el fútbol, Oliver Kerrigan va superando el acoso que sufre en la casa y en el colegio, y participa con entusiasmo en los tejemanejes orquestados por los alumnos veteranos. Entonces cuando todo se precipita…

Es imposible contar más sin contar demasiado, pero lo que queda es ni más ni menos que el descubrimiento por parte del protagonista de la novela de la verdadera naturaleza de la libertad y lo que esta conlleva. Que la libertad es, en fin, un abismo, un abismo que nos llama…

Educar cómodamente

Cuando evitamos a nuestro, pongamos, hijo adolescente una bronca merecida, ¿a quién le estamos haciendo un favor sino a nosotros mismos?

Dice Gregorio Luri que la sobreprotección es una forma de maltrato.

Es difícil explicar esto en una sociedad en la que colorear emoticonos se considera «educar en emociones», pero en el proceso de educar a un adolescente hay inevitablemente fricciones; o bien hay fricciones o un adolescente maleducado. Cuando niños somos bastante tiranos porque desconocemos la empatía. Crear situaciones incómodas (los enfados aducativos deberían ser siempre fingidos, es decir, buscar un refuerzo negativo y no reflejar ira real) es una poderosa herramienta en la durísima labor de educar a nuestro dragón.

Entonces llega el momento en que o bien por cansancio o bien por una idea de las relaciones humanas (casi) tan pueril como Yolanda Díaz decidimos que la tropelía que acaba de llevar a cabo nuestro adolescente, es decir, nuestro adulto en prácticas, va a ser pasada por alto para evitar el conflicto.

¿A quién demonios creemos estar beneficiando? A cambio de mantener la apacibilidad de la tarde y evitar bajar puntos en el inestable ranking de afectos de la criatura, fomentamos que cuando tenga 25 años sea un imbécil irreversible.

¿Existe una muestra mayor de egoísmo que esa? Este contraste es terriblemente claro cuando los padres educan cada uno por su cuenta: cuando uno de ellos pone las miras en el adulto por venir y el otro en caer bien a su cachorro. Para más inri, aquel de los progenitores (lo que la progresía llamaría «progenitor A») que cambia el futuro adulto mentalmente sano por la tarde tranquila se convierte en eso que da tanto alipori como el padre-colega, mientras el otro sacrifica su ratio de molonidad a cambio de erradicar la estupidez de la mente de su hijo.

Entonces, quien por defecto blandea en la maravillosa y agotadora tarea de convertir a un adulto potencial en un adulto con raíces nutricias y ramas proclives a la colaboración y el amor es no solo un pésimo padre o profesor o educador eventual (recuerden que en África dicen que hace falta toda una aldea para educar a un niño), sino un egoísta que se oculta en una falsa magnanimidad y que en realidad se pone por delante a sí mismo antes que la felicidad futura de su hijo y de quienes le rodearán.

Esta misma blandura farisaica es la que asoma a modo de sonrisa de hiena por las comisuras de los políticos grimosos que bailan en las tarimas de los mítines y prometen que todo va a ir bien sin ni siquiera esforzarnos ni esforzarse. Esos que proclaman que el esfuerzo es un valor antiguo (o lo que es mucho peor, tradicional) y que si nos volvemos tan ceporros e insustanciales como ellos todo irá bien porque la vida es una taza de Mr. Wonderful.

Fanfarria para el hombre común

El mayor logro de los últimos 300 años es la constitución de la noción de ciudadano en el siguiente sentido: la emancipación del vasallo mediante la reapropiación de la soberanía, es decir, la transformación del objeto político en sujeto político. Que los García, en fin, sean igual de respetables, dignos y responsables que los Sajonia-Coburgo-Gotha.

La esperanza de todo lo razonable que podría haber en la sociedad es esa algo gris pero razonablemente ilustrada pequeña burguesía que no trata de llamar la atención, que no está radicalizada y que está más o menos de acuerdo en la democracia liberal cuya génesis protagonizó ella misma.

Ese ser humano que paga impuestos sin rechistar es la clave de las sociedades occidentales desde el siglo XV cuando menos. Lo del hombre común u hombre corriente y la propia fanfarria son posteriores: es el vicepresidente estadounidense Henry A. Wallace quien en su discurso de 1942 y sobre la entrada de EE. UU. en la Segunda Guerra Mundial habla de «los albores del siglo del hombre común».

Como era el hombre común el que iba a tener que ganar la guerra, Aaron Copland consideró oportuno dedicarle la fanfarria que compuso a instancias del director de la Orquesta Sinfónica de Cincinnati, Eugene Goossens, que reclamaba a Copland entre otros músicos «enérgicas y significativas contribuciones al esfuerzo bélico».

El hombre común gana (y pierde) las guerras, paga los impuestos y viste los cuellos azules y blancos que la alta burguesía le proporciona. El hombre común es por definición mayoría, y aunque tiene como todo hijo de vecino una ideología, no vive para imponerla ni dramatiza su pertinencia.

El tumor

Todos viven, por tanto, del hombre común y, sin embargo, todos parecen odiar al hombre común.

El hombre común tiene que escuchar todos los días las sandeces de los extremistas de uno y otro confín tratando de convencerse a sí mismo de que la estupidez es pasajera y que somos la generación más leída de la historia. Desgraciadamente, esto ya no es así.

El hombre común se ve obligado a observar cómo la millonada que le paga cada año al Estado sufraga el clientelismo y la corrupción de la clase política, cuando no directamente a sus camellos y burdeles. Clase política; volveremos sobre ella.

El hombre común detesta por igual el comunismo y el fascismo (sabe que son la misma mentira perniciosa) y considera al mundo un lugar imperfecto donde no existen soluciones sencillas. Teme a los iluminados y a los vendedores de humo. Al hombre común le gusta el hombre común.

Sabe que nunca un político arregló nada, pero los soporta con estoicismo porque ha leído lo suficiente como para saber que la alternativa a los políticos son los militares. Solo hay, hasta la fecha, dos maneras de organizarnos: democracia o guerra.

El hombre común está muy orgulloso ―debe estarlo― de haber terminado con el poder arbitrario del Antiguo Régimen. El hombre común venera la Ilustración. Se sabe un producto de la Ilustración.

El hombre común comienza a darse cuenta de que en su seno ha nacido y crecido un tumor: una nueva aristocracia cuyo único norte es el dinero y que son muchísimo más difíciles de guillotinar porque los muy cabrones se apellidan García y no Cominges ni Dampierre.

A la democracia le ha crecido una excrecencia de políticos profesionales hijos de políticos profesionales que solo contemplan la cosa pública como forma de enriquecimiento (o de apareamiento, como Errejón) y no como servicio a sus semejantes.

El hombre común, lo sepa o no, ya no dirige el cotarro, porque hay una manada de tíos corruptos deseando colocar a sobrinos incompetentes. Hay una clase social (son una clase social estanca, privilegiada y con mucha hambre) difícil de detectar porque se apellida Gómez o Sánchez y no Villamejor ni Montmorency, y que como lo único que busca es medrar le da igual que el padre sea escolta de Franco mientras el hijo se lo lleva muerto presumiendo de socialismo (hola, Griñán). El caso, como diría Errejón, es pillar. Ya llegará alguien de su misma clase social que los indulte o les multiplique el sueldo por diez o les abra la puerta de un Consejo de Administración. Todos son Zaplana; a todos les «hace falta mucho dinero para vivir».

Para que triunfe el mal lo único que hace falta es que la gente buena no haga nada. La solución nunca la puede proporcionar quien ha causado el problema. No podemos esperar que esta sarta de comisionistas, narcisistas, puteros y ladrones nos saquen las castañas del fuego antes de que exploten. No podemos mirar al otro lado como si la solución estuviera en su reflejo especular. Si queremos permitirnos el lujo de seguir ―o volver a― llamarnos ciudadanos tenemos que volver a entender cómo funciona el asunto.

No debimos aguantar la primera muestra de soberbia de esta reata de malnacidos. Habiendo demostrado que no solo tenemos la mirada de la vaca ante el tren sino también su misma falta de arrojo, lo único que nos queda es que venga Margarita Robles y nos eche la bronca por no inclinar la cerviz con la suficiente profundidad.

Una cosa es entender la política como un mal necesario y otra cosa presenciar sin hacer nada el ascenso de una plutocracia que entre políticos profesionales y empresarios lobunos está poniendo cada vez más difícil recordar que la soberanía es nacional y popular. Estamos mucho peor de lo que pensamos: solo nos quedan los jueces; son lo único que nos separa de que nuestros hermanos venezolanos exiliados en Madrid nos recuerden conmiserativos: «ya os dijimos que veníamos del futuro».

P. S.: Hoy esta entrada y la Fanfarria de Copland está dedicada a tres hombres comunes de Albal, Godella y Paiporta cuya detención ya nadie recuerda, pero que nos recordaron lo que es la dignidad.

¿Pero el 24.º se mete o no se mete?

Cuidado, porque con quedar 24.os podría valernos. Si se meten 24 lo que no quiero quedar es 25.º. Para vosotros los récords, la virguería y la hipótesis. La decepción del sueño devenido pesadilla. El anticlímax del casi. La victoria moral. Las proyecciones y extrapolaciones y la perpetua hecatombe del porcentaje. La miseria del experto. Sacar a un mediocentro, celebrar antes de tiempo, pegarla al palo.

Yo lo que quiero es ganar Copas de Europa. Para vosotros los debates y las pieles del oso que nunca cazasteis. En nada es superior el vikingo a cualquier otro tipo de hincha. En casi todo se parecen: yendo dos abajo calculamos cada cuántos minutos sería conveniente marcar para no irse al rinchi. Cada diez, cada cinco minutos. Cada siete segundos. En algo se diferencian: el Madrí con frecuencia cumple los plazos por absurdos que resulten. Se confía hasta el final. Tiempo añadido, 6 minutos.

Lo digo porque veo saliendo de sus tumbas a los muertos de permiso, y detesto ver a mis semejantes haciéndose daño. Cuidado, no vaya a ser que nos dé por ganarla. Solo tenemos 23 equipos por delante, una proporción que haría feliz a cualquier madridista con el colmillo seco. Si se puede se debe. Guardad el champagne. Somos el Real Madrid.

Tenemos los políticos que merecemos

Si pagando un 40 % de impuestos aceptamos que cuando vienen mal dadas (cuando, por ejemplo, llega el agua y nos llena de barro la casa) quienes nos limpien las calles y las casas y nos den alimento y abrigo sean nuestros vecinos y no nuestros gobernantes (servidores públicos) puestos de rodillas y rascando el lodo con las uñas es que tenemos exactamente los políticos que merecemos.

Que el Estado de la 15.ª economía mundial no haya sido capaz de organizar una respuesta colegiada y poderosa ante una tragedia como la valenciana y como consecuencia de esa inacción no hayamos ido a la plaza de Manises y a la Moncloa con antorchas a exigir que nuestros gobernantes servidores comiencen a recoger el barro con la lengua lo único que indica es que tenemos instalada en el tuétano una sumisión servil que ya quisieran para sí los cortesanos de la primera dinastía egipcia, que se dejaban enterrar vivos con el faraón.

El ejército español cuenta con 120 000 efectivos. El Gobierno español, a través de su agencia de publicidad (RTVE), paga 14 millones al año al palmero televisivo de su amado líder. En ese mismo escenario los españoles dependemos de la caridad de nuestros convecinos para contrarrestar los efectos de una catástrofe como la valenciana, y si protestamos somos ultraderecha. Si podemos tragar con eso podemos tragar con todo, y ellos lo saben.

Un país sin ciudadanos

Ellos (que llevan gobernando España desde 1982) saben que esta versión del turnismo funciona porque vienen los fachas o porque vienen los rojos, alternativamente, y como el habitante de España (no el ciudadano) tiene como principal gasolina electoral el odio y el miedo y ellos fomentan ese odio y ese miedo, el turnismo, una vez superada la crisis de la pasada década, tiene un futuro más esplendoroso que la cuenta corriente de Broncano.

Que Sánchez y Mazón sigan a estas horas en la poltrona solo se entiende porque vienen los fachas, o los rojos, y porque en España esa clase media ilustrada y pequeñoburguesa que tiene biblioteca en lugar de redes sociales no es más una minoría menguante en lugar de aquella mayoría que una vez soñó ser. Porque entre la amenaza de rojos y fachas que vienen y van y una población (pero no una ciudadanía) que se debate entre el sesgo y la ignorancia absoluta, la próxima vez que nos pongan una urna delante tenemos toda la pinta de ir a votar a la misma caterva de facinerosos que se reparten al azar las siglas porque que gobierne siempre el mismo partido (que es lo que en realidad ocurre) queda feo.

Esta reata de políticos iletrados que elegimos entre todos y a los que pagamos entre todos para que sigan desmontando nuestra democracia en nuestra santa cara no son de los nuestros, pero los ponemos ahí nosotros, y mientras esto no apunte a una elección meritocrática que tenga en cuenta algún logro, algún mérito, no sé, como escribir las propias tesis o al menos saber escribir, las futuras generaciones, que tratarán de encontrar alguna explicación a por qué nos dejábamos gobernar por delincuentes, solo encontrarán en nosotros una respuesta mecánica, inane, como de tonto del pueblo: «Es que venían los fachas».

P. S.: «Si necesitan más recursos que los pidan», dijo el faraón, sin saber que al decirlo estaba respondiendo por fin a la gran pregunta: «¿Cómo me recordará la historia, Màxim?». Y no me vengan con que estaba poniendo los recursos a disposición de la Comunitat, porque observen la diferencia: el rescate de Globalia estaba ultimado ya el 8 de agosto de 2020 cuando se pidió oficialmente dos días después, el 10 de agosto. Ahí no; ahí no hizo falta ni pedirlo.

Borges, Quino y la distancia

Las dos personas que mejor explicaron la condena y miseria que supone para los pobres humanos el dispensador de dopamina eran argentinos y lo hicieron décadas antes de que aquel fuera siquiera una posibilidad.

Observen esta joya del genio de Mendoza:

Y si Quino es un genio a Borges no sé ni cómo llamarlo. Dice en El Aleph:

«El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, […] vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo. […] vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa,
vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas…».

La vida humana es lo contrario del dispensador de dopamina. La falsa sensación de tenerlo todo al alcance de la mano que nos brinda el móvil es un desestabilizador de todo lo bueno y sano a que podemos aspirar. Con todo, ¿en qué nos ayudan las geniales metáforas de los dos argentinos? ¿Qué nos permiten concluir, en qué avanzamos?

El hombre en busca de cobertura

Es la tira de Quino la que nos da la clave: la distancia. Es la distancia que nos separa de nuestros objetivos la que nos pone a caminar, a recorrer el camino de la vida del que habla Tolstói. La única premisa para viajar es que exista una distancia que salvar.

¿Para qué vamos a poner un pie delante del otro, con lo peligroso que es eso, si tenemos la sensación de tenerlo todo en el bolsillo? ¿Hacia dónde iríamos?

No es una metáfora: el móvil nos dispensa dopamina y nos dispensa de vivir. No es necesario conocer nuestra ciudad si Maps puede guiarnos. No es necesario leer, pues la inteligencia artificial los algoritmos correlacionales nos preparan un resumen de cualquier asunto en un pispás. No es necesario mirar al prójimo a la cara. No es necesario hablar, siquiera por teléfono. La gran paradoja de nuestro tiempo es que el teléfono móvil ha hecho que dejemos de hablar por teléfono.

El Big Crunch intelectual es el precio a pagar por llevar un Aleph en el bolsillo. Y no compensa, porque es un falso Aleph.

Escribir en España es siempre quedarse corto

En Sharpe y el águila del imperio, la novela con que Bernard Cornwell ―autor también de El último reino― inicia la saga del fusilero Richard Sharpe, y en el contexto de la batalla de Talavera de 1809, en la que ingleses y españoles luchamos hombro con hombro, o casi, el escritor inglés cuenta como cuatro cuerpos de soldados locales salieron huyendo en tropel durante los prolegómenos de la refriega al escuchar los disparos… de sus propios fusiles.

El episodio, viniendo de un escritor inglés y teniendo en cuenta la proverbial inquina que en general nos han profesado los británicos (y nosotros a ellos, uno se mide al fin y al cabo por la entidad de sus enemigos) tiene toda la pinta de ser falso… hasta que uno lee el testimonio del propio general De la Cuesta, que se vio obligado a fusilar a 50 de sus propios soldados por desertar.

En una novela los hechos reales rechinan por insólitos, pero en España el surrealismo no es más que costumbrismo. Berlanga lo sabía.

Pero vamos al turrón. Si la anécdota de Cornwell parece forzada de tan real, los periódicos nos dejaron la semana pasada una imagen perfecta de lo que son nuestros políticos, una pirueta alegórica que ningún escritor podría soñar conseguir. Una síntesis virtuosa de todo lo que debería reunir la buena literatura: metáfora, desvergüenza, economía de medios y capacidad de maravilla.

No sé si recuerdan a José Félix Tezanos, el hombre que se gasta al año 16 millones de euros (más de dos broncanos) en hacer encuestas que luego condimenta hasta el sonrojo para darle gustito al marido de Begoña.

Pues bien; el marido de Begoña, al darse cuenta de que un CIS dirigido por Tezanos es capaz de despistar hasta a Su Clarividencia, y en lo que entiendo que es el último intento del marido de Begoña por mantener algún contacto con la realidad, ¡ha contratado a José Pablo Ferrándiz, un politólogo experto en comportamiento electoral para que le diga la verdad!

Es maravilloso. Dado que los 16 millones de euros no son suficientes para que Tezanos controle sus instintos y no cocine las encuestas con setas alucinógenas, el marido de Begoña se ha visto obligado a gastarse nuestro dinero, además de en el quehacer lisérgico de Tezanos, en otro asesor más que le descuente las mentiras que le cuenta el bueno de José Félix.

Es que, insisto, el asunto rezuma esencia literaria: desbordado por el monstruo que él mismo ha creado, despistado por la mentira que le sufragamos entre todos para que crea que alguna vez sacará más escaños que Almunia, el cónyuge de Begoña ahora tiene que pagarse ―como un tirano alucinado que juega a los soldaditos de plomo alternando dos gorras de plato― un nuevo sueldo a nuestras expensas para no tragarse las mentiras que le cuenta José Félix, al que paga para que le mienta. No, en serio, piénsenlo: paga a Tezanos para que le mienta y a Ferrándiz para que le diga en qué le miente Tezanos. No sé, a mí la única imagen que me viene a la cabeza es la de Chaplin bailando con un globo terráqueo.

Si un escritor imaginara una alegoría semejante el Cervantes sería instantáneo. Qué demonios: el propio Cervantes se le aparecería en su casa para hacerle una reverencia. En cambio, nuestro amado líder lo perpetra como si nada. Y mientras ustedes, que son unos tunantes, solo se fijan en que encarga a los etarras las leyes sobre seguridad o que su partido apoya la tortura en Venezuela. Manía de ver el vaso medio vacío.

Ese desvanecerse

En la radio es imposible no escuchar mensajes de los oyentes. En cualquier plataforma la información se interrumpe para leer siquiera el nombre de los suscriptores, los whatsapps de los televidentes, los tuis de los parroquianos.

El espectador, que también es persona, quiere ser protagonista. Ya ni siquiera el medio es el mensaje, como decía McLuhan; el receptor es el mensaje. Esa ansia de protagonismo que todo lo pervierte.

Esa afirmación omnímoda del yo es fuente de descalabros. Esa necesidad de ser uno mismo el protagonista de todas las películas debe de resultar agotador. A mí escuchar, entre la quinta de Mahler y la danza Trepak, que al padre de Eduarda le gustaban los altramuces o que hoy era el cumpleaños de la madre de Asdrúbal, aun manifestando desde ya mi profundo respeto por ambos, me deja frío. Al no conocerlos.

Proust dice preferir el libro al viaje porque al viajar se lleva uno consigo la mirada, mientras que leyendo uno aprende a mirar con otros ojos.

En electromagnetismo están la fuente y el sumidero: la dimanación y la absorción. Sumidero suena peor, claro, en un mundo de personas vitamina, pero yo creo que la felicidad está en mirar, en escuchar, en absorber. En dejar, siquiera un instante, de ser. En desleerse uno mismo para sentir al otro (ese otro que es el infierno para uno de los personajes de Sartre, pero Sartre era un mezquino que en su vida invitó a café), lo otro. Prueben a deshilacharse, a marchitarse, a apenas consistir. Esa mediatarde esencial de otoño, esa pereza.

No somos un producto ni un anuncio ni un depósito de likes. No necesitamos ser mucho; algunas competiciones es mejor no empezarlas. Somos apenas un conato, un suspiro, un devaneo en la frontera del silencio. Abandónense.