Sergio C. Yáñez (Madrid, 1977) es politólogo, sociólogo y doctor en Arquitectura. Actualmente es profesor de Lengua y Literatura en la Universidad Francisco de Vitoria y en el aula hospitalaria de la Unidad de Oncopediatría del hospital Montepríncipe. En ambas instituciones dirige un Espacio de Cultura.
Es autor de La danza del oso (Didaskalos, 2025), El abismo que nos llama (Alhulia, 2024), Púgil con bombín (Alhulia, 2016), La mano (Alhulia, 2014), y participó en la antología Amores canallas (Sial Pigmalión, 2019). También ha colaborado en Arte público urbano y calidad de vida (Conarquitectura, 2024).
Cuando parece que el mundo está contra ti es cuando los hombres verdaderamente geniales saben brillar.
El destino, a menudo agraz con los grandes, te ha puesto trampas ante las que el hombre común habría claudicado. Te ha dado, sin tú saberlo, un número 2 corrupto, un número 3 corrupto, un hermano con dificultades para encontrar su puesto de trabajo, una mujer que trapichea con empresas y universidades. Un suegro proxeneta. Ahora dicen que amañaron las primarias para hacerte ganar (los que estaremos aquí hasta el final sabemos que lo hiciste por guapo). Hasta te escribieron la tesis sin tú saberlo. Malditos.
Cuando te falten las fuerzas recuerda los golpes gorilescos de Mahesú, el apoyo desinteresado de etarras y supremacistas, las lágrimas de Chivite. Tienes que resistir, Pedro, porque muchos dependen de ti. ¿Qué hará Margarita sin tus humillaciones, Hernand sin tu suela, Charo sin tu póster? Aguanta, Pedro, por lo menos hasta que desmontemos la Cruz. Aguanta un poquito, hasta que te rescate Lo País o Broncano (ay, pobre Broncano) o el voto por correo. Aguanta porque Franco.
Tienes que aguantar, sobre todo, porque no será hasta el final, hasta el último párrafo de la última página, cuando entendamos realmente quién eres, cuando comprendamos lo lejos que estamos todavía del cubil de la bestia y recibamos la benéfica lección de que un sistema democrático puede albergar monstruos. Necesitamos hasta el último punto de la última página. No te vayas ahora. Ya no.
Nuestras madres nos enseñaron que las relaciones humanas son como jarrones de la dinastía Ming: algunas palabras, por pronto que se retiren, las rompen para siempre. Podemos pedir perdón, podemos intentar pegarlas, pero ya nunca es igual, porque somos seres, en esencia, idealistas.
Y es que no se pueden pasar por alto ciertas cosas. Si lo hacemos, aceptamos que el mundo está mal, que la ética es solo una palabra, que es muy cansado hacer las cosas bien.
El yerno de un proxeneta no debería nunca ser presidente del Gobierno de una democracia liberal. Si hay que explicar esto es que estamos peor de lo que pensamos. Tampoco debería serlo, ojo (y aquí esta entrada pierde a la otra mitad de sus lectores), el amigo de un narcotraficante. «Cuando yo lo conocí solo era contrabandista» dice el tipo, para arreglarlo.
Para que triunfe el mal lo único necesario es que la buena gente no haga nada. Y el mal está triunfando, porque las pequeñas concesiones a la flojera moral terminan siempre por convertirse en catástrofes históricas. «¿Como pudo suceder esto?» nos preguntamos luego siempre. «Porque una vez, en el recreo, hace muchos años, te burlaste de alguien más débil que tú».
El yerno de un proxeneta no debe ser presidente de nada, entre otras cosas, porque en España hay muchísimas personas cuyos suegros no regentan burdeles vaporosos.
Esto nos lleva al Barcelona, el club que paga dinerito fresco a los árbitros para que le favorezcan en el campo y, lo que es más alucinante, no está en segunda. El club que no debería haber inscrito a Dani Olmo, el club que alineó indebidamente a Íñigo Martínez ante Osasuna sin que nunca pase nada. Les sonará Íñigo Martínez, es el jugador que escupe a los rivales cuando las cosas no le van bien. Luego volvemos a él, porque hay más.
El Barcelona es uno de los clubes que agravia al himno de todos nosotros sin que ocurra nada. Es el club cuya masa social lanza al campo botellas de whisky y cabezas de cerdo porque ¡otro equipo fichó a uno de sus jugadores! y adivinen: nada ocurre. El Barcelona es el club que no se presentó a un partido de Copa y no recibió sanción, es el club que falseó sus cuentas para poder inscribir e inscribió, el club de Ovrebo en Stanford Bridge, de la segunda amarilla a Van Persie, de los penaltis por desmayo contra el PSG.
El club ―solo un dato más, así como resumen― que después de sobornar a los árbitros durante 17 años, no fue sancionado con penalty en contra durante 78 jornadas de Liga. Y aquí seguimos, silbando melodías.
Pues bien: ese es el club que esta semana ha protestado por haber recibitdo un arbitraje neutral. La primera conclusión es clara: quien recibe prebendas durante tanto tiempo termina por detestar la justicia, se convierte en un cuerpo extraño a toda idea de equidad.
¿Qué podemos, entonces, aprender de todo lo anterior? Si superamos la náusea, el asunto nos permite reflexionar sobre la disciplina, las amenazas no cumplidas y la tolerancia infinita hacia los comportamientos reprochables.
Porque está en nuestra naturaleza pensar que cuando malcriamos a alguien, cuando sobreprotegemos a alguien, cuando damos más de lo que deberíamos dar estamos ganando prestigio o ameritando agradecimiento. Lo que estamos haciendo, simple y llanamente, es crear ―criar― un monstruo. Alimentar a la bestia.
P. S.: En el fútbol hay dinastías, categorías de jugadores que se agrupan por sus características. La de Íñigo Martínez es la de Jordi Alba, que tampoco es el cuchillo más afilado de la cocina: aquellos jugadores a los que ni siquiera soportan en su propio vestuario.
Estamos a dos piperos de que Ancelotti sea el peor entrenador de la historia. Hay muchos tipos de piperos, pero todos ellos son reconocibles. No existe el pipero sorpresivo, el pipero no embosca, siempre ataca a campo abierto.
El pipero le reza novenas a su santo patrón, Jorge Valdano, y todas las noches, antes de dormir, lee unas paginitas de Álvaro Benito como los franceses leen unas paginitas de Proust.
El pipero, cuando ve los tacos de Maffeo incrustados en el cóndilo femoral de Vinícius, dice: «Es que Vinícius protesta mucho». El pipero quiere ser amigo de sus amigos del Atleti, así que para congraciarse con ellos se declara partidario de vender a Vinícius. Siente la tentación de pitar a Mbappé, aunque no sabe muy bien por qué. El pipero es madridista a su pesar, como si fuera una carga o un baldón. El trabajo de ser madridista es demasiado para el pipero.
El pipero es muy dramático; se le puede contratar como plañidera. No piensa que el ciclo de Ancelotti haya terminado, sino que el italiano no tiene pajolera idea de fútbol. Al pipero le gusta insultar a los suyos en nombre de no sé qué imparcialidad. El pipero desconoce que el deporte es, precisamente, parcialidad. Ignora que se apoya hasta el final. Se cree hasta el final.
Por eso, la lealtad del pipero dura lo que se tarda en partir una cáscara y desecharla.
El verdadero reto del madridista, como el del español o el madrileño, no es el de sobrevivir al enemigo natural, sino sobrevivir al pipero, porque el enemigo ataca y uno puede defenderse, pero el pipero (el enemigo en casa) gangrena y necrosa el miembro propio. Al suelo, que vienen los míos.
La política estropea todo lo que toca. La única esperanza que nos cabe albergar es que la política solo toque a los políticos, porque ellos ya están rotos. No es un reproche, sino casi una muestra de agradecimiento: alguien tiene que desempeñar un trabajo que, con mucha probabilidad, te convierte en un mentiroso y un corrupto. No debe de ser fácil que tu trabajo te vaya carcomiendo los principios.
En el siglo XXI la política cuenta al cine entre sus víctimas: lo ha aniquilado. Hemos mejorado, si comparamos con lo que la política le hizo a Europa en el XX y anteriores: mejor que la política destruya el cine que un continente entero.
La política ha destrozado el cine porque, sometiéndolo a sus dictados paranoicos acerca de no sé qué corrección ha eliminado lo más sustantivo que tiene cualquier arte: la capacidad de aspirar a decir lo que no se puede decir de otra manera, lo que implica tanto construir mundos que no existen como hablar de lo inefable. Ese es ―era― el privilegio del arte.
Tolkien, profundo católico, lo llamaba subcreación. Cada vez me parece más dudoso que esa maravillosa alquimia amerite un sub-.
Poesía, en el sentido de los antiguos, es decir, mucho más narrativa y menos abstrusa, encuentra su raíz etímológica en ποίησις (poíesis, producción o creación). Esa raíz también la encontramos en autopoyético (que se crea a sí mismo) o en hematopoyesis (producción de los elementos presentes en la sangre). Interesa del arte la aparición, el génesis, la negación de la realidad por la afirmación de lo ficticio.
No es intención de esta entrada hablar en abstracto. Para mí esa construcción de mundos que conseguían las películas no politizadas tiene más o menos este aspecto:
Es Bruce Spence caracterizado como Jedediah el Piloto en Mad Max: más allá de la cúpula del trueno (1985) y la miniatura que aparece a su lado es Adam Cockburb como Jedediah Jr. Ambos llevan salacot, claro, porque con salacot siempre aciertas.
Había algo profundamente sugerente en el personaje de Jedediah, que para mayor enigma/leyenda tenía una relación de parecidos y diferencias con el capitán Gyro de Mad Max 2, también interpretado por Spence. En todo caso, ambos nos proporcionaban un estereotipo del aventurero, del explorador del desierto postnuclear con un ramalazo steampunk más que evidente.
Para más inri, Spence se parecía y se parece a Stewart Copeland, batería de The Police, lo que traía inmediatamente el aroma de Tea in the Sahara, la canción del 83 basada a su vez en El cielo protector, el libro de Paul Bowles. Se construía así una especie de metafísica del desierto, una caracterización de la última frontera, el hallazgo feliz de un nuevo territorio a conquistar. Zedediah y su hijo nos invitaban a explorar lo inexplorado, que es lo que debería hacer el arte por encima de todas las cosas.
Por eso murió el cine de aventuras primero y el cine después. Porque el artista está hoy obligado a llenar la obra de una serie de condicionantes DEI/woke/neomarxistas. Es la política, entonces, instrumentalizando el arte para aniquilarla, como hizo siempre que la tocó con sus manos ponzoñosas. Así pintaba Pyotr Konchalovsky en 1917:
Scheherazade, 1917. Pyotr Konchalovsky
Y así lo hacía en 1948, 30 años después, una vez la URSS hubo decidido que el realismo social(ista) era el único estilo admisible. ¡Que desaparezca todo rastro de creatividad, de imaginación, de libertad!
De la siega, 1948. Pyotr Konchalovsky
¿Cómo expresar la tristeza que nos produce que el marxismo haya vuelto a tomar las riendas del arte, de lo que es aceptable o no en el arte, pero esta vez en todo el mundo y no solo en la URSS? ¿Cómo hemos permitido este disparate?
Y, de forma colateral pero dramática, ¿cuánto tiempo perdemos combatiendo la censura de la política de la cancelación en lugar de pergeñar obras dignas, imaginativas, pujantes? Todo esto es soportable porque adivinamos la llegada de una generación mejor que la nuestra, que pierda el miedo a opinar, a protestar y a crear. Los jóvenes son, como siempre, nuestra esperanza más acabada.
P. S.: Lo de Bruce Spence es notable: el tipo aparece en al menos alguna de las entregas de estas cinco sagas: Mad Max, La guerra de las galaxias, Matrix, El señor de los Anillos y Narnia. Sale en la estupenda Dark City, de propina. Si no lo recuerdan en la Tierra Media quizá sea porque no han visto la versión extendida de El retorno del rey:
El silencio es el ruido de los pensamientos o, mejor, es su preámbulo. Pensamos que el ser humano, en ausencia de obstáculos, camina hacia lo que es más conveniente para él. No es cierto: a menudo huimos de todo lo que es bueno. El silencio es, junto al orden, el lujo más económico.
Los calígrafos japoneses utilizan para escribir barras de tinta Sumi en lugar de tinta líquida. Dicen que el proceso de frotar las barras contra la piedra para licuarla y mezclarla con agua les aquieta la mente. Es necesario aquietar la mente antes de escribir.
Pirrón preconizaba la epojé, la suspensión del pensamiento, la ausencia de afirmación o negación para afrontar una reflexión sana, preclara y fuerte. Es necesario, de nuevo, aquietar la mente.
Silencio no es aquí literal, porque el silencio total, paradójicamente, amplifica los ruidos. Se trata de una calma, de un despojarse (que suena como, aunque no deriva de epojé), de un dejar de lado todo para afrontar la tarea ante nosotros no como si fuera la última sino como si fuera la única.
Es un silencio que niega lo que nos aflige o conturba, que orilla lo innecesario, que permite la concentración.
Es necesario limpiar los pinceles antes de volver a utilizarlos. Es necesario limpiar la mente antes de volver a utilizarla. El sueño es el agua de la mente. El sueño es el silencio definitivo, porque aparta al mundo de nosotros. Por eso los sueños lúcidos son una traición, un desengaño. No poder soñar, no poder desentendernos de nosotros nos conduce a la locura.
Si sonara, ese silencio se transfiguraría en el conjunto de caóticas probaturas que acometen los miembros de la orquesta antes de sincronizarse en el lenguaje más sublime. Exactamente el sonido que suena al comienzo de Nightswimming, de R.E.M. La tempestad que precede a la calma.
Les voy a pedir que utilicen su imaginación hasta lo inconcebible.
Imaginen que en una democracia de nuestro entorno (Unión Europea, OCDE o el entorno que ustedes prefieran) existiera un presidente que mintiera más que el barón de Münchhausen y que ni siquiera hubiera escrito su propia tesis doctoral al frente de un gobierno de ministros puteros y/o comunistas, casado con la hija de un empresario prostibulario que estuviera investigada por tráfico de influencias, corrupción en los negocios, apropiación indebida e intrusismo.
Imaginen un gobierno que nombrara a un portero de puticlub consejero de la principal empresa ferroviaria del país y vocal del consejo rector de sus puertos. Ya, ya sé que estoy llevando al límite su imaginación.
Imaginen un hermano del presidente acusado de malversación, prevaricación y tráfico de influencias.
Imaginen que ese gobierno pactara con secuestradores y asesinos las leyes de seguridad de ese país. Que indultara a los golpistas. Imaginen que ese gobierno estuviera encabezado por un partido político que, de hecho, hubiera dado un golpe de Estado hace décadas.
Imaginen que ese mismo partido se hubiera gastado más de 650 millones de euros destinados a trabajadores desempleados, entre otras cosas, en prostitutas y cocaína. A estas alturas seguro que han percibido cierta querencia del partido imaginario del país hipotético hacia la prostitución. Lo han adivinado: los miembros del partido ficticio se declararían acrisolados paladines de la mujer. Puteros, pero paladines.
Imaginen, en un sobreesfuerzo que roza la temeridad, que ese partido político recibiera millones de votos. ¿Da para tanto su imaginación? Posiblemente no, y he aquí por qué.
La paradoja
Una de las citas más famosas de Marx es la de que la religión es el opio del pueblo, y es una cita interesante. Marx es interesante cuando la semichorrada de la lucha de clases se sustituye por el estudio de las élites.
Porque sí, la religión ha sido un instrumento de las élites para perpetuarse en el poder. Como Hammurabi, a quien vemos en la parte superior de la estela recibiendo sus atributos reales de Shamash, el dios del sol y la justicia. O los faraones, o los reyes del Antiguo Régimen, que según Bodino fueron designados por Dios para ostentar la corona.
Religión en sentido lato, claro: los mecanismos y anhelos de la mente que conducen a la religión. Su capacidad de aferrarse a dogmas de manera acrítica. Su tendencia a fomentar tanto la cerril defensa de lo propio como el odio sin medida a lo extraño.
Porque esa es la principal razón de los socialcomunistas para continuar siendo socialcomunistas y apoyar a los que consideran los suyos: la fe ciega.
Entonces Marx sigue vivo apoyándose en los mismos mecanismos que le afeaba al capitalismo; la adhesión irracional a un programa que no es ni demostrable ni falsable. Porque son las élites en general (incluyendo las comunistas) las que utilizan esos mecanismos y no solo las élites que Marx consideraba el enemigo. Por error de cálculo u omisión interesada la izquierda ignora que la revolución deviene siempre élite cuando victoriosa. Y la élite siempre se aprovecha de las debilidades del rebaño. No hace falta pertenecer a la Escuela de Frankfurt para entender esto.
No comprendemos por qué el votante de izquierdas se obstina en apoyar a chulos, drogatas o ladrones porque no entendemos que sus cerebros no están reflexionando filosóficamente sobre consideraciones éticas, sino bajo el mismo hechizo hipnótico que los derviches. No es una cuestión de compromiso social o teoría política. El socialcomunista, aunque moriría antes de reconocerlo, vota con el fervor religioso de un yihadista o un Thug.
P. S.: El de la primera foto es Manco Cápac, fundador semilegendario de la civilización incaica a quien se considera hijo del Sol. A 13 000 km y tres milenios de distancia de Hammurabi y sin contacto posible entre ellos y, sin embargo, ambos reciben el poder del Sol. Cosas veredes.
P. S. S.: Leo que el socialcomunismo empieza a cuestionar la presunción de inocencia y (entiendo que) por extensión la Ilustración. Deberíamos empezar a tener algo de miedo, aunque si su intelectual de referencia (de ellos) es Mahesú Montero el miedo sin duda se atenúa.
Ya lo saben: la Comunidad de Madrid va a prohibir para el próximo curso el uso de pantallas en Educación Primaria pública y concertada. Interesan diversos aspectos de la decisión, el más importante de ellos el de que los colegios dejemos de ser agentes de adicción para los miembros más frágiles de la sociedad. Dicho sin ambages, la decisión impedirá que los profesores sigamos siendo los primeros camellos de los niños madrileños.
Hace dos semanas en este blog se avisaba de la posibilidad de hacer el ridículo intentando ser el más moderno y convirtiéndose como por arte de magia en caspa.
Las pantallas son de pobres
Mi compromiso con este blog es el mismo que el de Phoebe con los niños de la biblioteca: no sé qué de una vaca y unas hamburguesas.
Una persona confiable lo dijo hace tiempo: los hijos de las élites están aprendiendo a amasar pan. La pantalla es la destilación perfecta de la mentalidad de pobre: una trampa del crecimiento bajo un aspecto de sofisticación.
Ahora vamos con eso, pero para caracterizar la diferencia entre la mentalidad de pobre y la de rico (y no es necesario ser ni una cosa ni la otra para tener ni una ni otra mentalidad) valga el concepto de los gastos termita. Los gastos termita son esas pequeñeces que el pobre, pensando que consumir es de ricos, acomete sin rebozo. Total, son tres euros. Total, 1,80. Total, 400 euros al mes. El rico, en contra de lo que piensa el pobre, no gasta. El rico ahorra, y solo gasta cuando después de mucha reflexión decide que ese gasto esa inversión merece la pena, entre otras cosas, porque la heredarán sus nietos. El rico gasta pocas veces aunque gaste mucho más en cada operación; le sigue compensando.
La pantalla es la materialización de lo que deberíamos llamar el tiempo termita: creyendo que estamos haciendo algo con nuestro recurso más preciado, lo estamos en realidad tirando por el desagüe, como si nos sobrara, de la misma manera que hacemos con los tres euros o el 1,80. Total, lo miro dos minutos. Total, lo vuelvo a desbloquear. Total, 300 horas al mes.
Por si fuera poco, a menudo las dos termitas se juntan, porque ¿quién no tendría la aplicación de Amazon en el móvil, con lo cómoda que es? ¿Han visto lo accesible que es la página de Zara? Y si por mala suerte necesito pagar en vivo puedo al menos hacerlo con mi iPhone, como los ricos. Total, por unos ridículos 20 euros al mes hasta 2030 Movistar casi me lo está regalando. Los ricos heredan las mesas de roble de sus antepasados, pagadas a tocateja; los pobres heredan las deudas de sus abuelos por un móvil que ya no existe.
Cui prodest? Todo círculo necesita un cierre, un broche, una burla final. ¿A quién beneficia esa miradita al móvil, ese euro con ochenta? Lo han adivinado, a los que compran mesas de roble macizo para seis generaciones. Uno no se pasa la infancia amasando pan y estudiando libros de verdad para ser pobre, sino para diseñar la trampa del crecimiento suprema: el método de drenaje definitivo del exiguo peculio de los pobres. Los pobres somos vacas lecheras en los establos de las empresas transnacionales. La próxima vez que vean a un rico sosteniendo una tablet observen hacia dónde apunta su pantalla.
Están entre nosotros. Piden el número en la frutería y lavan el coche los sábados. Cobran su sueldo como cualquier hijo de vecino, pero viven a expensas de los primos que les rodean.
En Mesopotamia ya sabían que uno podía vivir del esfuerzo de los demás, obtener beneficios sin producir ningún bien, extraer riqueza de la propia riqueza. Dicen de Bruto, ya en los prolegómenos del Imperio Romano, que adornaba sus préstamos con un coqueto 48 %.
Todos corremos en mayor o menor medida este riesgo, así que no vamos a citar las profesiones más proclives para que no se nos enfaden los críticos de cine ni los políticos (oops!), y porque lo que más interesa aquí es el mecanismo psicológico que ponen en juego las rémoras para seguir viviendo de gorra: «me necesitas». Todos los manipuladores saben que cuando se instala en la psique del otro la fantasmagoría de la dependencia se puede hacer con esa persona literalmente cualquier cosa.
Los miembros de las federaciones deportivas y las diferentes ligas saben (vaya, otra vez) que uno puede comenzar organizando el calendario y terminar por creerse imprescindible y cobrar un sueldo millonario a costa de los incautos que se lo permiten. Javier Tebas, según Business Insider, ganaba 350 000 euros en 2015 y ahora, 10 años después, está entre 3 kilos y medio y 5. Una de las funciones de Tebas es la del control económico. A ese respecto basta con ver cómo controla al FCB.
Otro de los éxitos de Tebas es el haber traído al fondo británico CVC Capital Partners a la Liga. En 2021 se acordó que CVC aportaría unos 2000 millones de euros a los equipos de primera y segunda a cambio del 9 % del rendimiento económico de los próximos 50 años. En el penúltimo ejercicio el fondo ya ha cobrado de la Liga 110 millones, lo que supone un 60 % de subida respecto al ejercicio anterior, y quedan 47 años de poner el cazo… ¿Quizá CVC y por tanto Tebas se beneficiaron de las urgencias de los clubes por culpa de la pandemia para hipotecar su futuro en beneficio propio? No creo, ningún fondo de inversión se comportaría así. Pero esperen.
Resulta que de los 1929 millones que prometió la entidad a junio de 2023 solo había entregado 1446, mientras que la Liga ya ha realizado tres pagos: 11,3; 69,7 y los mencionados 110 millones.
En resumen, que CVC ha aportado 1444 millones y ya ha recuperado 191, por lo que no hay que ser un lince para estimar que en unos 10 años habrá recuperado la inversión (si es que termina de realizarla en junio) y que se pasará 40 años llorando de la risa y secándose las lágrimas con los billetes de los clubes, o bien, como ya han anunciado, vendiendo antes sus derechos a otro fondo para que terminen de esquilmar a la gallina de los huevos de oro.
¿Que por qué los presidentes de los clubes (excepto Su Florentineza, Laporta y Elizegi-Uriarte) han transigido con la maniobra del dirigente costarricense? En primer lugar por la mencionada urgencia y después y sobre todo porque ninguno de ellos estará en el cargo cuando dentro de 50 años hagamos balance del timo (es un timo y no una estafa, porque hay primos y no incautos).
Entonces, como el marrón es a largo plazo pero el líquido entra inmediatamente, aquí hay dinero para todos y se considera adecuado bañar en pasta a Tebas, dado que, como dice Goyo Jiménez, «aquí el dinero lo tenemos cuatro cabrones». Sabemos cómo estallan las burbujas financieras, pero conviene estar atentos a cómo y sobre todo quiénes las inflan.
P. S.: Nos dice Nietzsche que no conviene inflarse porque entonces es más fácil que lo pinchen a uno. Lo que vale para las personas debería valer para los mercados, pero desde Mesopotamia sabemos que la ambición puede siempre más que la prudencia.
Construir un Fórmula 1 y ver una carrera son, quizá, las dos actividades más diferentes que se puedan llevar a cabo. No queda nada de una en la otra.
Cuando yo pienso que Ancelotti hace los cambios tarde, pienso simultáneamente que él tiene razón y yo no. Al ser el mejor entrenador de la historia.
Los legos podemos permitirnos lujos que él ni siquiera contempla: el romanticismo, el optimismo, la furia.
Cuando me siento a ver a mi equipo jugar contra el Lille en la primera fase, espero que mi equipo gane en Lille. Cuando Ancelotti va a Lille en la primera fase, Ancelotti quiere ganar en Múnich. Es una diferencia sutil, casi imperceptible, que lo explica todo.
El Lille, que quedó séptimo en la primera fase, está fuera. Cuatro de los primeros ocho equipos están fuera. Ancelotti quedó undécimo. Ancelotti está en cuartos.
Si pudiera prohibir a sus jugadores celebrar los goles para ahorrar «enerllía», no dudaría un momento.
Los analistas, que no son Ancelotti, siguen reclamando un número de goles, tener el balón en no sé qué zona, jugar cada partido como si fuera el último. Lo que le exigen, en realidad, es que pierda. Al ser este un país de mediocres.
Esta entrada aún no ha empezado. Lo que Ancelotti entiende mejor que nosotros es que no se juega al fútbol de su cabeza, sino al fútbol que existe en la vida real: un fútbol en el que se exprime a los jugadores como a naranjas en sazón, un fútbol de postadolescentes malcriados pero hiperprofesionales, y para colmo lo entiende desde un club al que se ama y se odia a partes iguales, un club que es el terror del continente y la envidia del país.
Con un gramo menos de sabiduría que Ancelotti ya no se podría ser Ancelotti. Los equipos de Guardiola juegan al guardiolismo. Los equipos de Ancelotti juegan al fútbol, a este fútbol. Desprenderse de los modelos mentales y asumir la realidad es prodigioso privilegio de los hombres sabios. Ancelotti acepta la vida tal y como es. En el vestuario de Ancelotti no hay espejos.
Ancelotti se deja atropellar por el fútbol porque sabe que es la única forma de subirse a su grupa, como con los gusanos de arena de Arrakis. Ancelotti es nuestro Mahdi.
El problema de los dibujos y cuadros que solo buscan ser modernos, ser consciente y rabiosamente modernos, es que tanto el papel como el barniz amarillean.
Para no hacer el ridículo es muy importante imitar a los inversores: que el último euro lo gane otro. No ser el único en utilizar «empoderamiento», «digitalización» o, ya lo verán, «inteligencia artificial».
El problema de intentar ser solo moderno, por ejemplo, en educación, es que de repente uno se da cuenta de que no hay nada mas casposo que ese Kahoot! que uno acaba de hacerle a sus alumnos.
El Gobierno, que no sabe absolutamente nada sobre educación, se está gastando 50 Broncanos (1 400 000 000 de euros, aunque quién sabe, lo mismo el dinero termina invertido en una sauna) en «avanzar y mejorar en la digitalización de la educación», es decir, en crear adictos a las pantallas.
El plan se llama #DigEdu y, para dar vergüenza desde el principio, tiene un anacoluto ya en el nombre: Plan de Digitalización y Competencias Digitales del Sistema Educativo, no solo porque a nadie en toda la Administración le importa un ardite expresarse con corrección, sino porque es más prudente que nadie se haga ilusiones con la capacidad de este y cualquier otro plan que dependa del Estado para promover una educación real, una formación integral del ser humano, una transmisión de esa herencia inefable que llamamos cultura.
No conozco a ningún profesor, pedagogo ni alumno mínimamente serio que sepa decirme una sola ventaja de estudiar pegado a una pantalla. Si no me creen, tomen la tableta de su hijo y abran la versión digital del libro de texto. Imaginen tener que estudiar en ese soporte. En serio, se lo ruego, háganlo.
Las multinacionales tecnológicas han acumulado tanto poder que los conceptos de grupo de interés o grupo de presión se quedan a la altura del betún a la hora de intentar cuantificar su capacidad de influencia. Son más poderosas que los Estados, en parte por el volumen de capital que han acumulado en los últimos años y en parte porque estamos pasando una fase (espero que transitoria) de empollardamiento colectivo.
Si entran en la presentación del plan y no mueren de alipori con los vídeos, puede que lleguen al final y puedan leer las únicas dos palabras de la página que no están hechas de humo: robótica y programación. Es evidente que la electrónica constituye un tipo de tecnología utilísima que permite, por ejemplo, hacer tomografías computerizadas u operar a miles de kilómetros de distancia con un Da Vinci. La electrónica es una tecnología (una de ellas, no la tecnología) fascinante, una herramienta casi indispensable, pero no es ni puede ni debe ser el norte ni la guía de ninguna educación que se precie de serlo.
Pero la moto que las tecnológicas le siguen vendido a Bruselas y a todos los gobiernos no es la de la programación (disciplina exigente a la que nunca se dedicará, por otra parte, el 100 % de la población), sino la más cuestionable de pasar el dedo por una pantalla para, insisto, crear desde pequeñitos adictos a sus productos.