Fanfarria para el hombre común

El mayor logro de los últimos 300 años es la constitución de la noción de ciudadano en el siguiente sentido: la emancipación del vasallo mediante la reapropiación de la soberanía, es decir, la transformación del objeto político en sujeto político. Que los García, en fin, sean igual de respetables, dignos y responsables que los Sajonia-Coburgo-Gotha.

La esperanza de todo lo razonable que podría haber en la sociedad es esa algo gris pero razonablemente ilustrada pequeña burguesía que no trata de llamar la atención, que no está radicalizada y que está más o menos de acuerdo en la democracia liberal cuya génesis protagonizó ella misma.

Ese ser humano que paga impuestos sin rechistar es la clave de las sociedades occidentales desde el siglo XV cuando menos. Lo del hombre común u hombre corriente y la propia fanfarria son posteriores: es el vicepresidente estadounidense Henry A. Wallace quien en su discurso de 1942 y sobre la entrada de EE. UU. en la Segunda Guerra Mundial habla de «los albores del siglo del hombre común».

Como era el hombre común el que iba a tener que ganar la guerra, Aaron Copland consideró oportuno dedicarle la fanfarria que compuso a instancias del director de la Orquesta Sinfónica de Cincinnati, Eugene Goossens, que reclamaba a Copland entre otros músicos «enérgicas y significativas contribuciones al esfuerzo bélico».

El hombre común gana (y pierde) las guerras, paga los impuestos y viste los cuellos azules y blancos que la alta burguesía le proporciona. El hombre común es por definición mayoría, y aunque tiene como todo hijo de vecino una ideología, no vive para imponerla ni dramatiza su pertinencia.

El tumor

Todos viven, por tanto, del hombre común y, sin embargo, todos parecen odiar al hombre común.

El hombre común tiene que escuchar todos los días las sandeces de los extremistas de uno y otro confín tratando de convencerse a sí mismo de que la estupidez es pasajera y que somos la generación más leída de la historia. Desgraciadamente, esto ya no es así.

El hombre común se ve obligado a observar cómo la millonada que le paga cada año al Estado sufraga el clientelismo y la corrupción de la clase política, cuando no directamente a sus camellos y burdeles. Clase política; volveremos sobre ella.

El hombre común detesta por igual el comunismo y el fascismo (sabe que son la misma mentira perniciosa) y considera al mundo un lugar imperfecto donde no existen soluciones sencillas. Teme a los iluminados y a los vendedores de humo. Al hombre común le gusta el hombre común.

Sabe que nunca un político arregló nada, pero los soporta con estoicismo porque ha leído lo suficiente como para saber que la alternativa a los políticos son los militares. Solo hay, hasta la fecha, dos maneras de organizarnos: democracia o guerra.

El hombre común está muy orgulloso ―debe estarlo― de haber terminado con el poder arbitrario del Antiguo Régimen. El hombre común venera la Ilustración. Se sabe un producto de la Ilustración.

El hombre común comienza a darse cuenta de que en su seno ha nacido y crecido un tumor: una nueva aristocracia cuyo único norte es el dinero y que son muchísimo más difíciles de guillotinar porque los muy cabrones se apellidan García y no Cominges ni Dampierre.

A la democracia le ha crecido una excrecencia de políticos profesionales hijos de políticos profesionales que solo contemplan la cosa pública como forma de enriquecimiento (o de apareamiento, como Errejón) y no como servicio a sus semejantes.

El hombre común, lo sepa o no, ya no dirige el cotarro, porque hay una manada de tíos corruptos deseando colocar a sobrinos incompetentes. Hay una clase social (son una clase social estanca, privilegiada y con mucha hambre) difícil de detectar porque se apellida Gómez o Sánchez y no Villamejor ni Montmorency, y que como lo único que busca es medrar le da igual que el padre sea escolta de Franco mientras el hijo se lo lleva muerto presumiendo de socialismo (hola, Griñán). El caso, como diría Errejón, es pillar. Ya llegará alguien de su misma clase social que los indulte o les multiplique el sueldo por diez o les abra la puerta de un Consejo de Administración. Todos son Zaplana; a todos les «hace falta mucho dinero para vivir».

Para que triunfe el mal lo único que hace falta es que la gente buena no haga nada. La solución nunca la puede proporcionar quien ha causado el problema. No podemos esperar que esta sarta de comisionistas, narcisistas, puteros y ladrones nos saquen las castañas del fuego antes de que exploten. No podemos mirar al otro lado como si la solución estuviera en su reflejo especular. Si queremos permitirnos el lujo de seguir ―o volver a― llamarnos ciudadanos tenemos que volver a entender cómo funciona el asunto.

No debimos aguantar la primera muestra de soberbia de esta reata de malnacidos. Habiendo demostrado que no solo tenemos la mirada de la vaca ante el tren sino también su misma falta de arrojo, lo único que nos queda es que venga Margarita Robles y nos eche la bronca por no inclinar la cerviz con la suficiente profundidad.

Una cosa es entender la política como un mal necesario y otra cosa presenciar sin hacer nada el ascenso de una plutocracia que entre políticos profesionales y empresarios lobunos está poniendo cada vez más difícil recordar que la soberanía es nacional y popular. Estamos mucho peor de lo que pensamos: solo nos quedan los jueces; son lo único que nos separa de que nuestros hermanos venezolanos exiliados en Madrid nos recuerden conmiserativos: «ya os dijimos que veníamos del futuro».

P. S.: Hoy esta entrada y la Fanfarria de Copland está dedicada a tres hombres comunes de Albal, Godella y Paiporta cuya detención ya nadie recuerda, pero que nos recordaron lo que es la dignidad.

¿Pero el 24.º se mete o no se mete?

Cuidado, porque con quedar 24.os podría valernos. Si se meten 24 lo que no quiero quedar es 25.º. Para vosotros los récords, la virguería y la hipótesis. La decepción del sueño devenido pesadilla. El anticlímax del casi. La victoria moral. Las proyecciones y extrapolaciones y la perpetua hecatombe del porcentaje. La miseria del experto. Sacar a un mediocentro, celebrar antes de tiempo, pegarla al palo.

Yo lo que quiero es ganar Copas de Europa. Para vosotros los debates y las pieles del oso que nunca cazasteis. En nada es superior el vikingo a cualquier otro tipo de hincha. En casi todo se parecen: yendo dos abajo calculamos cada cuántos minutos sería conveniente marcar para no irse al rinchi. Cada diez, cada cinco minutos. Cada siete segundos. En algo se diferencian: el Madrí con frecuencia cumple los plazos por absurdos que resulten. Se confía hasta el final. Tiempo añadido, 6 minutos.

Lo digo porque veo saliendo de sus tumbas a los muertos de permiso, y detesto ver a mis semejantes haciéndose daño. Cuidado, no vaya a ser que nos dé por ganarla. Solo tenemos 23 equipos por delante, una proporción que haría feliz a cualquier madridista con el colmillo seco. Si se puede se debe. Guardad el champagne. Somos el Real Madrid.

Tenemos los políticos que merecemos

Si pagando un 40 % de impuestos aceptamos que cuando vienen mal dadas (cuando, por ejemplo, llega el agua y nos llena de barro la casa) quienes nos limpien las calles y las casas y nos den alimento y abrigo sean nuestros vecinos y no nuestros gobernantes (servidores públicos) puestos de rodillas y rascando el lodo con las uñas es que tenemos exactamente los políticos que merecemos.

Que el Estado de la 15.ª economía mundial no haya sido capaz de organizar una respuesta colegiada y poderosa ante una tragedia como la valenciana y como consecuencia de esa inacción no hayamos ido a la plaza de Manises y a la Moncloa con antorchas a exigir que nuestros gobernantes servidores comiencen a recoger el barro con la lengua lo único que indica es que tenemos instalada en el tuétano una sumisión servil que ya quisieran para sí los cortesanos de la primera dinastía egipcia, que se dejaban enterrar vivos con el faraón.

El ejército español cuenta con 120 000 efectivos. El Gobierno español, a través de su agencia de publicidad (RTVE), paga 14 millones al año al palmero televisivo de su amado líder. En ese mismo escenario los españoles dependemos de la caridad de nuestros convecinos para contrarrestar los efectos de una catástrofe como la valenciana, y si protestamos somos ultraderecha. Si podemos tragar con eso podemos tragar con todo, y ellos lo saben.

Un país sin ciudadanos

Ellos (que llevan gobernando España desde 1982) saben que esta versión del turnismo funciona porque vienen los fachas o porque vienen los rojos, alternativamente, y como el habitante de España (no el ciudadano) tiene como principal gasolina electoral el odio y el miedo y ellos fomentan ese odio y ese miedo, el turnismo, una vez superada la crisis de la pasada década, tiene un futuro más esplendoroso que la cuenta corriente de Broncano.

Que Sánchez y Mazón sigan a estas horas en la poltrona solo se entiende porque vienen los fachas, o los rojos, y porque en España esa clase media ilustrada y pequeñoburguesa que tiene biblioteca en lugar de redes sociales no es más una minoría menguante en lugar de aquella mayoría que una vez soñó ser. Porque entre la amenaza de rojos y fachas que vienen y van y una población (pero no una ciudadanía) que se debate entre el sesgo y la ignorancia absoluta, la próxima vez que nos pongan una urna delante tenemos toda la pinta de ir a votar a la misma caterva de facinerosos que se reparten al azar las siglas porque que gobierne siempre el mismo partido (que es lo que en realidad ocurre) queda feo.

Esta reata de políticos iletrados que elegimos entre todos y a los que pagamos entre todos para que sigan desmontando nuestra democracia en nuestra santa cara no son de los nuestros, pero los ponemos ahí nosotros, y mientras esto no apunte a una elección meritocrática que tenga en cuenta algún logro, algún mérito, no sé, como escribir las propias tesis o al menos saber escribir, las futuras generaciones, que tratarán de encontrar alguna explicación a por qué nos dejábamos gobernar por delincuentes, solo encontrarán en nosotros una respuesta mecánica, inane, como de tonto del pueblo: «Es que venían los fachas».

P. S.: «Si necesitan más recursos que los pidan», dijo el faraón, sin saber que al decirlo estaba respondiendo por fin a la gran pregunta: «¿Cómo me recordará la historia, Màxim?». Y no me vengan con que estaba poniendo los recursos a disposición de la Comunitat, porque observen la diferencia: el rescate de Globalia estaba ultimado ya el 8 de agosto de 2020 cuando se pidió oficialmente dos días después, el 10 de agosto. Ahí no; ahí no hizo falta ni pedirlo.

Borges, Quino y la distancia

Las dos personas que mejor explicaron la condena y miseria que supone para los pobres humanos el dispensador de dopamina eran argentinos y lo hicieron décadas antes de que aquel fuera siquiera una posibilidad.

Observen esta joya del genio de Mendoza:

Y si Quino es un genio a Borges no sé ni cómo llamarlo. Dice en El Aleph:

«El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, […] vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo. […] vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa,
vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas…».

La vida humana es lo contrario del dispensador de dopamina. La falsa sensación de tenerlo todo al alcance de la mano que nos brinda el móvil es un desestabilizador de todo lo bueno y sano a que podemos aspirar. Con todo, ¿en qué nos ayudan las geniales metáforas de los dos argentinos? ¿Qué nos permiten concluir, en qué avanzamos?

El hombre en busca de cobertura

Es la tira de Quino la que nos da la clave: la distancia. Es la distancia que nos separa de nuestros objetivos la que nos pone a caminar, a recorrer el camino de la vida del que habla Tolstói. La única premisa para viajar es que exista una distancia que salvar.

¿Para qué vamos a poner un pie delante del otro, con lo peligroso que es eso, si tenemos la sensación de tenerlo todo en el bolsillo? ¿Hacia dónde iríamos?

No es una metáfora: el móvil nos dispensa dopamina y nos dispensa de vivir. No es necesario conocer nuestra ciudad si Maps puede guiarnos. No es necesario leer, pues la inteligencia artificial los algoritmos correlacionales nos preparan un resumen de cualquier asunto en un pispás. No es necesario mirar al prójimo a la cara. No es necesario hablar, siquiera por teléfono. La gran paradoja de nuestro tiempo es que el teléfono móvil ha hecho que dejemos de hablar por teléfono.

El Big Crunch intelectual es el precio a pagar por llevar un Aleph en el bolsillo. Y no compensa, porque es un falso Aleph.

Escribir en España es siempre quedarse corto

En Sharpe y el águila del imperio, la novela con que Bernard Cornwell ―autor también de El último reino― inicia la saga del fusilero Richard Sharpe, y en el contexto de la batalla de Talavera de 1809, en la que ingleses y españoles luchamos hombro con hombro, o casi, el escritor inglés cuenta como cuatro cuerpos de soldados locales salieron huyendo en tropel durante los prolegómenos de la refriega al escuchar los disparos… de sus propios fusiles.

El episodio, viniendo de un escritor inglés y teniendo en cuenta la proverbial inquina que en general nos han profesado los británicos (y nosotros a ellos, uno se mide al fin y al cabo por la entidad de sus enemigos) tiene toda la pinta de ser falso… hasta que uno lee el testimonio del propio general De la Cuesta, que se vio obligado a fusilar a 50 de sus propios soldados por desertar.

En una novela los hechos reales rechinan por insólitos, pero en España el surrealismo no es más que costumbrismo. Berlanga lo sabía.

Pero vamos al turrón. Si la anécdota de Cornwell parece forzada de tan real, los periódicos nos dejaron la semana pasada una imagen perfecta de lo que son nuestros políticos, una pirueta alegórica que ningún escritor podría soñar conseguir. Una síntesis virtuosa de todo lo que debería reunir la buena literatura: metáfora, desvergüenza, economía de medios y capacidad de maravilla.

No sé si recuerdan a José Félix Tezanos, el hombre que se gasta al año 16 millones de euros (más de dos broncanos) en hacer encuestas que luego condimenta hasta el sonrojo para darle gustito al marido de Begoña.

Pues bien; el marido de Begoña, al darse cuenta de que un CIS dirigido por Tezanos es capaz de despistar hasta a Su Clarividencia, y en lo que entiendo que es el último intento del marido de Begoña por mantener algún contacto con la realidad, ¡ha contratado a José Pablo Ferrándiz, un politólogo experto en comportamiento electoral para que le diga la verdad!

Es maravilloso. Dado que los 16 millones de euros no son suficientes para que Tezanos controle sus instintos y no cocine las encuestas con setas alucinógenas, el marido de Begoña se ha visto obligado a gastarse nuestro dinero, además de en el quehacer lisérgico de Tezanos, en otro asesor más que le descuente las mentiras que le cuenta el bueno de José Félix.

Es que, insisto, el asunto rezuma esencia literaria: desbordado por el monstruo que él mismo ha creado, despistado por la mentira que le sufragamos entre todos para que crea que alguna vez sacará más escaños que Almunia, el cónyuge de Begoña ahora tiene que pagarse ―como un tirano alucinado que juega a los soldaditos de plomo alternando dos gorras de plato― un nuevo sueldo a nuestras expensas para no tragarse las mentiras que le cuenta José Félix, al que paga para que le mienta. No, en serio, piénsenlo: paga a Tezanos para que le mienta y a Ferrándiz para que le diga en qué le miente Tezanos. No sé, a mí la única imagen que me viene a la cabeza es la de Chaplin bailando con un globo terráqueo.

Si un escritor imaginara una alegoría semejante el Cervantes sería instantáneo. Qué demonios: el propio Cervantes se le aparecería en su casa para hacerle una reverencia. En cambio, nuestro amado líder lo perpetra como si nada. Y mientras ustedes, que son unos tunantes, solo se fijan en que encarga a los etarras las leyes sobre seguridad o que su partido apoya la tortura en Venezuela. Manía de ver el vaso medio vacío.

Ese desvanecerse

En la radio es imposible no escuchar mensajes de los oyentes. En cualquier plataforma la información se interrumpe para leer siquiera el nombre de los suscriptores, los whatsapps de los televidentes, los tuis de los parroquianos.

El espectador, que también es persona, quiere ser protagonista. Ya ni siquiera el medio es el mensaje, como decía McLuhan; el receptor es el mensaje. Esa ansia de protagonismo que todo lo pervierte.

Esa afirmación omnímoda del yo es fuente de descalabros. Esa necesidad de ser uno mismo el protagonista de todas las películas debe de resultar agotador. A mí escuchar, entre la quinta de Mahler y la danza Trepak, que al padre de Eduarda le gustaban los altramuces o que hoy era el cumpleaños de la madre de Asdrúbal, aun manifestando desde ya mi profundo respeto por ambos, me deja frío. Al no conocerlos.

Proust dice preferir el libro al viaje porque al viajar se lleva uno consigo la mirada, mientras que leyendo uno aprende a mirar con otros ojos.

En electromagnetismo están la fuente y el sumidero: la dimanación y la absorción. Sumidero suena peor, claro, en un mundo de personas vitamina, pero yo creo que la felicidad está en mirar, en escuchar, en absorber. En dejar, siquiera un instante, de ser. En desleerse uno mismo para sentir al otro (ese otro que es el infierno para uno de los personajes de Sartre, pero Sartre era un mezquino que en su vida invitó a café), lo otro. Prueben a deshilacharse, a marchitarse, a apenas consistir. Esa mediatarde esencial de otoño, esa pereza.

No somos un producto ni un anuncio ni un depósito de likes. No necesitamos ser mucho; algunas competiciones es mejor no empezarlas. Somos apenas un conato, un suspiro, un devaneo en la frontera del silencio. Abandónense.

Pero ¿qué digitalización?

Nota previa: posiblemente ninguna palabra haya sufrido más la fantasmagoría del seductor término tecnología como la modesta y significativa informática. Informática es lo que deberían aprender los estudiantes. Tecnología es un paraguas indefinido que nos permite seguir implantando la nada.

Uno no comprende el volumen y calado de la farsa hasta que no le pide a un adolescente (un nativo digital) que escriba y envíe un correo electrónico o que se descarge un archivo y lo meta en un pen. En serio, prueben.

Digitalización, lo llaman. No consiste en que los alumnos aprendan programación, ofimática o edición de vídeo, cuestiones todas ellas de tremendo interés. No. Digitalización, tal y como se entiende y se implementa en la escuela española significa preparar al alumnado para que en el futuro próximo sean ávidos consumidores de servicios digitales. Las instituciones patrias, al dictado de las multinacionales tecnológicas, convierten a los jóvenes en adictos precoces a la dopamina ―no se engañen, digitalización solo significa tener una pantalla delante― para que en un futuro próximo les paguen (a las tecnológicas) las facturas que les están dejando proyectos inciertos como la inteligencia artificial, que por cierto se llama inteligencia artificial porque algoritmos correlacionales espantaría a los inversores.

Ockham

Una de las derivaciones más importantes del nominalismo de Guillermo de Ockham es que permitimos con frecuencia que las palabras saquen los pies del tiesto, nos embrujen y nos pongan a su disposición. Casi nada es bueno o malo per se: esa misma capacidad de maravilla del lenguaje está detrás de la fascinación literaria, pero en el caso que nos ocupa, como en tantos otros, provoca malentendidos de consecuencias devastadoras.

El propio Ockham nos brinda una solución: la economía de medios. Ockham podría haber escrito sin despeinarse El traje nuevo del emperador. No es necesario construir abstrusas teorías filosóficas para contrarrestar la mercadotecnia de las tecnológicas y el yugo con el que someten a los gobiernos. Basta con anunciar sin aspavientos y con firmeza que lo único que sus hijos están aprendiendo es a pasar el dedo por una pantalla.

P. S.: Qué maravillosa forma de cerrar el círculo: digital viene de digĭtus, dedo, porque la base de nuestro sistema numérico son los dedos de las manos (por eso, como saben, utilizamos un sistema decimal). Por tanto, el lenguaje nos engaña en este caso con la verdad. Estamos enseñando a nuestros alumnos a usar el dedo, más o menos como en la paredes de las cuevas primigenias.

P. P. S.: Recuerden que el homenaje de Eco con el protagonista de El nombre de la Rosa, Guillermo de Baskerville, es doble: Baskerville por Holmes, pero Guillermo por Ockham.

No hay otra oportunidad de que lean

Pasé media infancia (es mentira, todavía lo estoy) hipnotizado por el recuerdo de parajes nevados. Uno de ellos tardé en localizarlo, era de Doctor Zhivago (1965). Otros eran del maravilloso final ―diría que poscréditos― de El secreto de la pirámide (1985) y de algunas escenas ensoñadas de Lady Halcón (1985); hasta pululaban por mi nostalgia nívea los AT-AT de El Imperio contraataca (1980). Mucho más poderosos eran, no obstante, las imágenes que me llegaban de La vida de un oso gris, de E. T. Seton; de La hija del capitán, de Pushkin o de Las aventuras de Vania el forzudo, de Otfried Preussler. Lo leído nos obliga a proyectarnos, y proyectándonos creamos el mundo.

La palabra trauma connota perjuicio; le falta al español su equivalente positivo: el hecho traumático para bien, la huella benefactora de una impresión lejana. El tiempo de la infancia está llena de ellas y muchas provienen de las historias que nos enseñaron nuestros mayores.

Leer para imaginar

Como somos umbilicales y le damos más importancia a nuestra actividad profesional que a la consecución de objetivos reales, montamos talleres de creatividad para niños que no leen. Da igual que no tengan efecto alguno (no se puede enseñar la creatividad de 9:00 a 10:15 h.), mientras podamos instagramear nuestra innovación pedagógica, objetivo cumplido.

¿Los quieren creativos? Que lean.

Para que mañana sean capaces de poner imágenes a sus sueños, para que entrevean lugares a los que ansíen volver el resto de sus vidas. Para que no se recuperen nunca de la maravilla de viaje que es leer un buen libro es imprescindible que lean o escuchen o presencien buenas historias cuando son pequeños.

Luego ya no es lo mismo. Luego ya no creen con la misma inocencia, no viven con la misma intensidad, y si no han desarrollado la capacidad de construir mundos imaginarios en los primeros años ya no podrán hacerlo nunca.

Si no han sentido el libro a su alrededor con la potente creatividad de la infancia ya nunca comprenderán que los mundos de las historias existen con la misma certeza que cualquier creación humana y con mucha más belleza que la mayoría de los lugares materiales. Después estarán demasiado ocupados con su dispensador de dopamina como para prestarles la debida atención a Camelot, Gondor, Ítaca o el laberinto de la reina de corazones. Después percibirán la literatura ―esa religión― como un entretenimiento amable. Y será culpa nuestra.

Su infancia es nuestro mejor aliado para que lean de mayores. No hay otra oportunidad. Si una buena historia les da un pellizco de monja en la curiosidad, da igual que después pasen la adolescencia sin tocar un libro: el bien estará hecho y más tarde volverán, porque la adolescencia en muchos sentidos no es más que una excepción. Una cuestión de paciencia.

El lugar secreto

Y no es solo eso. Lo más importante de las historias que leen es lo que no leen en las historias. Cada cuento lleva incorporado (quizá el gran logro de la narrativa actual es haber entendido por fin esto) el valiosísimo tesoro de lo que no cuenta. Cada camino que conduce a cada castillo guarda un tesoro de incertidumbre tras las colinas. Cada lector se hace la pregunta fundamental, la que tiene resonancia y guía sus pasos en el pasar de los años. Este es quizá el secreto de toda literatura, la cuestión que la convierte en una experiencia tan íntima, tan misteriosa, tan trascendente. La que intentarán contestar durante el resto de sus vidas: «¿Qué habría detrás de aquellas colinas?».

P. S.: Es notable que en 2019 Netflix haya producido un producto tan anacrónico (por bueno, me refiero) destinado a infantes y adolescentes como Cristal Oscuro: La era de la resistencia. Esperaba el lugar adecuado para citarlo y, citándolo, recomendarlo. Sin duda era este.

De los sepulcros blanqueados

Si usted quiere publicar un libro u optar al Oscar debe ejercer sobre sí una censura draconiana. En 2018 la canción Baby, It’s Cold Outside fue censurada por múltiples estaciones de radio estadounidenses por su contenido. En ella, una mujer da argumentos para irse a casa y un hombre trata de convencerla para que se quede. Finalmente ella decide tomarse otra copa. Podría concluirse que un país que censura un contenido así es un país virtuoso hasta la levitación.

Mientras, también en EE. UU. (datos de Gitnux Market Data):

  • La industria pornográfica factura más que la NFL, NBA y MLB (béisbol) combinadas.
  • La edad media de la primera exposición al porno son 11 años. Once. Eleven. Undici. XI.
  • El 20 % de los estadounidenses admiten consumir pornografía en el trabajo.

Pero claro, en la canción él le dice a ella que fuera hace frío y que tiene unos labios deliciosos. Ella dice que quizá se fume otro cigarro.

  • En EE. UU. hay 120 armas de fuego por cada 100 personas. En el siguiente puesto está Yemen, con 53 por cada 100.

Mucho podría decirse sobre la censura izquierdista, sobre esta censura en particular, como el hecho de que toma a las mujeres por imbéciles. Pero lo que interesa aquí es que cuanto más puritana (y EE. UU. es un país genéticamente puritano) es una sociedad, más hipócrita se vuelve y más distancia hay entre cómo es y cómo dice ser, porque empieza a echar capas de corrección política sobre su triste realidad, y empieza a no ver, porque las convierte en ocultas, su podredumbre moral, su violencia y su desigualdad.

Interesa hablar de todo. Es sano y no escabroso echar luz sobre lo que somos, sobre lo que hacemos bien y sobre todo sobre lo que hacemos mal, porque sin reconocimiento de los errores no hay rectificación posible; sin dolor de los pecados, en otras palabras, no hay propósito de enmienda.

Da igual lo que HBO alegara cuando trató de cancelar Lo que el viento se llevó; el hecho es que la censura no ayuda a conocer los Estados Unidos del siglo XIX ni los de 1939, fecha de la película. Si sus directores edulcoraron la realidad de la esclavitud, ya trataré yo de estar lo suficientemente informado para detectarlo. Si Hollywood era racista en los años 30 y 40 (que lo era), me conviene estar al tanto. Pero los problemas no se solucionan con paladas de arena como no se solucionan con paladas de cal, y lo dramático de este asunto es que quizá de lo que se trata es más de olvidar y esconder su pasado que de ser hipersensibles con ciertas minorías.

Convendría aclarar a ese respecto, antes de que prohíban hablar de ello, que los ejemplares abuelos de los políticos demócratas que retiran estatuas de Colón lograron reducir los 12 millones de indígenas de mediados del XVIII a los 300 000 de principios del XX. Ellos, tan respetuosos y tal, exterminando a millones de personas, quién lo iba a decir. Pronto, cuando los libros y las películas y las canciones que hablan del exterminio de los indios a manos de los blanquitos sajones (sepan que ustedes y yo no somos blancos del todo para un sajón de pura cepa) estén prohibidos sine die, uno tendrá la sospecha de que todo esto era más una gigantesca maniobra de blanqueamiento que una preocupación legítima por las fracciones de sus minorías que no lograron matar.

Este dinero llega

Somos humanos; es fácil buscar motivos para no aflojar la mosca. Algunos de ellos son, de hecho, más que razonables, como el miedo a que los políticos se lo queden. No es este el caso. Este dinero salva vidas.

Este domingo 22 de septiembre la Fundación Oscar Contigo organiza una carrera benéfica (Niños sin Cáncer) cuya recaudación irá destinada a un ensayo clínico concreto: LuPARPed, liderado por la doctora Marta Osuna, que persigue desarrollar enfoques innovadores, novedosos, efectivos e idealmente poco tóxicos para niños y adolescentes con neuroblastoma de alto riesgo, meduloblastoma, meningioma, glioma de alto grado, tumores neuroendocrinos, feocromocitoma y paraganglioma. Algunos de ellos hoy son incurables y la única manera de que sean curables pasa por la investigación. Este dinero salva vidas, literalmente.

Se trata de una carrera / marcha nórdica de 10 o 5 km y el equipo de la doctora Blanca López-Ibor estará (estaremos) encantados de compartir con vosotros ese día, pero no hace falta correr. Tampoco es necesario caminar: habrá música y actividades para los que, sabiamente, recelan del ejercicio físico. Ni siquiera es necesario ir. Pero sería maravilloso si pudierais donar aquí; toda cantidad es bienvenida porque el objetivo no puede ser más trascendente.

P. S.: En este asunto solo cabe ser prácticos: el 80 % del monto de la donación es desgravable (hasta 250 euros).