Reconstruyendo la educación (1): la noción de analogía

Si pretendemos volver educar a alguien alguna vez convendría hacer acopio de conocimiento real y protegernos tanto de iluminados como de injerencias, pero sobre todo debemos concentrarnos activamente en la formación de profesores. No del profesorado, ojo, sino de profesores.

La primera idea perdurable que deberíamos transmitirles tiene que ver con el deporte: los jugadores no entrenan ese ejercicio en concreto porque vayan a encontrarse ese ejercicio en concreto en el momento de la verdad (que también), sino porque ese ejercicio en concreto produce cambios perdurables sobre su cuerpo y mente.

Los estudiantes no estudian ese contenido en concreto porque se lo vayan a encontrar en el momento de la verdad (que también), sino porque ese contenido en concreto produce cambios perdurables sobre su cuerpo y mente.

Desconfíen de cualquier pensamiento que no se pueda resumir fácilmente. Este es el contenido de esta entrada: En una clase de Primaria no se trabajan las dicotiledóneas ni la morfología, sino única y exclusivamente la mente de los alumnos.

Es decir: después de realizar un ejercicio, de entender, de estudiar, incluso de memorizar, el cerebro (que no es un músculo, pero que se trabaja como tal) experimenta cambios que lo habilitan para enfrentarse a aspectos análogos de la vida pasada, presente y futura del estudiante. El estudio nunca es gasto, sino inversión.

No les enseñamos sintaxis por la sintaxis, que también, sino por la mejora que entender el funcionamiento de la sintaxis opera en su cerebro. Para que por analogía comprendan mejor procesos semejantes. El resto de sistemas, ni más ni menos.

Esto vale para todo aquello que los profesores, bloqueados, no sabemos cómo justificar: hacer raíces cuadradas, saberse la lista de los reyes godos, comprender y practicar análisis morfológico o la mencionada sintaxis. El test de Cooper, llegado el caso. Memorizar las preposiciones (con durante y mediante en su sitio), recitar de cabeza un soneto de Lope. Copiar un texto, parafrasearlo, entresacarlo, sintetizarlo, ampliarlo, comentarlo. Traducirlo.

Al entender la jerarquía de las operaciones combinadas («Es que a mí las Matemáticas no me van a servir para nada») uno entiende que hay un orden en el mundo y que ese orden tiene unas reglas. Orden en al menos dos sentidos: temporal y de relevancia. Aprende a interpretar las relaciones entre los elementos de un sistema, a inferir, a percibir algo tan relevante como la lógica, es decir, a pensar lógicamente, es decir, a proferir menos estupideces. A razonar con sentido, que es lo contrario de lo que hacen ahora; razonar consentidos.

¿Queremos digitalización? Estupendo, nada tan útil como la poesía o el solfeo, que enseñan al cerebro a tratar con lenguajes formales, o la Filosofía, que lo entrena en las reglas de inferencia y las tablas de verdad, o la sintaxis, claro, que propone que para comunicarse con precisión (cuánto más frente a una máquina) no basta la buena voluntad.

En educación primaria y secundaria el sujeto siempre es más importante que el objeto, porque mientras desconocemos a qué se dedicará ese joven estudiante sabemos que esa herramienta alucinante, su mente, será siempre su principal capital, su cuerno de la abundancia. Que mientras la tenga y la atesore podrá decir orgullosamente, con William Ernest Henley, «Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma».

Claro que les da igual cuántos pasteles pueda comprar Margarita, y a nosotros también, pero nosotros, a diferencia de ellos y de sus padres y de sus pedagogos y de sus psicólogos y sus psiquiatras y de sus coaches y sus counsellors y sus mentores y de sus consejeros y ministros de Educación y sus psicopedagogos emocionales y sus podcasters y sus tiktokers y de la madre que los parió a todos ellos, nosotros los profesores sí sabemos que calculando cuántos pasteles puede comprar Margarita están amueblando su cerebro para lo que vendrá, porque aunque el cerebro no sea un músculo se entrena como tal, y para convertirlo en una herramienta poderosa es más importante el esfuerzo y la repetición que la complacencia y la pose.

También sabemos, porque los antedichos son demasiado ignorantes o demasiado malvados para contarlo, que esa educación real y capacitante no está reñida con todo aquello a lo que se agarran los neopedagogos porque no saben ni entienden de nada más (como el neomarxismo se agarra al ecofeminismo porque todo lo demás lo hunden sistemáticamente), es decir, no está reñido con la empatía ni con la sonrisa ni con la educación en virtudes y valores y asombro e iconoclastia, llegado el caso.

Estamos por una educación real con resultados reales, y ello pasa por volver a conferir a los profesionales de ese oficio maravilloso que es el magisterio el conocimiento, las herramientas y la convicción, pero sobre todo la preeminencia y la autoridad que les permita volver a producir seres humanos completos, únicos, libres y poderosos.

Testigo perfecto

Tanto El maravilloso mundo de los hermanos Grimm (Henry Levin y George Pal, 1962) como La historia interminable (Michael Ende, 1979) nos dejan claro que aquello de lo que no se habla acaba por desaparecer. Por eso hay que tener cuidado con el tiempo que dedicamos al enemigo (el teléfono móvil, la Liga de Fútbol Profesional, los políticos) porque los hacemos perdurar.

Es mejor hablar, por ejemplo, de esas películas perfectas que hacían con insolente frecuencia directores ya extintos como Alfred Hitchcock o Billy Wilder. Dos cosas tienen en común las de hoy: están basadas en obras de teatro y cuentan con la imperturbable presencia de John Williams (el actor, no el compositor, aunque ojo porque a finales de la década de los 50 este último ya había publicado cuatro álbumes).

Al lío:

Crimen perfecto (Alfred Hitchcock, 1954)

Aunque sus notas en webs especializadas digan lo contrario, siempre me dio la impresión de que Crimen perfecto ocupaba una especie de segunda fila reputacional dentro de las películas de Hitchcock, por detrás de Vértigo (1958) o Psicosis (1960). Orson Welles, por su parte, desprecia todo su cine en color con argumentos técnicos/visuales, como si el cine fuese una mera cuestión de encuadre.

Las películas que vierten a la pantalla una obra teatral podrían ser un género en sí mismas, uno que tiene en común una peculiar atmósfera de diorama, de lugar ameno o laboratorio. De condiciones controladas. Nos ha brindado, en todo caso, productos tan notables como El caso Winslow (1999), Pigmalión (1938) y My Fair Lady (1964), La soga (1948) o las dos que nos ocupan, además de la mención de honor para Rosencrantz y Guildenstern han muerto (1990) y Los odiosos ocho (2015), que no es adaptación teatral pero como si lo seriese. La propia Casablanca (1942) es una obra adaptada, en realidad, pero Casablanca no aguanta mucho tiempo dentro de ningún cajón.

Esa adscripción teatral es relevante en Crimen perfecto, porque su precisión de relojero ―y no solo en lo referente a la trama policial― parece exigir condiciones controladas, instrumental de cirujano. Es curioso, porque también le pasa a El caso Winslow: son películas a las que no se puede mover una coma. Esa pulcritud visual, por cierto, más Londres y el tenista en horas bajas la acercan a Match Point (2005), probablemente la mejor película de Woody Allen. Son obras construidas con piezas de lego, como si en lugar de storyboard se hubiera utilizado una casa de muñecas.

Está en Crimen perfecto eso tan hitchcockiano de plantear crímenes abominables envueltos en un tafetán de lo más agradable. Casi apetece que lo asesinen a uno. Ocurre como con el humor, que aparece en situaciones angustiosas y las transforma en gozosas. Es un caso extremo de elegancia intelectual y tiene mucho que ver (concedámosles esto) con el carácter inglés. Hitchcock, a pesar de lo que diga Orson Welles o el lugar de rodaje de sus películas, solo tiene período inglés.

Hitchcock es, en un sentido bastante sutil, el alumno más aventajado de Oscar Wilde. Pone el arte por encima de todo.

El cine comparte con la literatura, entre otras cosas, la construcción de atmósfera, de lugar, a veces de refugio. El domicilio de los Wendice comparte con el 221b de Baker Street la condición de lugar maravilloso donde estar, de consuelo inmenso, de remanso. Ese coquetísimo apartamento es como las casas de las buenas historias de fantasmas: solo un loco elegiría no internarse en ellas.

Testigo de cargo (Billy Wilder, 1957)

Si con Crimen perfecto puede haber debate, con Testigo de cargo entramos directamente en la categoría de obra maestra. No se puede ser más mordaz, atractivo, ingenioso y testarudo que Charles Laughton durante los primeros 20 minutos. No se pueden situar las piezas sobre el tablero con más limpieza que Wilder. No se puede articular el doble registro entre el corto plazo (la anécdota) y el largo plazo (la trama) que solo el cine permite con la maestría con la que lo hace Wilder. A no ser, naturalmente, que uno se apellide Hitchcock.

Pero el mayor tesoro de esta película está al final del final, así que apréstense a que se la destripe si aún no la han visto.

Preocupada por la salud de Sir Wilfrid, el abogado encarnado por Laughton (se acaba de reponer de un ataque cuando empieza la película y a simple vista es bastante candidato a sufrir otro), la enfermera interpretada por Elsa Lanchester, Miss Plimsoll, lo sigue como perro de presa para impedir que se fume un puro o se atice un cognac del que lleva escondido en el termo del cacao. Pues bien; en la escena final, tras uno de los giros mejor construidos de la historia del cine y después de que alguien mate a alguien, Miss Plimsoll le pide al mayordomo que anule el viaje salutífero que Sir Wilfrid iba a emprender tras el juicio que da forma a la película.

Ese momento es precioso: tras llevar toda la película ejerciendo de enfermera intervencionista, Miss Plimsoll protagoniza uno de los giros (tanto de carácter como del character) más valiosos de la historia del cine. Sir Wilfred no irá de vacaciones porque tiene que iniciar una nueva defensa. Alguien ha matado a alguien, en efecto, pero no asesinándolo sino ejecutándolo.

Lo que Miss Plimsoll comprende es una enormidad: si Sir Wilfrid ha de arriesgar la vida tratando de hacer del mundo un lugar más justo, sea. Pero no solo por filantropía, que también, sino porque para el abogado es más importante hacer justicia que sobrevivir en las Bermudas. O hacer lo justo, en todo caso, si no se puede hacer justicia. Eso lo entendemos a la vez que Miss Plimsoll, y Laughton la mira entonces con un orgullo que no se puede fingir por muy actorazo que se sea, y que él no necesitaba fingir porque a aquellas alturas Charles Laughton llevaba 28 años casado con Elsa Lanchester.

Emerge entonces la presencia invisible de ambas películas, el testigo silencioso que es a la vez su espíritu, Londres ―Occidente, por metonimia― y recordamos ese despacho del inicio de la película donde los hombres buenos trataban de hacer el bien o al menos, insistimos, lo justo.

Porque lo que se ventilaba entonces en aquellos despachos de abogados, procuradores y jueces era una idea de ciudadanía, de imperio de la ley, de sentido de la justicia y confianza en el sistema. Una suerte de respaldo institucional que con el resto de la sociedad, con aquello que Paloma García Picazo llamaba la idea de Europa, se nos está yendo por el desagüe de las cosas que dejamos desaparecer.

P. S.: Cuando Rusia y la temeridad de Cameron decidieron que el Reino Unido saliera de la Unión Europea no hubo ni una sola manifestación importante en la Europa continental pidiendo a los ingleses que se quedaran. Somos un continente cadáver.

Hacia el autogolpe de Estado

En primer lugar, alguien debería decirle a los de las chinchetas que la inmensa mayoría de los españoles pensamos que a Netanyahu se le ha ido la pinza hace muchísimo tiempo, pero que a diferencia de ellos no confundimos a Netanyahu con Israel. Esto es curioso, por otra parte: los de las chinchetas confunden a Netanyahu con Israel pero le piden a Netanyahu que no confunda a Hamas con Palestina. Los de las chinchetas están, como Netanyahu, cegados por el odio.

Si tuviéramos un mínimo de cultura política o de sentido de la realidad nos daría escalofríos ver a Narciso Enamorado llamar a la rebelión a un país… de cuyo Gobierno él es presidente. Más, infinitamente más, con antisemitismo de por medio.

Uno se manifiesta, supuestamente, ante quien tiene el poder o las atribuciones para cambiar las cosas. Lo demás es pose. Si la manifestación del domingo hubiera tenido un motivación real, más allá de reventar un evento deportivo en Madrid, debería haber sido ante quienes tienen posibilidad de cambiar las cosas, es decir, de ejercer una presión real sobre Israel. Y, aunque parecería una broma que lo intentaran, esos son los ministerios de Defensa y de Exteriores en primer término y el Gobierno en segundo.

Es decir, que lo que Narciso estaba alentando el mismo domingo (da miedo la sonrisa con que anunciaba su «respeto a los deportistas») era una manifestación contra sí mismo, lo que desprende un aroma fortísimo a uno de los eventos más dramáticos, cínicos y terminales que se puedan dar en un país democrático: el autogolpe de Estado.

A estas alturas, quien crea que España está a salvo de cualquier contingencia que se le pase por la cabeza a Nerón para salvaguardar no ya la honra, que no tiene, sino el poder, es un iluso o un extremista.

Es probable que viendo lo que pasó el domingo el tirano ya haya entendido las ventajas que para alguien para él tiene el autogolpe: subversión del orden cívico por fuerzas ajenas a él, potencial victimización que le llevará a emplear la fuerza, confusión en el reparto de culpas que para alguien con problemas para decir la verdad fomentará la criminalización del adversario. Estamos en manos de un pirómano y le hemos puesto en las manos una garrafa de gasolina.

Madrid

La delegación de Gobierno en Madrid ha enviado 1200 efectivos para controlar a los de las chinchetas, lo mismo que a un partido de liga ordinario.

Este verano TVE, la televisión que humilla a sus periodistas deportivos haciéndoles comentar los eventos a distancia porque el dinero para enviarlos a los estadios se lo llevan muerto Broncano, Intxaurrondo y Gonzalo Miró, utilizó la misma palabra que Lo País en pandemia, «madrileñofobia», para alentar el odio a Madrid, la provincia cuyos habitantes pagan en mayor proporción ese despilfarro alucinante que es TVE, y que lo hacen sin rechistar.

Ya se dijo que los próximos fascistas dirían luchar contra el fascismo. Narciso Enamorado ya debe de saber a estas alturas que haga lo que haga sus palmeros van a seguir lamiéndole las botas (¿pero de cuánta gente hay fotos en la sauna?) y que los de enfrente tenemos unas tragaderas bastante apreciables. Pinta mal, pero no nos queda otra que plantar cara. Suerte a todos.

P. S.: Hoy visita Madrid una de las hinchadas más delictivas de Europa Occidental. Verán como la delegación de Gobierno protege la capital desplegando a Mortadelo y Filemón armados con tirachinas.

Septiembre

Nuestra animadversión hacia septiembre ejemplifica la capacidad humana para huir de todo lo bueno y zambullirnos ilusamente en cuanto cenagal se nos pone a tiro.

La razón por la que huimos del mes que más nos ofrece es la misma que origina la necesidad de celebrar cosas. Es la misma atracción irrefrenable por la excepcionalidad; la misma aversión a la rutina.

Y es que no conviene localizar el busilis de la existencia en la euforia que genera lo extraordinario sino en la oportunidad de sorpresa que brinda el mismo escenario, la misma gente, el mismo puto martes.

No se está hablando aquí, por tanto, de septiembre como vuelta a la rutina sino de septiembre como percepción de la rutina. Huimos de septiembre por lo que septiembre significa, por el pack de connotaciones que acarrea septiembre. Porque septiembre, por su propia naturaleza, es ese viento vespertino que todo lo sana, ese ocre en las hojas que nos recuerda el sofoco que se llevó Deméter cuando Hades secuestró a su hija y le hizo descuidar el verdor del mundo. La oportunidad, el nacimiento, el crepúsculo que es al tiempo amanecer. La amistad de los que nunca se fueron.

Septiembre es nuestra vida real ante la alucinación ―colectiva― del verano. Por eso las vacaciones se llevan tan bien con Instagram: ambas son mentira.

La prueba del algodón de la felicidad (sí, ya sé) es sentirse en armonía con el mundo a 20 metros de casa, no escalando el Everest. Tras haber envejecido juntos, no durante la enajenación mental del primer amor. Septiembre es la vindicación del amor verdadero frente a los amores de verano, que quieren la de cal sin la de arena, que son amores demediados.

Solo dos personas llevan una vida plena de coherencia: quien ama la rutina y quien lo abandonó todo para abrir un chiringuito en el Caribe. Lo demás son medias verdades, falsos martirios, como el de aquel que denostó pertenecer a su empresa ¡durante 40 años!

Así que ya saben, expriman septiembre antes de que llegue inadvertido un puente o, peor aún, unas merecidas vacaciones.

El libro de las maravillas

Con Marco Polo pasa como con Ryszard Kapuściński: las dudas sobre la veracidad de lo que cuentan no empaña un ápice el placer de leerlos. Cabe hacer dos precisiones con el veneciano: por una parte, al principio del libro nos avisa de que parte de las cosas las escuchó y no las presenció; por otra, el unicornio de Basmán (Sumatra) que tanto ha dado que hablar, es efectivamente un unicornio. Solo que nosotros los llamamos rinocerontes. Otros problemas no tienen una solución tan sencilla, como la ausencia del nombre de Marco Polo en las fuentes chinas, incluidos los registros de Yangzhou, de donde teóricamente fue gobernador. Ya saben que las anécdotas conviene adornarlas un poco.

Lo que es seguro es que estuvo en Kafiristán mucho antes que Daniel Dravot y Peachy Carnehan, que siguieron sus pasos. Que pudo ver las tropas del Kan y sus generales desplegadas en el campo (se tardaba un día en recorrerlas de flanco a flanco). Que estuvo en los cotos amurallados de Kublai, por donde paseaba el Kan «con un leopardo a la grupa» por si de repente le apetecía cobrar una pieza. Que conoció los usos y costumbres de los tártaros, como beber la sangre de sus caballos para mantener el calor. Cuando el Kan muere, su cortejo de camino a la capital asesina a cuantos súbditos encuentra «para que vayan a servir a su señor». Hay pueblos en los que los padres que han perdido un hijo buscan una familia que haya perdido una hija y los casan en espíritu, y se consideran ellos mismos parte de la misma familia…

Palacios de bambú donde dragones dorados sostienen cúpulas preciosas, y los últimos años del Preste Juan, por añadidura, o los montañeses del reino de Ferlec, que por una parte comen carne humana (mal), pero por otra «adoran lo primero que ven por la mañana» (fantástico).

La repercusión del libro que Rustichello de Pisa escribió al dictado de Marco Polo es difícil de medir, toda vez que Cristóbal Colón tenía un ejemplar que anotó con profusión y que se conserva en Sevilla. Sabemos que la caída de Constantinopla fue capital en la búsqueda de otra ruta hacia las Indias… las personas con agarre se inspiran entre sí mientras los demás, pobres comparsas, asistimos anonadados.

Es muy conveniente llamar a las cosas por su nombre. De Descripción del mundo o Los viajes de Marco Polo, pasando por Il Milione, sin duda su mejor título es el de El libro de las maravillas, que es literalmente lo que es. No hay interés geográfico, etnográfico o histórico que supere en placer el de una lectura sosegada y hedonista de sus maravillas.

Y lo que maravilla, también y sobre todo, es que a pesar de haber protagonizado un viaje (con o sin gobierno de Yangzhou) que ya quisieran los viajeros posers que nos restriegan sus viajes anonadantes a través de Instagram, el bueno de Polo no dedica un minuto a darnos la turra con su propia figura de viajero y nos habla del otro, de los otros. De la otredad, que dirían Les Luthiers. He ahí un portento para la cultura umbilical de hoy: un hombre cuya vida fue magnífica y que sin embargo la pasa por alto. La contrafigura del mundo de hoy, donde figuras insignificantes atosigamos a los demás con nuestra propia importancia.

Fotografía: Mezquita Azul, Estambul, 2025. © Sergio C. Yáñez

La vida de los otros

El pasado fin de semana Ibai Llanos puso a 9 millones de personas a ver cómo un puñado de influencers (el término inglés para exhibicionista) hacían como que boxeaban entre actuaciones musicales del calibre de Melendi o Los del Río en la so-called Velada del Año V.

Comparar lo acaecido el sábado en La Cartuja con el boxeo de verdad viene a ser lo mismo que considerar tauromaquia las evoluciones del bombero torero o pensar que la mafia calabresa de Ferraz es un partido político.

Siendo entonces que el boxeo de verdad no sería capaz de reunir a 80000 almas en un estadio ni a una audiencia de 9 millones a través de Twitch, queda preguntarse por qué todos ellos prefieren ver boxear a pintamonas antes que a boxeadores reales.

Renunciar a la propia vida

Estamos obligados a pensar que el motivo para presenciar esa farsa (ojo, a 190 cucas las entradas de pista) estando consciente y orientado es la magnética personalidad de los no-púgiles, y es aquí donde entramos en aguas más profundas.

Porque cabría pensar que el motivo por el que la muchedumbre quiere ver boxear a RoRo o TheGrefg es el mismo que les impele a ver a una cocinar y al otro videojugar o, con más precisión, formar parte de sus comunidades.

Y es que tengo para mí que el motivo para presenciar la vida de los demás antes que protagonizar la propia, participar en un chat en lugar de irse de chatos o sentirse partícipes de las coñas internas de los demás en lugar de tener coñas internas en el grupo de amigos propio es que por algún motivo hemos claudicado ante nuestra propia vida y preferimos vivir a través de los demás. Ver cómo juega otra persona en lugar de jugar nosotros es quizá el epítome de esto. Nos da pereza sostener el mando.

Uno de los mayores privilegios de ser humano es la posibilidad de pertenener a comunidades, ya sea la familia o los amigos o el equipo o los compañeros de clase o la patulea que habita Wilderness. Y en consecuencia una de las mayores sorpresas que la vida depara es la facilidad ―estrechamente relacionada, me temo, con todo lo anterior― con que las personas permiten que esos valiosísimos grupos humanos se diluyan en humo (en polvo, en sombra, en nada) y por tanto tengan que recurrir a las bromas internas de los youtubers porque ellos se han quedado sin panas con quien tener bromas internas.

Pues al fin y a la postre quienes se reúnen en torno a su equipo en un estadio de fútbol tienen en común eso, el amor a su equipo de fútbol, pero me temo que lo único que tienen en común los anónimos zoomers del sábado es una profunda e indescriptible soledad.

Emociones hasta en… la sopa

Como de algo hay que llenar las horas de clase en primaria después de haberlas vaciado de contenidos, la neopedagogía decidió llenarla de emociones. Expresión de emociones, role play de emociones, dibujo de emociones. Inteligencia emocional. Mis emociones y yo; método abreviado para crear egoístas.

En los problemas de Matemáticas (abran el libro de su churumbel para comprobar que no es una hipérbole) si María tiene 20 euros y se gasta 15 en un cuaderno (lo que con el sueldo de los padres de María es una temeridad, pero ese es otro debate), al alumno resolviente se le pregunta, entre otras cosas, «¿cómo crees que se siente María después?». Y todo así.

En la mente de los futuros profesores comenzó a instalarse la idea (no se preocupen, ya se está corrigiendo) de que gestionar las emociones es más importante que saber leer. Esto último está basado en un comentario real de una futura profesora. Las emociones, ojo, ni siquiera los sentimientos. Emociones tiene hasta el perro. Y este es un punto importante.

Esta preocupación unívoca por las emociones, secundada por la voluntad de que ningún alumno se frustre, como si nuestra labor principal fuera barrer de chinitas su camino, fagocita todo lo demás. Cabría preguntarse por qué, pero ellos no nos lo van a decir. Conviene investigar.

Verán; en 2015 Disney perpetró la película que mejor explicaba la deriva iluminada (iluminado es sin duda nuestra mejor palabra para lo woke) que la compañía iba a tomar a partir de entonces. El viaje de Arlo es una declaración de intenciones de la intelligentsia yanqui, y demuestra la predilección que tiene la extrema izquierda por el adoctrinamiento de los más jóvenes. En El viaje de Arlo los animales hablan, incluidos los dinosaurios, mientras que el niño gruñe. Es la mayor y mejor materialización de los planes que los ultras de izquierda tienen para la formación de los infantes: niños ágrafos que tienen emociones en lugar de ideas, impulsos en lugar de templanza, valores ajenos en lugar de virtudes propias.

Tengo para mí que no se trata tanto de elevar la dignidad de los animales, como por cierto hacía el propio san Francisco, como de rebajar la nuestra. Por motivos que desconozco la extrema izquierda detesta la excepcionalidad del ser humano: es la misma inquina que baja el voltaje de la libertad para convertirla en tolerancia. Quién quiere sentimientos pudiendo tener emociones, como el gato. Ahí tienen Del revés, también de 2015. O será casualidad.

Emociones a cambio de leer a Tolstoi, pero, ¿de qué demonios habla Tolstoi?

Una profesora rusa de cierta universidad decía que Dostoyevski solo escribía sobre psicópatas. Hiperbólico o no, el comentario es jugoso y nos sirve para constatar que Tolstoi, en cambio, escribía sobre todo.

Del amanecer del campesino y la muerte del hermano, de la guerra y la paz y todo lo que hay en medio. De la estupidez humana y la caducidad de sus vanas ilusiones. Tolstoi habla de la vida con la sabiduría de un demiurgo y la humildad de un santón. La obra de Tolstoi contiene el cosmos.

¿Qué problema tienen, entonces, los neopedagogos con que los niños acumulen competencia lingüística necesaria para poder leer a Tolstoi? Si quieren formarlos en emociones, ¿qué podría ser mejor que los formara el que fue, según Virginia Woolf, el mejor novelista de la historia? ¿Por qué quieren educar inválidos culturales? Quizá escuchar durante un minuto a Yolanda Díaz (a mediodía, alegría) nos proporcione pistas: el estamento político pretende fabricar su propia audiencia. Van dados.

Porque estaría bien, y en eso estamos, que las personas normales (el hombre corriente de Copland) comenzáramos a hacer planes por nuestra cuenta. Mi plan, por ejemplo, es el siguiente: que en lugar de ser los cachorros gruñidores que el marxismo cultural ha diseñado, los adolescentes de 14 años vuelvan a tener el bagaje suficiente para leer y disfrutar de Tolstoi. Como la situación es de derribo, necesitaremos primeramente que sus profesores la recuperen, porque no todos la tienen, y cambiar la ubicuidad de mi propio ombligo y cómo se siente mi propio ombligo, por ejemplo, por uno de los comienzos más deslumbrantes de la literatura: «Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera».

Caminar erguidos

Algunos de los más afamados vendechicles destacan la pertinencia de caminar erguidos. Nada que objetar; caminar encorvados es fuente de problemas lumbares y tragedias cervicales.

Algunos de ellos (gurús de podcast, filósofos de baja intensidad) fuerzan más el consejo y establecen el hábito de la rectitud espinal como detonante de un sinnúmero de bondades físicas y mentales. Emocionales, repiten como mantra ineludible. Caminar erguidos, al parecer, desencadena una reconstrucción del ser, una epifanía del amor propio. Los más estomagantes acompañan la retahíla de una cierta alegoría de la mirada: la barbilla alta, vista al frente, el horizonte al alcance. Resucitar la coronilla desencadena, según vemos, mejoramientos de todo pelaje.

Comprendiendo y compartiendo parte de lo antedicho, lo que aquí se propone es una inversión en los términos, atentos. Se trataría primero de realizar algún hecho del que estemos orgullosos. No tiene por qué ser, en contra del exhibicionismo algo suicida que impera, una gesta notable, ni siquiera pública. Puede quedar en el acogedor santuario de la intimidad ―el lugar donde ocurre todo lo importante―. La única coindición es que nos sintamos orgullosos de esa pequeña conquista. Entonces y no antes deberíamos caminar como si nos sintiéramos orgullosos o, con más propiedad, caminaríamos con legítimo orgullo. Aparece entonces, así planteado, cierto aroma de engañifa en el consejo de los divulgadores que trabajan más la inflexión de su voz que la composición de su biblioteca.

Trabajo y luego orgullo y no al revés encierra un posicionamiento ideológico, toda vez que la izquierda denuesta el esfuerzo por motivos que me resultan ajenos. Pero encierra sobre todo una directriz fecunda en una de nuestras obsesiones, en palabras de Ferenc Copà: la educación.

La moda, esa mentirosa permanente, nos enseña a fomentar la autoestima como si los niños fueran idiotas, es decir, sin que haya relación entre el orgullo y su fuente. Como si la autoestima fuera la causa y no el efecto, la figura y no el reflejo.

Prueben a hacerlo al revés (todos somos educadores alguna vez). Enseñen algo, por nimio que resulte, pero enséñenlo a conciencia. Observen el efecto que ese aprendizaje real tiene en su discípulo. Construyan alrededor de ese conocimiento, valoren en su justa medida ese pedacito de sabiduría. Ahí, entonces, en ese orden. Cuánta felicidad dará ese trocito de Elíseo.

Lágrimas de caimán

Al incauto lo camelan a la ida y a la vuelta. Conviene, por tanto, permanecer alerta.

Se vienen roedores sobrepujando regalas, o sea, las ratas van a empezar a saltar del barco como un solo hombre.

Una tara del hombre común (es decir, del hombre honrado) es la incapacidad de imaginar hasta dónde puede llegar la depravación cuando esta se desata, la velocidad a la que el escándalo de hoy hace sombra al escándalo de ayer.

Corremos el riesgo, por tanto, de que nos la claven hasta en la retirada.

Durante las próximas semanas vamos a ir viendo desfilar todo tipo de rostros contritos, de ojos en blanco y cómo-pudiste-hacerme-esto-a-mí. De tipos que a las cinco de la tarde no han tenido tiempo de comer, pobres. Piensen en Chivite: su primera lágrima no había tocado el suelo cuando su nombre ya comenzaba a sonar como parte y no solo como juez.

Llegará el momento, por insólito que parezca, en que Mahesú vuelva a poner en práctica sobre su propio esternón todo lo que aprendió viendo Gorilas en la niebla, pero esta vez de fingida estupefacción y no de apoyo incondicional.

¡Ese será el momento de estar atentos! Porque mal está irse de lumis con nuestro dinero, pero al fin y al cabo el drogadicto putero y ladrón cuenta con una naturaleza de babosa contra la que poco se puede hacer y que ni él mismo oculta, pero hay algo intrínsecamente nauseabundo en hacerse el estupendo rajando del amigo caído en desgracia cuando lo único que uno ha hecho hasta ese momento es reírle la gracia al putañero.

Conviene recordar entonces, por mucho que Gracita Bolaños o Yoli Tenacillas se hundan el esternón entonando el «por su culpa, por su culpa, por su gran culpa» que no, que la culpa es suya de ellos, que lo sabían todo y lo saben todo, y que lo que deploran no es la iniquidad del colega sino que lo hayan pillado con el carrito del helado. Que esta banda tiene menos principios que la propia camorra, porque al menos ellos le llevan una tarta con limón al compañero enchironado y no lo dejan caer como las lápidas blanqueadas que pululan por Ferraz.

P. S.: De la podre, resultaron ser el partido de la podre y no de los pobres. Veleidades de la paronomasia.

Tolkien

Dos cuestiones sobre Tolkien y su circunstancia interesan a esta entrada: la inherente estupidez de los propios conceptos de «intelectualidad» y «alta cultura» y la desnaturalización de la literatura a manos de los géneros literarios.

El hombre que fue a la guerra

Quien ha contemplado el horror escribe sobre hadas. Verán: durante la segunda mitad del siglo XX El Señor de los Anillos (publicada por primera vez en 1954-55) recibió permanentes acusaciones de infantilismo. Es algo paradójico, pues la editorial tuvo dudas precisamente porque la obra tenía un tono más adulto que El Hobbit, publicada originalmente en 1937.

El caso es que Tolkien siempre tuvo enfrente a gran parte de lo que con afán de venganza y algo de choteo podemos llamar crítica seria. La crítica seria, como saben, es aquella que lleva décadas tratando de vaciar las librerías desde un academicismo dictatorial y miope (valga el pleonasmo) que ni la Royal Academy durante el XIX inglés.

La miopía en este caso es doble: en primer lugar, aunque leer El Señor de los Anillos y quedar horrorizado o aburrido, como Borges, es totalmente legítimo ―solo faltaba―, desdeñar sus profundísimas raíces culturales, su parsimoniosa espiritualidad o la construcción épica de un universo prodigioso solo puede obedecer a la tendencia de los de siempre de decirnos a los demás cómo comportarnos, cómo escribir y a quién orientar nuestras plegarias. Eso, decimos, en primer lugar.

Pero en segundo y principal, lo que clama al Cielo es acusar de infantilismo a un escritor que además de un currículo académico brillante en una de las universidades más prestigiosas del mundo y de un conocimiento exhaustivo de las lenguas y literaturas medievales del norte de Europa, además, decimos, y sobre todo, había luchado en la que probablemente fuera la batalla más horrenda que vieron los siglos: la del Somme, donde murieron más de 300 000 seres humanos y que tuvo todos los horrores de la primera guerra industrial: carnicería a gran escala, fosgeno y gas mostaza, trincheras con la higiene de un vertedero medieval y su correspondiente fiebre de las trincheras, que por cierto Tolkien contrajo.

Tenemos entonces un contraste notable. Por una parte hay un hombre que sí había conocido el horror y por tanto escribía sobre la belleza; por otra, seres que desde la comodidad que soldados como Tolkien les habían proporcionado le daban vueltas todo el día a la angustia del alma humana en medio de una tortura vital casi insoportable, lo que viene a explicar nítidamente la proliferación de bodrios durante buena parte del siglo pasado. Te estoy mirando a ti, Kundera.

Ese contraste entre el intensito que aparenta gravedad y tiene que estar siempre de mal humor (ojeen las fotos de los escritores en las solapas de los libros: es esa cara de pensar muy fuerte) y el escritor sabio que había contemplado el horror y que tenía la grandeza de espíritu suficiente para hablar de todo lo bueno, armonioso y bello que tiene la vida no solo queda restañado por el impacto que tienen uno y otros en pleno siglo XXI, sino que encuentra su eco en otras manifestaciones afines. Se me ocurre, por ejemplo, la chapa que les metía muy enfadada aquella niñata insoportable llamaba Greta Thunberg (ahora es una joven insoportable) a los hombres y mujeres que habían descuidado las emisiones de CO2 mientras la libraban a ella y sus padres del nazismo, el comunismo, ciertas enfermedades curables y morir de frío en invierno.

La afirmación de los géneros es la negación de la literatura

No existen los libros de fantasía ni la novela negra. Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo. Wilde lo aplicó a la moral, pero tanto da.

Cuando leemos una novela digna de tal nombre y la leemos con un mínimo de literacidad, el mundo se diluye y la única realidad que existe es la nos cuentan, la que nos narran. La realidad contada es la única que existe durante ese lapso de felicidad: la literatura ocurre exclusivamente dentro del libro. Todo lo demás, incluidos los géneros (que existen por comparación entre obras) se queda fuera. Los géneros son ajenos, por tanto, a la literatura.

Afirmar los géneros es negar el ensueño, y sin ensueño no hay literatura. Hay, si acaso, esta cosa metaliteraria con la que nos martirizan los teóricos y los escritores de salón.

No leemos a Tolkien por ser un escritor de fantasía. Primero porque los géneros no existen, pero segundo y de manera más pragmática, porque si existieran o si los aceptáramos simplemente como cierta semejanza temática, leeríamos a Tolkien a pesar de ser un escritor de fantasía.

En primer lugar, porque la cantidad de mamarrachadas que se han escrito desde entonces tratando de sumergirnos en universos similares es notable. En segundo, porque lo menos importante de la obra de Tolkien es que una sola persona fuera capaz de crear toda una mitología, idiomas incluidos, lo que desde luego es en sí mismo un mérito, pero que no convierte a nadie en maestro si faltara lo mollar; la capacidad de escribir sobre el Bien, la Verdad y la Belleza como si no costara, la capacidad de contarnos el susurro del bosque como si acabáramos de despertarnos en la ribera de un arroyo. De elevar la épica a nuevas cotas cuando según todos los indicios la épica había caducado. De recordarnos por qué leemos, de operar el milagro, de grabar para los siglos que se puede y se debe luchar contra el mal.

Así, quien se niegue a leer a Tolkien porque contiene dragones se perderá una obra maestra, pero también se la perderá, y esto es lo sustancial, quien se acerque a Tolkien porque contiene dragones, porque los dragones le impedirán ver, literalmente, el bosque.

Tolkien es un escritor mayúsculo estrictamente por la calidad de lo que escribe y no por aquello sobre lo que escribe, de la misma manera que Stanisław Lem es un genio independientemente de la ciencia ficción o Dorothy M. Johnson es una escritora descomunal por razones ajenas al Oeste.

Ese sustrato de la obra de Tolkien que solo atiende a la calidad es lo que no entienden sus supuestos discípulos, más atentos al orco que al arte, ni los productores de ese escombrazo llamado Los Anillos de Poder. Y por eso es un milagro fruto de algún tipo de iluminación lo que se sacó de la chistera Peter Jackson, teniendo en cuenta que el tipo había dirigido previamente Braindead: Tu madre se ha comido a mi perro.

Tanto dan, afortunadamente, nuestras opiniones y las de críticos como Edmund Wilson. El hecho es que dentro de mil años seguiremos leyendo a Tolkien en busca, según sus propias palabras en el ensayo Sobre los cuentos de hadas, de fantasía, renovación, evasión y consuelo. Literatura, por tanto, que conviene tener a mano cuando la vida nos depara (siempre termina por hacerlo) algún tipo de trinchera.