Esos momentos de los que nadie habla

A juzgar por lo horteras que nos han vuelto las redes, parece que todo el mundo estaba atento cuando Risto anunció aquello de que convenía convertirse en un producto. Hay que resultar agradable para ser comprable. En palabras de Mecano, hay que ser un anuncio de Signal.

Lo malo es que de tanto sonreír hemos terminado por vivir en el vídeo de Black Hole Sun, de Soundgarden; sonrisas inquietantes para ocultar una vida miserable.

Una de las pegas de ese plan es el de ocultarnos a nosotros mismos y a los demás momentos llenos de grandeza que, por no ser agradables a la vista o el oído, dejamos fuera del radar.

Uno de esos momentos es de una fuerza liberadora incontenible, pero está llamativamente ausente de los textos que yo conozco: el momento en que uno se da cuenta de que es / se está comportando como un gilipollas.

Hace falta cierta grandeza para eso, claro, aunque la sensación de grandeza quede eclipsada inmediatamente por la certeza de ser imbécil.

La estupidez no tiene por qué ser un estado permanente del espíritu, claro: para participar del descubrimiento que lo cambia todo solo es necesario comprender que, en determinada situación, uno se está comportando como un cretino. En los casos más leves, por tanto, se trata de algo reversible.

Al principio uno queda algo colapsado, naturalmente, pues llevamos años entrenándonos para aceptarnos y comprendernos y hasta consentirnos un poquito. Pero una vez superada esa primera oleada de sonrojo, esa comprensible tentación de soslayar el hallazgo, se produce una iluminación que, si bien es la iluminación de un idiota, proporciona una liberación total, un alivio inmenso que lo libera a uno del juicio permanente de los demás y del espejo.

La certeza de la propia inanidad es algo muy parecido a la sabiduría.

Ignoro si ese momento puede ser palanca de una mejora personal, y no interesa ahora. La mejora personal pertenece al campo del coaching, y aquí se ha venido a decir la verdad.

¿Cuál es el secreto de esa fractura de la percepción que lleva a un desvelamiento intelectual, a una contemplación abismal? Tengo para mí que tiene que ver con algo de lo que habla aquí Ferenc Copà: las cosas que ignoramos que ignoramos. La clave de ese ponerse de puntillas espiritual tiene que ver sin duda con una doble revelación, lo que es una doble conquista. Ignorábamos que ignorábamos ser estúpidos. Ignorábamos la posibilidad de ser estúpidos e ignorábamos serlo en efecto. Ignorábamos la potencia y el acto, y lo comprendemos todo de golpe. Y además tenemos la valentía y la fortaleza suficientes para aceptarlo. Ya no hace falta echarle la culpa de todo a los demás. Ya no hace falta nada, en realidad, porque lo tenemos todo.

Anímense. Osen. Más allá del espinar es donde crece la hierba buena.

¿Cuándo se convirtió el Barcelona en un meme?

En la vida es conveniente buscar el origen real de las cosas, las causas primeras, porque los problemas solo se solucionan arrancando el mal de raíz.

Aviso: la verdad es dolorosa

Mentirse a uno mismo consuela durante un tiempo, pero siempre deriva en batacazos fenomenales. No compensa, vaya. Pero si uno ya ha caído en la tentación, es conveniente que alguien, amigo o enemigo, le diga la verdad. Ahí va:

Aquello en lo que el Barcelona, incapaz de conseguir la excelencia deportiva del rival que lo obsesiona y acompleja, ha cifrado sus expectativas de superioridad, su logro incomparable, su cénit estadístico, no existe. El Barcelona, estimados lectores, jamás ha ganado un sextete.

La Liga del supuesto sextete (el sextete de corchopán) comenzó el 30 de agosto de 2008. La final del mundial de clubes del sextete de corchopán se jugó el 19 de diciembre de 2009, es decir, más de 465 días después y ya en la temporada siguiente, la 2009-10. Según mis sofisticados cálculos, y a no ser que en la república catalana (también de corchopán) los años duren 500 días, las competiciones que componen el sextete de Petete no se celebraron ni durante la misma temporada (abarcan la 2008-09 y la 2009-10) ni durante el mismo año natural (abarcan 2008 y 2009, y a solo 12 días de pisar 2010). Ni siquiera tuvieron lugar durante el margen de 365 días que componen un año terrícola. Que los títulos pertenezcan a dos temporadas distintas es especialmente relevante, pues implica que se jugaron con plantillas y equipaciones diferentes. Samuel Eto’o, por ejemplo, solo ganó los 3 títulos correspondientes a la 2008-09.

¿Por qué hemos tragado con la milonga entonces? No lo sé. Por pena, supongo. Lo que ocurre es que lo que se oculta para no dar un disgusto al niño a menudo lo convierte en un adolescente disfuncional. La verdad educa, la mentira malcría.

«Es que entonces no hay forma de ganar un sextete». Sí, sí la hay. Se trata, como en el caso del triplete (que el Barcelona sí tiene, por cierto), de ganar 6 títulos durante la misma temporada.

Supongamos, por ejemplo, que un equipo hubiera ganado esta temporada 2021-22 Liga y Champions (es difícil de imaginar, pero hagan un esfuerzo). Durante la próxima, 2022-23, jugaría las seis competiciones de marras; Supercopa de Europa, de España, mundial de Clubes, Liga, Copa del Rey y Copa de Europa. Todo en menos de 12 meses y durante la misma temporada. En caso de ganarlas, el equipo hipotético se haría con un sextete real, inapelable. Un sextete, vaya.

Que conste que en mí late la voluntad de ayudar, por si alguien por allí quiere empezar a sanear la cuentas y las cabezas y volver a poner los pies sobre la tierra. En esa línea y próximamente se abordarán los siguientes temas: «Neymar le costó al Barça 200 millones y no 57» y «Contar la Copa de Ferias como trofeo da casi ternura».

Profesores del mundo, resistid

¿Cuántas veces un profesor, convencido de la pertinencia de una dinámica, la abandona por considerarla anticuada o, dicho de forma más precisa, porque los demás la consideran anticuada?

¿Cuántos dictados hemos dejado de hacer en España por cómo sea visto desde fuera? ¿Trabajamos bajo la imaginaria vigilancia de expertos en PBL, PNL, flipped classroom (es lo de siempre pero en inglés o en sigla), aprendizaje cooperativo, análisis emocional, enseñanza adaptativa, aprendizaje contextual, informal, espontáneo y transversal?

No me malinterpreten. Todos los enfoques mencionados constituyen una aproximación analítica a principios útiles, es decir, son la cristalización del sentido común aplicado a la educación. Fantástico, nada que objetar. Lo que pienso (y lo pienso cada vez más) es que son secundarias, opcionales y algo obvias. Y que, sin embargo, las estamos poniendo por delante del (y en muchos casos en lugar del) aprendizaje real.

Puedo recordar elementos de cada una de las propuestas antedichas en las clases en las que participé de crío. No sé, o yo tenía profesores extraterrestres o antes el buen hacer docente se trataba de forma sintética y no se parcelaba ni se le ponía nombres molones. Ah, y se dejaba en manos de los profesores.

Por alguna razón se ha ido deformando el perfil de los profesores de hace treinta años (a los que de forma torticera se denomina «tradicionales», «antiguos» o «clásicos») hasta convertir su recuerdo en el de un sociópata que soltaba largas e infumables charlas, exigía solo memorización y mostraba una total despreocupación por las particularidades y las emociones de sus alumnos. No sé, pero yo no recuerdo ninguno que cumpliera esas condiciones. ¿Que no eran perfectos? Seguro. Como usted, como yo y como el lucero del alba.

Voy a formular una teoría bastante macarra: quizá quienes definen (en realidad solo ponen nombres) tan innovadoras herramientas y metodologías sí tuvieron profesores así, pero en tal caso, ¿son los mejor posicionados para regir los designios de la educación? Diría que no. En esta detracción de los profesores que nos educaron detecto cierto resentimiento, y el resentimiento no es buen consejero salvo para la venganza.

Yo sé que los congresos en educación son una cosa imprescindible y que rellenar sus programas es tarea ardua, pero si la mayoría de sus artífices no son profesores y además (según mi peregrina teoría) no tuvieron buenos profesores, ¿por qué hacerles caso?

Hace años (ignoro si lo sigue haciendo) un profesor iba de charla en charla pavoneándose de llevar «todo lo que necesitaba como profesor» en un pen drive. No sé si el tal profesor sigue en libertad, lo que sé es que lo decía porque suponía que quedaba bien decirlo.

Ser docente exige una profesionalidad análoga a la de cualquier trabajador, quizá algo más, y una tecnología (conjunto de conocimientos y técnicas) que permita saber cómo conseguir los objetivos de manera eficiente. Si nos vamos a dejar llevar por lo que diga cualquier psicopedagogo intentando colocar un paper es que valoramos en muy poco nuestra misión y capacidades, y mereceremos que la legión de opinadores legos que tratan de decirnos cómo hacer nuestro trabajo sigan haciéndolo.

(La imagen corresponde a El flautista de Hamelin, de Alice E. Colquhoun)

30 años con Juanito

No se va quien quiere. Ni quien muere, en realidad. El pasado 2 de abril hizo 30 años del accidente de Juan Gómez, así que son casi mil partidos recordándole a voz en grito en su casa. No sé de ningún otro jugador con quien pase eso, vivo o muerto.

Estar vivos nos da una perspectiva errónea, una falsa presunción. Dentro de 100 años de mí no se acordará ni Kerrigan, mientras que a Juanito seguirán aclamándolo miles de gargantas con fidelidad chamartinesca. Los años de vida constituyen una curiosidad cuantitativa, una bagatela numérica.

Quien haya perdido seres queridos sabe que atravesando el umbral de la muerte se nos vinieron a vivir donde siempre fueron más necesarios, dentro de nosotros, y que marcharse solo significó quedarse para siempre.

O somos parte de algo más grande que una sola vida o no somos nada. «Solo morimos cuando muere la última persona que nos recuerda», dicen, pero tampoco es cierto, porque el reguero iniciado por nuestros actos viene de antes de nosotros y nos sobrevivirá mientras exista la vida. Quedamos en otros de la misma manera que somos el hogar de quienes fueron. No es la vida lo que es un río: es la tradición, la crianza, el lenguaje, la manera de estar y hoyar y juntarse hombro con hombro cuando vienen mal dadas.

Nunca te marchas si dejaste una huella en el camino. Somos quienes nos enseñaron. Seremos quienes aprenderán de nosotros.

«Mi único estimulante fue la camiseta blanca. Honradla».

Dentro de un par de eones, cuando once vikingos se batan el cobre como deben, alguno de ellos, quizá el recién llegado, escuchará en el minuto 7 el estribillo de un cantar de gesta y, mientras da la vida por ese escudo que pesa tanto (señorío es morir en el campo), mientras siente sobre sus hombros el peso de una exigencia sideral, se preguntará sin palabras ¿quién sería el tal Juanito?

García de Loza azuzando a sus secuaces. Juanito, preocupado

Los brazos no se bajan nunca

Después de retirarse por segunda vez como jugador de los Bulls, a Jordan le chivaron que uno de los rookies del equipo (Corey Benjamin) iba diciendo por ahí «Michael Jordan no tendría ninguna posibilidad de ganarme en un 1 contra 1. Hizo muy bien al retirarse antes de que yo llegara al equipo». Ni corto ni perezoso, el mejor jugador de baloncesto de la historia se plantó en el United Center y le explicó a Benjamin un par de cosas con ayuda de un balón y un aro. Si no estuviera grabada, la historia parece diseñada para alargar la sombra de Jordan como un añadido legendario, una exageración inconcebible.

Yo no soy del Madrí porque tenga 13 Copas de Europa ni porque sea el equipo más glorioso que exista. Yo soy del Madrí porque fiándome de mi padre siempre me fue bien, e imitarle sigue siendo la forma más segura de no decepcionarme a mí mismo.

Como ser del Madrí es irrenunciable (y además de lo único de lo que no se puede cambiar es de equipo de fútbol), seguiría siéndolo si jugara en octava regional B y sus jugadores se llamaran Luis, Pichurri y Gordopilo.

No son esas 13 Copas de Europa, tampoco, lo que más orgullo despierta en mí cuando veo a mi Madrí. Es más bien la costumbre que se le supone de no rendirse nunca. Mi drama es, entonces, que hoy ha salido a pasear un color nuevo de camiseta, a verlas venir, a descontar una jornada. Lo ha hecho, además, ante el club que le impuso libremente dos medallas a Franco, y otra por decreto. Al club que tira cabezas de cerdo al campo sin recibir sanción alguna. Al club que se avergüenza de ser español. Lo ha hecho ante el enemigo, porque ese equipo innombrable no es el contrincante ni el rival ni el oponente. Es el ventajista, acomplejado y provinciano enemigo. Un equipo que nos odia y que para odiarnos, como el resto del independentismo, ha creado una fantasía animada en torno a lo que significa la excelencia madridista.

A mí no me avergüenza que nadie, ni siquiera el enemigo, nos endose 4 goles o 12 o los que hagan falta. A mí me avergüenza que se bajen los brazos, que no apetezca, que te pongas de perfil. Cuando uno pierde por 3 goles, o 4, o los que sean, incluso antes de llegar a esa situación, lo que uno ha de hacer es correr hasta que se le salten las espinilleras. Asfixiarse, ir al choque, y hasta ponerse pendenciero si lo requiere la ocasión. En el Bernabéu, en la pretemporada o en el recreo de la mañana. Si se juega, se muere en el campo. Si no, no se juega.

Ahora mismo, justo después del alipori proporcionado por los nuestros, está jugando Rafa Nadal la final de Indian Wells. No va bien (pierde 5-2), pero hay una diferencia fundamental. Caiga lo que caiga, se ponga el asunto como se ponga, no entra dentro de lo posible que el mejor deportista español de la historia le pierda la cara al partido.

La derrota es intrínseca al deporte. Si no sabes encajarla o te causa demasiado dolor, quítate las botas y dedícate a la vida contemplativa. No hay problema alguno en perder. El drama es ser tan melifluo, tan blando, tan figurante que se acuda al campo del honor a ver qué pasa. A caminar por el pasto. A perder de poco.

De la misma manera que la victoria del otro día ante el Peseyé trascendió lo que podamos esperar de la temporada, la derrota de hoy redunda en el hartazgo que siente cualquier madridista de bien ante la deficiente actitud que mostramos ante el enemigo, al que nunca le atacamos la yugular por mucho que ellos hagan vengan a Chamartín a practicar su yihad.

Probablemente no sea el día de afearle a Vinícius que desde que se ha visto titular prefiere tirarse a rematar, o de avisar al centro del campo de que le va haciendo falta un relevo, o de recordar a Ancelotti que hay vuelos a Milán todos los días. Es momento de que alguien entre en el vestuario hecho una furia y les recuerde a esta panda de guadianas que no hay días grandes y días pequeños: que el verdadero deportista no conoce la pachanga. Que si no corre a cada balón con el corazón en la boca mejor que salga otro; que la apatía es la única derrota que sonroja.

Dar la vida y perder es una bendición; la victoria sin esfuerzo no proporciona gloria alguna. Por eso mismo perder sin romper a sudar es la vergüenza total. Me da igual el resto de la temporada; me da igual la Liga y lo que pase en Europa. No reconozco a este equipo; ese no era el trato. Los brazos no se bajan jamás.

Nadal ha perdido el primer set: ustedes y yo sabemos que el yanqui tendrá que sudar sangre si pretende ganarle.

Literatura umbilical. El hastío infinito de la literatura postmoderna

No cabe negar ninguna forma de hacer literatura, porque la literatura es un arte y el arte o es libre o no es nada. Pero la literatura postmoderna, o al menos algunos de sus adalides, pretende llevarse por delante una noción que conviene defender con la vida, si es preciso: la literatura es el arte de contar historias.

Los que probablemente fueron los mejores libros del siglo XX terminaron por convertirse en el mayor problema de su literatura. Tanto A la busca del tiempo perdido como el Ulises han sido objeto de lecturas indigestas más allá de toda medida. Que en ambas obras maestras juegue un papel principal la introspección, la autoconciencia y la memoria no comportaba necesariamente que los escritores de los siguientes cien años tuvieran que mortificarnos contándonos lo que veían en su propio ombligo.

Ni la autorreferencia ni el monólogo interior son en Proust y Joyce más que técnicas a través de las cuales se despliega todo un mundo. Todo el mundo, lo que es privilegio de los genios. Un genio no se puede imitar, porque implica una mirada que se tiene o no se tiene, pero su técnica sí es imitable.

El escritor-posterior-a-Joyce no quiere parecer un escritor-anterior-a-Joyce.

Los críticos no pudieron convertirse en escritores, pero lograron que los escritores se convirtieran en críticos. Los escritores comenzaron a preocuparse más por la literatura como teoría que por la literatura como arte y oficio. La literatura postmoderna está llena de metaficción e intertextualidad: esto no es un defecto en sí mismo pero a la fuerza lastra la producción de historias.

Esa deriva llevó a convertir a los más grandes en una cosa distinta de lo que eran. «El Quijote, primera novela moderna» ¿Han leído lo increíblemente moderna que es La novela de Genji, de la escritora japonesa del siglo XI Murasaki Shikibu? El Quijote no es la madre de todas las novelas por ser la primera novela moderna o por ser polifónica. Es una obra maestra porque, en una mezcla de azar y maestría, Cervantes contó la historia que quería contar aunque pensara que no le daría fama (como de hecho pensaba). La palma de la desvirtuación se la lleva(n) Homero. Tan citado(s) por la academia que casi hemos olvidado que lo único que pretendía(n) era contar una aventura tan divertida que la gente pagara por escucharla.

¿Qué sentido tiene juzgar las novelas en función de parámetros técnicos, filológicos o filosóficos? ¿Es que arrancamos la escala de Pritchard del libro de Literatura para sustituirla por otra escala? Hubo una época idílica en que los escritores no querían ser Kant ni Schopenhauer; ese era otro departamento. Los escritores querían contar bien buenas historias.

Cuando un artista comienza a preocuparse más por la corriente a la que adscribirse que por la historia que contar está clavando otro clavo en el ataúd de la literatura. El siglo XX es un increíble ejercicio de pedantería y ombliguismo. Hemos pasado de contar lo insólito a regodearnos en la anécdota más mediocre y disfrazarla de hallazgo existencial.

Hastiado ante una realidad cada vez más compleja que de hecho sería óptima para desplegar sus alas de narrador, el escritor postmoderno decide que es más fácil transcribir el torrente sin filtrar de sus diarios aderezado con sueños y recuerdos fraccionarios. La realidad ya no es un puzle cuyas piezas encajen porque es mucho más interesante la trastienda mental del escritor, que no se molesta en construir historias porque su genio va mucho más allá. A través de sus libros, nosotros podemos aprender a ver gracias a que él vio primero, más alto y más lejos. En Solenoide, la supuesta obra maestra de Mircea Cărtărescu, el protagonista (trasunto del autor), dice plantearse cosas que ni los conductores ni las prostitutas se plantean. La novela postmoderna es increíblemente pedante, pero está exenta de culpa porque cuenta con la coartada infinita de ser dos cosas a la vez, y me explico:

A medio camino entre la filosofía y la narrativa, si se acusa a las tesis enunciadas en la novela postmoderna de carecer de vida, de textura o torbellino, nos abroncará: «¡Yo soy un filósofo, maldito lerdo!» Si le afeamos que sus razonamientos adolecen de falta de rigor filosófico, el escritor postmoderno alzará la ceja y nos espetará: «¡Ay de vosotros, pobres mortales, pues yo soy un artista!». Ser literatura y filosofía a la vez la exime de ser ninguna de las dos cosas. Y repite la jugada con ficción y realidad: los razonamientos brillantes se los apropia el autor, los comportamientos ruines son solo del protagonista. Pretende, convirtiendo a la novela en diario y ficción simultáneamente, huir de las servidumbres de cada género. Pero a mí me parece que funciona al revés: anula la suspensión de la incredulidad al intentar ser real y despoja a la realidad de todo rastro de verdad al resultar ficcional.

En un ejercicio increíble de egotismo y convencimiento de la propia unicidad, el escritor postmoderno no narra: revela. El escritor postmoderno se ha quedado en esa etapa de la vida en la que todo lo que se escribe tiene un valor inmenso porque pertenece al pozo de oro líquido de la propia conciencia. Contar historias es demasiado fácil (en realidad es demasiado laborioso, pero eso se lo callan). Al escritor postmoderno no le hace falta la historia porque nos hace el inmenso regalo de su propia experiencia. Es un poco el mecanismo que funciona para las artes visuales: «esto es muy extraño así que debe de ser profundísimo y revelador». Por si hubiera dudas, el escritor postmoderno es un tipo extremadamente pesimista, único conocedor de la miseria y la nada: los atributos de la persona interesante. Los atributos, en todo caso, de la persona que se hace la interesante. De Emil Cioran, que no adoptó la pose del escritor, ni siquiera la del filósofo, pueden decirse muchas cosas, pero no que no concibiera la vida como un ejercicio superfluo. Y en lugar de convertir su pesimismo en marca de estilo, se presentaba como un tipo encantador que sabía que la ironía siempre vence a la nada. El escritor postmoderno nunca sonríe porque necesita aparentar ser trascendente.

Si se mira uno el ombligo durante el tiempo suficiente, termina por parecerle apasionante

No se está diciendo aquí que no se deba escribir à la postmoderna (Murakami), lo que se está diciendo aquí es 1) que se abusa de ella y 2) que hacerla pasar por el canon literario de nuestro Zeitgeist es un chiste de mal gusto. El postmodernismo contestó al elitismo modernista negando la existencia de la alta cultura, pero me temo que la literatura postmoderna se ha convertido en el último refugio de los pedantes. He ahí la primera contradicción: empezó criticando la alta cultura para terminar siendo cultura inasible de tan alta. La segunda contradicción tiene que ver con su supuesto relativismo: a fuer de resultar autorreferente, la literatura postmoderna termina por volverse sobre sí misma y concentrarse en las cuitas del propio autor, entregando una visión personalísima del mundo donde no caben la polifonía ni la propia noción de los otros.

Una persona que conozco le dijo a otra persona que conozco: «Vuelve a casa, dibuja un ombligo gigantesco en el espejo del baño, y solo cuando te canses de mirarlo estarás preparado para venir a ayudarnos». De forma maravillosa y profundamente sintomática, en la segunda o tercera página de solenoide el protagonista comienza a hablarnos de las cuitas ¡de su propio ombligo! Maravilloso, insisto. El escritor postmoderno nunca se cansa de mirarse el ombligo y además, para más inri, termina por enseñárnoslo a los demás. La literatura postmoderna es a la literatura lo que la cámara de selfie a la fotografía.

Que no se me malinterprete aquí: Cărtărescu escribe como los ángeles, y aun mejor, pero termina por estomagarnos cuando lo tiene todo para avasallarnos, para nutrirnos; para practicar el arte antiguo del embeleso.

Lo mejor es enemigo de lo bueno

Por supuesto que cabe la posibilidad de que yo sea un simple y no entienda nada. Les voy a dar un argumento que respalda esa tesis: hasta hace unos pocos años no entendía cómo demonios podía ser lo mejor enemigo de lo bueno, y, sin embargo, no solo lo es sino que no comprenderlo es uno de los males de nuestro tiempo.

Que la novela sea una historia y no teoría filosófica no es desdoro para aquella, es claridad semántica. Pero al siglo XX, por lo visto, no le valía con eso. Engullidos por el afán de protagonismo generalizado de los artistas contemporáneos (solo en el cine siguen gozando de más fama las obras que los autores), los escritores se llenaron de gravedad y comenzaron a poner cara de tiesos, olvidando que lo grave puede ser más profundo, pero también más pesado. Ya no vale con hacer bien el trabajo de uno, con respetar el oficio. Hay que motivar, filosofar, estremecer y convertirse en líder. Ser mejor que el mejor. Hablar como un anuncio de Coca-Cola de los 80. Abran LinkedIn y sabrán de lo que estoy hablando: un aforismo grandilocuente más y la red cerrará por ataque de diabetes. Es lo que decía Ferenc Copà aquí: hemos perdido la adecuación a la tarea para convertirla en mero espejo (espejismo) de nuestras ansias de grandeza. Damos muchísima vergüenza ajena, vaya. Y nuestro ego, o más bien nuestro complejo, no parece que vaya a desinflarse en un futuro próximo.

Las palabras son mágicas

Pensar en marxismo y capitalismo como contrarios es un lugar común difícil de soslayar y mucho más difícil de contrarrestar (la Guerra Fría y su cine hicieron mucho por consolidarlo), pero solo cuestionando lo que se da por supuesto se puede tomar verdadera perspectiva.

Una de las mejores razones para considerarlos primos hermanos es la sustancia que palpita en el seno de ambos: materialismo contante y sonante. No sé si sonante, pero de que sea contante se encarga una de las salmodias de la modernidad cientificista: no solo todo es reducible a números sino que hacerlo permite explicar, prever y corregir. Por eso hace décadas que disciplinas que nunca serán científicas ni falta que les hace (la educación, la politología o la psicología, entre otras) pugnan por serlo: si no te refugias en la demostración estadística corres el riesgo de decir algo original que atente contra el pensamiento único. Citas y estadísticas están corroyendo el pensamiento y la academia.

Pero hablábamos del materialismo que todo lo contamina. Esa preocupación permanente por los números encuentra su adalid contable en el dinero, noción mucho más esquiva de lo que parece, pero que aspira a resumir por su polivalencia y su contabilidad (posibilidad de ser contado) el conjunto de las actividades humanas. Capitalismo y marxismo coinciden en verte como lo que tienes, con un número sobre la cabeza como los jefes finales de los videojuegos o las cifras de tiempo marcadas en la muñeca de los personajes de In Time.

Una sociedad así termina por hacer famoso a cualquier petimetre que haya acumulado guita. Quien ostente una cifra jugosa se convierte automáticamente en personaje envidiable. Cuéntenle a un adolescente que llegar a ser un youtuber vacuo y millonario no es la meta de toda vida humana y verán qué cara de sorna les propina.

Una de las fantasmagorías que la preeminencia de lo numérico instala en nuestras conciencias es la ubicuidad del juego de suma cero. Una sociedad que lo cuenta todo es necesariamente una sociedad egoísta porque cree que la ganancia propia es pérdida ajena y viceversa. Por eso miramos con suspicacia al orgulloso propietario del Aston Martin de al lado: «Qué se creerá», pensamos, como si fuera culpa suya que nosotros no tengamos uno.

Y, sin embargo, más allá de ciertas necesidades materiales básicas, nada que en la vida sea mollar responde a la lógica aritmética ni es un juego de suma cero. Nada sustantivo está sujeto a escasez ni es fungible.

Las palabras tienen la capacidad de hacer que exista lo que no existía, de traer la paz o la guerra, la desgracia o la felicidad. Pueden hacer que un corazón rebose.

Väinämöinen es un personaje central de la mitología finlandesa. Su voz es grave y profunda: su canto poderoso da forma y ordena la naturaleza. Ni el sol se le resiste:

El justo y viejo Väinämöinen
 abrió la boca para hablar,
dijo las siguientes palabras:
[...]
«A partir del presente día
álzate todas las mañanas;
danos a todos la salud, 
trae la caza a nuestro alcance,
la presa cerca de la mano, 
atrae al pez a nuestro anzuelo».
Väinämöinen luchando contra Louhi según el pintor finlandés Akseli Gallen-Kallela.
¿Les recuerda a alguien?

En La Música de los Ainur nos cuenta Tolkien el origen de Todo. Ilúvatar, el Único, crea a los Ainur, los Sagrados, y les ordena cantar una Gran Música:

Entonces las voces de los Ainur [...] empezaron a convertir el tema de Ilúvatar en una gran música; [...] y al fin la música y el eco de la música desbordaron volcándose en el Vacío, y ya no hubo vacío. 

«Y ya no hubo vacío». En el libro de todos los libros se nos cuenta:

Y dijo Dios: 
Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche.

Dios no piensa el mundo. Dios dice el mundo, y después pone nombre a las cosas creadas. Tener un nombre es condición para existir. Según el Corán:

Él enseñó a Adán el nombre de todas las cosas. Entonces se las mostró a los ángeles y les dijo: Decidme los nombres de estas cosas si sois verdaderos.

Y los ángeles no supieron los nombres, pero Adán sí, y por eso Dios hace a los ángeles arrodillarse ante Adán.

Todo lo anterior no prueba que las palabras sean mágicas, solo lo anuncia. La prueba viene ahora; coja un papel, o un teléfono, y marque el número de esa persona. De su madre, o de su padre, o de sus abuelos si es usted un tipo con suerte. De ese ser al que últimamente le brillan los ojos más de lo habitual. Dígale aquello que nunca viene a cuento decir: «Estaré contigo contra viento y marea», o «Te echo de menos», o tan solo «Aquí estoy». «No tengas miedo».

Luego me dicen si las palabras son mágicas o no, si son capaces de hacer que haya donde no había. Si siguen las leyes de lo material. Si merece la pena decirlas.

Dice Borges (un demiurgo en sí mismo) que «pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una de las buenas costumbres que nos quedan». Conan Doyle es una de las personas que más felicidad ha proporcionado al resto de los mortales. Lo hizo con una receta antigua: poniendo una palabra detrás de otra.

Dijo Lavoisier que la materia no se crea ni se destruye. Puede que la materia no, pero la materia de la que están hechos los sueños sí. Esa es nuestra trascendencia, y por eso la ciencia y la política siempre terminan por quedarse cortitas, atónitas, colapsadas.

P. S.: Abracadabra aparece por primera vez en un poema de Quintus Serenus Sammonicus; más allá su origen es desconocido. La teoría que más nos gusta es que proviene del hebreo y significa voy creando según hablo.

No eres especial y sabes muy poco

y ahora, si le pones voluntad, quizá podamos solucionar una de las dos cosas.

Te habrá sonado un poco brusco, querido alumno adolescente, porque estás acostumbrado a que el mundo hipócrita y mercadotécnico que estamos construyendo te haga la rosca con mensajes wonderful hasta que te los creas. «Eres único», «los sueños se cumplen», «tu mundo, tus reglas», «que no apaguen tu luz interior». Que por mí estupendo si tienes una luz interior, pero mi tarea es que distingas entre un adverbio y los Reyes Católicos.

No es este el momento ni el lugar para explicarte por qué es importante que sepas algo, pero, aun en el caso de que lo mejor fuera que no supieras nada, mi obligación es que sepas cosas. Soy profesor, no coach ni gurú ni chamán ni youtuber. Tampoco soy fontanero ni empleado de banca. No soy mejor ni peor que ellos; simplemente mi meta es distinta.

Porque de ahí venga quizá el problema, de que a nosotros la postmodernidad ya nos contó aquello de realizarnos y ser especiales, elegidos, únicos en nuestro género. Destinados a las estrellas. Y entonces decidimos que para qué ser profesores si podíamos ser algo más, si podíamos atender a la especificidad de nuestros alumnos como seres de luz y ocuparnos de su psique, su emotividad, su déficit de atención (en los nuevos modelos viene de serie) y su confusión identitaria.

Una escuela para niños y niñas. Jan Steen, 1670

El resultado de todo esto es que no sabes leer. Dime la capital de Finlandia, el año en que cae Constantinopla o un pretérito anterior. Pues eso. Dime qué significa periferia.

Son las milongas que nos contaron (¿para qué enseñar el gerundio si puedo cambiar el mundo?) las que te están vaciando de contenido. Mi labor es devolvértelo, y por eso quiero llegar a un punto de partida que escandalizará a los pacatos, pero que representa mi compromiso contigo. No sabes gran cosa, pero vamos a intentar que eso cambie. Aunque tenga que explicarte un millón de veces por qué «Me» no nos sirve como sujeto.

De la otra parte no te preocupes: no eres especial, ni yo tampoco, pero eso está bien. Compartes con los demás tu condición de ser humano (y eso sí es un privilegio) y muchas otras cosas, y aunque el final del siglo XX nos haya colado que lo más importante del mundo es nuestro ombligo, si me das tiempo te enseñaré la sutileza del aurea mediocritas y la sabiduría de la fanfarria para el hombre común. Y otras cosas vitales: el participio de freír. Rebeca. Esto. Por qué decir *dámele es dar un paso hacia el mono que fuimos.

Más allá de la nariz de Pinocho

La felicidad está más allá de la nariz de Pinocho. No la felicidad, que es inasible, gazmoña y traicionera, sino aquello a que deberíamos aspirar realmente y que está en algún lugar entre la mesura, la adecuación y la serenidad. Un poquito de aurea mediocritas y una pizca de ataraxia. Está más allá de la nariz de Pinocho porque cuanto más mentimos más lejana e inaprensible nos resulta.

La mentira está tan de moda que le hemos cambiado el nombre para blanquearla; parece que superamos aquello de la postverdad (mentir apoyándonos en los sentimientos ajenos), pero nos hemos quedado con el relato (mentir a lo bestia, construyendo la mentira y sus aledaños, un universo paralelo donde nuestra mentira encaje bien).

Si la mentira nos aleja de lo bueno, ¿por qué mentir? ¿Cómo funciona el mecanismo que activa la mentira más perniciosa: la mentira a nosotros mismos? Así:

El carácter explicativo del fútbol proviene de ser metáfora de casi todo (permanezcan alerta contra quienes no beben ni fuman y denuestan el fútbol). Sigamos: el fútbol consiste en ganar. Tiene sus reglas, su camino hacia la victoria, pero el meollo es ganar. Si tuviera otra meta sería otra cosa; sería macramé, ikebana, aeromodelismo o una caña de lomo. Pero fútbol es fútbol, que diría Boskov. No pierdan de vista a Vujadin porque dejó otras muestras de sabiduría cristalina: «Ganar es mejor que empatar» y la no menos preclara «empatar es mejor que perder». Parece obvio, ¿verdad? Pues resulta que no, porque tenemos relato. Quién quiere lo obvio teniendo un relato…

Pero no adelantemos acontecimientos. Estábamos en el panorama inapelable de aquellos once tipos que amenazaron a otros once con morder el polvo. Ante aquel giro de los acontecimientos, uno podía decidir afrontar el reto y calzarse las botas o seguir jugando a que la pelota no caiga (en el siglo XI, en Japón, jugaban al kemari, o al menos eso cuenta Murasaki Shikibu. Las crónicas dicen que en 905 un grupo de cortesanos llegó a pasarse la pelota 160 veces sin que tocara el suelo. Apasionante).

Imaginen ahora que alguien no gana, o gana menos. Imaginen que alguien, incapaz de ganar tanto como otro alguien, sea también incapaz de aceptarlo (al fin y al cabo no es para tanto, se gana y ya está: como saben los rugbistas, hay cerveza para todos). ¿Qué puede hacer este inconformista? Puede construir un relato. Puede decirse a sí mismo, y me temo que a los demás, que lo importante es participar, o llevar la camiseta por dentro, o, agárrense los machos, dar muchos pases. Si convenzo a los demás de que el fútbol consiste en dar muchos pases, y yo doy muchos pases, estoy sorteando mi incapacidad para ser el que más gana por el procedimiento de inventar un juego nuevo en el que gano yo: el gol-pase. Para todo aquel que no se haya lijado las Paredes en los patios de asfalto de los 80, el gol-pase era la versión meliflua y coñazo del gol-regate, que era donde había entrechocar de tibias y sangrienta heroicidad.

Al mentiroso, al que decide que el fútbol no es fútbol, no conviene responderle con demasiados argumentos (entrar en su juego), sino contestarle con la concisa y categórica verdad: «Esto es fútbol y lo que tú pretendes jugar es otra cosa, una cosa tan aburrida y desesperante que se te está poniendo cara de sueño».

―¡Suéltenme! ¡Les digo que la hierba estaba muy alta!

Como contestó el ínclito Fernando Damas a una progenitora (no recuerdo si A o B) cuando esta intentaba consolar a unos baloncestistas púberes recién derrotados con un «lo importante es divertirse», le contestó, digo, con un inmortal «Yo cuando pierdo, señora, no me divierto», una cosa es que la verdadera victoria sea contra uno mismo y que aún más importante que ganar sea morir en el campo, pero lo inapelable es que el fútbol tiene como objetivo ganar. Lo otro es kemari, y se puede jugar en la playa con un balón de Nivea.

Todo cambio comienza llamando a las cosas por su nombre

Si tiene a un adolescente a su alcance dígale que coja el móvil (lo más probable es que ya lo tenga en la mano) y que mire cuántas horas tuvo la pantalla encendida el día anterior. Si no tienen a nadie cerca, valdrá con el suyo. Yo lo hice la semana pasada con una de mis alumnos y el resultado fue de 5 horas. Con otro el resultado fue de 8. A lo largo de la semana, de 55. 55 horitas. La trilogía de El Señor de los Anillos en sus versiones extendidas dura unas 13 horas. En 55 horas se puede aprender rudimentos de japonés, o a conducir. 55 horas es lo que deberíamos dormir a lo largo de una semana. El curso de manipulador de alimentos dura 10.

55 horas a la semana haciendo nada. Haciendo scrolling porque unos tipos en California (que llevan a sus hijos a colegios sin pantallas) lo quieren así. 55 horas preciosas para un cerebro en formación. El tiempo necesario para empezar y terminar The Crown. O para escribir y enviar una carta a cada familiar a menos de tres grados de distancia. Para leer todo Tintín y todo Asterix y llegar a tiempo al partido del Madrí. Para ver todos los cuadros del Thyssen. Para darle un buen mordisco a las cantatas de Bach. Para que sus abuelos les cuenten historias de su infancia.

Esta pésima decisión sobre el uso del tiempo volverá a ocurrir la semana que viene, y la otra. Y hasta que hagamos algo todo será así, porque el cerebro siempre prefiere los chutes de dopamina al esfuerzo necesario para leer Crimen y castigo. La recompensa a medio plazo del móvil, además de la dopamina, es el insomnio, la irritabilidad, la frustración inherente a las redes y la asimilación de mensajes extremistas. La recompensa de leer Crimen y castigo es la felicidad que proporciona la contemplación de la verdad, la sabiduría y la belleza. Pero mañana el cerebro volverá a elegir el móvil.

Y eso no es lo peor

El descomunal drama de tirar el oro verdadero por el desagüe no es ni por asomo lo peor. No es el tiempo gastado en encajar cookies lo peor. Lo peor es lo que nos pasa en el otro tiempo. Lo peor es cómo la realidad, la escasa realidad que vivimos sin el móvil en la mano, se nos convierte (se nos ha convertido) en un interludio turbio, gelatinoso, en un solar de impaciencia hasta el próximo desbloqueo del teléfono. Nada le hace sombra al pelotazo químico de las luces y los colores: en cuanto a lo que le hace a nuestro cerebro, el móvil es tan adictivo como la heroína. La vida es lo que ocurre en el compás de espera insoportable entre pico y pico. Por eso ya no nos miramos a la cara al hablar, ni escribimos cartas, ni especulamos sobre a qué se parecen las nubes: porque nos pasamos el día esperando a que nos dejen a solas con nuestro camello. Ya no nos entregamos a ninguna tarea con el 100 % de nuestras capacidades porque siempre estamos a un golpe de botón de un chute de dopamina. ¿Saben qué otros productos producen niveles anormales de dopamina en nuestro organismo? las anfetaminas y la cocaína. Sigan comprándoles móviles a sus hijos de 11 años.

Los colegios, aliados inestimables…

… para la adicción. Es un error descomunal incentivar el uso de tabletas en los colegios. No hay ningún motivo para hacerlo. «Verán, es que la tecnología…» ¿La tecnología qué? ¿Están enseñando a mi hijo a programar gracias a la tableta? ¿Domina al menos hojas de cálculo? Lo que hace es mover el dedo por una pantalla, por el amor de Dios. Apple, Samsung y Google descubrieron el filón escolar e impusieron sus condiciones a un sector demasiado cuestionado y victimista como para mantener su propio criterio, fin de la historia. Los libros de papel son mejores en todos los aspectos, pero no tienen a una multinacional detrás.

Busques lo que busques, ahí no está

Hay mil razones para ser optimista. Los móviles son una paparrucha que crea más necesidades que soluciones. Tenemos una memoria horrible, pero la historia está llena de inventos deslumbrantes que se fueron al garete en cuanto fueron observados con un mínimo de ecuanimidad. Los teléfonos son perniciosos en muchos sentidos, aunque solo haya cabido en esta entrada su insólita capacidad para crear miles de millones de drogadictos de manera no solo legal sino socialmente aceptada.

P. S.: La ilustración que abre la entrada es de Felipe Luchi para Go Outside.