Reconstruyendo la educación (1): la noción de analogía

Si pretendemos volver educar a alguien alguna vez convendría hacer acopio de conocimiento real y protegernos tanto de iluminados como de injerencias, pero sobre todo debemos concentrarnos activamente en la formación de profesores. No del profesorado, ojo, sino de profesores.

La primera idea perdurable que deberíamos transmitirles tiene que ver con el deporte: los jugadores no entrenan ese ejercicio en concreto porque vayan a encontrarse ese ejercicio en concreto en el momento de la verdad (que también), sino porque ese ejercicio en concreto produce cambios perdurables sobre su cuerpo y mente.

Los estudiantes no estudian ese contenido en concreto porque se lo vayan a encontrar en el momento de la verdad (que también), sino porque ese contenido en concreto produce cambios perdurables sobre su cuerpo y mente.

Desconfíen de cualquier pensamiento que no se pueda resumir fácilmente. Este es el contenido de esta entrada: En una clase de Primaria no se trabajan las dicotiledóneas ni la morfología, sino única y exclusivamente la mente de los alumnos.

Es decir: después de realizar un ejercicio, de entender, de estudiar, incluso de memorizar, el cerebro (que no es un músculo, pero que se trabaja como tal) experimenta cambios que lo habilitan para enfrentarse a aspectos análogos de la vida pasada, presente y futura del estudiante. El estudio nunca es gasto, sino inversión.

No les enseñamos sintaxis por la sintaxis, que también, sino por la mejora que entender el funcionamiento de la sintaxis opera en su cerebro. Para que por analogía comprendan mejor procesos semejantes. El resto de sistemas, ni más ni menos.

Esto vale para todo aquello que los profesores, bloqueados, no sabemos cómo justificar: hacer raíces cuadradas, saberse la lista de los reyes godos, comprender y practicar análisis morfológico o la mencionada sintaxis. El test de Cooper, llegado el caso. Memorizar las preposiciones (con durante y mediante en su sitio), recitar de cabeza un soneto de Lope. Copiar un texto, parafrasearlo, entresacarlo, sintetizarlo, ampliarlo, comentarlo. Traducirlo.

Al entender la jerarquía de las operaciones combinadas («Es que a mí las Matemáticas no me van a servir para nada») uno entiende que hay un orden en el mundo y que ese orden tiene unas reglas. Orden en al menos dos sentidos: temporal y de relevancia. Aprende a interpretar las relaciones entre los elementos de un sistema, a inferir, a percibir algo tan relevante como la lógica, es decir, a pensar lógicamente, es decir, a proferir menos estupideces. A razonar con sentido, que es lo contrario de lo que hacen ahora; razonar consentidos.

¿Queremos digitalización? Estupendo, nada tan útil como la poesía o el solfeo, que enseñan al cerebro a tratar con lenguajes formales, o la Filosofía, que lo entrena en las reglas de inferencia y las tablas de verdad, o la sintaxis, claro, que propone que para comunicarse con precisión (cuánto más frente a una máquina) no basta la buena voluntad.

En educación primaria y secundaria el sujeto siempre es más importante que el objeto, porque mientras desconocemos a qué se dedicará ese joven estudiante sabemos que esa herramienta alucinante, su mente, será siempre su principal capital, su cuerno de la abundancia. Que mientras la tenga y la atesore podrá decir orgullosamente, con William Ernest Henley, «Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma».

Claro que les da igual cuántos pasteles pueda comprar Margarita, y a nosotros también, pero nosotros, a diferencia de ellos y de sus padres y de sus pedagogos y de sus psicólogos y sus psiquiatras y de sus coaches y sus counsellors y sus mentores y de sus consejeros y ministros de Educación y sus psicopedagogos emocionales y sus podcasters y sus tiktokers y de la madre que los parió a todos ellos, nosotros los profesores sí sabemos que calculando cuántos pasteles puede comprar Margarita están amueblando su cerebro para lo que vendrá, porque aunque el cerebro no sea un músculo se entrena como tal, y para convertirlo en una herramienta poderosa es más importante el esfuerzo y la repetición que la complacencia y la pose.

También sabemos, porque los antedichos son demasiado ignorantes o demasiado malvados para contarlo, que esa educación real y capacitante no está reñida con todo aquello a lo que se agarran los neopedagogos porque no saben ni entienden de nada más (como el neomarxismo se agarra al ecofeminismo porque todo lo demás lo hunden sistemáticamente), es decir, no está reñido con la empatía ni con la sonrisa ni con la educación en virtudes y valores y asombro e iconoclastia, llegado el caso.

Estamos por una educación real con resultados reales, y ello pasa por volver a conferir a los profesionales de ese oficio maravilloso que es el magisterio el conocimiento, las herramientas y la convicción, pero sobre todo la preeminencia y la autoridad que les permita volver a producir seres humanos completos, únicos, libres y poderosos.

Emociones hasta en… la sopa

Como de algo hay que llenar las horas de clase en primaria después de haberlas vaciado de contenidos, la neopedagogía decidió llenarla de emociones. Expresión de emociones, role play de emociones, dibujo de emociones. Inteligencia emocional. Mis emociones y yo; método abreviado para crear egoístas.

En los problemas de Matemáticas (abran el libro de su churumbel para comprobar que no es una hipérbole) si María tiene 20 euros y se gasta 15 en un cuaderno (lo que con el sueldo de los padres de María es una temeridad, pero ese es otro debate), al alumno resolviente se le pregunta, entre otras cosas, «¿cómo crees que se siente María después?». Y todo así.

En la mente de los futuros profesores comenzó a instalarse la idea (no se preocupen, ya se está corrigiendo) de que gestionar las emociones es más importante que saber leer. Esto último está basado en un comentario real de una futura profesora. Las emociones, ojo, ni siquiera los sentimientos. Emociones tiene hasta el perro. Y este es un punto importante.

Esta preocupación unívoca por las emociones, secundada por la voluntad de que ningún alumno se frustre, como si nuestra labor principal fuera barrer de chinitas su camino, fagocita todo lo demás. Cabría preguntarse por qué, pero ellos no nos lo van a decir. Conviene investigar.

Verán; en 2015 Disney perpetró la película que mejor explicaba la deriva iluminada (iluminado es sin duda nuestra mejor palabra para lo woke) que la compañía iba a tomar a partir de entonces. El viaje de Arlo es una declaración de intenciones de la intelligentsia yanqui, y demuestra la predilección que tiene la extrema izquierda por el adoctrinamiento de los más jóvenes. En El viaje de Arlo los animales hablan, incluidos los dinosaurios, mientras que el niño gruñe. Es la mayor y mejor materialización de los planes que los ultras de izquierda tienen para la formación de los infantes: niños ágrafos que tienen emociones en lugar de ideas, impulsos en lugar de templanza, valores ajenos en lugar de virtudes propias.

Tengo para mí que no se trata tanto de elevar la dignidad de los animales, como por cierto hacía el propio san Francisco, como de rebajar la nuestra. Por motivos que desconozco la extrema izquierda detesta la excepcionalidad del ser humano: es la misma inquina que baja el voltaje de la libertad para convertirla en tolerancia. Quién quiere sentimientos pudiendo tener emociones, como el gato. Ahí tienen Del revés, también de 2015. O será casualidad.

Emociones a cambio de leer a Tolstoi, pero, ¿de qué demonios habla Tolstoi?

Una profesora rusa de cierta universidad decía que Dostoyevski solo escribía sobre psicópatas. Hiperbólico o no, el comentario es jugoso y nos sirve para constatar que Tolstoi, en cambio, escribía sobre todo.

Del amanecer del campesino y la muerte del hermano, de la guerra y la paz y todo lo que hay en medio. De la estupidez humana y la caducidad de sus vanas ilusiones. Tolstoi habla de la vida con la sabiduría de un demiurgo y la humildad de un santón. La obra de Tolstoi contiene el cosmos.

¿Qué problema tienen, entonces, los neopedagogos con que los niños acumulen competencia lingüística necesaria para poder leer a Tolstoi? Si quieren formarlos en emociones, ¿qué podría ser mejor que los formara el que fue, según Virginia Woolf, el mejor novelista de la historia? ¿Por qué quieren educar inválidos culturales? Quizá escuchar durante un minuto a Yolanda Díaz (a mediodía, alegría) nos proporcione pistas: el estamento político pretende fabricar su propia audiencia. Van dados.

Porque estaría bien, y en eso estamos, que las personas normales (el hombre corriente de Copland) comenzáramos a hacer planes por nuestra cuenta. Mi plan, por ejemplo, es el siguiente: que en lugar de ser los cachorros gruñidores que el marxismo cultural ha diseñado, los adolescentes de 14 años vuelvan a tener el bagaje suficiente para leer y disfrutar de Tolstoi. Como la situación es de derribo, necesitaremos primeramente que sus profesores la recuperen, porque no todos la tienen, y cambiar la ubicuidad de mi propio ombligo y cómo se siente mi propio ombligo, por ejemplo, por uno de los comienzos más deslumbrantes de la literatura: «Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera».

Caminar erguidos

Algunos de los más afamados vendechicles destacan la pertinencia de caminar erguidos. Nada que objetar; caminar encorvados es fuente de problemas lumbares y tragedias cervicales.

Algunos de ellos (gurús de podcast, filósofos de baja intensidad) fuerzan más el consejo y establecen el hábito de la rectitud espinal como detonante de un sinnúmero de bondades físicas y mentales. Emocionales, repiten como mantra ineludible. Caminar erguidos, al parecer, desencadena una reconstrucción del ser, una epifanía del amor propio. Los más estomagantes acompañan la retahíla de una cierta alegoría de la mirada: la barbilla alta, vista al frente, el horizonte al alcance. Resucitar la coronilla desencadena, según vemos, mejoramientos de todo pelaje.

Comprendiendo y compartiendo parte de lo antedicho, lo que aquí se propone es una inversión en los términos, atentos. Se trataría primero de realizar algún hecho del que estemos orgullosos. No tiene por qué ser, en contra del exhibicionismo algo suicida que impera, una gesta notable, ni siquiera pública. Puede quedar en el acogedor santuario de la intimidad ―el lugar donde ocurre todo lo importante―. La única coindición es que nos sintamos orgullosos de esa pequeña conquista. Entonces y no antes deberíamos caminar como si nos sintiéramos orgullosos o, con más propiedad, caminaríamos con legítimo orgullo. Aparece entonces, así planteado, cierto aroma de engañifa en el consejo de los divulgadores que trabajan más la inflexión de su voz que la composición de su biblioteca.

Trabajo y luego orgullo y no al revés encierra un posicionamiento ideológico, toda vez que la izquierda denuesta el esfuerzo por motivos que me resultan ajenos. Pero encierra sobre todo una directriz fecunda en una de nuestras obsesiones, en palabras de Ferenc Copà: la educación.

La moda, esa mentirosa permanente, nos enseña a fomentar la autoestima como si los niños fueran idiotas, es decir, sin que haya relación entre el orgullo y su fuente. Como si la autoestima fuera la causa y no el efecto, la figura y no el reflejo.

Prueben a hacerlo al revés (todos somos educadores alguna vez). Enseñen algo, por nimio que resulte, pero enséñenlo a conciencia. Observen el efecto que ese aprendizaje real tiene en su discípulo. Construyan alrededor de ese conocimiento, valoren en su justa medida ese pedacito de sabiduría. Ahí, entonces, en ese orden. Cuánta felicidad dará ese trocito de Elíseo.

Un (enorme) rayo de esperanza

Ya lo saben: la Comunidad de Madrid va a prohibir para el próximo curso el uso de pantallas en Educación Primaria pública y concertada. Interesan diversos aspectos de la decisión, el más importante de ellos el de que los colegios dejemos de ser agentes de adicción para los miembros más frágiles de la sociedad. Dicho sin ambages, la decisión impedirá que los profesores sigamos siendo los primeros camellos de los niños madrileños.

Hace dos semanas en este blog se avisaba de la posibilidad de hacer el ridículo intentando ser el más moderno y convirtiéndose como por arte de magia en caspa.

Las pantallas son de pobres

Mi compromiso con este blog es el mismo que el de Phoebe con los niños de la biblioteca: no sé qué de una vaca y unas hamburguesas.

Una persona confiable lo dijo hace tiempo: los hijos de las élites están aprendiendo a amasar pan. La pantalla es la destilación perfecta de la mentalidad de pobre: una trampa del crecimiento bajo un aspecto de sofisticación.

Ahora vamos con eso, pero para caracterizar la diferencia entre la mentalidad de pobre y la de rico (y no es necesario ser ni una cosa ni la otra para tener ni una ni otra mentalidad) valga el concepto de los gastos termita. Los gastos termita son esas pequeñeces que el pobre, pensando que consumir es de ricos, acomete sin rebozo. Total, son tres euros. Total, 1,80. Total, 400 euros al mes. El rico, en contra de lo que piensa el pobre, no gasta. El rico ahorra, y solo gasta cuando después de mucha reflexión decide que ese gasto esa inversión merece la pena, entre otras cosas, porque la heredarán sus nietos. El rico gasta pocas veces aunque gaste mucho más en cada operación; le sigue compensando.

La pantalla es la materialización de lo que deberíamos llamar el tiempo termita: creyendo que estamos haciendo algo con nuestro recurso más preciado, lo estamos en realidad tirando por el desagüe, como si nos sobrara, de la misma manera que hacemos con los tres euros o el 1,80. Total, lo miro dos minutos. Total, lo vuelvo a desbloquear. Total, 300 horas al mes.

Por si fuera poco, a menudo las dos termitas se juntan, porque ¿quién no tendría la aplicación de Amazon en el móvil, con lo cómoda que es? ¿Han visto lo accesible que es la página de Zara? Y si por mala suerte necesito pagar en vivo puedo al menos hacerlo con mi iPhone, como los ricos. Total, por unos ridículos 20 euros al mes hasta 2030 Movistar casi me lo está regalando. Los ricos heredan las mesas de roble de sus antepasados, pagadas a tocateja; los pobres heredan las deudas de sus abuelos por un móvil que ya no existe.

Cui prodest? Todo círculo necesita un cierre, un broche, una burla final. ¿A quién beneficia esa miradita al móvil, ese euro con ochenta? Lo han adivinado, a los que compran mesas de roble macizo para seis generaciones. Uno no se pasa la infancia amasando pan y estudiando libros de verdad para ser pobre, sino para diseñar la trampa del crecimiento suprema: el método de drenaje definitivo del exiguo peculio de los pobres. Los pobres somos vacas lecheras en los establos de las empresas transnacionales. La próxima vez que vean a un rico sosteniendo una tablet observen hacia dónde apunta su pantalla.

© Matt Buchanan CC BY 2.0

Digitalizando la nada

El problema de los dibujos y cuadros que solo buscan ser modernos, ser consciente y rabiosamente modernos, es que tanto el papel como el barniz amarillean.

Para no hacer el ridículo es muy importante imitar a los inversores: que el último euro lo gane otro. No ser el único en utilizar «empoderamiento», «digitalización» o, ya lo verán, «inteligencia artificial».

El problema de intentar ser solo moderno, por ejemplo, en educación, es que de repente uno se da cuenta de que no hay nada mas casposo que ese Kahoot! que uno acaba de hacerle a sus alumnos.

El Gobierno, que no sabe absolutamente nada sobre educación, se está gastando 50 Broncanos (1 400 000 000 de euros, aunque quién sabe, lo mismo el dinero termina invertido en una sauna) en «avanzar y mejorar en la digitalización de la educación», es decir, en crear adictos a las pantallas.

El plan se llama #DigEdu y, para dar vergüenza desde el principio, tiene un anacoluto ya en el nombre: Plan de Digitalización y Competencias Digitales del Sistema Educativo, no solo porque a nadie en toda la Administración le importa un ardite expresarse con corrección, sino porque es más prudente que nadie se haga ilusiones con la capacidad de este y cualquier otro plan que dependa del Estado para promover una educación real, una formación integral del ser humano, una transmisión de esa herencia inefable que llamamos cultura.

No conozco a ningún profesor, pedagogo ni alumno mínimamente serio que sepa decirme una sola ventaja de estudiar pegado a una pantalla. Si no me creen, tomen la tableta de su hijo y abran la versión digital del libro de texto. Imaginen tener que estudiar en ese soporte. En serio, se lo ruego, háganlo.

Las multinacionales tecnológicas han acumulado tanto poder que los conceptos de grupo de interés o grupo de presión se quedan a la altura del betún a la hora de intentar cuantificar su capacidad de influencia. Son más poderosas que los Estados, en parte por el volumen de capital que han acumulado en los últimos años y en parte porque estamos pasando una fase (espero que transitoria) de empollardamiento colectivo.

Si entran en la presentación del plan y no mueren de alipori con los vídeos, puede que lleguen al final y puedan leer las únicas dos palabras de la página que no están hechas de humo: robótica y programación. Es evidente que la electrónica constituye un tipo de tecnología utilísima que permite, por ejemplo, hacer tomografías computerizadas u operar a miles de kilómetros de distancia con un Da Vinci. La electrónica es una tecnología (una de ellas, no la tecnología) fascinante, una herramienta casi indispensable, pero no es ni puede ni debe ser el norte ni la guía de ninguna educación que se precie de serlo.

Pero la moto que las tecnológicas le siguen vendido a Bruselas y a todos los gobiernos no es la de la programación (disciplina exigente a la que nunca se dedicará, por otra parte, el 100 % de la población), sino la más cuestionable de pasar el dedo por una pantalla para, insisto, crear desde pequeñitos adictos a sus productos.

Educar cómodamente

Cuando evitamos a nuestro, pongamos, hijo adolescente una bronca merecida, ¿a quién le estamos haciendo un favor sino a nosotros mismos?

Dice Gregorio Luri que la sobreprotección es una forma de maltrato.

Es difícil explicar esto en una sociedad en la que colorear emoticonos se considera «educar en emociones», pero en el proceso de educar a un adolescente hay inevitablemente fricciones; o bien hay fricciones o un adolescente maleducado. Cuando niños somos bastante tiranos porque desconocemos la empatía. Crear situaciones incómodas (los enfados aducativos deberían ser siempre fingidos, es decir, buscar un refuerzo negativo y no reflejar ira real) es una poderosa herramienta en la durísima labor de educar a nuestro dragón.

Entonces llega el momento en que o bien por cansancio o bien por una idea de las relaciones humanas (casi) tan pueril como Yolanda Díaz decidimos que la tropelía que acaba de llevar a cabo nuestro adolescente, es decir, nuestro adulto en prácticas, va a ser pasada por alto para evitar el conflicto.

¿A quién demonios creemos estar beneficiando? A cambio de mantener la apacibilidad de la tarde y evitar bajar puntos en el inestable ranking de afectos de la criatura, fomentamos que cuando tenga 25 años sea un imbécil irreversible.

¿Existe una muestra mayor de egoísmo que esa? Este contraste es terriblemente claro cuando los padres educan cada uno por su cuenta: cuando uno de ellos pone las miras en el adulto por venir y el otro en caer bien a su cachorro. Para más inri, aquel de los progenitores (lo que la progresía llamaría «progenitor A») que cambia el futuro adulto mentalmente sano por la tarde tranquila se convierte en eso que da tanto alipori como el padre-colega, mientras el otro sacrifica su ratio de molonidad a cambio de erradicar la estupidez de la mente de su hijo.

Entonces, quien por defecto blandea en la maravillosa y agotadora tarea de convertir a un adulto potencial en un adulto con raíces nutricias y ramas proclives a la colaboración y el amor es no solo un pésimo padre o profesor o educador eventual (recuerden que en África dicen que hace falta toda una aldea para educar a un niño), sino un egoísta que se oculta en una falsa magnanimidad y que en realidad se pone por delante a sí mismo antes que la felicidad futura de su hijo y de quienes le rodearán.

Esta misma blandura farisaica es la que asoma a modo de sonrisa de hiena por las comisuras de los políticos grimosos que bailan en las tarimas de los mítines y prometen que todo va a ir bien sin ni siquiera esforzarnos ni esforzarse. Esos que proclaman que el esfuerzo es un valor antiguo (o lo que es mucho peor, tradicional) y que si nos volvemos tan ceporros e insustanciales como ellos todo irá bien porque la vida es una taza de Mr. Wonderful.

Pero ¿qué digitalización?

Nota previa: posiblemente ninguna palabra haya sufrido más la fantasmagoría del seductor término tecnología como la modesta y significativa informática. Informática es lo que deberían aprender los estudiantes. Tecnología es un paraguas indefinido que nos permite seguir implantando la nada.

Uno no comprende el volumen y calado de la farsa hasta que no le pide a un adolescente (un nativo digital) que escriba y envíe un correo electrónico o que se descarge un archivo y lo meta en un pen. En serio, prueben.

Digitalización, lo llaman. No consiste en que los alumnos aprendan programación, ofimática o edición de vídeo, cuestiones todas ellas de tremendo interés. No. Digitalización, tal y como se entiende y se implementa en la escuela española significa preparar al alumnado para que en el futuro próximo sean ávidos consumidores de servicios digitales. Las instituciones patrias, al dictado de las multinacionales tecnológicas, convierten a los jóvenes en adictos precoces a la dopamina ―no se engañen, digitalización solo significa tener una pantalla delante― para que en un futuro próximo les paguen (a las tecnológicas) las facturas que les están dejando proyectos inciertos como la inteligencia artificial, que por cierto se llama inteligencia artificial porque algoritmos correlacionales espantaría a los inversores.

Ockham

Una de las derivaciones más importantes del nominalismo de Guillermo de Ockham es que permitimos con frecuencia que las palabras saquen los pies del tiesto, nos embrujen y nos pongan a su disposición. Casi nada es bueno o malo per se: esa misma capacidad de maravilla del lenguaje está detrás de la fascinación literaria, pero en el caso que nos ocupa, como en tantos otros, provoca malentendidos de consecuencias devastadoras.

El propio Ockham nos brinda una solución: la economía de medios. Ockham podría haber escrito sin despeinarse El traje nuevo del emperador. No es necesario construir abstrusas teorías filosóficas para contrarrestar la mercadotecnia de las tecnológicas y el yugo con el que someten a los gobiernos. Basta con anunciar sin aspavientos y con firmeza que lo único que sus hijos están aprendiendo es a pasar el dedo por una pantalla.

P. S.: Qué maravillosa forma de cerrar el círculo: digital viene de digĭtus, dedo, porque la base de nuestro sistema numérico son los dedos de las manos (por eso, como saben, utilizamos un sistema decimal). Por tanto, el lenguaje nos engaña en este caso con la verdad. Estamos enseñando a nuestros alumnos a usar el dedo, más o menos como en la paredes de las cuevas primigenias.

P. P. S.: Recuerden que el homenaje de Eco con el protagonista de El nombre de la Rosa, Guillermo de Baskerville, es doble: Baskerville por Holmes, pero Guillermo por Ockham.

El superávit de estímulos

Llevamos décadas apuntándoles a judo, natación, macramé, inglés y telequinesis. Que para algo la semana tiene cinco días.

Tienen once asignaturas, para cuyo seguimiento han de estar pendientes del correo electrónico, Classroom, Teams, Moodle, EducaMadrid y la oficina de palomas mensajeras de la diputación provincial de Teruel.

En su habitación tienen (encendidos a la vez) el dispensador de dopamina, la consola, la consola portátil, el ordenador, el ordenador portátil, el televisor, la tableta, el reloj con lucecitas y una preocupante ausencia de libros.

Por la noche, antes de acostarse, pasamos ante ellos seiscientas series y doscientas películas sin elegir ninguna, antes de terminar por poner cualquier basura televisiva de fácil consumo.

Acuden a más fiestas de cumpleaños que toda la familia Kardashian; les hacemos celebrar la comunión sin Comunión, la confirmación agnóstica y el Día del Agua.

Los apuntamos al campamento de verano, la semana blanca, la semana de color, el campus de baloncesto y la escuela de supervivencia de la familia Robinsón.

Un escalofriante porcentaje duerme una semana en casa de cada progenitor. A otros, en cambio, se lo vamos diciendo sobre la marcha. No saben en qué casa tienen el libro de Mates.

Y entonces, después de haber introducido en sus vidas toda esa miseria, tenemos la santa vergüenza de acusarlos de no saber concentrarse en una sola tarea, les ponemos en la frente una etiqueta con la palabra «trastorno» y los empastillamos.

A veces comprendo perfectamente al pavo que suelta el virus en 12 monos.

Dar las cosas por sentadas

Por esto éramos tan pesados con el asunto de educar a personas para crear ciudadanos. En lo individual, a mí como si el prójimo no quiere aprender a hablar y pasa su vida gruñendo (que alguno hay, no crean).

Pero el caso es que vivimos en sociedad, y la calidad de nuestra vida depende de la educación de los demás. Porque los demás terminan por votar, y la experiencia demuestra que votar a un tirano entra dentro de las posibilidades del español medio.

Y es que lo primero que dimos por supuesto fue la educación: hagamos lo que hagamos, habrá una serie de conocimientos comunes a todos. Pues no. Todos los gobiernos de la democracia han permitido que se recorriera el siniestro camino de la ignorancia: hoy ningún adolescente lee el periódico y la mayoría no lo entendería si lo hiciera.

Y es que resulta que para defender el Estado de Derecho hay que saber lo que es un Estado de Derecho. Pero ahora mismo es tarde para eso.

¿Qué hacer?

Las cosas se solucionan desde la raíz, pero estamos en una situación de emergencia que reclama que seamos prácticos. ¿Qué hacer, entonces?

Podemos agrupar a los que siguen apoyando al tirano en tres grupos: ignorantes (menores de 30 años y cuñados en general), paniaguados (como Miguel Rellán) y marxistas (como Yolanda Díaz). En realidad podemos meter a Tenacillas en los tres grupos, pero así queda más claro.

Con los dos últimos grupos no hay nada que hacer. Unos están demasiado apesebrados como para levantar la cabeza del comedero y los segundos están podridos de odio.

Nos quedan entonces los ignorantes. Aquellos que no saben lo que significó el siglo XVIII en política y/o que piensan que Montesquieu es el nombre de un mosquetero. Y ahí tenemos una labor que hacer, una labor didáctica que puede hacerse con calma pero, me temo, también con prisa.

Porque igual que hay Leguinas y Redondos, hay en su entorno de usted personas buenas y equivocadas, personas que si comprenden que sin Estado de Derecho ni separación de poderes esto es básicamente la Edad Media, la Alemania nazi o la URSS estalinista probablemente experimenten la furia del converso y se transformen a su vez en focos de razón. No olviden que no hace tanto (2016) el PSOE, antes de pudrirse por completo, intentó poner coto al tirano.

Así que la próxima vez que en animada reunión familiar o social alguien rebuzne, en lugar de rasgarse las vestiduras y entrar al trapo, compruebe primero si el rebuznante es recuperable y, de ser así, comience una historia con palabras muy sencillitas sobre unos tipos muy leídos que decidieron que las monarquías absolutistas quizá no fueran una buena idea porque…

P. S.: Sobre la ausencia de educación: el paradigma de la demonización de la memoria es desde hace décadas la lista de reyes godos. ¿Para qué aprenderse la lista de reyes godos?, preguntaban los neopedagogos. Para proveer al imaginario colectivo de un pasado común, de una memoria de comunidad.

P. S.: Eduquemos, pero sin abandonar la calle. Tenemos razón, y posiblemente seamos más.

La inteligencia artificial como oxímoron

Cada paparrucha es más fugaz que la anterior: cuanto más copernicano es el giro que anuncia, menos dura. Es una maravilla que la novedosa actualidad de la inteligencia artificial vaya a durar menos que el metaverso o los NFT. Sirva esta entrada como epitafio.

De las etimologías (que diría san Isidoro de Sevilla) que se proponen para la palabra latina intellegere, la más sugestiva es «leer entre [líneas]». Ante la lectura que es mera acumulación de datos o erudición, quizá ninguna actividad sea tan eminentemente humana como leer entre líneas: poner de uno mismo en lo que lee. La lectura como un hacer y no solo un recibir, como una activación, un intercambio, una edificación y no una contemplación.

La duda

Ante la pregunta de su alumno, el profesor piensa de dónde procede dicho alumno, cómo es, qué pretende hacer con su respuesta, qué palabras puede entender y cuáles lo ayudarán más. Cuáles podrían herirle. Piensa en qué parte de su propia experiencia sería más nutricia para él. Hace todo lo antedicho en una fracción de tiempo absurdamente pequeña. Lo hace con un sentido de la empatía que se parece mucho al amor. Elige y moldea ―crea― entonces una respuesta, una que es resultado de todo lo anterior. Una que es resultado, en realidad, de toda su vida anterior.

Lo inorgánico, en cambio, con su capacidad inusitada para la acumulación estéril, es capaz tan solo de combinar, pero no de construir. Lo que hace esta inteligencia combinatoria artificial es dar salida a la información solicitada de una manera lingüísticamente correcta. Hoy se hace difícil poner cortapisas a la relevancia del lenguaje, pues me temo que durante las últimas décadas se nos fue la mano otorgándole importancia. El lenguaje es instrumento humano, pero no fuente de humanidad ni escaparate definitivo de sus posibilidades. El lenguaje es la punta de la punta del iceberg.

La combinatoria artificial nos deslumbra porque, en una época en la que los alumnos universitarios apenas son capaces de hacerlo, logra concordar sujeto y predicado.

El fin de la ironía

Es tautológico afirmar que cada semilla solo germina cuando encuentra el suelo adecuado. Ningún suelo fue tan adecuado para una patraña como la inteligencia artificial como nuestro tiempo.

Hace más o menos una década se publicó un artículo que bajo el título El fin de la ironía defendía que el 11-S había supuesto un impacto tan agudo en el corazón de la civilización occidental que en 2001 murió la ironía, nuestra capacidad de afrontar la vida con una sorna de fondo, con un permanente animus iocandi. Pero lo más preocupante de dicho artículo (que contemplé entonces con escepticismo y hoy considero preclaro) era que esa defunción de la ironía implicaba el imperio de la literalidad, y por lo tanto ya no sería necesario interpretar el mensaje, poner de nuestra parte, leer entre líneas.

Un tiempo tan tedioso en l que cada quien dice solo lo que parece decir es el adecuado para que prospere la idea de que construir mensajes inteligibles es lo mismo que ser inteligente. Hemos perdido no solo la ironía, sino la intrínseca contradicción de la que hablaba Whitman, la posibilidad de convertir la idea en sensación, la sensación en idea, el pasado en futuro, la palabra en belleza.

La equiparación de lo inorgánico con la entidad más asombrosa que conocemos (nosotros) no se ha producido tanto por elevación de la máquina como por depauperación del ser humano. La película que mejor ilustra esto es quizá El viaje de Arlo (2015), la historia en la que los dinosaurios hablan y las personas gruñen. Cuando uno rasca un poco en la deshumanización siempre acaba apareciendo Disney.

El siglo XVIII contempló el auge de los autómatas, y quizá nadie escribió sobre ellos como E. T. A. Hoffmann (Coppelius y Drosselmeyer son medio inventores medio magos) a principios del XIX, pero lo relevante aquí es que aquellos autómatas querían elevarse a la categoría de humanos. Ahora la equiparación es por la inversa: nosotros nos hemos deshumanizado para convertirnos en máquinas. Somos el apéndice del autómata que llevamos en el bolsillo.

La oportunidad

Que Dios bendiga ChatGPT, y me explico: Si los profesores estamos tan adocenados y desbordados que hemos perdido el espíritu de lo que hacemos (y todos deberíamos ser profesores de algo, no miren hacia otro lado) y que pedimos a nuestros alumnos tareas que pueda resolver la inteligencia artificial, entonces nos merecemos que nos presenten trabajos dictados por la inteligencia artificial. El aprendizaje real es algo tan orgánico, tan estrictamente humano, que en nada se parece a la recopilación de datos y/o citas. No hay mayor espaldarazo a la IA que la desconfianza mutua: la necesidad permanente de referirnos a las fuentes del pasado, no vaya a ser que nuestros alumnos adquieran voz propia.

Yo no quiero que mis alumnos me cuenten lo que pensaba Nietzsche, para eso leo el Zaratustra. Yo quiero saber lo que piensan mis alumnos.

P. S.: La imagen corresponde a la autómata que el ebanista David Roentgen hizo a imagen de María Antonieta. Aquí, en acción.