Esos momentos de los que nadie habla

A juzgar por lo horteras que nos han vuelto las redes, parece que todo el mundo estaba atento cuando Risto anunció aquello de que convenía convertirse en un producto. Hay que resultar agradable para ser comprable. En palabras de Mecano, hay que ser un anuncio de Signal.

Lo malo es que de tanto sonreír hemos terminado por vivir en el vídeo de Black Hole Sun, de Soundgarden; sonrisas inquietantes para ocultar una vida miserable.

Una de las pegas de ese plan es el de ocultarnos a nosotros mismos y a los demás momentos llenos de grandeza que, por no ser agradables a la vista o el oído, dejamos fuera del radar.

Uno de esos momentos es de una fuerza liberadora incontenible, pero está llamativamente ausente de los textos que yo conozco: el momento en que uno se da cuenta de que es / se está comportando como un gilipollas.

Hace falta cierta grandeza para eso, claro, aunque la sensación de grandeza quede eclipsada inmediatamente por la certeza de ser imbécil.

La estupidez no tiene por qué ser un estado permanente del espíritu, claro: para participar del descubrimiento que lo cambia todo solo es necesario comprender que, en determinada situación, uno se está comportando como un cretino. En los casos más leves, por tanto, se trata de algo reversible.

Al principio uno queda algo colapsado, naturalmente, pues llevamos años entrenándonos para aceptarnos y comprendernos y hasta consentirnos un poquito. Pero una vez superada esa primera oleada de sonrojo, esa comprensible tentación de soslayar el hallazgo, se produce una iluminación que, si bien es la iluminación de un idiota, proporciona una liberación total, un alivio inmenso que lo libera a uno del juicio permanente de los demás y del espejo.

La certeza de la propia inanidad es algo muy parecido a la sabiduría.

Ignoro si ese momento puede ser palanca de una mejora personal, y no interesa ahora. La mejora personal pertenece al campo del coaching, y aquí se ha venido a decir la verdad.

¿Cuál es el secreto de esa fractura de la percepción que lleva a un desvelamiento intelectual, a una contemplación abismal? Tengo para mí que tiene que ver con algo de lo que habla aquí Ferenc Copà: las cosas que ignoramos que ignoramos. La clave de ese ponerse de puntillas espiritual tiene que ver sin duda con una doble revelación, lo que es una doble conquista. Ignorábamos que ignorábamos ser estúpidos. Ignorábamos la posibilidad de ser estúpidos e ignorábamos serlo en efecto. Ignorábamos la potencia y el acto, y lo comprendemos todo de golpe. Y además tenemos la valentía y la fortaleza suficientes para aceptarlo. Ya no hace falta echarle la culpa de todo a los demás. Ya no hace falta nada, en realidad, porque lo tenemos todo.

Anímense. Osen. Más allá del espinar es donde crece la hierba buena.