De políticos y administradores de fincas

Me disponía a escribir una entrada correctísima titulada Por qué ser liberal. Estaba yo dispuesto a exponer con medias tintas por qué los políticos no deberían dictar nuestro pensamiento ni nuestro comportamiento. Andaba yo a punto de aseverar que cada cual diseña sus opiniones en función de sus lecturas y sus conversaciones y no de lo que diga un burócrata con ínfulas.

Entonces he tenido un fogonazo de sentido común. ¡¿Pero qué diantre?! ¿Cómo hemos llegado a estar tan adocenados y sumisos como para pedir por favor que no nos sojuzgue esta manga de facinerosos? ¿Pero quiénes se creen que son? ¿Cómo podemos estar deslizándonos tan velozmente por la pendiente resbaladiza de la dictadura de los incapaces?

No es que debamos reclamar que estos trapisondistas no se metan en nuestros asuntos. No es que debamos pedir que no nos dicten la naturaleza de nuestros actos. Es que son ellos quienes deben pensar como a nosotros se nos antoje. Desde un punto de vista político no son más que nuestros representantes, es decir, sus actos deberían ser debidos, en último extremo, de forma muy similar a los del rey. No es que su opinión personal no deba regir nuestros destinos, es que en lo que concierne a su desempeño en el cargo se la pueden guardar muy profundamente porque solo cuenta lo que nosotros decidamos. El imperativo es el nuestro, y su postura existe únicamente porque su condición de político no inhibe su cualidad de ciudadanos. Pero esa postura personal pesa lo mismo que la mía. Cualquier otra cosa es abuso de autoridad, concusión, tráfico de influencias o directamente ademán dictatorial. Pero quién demonios se creen que son.

Ocurre además que son nuestros servidores y empleados. ¿Han tenido alguna vez contacto con un administrador de fincas? No me digan que no son protagonistas de la misma perversión relacional que exhiben los políticos con cargo público. ¿De cuándo a esta parte un empleado habla con esa acritud a un empleador? Pero —de nuevo— ¿quiénes se creen que son? ¿De dónde sale la prepotencia del empleado Sánchez o del exempleado Iglesias? ¿Qué han hecho para ir con el hocico tan arriba aparte de mentir mejor que otros?

Cualquier momento es bueno para decir basta, pero cuanto antes mejor porque nos la estamos jugando. Hasta aquí el dictarnos qué opiniones son aceptables, qué vocales utilizar o cómo mirarnos. Se está quedando un contexto perfecto para que hagamos la revolución, pero una de verdad. Hace falta una cada vez que las vanguardias se convierten en la nueva Academia. Y convendría recordarle a esta horda de dictadorzuelos que las revoluciones no ocurren específicamente contra las monarquías, las teocracias, las autocracias fascistas o las tiranías comunistas. Ocurren contra el poder y contra los que desde el poder comienzan a sacar los pies del tiesto.