Existe una historia cortita que como chiste es terrible, pero que como modelo explicativo de la tragedia pedagógica no tiene rival.
Niño de cuatro años que no ha hablado todavía. La familia ha hecho todo lo posible por encontrar el problema, sin éxito. De repente, comiendo, el niño suelta:
―La sopa esta fría.
Pensando haber asistido un milagro, sus padres le preguntan por qué, si no era mudo, no había hablado antes. El niño, lacónico, contesta:
―Hasta ahora todo ha estado bien.
Ahí está todo. Los niños son ―¡oh, sorpresa!― como nosotros. No malgastan energía porque su cerebro, evolutivamente, sigue cazando en la sabana. Nuestro cerebro ―evolutivamente, insisto― ignora que tenemos frigorífico. Malgastar energía es, en términos de supervivencia de la especie, un pecado mortal. El cuerpo humano tiene un compromiso con el ahorro energético que ni el bueno de Scrooge. Dicen Rashmita Basu y Jonathan N. Flak que el hipotálamo juega un papel esencial en la regulación de la homeostasis, es decir, de la gestión del balance de energía. Las calorías que entran por las que salen. En entornos hipercalóricos como tiende a ser el nuestro esa voluntad de ahorro energético es, de hecho, responsable en cierta medida de la obesidad. Esto también lo dicen Basu y Flak.
El hipotálamo, insisto, ignora que en general tenemos un frigorífico bien surtido, y se empeña en mantenernos en modo reposo todo el tiempo que sea posible. Incluso el olvido de datos que el cerebro considera superfluos se produce para ahorrar energía.
El niño de la sopa y todos los demás niños, entonces, no son exactamente vagos: están esperando un buen motivo para mover el culo, la laringe o la neurona.
Esa es parte de nuestra incongruencia como especies: la tecnología está pensada para electores racionales, pero la base neurofisiológica es la que ya tenía un cazador del paleolítico medio hace 200 000 años. Los gerifaltes de Silicon Valley, por cierto, conocen y explotan esta incongruencia.
Entonces el pedagogo moderno y popular que saluda a cada niño de manera distinta para que se motive está pensando en términos irreales. Lo intelectualmente honrado sería, desde un punto de vista que considere al ser humano como lo que es, un todo (y esto funciona a cualquier edad), dejarlo sin comer si no realiza las tareas que tiene asignadas. Eso lo capta el hipotálamo a la primera.
Pero claro, en un mundo donde el color del boli con que corrige el profesor traumatiza a los alumnos, no quiero ni saber qué tipo de tortura medieval constituye dejar al niño sin cenar. Negociemos, entonces.
Porque lo que ilustra el niño de la sopa es que estamos en el otro extremo, un extremo que convierte a insólitas potencialidades con patas en vagos recalcitrantes que no entienden por qué hay que levantarse de la cama si el desayuno viene igual. Si a una máquina diseñada para ahorrar le quitamos un motivo potente para gastar tendremos, por ejemplo, a un futbolista del Real Madrid. Pero, dado que ustedes no pueden lavarse las manos manos con sus hijos como hizo Florentino en 2006 (el tipo prefiere cometer el mismo error ―malcriar a los jugadores― que nos tuvo penando 5 años antes que cambiar de criterio, he ahí otro ejemplo de cómo es la naturaleza humana), más vale que se apliquen a la tarea de explicarles cómo funciona el mundo en realidad, que por otra parte es lo que entenderán cuando logremos que intercambien esfuerzo por beneficios. Una gota de sudor, una albóndiga. Y todo así.
