El monorraíl

Hace unos días tuve el horror de presenciar como un churumbel de 10 primaveras mantenía una lucha sin cuartel con su tableta para lograr terminar una sencilla operación aritmética. La operación era sencilla, pero a Dios pongo por testigo que lidiar con la pantalla táctil de un iPad no lo es tanto.

El ser humano se ha beneficiado de siglos de inusitada creatividad que vieron nacer el cincel, el cálamo, la gubia, el lápiz, el pincel, la estilográfica, el bolígrafo y hasta la imprenta de tipos móviles para terminar escribiendo con el puto dedo.

Por lo visto era cuestión de digitar, no de digitalizar. Si el colegio de sus vástagos ha tomado la controvertida decisión de dejar en manos de Silicon Valley la educación de aquellos y Vd. muestra algún interés por sus tareas vespertinas, seguramente haya protagonizado algún diálogo similar a este:

—¿Pero empieza ya, no?

—Es que tarda en aceptar la contraseña. (Esta respuesta es intercambiable por «Es que está sin batería, voy a por el cargador», «Es que no pilla el wifi» [no nos engañemos, esto es España] o «Es que no se cargan los libros»).

O a este:

—Ve un momento a la página 37.

—Yo voy, pero no va a ser un momento.

O a este:

—¿Por qué estás repitiendo eso?

—No se había guardado.

O mi favorito:

—Eso lo puedes buscar en Safari.

—Lo tenemos capado ¿…? (Sí, amigos, en más de un colegio la digitalización implica no poder usar Internet).

Monorraíl.png

Antes de que se me tache de luddita quiero aclarar una cosa: no tengo nada en contra de las tabletas como no lo tengo en contra de las secadoras, los marcapasos o el diferencial autoblocante, pero ello no obsta para que esté firmemente convencido de que de momento las tabletas no han demostrado sus ventajas sobre los libros (podría aducirse la del peso, pero un poco de ejercicio físico no ha hecho nunca mal a nadie). Más bien al contrario: los alumnos pierden capacidad de concentración ante la avalancha de estímulos. La introducción de las tabletas como medios de estudio ha producido la misma paradoja que la introducción de los móviles en el resto de actividades humanas: tenerlo todo al alcance implica no acceder a nada. Los vídeos de gatetes golean a la Wikipedia. El perro de Abraham Mateo tiene 80 000 seguidores.

Más importante es, empero, el verdadero significado de las tabletas y el supuesto giro copernicano que representan: prestar atención a lo accesorio para volver a perder de vista lo sustantivo. Congresos educativos sobre digitalización. La revolución cognitiva. Engañifas: ninguna importancia tiene la tableta ni el bolígrafo ni el cincel mientras no atajemos el problema principal: profesores que no saben contestar a la pregunta «¿Por qué estudiamos sintaxis?».

El problema es de contenidos y no de medios; de conocimiento y no de métodos. El principal drama de la educación es que una generación que cuando escucha la palabra «Aída» piensa en una serie de dudoso gusto le está intentando enmendar la plana a una generación que cuando escucha «Aida» piensa en una ópera de Verdi.

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2 comentarios en “El monorraíl

  1. Hola Mr. Cultura. Hace un año no entendía nada de lo que escribías. Sigo enredándome en tus vocablos y otras diversas expresiones pero ahora que mi cultura empieza a acercarse a la tuya voy cogiéndole el gusto. Sigo sin entender ni por qué es útil la sintaxis ni cómo eres capaz de capaz de hacer una aliteración tan extraordinaria con Aida y Aída. Pero, creo que que el giro copernicano que el diferencial autoblocante supuso no obsta que el lector más que culto al que te diriges disfrute de estos textos de vez en cuando. 🙂

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    • Gracias por tus palabras, Mr. Aplauso. No puedo estar más de acuerdo con la importancia que le otorgas al diferencial autoblocante. En cuanto a la sintaxis, sin perjuicio de dedicarle una ulterior entrada al asunto, vaya por delante que conocer las reglas que rigen las relaciones entre los elementos de los sistemas lingüísticos que inundan nuestro día a día (el español pero también las matemáticas, el inglés, Java, la música, el código de circulación…) es imprescindible porque cuanto mejor comprendamos dichas reglas mejor (de manera más virtuosa pero también más eficiente) compraremos la fruta, resolveremos una ecuación, programaremos un videojuego, declararemos nuestro amor, leeremos un blog, discutiremos o buscaremos la causa de nuestra tristeza.

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