Y viven en palacios

Ni la perspectiva histórica ni la ideológica explican nada: solo embarullan y perpetúan las dinámicas. Explica mucho más el pragmatismo de quien observa la naturaleza humana.

En el siglo XVII los reyes dicen ser ungidos de Dios, instituciones sagradas más que personas. En su honor y gloria se les llenan las habitaciones de frescos y dorados y los oídos de música grandilocuente. Los reyes —la élite— se sacralizan a sí mismos y consecuentemente viven en palacios.

En el siglo XIX los representantes —la élite— sacralizan el liberalismo y consecuentemente viven en palacios.

En el siglo XX la nomenklatura —la élite— sacraliza la revolución y consecuentemente vive en palacios. Mientras, los nacionalistas —la élite— sacralizan la raza y consecuentemente viven en palacios.

Nuestros políticos —la élite— sacralizan la democracia y consecuentemente viven en palacios.

Faraones, papas, sahs, emires, generales, emperadores o zares. Todos por razón de su altísima dignidad.

Nada cambia, pero la apariencia de cambio ayuda a perpetuar el método. Ni el más obtuso sigue tragando si no le actualizan el nombre al juego; ya lo escribió Lampedusa.

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