Por qué no nos gustan los libros de autoayuda

Algunos de nosotros denostamos los libros de autoayuda, pero la repulsión instintiva que nos producen impide con frecuencia que presentemos argumentos en su contra, profiriendo simplemente exabruptos descalificadores. Aunque toda persona de bien entiende de forma intuitiva que los libros de autoayuda proceden de Satán, trataré de explicar esta relación.

En mi limitada e insatisfactoria relación con el subgénero (con la edad se acaba por leer de todo) he llegado a la conclusión de que su razón de ser es simple: alguien, preferiblemente famoso o con afán por serlo, fue en el pasado un capullo e hizo algo (comenzar a comer quinoa, practicar tai chi o dejar de fumar, por ejemplo) que lo convirtió en una persona maravillosa, o en ocasiones tan solo en alguien un poco menos capullo. Deslumbrado ante la maravilla de dejar de ser imbécil, la innata filantropía del eximbécil (en adelante, el escritor de autoayuda) lo impulsa a vendernos su método para ser personas mejores. Dicha pulsión sería inocua si no tuviera ciertas implicaciones.

  1. El escritor de autoayuda es mejor que nosotros. Tras su catarsis, provocada por sonreír más, comer hamburguesas de tofu o abrazar a desconocidos, el autor de autoayuda se da cuenta de que ha llegado a un lugar de perfección espiritual donde no había nadie. Hasta leer el libro, uno podría no caer en la cuenta de que su vida es una calamidad. «¿Todavía comes carne roja? Pero hombre, yo desde que leí Cómo dejar de comer carne roja soy otra persona». Sí, concretamente una persona malnutrida. El negocio de la autoayuda presenta ciertas similitudes con las estrategias de la publicidad: yo no sabía que necesitaba un iPad hasta que en el anuncio vi que se podía tocar un piano de seis teclas en su pantalla. De seis teclas. Cien euros por tecla.
  2. Existe la felicidad permanente. Si, como el autor del libro de autoayuda, alguien lleva demasiado tiempo siendo feliz, o bien no se entera de nada o tiene un concepto de la felicidad poco exigente. En ambos casos, siéntanse libres de recordarle que se va a morir (memento mori) o algo similar. Le estarán haciendo un favor a él y a los demás.
  3. Existen recetas universales para la felicidad. Una de las mayores lacras de nuestra época (además de los teléfonos móviles) es esa necesidad que tienen los políticos, los psicopedagogos y los autores de libros de autoayuda de decirle a los demás lo que tienen que hacer, como si el ser humano fuera menor de edad de por vida y hubiera que supervisar su comportamiento. «Comes mal y no lo sabes» «Deja los malos humos en casa» «Piensa en femenino». Yo tengo uno para vosotros, adalides de lo inane: meted las narices en vuestros sucios asuntos y lavad vuestra propia ropa antes de husmear en los armarios de los demás. En lo que a mí respecta, si a alguien le hace feliz comer papel, que se harte. Bastante hija de puta puede ser la vida como para tener que cumplir los absurdos requerimientos de gente que tiene que comprarse un libro para dejar de fumar o correr todos los días.

El mundo es lo suficientemente complejo como para creer en recetas. Pensar que un comportamiento X produce un efecto Y es intrínsecamente absurdo, e intentarlo resulta profundamente estúpido. Pero eso no es lo verdaderamente pernicioso del asunto de la autoayuda/tocomocho.

Kondo

—Dobla así los gayumbos y la felicidad llamará a tu puerta.

Lo dramático es que seres de escasa formación nos digan lo que estamos haciendo mal. Que personas que no conocen nada de nuestras vidas se arroguen la capacidad de solucionarnos la papeleta. Es fácil detectarlos. Utilizan mucho «felicidad», «vibraciones», «interior», «emociones» o «dieta». Una vez leí parte del libro de un prenda que afirmaba que un cambio de dieta le había cambiado la salud, el carácter, su relación con los demás y hasta su trabajo. ¿Qué comías antes, alma de cántaro?

Si Vd. quiere dejar de fumar, no fume. Si quiere correr, corra, corra mucho, poco, regular o mal. O no corra. Esto no va de decirle a los demás lo que tienen que hacer. Esto va de que cada uno se construya su propio código de conducta, su propio principio rector, uno sano, honrado y limpio, exigente consigo mismo y respetuoso (no tolerante, ojo) con los demás, responsable y basado en el aprendizaje, pero ante todo y sobre todas las cosas libre.

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