Pedagogismo: cómo enseñar nada de muchas formas distintas

Me entusiasma lo que podríamos resumir (y así lo hace César Bona) como la nueva educación. Cabe preguntarse qué le pasaba a la educación antigua, esa que, al menos, conseguía que los adolescentes supieran leer pero, en general, cualquier intento de mejorar el oficio de enseñar cosas me parece loable. Solo digo que ojo, porque estamos corriendo varios riesgos a la vez.

Riesgo n.º 1: que no sea tan nueva como parece (no decir nada)

Tiendo a pensar que el pensamiento moderno es la conversión en titular de una obviedad. En educación, por ejemplo, se ha dado por bueno en los últimos años que «solo se puede aprender lo que se ama». Para solventar su inexactitud (¿está usted seguro de amar la tabla de multiplicar? ¿es necesario amar los oxoácidos para aprender Química?) vamos a suponer que en realidad lo que quiere decir es «se aprende mejor lo que se ama». Surgiría aquí una objección sobre el uso de «amar». Tengo muchas dudas sobre mi amor por la Revolución Industrial. Diría que estimula mi curiosidad, me sorprende y me parece trascendente y explicativa. Pero amar es otra cosa. Dejémoslo entonces en «se aprende mejor aquello que a uno le gusta». Claro. Los cactus pinchan, el cielo es azul, el aceite  resbala y poesía eres tú. Llamadme optimista, pero diría que mis profesores de hace 30 años ya sabían eso.

El propio Francisco Mora, adalid de la frasecita, reconocía esta semana que «nada puede sustituir al lento y duro proceso del trabajo y la disciplina cuando se trata de aumentar las capacidades intelectuales».

Riesgo n.º 2: confundir estímulo con paternalismo

Estudiar, las más de las veces, es una tarea exigente en cuanto a dedicación, concentración y esfuerzo. No sé cuántos de los nuevos pedagogos se han visto ante la tarea (maravillosa) de enseñar a alguien a derivar. Claro que es fundamental estimular al futuro derivando con la comprensión exacta de lo que es una derivada (para lo que deberíamos dejar de saltarnos la TVM, por cierto) o descubrirle que se puede saber cuándo una epidemia dejará de crecer o cuándo conviene vender las acciones (si conociéramos sus respectivas funciones) gracias a las derivadas. Con el tiempo suficiente también se puede montar un guiñol con Newton y Leibniz dándose papirotazos, pero la realidad es que, si se quiere aprender a derivar, hay que pasar por el trago amargo de hacer cien derivadas a la luz del flexo. Que tampoco es para tanto.

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Riesgo n.º 3: confundir nuestros deseos con la realidad

A veces es un drama que el papel lo aguante todo. Es un drama para la política y es un drama para la pedagogía. Escribir sobre enseñar conlleva el riesgo de diseñar un mundo ideal que ignore algunos de los condicionamientos del mundo que de momento nos rodea. Lo que los teóricos del pedagogismo obvian (conscientemente, me temo) es el hecho de que nuestros cachorros no se sienten demasiado entusiasmados por su propia educación por el hecho difícilmente subsanable de que esta es obligatoria. Intenta obligar al gamer más recalcitrante a jugar a la Play de sol a sol porque tú lo dices: te comes el mando. El ser humano tiende instintivamente a repudiar lo que se le prescribe. Y eso no hay Ken Robinson que lo arregle. La creatividad (ya que hablamos de Robinson) tiene como ingrediente necesario la libertad o no es nada. Mientras el cole sea obligatorio (como debe ser), ya puedes meter sofás de colores en las clases, vestirte de payaso o dejar a los enanos elegir los contenidos. Me juego mi ejemplar de La balada del mar salado a que a los cuatro días el índice bostecil será el mismo.

El colegio es la privación transitoria de una libertad aparente para caminar mediante el conocimiento hacia la libertad real.

mafalda

No estoy contra la búsqueda de soluciones ni contra la posibilidad de que estas sean generalizables (aunque tengo mis reservas), pero creo que, como en tantas otras cosas, estamos buscando la aguja en el pajar equivocado. Educar es una tarea orgánica en la que los reflejos, la pasión y las capacidades del docente tienen mucha más importancia que las directrices legales o la pedagogía de salón. Siendo así, ningún sentido tiene diseñar soluciones abstractas mientras tengamos maestros, y aquí hago una generalización posiblemente injusta pero me temo que plausible, que no sean ávidos lectores ni consideren el conocimiento como algo intrínsecamente positivo.

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