La bella página

La tentación está ahí, acechando en cada recodo.

Ferlosio le contaba a Dragó que su padre (el de Ferlosio) le alertaba contra las bellas páginas. La literatura española está llena de bellas páginas, de páginas que huelen a pasillo de editorial.

Durante épocas especialmente ominosas solo se han publicado bellas páginas. La literatura española se situó durante décadas en algún lugar entre la bella página y el hallazgo escatológico. Esa permanente búsqueda de la metáfora que lo legitime a uno como autor. El epíteto, el giro, la sinestesia.

Esa pulsión barroquizante parece relacionada con la falta de imaginación; quizá la falta de margen en lo que se cuenta hace a nuestra literatura gravitar sobre el cómo se cuenta.

Que la literatura española tiene lagunas en los géneros y los siglos es de lo poco que pone de acuerdo a filólogos, críticos y escritores. Durante el XVIII y parte del XIX no aparece una novela que echarnos a la boca. Ni una novela notable, insisto, en 150 años.

Pero la característica más sobresaliente de la literatura española moderna (si es que existiera la literatura española moderna más acá del Quijote) sería la mencionada falta de imaginación. Falta de imaginación no es solo ausencia de fantasía, que también, sino la preeminencia de un realismo carpetovetónico, pegado a tierra, como de casa de la cultura.

Esa falta de imaginación no molesta a Menéndez Pidal, que la llama «sobriedad» o «sencillez». Lo relaciona por una preocupación por los problemas comunes, o habla de un «arte de mayorías». Puede ser, pero nada de eso es incompatible con el aburrimiento. Karl Vossler la vinvula a la religiosidad en una primera época y al cientificismo ya en el siglo XIX. Al ser alemán es posible que sobreestime el cientificismo español del XIX. Américo Castro, por su parte, habla de «la naturalidad del milagro».

Sea como fuere, la literatura española termina por centrarse en la faca, el páramo y la era, el luto perpetuo, la hija convertida en hermana para que el pueblo no se entere.

Más que en la doble explicación de Vossler conviene pensar lo impensable: los problemas de tener un dios tutelar de la literatura, la novela de todas las novelas, tan sola allí arriba que, cuando en 1972 Torrente Ballester publicó La saga/fuga de J. B., José Saramago anunció que por fin, 350 años después, había aparecido el alumno aventajado de don Miguel. Puede que don Gonzalo fuera ese escritor, pero La saga no es esa novela.

Creemos con Wilde que la obra de arte refleja al espectador: aquí, que hasta en la lectura de una novela encontramos motivos para el maniqueísmo, vimos en el Quijote la defenestración definitiva de la imaginativa, lírica, fructífera y legendaria novela de caballerías. Esa lectura unívoca, corta de miras y, por radical, poco literaria, condujo a una literatura con anteojeras: cerrado el camino de la imaginación quedaba el camino del prosaísmo y de propina, como esa visión no podía plasmarse mejor que Cervantes, simplemente dejamos de escribir novela durante siglo y medio.

Solo España puede leer un personaje tan redondo como Alonso Quijano, un idealista que se enamora de la literatura hasta perder el juicio (o fingirlo) y dar la vida por esa quimera, solo España, decimos, puede leer un personaje así y adoptar inmediatamente y para los siglos la visión del rústico sin imaginación que lo acompaña. Si aquí podemos ver la cara de España, en Sancho podemos leerla.

En Alemania, por ejemplo, tras leer Las amarguras del joven Werther, de Goethe, la juventud germana tuvo la decencia y el buen gusto de suicidarse en masa.

De Nerón a Trump

Nada nuevo bajo el sol.

Verán. A mediados del siglo I Boudica y Prasutago reinaban de forma más o menos tranquila sobre los icenos, una tribu del este de Britania. De forma más o menos tranquila porque vivían en alianza con Roma, es decir, con Nerón, que gobernaba desde el año 54.

Prasutago debía dinero a Roma, no sé si les suena, y estableció que a su muerte el reino quedara dividido entre el imperio y sus dos hijas, Isolda y Sorya, quienes aparecen junto a su madre Boudica en la estatua frente a Westminster que encabeza esta entrada.

Héteme aquí que a la muerte de Prasutago, Roma (¡oh, sorpresa!) no respetó el acuerdo y se apropió de todo el territorio a la manera romana: azotaron a la reina, violaron a sus hijas y convirtieron a los nobles en esclavos.

Excepto por la traición, nada acerca las dos historias que nos ocupan. Hasta que pensamos en los motivos, claro. Siempre son los mismos motivos.

En Britania abundaba el plomo, que Roma necesitaba para cañerías, objetos de peltre y hasta ataúdes. Hay plomo britano en Pompeya. En Britania había plata, que Roma utilizaba en la mayoría de sus monedas. Cobre para broches, cucharas y estatuillas. Oro, hierro, carbón, estaño…

En Ucrania, ya lo saben, se encuentra el 5 % de las reservas mundiales de cobre, litio, níquel, cobalto, grafito y muchos otros minerales clave en la pedantescamente llamada «transición energética». Para 2030 (¿de qué me suena a mí el año?) la demanda de estas materias se habrá triplicado.

Es una buena idea estar al día del algunos ―no demasiados― acontecimientos de la actualidad. De algunos caracteres, algunas formas de pensar, algunas psicologías y mecanismos políticos de rabiosa actualidad, como Nerón y el imperialismo. Estén al día; lean historia.

Somos feos y vivimos en cajas de cerillas

En uno de los anuncios más pasmosos que servidor haya visto nunca nos dice Ikea que se pueden tener perro y pareja en 36 m2.

En los 90 uno podía ojear una revista de moda y recibir un stendhalazo instantáneo: todos eran anormalmente guapos y, lo que hoy sería más extraño, todos eran naturalmente guapos.

Tanto los reportajes como los anuncios se construían bajo la premisa de lo aspiracional, y lo eran de tal modo que ni siquera era necesario consumir los productos para ser mejores, sino que la contemplación de tanta belleza nos hacía automáticamente mejores.

Parece muy lejano porque es muy lejano: han pasado 30 años desde 1995. Pero aleja más aquellos maravillosos años el feísmo imperante hoy, no solo en la publicidad sino también en la moda (hola, Balenciaga).

Algo tiene de lógico y hasta de justificable el cambio de estrategia: del ver reflejadas nuestras aspiraciones a vernos reflejados nosotros mismos. El truco es peligroso, pues para que los adefesios publicitarios sean eficaces se da por bueno que somos feos, que nos gusta lo feo, que vivimos entre fealdad. Hay un regusto de derrota en la pérdida de la aspiración estética, de ese anhelo que nos ponía en la pista de lo bello.

Pero como es inclusivo, cualquiera se pone en su camino. Censurar lo feo debe ser propio de algún tipo de fascismo, casi seguro.

Héteme aquí que en ese contexto aparece un anuncio que no solo nos aniquila las expectativas sino que nos anuncia que el futuro son 36 putos metros cuadrados. En algún punto deberíamos empezar a pensar que alguien se está riendo de nosotros, y no me refiero (solo) a Jaguar y su batmóvil para reinonas.

Cuando una multinacional pretende enriquecerse (más) dándonos la posibilidad de vivir hacinados en 36 metros cuadrados es que ya no solo los políticos se han dado cuenta de que por nuestras tragaderas entraría fácilmente el meteorito que a lo mejor cae en medio de ninguna parte en un futuro improbable.

Hay algo de humillación en el anuncio de Ikea, algo de «el futuro era esto», algo de risa de hiena en un receso del Bilderberg.

Porque una cosa es entender cómo funciona el mercado y los problemas inherentes a que todos queramos vivir en determinados sitios, y otra muy distinta embridar las aspiraciones del ciudadano/consumidor hasta asfixiarlo, hasta que le parezca deseable vivir en un trastero. Incluso la falacia del sueño americano era mejor que esto. 

Ikea factura casi 40 000 000 000 € anuales: «Convivir en poco espacio puede ser un desafío… y una oportunidad para demostrar que los lugares pequeños no son un problema si se aprovecha bien». 36 metros en un entresuelo. Bienvenidos al mundo de los anuncios para pobres.

Lamebotas

En España, sea por la alcalinidad del agua o por la acidez del suelo, se da el lamebotas.

En la penúltima gala de autobombo del cine español hizo su aparición estelar un ser que puso el listón del lamido de bota a una altura inalcanzable para el lamebotas común. La Mondo Duplantis de la sumisión turiferaria, al ver en lontananza al tirano que nos oprime poniendo cara ―una vez más― de que la estrella era él, sacó tres cuartas de lengua y tras postrarse de hinojos ante el campeón de la izquierda le aplicó una serie de lametazos sonoros y enjundiosos a las botas del hombre que da miedo a la gente de su propio partido.

El tirano, profundamente enamorado de los lengüetazos o de cualquier humillación pública que roce la dominación sádica, supo responder al chupeteo de la cobista a través de la Agencia de Retribución del Pelota (RTVE, por sus siglas), que no solo provee a la aduladora de una considerable sinecura, sino que regala a la tiralevitas cantidades puntuales del dinero de todos. Porque sí, cada lúbrico lametón nos cuesta una pasta.

Y es entonces cuando llegamos a uno de los acontecimientos «musicales» más kitsch de este lado del Telón de Acero (el comunista): el Benidorm Fest.

En ese contexto, y mientras los fajos de dinero le asomaban entre las cartas de amor a nuestro Gran Timonel, la lamesuelas decidió darle un nuevo impulso a su carrera tildando a Madrid de «sumidero horroroso».

Ya saben ustedes que con ciertas cosas uno se puede meter en público sin el menor rebozo, pero a mí que me insulten con mi dinero pues como que me calienta la facundia.

Al rojerío patrio le molesta Madrid. Les molestamos porque no sabemos votar y porque pagamos impuestos sin rechistar en lugar de intentar sajar al Estado como hacen los partidos separatistas que sostienen en el poder al tirano. Pero lo que más molesta a los bolcheviques que están transformando España en un Estado sin Derecho es lo poco que nos gusta a los madrileños que nos digan lo que tenemos que hacer.

Hace mucho, por ejemplo, que Lo País considera simpático fomentar lo que ellos llaman «madrileñofobia». Es en esa circunstancia cuando la vocera subvencionada estimó conveniente subirse al carro progre atacando a la capital del Estado que le da de comer. Es importante insistir en esto: aprovechando la televisión pública española que le pagamos todos, la agradecida locutora vocinglera utiliza ese carísimo tiempo para atacar a la capital del Estado. Pura lógica socialista, esa de morder la mano que te da de comer.

Tenemos lo que merecemos, pues desconozco que alguien haya pedido la salida de la lamebotas de la Agencia de Colocación del Paniaguado (RTVE, de nuevo por sus siglas) por insultar a más de 3 millones de personas. Nuestro alcalde estará, supongo, ocupado contemplando extasiado el espantajo que nos ha colocado en Colón.

Esconde tu vida

Todas las generaciones piensan que el pasado fue mejor, pero eso no quiere decir ni que siempre sea verdad ni que siempre sea mentira. Hay épocas culturalmente superiores a otras.

Ahora

Dice no sé qué grupo en un concierto que los asistentes son seres de luz y tal. Esa es al parecer la catarsis que se puede esperar de la música.

Si algo define bien por una parte la potencia de la publicidad y por otra la sociedad actual es el hecho de que vivamos dentro de un anuncio de Coca-Cola de los años 80. No tengo mucho que objetar, ojo, porque la música y la sonrisa y la sensación de vivir son bastante mejores que los totalitarismos y la depresión que definen la primera parte del XX. Quizá se llevó todo esto Stefan Zweig en su cama de Petrópolis (se llevó consigo El mundo de ayer).

No hay nada que objetar, pero conviene precisar que el hedonismo desaforado que nos define tiene una limitación relevante: solo sirve cuando vienen bien dadas. Es coherente con el consumismo capitalista, que nos cuenta que siempre vendrán bien dadas, pero la vida ya se encarga de poner al consumismo capitalista en su sitio.

Montaigne

En cambio, nos dice Montaigne en uno de sus ensayos que una de nuestras principales tareas debería ser perder el miedo a la muerte. La instrucción es todo un resumen del epicureísmo. Verán:

Epicúreos y estoicos comparten la defensa de la ataraxia: la capacidad de permanecer imperturbables no solo nos ahorrará sufrimiento sino que nos proporcionará una serenidad que solo un especialista muy atento (que diría Woody Allen) podría distinguir de la felicidad.

Pero claro: ¿qué camino nos lleva a esa paz en el alma tan deseable? Según sus paladines las vías pasan por la ausencia de miedo, la aceptación de lo inevitable y el conocimiento en sentido amplio.

Demasiadas instrucciones

Las tres instrucciones están bien, pero son demasiadas. No leemos correos de más de un párrafo, como para memorizar tres principios de la felicidad. Busquemos el núcleo, no vaya a ser que las tres sean la misma.

Respecto al miedo, en mi humilde opinión nadie explica la naturaleza del miedo como William Golding en El señor de las moscas. Cuando Ralph destruye el tótem que ha estado atormentando/dominando a los chicos, una cabeza de cerdo clavada en una estaca, nada ocurre. Ya sé que la cabeza de cerdo (el señor de las moscas, literalmente) simboliza la maldad inherente al hombre y por tanto ubicua, pero la lectura que saqué yo (y que una relectura no respalda, porque somos lectores distintos en momentos distintos), la revelación que me golpeó en su momento fue la de que destruir el cráneo de cerdo no le reporta a Ralph ningún castigo, ninguna penitencia, es decir, que el enemigo es el propio miedo y no el ente que lo provoca. Casi todo lo que produce miedo es inocuo.

Todo lo que se conoce está bien. La cabeza de cerdo es, al fin, una cabeza de cerdo. Todo lo que flotaba alrededor, como las moscas del libro, son una construcción humana. Nosotros revestimos lo asumible de pavoroso. Se trata de desnudarlo, o sea, de conocerlo realmente. Por eso la ignorancia es aliada del miedo o, lo que es lo mismo, el conocimiento derrota al miedo, espanta a las moscas, desnuda al enemigo.

Perder el miedo a la muerte es el vértice, o quizá la cúspide de las tres directrices epicúreas: En ningún sitio se dan la mano el conocimiento, la aceptación y la ausencia de miedo como lo hacen ante la muerte. Si se pierde el miedo a la muerte se pierden todos los miedos.

Es necesario, por tanto, desnudar a la muerte de sus connotaciones espantables, y para ello se antoja imprescindible dejar de darnos tanta importancia (lo que no es lo mismo que caer en la frivolidad).

Nada nos permite considerar a la muerte en su justa medida (¡es tan fácil morir!) como entender que la vida de los demás es prolongación y antecedente de la nuestra, como raíces y tronco y ramas y hojas (de roble) del mismo árbol. Nos lo dice Lucrecio en un consejo que resuena en su sencillez como refutación total de esta época de sobreexposición: «Esconde tu vida».

La sutileza

En un taller de contenido cultural que se desarrolla en una universidad española porque sus alumnos lo han pedido, un taller que por cierto no les reporta ningún crédito porque así lo han decidido ellos mismos (sí, han leído bien todo lo anterior) se habló esta semana de la sutileza a cuenta de una película que es pura sutileza: El caso Winslow (1999).

La sutileza como herramienta narrativa tiene por una parte la capacidad de multiplicar el impacto de lo que comunica a través de un mecanismo muy sencillo: al ser el espectador quien descubre lo contado, le concede mucha más credibilidad y lo comprende más profundamente. Pero, además, la sutileza tiene el encantador efecto de hacer que el espectador se sienta más listo, lo que siempre es de agradecer.

Si nadie ha visto El caso Winslow, no ocurre lo mismo con Indiana Jones y la última cruzada (1989), la mejor película de Spielberg con permiso de El imperio del sol (1987).

Vayamos ―por una vez― a la playa: acosados por un piloto alemán, el doctor Henry Jones logra derribar el Pilatus P-2 de aquel con la única ayuda de un paraguas, tras lo que, utilizando el propio paraguas como parasol se pasea delante de su hijo con la siguiente línea: «De pronto recordé lo que dijo Carlomagno: Que mis ejércitos sean las rocas y los árboles y los pájaros del cielo».

Y entonces viene la mirada de Junior, que sigue a su padre mientras se aleja con la mezcla de misantropía y Asperger que exhibe (el padre, me refiero) durante toda la película.

Es posible que para comprender esa mirada sea necesario tener un genio por padre. Esa mirada y toda la relación entre ambos. Porque sí, Indiana Jones y la última cruzada no es solo la película de aventuras definitiva: es un tratado sobre la relación paternofilial. Solo que los sesudos críticos finiseculares no se molestan en considerar cierto cine porque se les caería el monóculo.

¿Qué hay, al fin, en esa mirada? Hay que precisar que para cuando el doctor Henry Jones desenfunda el paraguas y lo utiliza para espantar a las gaviotas se han quedado sin recursos y hasta sin balas, y que su hijo lo mira mientras blande el artilugio no ya como si se hubiera vuelto loco, sino como si no supiera qué hace en ese rodaje o en ese universo: es la viva imagen de un desconcierto cósmico.

Entonces, cuando su padre pasa ante él como si nada después de haber derribado un monoplano cacareando como una gallina, se queda viéndole alejarse como sin comprender, pero luego comprendiendo y dándose cuenta de que su padre, el ratón de biblioteca que no valora sus hazañas legendarias y que viste de tweed y gorro de pescar, es intrínsecamente superior a él en todos los sentidos, y que ante un talento de tales características solo cabe rendirse y reorganizar todo lo que uno sabe de la vida. Entonces asoma en la boca y los ojos de Harrison Ford una chispa de profundo orgullo.

Pero la escena ni siquiera se queda ahí, porque los significados de lo contado se ramifican dentro y fuera de la obra de arte: ocurre para nosotros que el hombre anonadado que ve alejarse a su padre no solo es Indiana Jones, sino también―en un caso flagrante de acaparamiento de personajes legendarios― Han Solo y Rick Deckard. Con ese currículo uno debería mirar por encima del hombro a quien se le ponga por delante. O casi. Porque resulta que quien se aleja es el Robin Hood de Robin y Marian, Guillermo de Baskerville, Ricardo Corazón de León y Jim Malone. Dan Dravot. El maldito James Bond, por todos los Cielos.

He ahí lo inefable del momento, la intersección de lenguajes y hechos, el nudo gordiano emocional. Cada hijo, como Indiana, debería degustar con delectación de sumiller el momento en que se da cuenta de que, en contra de lo que quizá ha pensado durante décadas, su padre es en realidad viril como 007, imponente como un caballero medieval, legendario como un sargento de Kipling.

P. S.: Esta entrada está dedicada a mi padre y a Tomás Cremades, a quienes imagino coincidiendo por azar en el patio de Maristas de Fuencarral.

El mal

¿Y si el mal solo puede definirse en negativo? Ni siquiera la muerte tiene verdadera importancia si no media el mal. Atribuimos maldad a situaciones donde no tiene cabida. En De profundis dice Oscar Wilde que el suelo donde ha sufrido un ser humano es tierra sagrada, pero también debería serlo el lugar donde alguien hizo el bien.

Como dice Escohotado en una canción de Calamaro, pretendemos vivir largo tiempo, pero de lo que se trata es de vivir. Un vida corta puede ser una vida plena, el hálito de vida de quien holló la tierra es un milagro de tal magnitud que siempre y bajo cualquier circunstancia mereció la pena. El momento de la muerte es la mejor oportunidad para celebrar la vida. Poner nuestro dolor por delante del privilegio que supuso compartir su camino es un acto de egoísmo.

Juan Ramón estaba obsesionado con la muerte, pero vivir pensando en la muerte es como renunciar al Quijote para no llegar al «Vale». Conocemos la muerte y su inexorabilidad, pero actuamos como si pudiera no existir o quisiéramos que no existiera. Sería como vivir sin respirar.

La mayor bendición del ser humano es su mayor condena: la capacidad de imaginar mundos donde ser felices es también la capacidad de imaginar una vida sin muerte, pero solo lo hacemos parcialmente, porque una vida sin muerte sería un infierno en la tierra. Nadie puede querer vivirlo todo (todo) infinitas veces, estar encerrado en la vida. A veces es necesario descansar.

¿Cuánto ha de durar una vida para que la demos por buena? Lo que se quiere decir aquí es que nuestro enemigo es el mal y no la muerte, y el mal está en nosotros. Cuando niños somos temerosos de los fantasmas, pero nuestro abuelo nos decía que hay que tener miedo de los vivos y no de los muertos. Trabajamos para evitar el mal, trabajamos para que la ignorancia no cristalice en el mal de los demás. El enemigo es el mal, no la enfermedad ni la decrepitud ni la muerte. El enemigo está en nosotros, ahí está la brega y el objetivo. Entonces se trata de hacer el bien, porque basta que los buenos no hagan nada para que el mal triunfe.

Por eso no se lucha contra la enfermedad, ni los enfermos son (somos, seremos) guerreros ni valientes ni héroes. Los enfermos somos simplemente vivos. Los sanos también son solo futuros recuerdos.

Pero ¿quién creó a Sherlock Holmes?

Se suele referir el intento de homicidio que sir Arthur Conan Doyle perpetró en El problema final (1893) contra su creación más redonda, Sherlock Holmes, en las cataratas de Reichenbach. Presionado por sus fieles lectores, el autor escocés de ascendencia irlandesa (como Kerrigan) tuvo que revivirlo en La casa deshabitada (1903).

Lo que no se menciona tan a menudo es que, vengativo él, sería el detective quien terminaría fagocitando al médico escritor. Por culpa de Holmes, Conan Doyle pertenece a esa categoría de escritores sobre los que existe la sospecha de que solo tenían gasolina para una obra maestra o, peor aún, que en su obra cumbre sonó la flauta porque el resto de sus creaciones no están a la altura. Es una categoría ilustre, pues la comparte con Cervantes y Herman Melville, aunque el estadounidense tiene a Bartleby además de Moby Dick.

Pero el caso de Conan Doyle es especialmente doloroso, pues lo cierto es que sir Arthur es uno de los escritores más regulares de la historia. Si bien los relatos ―más que las novelas, salvo El sabueso de los Baskerville― de Sherlock constituyen uno de los motivos más anonadantes para la lectura, también lo es que el oftalmólogo en cuya consulta nunca entraba nadie nunca fallaba como escritor. No falla en Los refugiados, ni en La compañía blanca ni en Sir Nigel, ni cuando escribe relatos sobre la Antigüedad o sobre el boxeo o sobre piratas, ni cuando hilvana historias de casa encantada. Pero si la injusticia es notoria con la mayor parte de sus creaciones se convierte en flagrante con las 17 aventuras que le escribió al «heroico, jactancioso, valiente, humano y no excesivamente perspicaz Etienne Gerard», magistrales filigranas ambientadas en las guerras napoleónicas, divertidísimas aventuras de un hombre que es claramente superado por los acontecimientos (Conan Doyle tenía un don para los personajes no muy despiertos como Watson y Gerard) mientras a su alrededor se desgranan acontecimientos esenciales para Europa.

Histórica era maravillosa. Quizá pueda encontrarse esta edición todavía en la librería Opar. Hay que ir a Opar, en todo caso. Es, como diría Borges de Holmes, «una de las buenas costumbres que nos quedan».

Las hazañas y las aventuras de Gerard (que la editorial Valdemar publicó por separado en su extinta colección Histórica [n.os 3 y 7] y juntas en El gato negro [n.º 8]) son a la novela de aventuras lo que los relatos de Sherlock a la de detectives, pero simplemente no tuvieron el mismo eco (¿y quién lo tiene?) que las andanzas de los inquilinos de Baker Street, de la misma manera que las guerras napoleónicas no tienen tanto sex appeal como el Londres victoriano.

Le pasa a Conan Doyle como a Julio Verne, que no resiste la comparación pedante con sus escritores coetáneos más conspicuos. A cambio, a los Chéjov, James, Proust o Joyce (desde luego la cumbre de la literatura del vértice XIX-XX) no nos permiten la autoindulgencia hedonista del ensueño, de la aventura, del retorno a la infancia. Si los adultos somos en algún sentido niños estropeados, entonces Conan Doyle, como Verne, nos permite arreglarnos un poco, sacudiros la miseria, recuperar el agarre. El propio Chéjov (otro escritor médico) parodia a Verne en el relato Las islas voladoras, pero la diferencia entre ambos no es tan grande como para que la parodia supere al original. Él mismo desaconsejaría su inclusión en las obras completas. Por otra parte, ese Chéjov joven parodiaba con maestría ―un genio joven es ya un genio― todo lo que se le ponía por delante. Sus relatos de aquella época vehiculan una visión cínica del alma humana.

De modo que no se puede vivir solo a base de grandes reservas. Necesitamos a veces, como el fraile Tuck, una cerveza sin pretensiones para brindar por el brigadier Gerard, por el caballero sir Nigel, por el profesor Challenger…

P. S.: A finales del año pasado moría uno de los responsables de que la serie animada de Sherlock Holmes que los privilegiados niños de los 80 pudimos ver en España fuera tan redonda. Descanse en paz Luis González Páramo, quien puso voz a Moriarty con el genio de quien considera su trabajo la tarea más importante del mundo. Esa huella es indeleble. Nuestros padres lo recordarán por ser uno de los hermanos Malasombra de Los Chiripitifláuticos.

P. P. S.: Sobre que Watson no sea muy despierto, y aunque las versiones posteriores hayan exagerado su simpleza, aquí pueden ver y escuchar a Conan Doyle refiriéndose a ella. Himself.

El abismo que nos llama

En La mano (Alhulia, 2014) en seguida se hizo evidente que el padre Kerrigan era un scene-stealer de tomo y lomo. Pastor protestante con la sutileza intelectual del padre Brown pero con un sentido de la moral mucho más relajado, su capacidad para construir una ciudad de la nada en medio del territorio indio y resolver los problemas según se presentan nos empujan a querer saber más de él.

Así, en El abismo que nos llama (Alhulia, 2024) viajamos hasta la infancia de Oliver Kerrigan en Inglaterra 40 años antes, hacia 1823. Oliver llega a Milton House, condado de Gloucester, porque su tío, sir Herbert Huttfield, baronet, lo ha traído desde Irlanda. Eso permitirá a Oliver acudir a Woodchester Abbey, un prestigioso internado regido por benedictinos del que su tío es benefactor. Allí hará dos amigos: Rufus Hagen (hijo de un prestigioso abogado de Londres) y Oakley Kelke-Simmons, un carismático heredero a quien su cinismo no le impide citar la Biblia con profusión y exactitud.

Entre la inmensa biblioteca de Milton House, los combates de boxeo y partidos de algo que está todavía a medio camino entre el rugby y el fútbol, Oliver Kerrigan va superando el acoso que sufre en la casa y en el colegio, y participa con entusiasmo en los tejemanejes orquestados por los alumnos veteranos. Entonces cuando todo se precipita…

Es imposible contar más sin contar demasiado, pero lo que queda es ni más ni menos que el descubrimiento por parte del protagonista de la novela de la verdadera naturaleza de la libertad y lo que esta conlleva. Que la libertad es, en fin, un abismo, un abismo que nos llama…

Educar cómodamente

Cuando evitamos a nuestro, pongamos, hijo adolescente una bronca merecida, ¿a quién le estamos haciendo un favor sino a nosotros mismos?

Dice Gregorio Luri que la sobreprotección es una forma de maltrato.

Es difícil explicar esto en una sociedad en la que colorear emoticonos se considera «educar en emociones», pero en el proceso de educar a un adolescente hay inevitablemente fricciones; o bien hay fricciones o un adolescente maleducado. Cuando niños somos bastante tiranos porque desconocemos la empatía. Crear situaciones incómodas (los enfados aducativos deberían ser siempre fingidos, es decir, buscar un refuerzo negativo y no reflejar ira real) es una poderosa herramienta en la durísima labor de educar a nuestro dragón.

Entonces llega el momento en que o bien por cansancio o bien por una idea de las relaciones humanas (casi) tan pueril como Yolanda Díaz decidimos que la tropelía que acaba de llevar a cabo nuestro adolescente, es decir, nuestro adulto en prácticas, va a ser pasada por alto para evitar el conflicto.

¿A quién demonios creemos estar beneficiando? A cambio de mantener la apacibilidad de la tarde y evitar bajar puntos en el inestable ranking de afectos de la criatura, fomentamos que cuando tenga 25 años sea un imbécil irreversible.

¿Existe una muestra mayor de egoísmo que esa? Este contraste es terriblemente claro cuando los padres educan cada uno por su cuenta: cuando uno de ellos pone las miras en el adulto por venir y el otro en caer bien a su cachorro. Para más inri, aquel de los progenitores (lo que la progresía llamaría «progenitor A») que cambia el futuro adulto mentalmente sano por la tarde tranquila se convierte en eso que da tanto alipori como el padre-colega, mientras el otro sacrifica su ratio de molonidad a cambio de erradicar la estupidez de la mente de su hijo.

Entonces, quien por defecto blandea en la maravillosa y agotadora tarea de convertir a un adulto potencial en un adulto con raíces nutricias y ramas proclives a la colaboración y el amor es no solo un pésimo padre o profesor o educador eventual (recuerden que en África dicen que hace falta toda una aldea para educar a un niño), sino un egoísta que se oculta en una falsa magnanimidad y que en realidad se pone por delante a sí mismo antes que la felicidad futura de su hijo y de quienes le rodearán.

Esta misma blandura farisaica es la que asoma a modo de sonrisa de hiena por las comisuras de los políticos grimosos que bailan en las tarimas de los mítines y prometen que todo va a ir bien sin ni siquiera esforzarnos ni esforzarse. Esos que proclaman que el esfuerzo es un valor antiguo (o lo que es mucho peor, tradicional) y que si nos volvemos tan ceporros e insustanciales como ellos todo irá bien porque la vida es una taza de Mr. Wonderful.