Un (enorme) rayo de esperanza

Ya lo saben: la Comunidad de Madrid va a prohibir para el próximo curso el uso de pantallas en Educación Primaria pública y concertada. Interesan diversos aspectos de la decisión, el más importante de ellos el de que los colegios dejemos de ser agentes de adicción para los miembros más frágiles de la sociedad. Dicho sin ambages, la decisión impedirá que los profesores sigamos siendo los primeros camellos de los niños madrileños.

Hace dos semanas en este blog se avisaba de la posibilidad de hacer el ridículo intentando ser el más moderno y convirtiéndose como por arte de magia en caspa.

Las pantallas son de pobres

Mi compromiso con este blog es el mismo que el de Phoebe con los niños de la biblioteca: no sé qué de una vaca y unas hamburguesas.

Una persona confiable lo dijo hace tiempo: los hijos de las élites están aprendiendo a amasar pan. La pantalla es la destilación perfecta de la mentalidad de pobre: una trampa del crecimiento bajo un aspecto de sofisticación.

Ahora vamos con eso, pero para caracterizar la diferencia entre la mentalidad de pobre y la de rico (y no es necesario ser ni una cosa ni la otra para tener ni una ni otra mentalidad) valga el concepto de los gastos termita. Los gastos termita son esas pequeñeces que el pobre, pensando que consumir es de ricos, acomete sin rebozo. Total, son tres euros. Total, 1,80. Total, 400 euros al mes. El rico, en contra de lo que piensa el pobre, no gasta. El rico ahorra, y solo gasta cuando después de mucha reflexión decide que ese gasto esa inversión merece la pena, entre otras cosas, porque la heredarán sus nietos. El rico gasta pocas veces aunque gaste mucho más en cada operación; le sigue compensando.

La pantalla es la materialización de lo que deberíamos llamar el tiempo termita: creyendo que estamos haciendo algo con nuestro recurso más preciado, lo estamos en realidad tirando por el desagüe, como si nos sobrara, de la misma manera que hacemos con los tres euros o el 1,80. Total, lo miro dos minutos. Total, lo vuelvo a desbloquear. Total, 300 horas al mes.

Por si fuera poco, a menudo las dos termitas se juntan, porque ¿quién no tendría la aplicación de Amazon en el móvil, con lo cómoda que es? ¿Han visto lo accesible que es la página de Zara? Y si por mala suerte necesito pagar en vivo puedo al menos hacerlo con mi iPhone, como los ricos. Total, por unos ridículos 20 euros al mes hasta 2030 Movistar casi me lo está regalando. Los ricos heredan las mesas de roble de sus antepasados, pagadas a tocateja; los pobres heredan las deudas de sus abuelos por un móvil que ya no existe.

Cui prodest? Todo círculo necesita un cierre, un broche, una burla final. ¿A quién beneficia esa miradita al móvil, ese euro con ochenta? Lo han adivinado, a los que compran mesas de roble macizo para seis generaciones. Uno no se pasa la infancia amasando pan y estudiando libros de verdad para ser pobre, sino para diseñar la trampa del crecimiento suprema: el método de drenaje definitivo del exiguo peculio de los pobres. Los pobres somos vacas lecheras en los establos de las empresas transnacionales. La próxima vez que vean a un rico sosteniendo una tablet observen hacia dónde apunta su pantalla.

© Matt Buchanan CC BY 2.0

Rémoras

Están entre nosotros. Piden el número en la frutería y lavan el coche los sábados. Cobran su sueldo como cualquier hijo de vecino, pero viven a expensas de los primos que les rodean.

En Mesopotamia ya sabían que uno podía vivir del esfuerzo de los demás, obtener beneficios sin producir ningún bien, extraer riqueza de la propia riqueza. Dicen de Bruto, ya en los prolegómenos del Imperio Romano, que adornaba sus préstamos con un coqueto 48 %.

Todos corremos en mayor o menor medida este riesgo, así que no vamos a citar las profesiones más proclives para que no se nos enfaden los críticos de cine ni los políticos (oops!), y porque lo que más interesa aquí es el mecanismo psicológico que ponen en juego las rémoras para seguir viviendo de gorra: «me necesitas». Todos los manipuladores saben que cuando se instala en la psique del otro la fantasmagoría de la dependencia se puede hacer con esa persona literalmente cualquier cosa.

Los miembros de las federaciones deportivas y las diferentes ligas saben (vaya, otra vez) que uno puede comenzar organizando el calendario y terminar por creerse imprescindible y cobrar un sueldo millonario a costa de los incautos que se lo permiten. Javier Tebas, según Business Insider, ganaba 350 000 euros en 2015 y ahora, 10 años después, está entre 3 kilos y medio y 5. Una de las funciones de Tebas es la del control económico. A ese respecto basta con ver cómo controla al FCB.

Otro de los éxitos de Tebas es el haber traído al fondo británico CVC Capital Partners a la Liga. En 2021 se acordó que CVC aportaría unos 2000 millones de euros a los equipos de primera y segunda a cambio del 9 % del rendimiento económico de los próximos 50 años. En el penúltimo ejercicio el fondo ya ha cobrado de la Liga 110 millones, lo que supone un 60 % de subida respecto al ejercicio anterior, y quedan 47 años de poner el cazo… ¿Quizá CVC y por tanto Tebas se beneficiaron de las urgencias de los clubes por culpa de la pandemia para hipotecar su futuro en beneficio propio? No creo, ningún fondo de inversión se comportaría así. Pero esperen.

Resulta que de los 1929 millones que prometió la entidad a junio de 2023 solo había entregado 1446, mientras que la Liga ya ha realizado tres pagos: 11,3; 69,7 y los mencionados 110 millones.

En resumen, que CVC ha aportado 1444 millones y ya ha recuperado 191, por lo que no hay que ser un lince para estimar que en unos 10 años habrá recuperado la inversión (si es que termina de realizarla en junio) y que se pasará 40 años llorando de la risa y secándose las lágrimas con los billetes de los clubes, o bien, como ya han anunciado, vendiendo antes sus derechos a otro fondo para que terminen de esquilmar a la gallina de los huevos de oro.

¿Que por qué los presidentes de los clubes (excepto Su Florentineza, Laporta y Elizegi-Uriarte) han transigido con la maniobra del dirigente costarricense? En primer lugar por la mencionada urgencia y después y sobre todo porque ninguno de ellos estará en el cargo cuando dentro de 50 años hagamos balance del timo (es un timo y no una estafa, porque hay primos y no incautos).

Entonces, como el marrón es a largo plazo pero el líquido entra inmediatamente, aquí hay dinero para todos y se considera adecuado bañar en pasta a Tebas, dado que, como dice Goyo Jiménez, «aquí el dinero lo tenemos cuatro cabrones». Sabemos cómo estallan las burbujas financieras, pero conviene estar atentos a cómo y sobre todo quiénes las inflan.

P. S.: Nos dice Nietzsche que no conviene inflarse porque entonces es más fácil que lo pinchen a uno. Lo que vale para las personas debería valer para los mercados, pero desde Mesopotamia sabemos que la ambición puede siempre más que la prudencia.

Ancelotti y Zaratustra

Construir un Fórmula 1 y ver una carrera son, quizá, las dos actividades más diferentes que se puedan llevar a cabo. No queda nada de una en la otra.

Cuando yo pienso que Ancelotti hace los cambios tarde, pienso simultáneamente que él tiene razón y yo no. Al ser el mejor entrenador de la historia.

Los legos podemos permitirnos lujos que él ni siquiera contempla: el romanticismo, el optimismo, la furia.

Cuando me siento a ver a mi equipo jugar contra el Lille en la primera fase, espero que mi equipo gane en Lille. Cuando Ancelotti va a Lille en la primera fase, Ancelotti quiere ganar en Múnich. Es una diferencia sutil, casi imperceptible, que lo explica todo.

El Lille, que quedó séptimo en la primera fase, está fuera. Cuatro de los primeros ocho equipos están fuera. Ancelotti quedó undécimo. Ancelotti está en cuartos.

Si pudiera prohibir a sus jugadores celebrar los goles para ahorrar «enerllía», no dudaría un momento.

Los analistas, que no son Ancelotti, siguen reclamando un número de goles, tener el balón en no sé qué zona, jugar cada partido como si fuera el último. Lo que le exigen, en realidad, es que pierda. Al ser este un país de mediocres.

Esta entrada aún no ha empezado. Lo que Ancelotti entiende mejor que nosotros es que no se juega al fútbol de su cabeza, sino al fútbol que existe en la vida real: un fútbol en el que se exprime a los jugadores como a naranjas en sazón, un fútbol de postadolescentes malcriados pero hiperprofesionales, y para colmo lo entiende desde un club al que se ama y se odia a partes iguales, un club que es el terror del continente y la envidia del país.

Con un gramo menos de sabiduría que Ancelotti ya no se podría ser Ancelotti. Los equipos de Guardiola juegan al guardiolismo. Los equipos de Ancelotti juegan al fútbol, a este fútbol. Desprenderse de los modelos mentales y asumir la realidad es prodigioso privilegio de los hombres sabios. Ancelotti acepta la vida tal y como es. En el vestuario de Ancelotti no hay espejos.

Ancelotti se deja atropellar por el fútbol porque sabe que es la única forma de subirse a su grupa, como con los gusanos de arena de Arrakis. Ancelotti es nuestro Mahdi.

Digitalizando la nada

El problema de los dibujos y cuadros que solo buscan ser modernos, ser consciente y rabiosamente modernos, es que tanto el papel como el barniz amarillean.

Para no hacer el ridículo es muy importante imitar a los inversores: que el último euro lo gane otro. No ser el único en utilizar «empoderamiento», «digitalización» o, ya lo verán, «inteligencia artificial».

El problema de intentar ser solo moderno, por ejemplo, en educación, es que de repente uno se da cuenta de que no hay nada mas casposo que ese Kahoot! que uno acaba de hacerle a sus alumnos.

El Gobierno, que no sabe absolutamente nada sobre educación, se está gastando 50 Broncanos (1 400 000 000 de euros, aunque quién sabe, lo mismo el dinero termina invertido en una sauna) en «avanzar y mejorar en la digitalización de la educación», es decir, en crear adictos a las pantallas.

El plan se llama #DigEdu y, para dar vergüenza desde el principio, tiene un anacoluto ya en el nombre: Plan de Digitalización y Competencias Digitales del Sistema Educativo, no solo porque a nadie en toda la Administración le importa un ardite expresarse con corrección, sino porque es más prudente que nadie se haga ilusiones con la capacidad de este y cualquier otro plan que dependa del Estado para promover una educación real, una formación integral del ser humano, una transmisión de esa herencia inefable que llamamos cultura.

No conozco a ningún profesor, pedagogo ni alumno mínimamente serio que sepa decirme una sola ventaja de estudiar pegado a una pantalla. Si no me creen, tomen la tableta de su hijo y abran la versión digital del libro de texto. Imaginen tener que estudiar en ese soporte. En serio, se lo ruego, háganlo.

Las multinacionales tecnológicas han acumulado tanto poder que los conceptos de grupo de interés o grupo de presión se quedan a la altura del betún a la hora de intentar cuantificar su capacidad de influencia. Son más poderosas que los Estados, en parte por el volumen de capital que han acumulado en los últimos años y en parte porque estamos pasando una fase (espero que transitoria) de empollardamiento colectivo.

Si entran en la presentación del plan y no mueren de alipori con los vídeos, puede que lleguen al final y puedan leer las únicas dos palabras de la página que no están hechas de humo: robótica y programación. Es evidente que la electrónica constituye un tipo de tecnología utilísima que permite, por ejemplo, hacer tomografías computerizadas u operar a miles de kilómetros de distancia con un Da Vinci. La electrónica es una tecnología (una de ellas, no la tecnología) fascinante, una herramienta casi indispensable, pero no es ni puede ni debe ser el norte ni la guía de ninguna educación que se precie de serlo.

Pero la moto que las tecnológicas le siguen vendido a Bruselas y a todos los gobiernos no es la de la programación (disciplina exigente a la que nunca se dedicará, por otra parte, el 100 % de la población), sino la más cuestionable de pasar el dedo por una pantalla para, insisto, crear desde pequeñitos adictos a sus productos.

La bella página

La tentación está ahí, acechando en cada recodo.

Ferlosio le contaba a Dragó que su padre (el de Ferlosio) le alertaba contra las bellas páginas. La literatura española está llena de bellas páginas, de páginas que huelen a pasillo de editorial.

Durante épocas especialmente ominosas solo se han publicado bellas páginas. La literatura española se situó durante décadas en algún lugar entre la bella página y el hallazgo escatológico. Esa permanente búsqueda de la metáfora que lo legitime a uno como autor. El epíteto, el giro, la sinestesia.

Esa pulsión barroquizante parece relacionada con la falta de imaginación; quizá la falta de margen en lo que se cuenta hace a nuestra literatura gravitar sobre el cómo se cuenta.

Que la literatura española tiene lagunas en los géneros y los siglos es de lo poco que pone de acuerdo a filólogos, críticos y escritores. Durante el XVIII y parte del XIX no aparece una novela que echarnos a la boca. Ni una novela notable, insisto, en 150 años.

Pero la característica más sobresaliente de la literatura española moderna (si es que existiera la literatura española moderna más acá del Quijote) sería la mencionada falta de imaginación. Falta de imaginación no es solo ausencia de fantasía, que también, sino la preeminencia de un realismo carpetovetónico, pegado a tierra, como de casa de la cultura.

Esa falta de imaginación no molesta a Menéndez Pidal, que la llama «sobriedad» o «sencillez». Lo relaciona por una preocupación por los problemas comunes, o habla de un «arte de mayorías». Puede ser, pero nada de eso es incompatible con el aburrimiento. Karl Vossler la vinvula a la religiosidad en una primera época y al cientificismo ya en el siglo XIX. Al ser alemán es posible que sobreestime el cientificismo español del XIX. Américo Castro, por su parte, habla de «la naturalidad del milagro».

Sea como fuere, la literatura española termina por centrarse en la faca, el páramo y la era, el luto perpetuo, la hija convertida en hermana para que el pueblo no se entere.

Más que en la doble explicación de Vossler conviene pensar lo impensable: los problemas de tener un dios tutelar de la literatura, la novela de todas las novelas, tan sola allí arriba que, cuando en 1972 Torrente Ballester publicó La saga/fuga de J. B., José Saramago anunció que por fin, 350 años después, había aparecido el alumno aventajado de don Miguel. Puede que don Gonzalo fuera ese escritor, pero La saga no es esa novela.

Creemos con Wilde que la obra de arte refleja al espectador: aquí, que hasta en la lectura de una novela encontramos motivos para el maniqueísmo, vimos en el Quijote la defenestración definitiva de la imaginativa, lírica, fructífera y legendaria novela de caballerías. Esa lectura unívoca, corta de miras y, por radical, poco literaria, condujo a una literatura con anteojeras: cerrado el camino de la imaginación quedaba el camino del prosaísmo y de propina, como esa visión no podía plasmarse mejor que Cervantes, simplemente dejamos de escribir novela durante siglo y medio.

Solo España puede leer un personaje tan redondo como Alonso Quijano, un idealista que se enamora de la literatura hasta perder el juicio (o fingirlo) y dar la vida por esa quimera, solo España, decimos, puede leer un personaje así y adoptar inmediatamente y para los siglos la visión del rústico sin imaginación que lo acompaña. Si aquí podemos ver la cara de España, en Sancho podemos leerla.

En Alemania, por ejemplo, tras leer Las amarguras del joven Werther, de Goethe, la juventud germana tuvo la decencia y el buen gusto de suicidarse en masa.

De Nerón a Trump

Nada nuevo bajo el sol.

Verán. A mediados del siglo I Boudica y Prasutago reinaban de forma más o menos tranquila sobre los icenos, una tribu del este de Britania. De forma más o menos tranquila porque vivían en alianza con Roma, es decir, con Nerón, que gobernaba desde el año 54.

Prasutago debía dinero a Roma, no sé si les suena, y estableció que a su muerte el reino quedara dividido entre el imperio y sus dos hijas, Isolda y Sorya, quienes aparecen junto a su madre Boudica en la estatua frente a Westminster que encabeza esta entrada.

Héteme aquí que a la muerte de Prasutago, Roma (¡oh, sorpresa!) no respetó el acuerdo y se apropió de todo el territorio a la manera romana: azotaron a la reina, violaron a sus hijas y convirtieron a los nobles en esclavos.

Excepto por la traición, nada acerca las dos historias que nos ocupan. Hasta que pensamos en los motivos, claro. Siempre son los mismos motivos.

En Britania abundaba el plomo, que Roma necesitaba para cañerías, objetos de peltre y hasta ataúdes. Hay plomo britano en Pompeya. En Britania había plata, que Roma utilizaba en la mayoría de sus monedas. Cobre para broches, cucharas y estatuillas. Oro, hierro, carbón, estaño…

En Ucrania, ya lo saben, se encuentra el 5 % de las reservas mundiales de cobre, litio, níquel, cobalto, grafito y muchos otros minerales clave en la pedantescamente llamada «transición energética». Para 2030 (¿de qué me suena a mí el año?) la demanda de estas materias se habrá triplicado.

Es una buena idea estar al día del algunos ―no demasiados― acontecimientos de la actualidad. De algunos caracteres, algunas formas de pensar, algunas psicologías y mecanismos políticos de rabiosa actualidad, como Nerón y el imperialismo. Estén al día; lean historia.

Somos feos y vivimos en cajas de cerillas

En uno de los anuncios más pasmosos que servidor haya visto nunca nos dice Ikea que se pueden tener perro y pareja en 36 m2.

En los 90 uno podía ojear una revista de moda y recibir un stendhalazo instantáneo: todos eran anormalmente guapos y, lo que hoy sería más extraño, todos eran naturalmente guapos.

Tanto los reportajes como los anuncios se construían bajo la premisa de lo aspiracional, y lo eran de tal modo que ni siquera era necesario consumir los productos para ser mejores, sino que la contemplación de tanta belleza nos hacía automáticamente mejores.

Parece muy lejano porque es muy lejano: han pasado 30 años desde 1995. Pero aleja más aquellos maravillosos años el feísmo imperante hoy, no solo en la publicidad sino también en la moda (hola, Balenciaga).

Algo tiene de lógico y hasta de justificable el cambio de estrategia: del ver reflejadas nuestras aspiraciones a vernos reflejados nosotros mismos. El truco es peligroso, pues para que los adefesios publicitarios sean eficaces se da por bueno que somos feos, que nos gusta lo feo, que vivimos entre fealdad. Hay un regusto de derrota en la pérdida de la aspiración estética, de ese anhelo que nos ponía en la pista de lo bello.

Pero como es inclusivo, cualquiera se pone en su camino. Censurar lo feo debe ser propio de algún tipo de fascismo, casi seguro.

Héteme aquí que en ese contexto aparece un anuncio que no solo nos aniquila las expectativas sino que nos anuncia que el futuro son 36 putos metros cuadrados. En algún punto deberíamos empezar a pensar que alguien se está riendo de nosotros, y no me refiero (solo) a Jaguar y su batmóvil para reinonas.

Cuando una multinacional pretende enriquecerse (más) dándonos la posibilidad de vivir hacinados en 36 metros cuadrados es que ya no solo los políticos se han dado cuenta de que por nuestras tragaderas entraría fácilmente el meteorito que a lo mejor cae en medio de ninguna parte en un futuro improbable.

Hay algo de humillación en el anuncio de Ikea, algo de «el futuro era esto», algo de risa de hiena en un receso del Bilderberg.

Porque una cosa es entender cómo funciona el mercado y los problemas inherentes a que todos queramos vivir en determinados sitios, y otra muy distinta embridar las aspiraciones del ciudadano/consumidor hasta asfixiarlo, hasta que le parezca deseable vivir en un trastero. Incluso la falacia del sueño americano era mejor que esto. 

Ikea factura casi 40 000 000 000 € anuales: «Convivir en poco espacio puede ser un desafío… y una oportunidad para demostrar que los lugares pequeños no son un problema si se aprovecha bien». 36 metros en un entresuelo. Bienvenidos al mundo de los anuncios para pobres.

Lamebotas

En España, sea por la alcalinidad del agua o por la acidez del suelo, se da el lamebotas.

En la penúltima gala de autobombo del cine español hizo su aparición estelar un ser que puso el listón del lamido de bota a una altura inalcanzable para el lamebotas común. La Mondo Duplantis de la sumisión turiferaria, al ver en lontananza al tirano que nos oprime poniendo cara ―una vez más― de que la estrella era él, sacó tres cuartas de lengua y tras postrarse de hinojos ante el campeón de la izquierda le aplicó una serie de lametazos sonoros y enjundiosos a las botas del hombre que da miedo a la gente de su propio partido.

El tirano, profundamente enamorado de los lengüetazos o de cualquier humillación pública que roce la dominación sádica, supo responder al chupeteo de la cobista a través de la Agencia de Retribución del Pelota (RTVE, por sus siglas), que no solo provee a la aduladora de una considerable sinecura, sino que regala a la tiralevitas cantidades puntuales del dinero de todos. Porque sí, cada lúbrico lametón nos cuesta una pasta.

Y es entonces cuando llegamos a uno de los acontecimientos «musicales» más kitsch de este lado del Telón de Acero (el comunista): el Benidorm Fest.

En ese contexto, y mientras los fajos de dinero le asomaban entre las cartas de amor a nuestro Gran Timonel, la lamesuelas decidió darle un nuevo impulso a su carrera tildando a Madrid de «sumidero horroroso».

Ya saben ustedes que con ciertas cosas uno se puede meter en público sin el menor rebozo, pero a mí que me insulten con mi dinero pues como que me calienta la facundia.

Al rojerío patrio le molesta Madrid. Les molestamos porque no sabemos votar y porque pagamos impuestos sin rechistar en lugar de intentar sajar al Estado como hacen los partidos separatistas que sostienen en el poder al tirano. Pero lo que más molesta a los bolcheviques que están transformando España en un Estado sin Derecho es lo poco que nos gusta a los madrileños que nos digan lo que tenemos que hacer.

Hace mucho, por ejemplo, que Lo País considera simpático fomentar lo que ellos llaman «madrileñofobia». Es en esa circunstancia cuando la vocera subvencionada estimó conveniente subirse al carro progre atacando a la capital del Estado que le da de comer. Es importante insistir en esto: aprovechando la televisión pública española que le pagamos todos, la agradecida locutora vocinglera utiliza ese carísimo tiempo para atacar a la capital del Estado. Pura lógica socialista, esa de morder la mano que te da de comer.

Tenemos lo que merecemos, pues desconozco que alguien haya pedido la salida de la lamebotas de la Agencia de Colocación del Paniaguado (RTVE, de nuevo por sus siglas) por insultar a más de 3 millones de personas. Nuestro alcalde estará, supongo, ocupado contemplando extasiado el espantajo que nos ha colocado en Colón.

Esconde tu vida

Todas las generaciones piensan que el pasado fue mejor, pero eso no quiere decir ni que siempre sea verdad ni que siempre sea mentira. Hay épocas culturalmente superiores a otras.

Ahora

Dice no sé qué grupo en un concierto que los asistentes son seres de luz y tal. Esa es al parecer la catarsis que se puede esperar de la música.

Si algo define bien por una parte la potencia de la publicidad y por otra la sociedad actual es el hecho de que vivamos dentro de un anuncio de Coca-Cola de los años 80. No tengo mucho que objetar, ojo, porque la música y la sonrisa y la sensación de vivir son bastante mejores que los totalitarismos y la depresión que definen la primera parte del XX. Quizá se llevó todo esto Stefan Zweig en su cama de Petrópolis (se llevó consigo El mundo de ayer).

No hay nada que objetar, pero conviene precisar que el hedonismo desaforado que nos define tiene una limitación relevante: solo sirve cuando vienen bien dadas. Es coherente con el consumismo capitalista, que nos cuenta que siempre vendrán bien dadas, pero la vida ya se encarga de poner al consumismo capitalista en su sitio.

Montaigne

En cambio, nos dice Montaigne en uno de sus ensayos que una de nuestras principales tareas debería ser perder el miedo a la muerte. La instrucción es todo un resumen del epicureísmo. Verán:

Epicúreos y estoicos comparten la defensa de la ataraxia: la capacidad de permanecer imperturbables no solo nos ahorrará sufrimiento sino que nos proporcionará una serenidad que solo un especialista muy atento (que diría Woody Allen) podría distinguir de la felicidad.

Pero claro: ¿qué camino nos lleva a esa paz en el alma tan deseable? Según sus paladines las vías pasan por la ausencia de miedo, la aceptación de lo inevitable y el conocimiento en sentido amplio.

Demasiadas instrucciones

Las tres instrucciones están bien, pero son demasiadas. No leemos correos de más de un párrafo, como para memorizar tres principios de la felicidad. Busquemos el núcleo, no vaya a ser que las tres sean la misma.

Respecto al miedo, en mi humilde opinión nadie explica la naturaleza del miedo como William Golding en El señor de las moscas. Cuando Ralph destruye el tótem que ha estado atormentando/dominando a los chicos, una cabeza de cerdo clavada en una estaca, nada ocurre. Ya sé que la cabeza de cerdo (el señor de las moscas, literalmente) simboliza la maldad inherente al hombre y por tanto ubicua, pero la lectura que saqué yo (y que una relectura no respalda, porque somos lectores distintos en momentos distintos), la revelación que me golpeó en su momento fue la de que destruir el cráneo de cerdo no le reporta a Ralph ningún castigo, ninguna penitencia, es decir, que el enemigo es el propio miedo y no el ente que lo provoca. Casi todo lo que produce miedo es inocuo.

Todo lo que se conoce está bien. La cabeza de cerdo es, al fin, una cabeza de cerdo. Todo lo que flotaba alrededor, como las moscas del libro, son una construcción humana. Nosotros revestimos lo asumible de pavoroso. Se trata de desnudarlo, o sea, de conocerlo realmente. Por eso la ignorancia es aliada del miedo o, lo que es lo mismo, el conocimiento derrota al miedo, espanta a las moscas, desnuda al enemigo.

Perder el miedo a la muerte es el vértice, o quizá la cúspide de las tres directrices epicúreas: En ningún sitio se dan la mano el conocimiento, la aceptación y la ausencia de miedo como lo hacen ante la muerte. Si se pierde el miedo a la muerte se pierden todos los miedos.

Es necesario, por tanto, desnudar a la muerte de sus connotaciones espantables, y para ello se antoja imprescindible dejar de darnos tanta importancia (lo que no es lo mismo que caer en la frivolidad).

Nada nos permite considerar a la muerte en su justa medida (¡es tan fácil morir!) como entender que la vida de los demás es prolongación y antecedente de la nuestra, como raíces y tronco y ramas y hojas (de roble) del mismo árbol. Nos lo dice Lucrecio en un consejo que resuena en su sencillez como refutación total de esta época de sobreexposición: «Esconde tu vida».

La sutileza

En un taller de contenido cultural que se desarrolla en una universidad española porque sus alumnos lo han pedido, un taller que por cierto no les reporta ningún crédito porque así lo han decidido ellos mismos (sí, han leído bien todo lo anterior) se habló esta semana de la sutileza a cuenta de una película que es pura sutileza: El caso Winslow (1999).

La sutileza como herramienta narrativa tiene por una parte la capacidad de multiplicar el impacto de lo que comunica a través de un mecanismo muy sencillo: al ser el espectador quien descubre lo contado, le concede mucha más credibilidad y lo comprende más profundamente. Pero, además, la sutileza tiene el encantador efecto de hacer que el espectador se sienta más listo, lo que siempre es de agradecer.

Si nadie ha visto El caso Winslow, no ocurre lo mismo con Indiana Jones y la última cruzada (1989), la mejor película de Spielberg con permiso de El imperio del sol (1987).

Vayamos ―por una vez― a la playa: acosados por un piloto alemán, el doctor Henry Jones logra derribar el Pilatus P-2 de aquel con la única ayuda de un paraguas, tras lo que, utilizando el propio paraguas como parasol se pasea delante de su hijo con la siguiente línea: «De pronto recordé lo que dijo Carlomagno: Que mis ejércitos sean las rocas y los árboles y los pájaros del cielo».

Y entonces viene la mirada de Junior, que sigue a su padre mientras se aleja con la mezcla de misantropía y Asperger que exhibe (el padre, me refiero) durante toda la película.

Es posible que para comprender esa mirada sea necesario tener un genio por padre. Esa mirada y toda la relación entre ambos. Porque sí, Indiana Jones y la última cruzada no es solo la película de aventuras definitiva: es un tratado sobre la relación paternofilial. Solo que los sesudos críticos finiseculares no se molestan en considerar cierto cine porque se les caería el monóculo.

¿Qué hay, al fin, en esa mirada? Hay que precisar que para cuando el doctor Henry Jones desenfunda el paraguas y lo utiliza para espantar a las gaviotas se han quedado sin recursos y hasta sin balas, y que su hijo lo mira mientras blande el artilugio no ya como si se hubiera vuelto loco, sino como si no supiera qué hace en ese rodaje o en ese universo: es la viva imagen de un desconcierto cósmico.

Entonces, cuando su padre pasa ante él como si nada después de haber derribado un monoplano cacareando como una gallina, se queda viéndole alejarse como sin comprender, pero luego comprendiendo y dándose cuenta de que su padre, el ratón de biblioteca que no valora sus hazañas legendarias y que viste de tweed y gorro de pescar, es intrínsecamente superior a él en todos los sentidos, y que ante un talento de tales características solo cabe rendirse y reorganizar todo lo que uno sabe de la vida. Entonces asoma en la boca y los ojos de Harrison Ford una chispa de profundo orgullo.

Pero la escena ni siquiera se queda ahí, porque los significados de lo contado se ramifican dentro y fuera de la obra de arte: ocurre para nosotros que el hombre anonadado que ve alejarse a su padre no solo es Indiana Jones, sino también―en un caso flagrante de acaparamiento de personajes legendarios― Han Solo y Rick Deckard. Con ese currículo uno debería mirar por encima del hombro a quien se le ponga por delante. O casi. Porque resulta que quien se aleja es el Robin Hood de Robin y Marian, Guillermo de Baskerville, Ricardo Corazón de León y Jim Malone. Dan Dravot. El maldito James Bond, por todos los Cielos.

He ahí lo inefable del momento, la intersección de lenguajes y hechos, el nudo gordiano emocional. Cada hijo, como Indiana, debería degustar con delectación de sumiller el momento en que se da cuenta de que, en contra de lo que quizá ha pensado durante décadas, su padre es en realidad viril como 007, imponente como un caballero medieval, legendario como un sargento de Kipling.

P. S.: Esta entrada está dedicada a mi padre y a Tomás Cremades, a quienes imagino coincidiendo por azar en el patio de Maristas de Fuencarral.