Pero ¿qué digitalización?

Nota previa: posiblemente ninguna palabra haya sufrido más la fantasmagoría del seductor término tecnología como la modesta y significativa informática. Informática es lo que deberían aprender los estudiantes. Tecnología es un paraguas indefinido que nos permite seguir implantando la nada.

Uno no comprende el volumen y calado de la farsa hasta que no le pide a un adolescente (un nativo digital) que escriba y envíe un correo electrónico o que se descarge un archivo y lo meta en un pen. En serio, prueben.

Digitalización, lo llaman. No consiste en que los alumnos aprendan programación, ofimática o edición de vídeo, cuestiones todas ellas de tremendo interés. No. Digitalización, tal y como se entiende y se implementa en la escuela española significa preparar al alumnado para que en el futuro próximo sean ávidos consumidores de servicios digitales. Las instituciones patrias, al dictado de las multinacionales tecnológicas, convierten a los jóvenes en adictos precoces a la dopamina ―no se engañen, digitalización solo significa tener una pantalla delante― para que en un futuro próximo les paguen (a las tecnológicas) las facturas que les están dejando proyectos inciertos como la inteligencia artificial, que por cierto se llama inteligencia artificial porque algoritmos correlacionales espantaría a los inversores.

Ockham

Una de las derivaciones más importantes del nominalismo de Guillermo de Ockham es que permitimos con frecuencia que las palabras saquen los pies del tiesto, nos embrujen y nos pongan a su disposición. Casi nada es bueno o malo per se: esa misma capacidad de maravilla del lenguaje está detrás de la fascinación literaria, pero en el caso que nos ocupa, como en tantos otros, provoca malentendidos de consecuencias devastadoras.

El propio Ockham nos brinda una solución: la economía de medios. Ockham podría haber escrito sin despeinarse El traje nuevo del emperador. No es necesario construir abstrusas teorías filosóficas para contrarrestar la mercadotecnia de las tecnológicas y el yugo con el que someten a los gobiernos. Basta con anunciar sin aspavientos y con firmeza que lo único que sus hijos están aprendiendo es a pasar el dedo por una pantalla.

P. S.: Qué maravillosa forma de cerrar el círculo: digital viene de digĭtus, dedo, porque la base de nuestro sistema numérico son los dedos de las manos (por eso, como saben, utilizamos un sistema decimal). Por tanto, el lenguaje nos engaña en este caso con la verdad. Estamos enseñando a nuestros alumnos a usar el dedo, más o menos como en la paredes de las cuevas primigenias.

P. P. S.: Recuerden que el homenaje de Eco con el protagonista de El nombre de la Rosa, Guillermo de Baskerville, es doble: Baskerville por Holmes, pero Guillermo por Ockham.

No hay otra oportunidad de que lean

Pasé media infancia (es mentira, todavía lo estoy) hipnotizado por el recuerdo de parajes nevados. Uno de ellos tardé en localizarlo, era de Doctor Zhivago (1965). Otros eran del maravilloso final ―diría que poscréditos― de El secreto de la pirámide (1985) y de algunas escenas ensoñadas de Lady Halcón (1985); hasta pululaban por mi nostalgia nívea los AT-AT de El Imperio contraataca (1980). Mucho más poderosos eran, no obstante, las imágenes que me llegaban de La vida de un oso gris, de E. T. Seton; de La hija del capitán, de Pushkin o de Las aventuras de Vania el forzudo, de Otfried Preussler. Lo leído nos obliga a proyectarnos, y proyectándonos creamos el mundo.

La palabra trauma connota perjuicio; le falta al español su equivalente positivo: el hecho traumático para bien, la huella benefactora de una impresión lejana. El tiempo de la infancia está llena de ellas y muchas provienen de las historias que nos enseñaron nuestros mayores.

Leer para imaginar

Como somos umbilicales y le damos más importancia a nuestra actividad profesional que a la consecución de objetivos reales, montamos talleres de creatividad para niños que no leen. Da igual que no tengan efecto alguno (no se puede enseñar la creatividad de 9:00 a 10:15 h.), mientras podamos instagramear nuestra innovación pedagógica, objetivo cumplido.

¿Los quieren creativos? Que lean.

Para que mañana sean capaces de poner imágenes a sus sueños, para que entrevean lugares a los que ansíen volver el resto de sus vidas. Para que no se recuperen nunca de la maravilla de viaje que es leer un buen libro es imprescindible que lean o escuchen o presencien buenas historias cuando son pequeños.

Luego ya no es lo mismo. Luego ya no creen con la misma inocencia, no viven con la misma intensidad, y si no han desarrollado la capacidad de construir mundos imaginarios en los primeros años ya no podrán hacerlo nunca.

Si no han sentido el libro a su alrededor con la potente creatividad de la infancia ya nunca comprenderán que los mundos de las historias existen con la misma certeza que cualquier creación humana y con mucha más belleza que la mayoría de los lugares materiales. Después estarán demasiado ocupados con su dispensador de dopamina como para prestarles la debida atención a Camelot, Gondor, Ítaca o el laberinto de la reina de corazones. Después percibirán la literatura ―esa religión― como un entretenimiento amable. Y será culpa nuestra.

Su infancia es nuestro mejor aliado para que lean de mayores. No hay otra oportunidad. Si una buena historia les da un pellizco de monja en la curiosidad, da igual que después pasen la adolescencia sin tocar un libro: el bien estará hecho y más tarde volverán, porque la adolescencia en muchos sentidos no es más que una excepción. Una cuestión de paciencia.

El lugar secreto

Y no es solo eso. Lo más importante de las historias que leen es lo que no leen en las historias. Cada cuento lleva incorporado (quizá el gran logro de la narrativa actual es haber entendido por fin esto) el valiosísimo tesoro de lo que no cuenta. Cada camino que conduce a cada castillo guarda un tesoro de incertidumbre tras las colinas. Cada lector se hace la pregunta fundamental, la que tiene resonancia y guía sus pasos en el pasar de los años. Este es quizá el secreto de toda literatura, la cuestión que la convierte en una experiencia tan íntima, tan misteriosa, tan trascendente. La que intentarán contestar durante el resto de sus vidas: «¿Qué habría detrás de aquellas colinas?».

P. S.: Es notable que en 2019 Netflix haya producido un producto tan anacrónico (por bueno, me refiero) destinado a infantes y adolescentes como Cristal Oscuro: La era de la resistencia. Esperaba el lugar adecuado para citarlo y, citándolo, recomendarlo. Sin duda era este.

De los sepulcros blanqueados

Si usted quiere publicar un libro u optar al Oscar debe ejercer sobre sí una censura draconiana. En 2018 la canción Baby, It’s Cold Outside fue censurada por múltiples estaciones de radio estadounidenses por su contenido. En ella, una mujer da argumentos para irse a casa y un hombre trata de convencerla para que se quede. Finalmente ella decide tomarse otra copa. Podría concluirse que un país que censura un contenido así es un país virtuoso hasta la levitación.

Mientras, también en EE. UU. (datos de Gitnux Market Data):

  • La industria pornográfica factura más que la NFL, NBA y MLB (béisbol) combinadas.
  • La edad media de la primera exposición al porno son 11 años. Once. Eleven. Undici. XI.
  • El 20 % de los estadounidenses admiten consumir pornografía en el trabajo.

Pero claro, en la canción él le dice a ella que fuera hace frío y que tiene unos labios deliciosos. Ella dice que quizá se fume otro cigarro.

  • En EE. UU. hay 120 armas de fuego por cada 100 personas. En el siguiente puesto está Yemen, con 53 por cada 100.

Mucho podría decirse sobre la censura izquierdista, sobre esta censura en particular, como el hecho de que toma a las mujeres por imbéciles. Pero lo que interesa aquí es que cuanto más puritana (y EE. UU. es un país genéticamente puritano) es una sociedad, más hipócrita se vuelve y más distancia hay entre cómo es y cómo dice ser, porque empieza a echar capas de corrección política sobre su triste realidad, y empieza a no ver, porque las convierte en ocultas, su podredumbre moral, su violencia y su desigualdad.

Interesa hablar de todo. Es sano y no escabroso echar luz sobre lo que somos, sobre lo que hacemos bien y sobre todo sobre lo que hacemos mal, porque sin reconocimiento de los errores no hay rectificación posible; sin dolor de los pecados, en otras palabras, no hay propósito de enmienda.

Da igual lo que HBO alegara cuando trató de cancelar Lo que el viento se llevó; el hecho es que la censura no ayuda a conocer los Estados Unidos del siglo XIX ni los de 1939, fecha de la película. Si sus directores edulcoraron la realidad de la esclavitud, ya trataré yo de estar lo suficientemente informado para detectarlo. Si Hollywood era racista en los años 30 y 40 (que lo era), me conviene estar al tanto. Pero los problemas no se solucionan con paladas de arena como no se solucionan con paladas de cal, y lo dramático de este asunto es que quizá de lo que se trata es más de olvidar y esconder su pasado que de ser hipersensibles con ciertas minorías.

Convendría aclarar a ese respecto, antes de que prohíban hablar de ello, que los ejemplares abuelos de los políticos demócratas que retiran estatuas de Colón lograron reducir los 12 millones de indígenas de mediados del XVIII a los 300 000 de principios del XX. Ellos, tan respetuosos y tal, exterminando a millones de personas, quién lo iba a decir. Pronto, cuando los libros y las películas y las canciones que hablan del exterminio de los indios a manos de los blanquitos sajones (sepan que ustedes y yo no somos blancos del todo para un sajón de pura cepa) estén prohibidos sine die, uno tendrá la sospecha de que todo esto era más una gigantesca maniobra de blanqueamiento que una preocupación legítima por las fracciones de sus minorías que no lograron matar.

Este dinero llega

Somos humanos; es fácil buscar motivos para no aflojar la mosca. Algunos de ellos son, de hecho, más que razonables, como el miedo a que los políticos se lo queden. No es este el caso. Este dinero salva vidas.

Este domingo 22 de septiembre la Fundación Oscar Contigo organiza una carrera benéfica (Niños sin Cáncer) cuya recaudación irá destinada a un ensayo clínico concreto: LuPARPed, liderado por la doctora Marta Osuna, que persigue desarrollar enfoques innovadores, novedosos, efectivos e idealmente poco tóxicos para niños y adolescentes con neuroblastoma de alto riesgo, meduloblastoma, meningioma, glioma de alto grado, tumores neuroendocrinos, feocromocitoma y paraganglioma. Algunos de ellos hoy son incurables y la única manera de que sean curables pasa por la investigación. Este dinero salva vidas, literalmente.

Se trata de una carrera / marcha nórdica de 10 o 5 km y el equipo de la doctora Blanca López-Ibor estará (estaremos) encantados de compartir con vosotros ese día, pero no hace falta correr. Tampoco es necesario caminar: habrá música y actividades para los que, sabiamente, recelan del ejercicio físico. Ni siquiera es necesario ir. Pero sería maravilloso si pudierais donar aquí; toda cantidad es bienvenida porque el objetivo no puede ser más trascendente.

P. S.: En este asunto solo cabe ser prácticos: el 80 % del monto de la donación es desgravable (hasta 250 euros).

El cristianismo ya tenía resuelto todo esto

Yo crecí en un mundo muy distinto. Mejor en algunos aspectos y peor en otros. Seguro que el saldo neto es positivo. No obstante, una de las incorporaciones ideológicas del siglo XXI es un absoluto desastre porque el cristianismo y los valores ilustrados resolvían mucho mejor el asunto.

Se trata, claro, del lobby económico y político de inspiración neomarxista que dice estar preocupadísimo por las minorías y que lo mismo le tira pintura a una estatua de Colón que se despelota frente al Congreso porque el decoro es de derechas o cancela a quien piensa distinto.

El lobby dice defender a tantas minorías que sus banderas no caben ni en la web, y tiene tan acojonadas a las empresas con su capacidad de cancelación que acabo de encontrar una web de Volvo donde se aclara el significado de 22 banderas de minorías sexuales. No la comparto porque la minoría Volvo se me echa encima. Tengo aquí otra imagen con 96 banderas (media ONU) con colores aleatorios, pero tampoco la comparto para no ofender a la minoría daltónica.

Pues bien, a mí cuando niño se me enseñó sobre todo una cosa: amar al prójimo como a uno mismo. Es la directriz de comportamiento más parsimoniosa (con poco sirve para todo) que he conocido jamás. Nunca he encontrado una situación en la que amar al prójimo como a uno mismo no ayude, mejore o solucione un conflicto.

Pero claro, eso del prójimo incluye a todos los seres humanos, y tanto el marxismo como el neomarxismo tienen muchos problemas con la igualdad. El marxismo basa su propia existencia en la desigualdad, el odio y la violencia, por lo que colapsa ante el cristianismo como colapsa ante la paz perpetua kantiana.

Ningún sistema defiende nada que lo lleve a la desaparición, ningún sistema es teóricamente suicida, y la ausencia de conflicto anula al marxismo. Por eso a la extrema izquierda le encanta dividirnos en grupitos.

Atentar contra la dignidad de alguien por su raza, orientación sexual, estatura, nacionalidad o color de pelo es profundamente incivilizado, pero sobre todo es profundamente anticristiano. Ninguna directriz, insisto, mejora el amar al prójimo.

Otra cosa es que cierta extrema derecha (aquí hay para todos) decidiera en su momento deformar el humanismo cristiano y decidir a quiénes está bien odiar y cuándo es buena la violencia. No se puede, por ejemplo, presumir de cristianismo y de nacionalista en una sola vida. No se puede recelar del extranjero y decirse uno mismo cristiano: es una antinomia. El cristianismo no discrimina, no separa, no establece clases ni privilegia.

Cristo tampoco es el primer comunista, qué boutade. Cristo dice «vende lo tuyo, da el dinero a los pobres y sígueme». No dice «asesina a los burgueses, róbales sus propiedades y después fusila a los homosexuales».

El cristianismo no necesita guías para entender banderas porque solo existen seres humanos. El cristianismo no dedica ni un segundo a decidir si este o aquella es de los nuestros, porque solo hay nuestros. Ni un solo segundo a enseñar a quiénes hay que aceptar porque hay que aceptar a todos. Por eso los cristianos necesitamos menos pronombres.

Recuerdo una pintada en la época de Muelle que decía: «Solo un género, el género humano». Según la máquina de odio neomarxista ya ni siquiera soy del mismo género que mi hermana.

El misterioso lugar

La literatura es una religión con un solo sacramento: la lectura.

El oficiante es el lector, no el escritor. Queda a su discreción decidir qué está leyendo y hasta qué punto; exprimir o dejar pasar esa taza de té. Convertir un ligero tentempié en una comida copiosa o viceversa. Son los recuerdos del lector los que se ponen en juego, es su capacidad y su voluntad. Por eso comenzar a leer es no dejar de leer nunca; todos los placeres van perdiendo su encanto (excepto fumar, dice Wilde), pero leer mejora con la reiteración; el lector leído es capaz de ver matices de belleza donde otros ven una preposición.

El lector es incontrovertiblemente libre, pues la nuestra es una religión sin dogmas de fe ni santos patrones. Solo interesa lo que ocurre durante la liturgia de la lectura, que es un rito con solo dos reglas ―alguien escribió, alguien lee― y un gran misterio. Ese espacio del milagro es nuestro sanctasanctórum.

Durante el pesadísimo siglo XX (ustedes son muy jóvenes, pero a final de siglo incluso trataron de dar por muerta a la novela) sesudísimos académicos materialistas, ¿críticos sin el talento suficiente para escribir literatura? deciden resignificar ciertos géneros y ciertos autores. Ignoran que la resignificación se da efectivamente con cada lectura y/o quieren imponer su propia interpretación. Como son sesudísimos académicos no solo le dicen al lector «tienes que entender esto», sino que le dicen previamente al escritor «quisiste decir esto». Así intentaron matar la narración, pero ignoraban que lo orgánico siempre triunfa y que hay más narrativa en un chisme de escalera que en toda la literatura umbilical del XX. El escritor umbilical del XX es cómplice del académico materialista: mirad cómo construyo un relato de lo que soy y, relatando, soy. Escribo para crearme a mí mismo.

La crítica, la exégesis, la teoría estética, los clubes de lectura y las revistas literarias son divertidísimas, pero son al misterio literario lo que el labrado del capitel de la columna de la iglesia a la transubstanciación; un agradable apéndice.

Participar del milagro de la lectura no autoriza al lector a llevarse a casa al escritor: es una libertad en dos sentidos. Yo puedo decidir qué es para mí esta historia, pero después de leer el libro vuelvo a dejarlo en el estante. El siguiente lector (que puedo ser yo mismo) es mayorcito para llevar a cabo nuevas elecciones. Así, puedo denostar al Flaubert de Madame Bovary y adorar al de Bouvard y Pécuchet. Y en una segunda vuelta puedo aducir lo contrario o, como diría Sabina, lo vicevérsico.

Como el lector en parte se lee a sí mismo, leer literatura mediocre es todavía leer. Como el jugador al que le gusta jugar al póquer y perder:

―A mí me gusta leer libros malos.
―¿Y los buenos?
―Eso ya debe de ser el no va más.

P. S.: Que lo paraliterario es divertido lo ejemplifican los prólogos de Rafael Sánchez Ferlosio. En el de Pinocho, de Collodi, el autor de Alfanhuí comienza atizando a Dostoievsky a cuento de las novelas de redención y ensalzando a Joseph Conrad, para terminar dicendo que la obra de Collodi es peor todavía que la de Fiódor y algo menos mala que la de Manrique, que también recibe: «el autor de Pinocho ha tenido un fracaso casi tan sonado como el de Jorge Manrique con sus famosas Coplas». Después pasa a cuestionar la propia existencia de la literatura infantil. En un prólogo, insisto, a Collodi. Ferlosio era un valiente, como no puede ser menos un señor que en El Jarama y en el lapso de seis palabras escribe «follaje multiverde» y «ultrametálicos destellos», No se preocupen, porque a El Jarama la llamaría con los años «antigualla». Ferlosio era insobornable.

P. P. S.: Disculpen, pero es que con el escritor romano nunca se acaba. Resulta que también prologó a Manrique (para que luego digan que los editores no arriesgan): «Estas coplas son, en conjunto, un gran fracaso `[…]; de ellas las hay malas, las hay mediocres, las hay mejores y las hay detestables».

La muerte de Bond y las guardaespaldas de Trump

Una vez hubo demostrado que podía hundir la economía el marxismo se lanzó a destruir la cultura. La occidental, concretamente.

Tras la muerte de Stalin en el 53 Nikita Kruschev consolida su liderazgo gracias entre otras cosas a la denuncia de las salvajadas perpetradas por el asesino del bigote. En el 56 los rusos anulan las peligrosas reclamaciones democráticas húngaras a cañonazos. Total, que para los intelectuales de izquierdas ingleses el comunismo à la russe está perdiendo su sex appeal y devenidos Nueva Izquierda fundan los Estudios Culturales para aplicar la verborrea marxista a la cultura. Su lema podría resumirse en «vale, el marxismo ya se ha topado con el muro de la realidad como sistema político, pero no nos hace falta lo político. Podemos subvertir el orden capitalista desde lo cultural». Y unos años después llegamos a que unos cantamañanas remedan la Última Cena en la ceremonia de inauguración de unos JJOO (que ya me dirán lo que tiene que ver) con el único objetivo de meternos a los cristianos el dedo en el ojo. Nosotros les perdonamos como es nuestra obligación, porque el cristianismo es una forma de pensamiento basada en el amor y no en el odio.

Pero me lío. Durante las escasas décadas en que los ingleses vivieron sin censura (El amante de Lady Chatterley estuvo prohibida hasta 1960 y de la censura actual ya les cuenta J. K. Rowling) surgió el personaje de un espía inglés que bebía, fumaba y llamaba a las mujeres de tú escrito por un espía inglés que bebía, fumaba y llamaba a las mujeres de tú. Esto, claro, fue antes de que los grupos de presión neomarxistas les dijeran a los escritores lo que podían y no podían escribir.

Pero llegaron los grupos de presión neomarxistas y no solo les dijeron a los escritores lo que podían o no podían escribir, sino también a los directores lo que podían o no dirigir. Y claro, las películas de Bond sobraban. En resumen: pusieron sus películas en manos de gente que odiaba al personaje (el análisis cultural marxista tiene muchos problemas para distinguir la realidad de la ficción) para que primero deconstruyeran al bueno de James y luego lo mataran.

Porque sí, Raymond Williams y sus secuaces tenían razón: se puede destruir la civilización occidental desde la cultura.

De la muerte de Bond a la parida(d) de los guardaespaldas presidenciales estadounidenses hay un pasito muy pequeño: uno comienza por pedirle a la gente que maneja el monopolio de la violencia que no beba ni fume y termina por pedirle a las mujeres que se pongan en el camino de las balas.

Pero héteme aquí que ya sea por instinto de conservación o por una mera cuestión de inteligencia (Franz Reichelt, varón, se tiró desde la torre Eiffel con un primitivo paracaídas para demostrar que no funcionaba), parece ser que los hombres son más dados a ponerse en el camino de las balas. Y más altos.

Lo que quiero decir es que el marxismo y sus derivados son de un dogmatismo tan absoluto, tienen una necesidad tan perentoria de imponer sus esquizofrénicos postulados que siempre terminan por chocarse con la realidad. Ellos no paran hasta que Hungría es invadida, estalla una central nuclear o muere un bombero en un mitin político. Que la realidad no vaya a estropear una ideología delirante.

De los restos de URSS emergió Putin. Será apasionante ver lo que aparece tras el sueño de libertad que una vez fue Europa.

¿Por qué, entonces, les dejamos hacer? Pues porque el marxismo y sus derivados también tiene cubierta la posibilidad de la disidencia: lo que fueron purgas, checas y proscripciones han devenido insulto, censura y cancelación. Quien se atreve a insinuar que el emperador va desnudo es automáticamente un fascista. No en vano «el Estado opresor es un macho violador». Y todo así.

P. S.: Unos días después de la publicación de esta entrada y durante los JJOO de París 2024, una «deportista olímpica» de un «deporte» (en realidad es un baile, ahora en los JJOO hay bailes regionales) llamado breaking (el breakdance de toda la vida) sale a hacer mamarrachadas durante demasiado tiempo en una oda inolvidable al alipori que por no tener no tuvo ni gracia. El breaking es una forma de baile endiabladamente difícil, y la payasada de Rachael Gunn a mí me parece una falta de respeto para los demás bailarines y los JJOO en general. Es un ejemplo perfecto de «yo quiero hacer esto porque me lo pide mi individualidad y vosotros pues os lo tragáis». ¿Por qué saco esto a colación? Porque Rachael Gunn tiene un doctorado en… Estudios Culturales. Gracias, París.

P. P. S.: En la misma competición, Talash, una valentísima refugiada afgana es descalificada por portar el lema «liberen a las mujeres afganas». No sé si la descalifican por insinuar que la libertad es buena o por insinuar que existen las mujeres. Ellos alegan que el mensaje es político. Yo creo que político sería, por ejemplo, decir: «el Comité Nacional Olímpico y Deportivo Francés es de extrema izquierda».

¿Para qué sirve un periódico?

Hace unos años recibí la visita de un exjugador devenido empresario de notable éxito. Un tipo estupendo al que le van bien las cosas, lo que en España viene a ser un unicornio.

Hablando del presente blog, preguntaba cauteloso: «pero, ¿qué se vende en esa página? ―y de manera más amplia―, ¿para qué sirve una página web si no genera beneficios?».

Para nada, espero, o me vería obligado a cerrarla.

Desde su perspectiva (y no se trata de un empresario como los novios de las famosas, sino un veinteañero que en 2020 facturó un millón de euros, es decir, un millón de euros más que este blog), ningún sentido tenía dedicar los mejores esfuerzos a algo que no tiene valor crematístico.

Su teoría, hasta este punto, no tiene fisuras. Al fin y al cabo, un empresario es una persona cuya vocación es ganar dinero, no soplar vidrio o tocar la balalaika (en español, balalaica).

Un empresario es aquella persona que no se dice «Quiero tocar la balalaika, ¿qué hago para conseguirlo?», sino «Quiero tener mucho dinero, qué hago para conseguirlo?». Que nadie vea aquí ni en lo que sigue una crítica destructiva hacia la mentalidad empresarial: la capacidad de enriquecimiento de los emprendedores en un país de economía mixta como este siempre nos salpica positivamente a los demás, no solo proporcionándonos empleo sino pagando el colegio de nuestros hijos.

Que un empresario, por tanto, tenga esa mentalidad es lo lógico y conveniente; lo que no termino de ver es que todos tengamos esa mentalidad.

Años 90: un muchacho de 19 años les dice a sus padres que abandona los estudios para dedicar el día y parte de la noche (o viceversa) a jugar a los videojuegos mientras sus amigos miran. El sopapo se oye en Sagunto. «Se te va a secar el cerebro con las lucecitas, en la vida hay que hacer algo de provecho, no estar encerrado en casa como si fuera una cueva. Vago, degenerao».

Años 20: el muchacho hace lo mismo, pero acto seguido enseña a sus padres el último ingreso que le ha hecho Twitch. «Pues sí, @Mastodonte99 es mi hijo, en enero nos vamos con el pequeño a vivir a Andorra. Es que me le como».

Panda de hipócritas.

Estamos dando por buena una mentalidad equivocada. Alguien debería estar diciéndoles a los que vienen que, a no ser que tu vocación sea ganar dinero, la felicidad no la da ganar dinero sino hacer bien aquello que uno ha elegido hacer.

Hablábamos de periódicos; abra aquel cuya cabecera una vez respetó y rasque un poco: «Arden las redes ante el último…» o «Criticada por su posado…», todo ello aderezado con patadas a la gramática que avergonzarían al Mario Vaquerizo que habla mal aposta. Todo por un clic, porque de ese clic, se defenderán, dependen los ingresos de un periódico.

Pero, ¿para qué vale un periódico? ¿Para qué se hace uno periodista? ¿Para ganar dinero? Porque si la prioridad es ganar dinero, dedicarse al tráfico de armas es mucho más rápido. Y no queda tan lejos: hacer como que se critica la actitud de los usuarios de las redes cuando lo que en realidad se está haciendo es dar pábulo a las salvajadas que allí se profieren para conseguir réditos está a milímetros éticos del tráfico de armas.

Tenemos que recuperar una noción fundamental; la de que el objetivo último de escribir una noticia o limpiar una calle o presidir un consejo de administración o coser una suela es hacerlo de manera virtuosa, de la mejor que nos sea dado en función de nuestra capacidad y destreza.

Gabri Veiga

Como saben el jugador de 22 años se fue el verano pasado a Arabia Saudí a jugar la prestigiosísima liga saudita por unos 13 millones al año, por los poco más de 2 millones que le ofrecía el Nápoles.

Vaya por delante que Veiga puede ―y debe― irse a jugar adonde le plazca, cobrando una pasta o gratis, y que hace muy bien y que lo disfrute con salud. Eso no quita para que el caso de Veiga o Nacho o el de los streamers o el de los periódicos ponga de manifiesto, por omisión, aquello que no se está diciendo.

Cabe la posibilidad de que a Veiga nadie le dijera «Pero, chiquillo, ¿tú has estado en Nápoles?». Solo por decir, insisto, solo para que el bueno de Gabri lo pusiera en una balanza, para que lo sopesara.

Quizá deberíamos haber aprovechado el movimiento para explicarles a los churumbeles que, al contrario de lo que ocurre con los libros, en el caso de los euros llega un momento en que cada uno que añadimos a la pila nos aporta más problemas que soluciones, y que el dinero, más allá de una cifra razonable, no da la felicidad, se ponga Woody Allen como se ponga.

Que hay compromisos, lugares, comportamientos y conocimientos que no hay forma de comprar y que son lo mejor a que nos es dado aspirar.

Que ninguna experiencia verdaderamente estética, ninguna revelación que merezca la pena una vida, ningún atisbo de trascendencia es caro. Si es caro no merece la pena. Ese es quizá nuestro mayor logro como civilización: que los ciudadanos puedan leer a Tolstói gratis.

Un paseo a finales de septiembre, el prefacio del Retrato, Vaughan Williams. Un apretón de manos firme, un brindis por los que se fueron. La abuela de El jugador, el capitán Renault. O paraíso. Felicidades ajenas al poder narcórtico del dinero.

Bien está que las criaturas miren al futuro con afán de prosperidad. Pero que no se nos distraigan.

El liante

Dicen los neopedagogos que la educación no debe ser una mera transmisión de fríos datos, pero yo creo que con ello están inventando el agua mineral sin gas, pues nunca hubo un buen profesor que pensara que la educación se reduce a la transmisión de fríos datos.

En el trabajo con adolescentes y no tan adolescentes una de las obligaciones de los profesores es darles las herramientas para que puedan protegerse de los demás y, llegado el caso, proteger a los demás de ellos. No está de más estar alerta, pues a pesar de lo que piensen Manuela Carmena y otros comunistas de salón no todo el mundo es bueno.

Una de las figuras más dañinas de nuestros alrededores es la del liante, y una de las formas que adopta el liante cuando se disfraza de amigo es la de protector. A todos nos ha pasado: alguien que nos previene de que Fulanito ha dicho tal o cual de nosotros, pero afortunadamente el liante estaba allí para prevenirnos. Pues bien: un amigo no hace eso. Un amigo calla la boca de Fulanito con más o menos vehemencia y luego mantiene la discreción, pues contárnoslo solo nos aportaría zozobra.

Pero el liante es una figura mucho más grande y dañina que el bienqueda de la sonrisa taimada. El liante termina por desarrollar y perfeccionar mil maneras de responder a su vocación primordial: llevar la inquietud a la vida de los demás.

Piénsenlo con detenimiento, seguro que conocen a alguien cuyos comentarios casualmente siempre terminan por violentar su estado de ánimo. El liante es el primero en enterarse de los robos en el vecindario, de las subidas de impuestos y de las epidemias de dengue. Para el liante, la desgracia es munición. Cuando uno se encuentra al liante él ya tiene preparada la noticia nefanda, el riesgo inminente, la siguiente calamidad.

No obstante su evolución, nunca abandona el liante el modus operandi de la juventud. Ninguna artimaña le proporciona tanta satisfacción como el hablarnos de los demás, traernos sus opiniones, ejercer de correa de transmisión entre nosotros y el mundo, estropear el frágil equilibrio de nuestras relaciones. El cálculo del liante consiste en que así fortalece su posición, y por mucho que sea tan mezquino como el «mal de muchos», al liante le suele rendir pingües beneficios.

Por si fuera poco, la figura del liante se puede extrapolar a corporaciones aún más dañinas, porque donde hay beneficios entran el capital y los políticos. El mecanismo es más antiguo que el hilo negro y la mercadotecnia lo conoce. Las empresas de alarmas lo conocen. Las empresas de antivirus lo conocen. Las empresas de yogures lo conocen. Los candidatos a vivir a nuestra costa, ya sea a cambio de algo como las empresas o de balde como los políticos. La trampa es la misma: «el mundo está lleno de peligros, pero aquí estoy yo para protegerte». La sabiduría popular intenta prevenirnos, claro, de los liantes y de los anuncios: «líbreme Dios de mis enemigos, que de mis amigos ya me libro yo». Pero conviene descreer de las bicocas, los filántropos y los amigos que súbitamente no persiguen más interés que el nuestro. «Hombre prevenido vale por dos».

Café

El café lo explica todo.

Respecto a comprender la vida en su conjunto, un sorbo de café puede resultar tan útil como una biblioteca.

Ningún sabor divide tanto el paladar de la niñez del de la edad adulta. «Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre, acabé con las cosas de niño».

No es que cambien olfato o paladar; es que la ignorancia termina por ceder. El café no es dulce como algodón de azúcar, pero oculta entre sus cientos de estratos algo muy parecido a la verdad.

Se toma café ante una noche de trabajo o la perspectiva de un buen libro. En el momento catártico de la resaca.

El café es amargo, robusto, acre como una patada en la espinilla y ácido como el sarcasmo. Es una mezcla de gasolina y tabaco. Una metáfora de la vida.

No se trata de presentar ante la parca un bonito cadáver ni de trampear el paso del tiempo. Se trata de llegar derrapando, viendo cómo caen a nuestro alrededor hermanos y enemigos, escupiendo sangre y con la carcajada salvaje de haberlo pasado muy bien.

Lo contrario del café no es el algodón de azúcar: es la anestesia.

P. S.: Sí, es Oliver Reed. No, no está sujetando una pinta.